P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DE LA MISA DEL DÍA DE NAVIDAD

Nacimiento de Jesus_1024MISA DEL DÍA

El misterio que honra la Iglesia en esta tercera Misa de Navidad es el Nacimiento eterno del Hijo de Dios en el seno del Padre.

Ha celebrado ya a Media Noche al Hijo del Hombre saliendo del seno de la Virgen en el establo; al divino Niño naciendo en el corazón de los pastores al despuntar la Aurora; en este momento va a asistir a un nacimiento más solemne aún que los dos anteriores, un nacimiento cuya luz deslumbra las miradas angélicas, y que es, por sí mismo, el testimonio eterno de la sublime fecundidad de Dios.

El Hijo de María es el Hijo de Dios; es obligación nuestra proclamar hoy la gloria de esta inefable generación, que le hace consubstancial a su Padre, Dios de Dios, Luz de la Luz.

Elevemos nuestra vista hasta ese Verbo eterno que está desde el principio con Dios y sin el que Dios no estuvo nunca; porque es la forma de su sustancia y el esplendor de su verdad eterna.

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La Santa Iglesia comienza los textos del tercer Sacrificio con una aclamación al Rey recién nacido. Ensalza el poderío real que, como Dios, posee antes de que el tiempo exista, y que recibe como hombre desde el día de su Encarnación.

Es el Ángel del gran Consejo, o sea, el enviado por el Cielo para llevar a cabo el plan sublime ideado por la Santísima Trinidad para salvar al hombre por medio de la Encarnación y de la Redención.

En ese Altísimo Consejo tuvo su parte el Verbo; su celo por la gloria de su Padre, junto con su amor a los hombres, hacen que tome ahora esta tarea sobre sus hombros:

Un Niño nos ha nacido, y nos ha sido dado un Hijo; cuyo imperio descansa en su hombro; y se llamará su nombre: Ángel del gran Consejo. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.

En la Colecta la Iglesia pide que el nuevo Nacimiento, que acaba de realizar el Hijo de Dios en el tiempo, no carezca de efecto sino que obtenga nuestra libertad:

Te suplicamos, oh Dios omnipotente, hagas que la nueva Natividad según la carne de tu Unigénito, nos libre a los que la vieja servidumbre retiene bajo el yugo del pecado.

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El gran Apóstol, en este magnífico encabezamiento de su Epístola a los hebreos, pone de relieve el Nacimiento eterno del Emmanuel.

Mientras que nuestros ojos se posan con ternura en el dulce Niño del Pesebre, él nos invita a elevarlos hasta aquella Luz soberana en cuyo seno, el mismo Verbo que se digna habitar en el establo de Belén, oye al Padre eterno que le dice: Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado.

Este hoy es el día de la eternidad, día sin mañana ni tarde, sin amanecer y sin ocaso.

Si bien es cierto que la naturaleza humana, que se digna tomar en el tiempo, le coloca debajo de los Ángeles, el título y la cualidad de Hijo de Dios, que le pertenece por esencia, le elevan infinitamente por encima de ellos.

Es Dios, es el Señor, y los cambios no le afectan. Envuelto en pañales, clavado en la cruz, muriendo de dolor en su humanidad, permanece impasible e inmortal en su divinidad; para eso goza de un Nacimiento eterno…

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¡Oh Hijo eterno de Dios!, junto al Pesebre donde en el día de hoy te dignas aparecer por amor nuestro, confesamos, con la más humilde reverencia, tu eternidad, tu omnipotencia, tu divinidad.

Existes desde en el principio…; y estás en Dios…; y eres Dios.

Todo ha sido hecho por Ti, y somos obra de tus manos.

¡Oh Luz infinita! ¡Oh Sol de justicia! Nosotros no somos más que tinieblas; ilumínanos.

Durante mucho tiempo hemos amado las tinieblas y no te hemos comprendido; perdona nuestros errores.

Durante mucho tiempo has estado llamando a la puerta de nuestro corazón y no te hemos abierto. Hoy al menos, gracias a los admirables recursos de tu amor, te hemos recibido.

Quédate, pues, con nosotros; lleva a feliz término este nuevo Nacimiento que has efectuado en nosotros. No queremos ser ya de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios, por Ti y en Ti.

Te has hecho carne, oh Verbo eterno, para que nosotros nos divinicemos. Sostén nuestra débil naturaleza, que desfallece ante una dignidad tan grande. Tú naces del Padre, naces de María, naces en nuestros corazones: ¡Gloria tres veces a Ti, por este triple nacimiento, oh Hijo de Dios, tan misericordioso en tu divinidad, tan divino en tus humillaciones!

Durante la Comunión, la Liturgia celebra la dicha de la tierra, que ha visto hoy a su Salvador gracias a la misericordia del Verbo, hecho visible en carne, sin perder nada del brillo de su gloria.

A continuación, la Iglesia, por boca del Sacerdote, pide para sus hijos alimentados, con la carne del Cordero inmaculado, la participación en la inmortalidad de Cristo, el cual se ha dignado darles en este día las primicias de una vida completamente divina al tomar en Belén una existencia humana:

Te suplicamos, oh Dios omnipotente, hagas que, así como el Salvador del mundo nacido hoy, es el autor de nuestra generación divina, así sea también el que nos dé la inmortalidad.

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En esta hora, nuestro pensamiento debiera volar con preferencia hacia tres lugares que existen en el mundo.

El primero es Belén; y en Belén, la gruta del Nacimiento es quien nos reclama.

Acerquémonos con santo respeto y contemplemos el humilde asilo que el Hijo del Eterno, bajado del Cielo, ha escogido para su primera morada.

El asno y el buey anunciados por el Profeta están allí, testigos mudos del divino misterio que el hombre se ha negado a recibir en su casa.

José y María se encuentran también en el humilde retiro; los rodea el silencio de la noche; mas su corazón se dilata en alabanzas y adoraciones dirigidas al Dios que se digna satisfacer de manera tan perfecta por el orgullo humano.

Todo esto ocurría en el establo de Belén; los Ángeles del Señor estaban maravillados ante tan gran misericordia de un Dios para con sus rebeldes criaturas, contemplando al mismo tiempo con gran placer el gracioso semblante de la Virgen sin mancha.

¡Feliz gruta de Belén, testigo de semejantes maravillas!

¿Quién no dejará allí ahora su corazón?

Esta noche besemos la tierra de la gruta, en que se lee con palabras de oro: HIC DE VIRGINE MARIA IESUS CHRISTUS NATUS EST.

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Roma es el segundo lugar del mundo que debe visitar nuestro corazón en esta noche afortunada.

Pero dentro de la Ciudad Santa, hay un Santuario que, en este momento, reclama toda nuestra devoción y nuestro amor. Es la Basílica del Pesebre, la magnífica y radiante Basílica de Santa María la Mayor, Reina de las numerosas Iglesias que la devoción de los romanos dedicó a la Madre de Dios.

Afortunada sobre todo por poseer en su interior, junto con el retrato de la Virgen Madre atribuido a San Lucas, el humilde y glorioso Pesebre, que los impenetrables designios del Señor hicieron que saliese de Belén para confiarlo a su guarda.

Quiso Dios que Roma fuese la nueva Belén; su deseo es que sus hijos hallen en este centro la firmeza de su fe…

Ante el triste espectáculo de la Roma apóstata actual, ¿cómo no dirigir el pensamiento a la gruta…, al pesebre…, a los dos animales…, a los pastores…, a los reyes magos…, al Buen San José y la Virgen María…?

¿Cómo no pensar en los sumos sacerdotes, que se quedan en Jerusalén…, mientras Herodes trama la siniestra matanza…?

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Visitemos finalmente el tercer santuario donde se realiza el misterio del Nacimiento del Hijo divino de María.

Este tercer templo está a nuestro lado; está dentro de nosotros: es nuestro propio corazón.

Nuestro corazón es el Belén que Jesús quiere visitar, en el que desea nacer para morar allí y crecer hasta llegar al hombre perfecto, como dice el Apóstol.

Si desciende hasta el establo de la ciudad de David, es sólo para poder llegar con mayor seguridad hasta nuestro corazón, al que amó con amor eterno hasta el extremo de descender del Cielo para venir a habitar en él.

El seno de María le portó nueve meses; en nuestro corazón quiere vivir eternamente.

¡Oh corazón del cristiano, Belén viviente, prepárate y alégrate!; por la confesión de tus pecados, por la contrición de tus faltas, por la penitencia de tus delitos estás ya dispuesto para esa alianza que el Niño Dios desea hacer contigo.

Tú no puedes ofrecerle las puras y maternales caricias de María, ni los cariñosos cuidados de José; preséntale las adoraciones y el amor sencillo de los pastores.

Como la Belén y la Roma de los actuales tiempos, tú vives en medio de los que no conocen el divino misterio del Verbo Encarnado… Sean tus votos secretos y sinceros como una compensación…

Como la Basílica que guarda en Roma el tesoro del Santo Pesebre y el dulce retrato de la Virgen Madre, tú vives en medio de templos profanados. Sean tus afectos puros como el blanco mármol de sus columnas; tu caridad resplandeciente como el oro que brilla en sus artesonados; tus obras luminosas como una reparación…

Finalmente, oh soldado de Cristo, piensa que es necesario luchar para merecer acercarse al divino Infante; luchar para conservar dentro de uno mismo su amorosa presencia; luchar para llegar a la feliz consumación que te hará una sola cosa con Él en la eternidad.

Conserva, pues, con cariño estas impresiones, que te nutran, consuelen y santifiquen hasta que descienda a ti el Emmanuel.

¡Oh Belén viviente! repite sin cesar esa dulce frase de la Esposa: Ven, Señor Jesús… ¡Ven!

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La luz del recién nacido continúa alumbrando la gruta y sus alrededores; pero, al marchar los pastores y cesar el canto de los Ángeles, ha vuelto a reinar el silencio en este misterioso refugio.

Al descansar en nuestros lechos, pensemos en este divino Infante y en esa primera noche que pasa en su humilde cuna.

Para conformarse en todo con las necesidades de la naturaleza que ha adoptado, cierra sus tiernos ojos y el sueño voluntario viene a adormecer sus sentidos.

Mas en medio de ese sueño, su Corazón vela y se ofrece constantemente por nosotros. A veces sonríe también a María, que tiene sus ojos fijos en Él con inefable amor; ruega a su Padre, implora el perdón para los hombres; con sus actos de humildad expía su soberbia; y se nos muestra como un modelo de infancia que debemos imitar.

Pidámosle que nos haga participantes de las gracias de su divino sueño para que, después de haber descansado en paz, nos despertemos en su gracia y podamos continuar generosamente el camino que nos queda por andar.