P. JUAN CARLOS CERIANI: EL REINO MILENARIO Y LA DOBLE RESURRECCIÓN – 2º PARTE

EL REINO MILENARIO

Y

LA DOBLE RESURRECCIÓN

 

Segunda Entrega

 

Ver primera entrega:

https://radiocristiandad.wordpress.com/2015/01/14/p-juan-carlos-ceriani-el-reino-milenario-y-la-doble-resurreccion-1o-parte/

Hemos visto que los milenaristas empiezan su argumentación probando que la resurrección general no es tan única, ni tan simultánea como para no admitir ninguna excepción.

Sigue ahora la argumentación exegética.

Un primer texto es tomado de la Carta de San Pablo a los Tesalonicenses, capítulo IV, versículos 13 a 18:

No queremos, hermanos, que estéis en ignorancia acerca de los que duermen, para que no os contristéis como los demás, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también creemos que Dios llevará con Jesús a los que durmieron en Él. Pues esto os decimos con palabras del Señor: que nosotros, los vivientes que quedemos hasta la Parusía del Señor, no nos adelantaremos a los que durmieron. Porque el mismo Señor, dará la señal, descenderá del cielo, a la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Después, nosotros los vivientes que quedemos, seremos arrebatados juntamente con ellos en nubes hacia el aire al encuentro del Señor; y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

Demos lugar primero a la exégesis de este texto por Santo Tomás:

I Tess., capítulo 4.

Lección II: versículos 13-18:

Les quita la tristeza que sentían por los muertos con el argumento de no parecer con ella que dudan de la resurrección y les, asegura que el último día resucitarán todos.

Antes los indujo a refrenar la concupiscencia y la avaricia y puso coto a su ociosidad; reprime aquí su tristeza desordenada y da la razón: del modo que los demás.

Se les prohíbe, pues, entristecerse sin medida; por eso dice: como los demás. Bien está que se entristezcan por los muertos, mas al Apóstol no le parece que sea sin medida y lo prohíbe; por eso dice: como los demás. Porque el entristecerse por los muertos es tener piedad. Primero por la falta del cuerpo que dejó de ser; pues debemos amar a los difuntos, y sus cuerpos por las almas (Eccli. 41). Segundo por la partida y la separación, que es dolorosa para los amigos (I Rey. XV). Tercero porque por la muerte viene a la memoria el pecado (Rom. 6). Cuarto porque se nos recuerda que hemos de morir (Ecles. 7).

Pero moderadamente como dice el Eccli. 22, 2: llora poco por un muerto, pues ya goza de reposo.

Por eso dice: como los demás, que no tienen esperanza, a saber, porque éstos creen que los muertos murieron para siempre; pero nosotros no (Ph. 3). De donde señaladamente dice: en orden a los difuntos. – Nuestro amigo Lázaro duerme (Jn. XI); porque el que duerme tres cosas hace: acuéstase con la esperanza de levantarse (Psal. X); del mismo modo el que muere en la fe. Asimismo en el que duerme, su alma está en vela (Cant. 5). Otrosí, después del sueño, levántase el hombre con más bríos y aceros; así los Santos resucitarán incorruptibles (I Cor. XV).

Se pone luego el porqué de la admonición al decir: porque si creemos. Establece primero la resurrección, luego excluye la sospecha de la dilación: Pues esto os decimos con palabras del Señor; y tercero pone el orden de la resurrección: Porque el mismo Señor, dará la señal

Y es de saber que el Apóstol funda nuestra resurrección sobre el cimiento de la Resurrección de Cristo, que es causa de la nuestra; de donde la causa es la base de su argumento. Y la Resurrección de Cristo no es sólo causa sino dechado, porque el Verbo hecho carne resucita los cuerpos; sin embargo, la palabra simplemente las almas. Pues por el hecho de haber tomado y resucitado Cristo en la carne, es el dechado de nuestra resurrección. Ni sólo esto, sino también causa eficiente; porque lo que obró la Humanidad de Cristo no fue sólo en virtud de ella, sino también de la Divinidad unida a su Humanidad. De donde así como su tocamiento curaba a los leprosos, como instrumento de la Divinidad, así también la Resurrección de Cristo es causa de nuestra resurrección, no precisamente como Resurrección del Cuerpo, sino del Cuerpo unido al Verbo de vida. Por tanto el Apóstol, suponiendo esto como base firme, establece este argumento: porque si creemos que Jesús murió y resucitó, y esto sin lugar a dudas, así también a los que hayan muerto… Los que murieron «en la fe y amor de Jesús» son los que por el bautismo asemejáronse e hiciéronse conformes a su muerte; o también los que llevará consigo, es a saber, «con el mismo Cristo», a la gloria (Zac. 14; Is. 3).

Al decir luego: por lo cual os decimos, excluye la dilación de la resurrección; como si dijera: sabemos que resucitarán y vendrán con Cristo; por consiguiente, no hay por qué afligirse tanto; pues no antes que los muertos, alcanzarán los que entonces se hallen vivos la gloria de la resurrección. Por lo cual os decimos, no por humanas conjeturas, sino fundados en la palabra del Señor, que no puede dejar de cumplirse, que nosotros los vivientes, esto es, los que entonces estarán vivos, no les tomarán la delantera a los muertos en el consuelo de recibir a Cristo. Por eso dice: nosotros los vivientes. De donde parece no entendieron lo que el Apóstol dice aquí, y lo mismo les parecía a los Tesalonicenses, a saber, que esto fuera a suceder todavía en vida del Apóstol. Por eso les escribe otra carta donde dice: no mudéis de ligero vuestra manera de pensar. Mas no habla aquí de su persona y de los que vivían en su tiempo, sino de los que entonces estarían vivos: los que quedáremos, esto es, el resto después de la persecución del Anticristo, no les tomaremos la delantera, esto es, no recibirán primero que los otros el consuelo (I Cor. XV).

Por cuanto el mismo Señor. Muestra el orden y el modo de la resurrección; pero primero propone la causa; segundo, el orden y el modo: y los muertos en Cristo resucitarán primero… y concluye consolándolos: Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

Muestra lo primero diciendo: el mismo Señor. Donde es de advertir, como está dicho, que la causa común de la resurrección es la Resurrección de Cristo. Pero si opones que ya sucedió la Resurrección, ¿cómo entonces no se ven sus efectos? Respondo que es causa de nuestra resurrección según su operación en la virtud divina, y que Dios obra según el orden de su sabiduría. Así que nuestra resurrección ocurrirá cuando así lo haya dispuesto Dios según el orden de su divina sabiduría.

Para demostrar que Cristo es la causa hace que reparemos en que todos los muertos resucitan a la presencia de Cristo. Y a esta resurrección común concurrirá triple causa: una principal, a saber, la virtud de la divinidad (el poder divino); otra instrumental, la virtud de la humanidad de Cristo; la tercera digamos ministerial, la virtud de los Ángeles, que algún efecto tendrán en la resurrección. Pues, como prueba San Agustín, lo que ahora se hace por medio de las criaturas corporales, lo hace Dios valiéndose de los Ángeles; y en la resurrección algo han de hacer, como recoger el polvo. Pero la reintegración de los cuerpos y su unión con las almas la hará Cristo inmediatamente por sí.

Pone, pues, estas tres causas: Primera la humanidad gloriosa de Cristo diciendo: el mismo Señor (Act I). – a la intimación. En su primer adviento vino como obediente (Ph. II); y esto, porque ese advenimiento fue de humildad; pero éste será de gloria (Lc. XXI). Segunda, la virtud o poder de los Ángeles: y a la voz del Arcángel. No porque éste obre por su propia voz sino por ministerio; y dice del Arcángel, porque todos los Ángeles, en la persona de un Arcángel, están al servicio de la Iglesia (Ap. XII). O entiéndase por el tal Arcángel a Cristo príncipe de los Ángeles (Is. IX); y a su voz, corporal o espiritual, tendrá efecto la resurrección. Oirán la voz del Hijo de Dios» (Jn V) a saber: levantaos, muertos, y venid a juicio; y a esa voz obedecerán. Tercera, la virtud de la divinidad, cuando dice: y al sonido de la trompeta de Dios. Esta es la virtud divina; pues dícese voz del Arcángel, por cuanto será por ministerio de los arcángeles, y trompeta de Dios por cuanto por virtud divina. Y dícese trompeta por su sonoridad que, por venir de Dios, hará que resuciten los muertos. Asimismo la trompeta, que tuvo tantos usos en el Antiguo Testamento, como para la guerra, es muy a propósito para el desempeño de los oficios. Y entonces todo el universo peleará con Él (Sap. V, 21). Hacíase también uso de ella para las solemnidades; así aquí para anunciar la de la celestial Jerusalén. Otrosí como señal para levantar los campamentos o reales, como lo harán aquí los Santos con los suyos. De donde, caso que fuere la voz corporal, denomínase trompeta por las susodichas razones; o no será voz corporal, sino el poder divino presente y manifiesto a todo el mundo.

Se establece luego el orden de la resurrección, al decir: y los que murieron, respecto de la cual hay que considerar tres cosas: la resurrección de los muertos, el encuentro de los vivos: Después, nosotros los vivientes…; la felicidad de unos y de otros santos: y así estaremos siempre con el Señor.

Con ocasión de estas palabras creyeron algunos que los que vivieran al fin no morirían jamás —como dice San Jerónimo en una carta— según esto: después nosotros los vivos, los que hayamos quedado. Entre otras cosas, se distinguiría inútilmente a los vivos de los muertos. Pero, contra esto se presenta I Cor. XV: todos ciertamente resucitaremos, y en Rom. V: en Adán todos mueren. Luego la muerte a todos los lleva por un rasero.

Digamos, pues, que en aquel tiempo de la venida de Cristo a juicio, algunos se hallarán vivos; pero en ese mismo momento morirán y en un abrir de ojos resucitarán; y por eso, por esa brevísima interrupción, se les cuenta en el número de los vivos.

Entonces se ofrece una dificultad, porque aquí se dice que los muertos resucitarán primero, luego nosotros. Luego primero resucitarán los muertos antes que los vivos salgan al encuentro de Cristo, en el cual morirán. Luego, primero resucitarán algunos, y así no será simultánea la resurrección de todos, lo cual va contra lo de I Cor. XV: en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, al son de la última trompeta.

Respondo: hay dos opiniones:

Unos dicen que la resurrección no será simultánea, sino que primero los muertos vendrán con Cristo, y entonces a la llegada de Cristo los vivos serán arrebatados en las nubes y en ese arrebatamiento morirán y resucitarán.

Por tanto, lo que se dice que sucederá en un momento se entiende que en breve tiempo.

Mas si se dijere que en un instante, entonces no hay que referirlo a toda la resurrección de todos, sino a la resurrección de cada uno, porque cada uno resucitará en un instante.

Otros, en cambio, dicen que todos resucitarán simultáneamente y en un instante. Entonces lo que dice: resucitarán los primeros, denota no un orden de tiempo, sino de dignidad.

Pero esto, al parecer, no es fácil, porque de los vivos muchos serán probados en la persecución del Anticristo, que aventajarán en dignidad a muchos de los que murieron antes.

Por tanto, digamos de otra manera: que todos morirán, y todos resucitarán, y al mismo tiempo.

Ni tampoco dice el Apóstol que aquéllos resucitarán primero que éstos, sino que aquellos resucitarán antes que éstos salgan al encuentro de Cristo; porque el Apóstol no establece un orden comparativo de resurrección a resurrección, sino un orden respecto del arrebatamiento o de la salida al encuentro.

Porque, al venir el Señor, primero morirán los que se hallen vivos, y entonces inmediatamente con ellos serán arrebatados en nubes los resucitados que primero habían muerto, como el Apóstol dice aquí.

Pero hay una diferencia entre buenos y malos, que consiste en que los malos se quedarán en la tierra que amaron, pero los buenos serán arrebatados al encuentro de Cristo, por quien suspiraron. Dondequiera que se hallare el cuerpo, allí se juntarán las águilas (Mateo 24, 28).

Asimismo en la resurrección los santos se conformarán con Cristo, no sólo cuanto a la gloria del cuerpo, sino también cuanto al lugar, porque Cristo estará en una nube (Act. I). Así como a Cristo lo acogió una nube, de modo parecido a los santos. Y esto ¿por qué? Para mostrar su deiformidad; porque en el Antiguo Testamento la gloria del Señor se dejó ver a manera de nube (III Rey. VIII). Estas nubes estarán dispuestas, por virtud divina, para hacer ostentación de la gloria de los santos; o ya sea que los mismos cuerpos gloriosos, con el resplandor que de sí echarán, les parezcan a los malos, que estarán en la tierra, una especie de nubes.

Luego, al decir: y así estaremos con el Señor eternamente, muestra la felicidad de los santos, porque siempre estarán con el Señor gozando de su compañía. Vendré otra vez y os llevaré conmigo, para que donde Yo estoy estéis también vosotros (Jn 14, 3). Por esto suspiran los santos: tengo deseo de verme libre de las ataduras de este cuerpo, y estar con Cristo (Ph. 1, 23).

Consolaos, pues. Es la conclusión consolatoria sobre los muertos, que viene a decir: puesto que los santos resucitan, y ningún detrimento se les sigue, no hay por qué no consolarse con los muertos. Consuélate, ¡oh pueblo mío!, consuélate, dice vuestro Dios (Is 40, 1).

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Leamos el corto comentario de Monseñor Juan Straubinger:

A los primeros cristianos, más que a nosotros, les preocupaba la segunda venida de Cristo, especialmente en cuanto a la suerte de los muertos.

Creían que éstos, tal vez, fueran remitidos al último lugar en la resurrección o que la resurrección ya había pasado (II Tim. 2, 16 ss.).

Contesta San Pablo: De ninguna manera habéis de angustiaros; ellos resucitarán los primeros, y los otros justos que estén vivos será arrebatados al encuentro de Cristo en el aire.

Los Padres griegos, y de los latinos San Jerónimo y Tertuliano, opinan que esto sucederá sin que antes sea necesaria la muerte física. Lo admiten también San Anselmo y Santo Tomás.

Aquí remite a:

I Tess. 3, 13: … a fin de confirmar irreprensibles vuestros corazones en santidad, delante de Dios y Padre nuestro, en la Parusía de nuestro Señor Jesús con todos sus santos.

I Cor. 15, 23: Pero cada uno por su orden: como primicia Cristo; luego los de Cristo en su Parusía.

I Cor. 15, 51: He aquí que os digo un misterio: No todos moriremos, pero todos seremos transformados

Ya veremos en particular estos dos último textos en próximas entregas.

II Tim. 4, 8: En adelante me está reservada la corona de la justicia, que me dará el Señor, el Juez justo, en aquel día, y no solo a mí sino a todos los que hayan amado su venida.

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El Padre Van Rixtel, por su parte, dice así:

Este texto afirma:

1º) que los Tesalonicenses estaban tristes por sus muertos, pensando que ellos no iban a estar presentes cuando viniera Jesús. San Pablo los consuela, revelando el misterio de la primera resurrección.

2º) Enseña por eso, que Dios traerá con Jesús, cuando venga, a los que durmieron en Él. No participarán, pues, en este favor los que no durmieron en Él.

3º) Y es así, no porque San Pablo lo imagine, sino porque lo sabe “por la palabra del Señor”.

4º) Los que estén en vida no tienen, pues, ningún motivo para entristecerse, pensando (como los que no tienen esperanza) que los que murieron en Cristo no van a estar presentes cuando venga Jesús; así que de ningún modo precederán los que estén esperando en vida, a los que durmieron en esta esperanza.

5º) Ya que el mismo Señor descenderá del cielo con voz de mando, con pregón de arcángel, y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo (no los demás) resucitaran primero.

6°) Y junto con los vivientes, que le estén esperando (no todos, porque San Pablo está hablando a los fieles, y por eso dice: nosotros, distinguiendo los fieles de los demás), serán arrebatados. Porque Jesús les tomará a sí mismo (Juan 14, 3). Y así estaremos siempre con el Señor Jesús.

7°) Esta esperanza es nuestro consuelo, especialmente en las horas que sigan a la muerte de nuestros seres queridos. La liturgia desde tiempos antiguos lo entiende así, y pone este texto como Epístola de la Misa de los difuntos.

Este texto de San Pablo es, en forma decisiva, confirmado por el mismo Jesús, cuando dijo a sus apóstoles: “No se turbe vuestro corazón; creed en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si así no fuera, os lo hubiese dicho, porque voy a preparar lugar para vosotros. Y cuando haya ido y os haya preparado lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros” (Juan 14,1-3).

 

Jesús dice: (San Juan, 14, 3) San Pablo dice: (I Tess 4, 16-17)
a) “Vendré otra vez” A) “El mismo Señor descenderá del cielo”
b) “Y os tomaré a mí mismo” B) “Seremos arrebatados al encuentro del Señor”
c) “Para que allí donde yo estoy, estéis también vosotros” C- “Y así estaremos siempre con el Señor”
d) “No se turbe vuestro corazón” D- “Consolaos unos a otros con estas palabras”

 

Bien dijo San Pablo que enseñaba este misterio por palabra del Señor.

Continuará…

 

Padre Juan Carlos Ceriani