COMENTARIO A LAS ANTÍFONAS «O»: DÍA 5

21 de Diciembre:

O Oriens

 

¡Oh Oriente, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia! Ven e ilumina a los que permanecemos sumidos en tinieblas y en sombras de muerte.

En otro tiempo éramos tinieblas, noche, caos, aletargamiento, esterilidad, muerte. Nos faltaba la luz, nos faltaba el sol; nos faltaba todo.

El sol produce vida, da a las cosas claridad y belleza, forma y colores. El sol, lo mismo el natural que el sobrenatural, provoca el crecimiento y favorece la fecundidad.

Abandonada a sí misma, la pobre humanidad se hunde irremisiblemente en las tinieblas y en la noche de la muerte.

Se despeña en el abismo del error, de la punzante y angustiosa duda. Se tortura y desespera ante el trágico problema de la muerte y del más allá. Se sumerge, en fin, en la noche de las dificultades y de las miserias morales más profundas.

No hay respuestas. Sólo enigmas indescifrables. Noche de paganismo, de incredulidad, de vida sin Cristo.

Para resolver estos problemas el hombre lo ha intentado todo, no ha escatimado esfuerzo alguno. Culto de los animales, adoración de las serpientes, divinización de los astros, sacrificios humanos, sacrificio de sí mismo, mutilaciones en el propio cuerpo, ascesis férrea, espiritualismo búdico, misticismo nihilista: he aquí los medios a que ha recurrido la humanidad para descifrar los enigmas de la vida.

Pero, a pesar de tanto esfuerzo, no ha encontrado la solución, la luz, la paz, el reposo.

Es que no conoce la verdadera Luz: ignora a Cristo, al Sol sobrenatural.

No hay más que un solo Sol verdadero: Cristo, el Salvador a quien nosotros esperamos. Yo soy la luz del mundo (San Juan 8, 12).

Cristo es la luz del mundo: por la fe santa que Él inspira en las almas; por la doctrina con que nos instruye y educa; por el ejemplo que nos da en el Pesebre, en Nazaret, en la Cruz y en el Sagrario; por la luminosa túnica de la gracia en que envuelve a nuestras almas; por la Santa Iglesia, a la cual nos entrega como a una verdadera madre.

A la luz de este Sol todo aparece claro, transparente. Gracias a ella, adquirimos un conocimiento exacto, infalible de nuestro origen y de nuestro destino, de nuestro Dios y de nuestra vida.

Esta luz nos convence de la nulidad de todo lo puramente humano, de todo lo terreno, de los bienes y felicidades de este mundo. Por ella conocemos el sentido y el valor del trabajo, del dolor, de la tribulación.

Por ella comprendemos la trascendencia de una vida pobre, oculta, humilde y crucificada como la de Cristo.

Sol de justicia, de Ti nos viene toda vida verdadera, todo conocimiento, toda dicha, toda fuerza, toda riqueza, toda fecundidad. Donde Tú no brillas, todo es noche, muerte, miseria. Ven, y alumbra a todos los que aun permanecemos sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte.

¡Cuánto tenemos que acercarnos todavía a esta Luz del Oriente, a este Sol de Cristo! ¡Cuánto necesitamos aún la luz de la fe, la luz de una vista puesta ciegamente en las manos, en el gobierno, en la providencia y en la voluntad de Dios!

Pero, en vez de hacer esto, nos dejamos inspirar y conducir todavía demasiado por nuestras pasiones, por las impresiones del momento, por nuestro amor propio.

Por eso, debemos clamar y pedir con vivo ahínco, en unión con la Santa Liturgia: ¡Oh Oriente!, Sol de justicia, ven y alumbra a los que todavía permanecemos hundidos en las tinieblas de nuestras pasiones, de nuestra mentalidad puramente natural, de nuestro amor propio…

Luz en el Señor, que será perfecta en el último día, cuando vuelva Cristo a nosotros y nos lleve después consigo al Reino del Padre. Entonces, transfigurados y revestidos totalmente de luz, brillaremos como el sol en el Reino del Padre.

Día de la luz, ¡ven pronto!

¡Oh María!, Estrella de la Mañana, Espejo de justicia, ruega por nosotros.