PRIMER DOMINGO DE CUARESMA
Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo; y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre.
Y acercándose el tentador le dijo: Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Quien respondiendo dijo: Está escrito, no de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, y lo colocó en lo más alto del templo, diciéndole: Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde lo alto: está escrito, que mandará los ángeles en tu defensa, y te llevarán en sus manos para que la piedra no ofenda tu pie. Jesús le contesta: También está escrito que no tentarás al Señor tu Dios.
Otra vez el demonio lo llevó a la cumbre de un monte elevado, y le manifestó todos los reinos del mundo, y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré, si postrándote me adoras. Entonces le dijo Jesús: Retírate, Satanás, está escrito, adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él servirás. Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles se aproximaron le servían.
El Evangelio de este día contiene la historia de la Cuaresma de Jesucristo en el desierto, como que ella es el origen de la nuestra, y debe ser el modelo. Para honrar e imitar, en algún modo, esta penitencia del Salvador, se ha instituido en la Iglesia la Cuaresma.
Nos acercamos al acontecimiento más sublime e importante de la vida del divino Redentor; hecho en que Dios reunió los valores más sublimes, y Jesucristo reveló las profundidades de su mundo interior.
Opus Christi passio ejus —la gran obra de Cristo es su Pasión—. Sabemos que esta obra no dejó descansar nunca al divino Redentor, flotaba siempre ante sus ojos; su Corazón se sentía como en deuda hasta dar fin a la obra encomendada por el Padre.
Toda la Santa Liturgia nos educa para la comprensión de esta obra sublime. La Cuaresma misma no es otra cosa que el preludio de la Semana Santa.
La Santa Madre Iglesia va introduciéndonos en la gran obra y quiere llenarnos de sentimientos, quiere afinar nuestra alma para que seamos capaces de penetrar en el alma paciente de Jesucristo.
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El Primer Domingo de Cuaresma nos muestra la primera escena propiamente dicha de la actividad pública de Cristo. Apenas empieza su misión, y ya aparece la sombra…, ¡la sombra del alma!…; ahí está ya el tentador; quiere frustrar los augustos principios que le llenan de pánico.
El Evangelio de hoy reseña las tres tentaciones del Señor en el desierto.
Al cabo de ese ayuno tan largo, Jesús tuvo hambre. Ese momento fue como la señal del permiso que el Salvador dio al demonio para que viniese a tentarle, para saber si Él es el Mesías; porque dudaba de ello, y quería tener pruebas más ciertas.
El demonio no conoció perfectamente que Jesucristo es Dios hasta después de su Resurrección.
Cristo está ayunando, y acude el tentador y le dice: ¿para qué haces esto, para qué sirve la oración? ¿Por qué vas consumiéndote? Come y bebe, goza del mundo; todo se acaba…; muéstrate, conquista el mundo…, ese mundo que yo puedo ofrecerte…
Por sus respuestas, sin negar que es el Hijo de Dios, Jesucristo prueba muy bien que es hombre, y deja al tentador tan incierto de su divinidad como estaba antes.
En definitiva, el hombre ha de escoger entre dos poderes: entre Dios y el demonio, que se personifica en el mundo y utiliza el desorden de nuestra carne.
El hombre ha de respetar y amar algo sobre todas las cosas; y, según cómo se decida, orientará su camino: seguirá a uno de esos poderes, mas el otro no le dejará descansar, le instigará siempre.
Al cabo de la tercera derrota, el demonio desapareció lleno de confusión, y tan poco instruido acerca de lo que deseaba saber, como antes de la tentación. Así es que no cesó de perseguir al Salvador hasta que precipitó a los judíos a que le quitasen la vida.
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Dios Nuestro Señor tiene planes magníficos con las tentaciones. Bienaventurado el hombre que sufre tentación, pregona la Sagrada Escritura.
Dios quiere probarnos también a nosotros; permite la tentación para ver si realmente le amamos. No nos sorprenda, pues, si vienen las tentaciones.
La sabiduría de la carne quiere inspirarnos también a nosotros y nos dice: ¿para qué te esfuerzas?; goza del mundo; ¿para qué te mortificas?; vive, de todos modos morirás.
Si no seguimos estas palabras necias, vencemos el incentivo de los sentidos con la virtud de Cristo.
Consideremos que todas las tentaciones son peligrosas; pero las más temibles son las esencialmente demoníacas, como la tercera que sufrió Nuestro Señor.
Estas son las más delicadas y las menos tumultuosas…, y de las que se desconfía menos…
Raras veces ataca el demonio a cara descubierta, a fuerza abierta y con gran ruido. Obrar con tanto estruendo es advertir al tentado. Entonces, se encubre, toma sus precauciones, pone en acción sus astucias.
El enemigo de la salvación es muy hábil y muy astuto para obrar con la torpeza de tentar a cara descubierta. Observa el tiempo en que uno vive más confiado, está atento a las circunstancias del lugar, aprovecha las ocasiones, prepara con cuidado los objetos, estudia el natural, el espíritu, las inclinaciones, el humor, la propensión y, sobre todo, la pasión dominante del sujeto a tentar…; y este es el resorte principal de que se sirve.
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Jesucristo triunfó con facilidad de las tres tentaciones en el desierto. Pero, cuando regrese el diablo, y no traiga contra el Señor la ordinaria tentación humana, de la que habla San Pablo, será más difícil la victoria.
En el Huerto de los Olivos, en aquella noche oscura, Jesucristo, Sacerdote y Víctima, hubo de experimentar, no ya la tentación humana, sino la tentación diabólica.
¡Con qué facilidad triunfó de las tres tentaciones en el desierto!; pero…, ¡cómo lucha en el Huerto de los Olivos!
Allí le oprime el espíritu sombrío, que en el desierto no hizo más que proyectar sobre Él su sombra; en la agonía le envuelve como la noche. Allí la lucha es de vida o muerte; en el desierto el héroe se sacudió de encima al enemigo, la fiera; en el Huerto está sudando sangre por el esfuerzo y el forcejeo.
¿De dónde esta diferencia?
En el desierto dijo el Señor con facilidad: desprecio el mundo, no subo al pináculo del templo, no quiero ser Cesar…; rechazó sin dificultad al espíritu maligno.
En cambio, en el Huerto se siente como aniquilado.
La diferencia está en que la tentación del desierto fue la tentación humana, mientras que la del Huerto es la tentación diabólica. Aquélla fue la tentación del hombre, ésta es la tentación del Sumo Sacerdote y de la Víctima expiatoria.
Aquélla sedujo por el cuerpo, se quejó del ayuno, sintió el incentivo de la vanidad, el afán de brillar; la del Huerto, es mucho más temible.
Cristo teme, se fatiga, está triste. ¿Por qué? ¿Por sí mismo? ¡No!, sino por todo lo que es santo y caro para Él; teme por la obra de Dios, llora por las almas.
La corona que se da a César, al hombre triunfante, Él la desprecia con facilidad, mas le cuesta soportar esta corona de espinas: el pensamiento de que Él trabaja en vano…
La cruz de verse abatido la soportaría; en cambio, el peso de la otra cruz: la visión de la perdición de tantas almas, le derriba al suelo…
¡Ay! ¡Terribles tentaciones las de la inquietud y la tristeza!
Como es muy importante estar bien aparejados contra la tentación, especialmente de inquietud y de tristerza, consideremos en profundidad estos diversos estados del alma siguiendo la doctrina de San Francisco de Sales.
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Dice el Santo Doctor: Enseguida que sientas en ti alguna tentación, haz como los niños cuando en el campo ven algún lobo o algún oso; al instante corren a los brazos de su padre y de su madre, o, a lo menos, les llaman y les piden auxilio y socorro. Acude de la misma manera a Dios, reclamando su auxilio y misericordia; es el remedio que enseña Nuestro Señor: Orad para no caer en la tentación.
Si ves que la tentación persevera o aumenta, corre, en espíritu, a abrazar la Santa Cruz, como si vieses delante de ti a Cristo crucificado, protesta que no consentirás en la tentación, y pídele socorro contra ella y, mientras dure la tentación, no ceses de afirmar que no quieres consentir.
Pero, cuando hagas tales protestas y deseches el consentimiento, no mires de frente a la tentación, sino solamente a Nuestro Señor, porque, si miras a la tentación, podrá hacer vacilar tu valor, sobre todo si es muy violenta.
Distrae tu espíritu con algunas buenas y laudables ocupaciones, porque estas ocupaciones, al entrar en tu corazón y al establecerse en él, ahuyentarán las tentaciones y sugestiones malignas.
No concedas beligerancia a tu enemigo, y no le contestes palabra, si no es aquella con que Nuestro Señor le respondió, y con la cual le confundió: ¡Vete, Satanás! Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás.
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Aunque es cierto que hemos de combatir las grandes tentaciones con un valor invencible, y que la victoria que sobre ellas reportemos será para nosotros de mucha utilidad, con todo no es aventurado afirmar que sacamos más provecho de combatir bien contra las tentaciones leves; porque así como las grandes exceden en calidad, las pequeñas exceden desmesuradamente en número, de tal forma que el triunfo sobre ellas puede compararse con la victoria sobre las mayores.
Los lobos y los osos son, sin duda, más peligrosos que las moscas, pero no son tan impertinentes ni enojosos, ni ejercitan tanto nuestra paciencia.
Es una cosa muy fácil no cometer ningún homicidio, pero es muy difícil evitar los pequeños enfados, de los cuales se nos presentan ocasiones a cada momento.
Cosa fácil es no hurtar los bienes ajenos, es, empero, difícil no desearlos ni envidiarlos.
En una palabra, las pequeñas tentaciones de ira, de sospechas, de celos, de envidia, de amoríos, de frivolidad, de vanidad, de doblez, de afectación, de artificio, de pensamientos deshonestos, son los cotidianos ejercicios, aun de las personas más devotas y decididas.
Ahora bien, en cuanto a estas pequeñas tentaciones, que como moscas pasan por delante de los ojos, y ora nos pican en las mejillas, ora en la nariz; como sea que no es imposible librarnos completamente de su importunidad, la mejor resistencia que les podemos hacer es no inquietarnos, porque nada de esto puede dañar, aunque sí causar molestias, mientras permanezca firme la resolución de servir a Dios.
Desprecia, pues, estos pequeños ataques, y no te dignes pensar en lo que significan, sino déjalos que zumben cuanto quieran alrededor de tus oídos, y que corran de acá para allá en torno de ti; y cuando te piquen, y veas que, poco o mucho, se detienen en tu corazón, no hagas otra cosa que alejarlos sencillamente, sin combatirles ni responderles de otra manera que con actos de amor de Dios.
Este es el mejor recurso para vencer al enemigo, así en las grandes como en las pequeñas tentaciones, ya que el amor de Dios, por contener en sí todas las perfecciones de todas las virtudes, y de una manera más excelente que las mismas virtudes, es también un remedio más eficaz contra todos los vicios.
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La inquietud no es una simple tentación, sino una fuente de la cual y por la cual vienen muchas tentaciones.
La tristeza no es otra cosa que el dolor del espíritu a causa del mal que se encuentra en nosotros contra nuestra voluntad; ya sea exterior, como pobreza, enfermedad, desprecio, ya interior, como ignorancia, sequedad, repugnancia, tentación.
Luego, cuando el alma siente que padece algún mal, se disgusta de tenerlo, y he aquí la tristeza, y, enseguida desea verse libre de él y poseer los medios para echarlo de sí.
Hasta este momento tiene razón, porque todos, naturalmente, deseamos el bien y huimos de lo que creemos que es un mal.
Si el alma busca, por amor de Dios, los medios para librarse del mal, los buscará con paciencia, dulzura, humildad y tranquilidad, y esperará su liberación más de la bondad y providencia de Dios que de su industria y diligencia.
Si busca su liberación por amor propio, se inquietará y acalorará en pos de los medios, como si este bien dependiese más de ella que de Dios.
Y, si no encuentra enseguida lo que desea, caerá en inquietud y en impaciencia, las cuales, lejos de librarla del mal presente, lo empeorarán, y el alma quedará sumida en una angustia y una tristeza, y en una falta de aliento y de fuerzas tal, que le parecerá que su mal no tiene ya remedio.
He aquí, pues, cómo la tristeza, que al principio es justa, engendra la inquietud, y ésta le produce un aumento de tristeza, que es mala sobre toda medida.
La inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir a un alma, fuera del pecado; porque nuestro corazón, cuando está interiormente perturbado e inquieto, pierde la fuerza para conservar las virtudes que había adquirido, y también la manera de resistir las tentaciones del enemigo, el cual hace entonces toda clase de esfuerzos para pescar a río revuelto.
La inquietud proviene del deseo desordenado de librarse del mal que se siente o de adquirir el bien que se espera, y, sin embargo, nada hay que empeore más el mal y que aleje tanto el bien como la inquietud y el ansia.
Luego, cuando te apremie el deseo de verte libre de algún mal o de poseer algún bien, ante todo es menester procurar el reposo y la tranquilidad del espíritu y el sosiego del entendimiento y de la voluntad, y después, suave y dulcemente, perseguir el logro de los deseos, empleando, con orden, los medios convenientes.
Cuando sientas que llega la inquietud, encomiéndate a Dios y resuelve no hacer nada de lo que tu deseo reclama hasta que aquélla haya totalmente pasado, a no ser que se trate de alguna cosa que no se pueda diferir; en este caso, es menester refrenar la corriente del deseo, con un suave y tranquilo esfuerzo, templándola y moderándola en la medida de lo posible, y hecho esto, poner manos a la obra, no según los deseos, sino según razón.
Si puedes, manifiesta la inquietud al director de tu alma, y así podrás sobrellevar suavemente tu mal, por el consuelo que sentirás.
Dice San Pablo: La tristeza que es según Dios, obra la penitencia para la salvación; la tristeza del mundo obra la muerte.
Luego, la tristeza puede ser buena o mala, según sean los diversos frutos que causa en nosotros.
Es cierto que son más los frutos malos que los buenos, porque los buenos sólo son dos: misericordia y penitencia, y los malos, en cambio, son seis: angustia, pereza, indignación, celos, envidia e impaciencia.
El enemigo se vale de la tristeza para ocasionar tentaciones a los buenos; porque, así como procura que los malos se alegren en sus pecados, así también procura que los buenos se entristezcan en sus buenas obras; y así como no puede inducir al mal si no es haciéndolo agradable, de la misma manera no puede apartar del bien si no es haciéndolo desagradable.
El maligno se complace en la tristeza y en la melancolía, porque él está triste y melancólico, y lo estará eternamente; por lo que quiere que todos estén como él.
La tristeza mala perturba el alma, la inquieta, infunde temores excesivos, hace perder el gusto por la oración, adormece y agota el cerebro, priva al alma del consejo, de la resolución, del juicio, del valor, abate las fuerzas, quita toda suavidad al alma y la paraliza y hace impotente en todas facultades.
Si alguna vez te acontece que te sientes atacada de esta tristeza, practica los siguientes remedios: Si alguno está triste, que ore: la oración es el más excelente remedio, porque eleva el espíritu a Dios, que es nuestro único gozo y consuelo.
Esfuérzate en contrariar vivamente las inclinaciones de la tristeza; porque el enemigo, que pretende hacernos aflojar en nuestras buenas obras mediante la tristeza, al ver que, a pesar de ella, no dejamos de hacerlas, y que, haciéndolas con resistencia, tienen más valor, cesa entonces de afligirnos.
Canta himnos espirituales, porque el maligno ha desistido, a veces, de sus ataques, merced a este medio, como lo atestigua el espíritu que asaltaba o se apoderaba de Saúl, cuya vehemencia cedía ante la salmodia.
Es muy buena cosa ocuparse en obras exteriores, y variarlas cuanto sea posible, para distraer el alma del objeto triste, purificar y enfervorizar el corazón, pues la tristeza es una pasión de suyo fría y árida.
Haz actos exteriores de fervor, aunque sea sin gusto, como abrazar el crucifijo, estrecharlo contra el pecho, besarle las manos y los pies, levantar los ojos al Cielo, elevar la voz hacia Dios con palabras de amor y de confianza.
La frecuencia de la Sagrada Comunión es excelente, porque este pan celestial robustece el corazón y regocija el espíritu. Si no se puede comulgar sacramentalmente, siempre es posible hacerlo espiritualmente.
Descubre todos los sentimientos, afectos y sugestiones que nacen de la tristeza a tu director y a tu confesor, con humildad y fidelidad.
Y, principalmente, resígnate en las manos de Dios, disponiéndote a padecer esta enojosa tristeza con paciencia, como un justo castigo a tus vanas alegrías, y no dudes de que Dios, después de haberte probado, te librará de este mal.
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Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo…
Está escrito, no de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios…
También está escrito que no tentarás al Señor tu Dios…
Retírate, Satanás, está escrito, adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él servirás…
Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles se aproximaron le servían.
