TEXTOS CITADOS
En el Sermón del Padre Ceriani
del 4º Domingo de Cuaresma
Pablo VI: objetivos fundamentales del Concilio – Alocución para la Apertura de la segunda etapa conciliar, del 29 de setiembre de 1963:
Está fuera de duda que es deseo, necesidad y deber de la Iglesia, que se dé finalmente una más meditada definición de sí misma.
(…) La célebre encíclica del Papa Pío XII, Mystici corporis, ha respondido por una parte al anhelo que la Iglesia tenía de manifestarse por fin a sí misma con una doctrina completa, y ha estimulado, por otra, el deseo de dar de sí misma una definición más exhaustiva.
Ya el Concilio Vaticano I había señalado este tema y muchas causas externas concurrían a presentarlo al estudio religioso dentro y fuera de la Iglesia católica como el aumento de la sociabilidad de la civilización temporal, el desarrollo de las comunicaciones entre los hombres, la necesidad de enjuiciar las diversas denominaciones cristianas según la verdadera y unívoca concepción contenida en la revelación divina, etc.
No hay porque extrañarse si después de veinte siglos de cristianismo y del gran desarrollo histórico y geográfico de la Iglesia católica y de las confesiones religiosas que llevan el nombre de Cristo y se honran con el de iglesias, el concepto verdadero, profundo y completo de la Iglesia, como Cristo la fundó y los Apóstoles la comenzaron a construir, tiene todavía necesidad de ser anunciado con más exactitud.
Nos parece que ha llegado la hora en que la que la verdad acerca de la Iglesia de Cristo debe ser estudiada, organizada y formulada, no, quizás, con los solemnes enunciados que se llaman definiciones dogmáticas, sino con declaraciones que dicen a la misma Iglesia con el magisterio más vario, pero no por eso menos explícito y autorizado, lo que ella piensa de sí misma.
Y creemos que en este Concilio Ecuménico el Espíritu de verdad encenderá en el cuerpo docente de la Iglesia una luz más radiante e inspirará una doctrina más completa sobre la naturaleza de la Iglesia de modo tal que la Esposa de Cristo en Él se refleje y en Él, con ardentísimo amor, quiere descubrir su propia imagen, aquella belleza que Él quiere resplandezca en ella.
Será, pues, para esto, tema principal de esta sesión del presente Concilio el que se refiere a la Iglesia misma y pretende estudiar su íntima esencia para darnos, en cuanto es posible al humano lenguaje, la definición que mejor nos instruya sobre la real y fundamental constitución de la Iglesia y nos muestre su múltiple y salvadora misión.
(…) Otras esperanzas también se vuelven hacia otro objetivo principalísimo de este Concilio, el de la así llamada reforma de la Santa Iglesia.
Aun este fin debería derivarse, a nuestro juicio, de nuestra conciencia de la relación que une a Cristo con su Iglesia. Decíamos que deseábamos que la Iglesia se reflejarse en Él. Si alguna sombra o defecto al compararla con Él apareciese en el rostro de la Iglesia o sobre su Veste Nupcial, ¿Qué debería hacer ella como por instinto, con todo valor? Está claro: reformarse, corregirse y esforzarse por devolver a sí misma la conformidad con su divino modelo que constituye su deber fundamental.
El Concilio Ecuménico Vaticano II debe colocarse, a nuestro parecer, en este orden esencial querido por Cristo. Solamente después de esta obra de santificación interior la Iglesia podrá mostrar su rostro al mundo entero diciendo: el que me ve a mí, ve a Cristo, como Cristo había dicho de sí “el que me ve a Mí, ve al Padre”
(…) Sí, el Concilio tiende a una nueva reforma. Pero atención: no es que al hablar así y expresar estos deseos reconozcamos que la Iglesia católica de hoy pueda ser acusada de infidelidad sustancial al pensamiento de su divino Fundador, sino que más bien el reconocimiento profundo de su fidelidad sustancial la llena de gratitud y humildad y le infunde el valor de corregirse de las imperfecciones que son propias de la humana debilidad. No es pues, la reforma que pretende el Concilio un cambio radical de la vida presente de la Iglesia o bien una ruptura con la tradición en lo que ésta tiene de esencial y digno de veneración, sino que más bien en esa reforma rinde homenaje a esta tradición al querer despojarla de toda caduca y defectuosa manifestación para hacerla genuina y fecunda.
Carta de Monseñor Benelli a Monseñor Lefebvre, del 25 de junio de 1976:
El santo Padre me encarga hoy mismo que confirme la medida que se le intimó en su nombre, de mandato speciali: usted debe abstenerse actualmente de conferir toda ordenación. No tome como pretexto el desasosiego de los seminaristas: es precisamente la ocasión para ellos de explicarles, así como a sus familias, que no puede ordenarlos para el servicio de la Iglesia contra la voluntad del Pastor supremo de la Iglesia. No hay nada de desesperante en su caso: si tienen buena voluntad y se preparan seriamente para un Ministerio sacerdotal en la fidelidad verdadera a la Iglesia conciliar, nos encargaremos de encontrar a continuación la mejor solución para ellos; pero que comiencen en primer lugar, ellos también, por este acto de obediencia a la Iglesia.
Juan Pablo II, constitución apostólica Sacrae disciplinae leges, para la promulgación del nuevo código de derecho canónico, del 25 de enero de 1983:
El instrumento que es el Código es llanamente congruente con la naturaleza de la Iglesia cual es propuesta sobre todo por el magisterio del Concilio Vaticano II visto en su conjunto, y de modo particular por su doctrina eclesiológica. Es más, en cierto modo puede concebirse este nuevo Código como el gran esfuerzo por traducir al lenguaje canónico esa misma doctrina, es decir, la eclesiología conciliar. Y aunque es imposible verter perfectamente en la lengua canónica la imagen de la Iglesia descrita por la doctrina del Concilio, sin embargo el Código ha de ser referido siempre a esa misma imagen como al modelo principal cuyas líneas debe expresar él en sí mismo, en lo posible, según su propia naturaleza.
Monseñor Lefebvre:
Declaración del 21 de noviembre de 1974:
Nos adherimos de todo corazón, con toda nuestra alma, a la Roma católica guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias al mantenimiento de esa fe, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad.
Por el contrario, nos negamos y nos hemos negado siempre a seguir la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y después del Concilio en todas las reformas que de este salieron.
Sermón de Monseñor Lefebvre, del 29 de junio de 1976:
He aquí lo que me dijeron los enviados oficiales del Vaticano. Nosotros no somos de esta religión. Pertenecemos a la religión católica, no somos de esta religión universal, como la llaman hoy. Ya no es la religión católica. No pertenecemos es esta religión liberal, modernista, que tiene su culto, sus sacerdotes, su fe, sus catecismos, su biblia, su biblia ecuménica. No los aceptamos.
Nota preliminar de Monseñor Lefebvre, del 12 de julio de 1976:
El domingo, 27 de junio, un enviado de la Secretaría de Estado me llevó la carta de Monseñor Benelli. Ella confirma la prohibición de las ordenaciones y las amenazas de sanción; no hace ninguna referencia a la posibilidad de un diálogo. De este modo, parece imposible abordar el problema de fondo, que es el acuerdo de la Iglesia conciliar, como la llama Monseñor Benelli en su última carta, y la Iglesia Católica. Que no se equivoquen, no se trata de un desacuerdo entre Monseñor Lefebvre y el Papa Pablo VI. Se trata de la incompatibilidad radical entre la Iglesia Católica y la Iglesia conciliar, representando la misa de Pablo VI el símbolo y el programa de la Iglesia conciliar.
Reflexiones de Monseñor Lefebvre sobre la suspensión a divinis, del 29 de julio de 1976:
¡Qué más claro! En adelante es a la Iglesia conciliar que es necesario obedecer y ser fiel, y no a la Iglesia Católica. Es todo nuestro problema precisamente. Somos “suspendidos a divinis” por la Iglesia conciliar y para la Iglesia conciliar, de la cual no queremos formar parte. Esta Iglesia conciliar es una Iglesia cismática, porque rompe con la Iglesia Católica de siempre. Tiene sus nuevos dogmas, su nuevo sacerdocio, sus nuevas instituciones, su nuevo culto, ya condenados por la Iglesia en muchos documentos oficiales y definitivos (…) Por eso los fundadores de la Iglesia conciliar hacen tanto hincapié en la obediencia a la Iglesia de hoy, haciendo abstracción de la Iglesia de ayer, como si ésta no existiese ya (…) Esta Iglesia conciliar es cismática porque tomó como base de su actualización los principios opuestos a los de la Iglesia Católica (…) La Iglesia que afirma semejantes errores es a la vez cismática y herética. Esta Iglesia conciliar no es, pues, católica. En la medida en que el papa, los obispos, sacerdotes o fieles adhieren a esta nueva Iglesia, se separan de la Iglesia Católica. La Iglesia de hoy sólo es la verdadera Iglesia en la medida en que sigue y hace cuerpo con la Iglesia de ayer y de siempre. La norma de la fe católica es la Tradición (…) El pedido de Monseñor Benelli es, pues, luminoso: sumisión a la Iglesia conciliar, a la Iglesia de Vaticano II, a la Iglesia cismática. Nosotros proseguimos en la Iglesia Católica.
Declaración de Monseñor Lefebvre, del 4 de agosto de 1976:
Este concilio representa, tanto a los ojos de las autoridades romanas como a los nuestros, una nueva iglesia, que ellos llaman, además, la Iglesia conciliar (…)
Creemos que podemos afirmar, ateniéndonos a la crítica interna y externa del Vaticano II, es decir, mediante el análisis de los textos y el estudio de las modificaciones y las conclusiones de este Concilio, que este último, dando la espalda a la tradición y rompiendo con la Iglesia del pasado, es un concilio cismático (…)
Todos los que cooperan en la ejecución de este trastorno, aceptando y adhiriendo a esta nueva Iglesia conciliar, como la llama Monseñor Benelli en su carta del 25 de junio, entran en el cisma.
Sermón de Monseñor Lefebvre. Lille, 29 de agosto de 1976:
¿Qué es lo que han querido los católicos liberales durante un siglo y medio? Hace que la Iglesia y la Revolución contraigan matrimonio, casar a la Iglesia y la subversión, casar la Iglesia y las fuerzas destructivas de la sociedad y de todas las sociedades, la familiar, la civil y la religiosa. ¿Qué significa eso?
Esto significa que hay que casar la Iglesia, la Iglesia Católica, la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, con los principios que son contrarias a esta Iglesia, que la socavan, que siempre han estado en contra de la Iglesia (…)
La unión deseada por los católicos liberales entre la Iglesia y la Revolución es una unión adúltera, adúltera. De esta unión adúltera sólo pueden venir bastardos. ¿Y quiénes son estos hijos bastardos? Los ritos. El rito de la misa es un rito bastardo. Los sacramentos son sacramentos bastardos (…) Los sacerdotes que salen de los seminarios no saben lo que son. Son sacerdotes bastardos. Ellos no saben lo que son.
Conferencia de Monseñor Lefebvre durante el Retiro sacerdotal, del 4 de septiembre de 1987:
Yo digo: Roma ha perdido la fe, mis queridos amigos. Roma está en la apostasía. Estas no son palabras vacías. Esa es la verdad. Roma está en la apostasía. Ya no podemos tener confianza en esta gente, ellos abandonan la Iglesia, salieron de la Iglesia, salen de la Iglesia. Es cierto, cierto, cierto.
Carta de Monseñor Lefebvre al Cardenal Ratzinger, del 24 de mayo de 1988:
Eminencia, me parece necesario precisarle lo que le escribía el 6 de mayo. Reflexionando, nos resulta claro que el objetivo de los coloquios y de la reconciliación es integrarnos en la Iglesia Conciliar, la única Iglesia a la cual hacía usted alusión en las conversaciones.
Conferencia de Prensa, del 15 de junio de 1988:
El Cardenal Ratzinger lo repitió varias veces: “Monseñor sólo hay una Iglesia, no puede haber una Iglesia paralela”. Le dije: “Eminencia, no somos nosotros quienes hacemos una Iglesia paralela, puesto que seguimos la Iglesia de siempre; son ustedes quienes hicieron la Iglesia paralela habiendo inventado la Iglesia del Concilio, la que el cardenal Benelli llamó la Iglesia conciliar; son ustedes quienes inventaron una iglesia nueva, quienes se hicieron nuevos catecismos, nuevos sacramentos, una nueva misa, nueva liturgia, esto no viene de nosotros. Nosotros, seguimos lo que se hizo antes. No somos nosotros quienes hacemos una nueva iglesia.
Los Superiores de la FSSPX, Carta Abierta al Cardenal Gantin, 6 de julio de 1988:
Eminencia, reunidos en torno a su Superior general, los Superiores de los distritos, seminarios y casas autónomas de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, piensan conveniente expresarle respetuosamente las reflexiones siguientes.
Usted creyó deber suyo, por su carta del 1º de julio último, hacer saber su excomunión latae sententiae a Su Excelencia Monseñor Marcel Lefebvre, a Su Excelencia Monseñor Antonio de Castro Mayer y a los cuatro obispos que ellos consagraron el 30 de junio último en Ecône.
Quiera usted mismo juzgar sobre el valor de tal declaración que viene de una autoridad que, en su ejercicio, rompe con la de todos sus antecesores hasta el papa Pío XII, en el culto, enseñanzas y el Gobierno de la Iglesia.
En cuanto a nosotros, estamos en plena comunión con todos los Papas y todos los Obispos que han precedido el Concilio Vaticano II, celebrando exactamente la Misa que ellos codificaron y celebraron, enseñando al Catecismo que ellos compusieron, oponiéndonos contra los errores que ellos condenaron muchas veces en sus encíclicas y cartas pastorales.
Quiera usted entonces juzgar de qué lado se encuentra la ruptura. Estamos extremadamente apenados por la ceguera de espíritu y el endurecimiento de corazón de las autoridades romanas.
En cambio, nosotros jamás quisimos pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de Iglesia Conciliar y se define por el Novus Ordo Missæ, el ecumenismo indiferentista y la laicización de toda la sociedad.
Sí, nosotros no tenemos ninguna parte, nullam partem habemus, con el panteón de las religiones de Asís; nuestra propia excomunión por un decreto de Vuestra Eminencia o de otro dicasterio no sería más que la prueba irrefutable.
No pedimos nada mejor que el ser declarados ex communione del espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde hace veinticinco años; excluidos de la comunión impía con los infieles.
Creemos en un solo Dios, Nuestro Señor Jesucristo, con el Padre y el Espíritu Santo, y seremos siempre fieles a su única Esposa, la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana.
El ser asociados públicamente a la sanción que fulmina a los seis obispos católicos, defensores de la fe en su integridad y en su totalidad, sería para nosotros una distinción de honor y un signo de ortodoxia delante de los fieles. Estos, en efecto, tienen absoluto derecho de saber que los sacerdotes a los cuales se dirigen no están en comunión con una iglesia falsificada, evolutiva, pentecostal y sincretista.
Monseñor Fellay:
Conferencia de Bruselas, 13 de Junio de 2005: Perspectivas para la Iglesia en el advenimiento de un nuevo pontífice:
En un cáncer, si ustedes tienen un tumor que está bien delimitado, se puede intentar eliminarlo.
Si ustedes tienen un cáncer generalizado, si la enfermedad está en todas partes, no se intenta eliminarlo. Debido a que no sabemos qué dejar y qué quitar. Los médicos se sienten impotentes.
Este es de hecho el estado de la Iglesia. Se trata de un cáncer generalizado, a tal punto que ni siquiera se puede tomar el bisturí para extirpar los tumores.
Anteriormente, había aquí un sacerdote hereje, un obispo herético, y se los hacía saltar; y estaba solucionado.
Hoy en día, el daño está tan extendido que incluso Roma no se atreve a tomar el bisturí.
No me pregunten cómo es posible esto.
Es parte del misterio de la Iglesia.
Conferencia del lunes 16 de febrero de 2009, en Flavigny:
Algunos, para facilitar las cosas, hacen una identificación entre la Iglesia Oficial y la Iglesia Modernista. Pero es un error, porque hablamos de una realidad concreta.
Jueves 2 de febrero de 2012:
También es importante que no nos imaginemos una Iglesia Católica que sólo sería el fruto de nuestra imaginación, que no sería la Iglesia real. Es con la Iglesia real que tenemos problemas. Esto es lo que hace que las cosas sean aún más difíciles: el hecho de que tenemos problemas con ella. Esto no nos autoriza, por así decirlo, a “dar un portazo” (…) Queridos hermanos, humanamente hablando, es difícil decir lo que depara el futuro, pero sabemos que cuando se trata con la Iglesia, tratamos con Dios, con la Divina Providencia, y sabemos que la Iglesia es Su Iglesia.
Sermón del domingo de Pentecostés de 2012:
Otra cosa muy similar es lamentable, casi desesperada, y es la situación de la Iglesia, ¡la Esposa de Cristo!
¿Quién podría imaginarlo? La demolición, los golpes sufridos durante, y después del Concilio, que están ahí, ante nosotros. Triste. Lamentable.
Nos atrevemos a pensar: ¿Cómo hace la Iglesia para levantarse de nuevo? Y nos atrevemos a decir: Humanamente se acabó.
Pero no tenemos el derecho de decir “humanamente” cuando hablamos de la Iglesia, porque la Iglesia sigue siendo la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo. Y aun cuando la vemos en un estado lamentable, no tenemos derecho de asociar este lamentable estado con la Iglesia misma, y luego decir: ¡La Iglesia no existe más!
¡No! La Iglesia permanece, aún desfigurada, como si estuviera afectada por un cáncer generalizado, pero tenemos la certeza de que se levantará de nuevo…
Sábado 6 de octubre de 2012:
Entonces, para nosotros, no podemos salirnos de la Iglesia, no podemos decir “no queremos oír nada de Roma”. No es posible. Es la Iglesia y hay una sola verdadera Iglesia, que tiene las promesas de Nuestro Señor, y es Nuestro Señor que es la Cabeza de esta Iglesia.
Conferencia de Mons Fellay, del 27 de febrero de 2014 a los Priores del Distrito de Francia, en Flavigny:
Yo creo que, en el fondo, hay una cuestión, una cuestión difícil, porque es difícil de resolver: es la percepción que tenemos de lo que yo llamo la Iglesia actual, es decir, de lo que tenemos ante nosotros, lo que llamamos Roma, lo que llamamos la Iglesia oficial, Roma, la jerarquía.
Hasta aquí, siguiendo a Monseñor Lefebvre, la posición de la Fraternidad ha sido el de describir un doble elemento. Frente a esta Roma que tenemos delante de nosotros, que llamamos Iglesia católica para simplificar, Monseñor Lefebvre, en su famosa Declaración de 1974 habla de la Roma Eterna y de una Roma modernista.
Enseguida aparecieron otras expresiones, pero al final se distingue siempre la misma cosa.
Por un lado hablamos de Iglesia católica, la verdadera, la Iglesia católica romana, la del Credo.
Por otro, la iglesia conciliar.
Por una parte, la Iglesia católica de la cual formamos parte y a la cual queremos pertenecer a cualquier precio.
Y por otro, la Roma modernista de la cual nos apartamos con horror: nosotros no tenemos nada que ver con ella y no queremos tener nada que ver con ella.
El problema viene de hacer el discernimiento entre las dos, en lo concreto. ¿Por qué? Porque, en lo concreto, es como si estas dos tuvieran el mismo objeto. Como si hubiera la verdadera Iglesia y una substitución de iglesia. Y es esta substitución de Iglesia que aparece más fuertemente, al punto que tenemos un problema para discernir dónde está la verdadera.
¿Dónde está la verdadera Iglesia? ¿Dónde está la Iglesia? Una cuestión que uno se plantea, con razón, cuando vemos lo que pasa.
Hay expresiones de Monseñor Lefebvre acerca de la Iglesia, llamémosla conciliar, muy fuertes y que no datan de los años posteriores a las Consagraciones, en 1989 o después.
(…)
Les doy estos textos para mostrarles la dificultad en la cual nos encontramos para discernir esta doble realidad.
Creo que todo el mundo está de acuerdo entre nosotros para aceptar que cuando se dice “iglesia conciliar” no hablamos solamente de una idea sino de una realidad.
El problema se sitúa al momento de que se trata de calificar la naturaleza de esta realidad.
Por lo tanto, respecto a la existencia de esta realidad, está bien. Pero en cuanto a la naturaleza de esta realidad, es más complicado.
Hemos aventurado ciertas imágenes. Les confieso que aquella que me gusta más, es la imagen del cáncer o del virus.
La ventaja de la imagen del virus es que tenemos un elemento exterior que entra en el cuerpo, que utiliza las funciones del organismo para producir otra cosa que lo que se debería encontrar en el cuerpo. Esto es lo que sucedió. Llamémosles enemigos incluso si ellos estaban dentro de la Iglesia, digamos asimismo que ciertos infiltrados, venidos del exterior, lograron apoderarse de un cierto número de organismos de la Iglesia para hacerlos producir, a través de lo que debería ser la vida normal de la Iglesia, elementos que no pertenecen a la Iglesia. Un poco como un tumor o esos virus que producen células que no son del cuerpo sino que son de fuera.
Cuando se tiene un tumor canceroso y este tumor está suficientemente aislado, se toma el bisturí, se saca y queda arreglado. Cuando el cáncer está generalizado, los médicos bajan los brazos, ellos ya no saben qué hacer.
Podríamos calificar la situación actual de cáncer generalizado. Una vez más, son imágenes para tratar de aproximar una realidad. ¿Cómo describir esta realidad? Sería como una especie de secuestro de la Iglesia, como una sustitución.
(…)
Yo no quiero extenderme más sobre esta cuestión sino detenerme más en la consecuencia. ¿Por qué? Porque creo que es allí que se funda un poco el estado actual de esta incomodidad que sentimos entre nosotros.
La consecuencia es: ¿Cuál va a ser nuestra relación con esta realidad que tenemos ante nosotros, con la Iglesia?
Es evidente que si vemos ante nosotros a la iglesia moderna, conciliar, ¿qué relación quieren tener?
Monseñor, en uno de sus textos dijo: nullam partem.
¿Qué quieren tener como relación con aquellos que son verdaderamente modernistas?
Las únicas relaciones que se pueden tener eventualmente, es la de tratar de convertirlos, incluso si sabemos que ellos no son los más fáciles de convertir.
Es muy simple: Si el cura del pueblo los invita a concelebrar, ¿qué relación se puede tener con él? Ustedes pueden tener una relación de ir a tomar un té con él eventualmente, pero no de participar en su ceremonia.
Por lo tanto, frente a la iglesia conciliar, las relaciones están reducidas casi a nada, solo a la condenación. Pero a eso no lo podemos llamar relación. La condenamos como peligrosa, cismática, herética.
Si, por el contrario, sostenemos que todavía está la verdadera Iglesia en alguna parte, evidentemente allí hay una relación.
El problema es: ¿Cuál es el terminus ad quem de nuestra relación? ¿Es una o la otra?
¡Eso cambia todo!
Y yo creo que ese es el fondo del problema: Con la iglesia modernista no tenemos nada que ver, mientras que con la Iglesia católica es normal mantener una relación.
Sábado 20 de diciembre de 2014:
El problema de la jurisdicción demuestra la importancia de estar reconocidos canónicamente. No se puede decir que no es importante tener la estampilla de católicos. Hay que tener la estampilla. (…) La iglesia oficial es la visible, es la iglesia católica, y punto.
Padre Gleize: Entrevista de la revista del Distrito de EEUU, The Angelus. Esta entrevista permitió al teólogo precisar algunos puntos de su estudio « ¿Se puede hablar de una Iglesia Conciliar?, publicado en Courrier de Rome n°363 y parcialmente en DICI n°273.
The Angelus: Padre, usted recientemente propuso una explicación según la cual la expresión “iglesia conciliar” no significaría una institución distinta de la Iglesia Católica, sino más bien una “tendencia” en el seno de esta. ¿La consecuencia lógica de esta teoría sería entonces que el movimiento tradicionalista debería retornar a la estructura oficial de la Iglesia con el fin de combatir, desde el interior, la “tendencia” conciliar y así hacer triunfar a la Tradición?
Padre Gleize: Yo le pregunto en cambio: ¿Qué entiende usted por “estructura oficial”? Lógicamente, esta expresión hace la distinción con otra estructura que sería no-oficial: ¿dónde está ella según usted?
Por mi parte, me parece que está la Iglesia y su estructura visible; y en la estructura de la Iglesia se encuentra el buen y mal espíritu, este último se ha apoderado de los espíritus de los dirigentes y haciendo estragos bajo el abrigo del gobierno de la jerarquía.
Si hay una estructura oficial a la cual no pertenecemos y a la cual habría que regresar, o se trata de la jerarquía visible de la Iglesia católica y nosotros somos cismáticos, y como tales fuera de la Iglesia visible y queremos permanecer así; o se trata de una jerarquía visible diferente a la de la Iglesia católica, y nosotros somos la Iglesia Católica en tanto que ella es distinta de la Iglesia conciliar; pero entonces, ¿dónde está nuestro papa? ¿Nuestro papa es obispo de Roma y quién es obispo de Roma entre nosotros?
The Angelus: ¿Pero cree usted que verdaderamente se pueda hablar de « tendencia » para calificar al modernismo que estraga la Iglesia, siendo que las ideas liberales y masónicas del Vaticano II se encuentran, por así decir, institucionalizadas por las reformas y cubriendo todos los aspectos de la vida de la Iglesia: Liturgia, Catecismo, Ritual, Biblia, Tribunales eclesiásticos, Enseñanza superior, Magisterio y sobre todo, el Derecho canónico?
Padre Gleize: Usted dijo bien «por decir así»… Esta es la prueba (al menos inconsciente) que las cosas no son tan simples. No olvide que, en todo caso, yo no soy el primero que habla de “tendencias” para calificar la situación actual de la Iglesia ocupada por el modernismo. Recuerde la Declaración de 1974, donde Monseñor Lefebvre trazó el rumbo de la Fraternidad, Monseñor Lefebvre habla exactamente de una “Roma de tendencia neo-modernista, neo-protestante, que se manifestó claramente en el concilio Vaticano II y después del Concilio en todas las reformas que se derivaron de él”. Monseñor Lefebvre no quiere decir que habría dos Roma o dos Iglesias diametralmente opuestas como lo serían dos cuerpos y dos sociedades. Él quiere decir que está Roma y la Iglesia, el único Cuerpo místico de Cristo cuya cabeza visible es el Papa, obispo de Roma y vicario de Cristo. Pero existe una mala tendencia que se ha introducido en esta Iglesia, a causa de las ideas falsas que hacen estragos en el espíritu de aquellos que tienen el poder en Roma. Es este argumento que tomó mi artículo del mes de febrero pasado del Courrier de Rome. Sí, las reformas son malas; pero ellas tienen como resultado hacer pasar las tendencias (que continúan siendo tendencias) en las cosas reformadas: éstas obedecen entonces a las malas tendencias que se incrustan más o menos en ellas en la vida de la Iglesia, sin que se pueda decir que en todas partes haya nuevas instituciones, completamente extrañas a la Iglesia. En todos los ejemplos que usted evoca, se trata de una cuestión de lo que los hombres de Iglesia han desarrollado. Pero otra cosa es el poder del cual se han servido (de manera muy abusiva) para imponer estas novedades, otra cosa es la jerarquía visible cuyos puestos ellos ocupan. Las ideas liberales y masónicas del Vaticano II han sido institucionalizadas, pero precisamente, son ideas nuevas, que son el punto de partida de las nuevas tendencias. Ellas no son una institución como puede serlo una Iglesia en su totalidad.
The Angelus: Sin duda, ¡pero estas tendencias no son católicas! Hacen que la gente pierda la fe y se separen de la Iglesia. No somos nosotros que abandonamos la Iglesia católica, son ellos, incluso si lograron tomar el mando de la estructura oficial. Nos enfrentamos a una estructura, a una institución diferente de la Iglesia católica. Si ese no fuera el caso, ¡nosotros seríamos miembros de ella!
Padre Gleize: Si sigo con su lógica, debo concluir que la Iglesia conciliar existe entonces como una secta cismática, formalmente diferente que la Iglesia católica. Por lo tanto: todos sus miembros son materialmente herejes, por lo menos cismáticos, comprendiendo a todos los grupos ralliés; ellos están fuera de la Iglesia; no podemos darle los sacramentos a menos que hayan abjurado públicamente; los papas conciliares son antipapas; si nosotros somos la Iglesia católica, si no tenemos papa, entonces, ¿dónde está nuestra visibilidad?, ¿o bien sí lo tenemos y entonces es el Obispo de Roma?
Padre de la Rocque:
La Iglesia, nuestra madre, hoy está enferma.
En vez de darnos esta comida pura de la fe, transmitida a través del magisterio de siempre, ella quiere comunicarnos, hacernos tragar una ideología mortífera.
Ella está enferma, muy enferma, la Iglesia; cuando vemos al Papa decir que el católico accede a Dios a través de la Biblia y los musulmanes por el Corán.
Está muy enferma, esa iglesia, cuando vemos al Papa apoyando a sus cardenales destructores de la moral católica, del matrimonio en este caso.
¿Cuál debe ser nuestra actitud frente a esta enfermedad? ¿Alguna vez hemos visto a un hijo, digno del nombre, abandonar a su madre bajo pretexto de que está enferma?
Esta enfermedad de la Iglesia de hoy no es una enfermedad como cualquier otra. Se la puede comparar al Ébola, es una enfermedad que es contagiosa.
Las autoridades romanas quieren propagar esta enfermedad y nos quieren hacer tragar el virus.
Estamos ante una enfermedad específica, que es contagiosa.
¿Cómo se comporta un niño ante la enfermedad contagiosa de su madre? Su deber como hijo es protegerse del contagio.
La madre digna de ese nombre quiere la vida y la salud de su hijo, y por lo tanto corresponde al deseo de nuestra madre que nos protejamos del contagio. Tenemos este deber filial respecto de la Iglesia, nuestra madre.
Ciertos tipos de enfermedades causan delirio; puede ser que en este delirio, madre enferma de enfermedad contagiosa nos pida que vayamos a abrazarla; sería suficiente para contagiarse el Ébola.
Obedecer en verdad a esta madre es rechazar la solicitud procedente de su delio mucho más que su verdadera maternidad.
¡Ay! ¡ay! ¡oh desgracia!, tenemos que mantenernos alejados de estas personas portadoras de este virus espiritual más sutil y por lo tanto más infeccioso que el Ébola.
¿Es por eso que tenemos que aislar totalmente a estas personas infecciosas, prohibirle cualquier acceso a cualquier persona que busca acercarse?
Es importante considerar los matices. Sería criminal ese niño que rechazase a su madre enferma el acceso de un médico protegido que, tal vez, podría ayudar a la curación.
Si el niño tiene que rechazar sus besos delirantes, debería, en la medida que se pueda, para ayudar a su madre, no directamente -no tiene poder- pero apelando al médico competente y suficientemente protegido para no infectarse.
Hay buenos contactos potenciales con esta madre enferma; es importante enviar las personas suficientemente competentes, verificar luego que no hayan sido infectadas, y luego seguir con la tarea de tratar de ayudar a esta Iglesia enferma a que se recupere
El Obispo de Kent:
Conferencia de Bogotá, sábado 12 de marzo de 2014:
Pregunta de una señora: Su Excelencia, con todo respeto y dentro de mi ignorancia. Considero que usted es un digno representante de la Iglesia Católica. No obstante, conozco obispos de la iglesia conciliar. Y, en realidad, yo, siendo nueva aquí, pero, gracias a que estuve dentro de la iglesia conciliar, me ha dado cuenta de muchas herejías. Ahora, yo no considero a un obispo de la iglesia conciliar, como un verdadero Obispo de la Iglesia Católica. ¿Cómo puede ser un papa de la iglesia conciliar al mismo tiempo Papa de la Iglesia Católica?
Respuesta del Obispo de Kent: Hay una manzana podrida. Usted, ¿puede tener en una mano una manzana podrida? ¿Sí o no?
Señora: Sí… Sí, la puedo tener; aunque la podría botar.
Obispo de Kent: Entonces, un Papa puede ser Papa de la Iglesia sana y de la iglesia mal sana en el mismo tiempo. Porque la iglesia conciliar no es otra que la podredumbre de la Iglesia Católica. Y así como yo puedo tener la manzana buena con la podredumbre en una mano, el Papa puede ser Papa de la podredumbre y de lo todavía es sano. No hay contradicción.
Comentario Eleison Nº 105, del 11 de julio de 2009:
La expresión “Iglesia Conciliar” da lugar a mucha confusión. Por ejemplo, ¿cómo puede la Iglesia Católica, la impecable Novia de Cristo (Efesios V, 27), verse teñida con la nueva religión, centrada en el hombre, del Concilio Vaticano II, es decir, el Conciliarismo? Sin embargo, Nuestro Señor fundó sólo una Iglesia, de modo que si la “Iglesia Conciliar” no es católica, ¿hay dos Iglesias, una Iglesia Conciliar y una Iglesia Católica? Imposible.
De hecho no hay dos Iglesias. Sólo hay una Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, y esa es la Iglesia Católica. Sin embargo, esta Iglesia Católica se encarna en seres humanos, que son necesariamente imperfectos. Nuestro Señor la instituyó no para salvar ángeles o animales, sino exclusivamente para nosotros, los pobres seres humanos, que por nosotros mismos sólo tendemos, a causa del pecado original, a caer más y más lejos del Cielo y de Dios.
Así, la Iglesia Católica siempre tiene dos aspectos: divina por su origen o principio (Jesucristo); y por su finalidad (llevar las almas al Cielo); y por otro lado es, en sí misma, necesariamente humana, por su involucrarse entre los seres humanos a los que viene a salvar. Por lo tanto, como debe haber seres humanos dentro de la Iglesia, también habrá siempre imperfecciones en el interior de la Iglesia, a veces muy visibles; pero estas imperfecciones seguirán siendo incapaces de manchar a la Esposa de Cristo, impecable en sí misma.
Ahora bien, el Conciliarismo, como nueva religión del Vaticano II, poniendo al hombre en el lugar de Dios, es error e imperfección puramente humana; de ninguna manera divina. Así pues, la expresión “Iglesia Conciliar”, refleja la Iglesia Católica en su aspecto puramente humano e imperfecto, la Iglesia como desfigurada por el hombre moderno, que organizó el Vaticano II para ponerse a sí mismo en el lugar de Dios. Sin embargo, la Iglesia permanece inmaculada bajo todas las desfiguraciones, como si se tratara de un martín pescador, que se precipita sobre un lago a recoger a un pez y vuela de nuevo al Cielo, sin hesitar, liberándose de toda el agua que lo impregnó momentáneamente.
¿Luego hay dos Iglesias? De ninguna manera. Sólo hay una inmaculada Esposa de Cristo. Entonces, ¿la expresión “Iglesia Conciliar” no tiene significado real? Por desgracia, esa locución nombra una muy concreta realidad. Designa a todos los miembros y estructuras de la Iglesia verdadera que están como atrapados en las estrategias de los sutiles errores del Concilio Vaticano II, y como tendiendo todo el tiempo a salir de la verdadera Iglesia por causa de esos errores. Esta es la “Iglesia Conciliar” de la cual Monseñor Lefebvre nunca se reconoció “excomulgado”, porque, como él decía, desde un principio jamás perteneció a ella.
Comentario Eleison Nº 281, del 1º de diciembre de 2012:
Hoy reina mucha confusión acerca de la identidad de la verdadera Iglesia de Nuestro Señor aquí en la tierra, y acerca de los diversos nombres que se le aplican. Claro, la gran parte de la confusión actual proviene del mayor problema de la Iglesia de hoy, que es el diabólico Concilio Vaticano Segundo (1962–1965). Tratemos de desenredar algo de esta confusión.
“Iglesia” proviene del griego Ekklesia y del latín Ecclesia, “asamblea.” “Nuestro Señor reunió alrededor de El una sociedad de hombres que Le reconocían por Su Maestro: he aquí lo que El llamó Su Iglesia” (Bossuet).
“Iglesia Católica” significa para muchos un edificio, pero principalmente el grupo de personas que comparten en el mundo entero (katholos en griego significa “universal”) una misma Fe, un mismo conjunto de Sacramentos y una misma Jerarquía, los tres elementos habiendo sido establecidos por el Dios Encarnado, Nuestro Señor Jesucristo, durante su vida en la tierra hace 2000 años. Pero, a partir de este grupo inicial de creyentes tal como lo instituyó Nuestro Señor, de cuando en cuando otros grupos se han separado sin dejar por ello de pretender que ellos eran la verdadera Iglesia de Cristo. Entonces, ¿cómo voy a saber yo cuál es Su verdadera Iglesia?
“Iglesia de Cristo” es la que posee las cuatro Notas exclusivas que permiten reconocerla. 1 Una – por encima de todo por la unicidad de la Fe con la cual Nuestro Señor quiso unificar a Su Iglesia y no fundar otras iglesias (cf.Jn.XVII,21–23: “A fin de que todos sean uno”). 2 Santa – Nuestro Señor fundó su Iglesia para conducir a los hombres al Dios Santísimo y a Su Santo Cielo (cf. Mt.V, 48: “Sed vosotros perfectos . . .”). 3 Católica – Nuestro Señor fundó su Iglesia para todos los hombres de todos los territorios y de todas las épocas (cf. Mt.XXVIII, 19: “Id pues y enseñad a todos los pueblos”). 4 Apostólica – Nuestro Señor fundó su Iglesia como una monarquía, para ser gobernada por el Apóstol San Pedro y sus sucesores (cf. Mt.XVI, 18: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra [petra en griego] edificaré mi Iglesia”). Donde estén estas cuatro Notas, ahí está la verdadera Iglesia de Cristo. Donde falten, no se trata de la Iglesia de Cristo.
“Iglesia Conciliar” significa la Iglesia Católica centrada en Dios tal como cae y sigue cayendo desde hace 50 años bajo la desviación del Concilio Vaticano Segundo, centrado en el hombre. El Conciliarismo (como se puede llamar el error destilado del Vaticano II) tiene con la verdadera Iglesia de Cristo la misma relación que la podredumbre que afecta a una manzana podrida tiene con la manzana misma que está pudriendo. Tal como la podredumbre ocupa la manzana, depende de la manzana, no puede existir sin la manzana, y es, sin embargo, totalmente diferente de la manzana (como lo incomible es diferente de lo comible), así el Conciliarismo centrado en el hombre ocupa de tal manera la Iglesia de Cristo que muy poco de la Iglesia queda sin estar más o menos podrido; sin embargo el Conciliarismo es tan diferente del Catolicismo que uno puede decir verdaderamente que la Iglesia Conciliar ya no es más la Iglesia Católica. Pero la Iglesia Católica es visible. ¿No es la Iglesia Conciliar también visible?
“Iglesia visible” (o “concreta”) significa todos los edificios, jerarcas y fieles de la Iglesia que podemos ver con nuestros ojos. Pero decir que la Iglesia Católica es visible, luego que la Iglesia visible es la Iglesia católica, es tan “infantil” (palabra de Mons. Lefebvre para este error) como decir que todos los leones son animales, luego todos los animales son leones. La única parte de la Iglesia visible que es católica es la que es una, santa, universal y apostólica. Lo demás son variedades de podredumbre visible.
“Iglesia oficial” significa la Iglesia en cuanto está conducida por, y siguiendo a, sus jerarcas visibles. Debido a que éstos son hoy mayormente Conciliares, la “Iglesia oficial” es ampliamente Conciliar y no católica, según su conformidad o no con las cuatro Notas. Similarmente, la “Iglesia actual” significa la Iglesia oficial de hoy en cuanto a que está opuesta al pequeño rebaño “Tradicionalista.” Sin embargo, que nadie vaya a decir que no queda nada de las Notas “una, santa, universal o apostólica” permaneciendo en la Iglesia “actual,” ni tampoco que todo o todos en el pequeño rebaño “Tradicionalista” evidencien las cuatro Notas. Trigo y cizaña crecen siempre mezclados en la Iglesia de Cristo (cf. Mt.XIII, 24–30).
Comentario Eleison 344:
En el Vaticano II, por ejemplo, el error de la Iglesia llegó bien lejos, sin que Dios, sin embargo, permitiera a Su Iglesia ser totalmente defectible en lo que hace a su presentación a los hombres de la Verdad inerrante proviniendo de Su propia infalibilidad.
Comentario Eleison 388:
En otras palabras, hubo un tiempo cuando Dios elevó Su Iglesia Católica a grandes alturas. Pero hoy en día se está haciendo el hazmerreír del mundo, al punto que uno puede casi estar avergonzado de ser un Católico.
Comentario Eleison 395:
La Roma de hoy en día ciertamente no es católica.
Entrevista de diciembre de 2014:
Ahora estamos con la soga al cuello y no podemos escapar, necesitaríamos un verdadero milagro para escapar. Este milagro sería la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María. Si los hombres de Iglesia lo hicieran, en lugar de ir deslizándonos hacia abajo empezaríamos a remontar. (…) Putin está liderando y haciendo todo lo que puede para promover un renacimiento religioso en Rusia. Ha reconstruido miles de iglesias y eso significa que si se hace la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María, fácilmente se realizará la conversión de Rusia a la religión católica, y Rusia renovará la Iglesia. Rusia lideraría la renovación de la Iglesia porque no seguiría los pasos de la decadente Iglesia Latina. Para nada. Parece haber ahora una verdadera renovación de la religión en Rusia. Si esta renovación se vuelve Católica, entonces Rusia creará un nuevo Catolicismo, tanto nuevo como antiguo, pero definitivamente nuevo. Es una verdadera esperanza para mañana o pasado mañana. Yo creo que esto es lo que debe pasar porque sin el Catolicismo no tenemos la Verdad completa. Al presente, los ortodoxos están en cisma, si no en herejía. Pero con la consagración se convertirán.
El Cardenal Pie:
El mal se produce desde entonces, se producirá hasta el fin bajo mil formas distintas.
Vencerlo enteramente aquí abajo, destruirlo por completo, y establecer sobre sus ruinas el estandarte en adelante inviolable del Nombre, del Reino y de la Ley de Dios, es un triunfo definitivo que no se dará a ninguno de nosotros, pero cada uno de nosotros debe ambicionar con esperanza contra la esperanza misma: Contra spem in spem (Rom., IV, 18).
Sí, con esperanza contra la esperanza misma. Puesto que quiero decirlo a esos cristianos pusilánimes, esos cristianos que se hacen a esclavos de la popularidad, admiradores del éxito, y a los cuales desconciertan los menores progresos del mal:
¡Ah! aquejados como son, ¡quiera Dios que les sean evitadas las angustias de la última prueba!
Esta prueba, ¿está próxima?, ¿está distante?: nadie lo sabe, y no me atrevo a prever nada a este respecto; ya que comparto la impresión de Bossuet, que decía: “Tiemblo poniendo las manos sobre el futuro” (Explicación del Apocalipsis, c. 20).
Pero lo que es cierto, es que a medida que el mundo se aproxima de su término, los malvados y los seductores tendrán cada vez más la ventaja: Mali autem y seductores proficient in pejus (II Timoth., III, 13).
No se encontrará casi ya la fe sobre la tierra (Luc, XVIII, 8), es decir, casi habrá desaparecido completamente de todas las instituciones terrestres.
Los mismos creyentes apenas se atreverán a hacer una profesión pública y social de sus creencias.
La escisión, la separación, el divorcio de las sociedades con Dios, dad por San Pablo como una señal precursora del final: nisi venerit discessio primum (II Thessal., I, 3), irán consumándose de día en día.
La Iglesia, sociedad ciertamente siempre visible, se llevada cada vez más a proporciones simplemente individuales y domésticas.
Ella que decía en sus comienzos: “El lugar me es estrecho, hacedme lugar donde pueda vivir” Angustus est mihi locus, fac spatium mihi ut habitem (Is., LXXI, 20), se verá disputar el terreno paso a paso; se sitiada, estrechada por todas partes; así como los siglos la hicieron grande, del mismo modo se aplicarán a restringirla.
Finalmente, habrá para la Iglesia de la tierra como una verdadera derrota: “se dará a la Bestia el poder de hacer la guerra a los santos y vencerlos” (Apoc., XIII, 7).
La insolencia del mal llegará a su cima.
El Padre Emmanuel:
Hemos considerado a la Iglesia en el pasado y en el presente; nos falta contemplarla en el futuro.
Dios ha querido que los destinos de la Iglesia de su Hijo único fuesen trazados de antemano en las Escrituras, como lo habían sido los de su Hijo mismo; por eso, en ellas buscaremos los documentos de nuestro trabajo.
La Iglesia, como debe ser semejante en todo a Nuestro Señor, sufrirá, antes del fin del mundo, una prueba suprema que será una verdadera Pasión. Los detalles de esta Pasión, en la cual la Iglesia manifestará toda la inmensidad de su amor por su divino Esposo, son los que se encuentran consignados en los escritos inspirados del Antiguo Testamento y del Nuevo.
Los enemigos de la Iglesia, aturdidos por un momento, proseguirán su obra satánica con redoblado odio. Podemos representarnos el estado de la Iglesia en ese momento, como semejante en todo al estado de Nuestro Señor durante los días que precedieron a su Pasión.
El mundo será profundamente agitado, como lo estaba el pueblo judío reunido para las fiestas pascuales. Habrá rumores inmensos, y cada cual hablará de la Iglesia, unos para decir que ella es divina, otros para decir que ella no lo es. La Iglesia se encontrará expuesta a los más insidiosos ataques del librepensamiento; pero jamás habrá logrado mejor que entonces reducir al silencio a sus adversarios, pulverizando sus sofismas…
En resumen, el mundo será puesto enfrente de la verdad; la irradiación divina de la Iglesia brillará ante sus ojos; pero él desviará la cabeza, y dirá: ¡No me interesa!
Este desprecio de la verdad, este abuso de las gracias tendrá como consecuencia la revelación del hombre de pecado. La humanidad habrá querido a este amo inmundo: ella lo tendrá. Y por él se producirá una seducción de iniquidad, una eficacia de error (así tradujo Bossuet a San Pablo) que castigará a los hombres por haber rechazado y odiado la Verdad.
Al hablar así, no estamos entregándonos a imaginaciones, sino que seguimos al Apóstol. En efecto, según él, toda seducción de iniquidad obrará “sobre los que se pierden, por no haber aceptado el amor de la verdad a fin de salvarse. Por eso Dios les enviará una eficacia de error, con que crean a la mentira; para que sean juzgados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia”.
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