19 de Diciembre:
O Radix Jesse
¡Oh Retoño de la raíz de Jesé!, que te levantas enhiesto como una bandera, visible a todos los pueblos: ante ti enmudecen los reyes, a ti claman los pueblos infieles. Ven, no tardes más: sálvanos.
Cristo es el Rey, el Señor. El Dios fuerte es, al mismo tiempo, hombre. Es un descendiente de la casa de Jesé, de la casa de David, de la casa real de Judá.
La casa de David, del gran rey, ha perdido ya su trono. La antigua familia real se halla sin esplendor, se ha convertido en una rama marchita, rota.
Sin embargo, de su viejo tronco brotará un nuevo retoño: el Rey del mundo.
De Él dice Dios: Tú eres mi Hijo. Yo te doy en herencia todos los pueblos; te entrego en posesión todo el universo (Salmo. 2, 7).
Él será grande. Dios le dará el trono de su padre David; y reinará eternamente sobre la casa de Jacob; y su reino no tendrá fin (San Lucas 1, 32).
Contra toda oposición, y a despecho de todas las dificultades, Él fundará su Reino en el mundo: el reino de la verdad, de la justicia, de la gracia, de la santa Iglesia.
El Proscrito de los hombres, el Crucificado, hace de la Cruz su trono real, su estandarte y su bandera ante todos los pueblos.
Ven, no tardes más: sálvanos. Angustioso y urgente clamor del mundo a Cristo, al Rey que lanzará fuera al príncipe de este mundo (San Juan 12, 31).
Como consecuencia del pecado original, Satanás estableció su tiránico poder sobre los hombres. Este imperio de Satanás sobre la humanidad tuvo su más alto exponente cuando, después de haberla alejado de Dios, logró hundirla en una repugnante idolatría y se hizo adorar él mismo en los templos y santuarios del paganismo.
En cierta ocasión hasta tuvo la osadía de acercarse al Señor, cuando éste había terminado sus cuarenta días de oración y de ayuno en el desierto, y trató de que Cristo se humillara a sus pies y le adorara.
Después que el Señor, con su muerte de Cruz, nos rescató de la tiranía y esclavitud del diablo, éste continúa todavía, con la permisión de Dios, ejerciendo su poder contra los cristianos.
El adversario y enemigo jurado de Dios, de Cristo y de todo lo bueno, pone todo su ingenio y esfuerzo en establecer, dentro del Reino de Dios, el anticristianismo, el reino de las tinieblas y del pecado.
¿Quién no se da cuenta hoy día, en que la fe en Dios y en Cristo decrece de modo alarmante; cuando la propaganda de los Sin-Dios se difunde por todas partes sin freno alguno; cuando el poder de la mentira y de la disolución levanta audazmente su cabeza, como queriendo arrojar a Dios de su trono…, quién no se da cuenta todavía del poder que hoy ejerce el demonio? ¿No será, quizás, porque nos acercamos vertiginosamente a los días apocalípticos en que le será dado poder para hacer la guerra a los santos y vencerlos, para realizar prodigios capaces de seducir, incluso a los mismos elegidos?
¡Ven!, no tardes más. Mira cómo se apresuran los hombres de hoy a inscribirse en el reino de Satanás.
Han sido proscritos todos los valores buenos y santos: la fidelidad, la rectitud, la paz, la confianza mutua, la caridad.
¡Establece tu reino entre nosotros! El reino de la verdad, de la justicia, del amor, de la paz y de la concordia.
¡Oh María!, Madre del Salvador, Torre de David, ruega por nosotros.
