P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DEL SEGUNDO DOMINGO DE EPIFANÍA

Sermones-CerianiSEGUNDO DOMINGO DESPUES DE EPIFANÍA

Conmemoración de la Fiesta de la Cátedra de San Pedro en Roma

 

El Segundo Domingo de Epifanía prima sobre la Fiesta de la Cátedra de San Pedro en Roma, de la cual se hace conmemoración.

Pero, por la importancia que reviste esta Fiesta, especialmente en nuestros días, dedicaré la prédica al tema central de la misma.

Desde que Jesucristo subió a los Cielos, San Pedro ejerció el cargo de Cabeza de los Apóstoles y presidió todas sus reuniones.

Después de obtener numerosas conversiones en Judea, pasó a Siria, estableciéndose en Antioquía, que era ciudad principalísima entre todas; y aunque al principio tuvo que sufrir muchas injurias, persecuciones y afrentas, luego le construyeron una iglesia, y en ella una silla o Sede, donde se sentaba para predicar al pueblo.

Tuvo San Pedro su cátedra en Antioquía durante siete años, pasados los cuales la trasladó a Roma.

Se conserva todavía en Roma la misma Cátedra donde se sentaba San Pedro, preciosísima para la veneración de los fieles, que miran con la mayor estimación y respeto todo lo que se refiere al Príncipe de los Apóstoles.

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Para honrar la dignidad del Príncipe, a quien Jesús confió el “poder de las llaves”, fue establecida la Fiesta de la Cátedra de San Pedro.

Una primera Fiesta conmemora la Cátedra de Antioquía, el 22 de febrero; y ya en el 354 encontramos en el Calendario Romano esta del 18 de enero. El Papa Paulo IV fijó la fiesta por una Bula, que expidió el 13 de enero de 1558.

En ella dice que no pretende introducir alguna fiesta nueva, pues no hace más que restablecer o confirmar una solemnidad que ya se celebraba en la Iglesia desde los primeros siglos, señalando para ella el día 18 de enero, como lo practicaban los Padres más antiguos de la misma Iglesia.

Los gentiles acogieron muy bien el Evangelio, ocuparon el lugar de los judíos y suplantaron Antioquía a Jerusalén. Por eso residió San Pedro en esta ciudad, antes de fijar su residencia en la capital del Imperio.

Pero, habiendo querido Dios que aquella misma Roma, que por espacio de tantos siglos había sido la maestra del error, el centro de la superstición y el asiento del paganismo, fuese después la Maestra de la verdad, la Sede de la fe, la Cabeza de la Religión, y la Madre común de todas las iglesias, era conveniente que todos los fieles celebrasen y que cada año se solemnizase el día en que se estableció la fe de la Iglesia Universal en Roma, como centro de su unidad.

De este modo, con esa doble fiesta, se destaca la supremacía de San Pedro tanto en Oriente como en Occidente.

Este es propiamente el espíritu de la presente festividad, tan antigua en toda la Iglesia.

Es, pues, la fiesta de la Cátedra de San Pedro en Roma el aniversario o la memoria de aquel afortunado día en que San Pedro, después de haber fundado la iglesia de Antioquia, vino a establecer su Cátedra o Sede en la capital del universo, convirtiéndola en cabeza de todo el orbe cristiano.

Sucedió esto cuando comenzaba el imperio de Nerón. Veinticinco años gobernó San Pedro esta Cátedra Romana, y coronó en la misma ciudad sus apostólicos trabajos con un glorioso martirio.

Pero no sólo celebra en este día la Iglesia la memoria del establecimiento de la Sede Apostólica en la ciudad de Roma, sino que comprende también en la misma festividad aquella gloriosa confesión que hizo San Pedro de la divinidad de Jesucristo, y el nombramiento que después hizo Jesucristo de San Pedro para Vicario suyo en la tierra. Ambos hechos se relatan en el Evangelio de la Fiesta.

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Habiendo triunfado del demonio en el Oriente, San Pedro fue a combatirle en Roma con indoblegable energía. Él, que en otro tiempo había temblado ante las palabras de una criada, no temía ahora la fortaleza misma de la idolatría y de la superstición.

La capital del Imperio y del mundo, el centro de la impiedad, necesitaba el celo del Príncipe de los Apóstoles. El Imperio Romano había extendido sus dominios más lejos que cualquiera de las precedentes monarquías, y la influencia de su capital era de máxima importancia para la difusión del Evangelio.

Por ello San Pedro se reservó Roma, para predicar la fe y establecer su Sede Pontifical. Con la entrada de Pedro en Roma se realizan y explican los destinos de esta ciudad reina; para ella trae un imperio mucho más extenso todavía que el que posee.

Oigamos cómo nos cuenta San León Magno en uno de sus Sermones la entrada de San Pedro en la capital del paganismo:

Dios bueno, justo y omnipotente que nunca negó su misericordia al género humano, y que con sus muchos beneficios proveyó a todos los mortales de medios para llegar al conocimiento de su Nombre, ese Dios, en los secretos designios de su inmenso amor, se compadeció de la ceguera voluntaria de los hombres y de la malicia que les iba degradando poco a poco, y les envió a su Verbo, igual a Él y coeterno.

Pues bien, al encarnarse este Verbo unió tan íntimamente la naturaleza divina con la humana, que el acercamiento de la primera a nuestra bajeza fue para nosotros el principio de la más sublime elevación.

Y para esparcir por todo el mundo los efectos de esta gracia preparó la divina Providencia el Imperio romano, dándole tales límites que llegase a abarcar todas las naciones del mundo.

Era, en efecto, algo muy conveniente para la realización de la obra proyectada, que los distintos reinos estuvieran reunidos bajo un único Imperio, para que llegase la predicación con mayor rapidez a oídos de todos los pueblos, hallándose bajo el mando de una sola ciudad.

Esta ciudad, desconocedora del autor divino de sus destinos, se había hecho esclava de los errores de todos los pueblos aunque les gobernaba a casi todos con sus leyes, y creía ser muy religiosa porque admitía todas las falsedades; pero cuanto más fuertemente se hallaba aherrojada por el demonio, más admirablemente fue libertada por Cristo.

En efecto, cuando los doce Apóstoles, después de recibir con el Espíritu Santo el don de hablar diversas lenguas, se distribuyeron las distintas partes del mundo, tomando posesión de las tierras en donde debían predicar el Evangelio, al bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles, se le asignó la capital del imperio romano, para que la luz de la Verdad que se había revelado para la salvación de todos los pueblos, se derramase con mayor eficacia sobre el mundo entero, partiendo del centro de aquel Imperio.

Porque ¿qué nación no contaba con representantes en aquella ciudad? ¿Qué pueblos podían ignorar lo que Roma había aprendido? Allí iban a ser pulverizadas las teorías filosóficas y disipadas las vaciedades de la sabiduría terrena; allí iba a ser destruido el culto de los demonios y la impiedad de todos los sacrificios; en aquel lugar donde una hábil superstición había acumulado el producto total de todos los errores.

Y ¿no temes, bienaventurado Pedro Apóstol, venir sólo a esta ciudad? El compañero de tu gloria, el Apóstol Pablo, se encuentra todavía ocupado en fundar iglesias; y tú te adentras en ese bosque poblado de bestias feroces, caminas sobre ese océano cargado de tempestades con mayor confianza que cuando anduviste sobre las olas.

No temes a Roma, la señora del mundo, tú que temblabas en el palacio de Caifás a la voz de una criada del Pontífice.

¿Eran acaso más temibles el tribunal de Pilatos o la crueldad de los judíos que el poderío de Claudio o la ferocidad de Nerón? No; pero la fuerza de tu amor triunfaba del miedo, y no considerabas ya temibles aquellos a quienes habías recibido encargo de amar.

Indudablemente sentías ya esa intrépida caridad cuando la declaración de tu amor hacia el Señor fue ratificada por el misterio de una triple interrogación.

Por eso, no se te exigió, para apacentar las ovejas de Aquel a quien amabas más que la expresión plena de los sentimientos de tu corazón.

Cierto que tu confianza debía ir en aumento con el recuerdo de los milagros tan numerosos como habías obrado, de tantos inestimables dones de la gracia como habías recibido y de las continuas manifestaciones del poder que en ti residía.

Habías ya hablado a los judíos, muchos de los cuales creyeron en tu palabra; habías fundado la Iglesia de Antioquía, donde tuvo su origen el nombre cristiano; habías sometido a las leyes de la predicación evangélica el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia; y luego, seguro ya del éxito de tu obra y del día de tu muerte, acudiste a clavar sobre las murallas de Roma el trofeo de la Cruz de Cristo, a aquella Roma donde Dios te había deparado el honor del poder supremo y la gloria del martirio.

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Dijimos que esta Fiesta conmemora también la confesión de fe de San Pedro.

Sobre la confesión de la fe, es necesario saber que no basta creer; es menester, además, que cada uno haga una pública y solemne profesión de lo que cree, especialmente cuando la fe en general o algún punto de ella en particular es atacado.

Jesucristo no desea discípulos tímidos y mudos.

Cuando no se vive conforme a lo que se cree, hay temor, hay cobardía en declarar la religión que se profesa.

La confesión que hizo San Pedro le mereció la augusta cualidad de Vicario de Jesucristo.

Del mismo modo, en el orden de la fe, Jesucristo por Pedro y Pedro por sus sucesores, nos enseñan la doctrina divina y nos dan el criterio para discernir la verdad del error.

Todo Símbolo de fe, todo juicio en materia de doctrina, toda enseñanza contraria al Símbolo, a los juicios y a las enseñanzas de la Sede Romana, son del hombre y no de Dios, y deben ser rechazadas con horror y anatema.

Hoy honramos la Cátedra Romana como origen y regla de nuestra fe.

Tomemos aquí también la palabra elocuente de San León y preguntémosle por los títulos de Pedro a la infalibilidad de su doctrina. De este gran Doctor aprenderemos a estimar el valor de las palabras pronunciadas por Cristo para que fueran la garantía suprema de nuestra adhesión a la fe por los siglos de los siglos:

El Verbo humanado había venido a morar en medio de nosotros, y Cristo se había dado enteramente a la obra de la redención del género humano.

Nada había que no estuviera ordenado por su sabiduría, nada que se hallara fuera de su poder.

Le obedecían los elementos, los espíritus angélicos estaban a sus órdenes; el misterio de la salvación de los hombres no podía fallar en sus efectos, porque el mismo Dios, Uno y Trino, se ocupaba de él.

Con todo, sólo Pedro es elegido en este mundo para presidir la vocación de todos los pueblos, para presidir a todos los Apóstoles y a todos los Padres de la Iglesia.

Habrá muchos sacerdotes y muchos pastores en el pueblo de Dios; pero, Pedro gobernará con una autoridad, que le es propia, a todos los que el mismo Cristo gobierna de un modo más elevado todavía.

¡Qué sublime y admirable participación de su poder se dignó dar Dios a este hombre, mis queridos hermanos! Si quiso que hubiera algo de común entre él y los demás pastores fue con la condición de darles a éstos, por medio de Pedro, todo lo que no quería rehusarles.

Pregunta el Señor a los Apóstoles por la opinión que los hombres tienen de Él. Los Apóstoles están de acuerdo mientras se trata simplemente de exponer las distintas opiniones de la ignorancia humana.

Pero cuando el Señor pregunta a sus discípulos por su propio parecer el primero en confesarle es el que tiene la primera dignidad entre los Apóstoles.

Él es quien dice: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

Le responde Jesús: Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás; porque ni la carne ni la sangre te han revelado esto, sino mi Padre que está en los cielos.

Es decir: Sí, dichoso tú, porque mi Padre te ha iluminado, no te han inducido a error las ideas terrenas, sino que te ha ilustrado la inspiración del cielo. Si me has conocido, ha sido gracias a Aquel de quien soy Hijo único, no gracias a la carne ni a la sangre.

Y yo, añade, te digo: Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, yo te descubro tus privilegios. Porque, tú eres Pedro, es decir, así como yo soy la Piedra inamovible, la Piedra angular que une ambos muros, el Fundamento esencial e imprescindible: así tú también eres Piedra, porque descansas sobre mi base, y todo lo que yo poseo por mi propio poder, lo posees tú conmigo porque yo te lo comunico.

Y sobre esta piedra construiré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

Mi templo eterno será construido sobre la base de esta piedra; y mi Iglesia, cuya cumbre tocará en el cielo, ha de elevarse sobre la solidez de esa fe.

La víspera de su Pasión, que debía ser una prueba para la constancia de sus discípulos, dijo el Señor estas palabras: Simón, Simón, Satanás ha solicitado cribarte como el trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca.

Una vez convertido, confirma a tus hermanos.

Común era el peligro de tentación para todos los discípulos; todos necesitaban de la ayuda divina, porque el demonio se había propuesto zarandearles a todos y derrumbarles.

Pero el Señor se cuida de un modo especial de Pedro; sus oraciones serán por la fe de Pedro, como si la salvación de los demás estuviese segura, no siendo abatida la fe de su jefe.

Sobre Pedro, pues, ha de apoyarse el valor de los demás, sobre él se ordenará la ayuda de la gracia divina, para que la firmeza que Cristo concede a Pedro, sea por él comunicada a los Apóstoles.

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En otro Sermón, nos hace ver el elocuente Doctor, cómo Pedro vive y enseña siempre desde la Cátedra Romana:

El orden establecido por el que es la misma Verdad, persevera constante, de manera que el bienaventurado Pedro, conservando la firmeza recibida, no ha abandonado nunca el timón de la Iglesia.

Porque es tal la supremacía que le ha sido otorgada sobre los demás, que nos es preciso reconocer en ella los vínculos que le unían a Cristo al ser llamado Piedra, proclamado Fundamento.

Por eso le llamó Piedra, le proclamó Fundamento, constituyó Portero del Reino de los cielos y le declaró Árbitro para atar y desatar con tal autoridad en sus juicios, que éstos se ratifican en el mismo cielo.

Ahora ejerce con mayor poder y plenitud la misión que le fue confiada porque su oficio y cargo lo desempeña en Aquel y con Aquel por quien fue glorificado.

Por consiguiente, si algo bueno hacemos sobre esta Sede, si decretamos algo justo, si nuestras oraciones de todos los días consiguen alguna gracia ante la misericordia divina, todo ello se debe a las obras y méritos de aquel que vive en su Sede y obra en ella por medio de su autoridad.

Todo esto nos lo mereció, mis queridos hermanos, por aquella confesión, que inspirada a su corazón de Apóstol por Dios Padre, sobrepasó todas las incertidumbres de las opiniones humanas, mereciendo recibir la firmeza de la Piedra que ningún ataque podría quebrantar.

Todos los días repite Pedro en la Iglesia: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo; y, gracias al magisterio de esta voz son adoctrinadas todas las naciones que confiesan al Señor.

Esa es la fe que triunfa del demonio y rompe las cadenas de sus cautivos; la que conduce a los fieles al cielo cuando salen de este mundo.

Contra ella nada pueden los poderes del infierno.

Tan grande es, en efecto, la virtud divina que la preserva, que nunca logró corromperla la maldad de los herejes, ni la perfidia pagana vencerla.

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Hoy, más que nunca, recordemos que somos deudores a la Sede de Pedro de la conservación de los dogmas, fundamento de toda nuestra Religión.

No sólo nos los ha enseñado Roma por medio de sus Apóstoles, a quienes encomendó la predicación de la fe, sino que fue también ella quien, con su fallo supremo, aseguró el triunfo de la verdad cuando las tinieblas de la herejía trataban de ensombrecer tan altos misterios.

Ese es, pues, el privilegio de Roma.

Amemos y honremos a esa ciudad Madre y Señora, patria común de todos nosotros, y celebremos hoy su gloria con amor de hijos.

Estamos, pues, asentados sobre Jesucristo en nuestra fe y en nuestras esperanzas, oh Príncipe de los Apóstoles, puesto que estamos fundados sobre Ti que eres la Piedra por Él colocada.

Siguiéndote, oh Pedro, estamos seguros de entrar en el Reino de los Cielos, porque tú guardas las llaves.

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Entre tantas otras modificaciones en el Candelario Litúrgico, Juan XXIII, por el Motu Proprio sobre las rúbricas del Breviario y del Misal, Rubricarum instructum, con fecha del 25 de julio de 1960, excluyó esta fiesta del Santoral, resumiéndola con la del 22 de febrero…

¡Toda una toma de posición y una declaración de principios!

Acrecentemos, pues, hoy nuestra adhesión a la Cátedra de San Pedro en Roma, a la cátedra infalible de verdad, a todas las enseñanzas y definiciones de los Sumos Pontífices y Concilios anteriores al nefasto conciliábulo de los años 60.