PADRE MANUEL LACUNZA
VENIDA DEL MESÍAS EN GLORIA Y MAJESTAD
PRIMERA PARTE
Capítulo VI
Segunda dificultad:
La Resurrección de la carne, simultánea y única
§ 1
Hemos salido con vida de entre aquella nube densa y tenebrosa.
En fin, Cristófilo, hemos salido con vida de entre aquella nube densa y tenebrosa, cuyo aspecto era horrible, donde tuvimos el valor o la temeridad de entrar, y donde nos hemos detenido tal vez mucho más de lo que era menester.
[Nota: El Padre Lacunza se refiere a lo tratado en el Capítulo V: Los milenarios. Diversas clases de Milenarios, y la conducta de sus impugnadores. La explicación que se pretende dar al capítulo XX del Apocalipsis]
Hemos examinado de cerca las materias diversas de que se componía. Hemos separado con gran trabajo las unas de las otras, certificados de que en esta mezcla y unión consistía únicamente su oscuridad, y su semblante terrible.
No hay para que temerla ahora. Ella se irá desvaneciendo, tanto más presto, cuanto más de cerca la fuéremos mirando, y cuanto la miráremos con menos miedo.
Nos queda ahora que practicar las mismas diligencias con otra nube semejante, que tiene con esta una grandísima relación: comunica con ella por varias partes, le ayuda, la sostiene, y es recíprocamente sostenida y ayudada; acrecentándose notablemente con esta unión la oscuridad y el terror.
Esta es la resurrección de la carne simultánea y única.
Porque si es cierto que la resurrección de la carne, que creemos y esperarnos todos los cristianos como un artículo esencial y fundamental de nuestra santa religión, ha de suceder en todos los individuos del linaje humano, simultáneamente y una sola vez, es decir una sola vez y en un mismo instante y momento: con esto solo quedan convencidos de error formal todos los antiguos Milenarios, sin distinción alguna; todos sin distinción se pueden y deben condenar, y a ninguno de ellos se puede dar en conciencia el nombre de inocuo.
Con esto solo debe mirarse con gran recelo, como una pieza engañosa y peligrosísima, el capítulo XX del Apocalipsis.
Y con esto solo, nuestro sistema cae al punto a tierra, a lo menos por una de sus partes; y abierta esta brecha, es ya facilísimo saquearlo, y arruinarlo del todo.
Pero ¿será esto cierto? ¿Será tan cierto, tan seguro, tan indubitable, que un hombre católico, timorato y pío, capaz de hacer algunas reflexiones, no pueda prudentemente dudarlo, ni aun siquiera examinarlo a la luz de las Escrituras?
Esto es lo que voy ya a proponer a vuestra consideración.
Sé que los teólogos que tocan este punto (que no son todos ni creo que muchos) están por la parte afirmativa; más también sé con la misma certidumbre, que no lo prueban; a lo menos se explican poquísimo, y esto muy de prisa, sobre el punto particular de ser simultáneamente y una sola vez.
Algunos dicen, o suponen sin probarlo, que esta aserción es una consecuencia de fe.
Otros más animosos añaden resueltamente, que es un artículo de fe.
Si les preguntamos en qué se fundan para sacar sólidamente una consecuencia de fe o para hacer un nuevo artículo de fe, que no hallamos en nuestro símbolo, nos responden con una gran muchedumbre de lugares de la Escritura Santa, de los cuales dos partes prueban claramente que ha de haber resurrección de la carne, y nada más; y la otra tercera parte prueba contra su propia aserción.
Si os pareciere que miento, o que pondero, bien fácil cosa os será salir de la duda, registrando los teólogos que os pareciere.
En cualquiera biblioteca hallareis con qué satisfacer vuestra curiosidad.
Los principales lugares de la Escritura que se alegan a favor, son los siguientes:
Así el hombre cuando durmiere, no resucitará, hasta que el cielo sea consumido… En el último día he de resucitar de la tierra (Job, 14, 12 y 19, 25).
Vivirán tus muertos, mis muertos resucitarán: despertaos y dad alabanza los que moráis en el polvo (Isaías 26, 19).
De la resurrección de los muertos ¿no habéis leído las palabras que Dios os dice? (Mt. 22, 31).
En verdad, en verdad os digo: que viene la hora, y ahora es ya, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren vivirán: todos los que están en los sepulcros, oirán la voz del Hijo de Dios. Y los que hicieron bien irán a resurrección de vida: más los que hicieron mal a resurrección de juicio (Jo. 5, 25 y 28).
Resucitará tu hermano, dijo el Señor. Marta le dice: bien sé que resucitará en la resurrección en el último día (Jo. 11, 23).
Toda la visión de los huesos del capítulo XXXVII de Ezequiel.
Los muertos que resucitaron Elías y Eliseo, los malvados de quienes se dice: por eso no se levantarán los impíos en el juicio.
Los muertos que resucitó el Señor.
El mismo Señor que resucitó como primicia de los que duermen, (de quien dijo David), ni permitirás que tu santo vea la corrupción: y lo que afirma San Pablo: en un momento, en un abrir de ojos, en la final trompeta: pues la trompeta sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles (I Cor. 15, 52).
Este último lugar tiene alguna apariencia; a su tiempo veremos que es sólo apariencia, examinando todo el contexto.
De estos lugares de la Escritura se pudieran citar sin gran trabajo cuando menos un par de centenares; lo bueno y admirable es, que habiendo citado estos y otros lugares semejantes, concluyen con gran satisfacción, que la resurrección de la carne, simultáneamente y una sola vez, o es un artículo de fe, o a lo menos, una consecuencia de fe.
Cuando quisiereis imitar este modo de discurrir, podréis probar fácilmente esta otra proposición, o como consecuencia de fe, o también como artículo de fe: Todos los hombres que actualmente viven, han de morir simultáneamente, y una sola vez, en un instante y momento.
Para probar esto, no tenéis que hacer otra diligencia sino abrir las concordancias de la Biblia: buscar la palabra mors, juntar treinta o cuarenta textos que hablen de esto, verbigracia:
Morirá de muerte (Gen. XX, 7).
Está establecido a los hombres que mueran una sola vez (Hebr. IX, 27).
Todos moriremos, y nos deslizamos como el agua (II Reg. XIV, 14).
¿Quién hay entre los vivientes que no esté sujeto a lo dura necesidad de haber de morir? (Ps. XXXVIII, 49).
Hecho esto, sacáis al punto vuestra consecuencia de fe, o establecéis invenciblemente vuestro artículo de fe: luego, todos los hombres que actualmente viven, han de morir simultáneamente, y una sola vez, en un mismo instante y momento.
No hay para que detenernos en la aplicación de esta semejanza; ni tampoco pensamos detenernos en desenredar lo que hallamos tan enredado y confundido en los lugares de la Escritura ya citados, porque esto sería un trabajo igualmente inútil que molesto.
§ 2 Yo creo en la resurrección de la carne
Para que podamos, pues, entendernos en breve, sin el tumulto interminable de las disputas escolásticas, paréceme bien que llevemos este nuestro pleito por otra vía más suave, y lo tratemos entre los dos amigablemente, con puro deseo de conocer la verdad, y de abrazarla.
Mas antes de entrar en materia, sería muy conducente que entrásemos mutuamente asegurados, no sólo de la sinceridad de nuestro corazón, sino también de la pureza de nuestra fe, en lo que toca a la resurrección de la carne.
Así como yo estoy perfectamente asegurado de la vuestra, así quisiera del mismo modo aseguraros de la mía; pues no dejo de temer que, mirándome como judío, deis algún lugar a la sospecha o imaginación, de que tal vez puedo ser en el fondo del corazón de la secta de los Saduceos, o pensar alguna cosa contraria o ajena de la fe, y enseñanza de la Iglesia.
Por tanto, recibid, amigo, con bondad, y pasad los ojos por esta breve y sincera confesión de mi fe.
Primeramente: yo creo con verdad y sin hipocresía, lo que dicen en su propio y natural sentido los lugares de la Santa Escritura que citan los doctores, y otros muchos más que pudieran citar. Todos ellos se encaminan directamente, y van a parar a aquel artículo de fe, que tenemos expreso en nuestro símbolo apostólico en estas dos palabras: resurrección de la carne.
Descendiendo a lo particular, creo que todos los individuos del linaje humano, hombres y mujeres, cuantos han vivido, cuantos viven, y cuantos vivirán en adelante, así como todos han de morir, menos los que han muerto ya; así todos han de resucitar, menos los que han resucitado ya.
Creo, que ha de llegar algún día, que el Señor sabe, en que suceda esta general resurrección, y en que el mar y la tierra, el limbo y el infierno den sus muertos, sin ocultar alguno por mínimo que sea (Joan. v, 28; Apoc. XX, 13).
Creo, que así como Jesucristo resucitó en su propia carne, o en el cuerpo mismo que tenía antes de morir, así ni más ni menos resucitará cada uno de los hombres, por más deshecho que esté el cuerpo, y confundido con la tierra: y esto por la virtud y omnipotencia de Dios vivo, que pudo hacer de nada todo el universo con un hágase, o con un acto de su voluntad.
No sé qué podáis pretender de mí otra cosa sustancial, en lo que toca a la resurrección, pues esto es todo lo que creen los fieles cristianos.
Si con esto estáis satisfecho de la pureza de mi fe, pasemos adelante.
No hay que pasar adelante (me parece que os oigo decir) creyendo buenamente que ya quedo convencido por mi propia confesión, pues concedo con todos los fieles, que ha de llegar un día, y una hora, que sólo Dios sabe, en que se verifique esta resurrección general de todos cuantos han vivido, viven y vivirán, sin que quede uno solo que no resucite.
Sí, amigo, sí: me tengo en lo dicho y confieso otra vez, y otras veces, que todo esto es cierto, y de fe divina.
Mas ¿qué consecuencia pretendéis sacar de mi confesión? Sin duda no habéis reparado bien en aquella palabra que dejé caer como casual, diciendo expresamente: Así como todos han de morir, menos los que han muerto ya; así todos han de resucitar, menos los que han resucitado ya.
Conque es cierto, y de fe divina, que en aquel día y hora, resucitarán todos los que hasta entonces hubieren muerto, y no hubieren resucitado; más no por esto se sigue que también hayan de resucitar entonces los que hayan resucitado de antemano.
Me persuado, no sin gran fundamento, que esta excepción que acabo de hacer, os causará un verdadero disgusto, y aún enfado.
Yo siento el disgustaron; pero ¿cómo puedo en conciencia hacer otra cosa?
Además de ser esencial al asunto que ahora tratamos, parece cierta y evidente, como fundada sólidamente sobre buenos principios.
¡Bueno fuera que entre los resucitados de aquel día y hora contásemos también a la Santísima Virgen María Nuestra Señora, de quien ha creído y cree toda la Iglesia, que resucitó aun antes que su santo cuerpo pudiese ver la corrupción, y que la hiciésemos volver a morir para poder resucitar en aquel día!
¡Bueno fuera que entre los resucitados en aquel día y hora, contásemos también a aquellos muchos Santos, de quienes nos dice el evangelio: y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron! (Mat. XXVII, 52).
Es verdad que no han faltado doctores, y no pocos, que nos aseguran con razones fundadas sobre el aire, que estos Santos que resucitaron con Cristo, volvieron luego a morir, pues sólo resucitaron (añaden en la cátedra) para dar testimonio de la resurrección de Cristo, y también de la resurrección de la carne; más esto ¿de dónde lo supieron? Porque ¿quién conoció el espíritu del Señor, o quién fue su consejero?…
El Evangelio dice claramente, que resucitaron, no cierto en apariencia, sino en realidad; que por eso usa la expresión muchos cuerpos, y no dice que volvieron a morir: ¿por qué, pues, se asegura que volvieron a morir? ¿Será sin duda porque habiendo roto la corteza de la almendra, hallaron dentro de ella el tesoro escondido?
¡Bueno fuera que entre los resucitados de aquel día y hora, contásemos también aquellos dos profetas o testigos, de cuya muerte, resurrección y subida a los cielos, se habla clarísimamente en el capítulo once del Apocalipsis, y esto mucho antes de aquel día y hora, por confesión precisa de todos los intérpretes!
Verosímilmente responderéis, que todos esos resucitados, de quienes acabamos de hablar, no resucitarán en aquel día y hora; pues nos consta y tenemos por cosa certísima, que ya resucitaron, y los dos últimos resucitarán a su tiempo antes de la general resurrección.
¿Y de dónde sabemos esto, pregunto yo? Lo sabemos, decís, de Nuestra Señora la Madre de Dios; porque es una tradición antiquísima y universal; lo ha creído y lo cree toda la Iglesia, sin contradicción alguna razonable; lo sabemos de muchos santos que resucitaron con Cristo, porque así lo dice clara y expresamente el Evangelio: y lo sabemos de los dos últimos profetas, porque así lo anuncia el Apóstol San Juan en su Apocalipsis, que es tan canónico y tan de fe divina como el Evangelio.
Todo esto me parece un modo de hablar religioso y justo, en que va acorde la revelación con la razón.
Mas yo quisiera ahora saber, ¿cómo se puede componer todo esto con aquella multitud de lugares de la Escritura Santa, que se citan para probar la resurrección simultáneamente y una sola vez, de todos los individuos del linaje humano, sin distinción alguna?
¿Cómo se compone todo esto con aquellas palabras de Job: el hombre cuando durmiere, no resucitará, hasta que el cielo sea consumido… (Job XIV, 12), o con las palabras del Evangelio: todos los que están en los sepulcros, oirán la voz del Hijo de Dios (Joan. v, 28), o con las palabras de Marta: sé que resucitará -en el último día (Joan. XI, 24), o con las palabras de San Pablo: en un momento, en un abrir de ojo, en la final trompeta: pues la trompeta sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles… (I ad Cor. XV, 52)?
Conque sin perjuicio de la general resurrección, que debe concluirse en aquel día y hora de que hablamos, pudo Dios resucitar muchos siglos antes a la Santísima Virgen María; pudo resucitar a muchos Santos, para que acompañasen resucitados a Cristo resucitado, si es que no los hacen morir otra vez; y a otros dos Santos mucho tiempo antes de la general resurrección. Luego, sin perjuicio de aquella ley general, que debe concluirse en aquel día y hora, podrá Dios conceder muy bien esta misma gracia a muchos Santos, según su libre y santa voluntad.
Y ¿quién sabe si ya la ha concedido a muchos, sin pedirnos nuestro consentimiento, ni darnos parte de su resolución?
Yo sé que algunos autores clásicos son de parecer, que el Apóstol San Juan puede y debe entrar en el número de los resucitados. Fúndanse para creer la resurrección de este Apóstol, en que no se sabe de su cuerpo, ni se ha sabido jamás, como se ha sabido y se sabe de los cuerpos de los otros Apóstoles; pues aunque algunos antiguos hablaron de su sepulcro trescientos años después, más también han hablado del sepulcro de Cristo, y del de Nuestra Señora; y San Pedro habló en su primer sermón del sepulcro de David, diciendo: su sepulcro está entre nosotros (Act. II, 29); y no es lo mismo el sepulcro que el cuerpo sepultado en él.
Todo esto discurren estos autores. Si con razón o sin ella, no es de este lugar; ni yo tomo partido, ni en pro ni en contra; porque aunque mi sentir es diversísimo, tampoco es de este lugar.
Lo que únicamente es de este lugar, es esto: que según estos autores, podremos contar lícitamente con otro Santo más entre los resucitados, antes de la general resurrección, y esto sin perjuicio alguno de aquella ley universal.
Esto supuesto, yo paso un poco más adelante, y pregunto: si aquel mismo Dios, de quien está escrito fiel es el Señor en todas sus palabras (Ps. CXLIV, 13), que ya ha resucitado a Nuestra Señora, y a otros muchos Santos, hubiera prometido resucitar a muchos más, para cierto tiempo antes de la general resurrección, en este caso ¿no haremos muy mal en no creerlo? ¿Será bastante razón para dudarlo, la ley general de la resurrección del último día? ¿Será decente alegar contra esta promesa de Dios el texto de Job, o las palabras de Marta, o todos los otros lugares de la Escritura que habla de la resurrección general de la carne?
Tengo por cierto que me diréis que no, en caso que haya tal promesa de Dios, pues estos mismos lugares de la Escritura se pudieran alegar con la misma razón, para no creer la resurrección de la Madre de Cristo, y mucho menos la de otros Santos que nos dice el Evangelio y el Apocalipsis.
Más esta promesa de Dios ¿de dónde consta?
Tenéis gran razón de preguntarlo.
Consta, señor mío, de la misma Escritura divina, entendida del mismo modo que se entiende cualquiera escritura humana, que contiene obligación o promesa: esto es, en su sentido propio, obvio y literal, pues no hay otro modo de averiguar la verdad.
Conque toda nuestra controversia está ya reducida a esto solo: es a saber, a que yo os muestre los instrumentos auténticos y claros que tengo de la promesa de Dios, y habiéndolos visto entre los dos, y examinándolos atentamente juzguemos con recto juicio.
§ 3 Primer instrumento
En primer lugar, debemos traer a la memoria, y considerar de nuevo con mayor atención, todo lo que queda ya observado en la disertación precedente, artículo III, sobre el texto celebérrimo del capítulo XX del Apocalipsis; a lo cual nada tenemos que añadir, ni que quitar, por más que clamen y porfíen los doctores de que allí no se habla de verdadera y propia resurrección de los cuerpos, sino de una resurrección espiritual de las almas a la gracia, y a la gloria, etc.
Por más que digan confusamente que lo contrario es un error, un sueño, un peligro, una fábula de los Milenarios; por más que pretendan que la explicación que dan al texto sagrado (y que ya observamos con asombro) es más clara que la luz; por más que quieran persuadirnos que la prisión del diablo ya sucedió, y que el Rey de los reyes no es Jesucristo sino San Miguel, etc., si no nos traen otra novedad, si no producen otras razones, nos tenemos a lo dicho; ciertos y seguros de que el texto sagrado, mirado por todos sus aspectos y con todas sus circunstancias que preceden, que acompañan, y que siguen hasta el fin del capítulo y aun hasta el fin de toda la profecía, es un instrumento auténtico y fiel, en que consta clarísimamente de la promesa de Dios, con que se obliga a resucitar otros muchos santos antes de la general resurrección.
Por consiguiente es este un instrumento precioso que no podemos, ni debemos disimular.
Si os parece ahora que el repetir y volver a hacer mención de este lugar de la Escritura es por falta o escasez de otros instrumentos, os digo amigablemente que no pensáis bien. Este lugar de la Escritura es un instrumento claro y auténtico, que no podemos ni queremos disimular. Fuera de él hay algunos otros igualmente auténticos y claros, que vamos ahora a producir; y todos ellos forman, a mi parecer, como una prueba evidente, o una certidumbre más que moral de la promesa divina.
§4 Segundo instrumento
El apóstol San Pablo escribiendo a los Tesalonicenses, I, 4:12-17, les dice: Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis, acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó; así también Dios traerá con Jesús a aquellos que durmieron por él. Esto pues os decimos en palabra del Señor (sigue la promesa de Dios), que nosotros que vivimos, que hemos quedado aquí para la venida del Señor, no nos adelantaremos a los que durmieron. Porque el mismo Señor con mandato, y con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo: y los que murieron en Cristo, resucitarán los primeros. Después, nosotros, los que vivimos, los que quedamos aquí, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes a recibir a Cristo en los aires; y así estaremos para siempre con el Señor. Por tanto consolaos los unos con los otros con estas palabras.
De estas palabras del Apóstol, que él mismo nos advierte, no sin gran acuerdo, que las dice en palabra del Señor, sacamos dos verdades de suma importancia.
Primera: que cuando el Señor vuelva del cielo a la tierra, como sabemos que ha de volver después de haber recibido el reino (Luc. XIX, 15), al salir del cielo, y mucho antes de llegar a la tierra dará sus órdenes, y mandará como Rey, y Dios omnipotente, que todo esto significan aquellas palabras con mandato, y con voz de arcángel, y con trompeta de Dios (I ad Thes. IV, 15).
A esta voz del Hijo de Dios resucitarán al punto los que la oyeren, como dice el Evangelista San Juan, los que la oyeren vivirán (Joan. V, 25). Más ¿quiénes serán estos? ¿Serán acaso todos los muertos, buenos y malos, sin distinción? ¿Serán todos los individuos del linaje humano sin quedar uno solo?
Parece cierto, y evidente que no; pues en este caso no nos enseñara San Pablo en palabra del Señor la grande novedad de dos cosas, tan absolutamente incomprensibles, como contradictorias, es a saber: resucitar todos los individuos del linaje humano, buenos y malos, lo cual no puede ser sin haber muerto todos, y después de esta resurrección, después quedar todavía algunos vivos y residuos para la venida del Señor.
Fuera de que se debe reparar, que el Apóstol sólo habla en este lugar de la resurrección de los muertos, que murieron en Cristo, o de aquellos, que durmieron por él, y ni una sola palabra de la otra infinita muchedumbre; sin duda porque todavía no ha llegado su tiempo.
De este mismo modo habla el Señor en el Evangelio; reparadlo: Y verán al Hijo del Hombre que vendrá en las nubes del cielo con grande poder y majestad. Y enviará sus ángeles con trompetas, y con grande voz: y allegarán sus escogidos de los cuatro vientos (Mt. 24:30).
Si comparáis este texto con el de San Pablo, no hallaréis otra diferencia, sino que el Apóstol llama a los que han de resucitar en la venida del Señor los que murieron en Cristo, que durmieron por él (I ad Thees. IV, 15 et 16); y el Señor los llama sus escogidos y allegarán sus escogidos de los cuatro vientos.
Más en ambos lugares se habla únicamente de la resurrección de éstos solos, y ni una sola palabra de los otros.
Y es bien, amigo, que observéis aquí una circunstancia bien notable, esto es que cuando el Señor dijo estas palabras no hablaba con el vulgo, ni con las turbas, ni con los escribas y fariseos, con quienes solía hablar por parábolas; hablaba inmediatamente con sus Apóstoles; y esto a solas, en el retiro, y soledad del monte Olivete. Hablaba no por incidencia, sino de propósito de su venida en gloria y majestad, y de las circunstancias principales de esta venida; hablaba, preguntado de los mismos Apóstoles, que deseaban saber más en particular lo que decía a todos públicamente más en general y por parábolas; hablaba en fin, con aquellos mismos a quienes había dicho en otra ocasión: a vosotros es dado saber el misterio del reino de Dios; más a los otros por parábolas (Luc. VIII, 10).
Esta observación sería muy importante para aquellos mismos doctores, los cuales haciendo tan poco caso del lugar del Evangelio de que hablamos, quiero decir, de la circunstancia particular de la resurrección de solos los electos en la venida del Señor, ponderan mucho lo que en otros lugares del Evangelio se dice en general, y por parábolas, como si aquello poco que allí se toca, siempre enderezado a dar alguna doctrina moral, fuese todo lo que hay que hacer en la venida del Señor.
Por ejemplo: en la parábola de las diez vírgenes, cinco prudentes, y cinco fatuas (Mat. XXV); en la parábola de los talentos; y sobre todo en la parábola que empieza, y cuando viniere el Hijo del Hombre del capítulo XXV de San Mateo, de la cual hablaremos más adelante, como que es uno de los grandes fundamentos, y tal vez el único del sistema ordinario.
La segunda verdad que sacamos del texto de San Pablo, a donde volvemos, es esta: que después de resucitados aquellos muertos que murieron en Cristo, que durmieron por Él, todos los vivos que en aquel día fueren también de Cristo, los cuales, según otras noticias que hallamos en los Evangelios, no pueden ser muchos, sino bien pocos, como veremos en su lugar, todos estos así vivos se juntarán con los muertos de Cristo ya resucitados, se levantarán de la tierra, y subirán en las nubes a recibir a Cristo: después nosotros los que vivimos… (o los que viven de nosotros) los que andamos aquí, seremos arrebatados, juntamente con ellos a recibir a Cristo en los aires (I ad Thes. IV, 16).
Por más esfuerzos que han hecho hasta ahora los intérpretes y teólogos, para eludir o suavizar la fuerza de este texto, es claro que nada nos dicen, que sea pasable, ni aun siquiera tolerable.
Dicen unos, que los santos resucitarán primero, como enseña el Apóstol; mas esto no será con prioridad de tiempo, sino solamente de dignidad. Quieren decir que todos los hombres, buenos y malos, santos e inicuos, resucitarán en un mismo tiempo y momento; pero los santos tendrán en la resurrección el primer lugar, esto es, serán más dignos, o más honorables que los malos. Y pudieran añadir que serán los únicos dignos de honor, delante de Dios y de sus ángeles (Apoc. III, 5).
Mas, ¿es esta la gran novedad que nos anuncia San Pablo, en palabra del Señor, que los santos serán más dignos de honor que los malos? ¿Los Apóstoles más honorables que Judas el traidor? ¿Y el mismo San Pablo más que el verdugo que le cortó la cabeza? Y para decirnos esta verdad, ¿no halló el Apóstol otras palabras que estas: y los que murieron en Cristo resucitarán los primeros. Después nosotros?
Leed, amigo, el texto sagrado, y haced más honor al Apóstol, y a vuestra propia razón.
Otros autores menos rígidos, conceden francamente (y esta es la sentencia más común) que el Apóstol habla sin duda de prioridad de tiempo. Mas, como si este tiempo fuese propio suyo, como si fuese dinero en manos de un avaro, así lo escatiman; así lo escasean, así aprietan la mano al quererlo dar, que es imposible que baste ni aun para la centésima parte del gasto necesario.
Conceden, pues, para verificar de algún modo las palabras claras y expresas, resucitarán los primeros, que los santos realmente resucitarán primero; pero añaden luego con una extrema economía, que bastarán para esto algunos minutos; por ejemplo, cinco o seis, que en aquel tiempo tumultuoso será cosa insensible, que nadie podrá reparar.
Esto parece todavía mayor milagro que saciar a cinco mil personas con cinco panes.
Veamos no obstante, la facilidad admirable con que todo se hace.
Viene ya Cristo del cielo a la tierra, en la gloria de su Padre con sus ángeles (Mat. XVI, 27): a su primera voz resucitarán al punto los que la oyen, esto es, todos sus santos: y los que murieron en Cristo resucitarán los primeros.
Resucitados estos, luego inmediatamente se levantan por el aire a recibir al Señor, y gozar de su vista corporal.
Juntos con ellos se levantan también, o son arrebatados los santos vivos que hubiere entonces en la tierra. Estos vivos que todavía no han pasado por la muerte, mueren momentáneamente allá en el aire antes de llegar a la presencia del Señor. Sus cuerpos, o se disuelven en un momento, o no se disuelven; porque no hay necesidad indispensable de tal disolución. Si llevan algunas culpas leves que purgar, o las purgan allí mismo en un instante, o van dos o tres instantes al Purgatorio, quedando entre tanto sus cuerpos muertos suspensos en el aire. O lo que parece mucho más fácil, que todo se halla en diferentes autores, ni los cuerpos se disuelven, ni las almas llevan reato alguno de culpa; y así mueren en el aire en un instante, y resucitan al instante siguiente, si es que no han muerto, y resucitado antes de levantarse, que así lo sienten otros muchos autores.
Vamos adelante, y no perdamos tiempo, que todavía lo hemos menester para lo mucho que queda que hacer.
Mientras los resucitados santos van subiendo por el aire, y entre tanto que sucede la muerte y resurrección de los vivos que le acompañan, estando ya todos muy lejos de la tierra, sucede en esta el grande y universal diluvio de fuego, que mata a todos los vivientes, desde el hombre hasta la bestia, y desde las aves del cielo hasta los peces del mar (Gen. VII, 23.), no obstante que en Ezequiel y en el Apocalipsis, se ven convidadas las aves en el día de la venida del Señor, a la gran cena de Dios (Apoc. XIX, 17) para que coman y se harten de las carnes de toda suerte de gentes, que el mismo Señor ha de sacrificar a su indignación: venid, y congregaos a la cena de Dios, para comer carnes de reyes, y carnes de tribunos, y carnes de poderosos… y se hartaron todas las aves de las carnes de ellos (Apoc. XIX, 17- 21). Pero de esto en otra parte.
Muertos todos los vivientes con el diluvio de fuego, se apaga en el momento siguiente todo aquel incendio, resucitan al otro momento los muertos en toda la redondez de la tierra: se ponen en camino luego al punto, y son llevados en un momento de tiempo por los ángeles hacia Jerusalén.
En suma: cuando el Señor llega a la tierra con toda su comitiva, halla ya resucitado todo el linaje humano, y congregado todo en el grande y pequeño valle de Josafat.
Esto es en sustancia todo cuanto nos dicen los expositores y teólogos sobre el texto de San Pablo, de que vamos hablando; y por más librerías que visitéis, estad cierto, amigo, que no hallareis otra cosa diversa de lo que acabáis de oír.
§ 5 Reflexión
Habiendo visto lo que sobre el texto de San Pablo nos dicen los doctores; habiendo considerado, con no sé qué disgustillo interno su suma escasez y economía en la repartición de instantes y momentos, decidme, amigo: ¿para qué podrá servir tanta economía? ¿Para qué fin tantos apuros, y tantas prisas?
Si es para poder salvar de algún modo el sistema; si es para poder mantener y llevar adelante la idea de una sola resurrección, y esta simultánea, única y momentánea, in ictu oculi (I ad Cor. XV, 52), así como esta idea quedará convencida de falsa, con mil años de diferencia entre la primera resurrección de los muertos, que murieron en Cristo, y la resurrección del resto de los hombres; así queda convencida de falsa con algunas horas o minutos de diferencia: pues una vez que se admita algún tiempo intermedio, como es necesario admitirlo, la resurrección del linaje humano ya ni podrá ser juntamente, ni podrá ser una sola vez, ni mucho menos en un momento, en un abrir de ojo.
Fuera de esto sería bueno saber ¿con qué razón, o con qué autoridad, se hace esta repartición tan escasa de instantes y momentos? ¿Con qué razón, por ejemplo, nos aseguran, que los justos vivos después de la resurrección de los santos se juntan con ellos, y suben también en las nubes a recibir a Cristo en los aires, y que deben morir, y resucitar allá en el aire antes de llegar a la presencia del Señor?
No me digáis, ni aleguéis para esto la pura autoridad extrínseca, porque esto sería caer en aquel gran defecto que llaman los lógicos responder con lo mismo que se disputa.
Sabemos que así lo han pensado muchos doctores; más no sabemos por qué razón, ni sobre qué buen fundamento lo han pensado así, ni de dónde pudieron tomar esta noticia.
San Pablo nos asegura en palabra del Señor, que los justos que se hallaren vivos cuando venga el Señor, subirán por el aire a recibirlo en compañía de los santos ya resucitados.
Esta particularidad era bien excusada, si para parecer en la presencia de Cristo fuese necesario que primero muriesen y resucitasen, o allá en el aire, o acá en la tierra antes de levantarse de ella; pues con sólo decir, los muertos de Cristo resucitarán, y subirán a recibirlo, estaba dicho todo; mas decirnos expresamente, y esto en palabra del Señor, que no sólo los santos resucitados, sino también los santos vivos, se levantarán de la tierra, y subirán juntos con ellos a recibir a Cristo, sin hacer mención la más mínima de muerte, ni de resurrección de estos últimos, parece una prueba clara y manifiesta, para quien no tuviere algún empeño manifiesto, de que no hay tal muerte, ni tal resurrección instantánea; que esta idea tan ajena del texto sagrado sólo la pudo haber producido la necesidad de salvar de algún modo el sistema, a lo menos por aquella parte, ya que por otra quedaba insalvable; pues habiendo resucitado los muertos de Cristo en todas las partes del mundo, habiéndose levantado de la tierra, habiendo subido juntamente con ellos muchos vivos, habiendo estos muerto, habiendo resucitado, todavía no se ha verificado la resurrección, ni aun siquiera la muerte de todo el resto de los hombres.
A todo esto podemos añadir esta otra reflexión: el rapto de los vivos de que hablamos, es ciertamente una cosa futura; por consiguiente no pudiéramos saberla sin revelación expresa de Dios, a quien sólo pertenece la ciencia de lo futuro.
Del mismo modo, siendo también una cosa futura, o sólo posible, la circunstancia que se pretende en estos vivos, de morir y resucitar instantáneamente antes de llegar a la presencia de Cristo, tampoco podrá saberse esta circunstancia sin revelación expresa del que todo lo sabe.
De aquí se sigue, que cualquiera hombre que nos añada esta circunstancia, aunque sea debajo de la autoridad de otros mil, deberá junto con ellos mostrarnos alguna revelación divina, cierta, clara y expresa, en donde conste de esta circunstancia. Y si esta tal revelación, ni la muestran, ni la pueden mostrar porque no la hay, deberán contentarse, y tener por excusados a los que no creyeren su noticia por no querer apartarse un punto de lo que dice la revelación.
Se ve muy bien, amigo mío, lo que hace a los doctores darse tanta prisa en el asunto de que tratamos: es a saber, la idea que se han formado (por las razones que iremos viendo en adelante) de que el Señor ha de volver del cielo a la tierra con la misma prisa; por consiguiente, que cuando llegue a la tierra ya ha de hallar muerto y resucitado a todo el linaje humano, y congregado en cierto lugar para el juicio universal.
Esta idea, tomada como pretenden, de la parábola cuando viniere el Hijo del hombre, del capítulo XXV de San Mateo, sin querer hacerse cargo, que aquello es una mera parábola, cuyo fin único es una doctrina moral (como observaremos a su tiempo); esta idea, digo, contraria a toda la Escritura, que casi a cada paso clama contra ella, ha sido, y es hasta ahora un verdadero velo, que la ha cubierto y dejado poco menos que invisible a quien está preocupado de contrarias ideas.
Más de esto tenemos tiempo de hablar, y no pueden faltarnos en adelante algunas ocasiones más oportunas.
Nos basta, pues, por ahora sacar de todo lo dicho esta importante consecuencia: no obstante los esfuerzos que han hecho los más sabios y más ingeniosos doctores para explicar el texto de San Pablo de algún modo más compatible con su sistema; no obstante sus miedos, sus apuros, sus prisas, su solicitud; no obstante su grande y aun extrema economía en la repartición de instantes y minutos, al fin se ven precisados a concedernos algo, como acabáis de ver.
Nos conceden primeramente, que los muertos que son con Cristo y los que murieron en Cristo, o aquellos que murieron por él (I ad Thes. IV, 15, 13), los cuales parecen los mismos idénticos que se leen en el capítulo veinte del Apocalipsis: y las almas de los degollados por el testimonio de Jesús, y por la palabra de Dios, y los que no adoraron la bestia…y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Los otros muertos no entraron en vida, hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección (Apoc. XX, 4, 5).
Comparad, señor, un texto con otro, y oíd lo que os dice vuestro corazón.
Nos conceden que estos muertos resucitarán primero que los demás.
Nos conceden lo segundo, que después de resucitados estos, morirán los santos que acaso se hallaren vivos, o en la tierra, o allá en el aire, los cuales también resucitarán en segundo lugar.
Nos conceden lo tercero, que después de estos morirán, o serán muertos con un diluvio de fuego, todos cuantos vivientes hubiere entonces sobre la tierra.
Nos conceden finalmente, que después de todo esto, después de quemados todos los vivientes con todo cuanto se hallare sobre la tierra; después de apagado o disipado todo aquel mar inmenso de fuego (lo que ha menester, según parece, algunos minutos), resucitarán por último todos los muertos que restaren, que sin duda serán los más.
Contentémonos ahora con esto poco que nos dan (que a su tiempo les pediremos algo más), y saquemos ya nuestra importante y legítima consecuencia: luego la resurrección de la carne, simultáneamente y una sola vez, la resurrección de todos los individuos del linaje humano, en un momento, en un abrir de ojo, lejos de ser un artículo, o una consecuencia de fe, es por el contrario, y debe mirarse como una aserción falsa, y absolutamente indefendible, y esto por confesión de los mismos que la propugnan.
Por consiguiente queda quitado con esto sólo aquel embarazo que nos impedía el paso, y disipada aquella grande nube que nos cubría el cielo.
Fuera de este instrumento nos quedan otros, que no podemos disimular.
§ 6 Instrumento tercero
El mismo Apóstol, y maestro de las gentes, habla de propósito y difusamente en su Primera Carta a los Corintios, capítulo 15, y llegando al versículo 23-26 dice así: mas cada uno en su orden; las primicias Cristo; después los que son de Cristo, que creyeron en su advenimiento. Luego será el fin, cuando hubiere entregado el reino a Dios y al Padre, cuando hubiere destruido todo principado, y potestad, y virtud. Porque es necesario que él reine, hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y la enemiga muerte será destruida la postrera. Porque todas las cosas sujetó debajo de los pies de él.
Sigamos el orden de estas palabras:
El primer resucitado es Cristo mismo; estas son las primicias de la resurrección: las primicias Cristo. Ningún hijo de Adán tuviera que esperar resurrección, si no hubieran precedido estas primicias.
Síguense después de Cristo, añade San Pablo, los que son suyos, los que creyeron en Él (se entiende bien que aquí no se habla de cualquiera fe, sino de aquella que obra por la caridad, como él mismo lo dice en otra parte, pues esta sola puede hacer a un hombre digno de Cristo): después los que son de Cristo.
Comparad de paso estas palabras con aquellas otras: y los que murieron en Cristo, o aquellos que durmieron por él, y veréis como todo va bien, en una perfecta conformidad.
Después de la resurrección de los que son de Cristo, seguirá el fin.
Dos brevísimas observaciones.
Primera: ¿dónde está aquí la resurrección del resto de los hombres? ¿Acaso estos no han de resucitar alguna vez? Si como se piensa han de resucitar juntamente con los que son de Cristo, ¿por qué San Pablo no habla de ellos ni una sola palabra?
Resucitados los muertos que son de Cristo, se sigue el fin; y los otros muertos, que son los más, todavía no han resucitado. ¿Cómo podremos componer esto con el simultáneamente y una sola vez, o con el artículo y consecuencia de fe?
Segunda observación: este fin de que habla el Apóstol ¿debe seguirse luego inmediatamente a la resurrección de los santos? Diréis necesariamente que sí, porque es preciso llevar adelante la economía, y no perder un momento de tiempo. Más San Pablo, que sin duda lo sabía mejor, nos da a entender claramente que le sobra el tiempo, pues entre la resurrección de los santos y el fin, pone todavía grandes sucesos que piden tiempo, y no poco, para poderse verificar.
Reparad en sus palabras, y en su modo de hablar: las primicias Cristo… después los que son de Cristo… Luego será el fin.
Suponen comúnmente los doctores, a lo menos en la práctica, que aquí se termina el texto del Apóstol, y lo que resta de él sucederá después del fin; que parte ha sucedido ya, y se está verificando ya desde que el Señor subió a los cielos.
Considerad lo que resta del texto: Luego será el fin; cuando hubiere entregado el reino a Dios y al Padre, cuando hubiere destruido todo principado, y potestad, y virtud. Porque es necesario que él reine hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y la enemiga muerte será destruida la postrera.
Este texto pues, así cortado y dividido en estas dos partes, lo que quiere decir, según explican, es esto solo: el primer resucitado es Cristo; después, cuando Él venga del cielo, los que son suyos; luego al instante siguiente sucede el fin con el diluvio universal de fuego; al otro instante resucita el resto de los muertos, aunque San Pablo no los toma en boca; últimamente sucede la evacuación de todo principado, potestad y virtud.
¿Qué quiere decir esto? Quiere decir, que se destruye enteramente todo el imperio de Satanás, y de sus ángeles; los cuales, añaden con mucha satisfacción, conservan siempre el nombre de aquel coro a que pertenecían antes de su pecado, y de su caída.
Óptimamente. ¿Y no hubo ángeles infieles de los otros coros, sino solamente de estos tres? ¿Y no hay aquí en la tierra otros principados, potestades y virtudes sino los ángeles malos? ¿No está ahora, y ha estado, y estará siempre en mano de muchos hombres el principado, respecto de los otros, la potestad emanada de Dios, y la virtud, esto es, la milicia o la fuerza, para hacerse obedecer? ¿Por qué, pues, se recurre a los ángeles malos o a los demonios, y a unas ideas cuando menos inciertas, dudosas y oscurísimas, como son los coros a que pertenecían?
Síguese en el texto del Apóstol la entrega del reino, que hará Cristo a Dios su Padre. ¿Cuándo será esta? Será, dicen, cuando después de concluido el juicio universal, se vuelva el Señor al cielo con todos los suyos.
Conque según esto, la entrega del reino (aun en suposición que sea justa la idea de ir al cielo Cristo con todos sus santos, lo cual examinaremos a su tiempo) deberá ser el último suceso en todo el misterio de Dios; y no obstante San Pablo pone todavía tres grandes sucesos después de este, y en último lugar pone la destrucción de la muerte, que no es otra cosa, que la resurrección universal: y la enemiga muerte será destruida.
Y aquel gran suceso que pone el Apóstol en medio del texto, esto es: porque es necesario que él reine, hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies, ¿dónde se coloca con alguna propiedad y decencia?
Este gran suceso es necesario ponerlo aparte, o volver muy atrás para poderle dar algún lugar; pues esto no podrá suceder en aquel tiempo, después de la resurrección de los santos, que son de Cristo, aunque el Apóstol lo ponga para entonces, (y esto so pena de error, y de peligro), sino que empezó a verificarse desde que el Señor subió a los cielos, y hasta ahora se está verificando.
Yo observo aquí, y me parece que cualquiera observará lo mismo, una especie de desorden, de oscuridad, de confusión, y de un trastorno de ideas tan extrañas, que me es preciso leer y releer el texto muchas veces, temiendo entrar en la misma confusión de ideas; y aun esta diligencia creo que no baste.
No me diréis, amigo, lo primero ¿qué razón hay para poner el fin luego inmediatamente, después en el instante siguiente a la resurrección de los santos? ¿Acaso porque sin mediar otra palabra se dice: Luego será el fin?
Lo mismo se dice de la resurrección de los santos respecto de la de Cristo, y ya sabéis cuantos siglos han pasado, y quizá pasarán entre una y otra resurrección, las primicias de Cristo, después los que son de Cristo.
No me diréis lo segundo, ¿qué razón hay para no querer unir las palabras Después será el fin, con las que siguen inmediatamente, cuando en el texto sagrado se leen unidas, ni se les puede dar sentido alguno, ni aun gramatical, si no se unen? Luego será el fin; cuando hubiere entregado el reino a Dios y al Padre, cuando hubiere destruido todo principado, y potestad, y virtud.
Resucitados los que son de Cristo, dice San Pablo, sucederá el fin. Mas ¿cuándo? Cuando el Señor entregare, o hubiere entregado, cuando evacuare, o hubiere evacuado, cuando…
Conque es claro, que el fin no sucederá sino cuando sucedan todas estas cosas, que se leen expresas en el texto sagrado.
Del mismo modo parece claro, que siendo Jesucristo cabeza del linaje humano, y habiéndose encargado de su remedio, no puede hacer a su Padre la oblación o la entrega del reino de que está constituido heredero, sino después de haberlo evacuado de toda dominación extranjera: después de haber destruido enteramente principado, y potestad, y virtud. (Por lo cual se va directamente contra la bestia, contra los reyes de la tierra, y contra sus ejércitos, Apoc. 19: 19).
Después de haber sujetado todo el orbe, no solamente a la fe estéril y sin vida, sino a las obras propias de la fe, que es la piedad y la caridad; en suma, después de haber convertido en reino propio de Dios, y digno de este nombre, todos los diversos reinos de los hombres; para esto, prosigue el Apóstol, es necesario que el mismo Hijo reine efectivamente hasta sujetar todos los enemigos, y ponerlos todos debajo de sus pies; cuando todas las cosas estuvieren ya sujetas a este verdadero y legítimo rey, entonces podrá ofrecer el reino a su Padre de un modo digno de Dios.
Porque no se piense ahora, como se quiere dar a entender, que todo esto se ha hecho, y se puede plenamente concluir por la predicación del Evangelio que empezaron los Apóstoles, se deben notar y reparar bien dos cosas principales.
Primera: que aquí no se habla de la conversión a la fe de los principados y potestades de la tierra, antes por el contrario se habla claramente de la evacuación de todo principado y de toda potestad; y es cierto y sabido de todos los cristianos, que la predicación del Evangelio está tan lejos de tirar, ni aun indirectamente, a esta evacuación, que antes es uno de sus puntos capitales el sujetarnos más a todo principado y potestad, y el asegurar más a los mismos principados y potestades con nuestra obediencia y fidelidad.
A esto no solo nos exhorta, sino que nos obliga indispensablemente por estas palabras: pagad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Mat. 22, 21). Toda alma esté sometida a las potestades superiores. Porque no hay potestad sino de Dios: y las que son, de Dios son ordenadas (Rom. 13: 1). Someteos, pues, a toda humana criatura, y esto por Dios: ya sea al rey, como soberano que es: ya a los gobernadores… temed a Dios: dad honra al rey etc. (I Pet. II, 13-17).
La segunda cosa que se debe reparar, es que esta evacuación de todo principado, potestad y virtud, con todo lo demás que se ve en el texto, junto y unido, debe suceder no antes, sino después de la resurrección de los santos, que son de Cristo; por consiguiente después de la venida del mismo Cristo que esperamos en gloria y majestad.
Leed el texto cien veces, y volved a leerlo otras mil, y no hallaréis otra cosa, si no queréis de propósito negaros a vos mismo.
Hecho pues todo esto, con el orden que lo pone San Pablo, concluye él mismo todo el misterio diciendo: y la enemiga muerte será destruida la postrera; y ved aquí el fin de todo con la resurrección universal, en la que debe quedar vencida y destruida enteramente la muerte, de modo, que entonces, y sólo entonces, se cumplirá la palabra que está escrita: ¿dónde está, o muerte, tu victoria? ¿dónde está, o muerte, tu aguijón?
§ 7
Todo lo que acabamos de observar en el texto de San Pablo, lo hallamos de la misma manera y con el mismo orden, aunque con alguna mayor extensión y claridad, en el Capítulo XX del Apocalipsis.
Hagamos brevemente el confronto de todo, o paralelo de ambos textos, que puede sernos de grande importancia para aclarar un poco más nuestras ideas.
Primeramente San Pablo habla en este lugar no solamente de la resurrección, sino expresamente del orden con que ésta debe hacerse: más cada uno en su orden; diciendo, que el primero de todos es Cristo, que después de la resurrección de Cristo, se seguirá la de sus Santos, y aunque en este lugar no señala el tiempo preciso de esta resurrección de los Santos, mas la señala en otra parte, como ya observamos esto es, en la epístola a los Tesalonicenses, capítulo IV, diciendo, que sucederá cuando el mismo Señor vuelva del cielo a la tierra: descenderá del cielo, y los que murieron por Cristo, resucitarán los primeros.
Pues esto mismo dice San Juan con alguna mayor extensión y con noticias más individuales, es a saber, que los degollados por el testimonio de Jesús, por la palabra de Dios, y los que no adoraron a la bestia, etc.; estos vivirán, o resucitarán en la venida del Señor, que esta será la primera resurrección, que serán beatos y santos, los que tuvieron parte en la primera resurrección, que los demás muertos no resucitarán entonces, sino después de mucho tiempo significado por el número de mil años, que pasado este tiempo, sucederá el fin, y antes de este fin sucederá la destrucción de Gog, y caerá fuego sobre Magog, etc.
Yo supongo, que tenéis presente todo el capítulo XX del Apocalipsis, y que actualmente lo consideráis con más atención.
En él debéis reparar, entre otras cosas, esta bien notable que naturalmente salta a los ojos. Quiero decir que los degollados por el testimonio de Jesús, y por la palabra de Dios, y los que no adoraron la bestia, etc., no sólo resucitarán en la venida de Cristo, sino que reinarán con Él mil años: Y vivieron y reinaron con Cristo mil años.
Lo que supone evidentemente, que el mismo Cristo reinará todo este espacio de tiempo; y para este tiempo son visiblemente las sillas y los que se sientan en ellas con el oficio y dignidad de jueces: Y vi sillas, y se sentaron sobre ellas, y les fue dado juicio.
Según las claras y frecuentísimas alusiones del Apocalipsis a toda la Escritura, como iremos notando en adelante, parece que este lugar alude al capítulo III de la Sabiduría, y juntamente al Salmo 149; el primero dice: Resplandecerán los justos, y como centellas en el cañaveral discurrirán. Juzgarán las naciones, y señorearán a los pueblos, y reinará el Señor de ellos.
El segundo, más individual y circunstanciado, dice: se regocijarán los santos en la gloria, se alegrarán en sus moradas. Los ensalzamientos de Dios en su boca, y espada de dos filos en sus manos, para hacer venganza en las naciones, reprensiones en los pueblos. Para aprisionar los reyes de ellos con grillos, y sus nobles con esposas de hierro. Para hacer sobre ellos el juicio decretado; esta gloria es para todos sus santos (Ps. 149, 5-9).
Decidme, amigo, con sinceridad y verdad, ¿habéis reparado alguna vez, o hecho algún caso de estas profecías? Decidme más, ¿habéis considerado atentamente lo que sobre ellas dicen los más sabios intérpretes, o por hablar con más propiedad lo que no dicen, que en realidad nada dicen? Esto poco o nada, que dicen sobre estas profecías, ¿podrá satisfacer vuestra razón, y dejar quieta vuestra curiosidad?
¿No veis la prisa con que corren, como si se vieran obligados a caminar sobre las brasas? ¿No veis cómo tiran con toda presteza a sacar sus ideas libres e indemnes de aquel incendio, ciertos y seguros, de que todas quedaran consumidas, y reducidas a ceniza, si se detuvieran un momento más?
¿No veis, decidme ahora, por el contrario, de qué sucesos o de qué tiempos se puede hablar aquí si no se habla de los tiempos y de los sucesos admirables que ahora consideramos?
Reflexionadlo con vuestro juicio y atención, que yo esperaré pacientemente vuestra respuesta.
En suma, San Pablo pone después de todo y en último lugar, la destrucción de la muerte, que no es otra cosa, como hemos dicho, que la resurrección universal: y la enemiga muerte será destruida la postrera.
San Juan hace lo mismo después de su reino milenario, y después del fuego que cae sobre Gog, y Magog, en que se comprende el oriente y el occidente, y los vivientes de todo el orbe, diciendo: y dio la mar los muertos que estaban en ella… y fue hecho juicio de cada uno de ellos según sus obras, y el infierno y la muerte fueron arrojados en el estanque de fuego.
Expresiones todas propísimas para explicar la destrucción entera de la muerte, con la resurrección universal. Y la muerte será destruida.
§ 8 Cuarto instrumento
El cuarto instrumento que presentamos en la promesa de Dios, de que vamos hablando, se halla registrado en el mismo Capítulo XV (de la Primera a los Corintios) hacia el fin del versículo 51, donde el Apóstol nos pide toda nuestra atención, como que va a revelarnos un misterio oculto, y de sumo interés para los que quieran aprovecharse de la noticia.
He aquí, os digo, un misterio: todos ciertamente resucitaremos, mas no todos seremos mudados. En un momento, en un abrir de ojos, en la final trompeta, pues la trompeta sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos mudados.
Os causará grande admiración que yo cite este texto a mi favor, cuando parece tan claro contra mí.
La misma admiración tengo yo de ver que los doctores citen este mismo texto a su favor, después de haber concedido, aunque con tan gran economía, que los Santos realmente resucitarán primero que el resto de los hombres.
La inteligencia que dan a este último lugar de San Pablo, es bien difícil componerla con aquella concesión.
No obstante convienen todos, como es necesario, en su sistema, que el Apóstol habla aquí de la resurrección universal. Mas ¿será cierto esto?
¿El Apóstol habla aquí de la resurrección universal? ¿Con qué razón se puede esto asegurar, cuando todo el contexto clama y da gritos contra esta inteligencia?
¿Os atreveréis a decir, que San Pablo, el Apóstol y Maestro de las gentes, o el Espíritu Santo que hablaba por su boca, se contradice a sí mismo?
Pues no hay remedio, si queréis que hable aquí de la resurrección universal, deberéis conceder, que cae irremisiblemente en dos o tres contradicciones manifiestas. Vedlas aquí.
Primera contradicción
Si San Pablo habla aquí de la resurrección universal, todos los hombres sin distinción, buenos y malos, fieles e infieles, etc., deben resucitar en un mismo momento, en un abrir y cerrar de ojos, luego es falso lo que dice a los Tesalonicenses: y los que murieron en Cristo resucitarán los primeros, y si no, componedme estas dos proposiciones.
Primera: Todos los hombres sin distinción, buenos y malos, resucitarán en un mismo instante y momento.
Segunda: Los muertos que son de Cristo resucitarán primero.
Segunda contradicción
Si San Pablo habla aquí de la resurrección universal, todos los hombres sin distinción deben resucitar en un momento, en un abrir de ojos, luego antes de este momento, todos sin distinción deben estar muertos; pues sólo los muertos pueden resucitar, luego no hay, ni puede haber tales vivos que se levanten en las nubes a recibir a Cristo en compañía de los santos ya resucitados, juntamente con ellos. Y si no, componedme estas dos proposiciones.
Primera: Todos los hombres sin distinción, deben resucitar en un mismo punto y momento; por una consecuencia necesaria, todos sin distinción deben estar realmente muertos, antes que suceda esta resurrección instantánea.
Segunda: Después de la resurrección de los Santos, algunos hombres, no muertos sino vivos, que todavía no han pasado por la muerte, se juntarán con dichos santos ya resucitados, y junto con ellos subirán en las nubes a recibir a Cristo.
Tercera contradicción
Si San Pablo habla aquí de la resurrección universal, todos los hombres, sin distinción de buenos y malos, de espirituales y carnales, puros e impuros, etc., deberán resucitar incorruptos en un momento, en un abrir de ojos, en la final trompeta: pues la trompeta sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles, luego todos sin distinción poseerán desde aquel momento la incorrupción o la incorruptela, luego es falso lo que dice el mismo Apóstol en el versículo precedente: Mas digo esto, hermanos: que la carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios: ni la corrupción poseerá la incorruptibilidad.
Diréis, no obstante, que también los malos, por inicuos y perversos que sean, han de resucitar incorruptos, participar de la incorruptela; pues una vez sus cuerpos resucitados, sus cuerpos no han de volver a resolverse, ni a convertirse en polvo, sino que han de perseverar enteros, unidos siempre con sus tristes y miserables almas.
Bien, ¿y esto queréis llamar incorrupción o incorruptela? Cierto que no es este el sentir del Apóstol, cuando nos asegura formalmente, y aun nos amenaza de que la carne y sangre no pueden poseer el reino de Dios, ni la corrupción poseerá la incorruptibilidad.
Pues ¿qué quiere decir esta expresión tan singular? Lo que quiere decir manifiestamente es, que una persona, cualquiera que sea sin excepción alguna, que tuviese el corazón o las costumbres corrompidas, y perseverare en esta corrupción hasta la muerte, no tiene que esperar en la resurrección un cuerpo puro, sutil, ágil, e impasible. Resucitará sí; mas no para la vida, sino para lo que llama San Juan muerte segunda; no para el gozo propio de la incorruptela, sino por el dolor y miserias, propios de la corrupción.
Así, aquel cuerpo no se consumirá jamás, y al mismo, tiempo jamás tendrá parte alguna en los efectos de la incorrupción; antes sentirá eternamente los efectos propísimos de la corrupción, que son la pesadez, fealdad, la inmundicia, la fetidez, y sobre todo, el dolor.
Esto supuesto, componedme ahora estas dos proposiciones.
Primera: Todos los hombres sin distinción resucitarán incorruptos, pues la trompeta sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles.
Segunda: No todos los hombres, sino solamente una pequeña parte, respecto de la otra muchedumbre, poseerá la incorrupción o la incorruptela.
Cuando todas estas cosas, que a nuestra pequeñez aparecen inacordables, se acuerden y compongan de un modo natural, claro y perceptible, entonces veremos lo que hemos de decir.
Entretanto decimos resueltamente, que San Pablo no habla aquí, ni puede hablar de la resurrección universal.
El contexto mismo de todo el capítulo, aunque no hubiera otro inconveniente, prueba hasta la evidencia todo lo contrario.
Observadlo todo con atención especialmente desde el versículo 41: una es la claridad del sol, otra la claridad de la luna, y otra la claridad de las estrellas; y aun hay diferencia de estrella a estrella en la claridad. Así también la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción; es sembrado en vileza, resucitará en gloria; es sembrado en flaqueza, resucitará en vigor; es sembrado cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual… etc.
Ved ahora como podéis acomodar todo esto a la resurrección de todos los hombres, sin distinción de santos e inicuos.
Pues ¿de qué resurrección había aquí el Apóstol? Habla, amigo, innegablemente, por más que lo queráis confundir, de aquella misma resurrección de los santos de que habla a los Tesalonicenses.
En uno y otro lugar habla con los nuevos cristianos, exhortándolos a la pureza y santidad de vida, junto con la fe, y proponiéndoles la recompensa plena en la resurrección.
En uno y otro lugar habla únicamente de la resurrección de santos, cuando venga el Señor.
En uno y otro lugar habla de otros Santos no muertos, ni resucitados, sino que todavía se hallarán vivos en aquel día; y por eso añade aquí aquellas palabras: los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos mudados; las cuales corresponden visiblemente a aquellas otras, nosotros, los que vivimos, los que quedamos aquí, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes, a recibir a Cristo en los aires; porque estos vivos que suben por el aire a recibir al Señor es preciso que antes de aquel rapto padezcan una grande inmutación.
Los intérpretes y demás doctores que tocan este punto, no reconocen otro misterio en las palabras del Apóstol, sino sólo éste: los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos mudados, esto es, todos los muertos, sin distinción de buenos y malos, resucitarán incorruptos, y esto en un momento, en un abrir de ojos; mas no todos se inmutarán, ni todos serán glorificados, sino solamente los buenos.
Cierto, amigo, que si el Apóstol no intentó otra cosa que revelarnos este secreto, bien podría haber omitido o reservado para otra ocasión más oportuna, aquella grande salva que nos hace antes de revelarlo: He aquí, os digo un misterio.
Del mismo modo podía haber advertido y remediado con tiempo las inconsecuencias o las contradicciones, en que caía. Si estas no son absolutamente imposibles, respecto de otros doctores, yo pienso que lo son, respecto del Doctor y Maestro de las gentes.
Todo lo cual me persuade eficazmente, y aun me obliga a creer, que San Pablo no habla aquí de la resurrección universal, sino sólo y únicamente de la resurrección de los Santos, que debe suceder en la venida del Señor, como se lee en el capítulo XX del Apocalipsis.
De donde se concluye, que la resurrección a un mismo tiempo, y una vez, la resurrección en un momento, en un abrir de ojos, de todos los individuos del linaje humano, no tiene otro verdadero fundamento que el que tuvo antiguamente el sistema celeste de Tolomeo.
§ 9
Me quedaban todavía algunos otros instrumentos que presentar; mas veo que me alargo demasiado. No obstante los muestro, como con el dedo, señalando los lugares, donde pueden hallarse, y pidiendo una juiciosa reflexión.
Primeramente en el salmo I, 5, leo estas palabras: Por eso no se levantarán los impíos en el juicio; ni los pecadores en el concilio de los justos.
Este texto lo hallo citado a favor de la resurrección, a un mismo tiempo y una vez; mas ignoro con qué razón, esto prueba, dicen, que no hay más que un solo juicio, y por consiguiente una sola resurrección.
Lo contrario parece que se infiere manifiestamente, porque si los impíos y pecadores no han de resucitar en el juicio y concilio de los justos; luego, o no han de resucitar jamás (lo que es contra la fe), o ha de haber otro juicio en que resuciten, por consiguiente otra resurrección.
Segundo, en el capítulo XX del Evangelio de San Lucas, versículos 35 y 36 leo estas palabras del Señor: Mas los que serán juzgados dignos de aquel siglo, y de la resurrección de los muertos, ni se casarán, ni serán dados en casamiento, porque no podrán ya más morir, por cuanto son iguales a los ángeles, e hijos son de Dios, cuando son hijos de la resurrección.
Si en toda la Escritura divina no hubiera otro texto que este solo, yo confieso que no me atreviera a citarlo a mi favor; mas este texto combinado con los otros, me parece que tiene alguna fuerza más.
De él, pues, infiero, que en la venida del Señor, con la cual ha de comenzar ciertamente aquel otro siglo, habrá algunos que se hallarán dignos de este siglo, y de la resurrección; y habrá otros más, que no se hallarán dignos de este siglo, ni tampoco de la resurrección, luego habrá algunos que entonces resucitarán, y otros que no resucitarán hasta otro tiempo, que es lo que dice San Juan: Los otros muertos no entraron en vida, hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección.
Tercero: San Mateo dice, que cuando el Señor vuelva del cielo en gloria y majestad, enviará sus ángeles con trompetas, y con grande voz, y allegarán sus escogidos de los cuatro vientos (Mt., 24: 31).
Estos electos, parece claro que no serán otros, sino los santos que han de resucitar. Mas si queréis ver en este mismo lugar los vivos que han de subir en las nubes a recibirá Cristo, observad lo que luego se dice en el versículo 40: entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será dejado.
Estas dos últimas palabras ¿qué significan? ¿qué sentido pueden tener? Si no queréis usar de suma violencia, deberéis confesar que aquí se habla manifiestamente de personas vivas y viadoras, dos en campo, dos en molino, de las cuales, cuando venga el Señor, unas serán asuntas, o sublimadas y honradas, y otras no; la una será tomada, y la otra será dejada, porque unas serán dignas de esta asunción, y otras no lo serán, y por eso serán dejadas. La una será tomada, y la otra será dejada.
Diréis que el sentido de estas palabras es, que de un mismo oficio, estado y condición, unos hombres serán salvos, y otros no; unos serán asuntos y sublimados a la gloria, y otros serán dejados por su indignidad. Bien, habéis dicho en esto una verdad; mas una verdad tan general, que no viene al caso.
Yo pregunto: esta verdad general, ¿cuándo tendrá su entero cumplimiento en vuestro sistema? ¿No decís que sólo después de la resurrección universal?
Pues, amigo, esto me basta para concluir, que las palabras del Señor no pueden hablar de esa verdad general que pretendéis, ni pueden admitir ese sentido. ¿Por qué? Porque hablan visiblemente de personas, no resucitadas, ni muertas, sino vivas y viadoras; hablan de personas que en aquel día de su venida se hallarán descuidadas, trabajando en el campo, en el molino, etc.
Esta es la verdad particular, a que se debe atender en particular. Confrontad ahora esta verdad con aquella otra: descenderá del cielo, y los que murieron en Cristo, resucitarán los primeros, después nosotros, los que vivimos, etc., y me parece que hallaréis una misma verdad particular en San Pablo, y el Evangelio: enviará sus ángeles… y allegarán sus escogidos de los cuatro vientos; los cuales electos, parece que no pueden ser otros, sino los mismos que murieron en Cristo, que durmieron por É.
Lo cual ejecutado, sucederá luego entre los vivos, lo que añade el Señor: el uno será tomado, y el otro será dejado; y lo que añade el Apóstol: después nosotros, los que vivimos, etc.
Cuarto. Leed estas palabras de Isaías: vivirán tus muertos, mis muertos resucitarán, despertaos, y dad alabanza los que moráis en el polvo, porque tu rocío es rocío de luz, y a la tierra de los gigantes (o de los impíos, como se lee en los 70) la reducirás a ruina. Porque he aquí que el Señor saldrá de su lugar, para visitar la maldad del morador de la tierra contra él, y descubrirá la tierra su sangre, y no cubrirá de aquí adelante sus muertos (Isaías XXVI, 19-21).
Dicen, que este lugar habla de la resurrección universal, y lo más admirable es, que este mismo lugar sea uno de los citados para probar la resurrección de la carne, a un mismo tiempo y una vez.
Mas después de leído y releído todo este lugar, después de observadas atentamente todas sus expresiones y palabras, no hallamos una sola que pueda convenir a la resurrección universal; antes hallamos que todas repugnan.
Por el contrario, todas convienen perfectamente a la resurrección de aquellos solos a quienes se enderezan inmediatamente, que son los Santos, los electos, los muertos de Cristo, los que durmieron por Jesús, los degollados por el testimonio de Jesús, y por la palabra de Dios, etc., de que tanto hemos hablado.
Observad lo primero, que no se habla aquí de cualesquiera muertos, sino únicamente de los que han padecido muerte violenta, o sea con efusión de sangre o sin ella.
Observad lo segundo, que tampoco se habla en general de todos los que han padecido muerte violenta, sino de aquellos sólo que han padecido por Dios, que por eso el mismo Señor los llama mis muertos.
Observad lo tercero, que la resurrección de estos, de quienes únicamente se habla, deberá suceder cuando el Señor venga de su lugar para visitar la maldad del morador de la tierra contra él (Isaí. XXVI, 21) y entonces, dice el profeta, revelará la tierra su sangre, y no cubrirá más a sus interfectos, que son los que llama el Señor mis muertos.
Observad por último, que a estos muertos, de quienes se habla en este lugar, se les dicen aquellas palabras, ciertamente inacomodables a todos los muertos: despertaos, los que moráis en el polvo; porque tu rocío es rocío de luz, y a la tierra de los gigantes (o de los impíos) la reducirás a polvo (Isaí. XXVI, 19.), lo cual concuerda con el texto del Apocalipsis, y las almas de los degollados… vivieron y reinaron con Cristo mil años, y mucho más claramente con aquel otro texto del mismo Apocalipsis, al que venciere, y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré potestad sobre las gentes. Y las regirá con vara de hierro, y serán quebrantadas como vaso de ollero, y así como también yo la recibí de mi Padre; y le daré la estrella de la mañana (Apoc. II, 26-28).
En esta estrella matutina, piensen otros como quieran, yo no entiendo otra cosa que la primera resurrección con el principio del día del Señor.
Últimamente, en el capítulo VI del Evangelio de San Juan leo esta promesa del Señor cuatro veces repetida: y yo le resucitaré en el último día. Promesa bien singular, que hace Jesucristo, no cierto a todos los hombres sin distinción, ni tampoco a todos los cristianos, sino expresamente a aquellos solos que se aprovecharen de su doctrina, de sus ejemplos, de sus consejos, de su muerte, y en especial del sacramento de su cuerpo y sangre.
Ahora pues: si todos los hombres sin distinción han de resucitar, a un a un mismo tiempo y una vez, en un momento, en un abrir de ojos, ¿qué gracia particular se les promete a estos con quienes se habla? ¿No es el mismo Señor el que ha de resucitar a todos los hombres?
Si sólo se les promete en particular la resurrección a la vida, tampoco esta gracia será tan particular para ellos solos, que no la hayan de participar otros muchísimos, con quienes ciertamente no se habla, como son los innumerables que mueren después del bautismo, antes de la luz de la razón; y fuera de estos, todos aquellos que a la hora de la muerte hallan espacio de penitencia, habiendo antes vivido muy lejos de Cristo y ajenísimos de su doctrina. Si todos estos también han de resucitar para la vida eterna, ¿qué gracia particular se promete a aquellos?
Los instrumentos que hemos presentado en esta disertación, si se consideran seriamente y se combinan los unos con los otros, nos parecen más que suficientes para probar nuestra conclusión.
Es a saber: que Dios tiene prometido en sus Escrituras resucitar a otros muchos santos, fuera de los ya resucitados antes de la general resurrección, por consiguiente la idea de la resurrección de la carne, a un mismo tiempo y una vez, en un momento, en un abrir de ojos, es una idea tan poco justa, que parece imposible sostenerla.
Esto es todo lo que por ahora pretendemos, y con esto queda quitado el segundo embarazo que nos impedía el paso, y resuelta la segunda dificultad.
