18 de Diciembre:
O Adonai
¡Oh Adonai! (Dios fuerte), y Guía de la casa de Israel, que apareciste a Moisés en medio de una zarza ardiendo y le diste la Ley en el Monte Sinaí: ven, alárganos tu mano y sálvanos.
¡Oh Adonai! El Redentor que nosotros esperamos fue quien se apareció a Moisés en el desierto, en medio de una zarza ardiendo, y quien le comisionó para salvar a Israel de la esclavitud de Egipto, y quien le salvó de todas sus persecuciones.
Él fue quien le condujo con mano robusta a través del Mar Rojo; quien le dio la Ley en el Monte Sinaí; quien le guió por el desierto, vistiéndole, alimentándole y saciando su sed. Él fue, finalmente, quien le abrió las puertas de la Tierra de Promisión.
Él viene también ahora como Redentor, es el Salvador y el Guía de la Santa Iglesia.
¡Oh Adonai!, alárganos tu mano y sálvanos. El enemigo de la salvación, de las almas, de la Iglesia, levanta hoy orgulloso su cabeza; quiere aniquilar la fe en Dios, la fe en Cristo, la religión cristiana.
Los hombres vuelven la espalda y se alejan del verdadero Dios, buscando otros dioses, que ellos mismos se fabrican.
Del verdadero Dios, ni hablar siquiera. Todo lo que no sea Él, puede consentirse, todo puede aceptarse, incluso los ideales y las aspiraciones más ridículas.
Ya no hay paz y concordia entre los hombres ni entre los pueblos. No hay más que agitación, actividad febril, inquietud por todas partes. Se quiere trabajar sin Dios, sin Cristo.
Y, sin embargo, siempre será cierto que debajo del cielo no se ha dado a los hombres ningún otro nombre que pueda salvarlos, más que el Nombre de Jesús Sólo Jesús, el Dios fuerte, puede salvarnos.
Tú eres quien se apareció a Moisés en medio de una zarza ardiendo.
Esta zarza es un símbolo magnífico de la pequeñez a que se reduce el Hijo de Dios, al adoptar nuestra frágil naturaleza humana. También ésta, a pesar de toda su debilidad, permanece intacta y sin abrasarse, en medio de los resplandores y llamaradas de la naturaleza divina de Cristo.
Nosotros, acerquémonos con Moisés a la zarza ardiendo. Acerquémonos a Cristo, al Dios Encarnado en la frágil figura del Niño del Pesebre, al Dios presente en la blanca forma de la Hostia consagrada.
¡Acerquémonos a Él, y adorémosle! Descalza tus sandalias: el lugar donde estás es una tierra santa. He aquí mi nombre: Yo soy el que es.
¡Oh Adonai!, en medio de la fragilidad de un niño, en el anonadamiento de la crucifixión, Tú eres el Dios fuerte.
Fuerte en los prodigios que realizas, fuerte en el gobierno, en la conservación, en la propagación de tu- Iglesia. Fuerte en la redención y en la santificación de las almas, fuerte en tu amor para con nosotros, indignos. Fuerte en tu misericordia, fuerte al ayudarnos en toda necesidad. ¡Ven, sálvanos!
Alárganos tu mano y sálvanos. Apasionado clamor de la Iglesia, implorando la Segunda Venida del Señor, la venida del último día.
El retorno de Cristo causará nuestra liberación definitiva.
¡Oh María!, Virgen Poderosa, Arca de la Alianza, ruega por nosotros.
