20 de Diciembre:
O Clavis David
¡Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel! Abres tú, y nadie puede cerrar; cierras, y nadie puede abrir. Ven, y libra al que yace aherrojado en prisión, sentado en tinieblas y en sombras de muerte.
Maravilloso poder del Señor que viene. Él posee la llave, la administración de la casa de David (Isaías 22, 22), es decir, del Reino de Dios.
Tiene absoluto e ilimitado poder sobre la gracia y sobre todos los bienes de la Iglesia; sobre las almas, sobre los espíritus, sobre la voluntad y sobre el corazón del hombre.
Los destinos de la Iglesia están en su mano. Tiene potestad sobre todas las tempestades que se levantan contra la Iglesia y contra las almas.
Domina sobre los enemigos, sobre las erróneas y falsas doctrinas, sobre los incrédulos, sobre todos los enemigos de Dios, sobre el Adversario y sus ministros, sobre el mundo, sobre la carne, sobre las pasiones… A Él se le ha dado todo poder.
Abres tú, y nadie puede cerrar. Tienes tal poder, que no podrá ser superado por ningún otro. Con tu mano riges firmemente los destinos de las almas, de la santa Iglesia. Eres el Señor absoluto.
Ven, libra, al que yace aprisionado. Con su poder, con su llave, el Redentor se acerca a la prisión donde el hombre, pobre y pecador, yace sentado en tinieblas y en sombras de muerte, cautivo de Satanás, esclavo del pecado, que le envilece y le deshonra, que le roba su dignidad de hijo de Dios, le rebaja al nivel de los brutos y le sepulta en el cieno del vicio y de la degradación.
Se acerca al hombre esclavo del pecado, el cual entenebrece su espíritu, llena su corazón de malos instintos e inclinaciones, destruye en él el templo de Dios y le convierte en morada del espíritu inmundo.
Se acerca al hombre esclavo de las pasiones, de la sensualidad, de la vanidad, de la envidia, de la concupiscencia de los ojos, de la concupiscencia de la carne y del orgullo de la vida.
¡Oh llave de David, ven y libra de su prisión al cautivo! Dale la libertad. Así suplica la Iglesia a Dios, para que Él nos dé la gracia y la fuerza que necesitamos para librarnos de toda clase de pecados e imperfecciones.
Sólo Él es quien puede librarnos de una mala muerte y de la condenación eterna.
Sólo Él puede arrancarnos este corazón apegado al mundo y este espíritu, aficionado a las cosas terrenas.
Sólo Él puede redimirnos de la esclavitud de los hombres y del respeto humano.
Sólo Él puede inspirarnos una santa y absoluta indiferencia ante el favor o el disfavor, ante los aplausos o el menosprecio, ante la adulación o las calumnias, ante las alabanzas o los vituperios del mundo y de los hombres.
Sólo Él puede libertarnos de nosotros mismos: de nuestro amor propio, de nuestra soberbia, de nuestra impaciencia, de nuestros malos instintos e inclinaciones, de todas nuestras miserias espirituales.
La Iglesia suplica al Redentor nos haga libres, es decir, nos desprenda totalmente de las cosas de este mundo. Ella sabe muy bien que la verdadera libertad, es incompatible con el apego a lo terreno.
Sólo es libre el que está completamente muerto a todo lo que no es Dios, el que no aprecia las cosas de esta vida en más de lo que son en realidad.
Pero, para poder alcanzar este total desprendimiento, esta sublime independencia, hay que estar antes bien dispuesto a entregar, a sacrificar alegremente todo aquello que sea incompatible con la vida sobrenatural, con la vida de la gracia.
¡Oh llave de David: ven y liberta al encarcelado! Líbranos, con tu llegada, de todos los peligros que nos rodean. Rompe todas las cadenas que nos retienen alejados de Dios. Danos la libertad, la salud del alma, la entrega, la total sumisión a Dios.
Esto es lo que debemos pedir hoy para nosotros y para todos nuestros hermanos en Cristo.
¡Dichosa el alma que sea conducida por el Señor a la santa libertad de la esclavitud cristiana!
Ella respirará y se moverá en plena atmósfera celestial.
Su voluntad se cumplirá siempre, pues estará plenamente identificada con la voluntad divina, que es quien regula y gobierna, quien da y quita, quien ordena o permite todas las cosas.
Su sabiduría será una sabiduría celestial e incomprensible para un entendimiento carnal.
En medio de las tribulaciones y de los sufrimientos de la vida, gozará de una paz profunda, inalterable. La participación y el goce de la alegre, de la inefable y dichosa vida de Dios producirán en ella un júbilo íntimo, inefable, beatífico.
¡Oh Llave de David, ven!, danos la libertad, para que podamos vivir sin traba alguna la sabrosa vida de Dios; para que podamos elevarnos, serena, cordialmente, por encima de todo lo que no sea Dios o Cristo.
¡Qué cosas tan magníficas nos dará el Señor cuando venga a nosotros en Navidad! ¡Qué cosas tan estupendas nos dará, sobre todo, cuando venga al fin de los tiempos!
Entonces brillarán en todo su esplendor la victoria y el triunfo de la santa Iglesia, de su doctrina y de su obra. Entonces aparecerá Ella ante toda la humanidad atónita y se manifestará tal cual es en realidad, o sea, como el Cuerpo Místico de Cristo, animado y vivificado por el espíritu de Cristo.
Aparecerá como el Arca salvadora de la humanidad. Y, a los que aquí en la tierra nos hayamos encadenado al Cristo viviente, a la santa Iglesia, se nos dará entonces eterna y gozosa libertad en Dios.
Nuestros oídos escucharán entonces aquellas consoladoras palabras: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino que os está preparado desde el principio del mundo.
¡Oh María!, Puerta del Cielo, Refugio de los Pecadores, ruega por nosotros.
