PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DE LA SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ

Sermones-Ceriani

SAN JOSÉ

ESPOSO DE MARÍA SANTÍSIMA

PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL

Después de la devoción a Jesús y a su Santísima Madre no hay devoción más sólida que aquella que la Santa Iglesia nos propone tener a San José.

De todos los Santos propuestos a nuestra devoción, ninguno es más poderoso que él cerca de Dios, y nadie tiene más derechos que él a nuestro amor, a nuestra confianza y a nuestro homenaje de piedad filial.

Dios Padre, confiando a San José los tesoros más preciosos del cielo y de la tierra, al escogerlo entre todos los hombres para ser el jefe de la Sagrada Familia, nos dio la medida del respeto que le debemos.

El antiguo Patriarca José conoció en su juventud, por misteriosa revelación, el grado sublime a que sería elevado; vio en sueños a los dos principales astros de nuestro firmamento inclinarse respetuosos delante de él; pero esta profética visión no se verificó exactamente sino con el segundo José, del cual el primero fue tan sólo una imagen, pues Jesucristo, que es el verdadero Sol de Justicia que ilumina a los hombres, y María, la Luna esplendente (Pulchra ut luna) que envía a la tierra la luz que recibe del Sol, se sometieron enteramente a la dirección de San José, y le tributaron el homenaje de la más respetuosa obediencia.

San José, Esposo de la Virgen María y Padre adoptivo del Niño Jesús, ocupa un lugar preeminente en el plan de la Redención.

Como último Patriarca de la Ley Antigua y primero de la Ley Nueva, su figura y su persona llenan la historia del mundo desde el principio hasta el fin de los siglos.

Abrahán, padre de los creyentes, representaba ya a José cuando, yendo a Egipto, decía proféticamente de Sara, la esposa bella entre todas, que era su hermana.

El antiguo José, hijo de Jacob, desterrado a Egipto por la maldad de sus hermanos, figuraba al nuevo José huyendo del furor de Herodes. Ambos varones justos llevan el mismo nombre e idéntico título: intendentes de la casa real, y ambos merecieron tan honrosa distinción por haber guardado y conservado la pureza.

En la Ley Antigua se habían prometido los bienes de la tierra a los siervos de Dios, y el antiguo José, desterrado en Egipto, sacaba de aquella nación trigo para los pueblos castigados por el hambre. En la Ley Nueva, el nuevo José trae de Egipto, país del pecado, un trigo mucho más maravilloso.

Entre los muchos personajes que han servido al Espíritu Santo para figurar a José, citemos al prudente Mardoqueo, guardián y protector de la reina Ester, salvadora de su pueblo. Mardoqueo fue el intendente de palacio y el ministro del rey. San José es el intendente de la casa de María, donde reina Jesús.

Anunciaban los profetas que el Mesías debía pertenecer a la raza de David, y su Padre, aunque sólo era adoptivo, debía darle su filiación legal, así como su Madre, virgen, le había de dar su descendencia según la sangre. Era, pues, necesario que José y María descendiesen de David.

La opinión de muchos teólogos —y la más generalmente admitida— es que San José tuvo el privilegio, como el Profeta Jeremías y San Juan Bautista, de ser santificado antes de su nacimiento.

Cuando vino al mundo, su padre Jacob le puso, el día de la circuncisión, el misterioso nombre de José, que significa acrecentamiento y encierra la idea de la grandeza por excelencia.

Colmado de gracias, San José estaba preparado para el sublime ministerio que debía ejercer cerca de Jesús, de María y de la Iglesia. Tal tesoro de gracias lo describe en pocas palabras la Sagrada Escritura al decir que era justo, esto es, que poseía, según la definición de Santo Tomás, esa rectitud completa del alma que consiste en la reunión de todas las virtudes.

Tuvo este santo Patriarca todas las virtudes en grado sumo: ardiente fe, grande esperanza y encendida caridad; virginal y celestial pureza, profundísima humildad, perfectísima obediencia, rara sencillez, singular prudencia, maravillosa fortaleza y constancia, increíble paciencia y mansedumbre, vigilancia cuidadosa, solícita providencia, y un silencio tan extraño, que no leemos en todo el Evangelio que San José haya hablado palabra alguna.

Porque no era hombre de palabras, sino de obras; y estaba tan absorto en la contemplación del sumo bien que tenía consigo, y tan transportado de aquella altísima admiración que tenía al considerar y rumiar lo que veía en el Niño y oía de Él, que estaba como mudo, hablando con solos los sentimientos, afectos y obras, reverenciando con tanto silencio aquello que le causaba tan inefable admiración.

El ideal de San José fue someterse a la voluntad de Dios; bendecir al que da la pobreza o la abundancia; cerrar el corazón a todo sentimiento que no emanara del cielo; mirar con indiferencia los bienes tras los cuales corre el mundo; ver la tierra, no como patria definitiva, sino como lugar de tránsito donde el hombre, soldado del deber, conquista, a costa de su sangre, inmortales destinos.

Finalmente, fue tan acabado y perfecto San José, que más se podía llamar varón divino que hombre mortal; y a la medida de su caridad y altos merecimientos, recibió el galardón y la corona de la gloria.

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La vida de Jesús debe ser nuestro modelo. Pues bien, en el profundo abajamiento de Jesús, obediente a José, se encuentra la justa medida de la altura sublime a que fue elevado su Padre virginal. Este subió en la misma proporción en que descendió Jesús, de manera que la obediencia de Jesús nos prueba al mismo tiempo su incomprensible humildad y la incomparable dignidad de San José.

¿Cómo podremos comprender la dignidad de un Santo que se vio obedecido, respetado y servido, por el espacio de tantos años, por su Creador, por su Dios?

¿Qué sentiría allá en su corazón el bendito San José al oír que el Hijo de Dios le llamaba con el dulcísimo nombre de Padre? ¡Misterio sublime de sólo Dios conocido!

Respecto a las circunstancias de los desposorios de San José con María Santísima, podemos optar por la opinión más común, que sostiene que María debió perder a sus padres cuando aún estaba en el Templo, y que el Sumo Sacerdote en persona hubo de encargarse de colocar a la joven al cumplir los quince años. Hay que dar por seguro que San José no era ni anciano ni hombre ya maduro, sino antes un joven cuya edad estaba en relación con la de María Santísima.

Se llevaron a cabo estos desposorios por manifestaciones directas de la voluntad divina, y cada consorte guardó preciosamente los secretos del Rey de la gloria, que había acogido sus promesas de virginidad. Esta unión, bella a los ojos de los Ángeles, debía —dice San Jerónimo— poner a cubierto el honor de María ante los hombres y ocultar a los demonios el parto virginal.

Muy por encima de los demás desposorios, fue éste el prototipo de la unión mística de Jesucristo con la Iglesia, según hace notar San Ambrosio, y en ese día tomaba San José posesión del título de Patrono de la Iglesia universal.

María Santísima respetó y honró a San José como a dueño y como a esposo, destinado por el Eterno Padre para protegerla y dirigirla. La que es reverenciada por los Ángeles, la que vio inclinarse reverente al Arcángel San Gabriel, y ante quien se postra la Iglesia triunfante y militante, se humilló ante José, prestándole los más humildes servicios.

Uno de los motivos que tenía la Virgen Santísima para honrar así a San José, era que conocía todos los tesoros de gracias con que el Espíritu Santo había colmado su corazón; pero cuando vio al Hijo de Dios respetar a San José como a padre, servirlo como a señor, escucharlo como se escucha al maestro, ¿quién podrá apreciar a qué grado se elevó su amor y reverencia?

Deseó entonces honrarlo como Jesús lo honraba.

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El nombre de San José permaneció olvidado —digámoslo así— por mucho tiempo y su culto se ha extendido poco a poco en la Iglesia. A fines del siglo XV, el papa Sixto IV incluyó la fiesta de San José en el Breviario y en el Misal Romano; y Gregorio XV la declaró obligatoria para la Iglesia entera, con rito de doble menor, el 8 de mayo de 1621.

En España, hizo mucho para propagar la devoción a San José la gloriosa Santa Teresa de Jesús, que escribió: “No me acuerdo haberle suplicado cosa hasta ahora que la haya dejado de hacer. A otros Santos parece que les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; de este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas”.

Gran propulsor fue igualmente el padre Baltasar Álvarez, el cuál declaró que estando en Loreto orando a Nuestra Señora, le recomendó que fuera gran devoto del glorioso San José.

Los Papas más cercanos han contribuido en gran manera al florecimiento del culto a San José. Pío IX el 8 de diciembre de 1870 proclamó al santo Patriarca Patrono de la Iglesia universal y mandó celebrar su fiesta con rito doble de primera clase. León XIII exhorta repetidas veces al pueblo cristiano a que acuda a su poderosísima intercesión. San Pío X aprueba, el 18 de marzo de 1909, las letanías en honor del Santo Patriarca y autoriza su rezo público. Benedicto XV, por decreto del 9 de abril de 1919, aprueba el Prefacio propio para las Misas que se celebren en honor de San José.

Finalmente, la costumbre de dedicar un mes del año —marzo— a honrarle, se halla, difundida hoy por toda la Cristiandad.

Su colosal figura se agranda y agiganta conforme se avanza en su estudio, y va apareciendo en todo su esplendor para consolar al triste, sanar los corazones ulcerados, alentar a los trabajadores, aliviar nuestras penas, apartar de nosotros envidias, egoísmos, rencores y venganzas, y extinguir nuestra sed de placeres.

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La Santa Iglesia, a quien Dios confió las llaves de la verdad, para que nos condujera por el camino de la piedad sólida, al recomendarnos la devoción a San José, trata de inspirarnos una gran confianza en su poderosa protección.

La Iglesia propone a San José como modelo de vida y patrono de la buena muerte; y para inducir a los fieles a honrarlo más y más, concede numerosas indulgencias a las prácticas piadosas que se hacen en su honor.

Es así como la Iglesia trata de dar a su santo Protector el justiciero tributo de reconocimiento, por los favores insignes que de él ha recibido.

Después de estas sublimes e importantes consideraciones, no nos sorprenderá que todos los fieles tengan tanta confianza en San José, ni de que todas las Congregaciones, que son ornamento de la Iglesia, se hayan colocado bajo su protección, tomándolo como Patrono y modelo.

Todos los Santos han tenido la más tierna devoción a San José. Recordemos a San Bernardino de Sena, San Bernardo, Santa Brígida, San Francisco de Sales y Santa Teresa, verdaderos modelos de esta devoción.

Por fin, el amor que debemos a Jesús es un dulce estímulo para honrar a aquel que le sirvió de Padre. La devoción a los Santos que tuvieron más íntima relación con su divina Persona en esta tierra, le es más grata que cualquiera otra. De consiguiente, si amamos verdaderamente al divino Salvador, si queremos agradarle, ¿cómo no amaremos al Santo que Él tanto amó, y que tuvo para Él un amor tan tierno y tan perfecto?

Para obtener de Dios todo lo que se desea, no hay más que presentarle todo lo que San José hizo por su divino Hijo.