P. JUAN CARLOS CERIANI: EL REINO MILENARIO Y LA DOBLE RESURRECCIÓN – 5º PARTE

EL REINO MILENARIO

Y

LA DOBLE RESURRECCIÓN

Quinta Entrega

 

Ver entregas anteriores:

 

https://radiocristiandad.wordpress.com/2015/01/14/p-juan-carlos-ceriani-el-reino-milenario-y-la-doble-resurreccion-1o-parte/

 

https://radiocristiandad.wordpress.com/2015/01/15/p-juan-carlos-ceriani-el-reino-milenario-y-la-doble-resurreccion-2o-parte/

 

https://radiocristiandad.wordpress.com/2015/01/16/p-juan-carlos-ceriani-el-reino-milenario-y-la-doble-resurreccion-3o-parte/

 

https://radiocristiandad.wordpress.com/2015/01/17/p-juan-carlos-ceriani-4o-parte/

 

Continuamos en esta entrega con la argumentación exegética que nos proporciona el Padre Van Rixtel.

Debemos estudiar ahora un punto esencial de la cuestión:

El orden de la resurrección, que no sólo es un orden de dignidad sino también de tiempo, los milenaristas lo ven claramente confirmado en el siguiente pasaje de San Pablo, I Corintios, capítulo 15, versículos 20-28:

Mas ahora, Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que durmieron. Puesto que por un hombre vino la muerte, por un hombre viene también la resurrección de los muertos. Porque como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno por su orden: como primicia Cristo; luego los de Cristo en su Parusía; después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya derribado todo principado y toda potestad y todo poder. Porque es necesario que Él reine hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies. El último enemigo destruido será la muerte. Porque todas las cosas las sometió bajo sus pies. Mas cuando dice que todas las cosas están sometidas, claro es que queda exceptuado Aquél que se las sometió todas a Él. Y cuando le hayan sido sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo también se someterá al que le sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todo.

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Demos primero lugar a la exégesis de Santo Tomás:

I Corintios, capítulo 15

Lección III: versículos 20-28:

Relación entre la resurrección de Cristo y la nuestra, y a la vez se manifiesta el orden de la resurrección.

Aquí prueba que es verdadera la condicional puesta arriba, o sea, que si Cristo resucitó, los muertos resucitarán.

Y para esto procede de tres maneras.

Primeramente muestra cómo se relaciona la resurrección de Cristo con la resurrección de los demás; luego, enseña el orden de la resurrección: Pero cada cual en su rango, etc.; por último, muestra el fin de la resurrección: Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino.

En cuanto a lo primero hace dos cosas. En primer término muestra el carácter de la resurrección de Cristo respecto de la resurrección de los demás, por la predicha condicional, probándola; y en segundo término prueba ese mismo carácter: Porque habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos.

Por lo tanto dice: ¡Pero no! Cristo resucitó, etc., esto es, como se siguen los dichos inconvenientes si Cristo no resucitó, para evitarlos debemos decir que Cristo resucitó. Mas esto es verdad, según lo que se dice en San Mateo al final y en otros pasajes de los Evangelios. Pero el carácter de la resurrección de Cristo se relaciona con la resurrección de los demás como las primicias de los frutos con los frutes siguientes, en que exceden a los demás frutos en cuanto a tiempo y calidad o mérito; y por eso dice que resucitó, no como los demás, sino siendo las primicias, o sea, el primero en tiempo y en dignidad. Primogénito de los muertos (Ap. 1, 5). Digo que las primicias de los que duermen, esto es, de los muertos que descansan en la esperanza de la resurrección. De esto se puede inferir la condicional puesta, porque, como decimos, y es verdad: si Cristo, que es las primicias de los que duermen, resucitó, luego también los demás que duermen.

Objeción: Parece que Cristo no resucitó como primicias de los que duermen, porque Lázaro fue resucitado por Cristo antes de la pasión de Cristo, y algunos profetas resucitaron a varios de entre los muertos, como se ve en el Antiguo Testamento.

Respondo: es doble la resurrección. Una es a la vida mortal, y a ésta resucitaron, antes que Cristo, Lázaro y otros, que fueron resucitados. La otra es a la vida inmortal, y de ésta es la que habla aquí el Apóstol.

Objeción: Pero en contrario, San Mateo 27, 52-53, dice que resucitaron muchos cuerpos de santos. Y como leemos que esto ocurrió antes de la resurrección de Cristo y consta que no resucitaron a la vida mortal, resulta que aún queda en pie la primera cuestión.

Respondo: Debemos decir que lo que San Mateo dice de la resurrección de aquéllos, lo dice por anticipación, porque aun cuando eso se diga en el pasaje de la pasión, no fue entonces cuando resucitaron, sino después de haber resucitado Cristo.

Porque habiendo venido por un hombre la muerte, etc. Aquí prueba el carácter antes afirmado, o sea, que Cristo es las primicias de los que duermen. Y primeramente lo prueba en general, y luego en especial: Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, etc. Lo prueba en general con la siguiente razón: Dios quiso restaurar la naturaleza humana, pero la naturaleza humana fue corrompida por el hombre, porque la muerte entró por causa del hombre. Luego correspondía a la dignidad de la naturaleza humana el ser restaurada por el hombre, lo cual consistiría en ser traída de nuevo a la vida. Por lo tanto fue conveniente que así como la muerte entró por el hombre, esto es, por Adán, así también la resurrección de los muertos fuese realizada por el hombre, o sea, por Cristo. Si por el delito de uno solo murieron todos, etc. (Rom. 5, 15).

Pues del mismo modo que en Adán, etc. Aquí prueba lo mismo en especial diciendo que así como en Adán todos morimos con muerte corporal, así también todos recobramos la vida en Cristo. Como por un solo hombre, etc. (Rom. 5, 12). Y no dice que por Eva, y así parece que va contra aquello de Eccli. 25, 33: Per illam omnes morimur: Por causa de ella todos morimos.

Debemos decir que esto se debe a aquella Eva, o sea, por consejera, sino a Adán como causante. Porque si sola Eva hubiese pecado, no se habría transmitido a los descendientes ningún pecado original.

Revivirán, dice, en Cristo, o sea, buenos y malos a la vida de la naturaleza, pero a la vida de la gracia solamente los buenos; y sin embargo, aquí habla el Apóstol de la resurrección a la vida de la naturaleza, para la cual todos seremos revivificados. Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo (Jn. 5, 26), o sea, el poder de vivificar. Llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz (Jn. 5, 28).

Pero cada cual en su rango, etc. Aquí enseña el orden de la resurrección. Primeramente lo hace saber; luego, indica claramente lo que ya había dicho: Cristo como primicias.

Así es que dice que la verdad es que todos recobraremos la vida en Cristo, pero de maneras diferentes, porque habrá diferencia entre cabeza y miembros, y diferencia también entre buenos y malos. Por lo cual dice que cada cual resucitará en su rango, o sea, de dignidad. Pues, las que existen por Dios han sido ordenadas (Rom. 13, 1).

Pero de manera consecuente manifiesta este orden, porque Cristo como primicias, porque Él mismo es el primero en tiempo y en dignidad, porque es suya la mayor gloria. Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único (Jn. 1, 14).

Luego, resucitarán todos los que son de Cristo, posteriores en tiempo y dignidad. Estos son los que crucificaron su carne con los vicios, etc. Pero al llegar la plenitud de los tiempos (Gal. IV). Que conserves el mandato sin tacha ni culpa hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo (I Tm. 6, 14).

Explica quiénes son de Cristo, diciendo: Los que creyeron por fe, por amor eficaz. El que se acerca a Dios ha de creer, etc. (Hebr. 2, 6). En su adviento, el primero y el segundo.

Mas es de saberse que entre los demás santos no habrá orden de tiempo, porque todos resucitarán en un instante, pero a la perfección conforme a las dignidades, porque el mártir resucitara como mártir, el Apóstol como Apóstol, y así en cuanto a los demás.

Luego, el fin. Aquí muestra el fin de la resurrección; y éste, doble. Uno, en cuanto a la adquisición del bien; el otro, en cuanto a la remoción del mal: Porque debe Él reinar.

En cuanto a lo primero hace dos cosas. Primeramente hace patente que la adquisición de ese bien consiste en la adhesión a Dios; y luego muestra que es en inmediata adhesión: Después de haber destruido a todo Principado, etc.

Así es que dice que luego, o sea, después de esto, será el fin de la resurrección, y tal fin no va a ser el vivir vida del cuerpo y con voluptuosidades, como imaginan judíos y sarracenos; sino que se unan a Dios mediante inmediata visión y bienaventurada fruición, y esto es entregar el Reino a Dios Padre. Y por eso dice: Cuando entregue a Dios Padre el Reino, o sea, cuando lleve el reino, esto es, a sus fieles que adquirió con su propia sangre (Con tu sangre nos compraste para Dios, Ap. 5, 9), a Dios y Padre, esto es, ante la mirada de Dios, de su Creador en cuanto es hombre, y de su Padre en cuanto es Dios. Y esto era lo que pedía Felipe: Señor, muéstranos al Padre (Jn. 14, 8). Y de tal manera lo entrega, que no lo aparta para sí; más bien Él mismo reinara siendo un solo Dios con el Padre y con el Espíritu Santo. O también, cuando entregue a Dios Padre el Reino, esto es, cuando haga patente que reina Dios Padre. En efecto, en la Escritura se dice que algo ocurre cuando primeramente se llega a su conocimiento, y tal conocimiento se logra por Cristo. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Mt. 11, 27).

Después de haber destruido a todo Principado, etc. Aquí muestra la inmediación de la dicha adhesión. Mientras el heredero es menor de edad, está bajo tutores, etc. (Gal. 4, 1). En cambio, cuando ya es mayor de edad y maduro, entonces de manera inmediata, sin pedagogo ni tutor, en casa depende del padre. Ahora bien, el estado de esta vida presente es semejante a la infancia, por lo cual en esta vida estamos bajo ángeles como bajo tutores, en cuanto nos presiden y dirigen: pero cuando se entregue el reino a Dios Padre, entonces estaremos de manera inmediata dependiendo de Él, y cesarán todos los demás dominios, lo cual dice con estas palabras: Después de haber destruido a todo Principado, Potestad y Virtud, esto es, cuando haya cesado todo dominio tanto humano como angélico, entonces de manera inmediata estaremos bajo el poder de Dios. Y será exaltado el Señor solo en aquel día (Is. 2, 2). Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano (Jr. 31, 34).

Pero ¿acaso no permanecerán los distintos órdenes de los ángeles? Es de saber que si en cuanto a la superioridad de la gloria, superioridad por la que uno excederá a otro; pero no en cuanto al poder de ejecución respecto de nosotros: y por eso dice que destruirá a aquellos cuyos nombres pertenecen a la ejecución, o sea, Principados, Potestades y Virtudes. Mas no menciona a los que son de superior jerarquía, porque no son ejecutores; ni a los ángeles, cuyo nombre es común. Mas no dice que destruirá a las Dominaciones, porque aunque éstas sean de los solícitos ejecutores, sin embargo, ellas mismas no ejecutan sino que dirigen e imperan. En efecto, de los Señores es el dirigir e imperar, no el ejecutar; mas los arcángeles se incluyen en los principados, pues archi es lo mismo que príncipe.

Según San Gregorio estas tres órdenes se leen de arriba hacia abajo, porque según él mismo los Principados están sobre las Potestades, y las Potestades sobre las Virtudes; mas según San Dionisio, de abajo hacia arriba, porque él pretende que las Virtudes estén por encima de las Potestades, y las Potestades por encima de los Principados.

O de otra manera: cuando haya sido destruido, etc., o sea, entonces será patente que los Principados, las Potestades y las Virtudes ningún poder tuvieron por si mismos, sino de Dios, de quien son todas las cosas.

Luego, al decir: Porque debe Él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies, muestra el Apóstol el fin de la resurrección en cuanto a la remoción del mal. Lo patentiza ciertamente por la destrucción de todos los enemigos de Cristo. Y primero pone la destrucción de ellos mismos; en segundo lugar, la perfección de la sujeción con estas palabras: El ultimo enemigo en ser destruido será la muerte; en tercer lugar, la finalidad de la sujeción: Mas cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el mismo Hijo se someterá a Aquel, etc.

Así es que primeramente dice: He dicho que el fin será cuando haya entregado el reino a Dios Padre. Pero ¿acaso no tiene Cristo el reino de tal manera que sea necesario que Él reine? Pues así lo dice San Mateo (28): Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Y San Lucas (I, 32), dice: Y reinará sobre la casa de Jacob. Debe él reinar, dice, hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. Pero ¿acaso no están de ningún modo sus enemigos bajo sus pies, esto es, bajo la potestad de Cristo? Debemos decir que ciertamente los enemigos de Cristo están bajo su potestad, pero de dos maneras. O en cuanto por Él mismo se convierten, como Paulo, a quien postró en tierra (Act. 2, 4); o por cuanto hace Cristo su propia voluntad, aun con aquellos que obran aquí contra la voluntad de Cristo. En efecto, pone a sus enemigos bajo sus pies castigándolos; pero en futuro los pone bajo sus pies, esto es, bajo la humanidad de Cristo. Así como en verdad por cabeza de Cristo se entiende la deidad, puesto que la cabeza de Cristo es Dios (I Cor. 2, 3), así también por sus pies se entiende su humanidad. Adoraremos en el lugar donde puso sus pies (Psal. 3 1, 7). Así es que los enemigos estarán no solo bajo la deidad sino también bajo la humanidad de Cristo. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos (Ph. 2, 10).

Pero ¿qué significa hasta que ponga? ¿Acaso no reinará antes de que ponga a los enemigos bajo sus pies?

Puédese entender esto de dos maneras, porque el hasta que a veces indica tiempo, y se pone por tiempo limitado, como si dijera: No veré a Dios hasta que muera yo, porque hasta entonces no lo veré, sino que lo veré después. A veces se pone por tiempo ilimitado, como cuando se dice: No la conoció hasta que dio a luz a su hijo. No es que quiera decir que no la conoció únicamente hasta el parto del hijo, sino que tampoco después la conoció jamás, como dice San Jerónimo. Este modo se usa cuando algunos quieren excluir solamente aquellas cosas sobre las que hay duda. Y así, el Evangelio excluye solamente aquello que parece ser dudoso, o sea, que José conociera a la Santísima Virgen antes del parto. Pues, en verdad, que no la conoció después del parto no es algo dudoso para nadie, habiendo visto él tantos misterios del niño, y advertido tantas veces por los ángeles y también habiendo sido adorado Jesús por los Magos: cosas todas por las que podía ya él conocerla como madre de Dios, por lo cual no se preocupó por excluir también eso; y así habla también aquí el Apóstol.

En efecto, que alguien reine mientras no subyugue a sus enemigos parece ser lo dudoso; pero que reine después de ser subyugados sus enemigos, para nadie constituye duda, y por eso excluye aquello principalmente diciendo: hasta que ponga, etc., como si dijera: Verdad es que Cristo tiene el reino, y aun cuando haya algunos enemigos que todavía no hacen su voluntad, sin embargo reina hasta que los ponga baja sus pies, etc.

Puede entenderse también de otra manera el hasta que ponga, etc., como si el «hasta que» determinara el tiempo y se pusiera en lugar del futuro, como si dijera así: Debe él reinar; pero ¿cuándo? Hasta que ponga, etc., como diciendo: Hasta entonces reinará, hasta que ponga a los enemigos bajo sus pies, pues ciertamente después no reinará. Pero según esta exposición, reinar no significa tener el reino, sino progresar en el reinado y acrecentar el reino, y esto en cuanto a la perfecta manifestación del reino de Cristo, como si dijera: El reino de Cristo progresa poco a poco, en cuanto se manifiesta y se da a conocer, hasta que ponga a sus enemigos bajo sus pies, esto es, hasta que todos los enemigos reconozcan que Él reina: los buenos, ciertamente, con el gozo de la bienaventuranza, y los malos con turbación; y después no reina, esto es, su reino no progresa, y no se manifiesta más ampliamente, porque ya se habrá manifestado plenamente. Por lo tanto así es patente la sujeción de todos los adversarios, sujeción que será perfectísima, porque aun aquello que más se le oponga se le sujetará: y eso es la muerte, que más que nada se opone a la vida; y por eso dice: El último enemigo en ser destruido será la muerte; en lo cual hace tres cosas:

Primeramente pone la sujeción de la muerte; en segundo lugar prueba esto por razón de derecho: Porque habrá sometido todas las cosas bajo sus pies; en tercer lugar, apoyándose en el mismo derecho arguye: Mas cuando él diga, etc. Así es que dice: Dije que a todos los enemigos los sujetará bajo sus pies. Pero ¿de qué manera? Perfectísimamente, dice, porque el último enemigo en ser destruido será la muerte, o sea, al final, porque no podría estar con vida donde todos vivirán por la resurrección. Seré tu muerte, oh muerte (Oseas 13, 14). Arrojará a la muerte para siempre (Is. 25, 8).

Mas debemos saber que de estas palabras tomó Orígenes ocasión de su error, que asienta en el Periarchon. En efecto, pretende que las penas de los condenados sean purgativas y no eternas y que todos los que están en el infierno algún día se convertirán a Cristo y se salvarán, y también el diablo. Y esto lo confirma con las siguientes palabras: Hasta que ponga a todos sus enemigos, etc. Y piensa que estas palabras: a sus enemigos bajo sus pies se entienden solo de la sujeción que se realiza por la conversión de los pecadores a Dios, no de la sujeción por la que están sujetos a Cristo aun aquellos que nunca se convertirán a Cristo, en cuanto los castiga en el infierno. Y por eso dice: Debe él reinar hasta que ponga a sus enemigos bajo sus pies, porque entonces todos los condenados y quienes estén en el infierno se salvarán por cuanto se convertirán a él y lo servirán, y no solamente los hombres condenados; mas, en lugar de pero, al último la misma muerte, es decir, el diablo, será destruido, no que deje de ser totalmente, sino que no sea muerte, porque al final el mismo diablo será salvo. Pero esto es herético y condenado en Concilio.

Insistamos en que debemos saber que claramente dice el Apóstol estas palabras: Mas el último enemigo en ser destruido será la muerte para resolver dos cuestiones que pueden plantearse acerca de lo ya dicho sobre la resurrección, o sea, de si Cristo puede vivificar a los muertos. Y esto se resuelve porque a todos los enemigos los pone bajo sus pies, y aun a la misma muerte.

¿Y por qué no al punto resucitará a todos? A lo cual se responde que primeramente es preciso que sujete a los enemigos bajo sus pies, y al último, al destruir a la misma muerte, entonces resurgirán todos a la vida.

Así es que no lo difiere por impotencia, sino para guardar el orden, porque las cosas que de Dios son, ordenadas son.

Y que la misma muerte se sujete a Cristo lo prueba por razón de derecho con el Salmo 8, 8: Todo lo sujetaste bajo sus pies, esto es, bajo su humanidad, se entiende que de Cristo. Toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor (Ph. 2, 2). Ante mí se doble toda rodilla (Is 45, 23). Y apoyado en este derecho arguye diciendo: Mas cuando él diga que todo le está sometido. Su argumentación es ésta: El profeta dice: Todo lo sujetaste bajo tus pies. Pero diciendo todo, todas las cosas, es claro que nada excluye, sino a aquel que sujeto; luego se le sujetan a Cristo todas las cosas y la misma muerte. Así es que dice: Mas cuando diga, es decir, el Salmista, que todas las cosas le están sujetas, es decir, a Cristo, en cuanto hombre, delante de él, esto es, del Padre, que sujeta a si todas las cosas. En aquel que todo se lo sujetó (Hebr. 2, 8). Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt. 28, 18).

Objeción: Si el Padre lo sujeta todo al Hijo, se sigue que el Hijo es menor que el Padre.

Respondo: Se debe decir que el Padre lo sujeta todo al Hijo en cuanto el Hijo es hombre, como se ha dicho, y así el Padre es mayor que el Hijo. En efecto, el Hijo es menor que el Padre según la humanidad; mas es igual según la divinidad. Y débese decir que también el mismo Hijo, en cuanto Dios, se sujeta todas las cosas, porque puede todo lo que el Padre puede (Esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, Filip. 3, 20), según la operación que es poderosa para sujetarlo todo.

Consiguientemente, cuando dice: Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, muestra que el fin de la resurrección no estará en la humanidad de Cristo, sino que la creatura racional será llevada más allá, a la contemplación de la divinidad, y que en ella está nuestra bienaventuranza, y que Dios mismo es nuestro fin, por lo cual dice: Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, etc., como si dijera: Todavía no sujeta Dios todas las cosas a Cristo, pero cuando todas las cosas le sean sujetas, es decir, a Cristo, entonces el mismo Hijo, según la humanidad, le estará sujeto a Él, es decir, al Padre (El Padre es mayor que yo, Jn. 14 ,28); y también ahora está sujeto Cristo en cuanto hombre al Padre; pero esto será entonces más manifiesto. Y la razón de tal sujeción es que sea Dios todo en todo, esto es, que el alma del hombre descanse totalmente en Dios, y Dios solo sea la bienaventuranza. Al presente, en efecto, en uno está la vida, y la virtud en otro, y la gloria en otro; pero para entonces Dios será la vida, y salud, y virtud, y gloria, y todo.

O de otra manera: será Dios todo en todo porque entonces se pondrá de manifiesto que cuantos bienes tenemos, de Dios proceden.

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Por su parte, Monseñor Juan Straubinger, comenta de este modo:

San Pablo toca el gran misterio de la Parusía o Segunda Venida del Señor, objeto de nuestra esperanza.

Buzy traduce: «los que serán de Cristo en el momento de su venida».

El Apóstol revela aquí un nuevo rasgo de la Escatología que se refiere a la resurrección.

Muchos expositores antiguos y también muchos modernos niegan el sentido cronológico de las palabras «primicia», «luego» y «después». Según ellos no se trataría de una sucesión sino de una diferencia en la dignidad: los de Cristo alcanzarían más felicidad que los otros.

Por su parte San Juan Crisóstomo, Teofilacto y otros Padres interpretan que los justos resucitarán en el gran «día del Señor» antes que los réprobos en cuyo juicio participarán con Cristo.

Cornelio a Lapide sostiene también el sentido literal y temporal: Cristo el primero, según el tiempo como según la dignidad; después los justos, y finalmente la consumación del siglo.

Como expresa Crampon en la nota al v. 51, también San Jerónimo admite que este capítulo se refiere exclusivamente a la resurrección de los justos.

La Didaché o Doctrina de los Apóstoles se expresa en igual sentido, citando a Judas 14 (Enchiridion Patristicum Nº 10).

Nota mía:

San Judas: 14-15 = De ellos profetizó ya Enoc, el séptimo desde Adán, diciendo: «He aquí que ha venido el Señor con las miríadas de sus santos, a hacer juicio contra todos y redargüir a todos los impíos de todas las obras inicuas que consintió su impiedad y de todo lo duro que ellos, impíos pecadores, profirieron contra Él».

«Con las miríadas de sus santos». Al citar estas palabras la Didaché, documento del siglo I, formula anuncios escatológicos muy semejantes a los que hemos visto en los escritos apostólicos, y dice: «En los últimos días se multiplicarán los falsos profetas y corruptores, y las ovejas se convertirán en lobos y la caridad se convertirá en odio; tomando pues incremento la iniquidad, los hombres se tendrán odio mutuamente y se perseguirán y se traicionarán, y entonces aparecerá el engañador del orbe diciéndose hijo de Dios y hará señales y prodigios; la tierra será entregada en sus manos, y hará iniquidades tales como nunca se hicieron en los siglos. Entonces lo que crearon los hombres será probado por el fuego, y muchos se escandalizarán y perecerán; mas los que perseveraren en su fe se salvarán de aquel maldito y entonces aparecerán las señales de la verdad: primero la señal del cielo abierto, luego la señal de las trompetas, y tercero la resurrección de los muertos; mas no de todos sino, según está dicho, vendrá el Señor y todos los santos con Él. Entonces verá el mundo al Señor viniendo sobre las nubes del cielo» (Enchiridion Patristicum Nº 10).

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Por su parte, Fillion comenta de este modo:

Quoniam quidem… Puesto que… Este versículo y el siguiente explican la estrecha relación que el Apóstol establece entre Jesucristo y nuestros muertos con respecto a la resurrección.

Al igual que en la Epístola a los Romanos, v, 12 y ss., aunque desde un punto de vista diferente, San Pablo yuxtapone en paralelo Adán y Jesucristo, el padre de la humanidad caída y el fundador de la humanidad regenerada.

La muerte vino sobre la humanidad por un hombre, dice primero en términos generales; debía ser lo mismo para la resurrección (et per hominem…).

Era apropiado que un hombre nos devolviese la vida que otro hombre nos había quitado.

Et sicut en Adan… Es el mismo pensamiento, expresado más particularmente: después de la indicación del hecho abstracto, tenemos aquella de dos grandes figuras históricas a las cuales se refiera.

Adán y Cristo se presentan así como los dos fundadores de la humanidad. La muerte tiene su base en el primero; el segundo es la base de la resurrección. Es por eso que existe una solidaridad real entre la resurrección de Cristo y aquella de los justos.

Es sólo en estos últimos que pensaba el Apóstol al escribir las palabras omnes vivificabuntur, que marcan una resurrección gloriosa como la de Jesucristo (San Agustín, San León, etc.).

Los otros son dejados de lado; pero el argumento general de San Pablo muestra que también ellos resucitarán.

El adjetivo omnes no tiene, por tanto, la misma extensión en la segunda mitad del versículo que en la primera.

Todos los hombres mueren en Adán; todos los que son vivificados, es decir resucitados, lo son por medio de Jesucristo.

Unusquisque autem… Desde aquí hasta el final del versículo 37 el escritor sagrado resume en una síntesis maravillosa, en relación al tema que le ocupa, los últimos hechos que terminarán la historia del mundo cristiano.

En primer lugar determina el orden en que la resurrección se llevará a cabo: in ordine suo.

El Apóstol divide en dos partes bien diferenciadas la inmensa multitud de resucitados: Jesucristo, en su calidad de primitiæ, constituye Él sólo la primera, de modo que ha resucitado antes que todos los demás.

Los justos integran la segunda (los que son de Cristo, los Santos).

De acuerdo con la Vulgata, la proposición qui in adventu (por in adventum)… crediderunt completa y precisa la precedente, ii qui sunt Christi, y designa a los que esperan con fe la venida gloriosa de Jesús, nuestro Soberano Juez.

Pero esta no es la verdadera lección. Según el testimonio casi unánime de los manuscritos griegos, el de diversos manuscritos latinos y de muchos Padres, hay que suprimir las palabras qui crediderunt y dejar únicamente subsistir in adventu.

Por tanto, debemos traducir: Luego (resucitarán) los de Cristo en su Parusía.

Por tanto, este último detalle determina el tiempo en que tendrá lugar la resurrección general de los justos. Esto será al fin del mundo, cuando Jesucristo vuelva para juzgar a los vivos y a los muertos. Cf. I Thess. IV, 14-15.

El equivalente griego del sustantivo adventus es parusía (presencia), palabra de uso común para designar el regreso de Cristo a la tierra en la consumación de los siglos.

Deinde finis… (con artículo). No, como algunos comentaristas han supuesto, el final de la resurrección, que designaría como un tercer acto de este gran drama; sino el final de un modo absoluto (cf. I Petr., IV, 7), el fin del mundo actual. Ver Math. XXIV, 6, 13 y 14; Luc. XXI, 9, etc.

La siguiente frase, cum tradiderit (más bien, según el griego, tradet, cuando entregará)…, indica el momento preciso de este fin, y sirve como de explicación al adverbio deinde. En el momento mismo en que Jesús entregará a Dios la realeza, será el fin.

Se han dado diferentes interpretaciones a las palabras tradiderit regnum… La más simple y la mejor es distinguir entre el reinado de Cristo en el tiempo y en la eternidad. Aquí, su realeza es principalmente militante: para conservar su Iglesia como para fundarla, le es necesario luchar contra enemigos constantemente recurrentes.

Esta parte de su papel terminará el último día de este mundo presente, cuando presentará a Dios, por una parte los elegidos, y por otra a sus enemigos vencidos. Es en este sentido, en cuanto Mesías, que entregará el reino o realeza; pero no dejará, como Verbo encarnado, de ser Rey eterno del mundo, con el Padre y el Espíritu Santo.

Cum evacuaverit… Es, pues, después de derrocar toda potencia hostil que Cristo entregará el reino entre las manos de su Padre.

Oportet autem… El apóstol cita libremente una palabra profética del Salterio (cf. Sal. CIX, 1) para mostrar que el fin del mundo ocurrirá sólo después de la completa victoria de Cristo sobre sus enemigos.

El adjetivo omnes fue añadido por San Pablo.

Novissima… Esta victoria completará el triunfo de Jesucristo. El pensamiento es muy pronunciado. A la letra en el griego: (Como) último enemigo, la muerte es destruida.

El uso del tiempo indicativo presente expresa la certeza absoluta del hecho. Cristo ha triunfado ya sobre la muerte en su propia persona, por su resurrección; pero Él debe vencerla y destruirla también en sus miembros místicos, los elegidos, y lo hará por la resurrección general.

Ella es también el adversario de Cristo, en el sentido que ha sido su propio poder por unas horas, y que trata de destruir a sus súbditos, por lo tanto, su reino.

Será el último de sus enemigos, porque va a desaparecer sólo cuando haya destruido todos los demás.

Omnia enim… San Pablo cita otro pasaje del Salterio (cf. Sal. VIII, 7), para probar que Cristo triunfará sobre todos sus enemigos, incluyendo la muerte.

En este hermoso cántico, el poeta inspirado tiene sobre todo en vista al hombre primitivo, tal como había salido de las manos del Creador, que lo había hecho el rey de toda la naturaleza; pero lo que dice se relaciona mejor aún con el hombre ideal, el hombre por excelencia, el Mesías. Cf. Ef., I, 22; Heb. II, 6 ss.

Cum autem… En los versículos 27 y 28, San Paul hizo un razonamiento sobre las pruebas para establecer las relaciones que existirán por toda la eternidad entre Cristo glorificado y su Padre.

Es Cristo el sujeto del verbo dicat (o más bien, dixerit).

Al presentar el reino a su Padre (cf. 24), le dirá: Omnia subjecta sunt, todas las cosas están sometidas.

Præter eum qui… Es decir, excepto Dios.

Cum autem… (v. 28). Trazo final. Somos llevados de vuelta al final del versículo 24. Después de entregar sus poderes, como jefe de la Iglesia militante, en las manos de Dios Padre (careciendo estos poderes ya de objeto, ya que todos los enemigos habrán sido aplastados), el Hijo mismo se someterá a su vez a Dios con todo lo que le pertenezca.

Obviamente, es en su condición de Hombre-Dios, de Verbo encarnado, que el Hijo hará este acto de sometimiento.

La solemne conclusión ut sit Deus… describe la razón por la cual Jesucristo dará todo a Dios.

La notable fórmula omnia in omnibus nos representa un nuevo mundo en el que Dios será, por tanto, también Él, todo en todas las cosas.

Admirable mirada hacia la eternidad bienaventurada.

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Leamos, finalmente, el comentario del Padre Van Rixtel:

La figura está tomada de las tropas que se mueven por bandos. Por lo menos se distinguen tres grupos:

1º) Cristo (el Primogénito de los muertos: Col.1, 18) las primicias.

2º) Luego los que son de Cristo en su Venida.

3º) Luego el fin: los otros muertos, los que no son de Cristo en su Venida.

Este “luego” (“eita” y “epeita” en el griego) no es tan inmediato como algunos suponen; porque entre la resurrección de Cristo y la de los que son de Cristo en su Venida, ya la distancia es casi de dos mil años, y es una afirmación gratuita el decir que el segundo “luego” (epeita) será inmediatamente después de la resurrección de los que son de Cristo.

Por el contrario, el texto mismo dice que entre la resurrección de los que son de Cristo en su Venida y la resurrección final transcurrirá el Reino; porque antes de entregar su Reino al Padre, Cristo —después de haber tornado así mismo los que son de Él en su Venida— destruirá todo principado y poder, y sujetará al orbe entero hasta que todos los enemigos estén debajo de sus pies.

Continuará…

 

Padre Juan Carlos Ceriani