P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN EN LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DEL SANTÍSIMO SALVADOR

Sermones-Ceriani

LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA

DEL SANTÍSIMO SALVADOR

En aquel tiempo, entrando. Jesús en Jericó, caminaba por ella. Y he aquí que un hombre, llamado Zaqueo, que era príncipe de los publicanos y rico, quería ver también a Jesús y saber quién era; y no podía conseguirlo, porque era pequeño de estatura. Y, corriendo delante, subió a un sicómoro, para verle, pues había de pasar por allí. Y, habiendo llegado a aquel lugar, mirando Jesús, le vio, y le dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que quedarme en tu casa. Y bajó corriendo, y le recibió gozoso. Y, cuando lo vieron todos, murmuraron diciendo que se había ido con un hombre pecador. Mas Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: Señor, doy a los pobres la mitad de mis bienes; y, si defraudé en algo a alguien, le devuelvo el cuádruplo. Díjole Jesús: Hoy ha venido la salud a esta casa; pues también éste es un hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que había perecido.

En los primeros años del cristianismo, el culto se celebraba en casas particulares. Pero, a principios del siglo III, se habla ya de un edificio de Roma destinado exclusivamente al culto, y a principios del siglo IV existían muchos más.

Naturalmente, a raíz del Edicto de Constantino, que concedía la libertad al cristianismo, se construyeron muchas otras iglesias.

De acuerdo con los usos del Templo de Jerusalén y de los templos paganos, se consagraban las iglesias al servicio del Todopoderoso mediante una ceremonia de dedicación.

Durante mucho tiempo, el rito de dedicación consistió simplemente en la consagración del altar, con el depósito de las reliquias, y la solemne celebración de la Misa.

Más tarde, cuando se empezaron a consagrar al culto cristiano los templos paganos, se introdujeron ciertos ritos purificatorios, consistentes en oraciones, abluciones y unciones, que recuerdan mucho las ceremonias del Bautismo.

El desarrollo de la ceremonia actual de dedicación, tal como la describe el Pontificale Romanum, comenzó en el siglo VIII.

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Pues bien, el 9 de noviembre del año 324 fue el natalicio o la Dedicación de la Basílica de Letrán. El Emperador Constantino había mandado construirla en el 315.

El nombre oficial es Archibasilica Sanctissimi Salvatoris; es la más antigua y la de rango más alto entre las cuatro basílicas mayores de Roma, y tiene el título honorífico de Omnium urbis et orbis ecclesiarum mater et caput (Madre y Cabeza de todas las iglesias de la ciudad de Roma y de todo el mundo), por ser la sede episcopal del primado de todos los obispos, el Papa.

Dicho título se halla grabado con esa inscripción en la fachada del templo.

La Archibasílica se levanta en tierras de los Lateranos, noble familia romana caída en desgracia bajo Nerón, cuya propiedad pasó al dominio imperial. El palacio pasó a manos de Constantino I cuando se casó con su segunda mujer, Fausta, hermana de Majencio. A quien Constantino venció en la batalla del Puente Milvio, en el 312.

Los terrenos y la residencia de los Lateranos fueron donados al obispo de Roma, durante el pontificado del Papa Melquíades, en señal de gratitud del emperador a Cristo, que le había hecho vencer en la batalla del Puente Milvio.

El baptisterio de esta basílica es un edificio independiente de planta octogonal, forma típica de los baptisterios de los primeros siglos.

Antiguamente, todo este complejo lateranense fue la sede del gobierno eclesiástico, hasta el tiempo en que la corte pontificia se mudó a Aviñón. Al regresar los Papas a Roma, se establecieron en la colina vaticana, donde actualmente está la Santa Sede.

El Papa San Silvestre la dedicó al Santísimo Salvador y el baptisterio a San Juan Bautista.

La costumbre de dar a la iglesia el nombre de San Juan de Letrán, data de la época en que la atendían los monjes del monasterio de San Juan Bautista y de San Juan Evangelista, que estaba situado junto a ella.

Dicha iglesia, pues, es la catedral de Roma y en ella se halla la cátedra permanente del Sumo Pontífice. Es superior en dignidad a la Basílica de San Pedro y, en cierto modo, puede considerársela como la catedral del mundo.

La conmemoración de la celebración de la dedicación de San Juan de Letrán se lleva a cabo en todas las iglesias católicas.

Dos incendios ocurridos en el siglo XIV y el descuido que se tuvo con ella mientras los Papas estuvieron en Aviñón, hicieron necesaria una reconstrucción casi total. La Basílica fue nuevamente consagrada, pero esta vez, en honor de San Juan Bautista y San Juan Evangelista.

Si celebramos la Dedicación de nuestras iglesias particulares; si festejamos con alegría y satisfacción la de nuestras catedrales, parece justo y natural que celebremos todos los años en el mundo entero la Dedicación de «la Iglesia madre», de la catedral del Papa.

Precisamente en ella se verificó la entronización o toma de posesión oficial de los Pontífices Romanos; en ella, desde el siglo IV, se celebran las solemnes funciones de la bendición de los Santos Oleos en el Jueves Santo, y dos días después la bendición de la pila bautismal; en ella fueron bautizados, durante siglos, millares de catecúmenos, y ordenados miles de sacerdotes que pertenecían a todas las diócesis de la cristiandad; en ella se veneró siempre y se venera también hoy la antigua imagen del Salvador.

Esta misma imagen es la que miraron y veneraron millones de católicos en el curso de sus visitas jubilares al ir a Roma en demanda del perdón de sus pecados.

Dirijamos a Cristo las aclamaciones que se leen en los mosaicos del ábside: Te esperamos a Ti, Salvador y Señor, Jesucristo. ¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo! ¡Tú eres nuestro Maestro, Cristo!

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Domum Dei decet sanctitudo, Sponsum eius Christum adoremus in ea. Esta fórmula del Invitatorio nos declara cuál es el pensamiento litúrgico del día = A la casa de Dios le corresponde la santidad; adoremos en ella a Cristo, su Esposo.

¿Qué misterio tiene esta casa, que a la vez es esposa?

Nuestras iglesias son santas porque son posesión de Dios; son santas por la celebración del Sacrificio, por la oración y la alabanza que en ellas se ofrece al huésped divino.

Con mayor razón que el tabernáculo figurativo o que el antiguo templo, su dedicación las ha separado solemnemente, para siempre, de todas las viviendas de los hombres, y las ha levantado por encima de todos los palacios de la tierra.

Los ritos del día de su consagración a Dios no quedan vacíos de sentimiento ni de vida. Esto quiere decir que la sublime función de la dedicación de las iglesias, al igual que la fiesta que perpetúa su recuerdo, no se refieren tan sólo al santuario construido por nuestras manos, sino que se eleva a realidades vivas y más augustas.

Simbolizar la grandeza de estas realidades es la gloria principal del noble edificio. A la sombra de sus bóvedas será iniciado el linaje de los hombres en inefables misterios, que se consumarán fuera del mundo, en el Cielo.

En efecto, Dios no tiene más que un santuario verdaderamente digno de Él: su propia vida divina; luz inaccesible donde habita la beatífica Trinidad en su gloria.

Y a pesar de eso, esa vida divina, que no pueden cobijar dignamente los cielos y menos todavía la tierra, Dios se digna comunicarla a nuestras almas, haciendo que el hombre participe de su naturaleza por la gracia.

No hay imposibilidad, por tanto, para que more en él la Santísima Trinidad. Todo cristiano participa de Cristo y, convertido en morada del Espíritu Santo, lleva a Dios en su cuerpo. El templo de Dios es santo, decía el Apóstol San Pablo, y ese templo sois vosotros.

San Agustín escribe: «Cada vez que celebramos la fiesta de la dedicación de un altar o de una iglesia, con tal de que lo hagamos con fe y atención y vivamos santa y rectamente, se opera en nosotros una edificación espiritual semejante a la de los templos hechos por mano de hombres. Porque Aquél que dijo: ‘Sois templos santos de Dios’, no miente, como tampoco mintió al decir: ‘¿No sabéis que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, que habita en vosotros?’ Por consiguiente, ya que hemos sido considerados dignos de ser templos de Dios, no por lo que nosotros valemos, sino por la gracia de Dios, trabajemos intensamente, con Su ayuda, para que el Señor no encuentre en su templo, es decir, en nosotros, nada que pueda ofender a su Majestad.»

Así, pues, la Iglesia es la Esposa y, por Cristo y con él, la Casa de Dios.

Lo es ya desde este mundo miserable, donde se ejecuta con trabajo y con dolor la talla de las piedras escogidas, puestas sucesivamente en el sitio señalado por el plan divino.

Lo es también en la felicidad del Cielo, donde el templo eterno se va agrandando con cada una de las almas que desde este mundo vuelan hacia allá, hasta que, terminado del todo por la inclusión en él de nuestros cuerpos inmortales, lo consagre nuestro Sumo Pontífice el día de la incomparable dedicación que pondrá fin al tiempo, en la cual hará entrega solemne a su Padre del mundo redimido y santificado por Él.

Entonces se verá bien que era la Iglesia el prototipo de antemano mostrado en el monte; del cual sólo podía ser figura o sombra cualquier santuario levantado por mano de hombre, y se cumplirá también la profecía de San Juan, el discípulo amado: Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa que se engalana para su esposo. Y oí una gran voz venida del trono, que decía: «He aquí el tabernáculo de Dios«.

Sea para nosotros consuelo en los días malos la esperanza de contemplarla en la gloria. La esperanza de su cercana aparición animará a los justos al llegar a los últimos combates.

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Nuestras iglesias son para los Ángeles el punto de contacto del Cielo con la tierra; y por eso el Introito de esta Misa está tomado de las palabras que pronunció Jacob al salir de la visión en la que se le había aparecido la escala misteriosa, por donde subían y bajaban los celestes mensajeros:

Terrible es este lugar. Ésta es la Casa de Dios y la puerta del cielo: y se llamará el Palacio de Dios.

«¿No encuentro aquí ya, Padre mío, el reino que me has prometido?», preguntaba Clodoveo deslumbrado al entrar por primera vez en la iglesia de Santa María de Reims; y San Remigio le respondió: «Esta es la entrada del camino que lleva a él.»

Todo edificio reservado al culto divino es símbolo de un templo más augusto, idéntico en todos los sitios; debemos dar gracias al que nos proporciona el poder gustar un año más las alegrías de esta gran solemnidad.

COLECTA: Oh Dios, que renuevas todos los años en nuestro favor el día de la consagración de este tu santo templo, y nos preservas siempre incólumes para asistir a tus sagrados Misterios; escucha las preces de tu pueblo y haz que, cualquiera que entre en este templo para pedir beneficios, se alegre de haberlos conseguido todos.

No olvidemos que las magnificencias de la Iglesia de los Cielos son ya las magnificencias de la Iglesia de la tierra, la cual es toda hermosa y santa, Esposa de verdad, y atrae por razón de este título a Dios entre nosotros.

Honremos, pues, no sólo a la Iglesia triunfante, sino también a la Iglesia militante; renovemos nuestra veneración para con ella, nuestra devoción, nuestro amor.

Los sentimientos que llenan al alma de la Santa Madre Iglesia se exteriorizan en el Gradual, una de las melodías más admirables que encontramos en el repertorio gregoriano.

Gradual: Este lugar ha sido hecho por Dios, ¡oh misterio inestimable! Es un lugar irreprensible. ¡Oh Dios!, a quien asiste el coro de los Ángeles, escucha las preces de tus siervos.

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«Vino a los suyos y los suyos no le recibieron.» Así se queja San Juan al comenzar su Evangelio. Pero algunos sí recibieron al Señor, aceptando su mensaje y creyendo en su palabra. También algunos tuvieron el privilegio de hospedarle en su propia casa: San José y la Santísima Virgen, que vivieron en su intimidad durante largos años; Marta y María, en Betania; Zaqueo, en Jericó.

El Evangelio nos recuerda hoy el paso de Jesús por la casa de este último. Zaqueo es un pecador, despreciado del pueblo, y a él, prefiriéndole a los judíos, es a quien pide Jesús hospitalidad.

Zaqueo acepta complacido y sabemos cómo al instante cambia de vida.

Jesús, al llamarle, pensaba en todos nosotros. Aquel llamamiento fue universal. Jesús quiere permanecer con nosotros, no en nuestras casas materiales, sino en nuestras almas por la fe y en nuestros corazones por la Sagrada Eucaristía.

Ojalá estemos siempre en las disposiciones que se requieren para oír su llamada, recibirla contentos y aprovecharnos de su presencia para reformar en nosotros todo lo que desagrada a la pureza de su mirada divina…

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En todo lugar es buena la oración, pero reviste una eficacia especial en las iglesias consagradas.

La Antífona de la Comunión se apoya, para decírnoslo, en la palabra del Altísimo que declara a su casa como casa de oración en la cual, añade la Iglesia, se realiza la otra palabra: «El que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá».

La Poscomunión, que reúne en una suprema aspiración los sentimientos de la Iglesia, formula con gran acierto de expresión el múltiple misterio del día:

Oh Dios, que preparas a tu Majestad un eterno tabernáculo con piedras vivas y escogidas: auxilia al pueblo que te suplica: para que, lo que aprovecha a tu Iglesia con espacios temporales, la amplifique también con espirituales aumentos.