P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA LA FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

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FIESTA DE EPIFANÍA DEL SEÑOR

La alegría de la Santa Iglesia continúa; los Ángeles siguen admirados, la creación entera está rebosante de dicha: ¡Un Niño nos ha nacido!

La Fiesta de Epifanía es continuación del misterio de Navidad; pero se presenta en el Ciclo Litúrgico con una grandeza propia.

Su nombre, que significa Manifestación, indica bien claramente que su objeto es honrar la aparición de Dios en medio de los hombres.

Nosotros la llamamos familiarmente Fiesta de Reyes, en recuerdo de los Magos, cuya llegada a Belén se conmemora de un modo particular en este día.

Es, pues, un gran día la Fiesta de la Epifanía del Señor; la alegría causada por la Natividad del Niño Dios debe seguir aumentando en esta Fiesta.

En efecto, los nuevos destellos de Navidad nos muestran con un nuevo esplendor la gloria del Verbo Encarnado; y sin hacernos perder de vista los inefables encantos del divino Niño, manifiestan todo el brillo de su divinidad.

El Prefacio de la Misa de Epifanía es propio de esta Fiesta. La Iglesia canta en él la luz inmortal que aparece a través de los velos de la humanidad, bajo cuya envoltura amorosa ocultó su gloria el Verbo divino:

Realmente es algo digno y justo, equitativo y saludable que, siempre y en todas partes, te demos gracias a Ti, Señor Santo, Padre Omnipotente, Eterno Dios: porque cuando tu Unigénito apareció en la sustancia de nuestra mortalidad, nos reparó con la nueva luz de su inmortalidad.

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En la Fiesta de Epifanía vinieron a juntarse tres manifestaciones de la gloria de Cristo:

* el misterio de los Magos venidos de Oriente, guiados por la estrella, para honrar la realeza divina del Niño de Belén;

* el misterio del Bautismo de Cristo, proclamado Hijo de Dios en las aguas del Jordán por la voz del mismo Padre celestial;

* y el misterio del divino poder de Cristo, que convirtió el agua en vino en el banquete de las Bodas de Caná.

Si pasamos a considerar en particular las varias facetas que ofrece el objeto de esta Fiesta, observaremos que, de estos tres misterios que honra la Iglesia en este día, la adoración de los Magos es el subrayado con mayor intensidad y gozo.

La mayoría de los textos del Oficio y de la Misa están destinados a celebrarlo, y los dos grandes Doctores, San León y San Gregorio, en sus Homilías sobre esta Fiesta, parece que han querido insistir únicamente en ese punto, aunque no dejen de reconocer con San Agustín, San Paulino de Nola, San Máximo de Turín, San Pedro Crisólogo, San Hilario de Arlés y San Isidoro de Sevilla, el triple misterio de Epifanía.

El día escogido por la Iglesia de Occidente para honrar de un modo especial el Bautismo del Salvador, fue la Octava de Epifanía, el 13 de enero.

Lo mismo ocurrió con el tercer misterio de Epifanía, un tanto eclipsado por el esplendor del primero; su celebración particular fue trasladada al Segundo Domingo después de Epifanía.

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¡Oh alegría inefable la del Nacimiento del Niño Dios!; pero más inefable aún la de su Epifanía, en la que nos es dado a nosotros acercarnos a Él y ofrecerle nuestros dones, viéndolos aceptados por su clemencia.

¡Gracias sean dadas al Niño omnipotente por el inefable don de la fe!, que nos traslada de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz.

Pidamos comprender la magnitud de tan magnífico presente y la santidad de este gran día en que el Verbo Eterno ha hecho alianza con toda la raza humana, para llegar con ella a ese sublime matrimonio de que habla elocuentemente Inocencio III: Matrimonio que fue prometido al patriarca Abrahán, jurado al rey David, realizado en María al hacerse Madre, y en el día de hoy, consumado, confirmado y publicado: consumado en la adoración de los Magos, confirmado en el Bautismo del Jordán, y publicado en el milagro de la conversión del agua en vino.

En esta fiesta nupcial, en que la Iglesia, a penas nacida, recibe ya los honores de Reina, cantemos con esa sublime Antífona de Laudes, en donde los tres misterios se funden tan maravillosamente en uno solo, el de la Alianza de Dios con nosotros:

Hoy se une la Iglesia al celestial Esposo; son lavados sus pecados por Cristo en el Jordán; acuden los Magos a las regias bodas, llevando consigo presentes; se cambia el agua en vino y se alegran los convidados.

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Tres misterios se celebran, pues, en una sola Fiesta, por ser tradición antiquísima que sucedieron en un mismo día, aunque no en un mismo año: la adoración de los Reyes, el bautismo de Cristo por San Juan, y el primer milagro que hizo Jesucristo en las Bodas de Caná de Galilea.

La palabra griega Epifanía, que significa aparición o manifestación, conviene perfectamente a todos tres misterios.

Se manifestó el Señor a los Magos, cuando por medio de la estrella milagrosa le vinieron a reconocer por su Rey, por su Dios, por su Salvador y de todo el género humano.

Se manifestó su divinidad en el Bautismo, por medio de aquella voz del Padre que la declaró.

Se manifestó su omnipotencia en el primer milagro que hizo.

Por haber sido estos los principales medios de que Dios se valió para manifestar en la tierra la gloria de su Hijo, los comprende la Santa Iglesia en el nombre de Epifanía, aunque sola la adoración de los Reyes es como el principal objeto del oficio de la Misa y de la Solemnidad presente.

La nueva estrella fue, sin duda, observada de otros muchos, porque su extraordinario resplandor y la irregularidad de su curso la hacían distinguir entre todas las demás; pero solamente los Magos, ilustrados de lumbre superior, reconocieron lo que significaba aquel fenómeno, y ni un momento dudaron en ir a buscar al que anunciaba la estrella.

Habiendo, pues, observado estos tres Monarcas una estrella más brillante que las ordinarias, juzgaron que era aquella estrella de Jacob, anunciada por el profeta Balaán, cuyas profecías tenían bien estudiadas, como señal de un Rey que había de nacer para la salud de todo el género humano.

Alumbrados por una luz interior, conocieron que aquel astro les serviría de guía para encontrar al Mesías; y tomaron el camino de Judea, donde sabían por la Tradición que había de nacer aquel Rey tan deseado de todas las naciones.

Cuando los Reyes se acercaron a Jerusalén, desapareció la estrella. Por eso entraron en aquella corte preguntando por el nuevo Rey, cuyo nacimiento les había anunciado la estrella en el Oriente.

Fue grande la conmoción que causó ver a esos hombres, que venían de país tan distante, preguntando por un nuevo Rey de los Judíos, a Quien los mismos Judíos no conocían, ignorando del todo su nacimiento.

Pero el que más se asustó fue el rey Herodes, que quiso verlos para informarse minuciosamente del motivo de su viaje.

Bien sabía que un Rey, cuyo nacimiento anunciaba el Cielo con señas tan especiales, no podía ser otro que el Mesías.

Luego que los Magos se despidieron de Herodes, y retomaron el camino, volvió también el Señor a restituirles su resplandeciente guía, y los condujo derechamente a Belén.

Gran gozo inundó sus corazones cuando le vieron detenerse perpendicularmente sobre el humilde portal donde estaba el nuevo Rey.

Entraron en él, y hallaron lo que buscaban. Lo encontraron en los brazos de su Madre.

Aquella misma luz interior que les dio a entender lo que significaba la estrella, les hizo conocer, en medio de aquel exterior humilde, la augusta majestad y la suprema dignidad de aquel Niño, Dios hecho hombre.

Llenos de fe y de respeto se postraron en su presencia, le adora ron como a Señor del Cielo y tierra, y como a Salvador de los hombres; y le ofrecieron los presentes más preciosos y más estimados de su tierra: oro, incienso y mirra, que encierran profundos misterios.

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¡Extraña cosa! Que los gentiles vengan de países tan distantes a adorar al Salvador del mundo, y que no le reconozcan los miembros del Pueblo elegido, cuando acaba de nacer en medio de ellos…

¿Podían pedir indicios más claros de su venida? Pero, ¿de qué sirve la luz a los que son voluntariamente ciegos?

¿Quién tendría la culpa de que no alcanzasen la misma dicha que los Magos? Les envía Dios tres príncipes extranjeros para que les anuncien el nacimiento del Salvador del mundo en Judea…; sus mismos doctores declaran el lugar exacto en que ha de nacer el Mesías…; pero, ¿qué efectos producen todas estas instrucciones, todas estas gracias, en corazones ambiciosos, irreligiosos e impíos?

La turbación, el engaño y la crueldad…

Un corazón puro, un corazón religioso, un corazón pío, apenas ve la estrella, inmediatamente se pone en camino para adorar al que anuncia.

Un alma mundana, convierte la Religión en mera política…

¡Cuánta verdad es que a Dios se le encuentra siempre que se le busca de buena fe!

Si no hubiere estrella, no por eso faltaría socorro, no por eso faltaría gracia; todo depende de la rectitud de nuestras intenciones y de la sinceridad del corazón. La malicia de éste es la única que apaga, que inutiliza la luz de la gracia. En vano brilla ésta, si se cierran los ojos a su resplandor.

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Por lo que toca a los Reyes, que tuvieron la dicha de adorar al Salvador y de ofrecerle sus dones, fácilmente se deja ver la abundancia de gracias y de dones sobrenaturales con que fueron correspondidos: fe viva, caridad ardiente, celo puro y generoso…

Con estos dones regresaron a sus casas, donde, después de haber anunciado las maravillas de que ellos mismos habían sido testigos, merecieron morir con la muerte de los Santos.

Ciertamente una gracia y una vocación tan singular, una fidelidad tan generosa y tan exacta no podían dejar de conseguir tan feliz término.

Así lo cree la misma Santa Iglesia, y por eso permite el culto público que se les rinde. Se asegura que las reliquias de estos primeros confesores del Cristianismo fueron primeramente transportadas de Persia a Constantinopla por el celo y por la piedad de Santa Elena; que después, en tiempo del emperador Emanuel, se trasladaron a Milán, donde se mantuvieron seiscientos setenta años, hasta que, finalmente, cuando esta ciudad fue tomada y saqueada por Federico Barbarroja, el año de 1163, fueron trasladadas a Colonia, donde se conservan hasta el día de hoy con singular veneración.

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Los pastores que acudieron a la voz del Ángel han visto reforzado su fiel grupito; no son ya los únicos en velar ante la cuna del Emmanuel; sus filas se abren ahora para dar paso a los Reyes de Oriente, portadores de los votos y adoraciones de toda la humanidad.

El humilde establo es ya estrecho para tan gran concurrencia; Belén aparece amplia como el universo.

La Virgen Madre, Trono de la divina Sabiduría, acoge con su graciosa sonrisa de Madre y Reina a todos los miembros de esta corte; presenta a su Hijo a la adoración de la tierra y a las complacencias del Cielo.

Dios se manifiesta a los hombres porque es inmenso y omnipotente; mas se manifiesta por medio de María porque es misericordioso.

¡Oh inefable gloria de este gran día, en el cual comienzan su marcha las naciones hacia la verdadera Jerusalén,
hacia la Iglesia! ¡Oh misericordia del Padre celestial, que ha tenido a bien acordarse de todos esos pueblos sepultados en las sombras de la muerte y del pecado!

Los Magos, primicias de la gentilidad, han sido presentados al gran Rey, a quien buscaban; y nosotros los hemos seguido.

Como a ellos, el Niño nos ha sonreído. Con esa sonrisa hemos olvidado todas las fatigas del largo camino que conduce a Dios; el Emmanuel permanece con nosotros, y nosotros con Él.

Belén que nos ha recibido, nos guarda para siempre; porque en Belén tenemos al Niño y a María, su Santísima Madre.

¿En qué lugar del mundo podríamos hallar bienes tan preciosos? Supliquemos a la incomparable Madre que nos presente Ella misma a ese Hijo que es nuestra luz, nuestro amor, nuestro Pan de vida, cuando nos acerquemos al altar, a donde nos dirige la estrella de la fe.

Abramos nuestros tesoros en ese instante; llevemos en la mano el oro, el incienso y la mirra para el recién nacido. Seguramente que aceptará de buen grado nuestros dones, y no se hará esperar.

Como los Magos, también nosotros entregaremos nuestros corazones al divino Rey, cuando nos retiremos; y también nosotros volveremos a entrar por otro camino, por una senda completamente nueva.