P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN EN LA FIESTA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESUS

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FIESTA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESUS

Lección de los Actos de los Apóstoles: En aquellos días, Pedro lleno del Espíritu Santo, dijo: Príncipes del pueblo y ancianos, oíd: Ya que en este día se nos pide razón del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera ha sido curado éste, sea notorio a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel, que este hombre está en vuestra presencia sano en el Nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y Dios resucitó de entre los muertos. Esta es la piedra que vosotros desechasteis al edificar, la cual se ha convertido en piedra angular; y no hay salud en ningún otro. Ni se ha dado a los hombres otro Nombre debajo del cielo, por el cual podamos salvarnos.

El Domingo que separa la Circuncisión del Señor de la Epifanía, la Iglesia Romana celebra la Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús. En los años en que dicho Domingo no ocurre, la Fiesta pasa al 2 de enero.

El Nombre de Jesús nos recuerda todo lo que está simbolizado en Él.

«Hablando de Él, nos sentimos iluminados; pensando en Él, recibimos el alimento de nuestras almas; invocándole, encontramos la paz», dice San Bernardo de Claraval, uno de los hombres que han hablado más sentida y profundamente del Nombre de Jesús.

El Concilio de Lyon prescribió en 1274 una devoción especial al Nombre de Jesús, y el beato Gregorio X comisionó especialmente a la Orden de Predicadores para propagarla.

Pero quienes más hicieron por difundirla, a pesar de la gran oposición que encontraron, fueron San Bernardino de Sena y San Juan de Capistrano, quienes popularizaron el uso del monograma IHS, simple abreviación del Nombre de Jesús.

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El Antiguo Testamento había rodeado el Nombre de Dios de un profundo temor; este Nombre era entonces tan temible como santo, y no todos los hijos de Israel tenían el honor de pronunciarlo.

Aún no había aparecido Dios en la tierra conversando con los hombres; todavía no se había hecho hombre uniéndose a nuestra débil naturaleza; no podíamos, pues, darle ese Nombre amoroso.

Pero, llegada la plenitud de los tiempos, cuando el misterio del amor está próximo a aparecer, el Nombre de Jesús baja primeramente del Cielo, como un anticipo de la presencia del Señor que lo ha de llevar.

El Arcángel dice a María Santísima: «Le pondrás por nombre Jesús»; ahora bien, Jesús quiere decir Salvador.

¡Qué dulce será este Nombre para el mortal perdido! ¡Y cómo acerca ese solo Nombre al Cielo con la tierra! ¿Hay alguno más amable y más poderoso?

Si, al sonido de ese divino Nombre, debe doblarse toda rodilla en el Cielo, en la tierra y en los infiernos, ¿habrá algún corazón que no se conmueva de amor al oírlo?

Mas, dejemos que nos describa San Bernardo el poder y la dulzura de ese bendito Nombre:

Existe sin duda una semejanza entre el bálsamo y el Nombre del Esposo; el Espíritu Santo no los comparó en vano.

Si vosotros no tenéis otras razonas más válidas, yo pienso que lo hizo porque el bálsamo reúne tres cualidades: luce, alimenta y unge. Aviva el fuego, robustece el cuerpo y alivia el dolor; es luz, manjar y medicina.

Descubramos ahora estas tres cualidades en el Nombre del Esposo: luce cuando es predicado, alimenta cuando se medita, unge y alivia cuando se invoca.

¿De dónde crees que llega la luz tan intensa y veloz de la fe a todo el mundo, sino de la predicación del Nombre de Jesús? ¿No nos llamó Dios a su maravilloso resplandor por la luz de este Nombre? Iluminados por su luz, que nos hace ver la luz, exclamará San Pablo con razón: Antes, sí, erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor.

A este mismo Apóstol se le encargó que diera a conocer este Nombre a los paganos y sus reyes, y a los hijos de Israel. Lo llevaba como una antorcha para iluminar la patria, gritando por todas partes: La noche está avanzada, el día se echa encima, abandonemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos para actuar en la luz; comportémonos con decoro como en pleno día.

Y mostraba a todos la luz sobre el candelero, anunciando a Jesús por donde pasaba, y a éste crucificado.

¡Cómo brilló esta luz, hiriendo los ojos de cuantos la miraban, cuando salió de la boca de San Pedro con el fulgor de un relámpago y robusteció las piernas y los tobillos de un paralítico, hasta quedar iluminados muchos espiritualmente ciegos! ¿No despidió fuego cuando dijo: En el nombre de Jesús, el Nazareno, levántate y anda?

Mas el Nombre de Jesús no es sólo luz, también es alimento.

¿No te sientes reconfortado siempre que lo recuerdas? ¿Hay algo que sacie tanto el espíritu del que lo medita? ¿O que pueda reparar tanto las fuerzas perdidas, fortalecer las virtudes, incrementar los hábitos buenos y honestos, fomentar los afectos castos?

Todo alimento es desabrido si no se condimenta con este aceite; insípido, si no se sazona con esta sal. Lo que escribas me sabrá a nada, si no encuentro el Nombre de Jesús. Si en tus controversias y disertaciones no resuena el Nombre de Jesús, nada me dicen.

Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, júbilo en el corazón.

Y también es medicina.

¿Sufre alguno de vosotros? Si penetra Jesús en su corazón y de allí pasa a la boca, inmediatamente clareará la luz de su Nombre, y disipándose toda oscuridad, volverá la serenidad.

¿Ha cometido alguien un delito? ¿Corre desesperado tras el lazo de la muerte? Si invoca el Nombre de la vida, al punto respirará alientos de vida.

¿Quién se obstinó ante este Nombre de salvación en la dureza de su corazón, en la indolencia de su desidia, en el rencor de su alma, en la molicie de su acedia?

Si alguna vez se le agotó a alguien la fuente de las lágrimas, ¿no se le arrasaron de repente los ojos y corrió mansamente su llanto al invocar a Jesús?

¿Quién temblaba aterrado ante un peligro y no recobró al instante la confianza, venciendo el miedo cuando recurrió al poder de su Nombre?

Cuando alguien fluctuaba zarandeado en un mar de dudas, ¿no vio brillar la certeza en cuanto invocó la luz de este Nombre?

Si pronunció este grito de socorro, ¿le faltaron las fuerzas al que, a punto de desaparecer, se desesperaba en la adversidad?

Estas son las enfermedades y achaques del alma; pero he aquí su gran remedio.

Si necesitas pruebas, te dice: Invócame el día del peligro; yo te libraré y tú me darás gloria.

Nada como Él reprimirá la violencia de la ira, sosegará la pasión de la soberbia, curará la llaga de la envidia, reducirá el furor de la lujuria, extinguirá el fuego de la sensualidad, apagará la sed de la avaricia, eliminará el prurito de todo apetito vergonzoso.

Cuando pronuncio el Nombre de Jesús evoco el recuerdo de un hombre manso y humilde, bueno, sobrio, casto, misericordioso, el primero por su rectitud y santidad. Evoco al mismo Dios todopoderoso, que me convierte con su ejemplo y me da fuerzas con su ayuda.

Todo esto revive en mí, cuando escucho el Nombre de Jesús. De su humanidad extraigo un testimonio de vida para mí; de su poder, fuerzas. Lo primero es un jugo medicinal; lo segundo es como un estímulo al exprimirlo. Y con ambos me preparo una receta que ningún médico puede superarla.

Aquí tienes, alma mía, tu catálogo, resumido en la esencia de este Nombre, Jesús, salvífico de verdad, que nunca falló en cualquier epidemia.

Llévalo siempre en tu corazón. Tenlo siempre a mano, para que todos tus sentimientos y acciones te lleven a Jesús.

Él precisamente te ha invitado a que procedas así: Grábame como un sello en tu brazo, como un sello en tu corazón.

Ya tienes con qué curar tu brazo y tu corazón. Quiero decirte que el Nombre de Jesús enderezará tus malas obras y perfeccionará las defectuosas; y controlará tus sentimientos, para que no se adulteren, o para que se orienten cuando se desvíen.

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Tal es, la virtud y la dulzura del Santísimo Nombre de Jesús, Nombre que fue impuesto al Emmanuel el día de su Circuncisión; pero, como el día de la Octava de Navidad está ya consagrado a celebrar la Maternidad divina, y el misterio del Nombre del Cordero exigía por sí solo una festividad propia, la Iglesia instituyó la fiesta de hoy.

La Santa Sede aprobó solemnemente esta devoción al Nombre del Salvador; y en los primeros años del siglo XVI, Clemente VII, a ruego de muchos, concedió a toda la Orden de San Francisco el privilegio de celebrar una fiesta especial en honor del Santísimo Nombre de Jesús.

Sucesivamente extendió Roma este privilegio a las distintas Iglesias, y llegó el momento en que fue incluida en el calendario universal.

Ocurrió esto en 1721 a petición de Carlos VI Emperador de Alemania; el Papa Inocencio XIII determinó que la fiesta del Santísimo Nombre de Jesús se celebrase en toda la Iglesia, fijándola primitivamente en el domingo segundo después de Epifanía.

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Pasados los ocho días para circuncidar al Niño, llamaron su Nombre Jesús, el cual le fue puesto por el Ángel antes de que fuese concebido en el vientre.

¡Oh Jesús! recibiste el Nombre al derramar en la Circuncisión tu primera Sangre; así tenía que ser, ya que ese Nombre quiere decir Salvador; y nosotros no podemos salvarnos si no es por medio de tu Sangre.

Un día, esa feliz alianza que has venido a contraer con nosotros, te ha de costar la vida; el anillo nupcial que colocarás en nuestro dedo, estará templado en tu Sangre, y nuestra vida inmortal será el precio de tu cruel muerte.

Todas estas cosas nos las dice ya tu Sagrado Nombre, ¡oh Jesús, oh Salvador! Tú eres la Viña que nos invita a libar de su vino generoso; mas, todavía el celeste racimo ha de ser duramente prensado en el lagar de la justicia del Padre, de manera que sólo después de haber sido violentamente arrancado de la cepa y desmenuzado, podremos nosotros embriagarnos con su divino jugo.

Recuérdenos siempre este misterio, tu divino Nombre, oh Emmanuel, y guárdenos del pecado su memoria, conservándonos siempre fieles a Ti.

Después de haber recibido los fieles el alimento celestial del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, la Iglesia en agradecimiento invita a todas las naciones a cantar y glorificar el Nombre de quien las creó y redimió:

Todas las gentes que hiciste vendrán a ti, y se humillarán delante de ti, Señor, y glorificarán tu Nombre: porque Tú eres grande y haces maravillas: Tú sólo eres Dios.

Sólo queda ya a la Iglesia por expresar un deseo: que los nombres de todos sus hijos sean inscritos, a continuación del glorioso Nombre de Jesús, en el Libro de la Predestinación Eterna.

Tendremos esta dicha asegurada, si sabemos estimar siempre este Nombre salvador, conformando nuestra vida con las obligaciones que impone:

Omnipotente y eterno Dios, que nos has creado y redimido: contempla propicio nuestros votos, y dígnate aceptar, con rostro plácido y benigno, el sacrificio de la saludable Hostia que hemos ofrecido a tu Majestad, en honor del Nombre de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo; para que, infundida en nosotros tu gracia, nos alegremos de ver escritos en el Cielo nuestros nombres, bajo el glorioso Nombre de Jesús, con el título de la predestinación eterna.

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Jesu dulcis memoria

Dans vera cordis gaudia:

Sed super mel et omnia

Ejus dulcis præsentia.

Nil canitur suavius,

Nil auditur jucundius

Nil cogitatur dulcius

Quam Jesus Dei filius.

Jesu spes pænitentibus,

Quam pius es petentibus!

Quam bonus te quærentibus!

Sed quid invenientibus?

Nec lingua valet dicere,

Nec littera exprimere:

Expertus potest credere,

Quid sit Jesum diligere.

Sis Jesu nostrum gaudium

Qui es futurus præmium

Sit nostra in te gloria

Per cuncta semper sæcula.

Amen.

Oh Jesús de dulcísima memoria,

Que nos das la verdadera alegría del corazón:

Más dulce que la miel y toda cosa

Es para nuestras almas tu presencia.

Nada tan suave para ser cantado,

Nada tan grato para ser oído,

Nada tan dulce para ser pensado

Como Jesús, el Hijo del Dios.

Tú que eres esperanza de los penitentes,

Tú que eres tierno con el que te ruega,

Tú que eres bueno con el que te busca:

¿Qué no serás con el que al fin te encuentra?

No hay lengua que en verdad pueda decirlo

Ni letra que en verdad pueda expresarlo:

Tan sólo quien su amor experimenta

Es capaz de saber lo que es amarlo.

Sé nuestro regocijo de este día,

Tú que serás nuestro futuro premio,

Y haz que sólo se cifre nuestra gloria

En la tuya sin límite y sin tiempo.