P. JUAN CARLOS CERIANI: DOMINGO VIGESIMOTERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Sermones-Ceriani

DOMINGO VIGESIMOTERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo, hablando Jesús a las turbas, he aquí que se acercó un príncipe, y le adoró, diciendo: Señor, mi hija acaba de morir: pero ven, pon sobre ella tu mano, y vivirá. Y, levantándose Jesús, le siguió, y también sus discípulos. Y he aquí que una mujer, que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se acercó por detrás, y tocó la orla de su vestido. Porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su vestidura, sanaré. Pero Jesús, volviéndose, y viéndola, dijo: Confía, hija, tu fe te ha salvado. Y sanó la mujer desde aquel instante. Y, habiendo llegado Jesús a la casa del príncipe, cuando vio a los flautistas, y a la multitud agrupada, dijo: Apartaos: porque la niña no está muerta, sino que duerme. Y se burlaron de Él. Y, arrojada la muchedumbre, entró, y tomó su mano. Y resucitó la niña. Y se divulgó la nueva por toda aquella región.

El Evangelio de la Misa de este día contiene dos milagros de Nuestro Señor Jesucristo, uno en favor de una mujer enferma de un flujo de sangre, y otro en el de la hija de uno de los jefes de la Sinagoga, resucitándola.

Acababa el Salvador de librar a un endemoniado furioso de una legión de demonios, a los cuales había permitido entrar en una piara de dos mil puercos que pastaban allí cerca, los que se precipitaron en el mar de Tiberiades en donde se ahogaron.

Las gentes del país, más movidas de la pérdida de su piara que del milagro obrado en la persona del poseído, pidieron al Salvador que se retirase de su pueblo.

El Salvador, que no quiere permanecer sino con los que quieren estar con Él, les deja; y habiendo atravesado el lago, apenas hubo desembarcado, cuando el pueblo que le esperaba en la ribera se reunió en rededor de Él, manifestándole su gozo y el ansia que tenía en oírle.

Mientras que el Salvador hablaba al pueblo en la ribera, uno de los jefes de la sinagoga de Cafarnaúm, llamado Jairo, teniendo una hija de doce años gravemente enferma o muerta (según se lee en los sinópticos), atravesó por entre la muchedumbre, se acercó a Jesucristo, se arrojó a sus pies, le adoró, y le suplicó con instancia que fuese a su casa a socorrer a su hija.

El Salvador, lleno de bondad y de complacencia, no deliberó ni un momento, y partió con este hombre.

Les seguía todo el pueblo que se había reunido.

Como todos querían estar cerca de Él, le estrechaban tan fuertemente que no podía adelantar sino con mucha dificultad.

Estando en el camino, llegó una mujer que hacía doce años se hallaba muy incomodada con un flujo de sangre, sin haber podido conseguir alivio alguno, a pesar de todos los remedios que le habían administrado.

Habiendo oído hablar de las maravillas que obraba el Salvador, concibió tan perfecta confianza que decía dentro de sí misma: Si puedo tocar aunque no sea más que la fimbria de su vestido, quedaré curada.

Ocupada con este pensamiento, se mezcló entre la multitud, avanzó poco a poco por entre el tropel, y habiendo llegado por detrás, lo bastante cerca como para tocar su ropa, tocó solamente la franja de que estaba adornada, y en el momento se sintió curada.

Mientras que el Salvador hablaba con esta mujer, vinieron a decir al jefe de la Sinagoga que su hija acababa de expirar, y por tanto ya no importunase al Maestro.

Sin embargo, Nuestro Señor fue hasta la casa y resucitó a la niña.

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San Jerónimo nos enseña, en la Homilía del día, que la hemorroísa que curó el Salvador figura a la gentilidad, y que la nación judía está representada en la hija del príncipe de la sinagoga.

Esta no debía volver a la vida hasta el restablecimiento de la primera.

Tal es, precisamente, el misterio de estos tiempos, en que las naciones reconocieron al médico celestial.

Tal es la ceguera que padece Israel, la cual cesará también al fin.

¡Qué misteriosos y, a la vez, qué suaves y fuertes se nos presentan los designios de la Sabiduría Eterna!

En efecto, así se manifiestan cuando nos hallamos en este punto en que el mundo, llegado casi al término de su destino, parece que sólo va a zozobrar un instante para desprenderse de los impíos y desplegarse de nuevo transformado en luz.

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El pecado, desde un principio, rompió la armonía del mundo, arrojando al hombre fuera de su camino.

Luego, una sola nación atrajo sobre sí la misericordia divina.

Mas, al aparecer sobre ella como una privilegiada la luz, se advirtió mejor la oscuridad de la noche en que el género humano se hallaba.

Las naciones, abandonadas a su agotadora miseria, veían que las atenciones divinas eran para Israel, a la vez que sentían sobre sí cada vez más gravoso el olvido.

Al cumplirse los tiempos en que el pecado original iba a ser reparado, pareció que también entonces se iba a consumar la reprobación de los gentiles; pues se vio a la salvación, bajada del cielo en la persona del Hombre-Dios, dirigirse exclusivamente hacia los judíos y las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Con todo, la raza generosamente afortunada, cuyos primeros padres y príncipes con tanto ardor habían solicitado la llegada del Mesías, no se encontraba ya a la altura en que la habían colocado los Patriarcas y santos Profetas.

Su religión, fundada en el deseo y la esperanza, ya no era más que una expectación estéril, que la incapacitaba para dar un paso adelante en busca del Salvador.

Su ley, muy incomprendida, después de tenerla inmovilizada terminaba por asfixiarla con las ataduras de un formalismo sectario.

Ahora bien, mientras ella, a pesar de su culpable indolencia, se figuraba en su orgullo celoso conservar la herencia exclusiva de los favores de lo alto, la gentilidad, cuyo mal siempre en aumento la inducía a buscar un libertador, reconoció en Jesús al Salvador del mundo, y la confianza con que se adelantó le valió ser curada la primera.

El desprecio aparente del Señor sólo sirvió para fortalecerla en la humildad, cuyo poder penetra los cielos.

Israel tenía también que esperar…

En los padecimientos de un abandono prolongado, tiene Israel que volver a encontrar la humildad, gracias a la cual merecieron sus padres las promesas divinas; y así podrá merecer su cumplimiento.

La palabra de salvación ha resonado ya por todas las naciones, salvando a cuantos respondieron al llamado.

Jesús, retrasado en su camino, llega al fin a la casa a la que se dirigen sus pasos, a esta casa de Judá, donde perdura aún la apatía de la hija de Sión.

Su omnipotencia misericordiosa aparta de la pobre abandonada a aquella turba confusa de los falsos doctores y a los profetas de la mentira que la tienen adormecida con los acentos de sus palabras vanas; arroja lejos de ella para siempre a esos insultadores de Cristo que pretenden retenerla muerta.

Tomando la mano de la enferma, la devolverá a la vida con todo el esplendor de su primera juventud; así probará, de modo bien claro, que su muerte sólo era un sueño, y que la sucesión de los siglos no podrá prevalecer contra la palabra dada por Dios a Abraham, su servidor.

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A lo dicho, los comentarios de dos Santos Padres aportan muchas luces:

San Ambrosio.

Místicamente, Cristo había dejado la sinagoga entre los gerasenos; y a Aquél a quien los suyos no conocieron, nosotros, que somos extraños, lo recibimos.

¿Quién pensamos que podrá ser el príncipe de la sinagoga, sino la ley, en consideración a la cual el Señor no dejó enteramente la sinagoga?

Mientras el divino Verbo se dirigía a curar a la hija del príncipe de la sinagoga, para salvar a los hijos de Israel, la Iglesia santa, formada de los gentiles –que perecía por la enfermedad de sus crímenes vergonzosos– obtiene, por su fe, la curación que estaba preparada para otros.

¿Por qué esta hija del príncipe moría a los doce años y esta mujer padecía de flujo de sangre ya doce años, sino para que se entienda que todo el tiempo que la sinagoga estuvo en vigor padecía la Iglesia?

Así como aquella mujer había gastado toda su fortuna en los médicos, así el pueblo gentil había perdido todos los dones de la naturaleza.

Oyendo que el pueblo judío estaba enfermo, empezó a esperar el medio de su salvación. Conoció que había llegado el tiempo en que el Médico bajaría del cielo, se levantó para salirle al encuentro, confiada por la fe, y tímida por el pudor.

Es propio del pudor y de la fe reconocer la enfermedad, no desesperar del perdón.

Pudorosa, tocó la orla; fiel, se acercó; religiosa, creyó; sabia, conoció que estaba curada; así la parte del pueblo santo de los gentiles, que creyó en Dios, se ruborizó del pecado para salir de él, abrazó la fe para creer, mostró su piedad para orar, vistió la sabiduría para sentir en sí mismo su curación, tomó confianza para confesar que había sustraído lo ajeno.

Jesucristo es tocado por detrás, porque está escrito: «Andarás en pos de Dios tu Señor».

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San Beda el Venerable.

Al fin de los tiempos, el Señor ha de volver a los judíos y le recibirán con gusto por la confesión de la fe.

El príncipe de la sinagoga se postró a los pies de Jesús, porque el legislador Moisés, con toda la familia de los Patriarcas, conoció que Jesucristo sería muy superior a ellos.

Si Dios es la cabeza de Jesucristo, los pies deben representar su encarnación.

Le rogó también que entrase en su casa, porque deseaba ver su advenimiento.

Su hija era la sinagoga, única que estaba constituida en forma legal; la cual moría a los doce años de edad (esto es, cuando se aproximaba el tiempo de la pubertad), porque, educada noblemente por los Profetas, después que había llegado a la edad de la inteligencia, en que debía engendrar para Dios frutos espirituales, fue de repente invadida de la enfermedad de los errores y omitió entrar en el camino de la vida espiritual.

Y si Jesucristo no hubiese venido en su socorro, hubiera muerto.

Cuando el Señor marchaba a curar a la joven, era oprimido por la multitud, porque dando saludables consejos a la nación judaica, fue oprimido por la interpretación material que daban a sus enseñanzas.

El flujo de sangre debe entenderse de dos maneras, esto es, o de la prostitución de la idolatría, o de aquellos que se entregaban a los placeres de la carne y de la sangre.

La sinagoga empezó a nacer entre los Patriarcas, casi al mismo tiempo que la idolatría manchó al pueblo gentil.

Por estos médicos deben entenderse los falsos teólogos, los filósofos y los doctores de las leyes temporales, que, disertando mucho sobre las virtudes y los vicios, prometían dar a los hombres enseñanzas útiles a la vida.

O se deben entender los mismos espíritus inmundos, los cuales, como aconsejando a los hombres, se hacen adorar en lugar de Dios; y cuanto más había gastado la gentilidad de sus fuerzas naturales para oírles, tanto menos pudo curarse de la mancha de su iniquidad.

Místicamente, apenas la mujer fue curada del flujo de sangre, se anuncia la muerte de la hija del príncipe de la Sinagoga, porque, cuando la Iglesia fue purificada de sus vicios, y merece ser llamada «hija» por su fe, al punto la sinagoga expiró por perfidia y envidia.

De perfidia, porque no quiso creer en Jesucristo; de envidia, porque se dolió de la fe de la Iglesia.

Aún no creían los criados del príncipe de la sinagoga en aquella resurrección: «Murió ya tu hija; ¿para qué cansar más al Maestro?», considerando que sería imposible el resucitar la muerta.

Por ellos dicen esto hoy los que ven el estado de la sinagoga totalmente caído, que no creen pueda restaurarse, por lo que no juzgan conveniente rogar por su resurrección; mas lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios.

Por esto el Señor le dijo: «No temas, cree tan solamente y será sana».

El padre de la niña representa el congreso de los doctores de la ley, quien si hubiese querido creer, también hubiese podido salvar a la sinagoga que le estaba confiada.

Porque, habiendo perdido por su infidelidad la alegría de la compañía del Señor, yace como muerta entre los que lloran y se lamentan, sin comprender siquiera por qué lloran.

Tomando, pues, de la mano a la muchacha, la resucitó el Señor; porque sin que se purifiquen antes las manos de los judíos, que están llenas de sangre, no resucitará la muerta sinagoga.

En la cura del flujo de sangre de la mujer y en la resurrección de la muchacha se manifiesta la salvación del género humano, que ha sido dispensada por el Señor de este modo: viniendo primero a la fe algunos de Israel, después la plenitud de las naciones, y así todo Israel será salvado.