COMENTARIO A LAS ANTÍFONAS «O»: DÍA 6

22 de Diciembre:

O Rex gentium

 

¡Oh Rey de las naciones, Deseado de las gentes y Piedra Angular donde se apoyan judíos y gentiles! Ven y salva al hombre que tú formaste del limo de la tierra.

 

Dijo Jesús en parábola que un noble varón marchó a una región lejana, para tomar allí posesión de un reino y volverse en seguida. Este noble varón es el mismo Jesucristo, el Hijo de Dios, el Rey de todos los pueblos, de todas las razas, de todas las lenguas y de todos los tiempos.

Su dominio se extiende a todas las cosas y a todos los hombres, lo mismo a sus cuerpos que a sus almas.

Todo lo tiene Él en su mano, como Dios y como Hombre-Dios.

Pero existe también otro ser que, habiéndose deslizado en su Reino, se constituyó en tirano de los hombres: es Satanás, el príncipe de este mundo.

Sólo una pequeña porción, el pueblo escogido del Antiguo Testamento, se mantuvo fiel al legítimo Rey. Por eso, el Hijo de Dios emprende un viaje a un país lejano; se hace hombre para expulsar de la tierra, con las armas de su anonadamiento, de su obediencia, de su humildad, de su pobreza, de sus dolores voluntariamente aceptados y de su Cruz, al príncipe de este mundo.

Se hace hombre para rescatar del poder del demonio a los pueblos infieles y para fundirlos, ahora y eternamente, en una sola Iglesia con aquel pueblo escogido.

¡Oh Rey de las naciones y piedra angular! Tu cetro es de humildad y de misericordia.

Ven, salva, al hombre que tú formaste del limo de la tierra. ¿Qué es el hombre? Un puñado de barro, miseria, nada. Y, sobre esto, alejado de Dios por el pecado, separado de la Fuente de la verdad y de la verdadera vida, condenado a la eterna privación de Dios, a las tinieblas y a la eterna desdicha.

Sin embargo, bajo esta envoltura de barro aletea la llama del espíritu, con su impetuosa tendencia hacia la verdad, hacia la posesión de todo bien, hacia la felicidad y la paz, hacia Dios.

¿Quién podrá darle a Dios? Solamente Dios mismo. Por eso, clama la Iglesia al Señor: Ven, salva al hombre que Tú formaste del barro de la tierra. Salva al que es tan pobre y tan débil, al que no es más que un poco de polvo. Acuérdate de su nada. Acuérdate de los muchos enemigos que le asedian, para sumergirle en el pecado. Acuérdate de su ignorancia, de su propensión al mal, de los errores, concupiscencias y pasiones que le dominan. Acuérdate de las seducciones del mundo, de las tentaciones del demonio.

Durante estos días que preceden a Navidad, la Iglesia siente en sí misma toda esta honda miseria de la humanidad irredenta. Por eso, clama al Señor: ¡Ven, salva al hombre!

 

Jesús es el Rey de las naciones y de los pueblos.

Se juntaron y se aliaron todos los reyes y príncipes de la tierra, para luchar contra Dios y contra su Ungido. Dijeron entre sí: rompamos sus cadenas y sacudamos su yugo. Pero el que habita en los cielos se mofará de ellos y el Señor los apabullará. Les hablará colérico y los conturbará con su furor. Les dirá: Yo he sido constituido por Él Rey de Sión, de su monte santo. El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídemelo, y te daré en herencia todos los pueblos, y tus dominios se extenderán hasta el último confín de la tierra (Salmo 2).

Ya pueden los reyes y los pueblos maquinar, a lo largo de los siglos, contra el que ha sido constituido Rey por el mismo Dios, contra Cristo. A pesar de todo, Él siempre será Rey.

A Él se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Ante Él tendrá que doblarse toda rodilla, y todos tendrán que confesar que Él es el Señor universal.

Nosotros, acatemos voluntaria y gozosamente la soberanía de Jesús, del Crucificado, del Exaltado por el Padre. Cuanto más le rechacen y se alejen de Él los poderes de la tierra, más fieles y sumisos debemos permanecerle nosotros.

El Señor viene ahora a nosotros bajo la forma de un tierno y frágil niño. Sin embargo, más tarde, cuando el representante del poder romano le interrogue: ¿Eres tú Rey?, Él responderá con un tajante y decisivo: Sí; yo soy Rey.

Después de su muerte y de su retorno al Cielo, Cristo continúa participando, aun en cuanto hombre, de la majestad y del poder del Padre. Aunque no le veamos nosotros, Él es, sin embargo, Quien todo lo rige y gobierna: es el Rey del universo.

Al fin de los tiempos volverá de nuevo a la tierra, envuelto en todo su poder y majestad de Rey.

Entonces nuestros ojos podrán contemplarle tal cual es en realidad.

Entonces volverá el Padre a repetirle, en presencia de toda la humanidad congregada ante Él: Yo te he constituido Rey de Sión, de mi santo monte, es decir, de la Santa Iglesia.

En aquel día todos le reconocerán y le acatarán como Rey. Todos los pueblos, todos los tiempos y todas las civilizaciones habrán de confesar y proclamar: Tú eres el Rey de la gloria.

Volvamos a suplicar hoy, con la Santa Iglesia: ¡Oh Rey de las naciones, salva al hombre que tú formaste del barro de la tierra!

¡Oh María!, Reina de todos los Santos, Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros.