17 de Diciembre:
O Sapientia
¡Oh Sabiduría!, que brotaste de los labios del Altísimo; que llegas de uno a otro confín y lo vas disponiendo todo con suavidad y energía: ven y enséñanos el camino de la prudencia.
¡Oh Sabiduría! El Salvador, a quien adoraremos en el pesebre siendo un pobre Niño, es la Sabiduría, procedente del Padre desde toda la eternidad.
La Sabiduría eterna, que viene a nosotros como Salvador, ha creado todo lo que existe: el universo, el cielo, la tierra, los Ángeles y los hombres, la materia y el espíritu.
Ella ha dado a todos los seres su naturaleza propia, sus leyes particulares, sus formas internas y externas, sus proporciones y su modo de ser individual.
Ella es quien ha establecido las leyes que regulan la admirable armonía de toda la creación.
Ella rige y gobierna, con suavidad, pero, al mismo tiempo, con energía, todo cuanto existe, desde el más pequeño átomo hasta las estrellas más gigantescas.
Su previsión, su sagacidad es tan prodigiosa, que siempre logra realizar sus fines divinamente santos, divinamente profundos.
¡Oh eterna Sabiduría!, hecha niño en el seno de una madre, en la humildad de un pobre pesebre, ¡qué admirable apareces en la creación, en la ordenación y en la conservación del universo!
¡Qué prodigiosa es tu providencia! ¡Qué adorable te muestras en el pesebre, en tu obra redentora, en las enseñanzas del Evangelio, en la Historia de la Santa Iglesia, en la vida de los Santos y en la vida interior de cada alma cristiana!
¡Oh divina Sabiduría! Tú te revistes de la naturaleza humana, tomas la forma de frágil niño, eliges la pequeñez, la pobreza, la obediencia, la sujeción a otro, la vida oculta…
Eso que el mundo juzga insensatez, es elegido por Dios para confundir con ello a los sabios. Lo que aquél estima debilidad, lo escoge Dios, para destruir lo que se creía fuerte. Lo que el mundo tiene por bajo y despreciable, lo que cree nulo, es preferido por Dios, para aniquilar aquello que se cree ser algo.
Ven, Sabiduría, enséñanos el camino de la prudencia. Somos todavía ignorantes, juzgamos y valoramos las cosas, hablamos y obramos como necios, no nos guiamos más que por la loca sabiduría humana o, más bien, carnal, la cual es ante Dios pura estulticia.
Ven, Sabiduría, líbranos de la falsa ciencia; danos la verdadera sabiduría, el sentido y el gusto de lo eterno, de lo divino; danos el placer de seguir la santa voluntad y el beneplácito de Dios; danos el amor a las enseñanzas y al estrecho camino del Evangelio; inspíranos el amor a la pequeñez, al ser tenidos en nada, al olvido y al desprecio absolutos; haznos conocer y saborear la dicha del desasimiento de las cosas terrenas, de nosotros mismos y de nuestro amor propio; enséñanos el desprecio de nuestro propio juicio, de nuestra vanidad, de nuestra propia estima.
Contemplemos la Sabiduría de Dios en el pesebre, en la pobreza, en el silencio, en la debilidad, en la pequeñez.
Aprendamos la Sabiduría de Dios en los Santos Evangelios: Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que padecen persecución por Jesucristo…
Gustemos la Sabiduría de Dios en la Cruz…
¡Oh, María!, Virgen Prudentísima, Sede de la Sabiduría, Madre del Buen Consejo, ruega por nosotros.
