P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DE LA MISA DE LA AURORA DE NAVIDAD

Natividad del SeñorMISA DE LA AURORA

Es un gran día el del Nacimiento del Salvador: día esperado por el género humano durante miles de años; esperado por la Iglesia en esas cuatro semanas de Adviento, de tan grato recuerdo; esperado por la naturaleza entera, que, a su llegada, vuelve a ver todos los años el triunfo del sol material sobre las tinieblas siempre crecientes.

En la primera Misa la Santa Iglesia ha honrado el nacimiento temporal del Verbo según la carne; ahora va a celebrar un segundo nacimiento del mismo Hijo de Dios, nacimiento de gracia y de misericordia, que se realiza en el corazón del fiel cristiano.

He aquí que en este mismo momento, unos pastores advertidos por los Santos Ángeles llegan de prisa a Belén; se aglomeran en el establo, demasiado estrecho para su número. Dóciles al aviso del Cielo, han venido a reconocer al Salvador que ha nacido para ellos, según se les ha dicho. Y lo hallan todo tal como los Ángeles se lo han anunciado.

Sus corazones lo han comprendido todo, y adoran y aman a aquel Niño.

¿Qué ha ocurrido en el corazón de estos sencillos hombres? Cristo ha nacido en ellos y en adelante morará allí por la fe y el amor.

Nos toca hacernos semejantes a ellos. Llamemos, pues, también nosotros a Jesucristo a nuestras almas; hagámosle sitio y nada le obstruya la entrada de nuestros corazones. También a nosotros nos hablan los Ángeles, también nos comunican la buena nueva.

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Al entrar en el establo, no sabían todavía a quién iban a ver; pero sus corazones estaban preparados. De pronto le ven, y sus ojos se posan en este Sol divino. Jesús desde el fondo del pesebre les dirige una amorosa mirada; quedan iluminados y se hace de día en sus corazones.

Seamos dignos de que se realice en nosotros aquella frase del príncipe de los Apóstoles: «La luz brilla en un lugar oscuro, hasta el momento en que resplandezca el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana.»

Ha llegado ya esta aurora bendita para nosotros; el divino Oriente que aguardábamos ha aparecido, y no se ocultará más en nuestra vida: en adelante hemos de temer más que nada a la noche del pecado de la que Él nos libra.

Somos los hijos de la luz y los hijos del día; ya no hemos de conocer el sueño de la muerte; pero deberemos estar siempre en vela, acordándonos de que los pastores velaban cuando el Ángel les habló y se abrieron los cielos sobre sus cabezas.

Todos los textos de esta Misa de la Aurora nos van a anunciar de nuevo el esplendor de este Sol de justicia.

En el fondo de la gruta, resplandece ese Dios luminoso; sus divinos rayos realzan y embellecen más todavía las graciosas facciones de la Virgen Madre, que con tanto amor le contempla; también el rostro venerable de José resplandece de un modo especial.

Mas estos destellos no se detienen en el angosto recinto de la gruta; aunque dejan en sus merecidas tinieblas a la ingrata Belén, se esparcen por el mundo entero, encendiendo en millones de corazones un amor inefable hacia esa Luz de lo alto que arranca al hombre de sus errores y pasiones, y le eleva hacia el fin sublime para el que ha sido creado.

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El Introito canta la salida del Sol divino. El resplandor de su aurora anuncia ya el brillo que habrá de tener a medio día. Fuerza y belleza son sus cualidades; está armado para vencer y su nombre es Príncipe de la Paz:

La luz brillará hoy sobre nosotros: porque nos ha nacido el Señor: y será llamado Admirable, Dios, Príncipe de la paz. Padre del siglo venidero: cuyo reino no tendrá fin.

En esta Misa de la Aurora, la oración de la Iglesia solicita la efusión en las almas de los rayos del Sol de justicia para que sean fecundas en obras de luz, y no vuelvan a aparecer las antiguas tinieblas:

Te suplicamos, oh Dios omnipotente, concedas a los que somos inundados de la nueva luz de tu Verbo encarnado, la gracia de que resplandezca en nuestras obras lo que por la fe brilla en nuestras mentes.

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El alma que ha entrado en Belén, o sea en la Casa del Pan, unida al que es la Luz del mundo no camina en tinieblas. El misterio de Navidad es un misterio de luz.

Mas, en el misterio de Navidad y de sus cuarenta días, la luz se nos da todavía proporcionada a nuestra flaqueza.

Sin duda es el Verbo divino, la Sabiduría del Padre, el que se nos propone a nuestro conocimiento e imitación; pero este Verbo, esta Sabiduría, aparecen bajo formas infantiles.

Nada hay, por consiguiente, que nos impida acercarnos. No se da aquí un trono sino una cuna; no un palacio sino un establo; no se trata todavía de penas, de sudores, de cruz o de sepultura; pero tampoco de gloria y triunfo; sólo aparecen la dulzura, la sencillez y el silencio. Acercaos, pues, nos dice el Salmista, y seréis iluminados.

¿Quién sería capaz de declarar dignamente el misterio de la infancia de Cristo en las almas, y de la infancia de las almas en Cristo?

Este doble misterio, que se realiza en este santo tiempo, ha sido explicado maravillosamente por San León en su sexto Sermón sobre la Natividad del Salvador, cuando dice:

«Aunque esta infancia, que la majestad del Hijo de Dios no desdeñó, haya dado paso sucesivamente a la edad del hombre perfecto, y aunque, después del triunfo de la Pasión y de la Resurrección, toda la serie de actos de humildad de que había hecho gala el Verbo haya terminado para nosotros, la festividad del día viene a renovarnos el Nacimiento de Jesús por medio de la Virgen María; al adorar el Nacimiento de nuestro Salvador, no hacemos más que celebrar nuestro propio nacimiento.

Efectivamente, esta generación temporal de Cristo es el origen del pueblo cristiano y el nacimiento de la Cabeza lo es también del cuerpo. Sin duda, cada uno de los llamados tiene su rango propio y los hijos de la Iglesia se distinguen unos de otros en la sucesión de los tiempos; pero el conjunto de los fieles, salido de la fuente bautismal, así como fue crucificado con Cristo en su Pasión, resucitado en su Resurrección, colocado a la diestra del Padre en su Ascensión, así también es dado a luz con Él en este Nacimiento. Todo hombre, en cualquier parte del mundo creyente que habite, es regenerado en Cristo; se le borra la antigüedad de su primera generación; renace a un nuevo hombre, y en adelante no se hallará en la filiación de su padre carnal, sino más bien en la naturaleza de ese Salvador que se ha hecho Hijo del hombre para que nosotros podamos llegar a ser hijos de Dios.»

¡He ahí el misterio de Navidad!

Aquí cuadra perfectamente lo que nos dice el Discípulo amado en la lectura del Santo Evangelio que la Iglesia nos propone en la tercera Misa de esta gran fiesta. A los que quisieron recibirle, les dio poder para hacerse hijos de Dios, a los que creen en su Nombre, que no han nacido de la carne ni de la sangre, ni de la voluntad del hombre, sino de la voluntad de Dios.

Por consiguiente, todos los que, después de haber purificado su alma y de haber sido liberados de la esclavitud de la carne y de la sangre, después de haber renunciado a cuanto del hombre pecador tenían, quieren abrir su corazón al Verbo divino, a esa Luz que brilla en las tinieblas y que las tinieblas no comprenden, todos esos nacen con Jesucristo, nacen de Dios; comienzan una nueva vida en este misterio lo mismo que el Hijo de Dios.

¡Qué hermosos son estos preludios de la vida cristiana!

¡Oh perpetua lozanía de nuestros Misterios que nada es capaz de agostar!

El Cordero inmolado desde el comienzo del mundo se sacrifica continuamente después de su inmolación histórica; y ved cómo, nacido una vez de la Virgen María, pone su gloria en renacer de nuevo en las almas.

En las semanas de Adviento hemos debido preparar los caminos del Señor, y hemos debido concebirle en nuestras almas; apresurémonos a darle a luz con nuestras obras, para que el Padre celestial, no viéndonos ya a nosotros dentro de nosotros mismos, sino sólo a su Verbo desarrollándose en nosotros, pueda decirnos, en su misericordia, lo que en otra ocasión dijo con plena verdad: Ese es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias.

Para conseguirlo, fijémonos en la doctrina del seráfico San Buenaventura, quien elocuentemente nos declara cómo se opera el Nacimiento de Cristo en las almas:

«Este feliz nacimiento se realiza, dice el santo Doctor, cuando el alma preparada por una larga meditación pasa por fin a la acción; cuando estando la carne sometida al espíritu, se ejecuta también la obra buena; entonces la paz y la alegría interiores renacen en el alma. En este nacimiento no hay quejas, dolores ni lágrimas; todo es admiración, emoción y gloria.

Mas, si este nacimiento te agrada ¡oh alma devota!, piensa en ser María.

Ahora bien, este nombre significa amargura: llora amargamente tus pecados; significa estrella: sé resplandeciente en virtudes; significa, finalmente, señora: aprende a sojuzgar las pasiones de la carne.

Entonces nacerá en ti Cristo, sin dolor y sin trabajo.

Entonces el alma conoce y gusta cuán dulce es el Señor Jesús. Experimenta esta dulzura cuando con santas meditaciones alimenta a este divino Niño, cuando le baña en sus lágrimas, cuando le envuelve en sus castos deseos, cuando le aprieta con abrazos de santa ternura, cuando le da calor en lo más íntimo de su corazón.

¡Oh feliz cueva de Belén! en ti me es dado encontrar al Rey de la gloria; pero más feliz todavía que tú es el corazón devoto, que posee espiritualmente al que tú sólo pudiste poseer corporalmente.»

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Ahora bien, para pasar de la concepción del Verbo a su nacimiento en nuestras almas, es decir, para pasar del Adviento al Tiempo de Navidad, es necesario que tengamos continuamente fijos los ojos de nuestro corazón en Aquel que quiere nacer en nosotros.

Debemos mostrarnos celosos de reproducir sus rasgos con nuestra débil y lejana imitación, y con tanto más interés, cuanto que nos dice el Apóstol que lo que buscará en nosotros el Padre celestial cuando se trate de declararnos capaces de la divina predestinación, no será otra cosa que la Imagen de su Hijo.

Escuchemos, pues, la voz de los Ángeles y pasemos hasta Belén. He ahí la señal, se nos dice: encontraréis un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre.

Por tanto, debemos hacernos niños; debemos conocer nuevamente los pañales de la infancia; debemos bajar de nuestras alturas y acercarnos al Salvador descendido del cielo, para ocultarnos también en la humildad de la cueva.

De esta manera comenzaremos con Él una nueva vida; y la luz, que continúa siempre creciendo hasta el día perfecto, nos iluminará sin abandonarnos ya nunca; de suerte, que, empezando por ver a Dios en su naciente esplendor, el cual da lugar todavía a la fe, mereceremos contemplarle en la gloria de su Transfiguración divina, y nos prepararemos para la dicha de aquella unión que no es sólo la luz sino la plenitud y el descanso del amor.

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Escuchemos la voz de los Santos Padres, que resuena con un énfasis y una elocuencia capaces de despertar a toda alma que no esté muerta.

He aquí en primer lugar a San Gregorio el Teólogo, Obispo de Nacianzo, en su discurso dedicado a la Teofanía o Nacimiento del Salvador:

«Cristo nace; ensalzadle. Cristo baja del cielo; salidle al encuentro. Cristo está ya en la tierra; oh hombres, elevaos. Cante al Señor toda la tierra y para decirlo todo en una sola palabra: Alégrense los cielos y salte de gozo la tierra por causa de Aquel que es al mismo tiempo del cielo y de la tierra. Cristo se viste con nuestra carne, estremeced de temor y alegría: de temor por razón de vuestros pecados, de alegría por la esperanza. Cristo nace de una Virgen; mujeres, honrad la virginidad para que lleguéis a ser Madres de Cristo. ¿Quién no adorará al que existió eternamente? ¿Quién no alabará y ensalzará al que acaba de nacer? He aquí que se deshacen las tinieblas; es creada la luz; Egipto permanece en las sombras, e Israel es alumbrado por la columna luminosa. El pueblo que estaba sentado en las tinieblas de la ignorancia ve el resplandor de una profunda ciencia. Ha terminado lo antiguo; todo es ya nuevo. Le letra huye, triunfa el espíritu; las sombras han pasado; la verdad ha hecho su aparición. La naturaleza ve sus leyes violadas; ha llegado el momento de poblar el mundo celestial: Cristo manda; guardémonos de oponer resistencia. Aplaudid, naciones todas: porque un Niño nos ha sido dado, un Hijo nos ha nacido. La señal de su principado está sobre sus espaldas: porque la cruz ha de ser el instrumento de su exaltación; su nombre es Ángel del gran consejo, es decir, del consejo paterno. Ya puede San Juan exclamar: ¡Preparad el camino del Señor! En cuanto a mí, quiero publicar la magnificencia de tan gran día: El incorpóreo se encarna; el Verbo toma carne; el Invisible se deja ver de nuestros ojos, el Impalpable se deja tocar: el que no conoce el tiempo, toma principio en él; el Hijo de Dios se hace hijo del hombre. Jesucristo fue ayer; es hoy, y será siempre. Escandalícese el Judío; mófese el Griego, muévase la lengua del hereje en su boca impura. También, ellos creerán por fin en el Hijo de Dios, cuando le vean subir al cielo; y, si aún entonces se niegan hacerlo, creerán cuando baje del cielo para juzgarlos en su tribunal justiciero».

Oigamos ahora, al piadoso San Bernardo, que derrama una dulce alegría en sus melodiosas palabras:

«Acabamos de oír una noticia llena de gracia y a propósito para ser recibida con transportes de alegría: Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judea. Mi alma se ha derretido al oír esta frase; mi espíritu se agita dentro de mí, obligándome a comunicaros esta felicidad. Jesús quiere decir Salvador: ¿Hay algo más necesario que un Salvador para los que estaban perdidos, más deseable para los desgraciados, más
conveniente para los que carecían de esperanza? ¿Dónde estaba la salvación, dónde ni siquiera la esperanza de salvación por ligera que fuese, bajo esa ley de pecado, en ese cuerpo de muerte, en medio de esa maldad, en esa mansión de llanto, si la salvación no hubiese nacido de repente y contra toda esperanza? ¡Oh hombre, deseas ciertamente la salud; pero conociendo tu debilidad y tu flaqueza, temes la dureza del tratamiento! No temas: Cristo es dulce y suave; inmensa su misericordia; por ser Cristo, ha recibido la unción para derramarla sobre tus heridas. Mas, al decirte que es dulce, no vayas a creer que carece de poder; porque se añade que es Hijo de Dios. Saltemos, pues, de gozo repasando dentro de nosotros mismos y pronunciando esa dulce frase, esa suave palabra: ¡Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judea!»

El gran Doctor de la Iglesia Siria, San Efrén, celebra con entusiasmo el encanto y la fecundidad de este misterioso día; tomemos sólo una muestra de esa divina poesía y digamos con él:

«Dignaos, Señor, permitirnos celebrar hoy el día propio de tu natalicio, que la fiesta de hoy nos trae a la memoria. Este día es semejante a Ti; es amigo de los hombres. Vuelve anualmente a través de los siglos; envejece con los viejos y se rejuvenece con el niño que acaba de nacer. Todos los años nos visita y pasa, para volver con nuevos atractivos. Sabe que la naturaleza humana no podría prescindir de él. Todo el mundo, Señor, ansia el día de tu nacimiento; este feliz día lleva en sí todos los siglos venideros; es uno y se multiplica. Sea, pues, semejante a Ti también este año, y tráiganos la paz entre el cielo y la tierra. Si todos los días son testigos de tu magnanimidad, ¿cuánto más deberá serlo éste? Los demás días del año toman de él su belleza; y las fiestas que van a seguir le deben la dignidad y el esplendor con que brillan. El día de tu nacimiento es un tesoro, Señor, un tesoro destinado a pagar la deuda común. Bendito sea el día que nos ha hecho ver el sol a los que andábamos errantes en la noche oscura; que nos ha traído la mies divina con la que nadaremos en la abundancia; que nos ha dado la rama de la viña, abundante en el líquido de salvación que nos comunicará a su debido tiempo. En medio del invierno que priva a los árboles de sus frutos, la viña se ha revestido de una exuberante vegetación; en la estación del hielo, el tallo ha brotado de la raíz de Jesé. En diciembre, en este mes que guarda todavía en sus entrañas la semilla que se le confió, es cuando la espiga de nuestra salvación se yergue del seno de la Virgen.»