MIÉRCOLES DE CENIZA
Empezamos hoy el santo tiempo de Cuaresma; este tiempo de combates y de victorias por medio de las armas del ayuno y de la penitencia.
Debemos comenzar esta cuarentena con ánimo, con confianza, con fervor, con espíritu de religión.
El ayuno de cuarenta días establecido por la Iglesia está testimoniado y justificado tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
En el Antiguo Testamento, puesto que Moisés y Elías han ayunado un número igual de días seguidos. En el Nuevo Testamento, puesto que el Evangelio nos hace saber que Jesucristo ayunó otro tanto tiempo.
Aunque el ayuno sea de precepto divino, el establecimiento de la Cuaresma, esto es, la forma del ayuno, la manera de ayunar cuarenta días antes de Pascua, es de institución apostólica.
El ejemplo del Salvador del mundo fijó el número de días; y el tiempo inmediatamente anterior a la Pascua pareció el más apropiado para que sirviese de preparación a esta gran fiesta.
En efecto, dice San Agustín, no podría elegirse en todo el año un tiempo más conveniente para el ayuno que el que termina en la Pasión de Jesucristo; y este es puntualmente el que el Espíritu Santo ha fijado en la Iglesia.
Como las seis semanas de Cuaresma, sin contar los domingos, no comprenden más que treinta y seis días de ayuno, la Iglesia ha añadido a ellas los cuatro días precedentes, y ha fijado el principio de esta santa cuarentena el Miércoles de Ceniza.
Es bien sabido que se llama así este primer día del ayuno de Cuaresma, a causa de la santa ceremonia de imponer la ceniza bendita sobre la cabeza de los fieles.
No sólo en la Nueva Ley, sino también en el Antiguo Testamento, han sido las cenizas el símbolo de la penitencia, y la señal sensible del dolor y de la aflicción.
Los antiguos códices describen el modo con que se imponía la ceniza a los grandes pecadores, y la ceremonia del día de ceniza.
Todos los penitentes se presentaban a la puerta de la iglesia, cubiertos con un saco, los pies desnudos, y con todas las señales de un corazón contrito y humillado.
El obispo penitenciario les imponía una penitencia proporcionada a sus pecados. Después, habiendo recitado los salmos penitenciales, se les imponían las manos, se los rociaba con agua bendita, y se cubría su cabeza con ceniza.
Esta era la ceremonia del día de ceniza para los pecadores públicos, cuyos enormes pecados habían causado escándalo.
Pero como todos los hombres somos pecadores, todos debemos ser penitentes. Esto es lo que movió a los fieles, hasta a los más inocentes, a dar en este día una señal pública de penitencia, recibiendo la ceniza sobre su cabeza.
Ninguno de los fieles se exceptúa; los príncipes como sus vasallos, los sacerdotes y aun los obispos, así como los simples fieles, dieron desde los primeros tiempos este público ejemplo tan edificante de penitencia.
Y lo que había sido en un principio peculiar sólo de los penitentes públicos, se hizo común a todos los hijos de la Iglesia, por la persuasión, conforme a la palabra de Jesucristo, de que no hay nadie, por inocente que se crea, que no tenga necesidad de hacer penitencia.
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Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris… Acuérdate, hombre, de que eres polvo, y al polvo has de volver…
Estas son las mismas palabras que Dios dijo al primer hombre en el momento de su desobediencia: Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra; pues de ella fuiste tomado. Polvo eres y al polvo volverás.
En ese momento el hombre empezó a morir, faltándole el fruto del árbol de la vida.
Desde entonces sentimos que el hombre es polvo. De la tierra y a la tierra, he aquí las palabras lapidarias que el dedo de Dios escribió sobre el género humano. Todos los hombres son polvo y ceniza, dice el Eclesiástico.
Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris… Palabras de maldición el día que Dios las pronunció; pero palabras de gracia y de salvación con el fin que se propone la Iglesia cuando nos las dice al imponernos la ceniza.
Palabras terribles y fulminantes para el hombre pecador, porque significan el decreto irrevocable de su condenación a muerte… Pero palabras dulces y consoladoras para el pecador penitente, porque le señalan el camino de su conversión por la penitencia.
Somos lo que somos, hijos de Adán y herederos de su carne depravada. Solamente los méritos de Cristo nos dan capacidad para sobreponernos a esa degeneración de la carne y vivir según el espíritu.
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Tomad unos puñados de ceniza del horno, y espárzalo Moisés hacia el cielo, a los ojos del Faraón; y se convertirá en polvo fino en todo el territorio de Egipto, y formará tumores que producirán úlceras, tanto en los hombres como en las bestias, por toda la tierra de Egipto. Esta ceniza, así derramada, fue como la materia con que Dios formó los azotes que afligieron a todo Egipto.
El efecto de la ceremonia de este día tiene un sentido muy diferente para nosotros; porque los sacerdotes de la Nueva Ley imponen hoy la ceniza sobre nuestras cabezas para apaciguar la cólera del Señor por este acto de humillación, para atraernos las gracias y los favores de Dios, para hacernos acreedores de su misericordia y bondad, y para excitar en nuestro corazón sentimientos de una verdadera penitencia.
Es en este espíritu y con esta disposición que se debe practicar la ceremonia de la imposición de la ceniza.
Como sabemos, esta se obtiene de la incineración de los ramos benditos en el año precedente, y llevados en la procesión del Domingo de Ramos.
Ella se bendice antes de imponerla sobre la cabeza de los fieles; y basta hacerse cargo de las oraciones de que la Iglesia se sirve en esta bendición, para comprender con qué espíritu de religión se debe participar de esta saludable ceremonia.
Comienza el sacerdote la bendición de las cenizas por un versículo del salmo LXVIII: Escúchanos, Señor, ya que tu misericordia es benigna: vuelve a nosotros, Señor, tus ojos, inmensamente compasivo como eres y bondadoso.
Siguen cuatro expresivas oraciones:
Oh Dios eterno y todopoderoso, sé propicio a los que te ruegan, perdona a los pecadores arrepentidos; y dígnate enviar del cielo a tu santo Ángel, que bendiga y santifique estas cenizas, para que sean remedio saludable para todos aquellos que humildemente invocan tu Santo Nombre, confiesan que son pecadores, y, arrepentidos de sus faltas, se postran delante de Ti implorando tu misericordia; concédeles, por la invocación de tu Santísimo Nombre, que todos los que fueren espolvoreados con estas cenizas, en remisión de sus pecados, consigan la salud del cuerpo y la protección del alma.
Oh Dios, que no quieres la muerte, sino la conversión de los pecadores: mira con suma compasión la condición de la humana flaqueza, y dígnate, misericordioso, bendecir Tú mismo estas cenizas, que vamos a recibir sobre nuestras cabezas en señal de la humildad cristiana y prenda del perdón que esperamos para que, reconociendo que somos polvo y en polvo debemos convertirnos, merezcamos alcanzar de tu misericordia el perdón de todos los pecados y el galardón prometido a los que hacen penitencia.
Oh Dios, que te dejas vencer por la humillación y te aplacas por la penitencia: escucha misericordiosamente nuestros ruegos y derrama generoso la gracia de tu bendición sobre las cabezas espolvoreadas de ceniza de tus siervos; de suerte que los llenes del espíritu de compunción y a la vez atiendas eficazmente sus justas peticiones, disponiendo, además, que las gracias concedidas duren para siempre, firmes e intactas.
Oh Dios omnipotente y eterno, que concediste los remedios de tu perdón a los ninivitas mientras hacían penitencia en la ceniza y el cilicio: haz de modo que nosotros tan fielmente les imitemos en la penitencia, que alcancemos también la gracia de tu perdón.
La Iglesia termina esta bendición de la ceniza, exhortando a todos los fieles de una manera patética, y en el sentido del Profeta Joel, a que se haga útil y eficaz la ceremonia de la ceniza:
No nos reformemos sólo en lo exterior, por la modestia de los vestidos, en la ceniza, y en el cilicio; ayunemos, y acompañemos nuestros ayunos con lágrimas de contrición, que debemos derramar delante del Señor; porque nuestro Dios está lleno de bondad y de misericordia, y siempre pronto a perdonar nuestros pecados; corrijamos las faltas que hemos cometido, sea por flaqueza, sea por ignorancia, sea por malicia; y no difiramos el hacerlo, no sea que, sorprendidos por la muerte, no tengamos tiempo para convertimos.
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La Epístola de la Misa de este día está tomada del mismo Profeta Joel. Nada podía convenir mejor al espíritu y a la celebridad de este día.
Los azotes con que Dios castigaba los pecados de su pueblo le ofrecen una buena ocasión al Profeta para estimularle a que procure apaciguar la cólera de Dios por medio del ayuno y de la penitencia, prediciéndole que el Señor, movido por la humillación, por la maceración del cuerpo y la oración, derramará sus bendiciones sobre los corazones contritos y humillados, y colmará de bienes las almas verdaderamente penitentes.
El estilo de este Profeta es pomposo, magnífico, vehemente, expresivo, figurado, y al mismo tiempo, vivo, interesante y patético:
Esto dice el Señor: Convertíos a mí de todo vuestro corazón, con ayuno y con llanto y con gemidos. Y rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos, y convertíos al Señor Dios vuestro; porque es benigno y misericordioso, paciente y clementísimo, y su bondad sobrepasa nuestra malicia. ¿Quién sabe si se inclinará a piedad y os perdonará, y os dejará gozar de la bendición y el poder ofrecer sacrificios y libaciones al Señor, Dios vuestro? Tocad la trompeta en Sión, santificad su santo ayuno, convocad a junta, congregad al pueblo, purificad toda la gente, congregad los ancianos, juntad los párvulos y los niños de pecho; salga el esposo de su lecho, y la esposa de su tálamo. Entre el vestíbulo y el altar, llorarán los sacerdotes, ministros del Señor y dirán: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo, y no abandones tu heredad al oprobio, para que la dominen las naciones. ¿Por qué dirían las gentes: En dónde está el Dios de ellos? Mas el Señor miró con amor a su tierra, y perdonó a su pueblo. Y habló el Señor, y dijo a su pueblo: Yo os enviaré trigo, y vino, y aceite, y os llenaréis de todo eso: y nunca ya más permitiré que seáis el escarnio de los gentiles: dice el Señor omnipotente.
Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos, y convertíos al Señor vuestro Dios, porque es bueno y compasivo, paciente y rico en misericordia, y todavía más misericordioso que nosotros perversos.
Era entonces una costumbre muy ordinaria el desgarrar los vestidos en el luto y en el transporte del dolor. Pero Dios no se contenta con estas señales equívocas de conversión, de dolor y de arrepentimiento; quiere una conversión sincera, un dolor interior, un corazón contrito y despedazado de dolor; quiere la conversión del corazón, la reforma de las costumbres; pide frutos dignos de penitencia.
El Profeta designa a la vez tres disposiciones con que debemos hacer la penitencia: la confianza en la bondad de Dios, la contrición de nuestros pecados, y la desconfianza de nuestros propios méritos.
El Profeta exhorta a los jefes de la nación a que reúnan el pueblo, y en esta reunión general ordenen un ayuno solemne, y estimulen a todos, y en particular a los ministros del Señor, a apaciguar la cólera de Dios con sus lágrimas y su penitencia.
No bien el Profeta ha exhortado a todos sus hermanos a la penitencia, cuando les predice que el Señor se dejará ablandar por sus clamores.
En efecto, la penitencia desarma a Dios, por más irritado que esté, y atrae la prosperidad y la calma.
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Consideremos que la ceremonia de la imposición de la ceniza no es puramente exterior, indiferente, estéril; es una práctica religiosa que recordándonos el formidable decreto pronunciado contra nosotros per el Soberano Juez, constituye una exhortación a la penitenta.
Debemos hacer lo que hizo Josué cuando, para apaciguar al Dios de los ejércitos y reparar el latrocinio de los despojos de Jericó, él y los ancianos de Israel hicieron penitencia: Josué rasgó sus vestidos y se postró en tierra sobre su rostro delante del Arca de Yahvé hasta la tarde, así él como los ancianos de Israel, y se echaron polvo sobre sus cabezas.
Debemos hacer lo que Jeremías recomendaba a los príncipes de Judá ante la desdicha de su patria: Cíñete de saco, oh hija de mi pueblo, y revuélcate en la ceniza; haz llanto como por un hijo único, llanto amarguísimo, porque de repente cae sobre nosotros el devastador.
Debemos hacer lo que hicieron Esther, Judith, Mardoqueo y el rey de Nínive…
Debemos tener en cuenta, en fin, lo que en la ley de gracia nos ha dicho Jesucristo respecto de las ciudades impenitentes: Entonces se puso a maldecir a las ciudades donde había hecho el mayor número de sus milagros, porque no se habían arrepentido: “¡Ay de ti Corazín! ¡Ay de ti Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubiesen hecho los prodigios que han sido hechos en vosotras, desde hace mucho tiempo se habrían arrepentido en saco y en ceniza. Por eso os digo, que el día del juicio será más soportable para Tiro y Sidón que para vosotras.
Las oraciones que hace la Iglesia sobre estas cenizas, al bendecirlas, dan una virtud secreta a esta religiosa ceremonia, la hace un Sacramental que no deja de inspirar la contrición y de atraer la gracia de la penitencia a todos los que reciben esta ceniza sobre su cabeza con santas disposiciones.
¡Qué efectos no debe producir esta práctica! Se puede ver en este puñado de ceniza, la verdadera imagen de lo que llegaremos a ser un día… Ante ella se puede oír el decreto divino…
Consideremos, pues, cuántos buenos efectos puede producir esta ceniza recibida sobre nuestra cabeza con un espíritu de Religión, con un corazón contrito y humillado, y con las disposiciones que pide esta santa ceremonia.
Que esta ceremonia misteriosa nos desengañe de tantas grandezas falsas, de todas esas opiniones que encantan y seducen… Pero, al mismo tiempo, sea ella eficaz para descubrirnos el mérito sólido y el precio inestimable de la verdadera virtud.
Recibamos la ceniza con todas las disposiciones y con el espíritu que pide una ceremonia tan santa.
Es inútil que se imponga la ceniza en la cabeza, si reina el orgullo en el corazón, si el alma no está contrita y penetrada de la idea de su nada.
Comencemos la Cuaresma con espíritu de penitencia; unamos nuestro ayuno al de Jesucristo, para hacerlo por este medio más meritorio.
