
LA CONMEMORACION DE LOS FIELES DIFUNTOS
La Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica, se compone de la Iglesia Triunfante, en el Cielo, la Iglesia Militante, en la tierra, y la Iglesia Purgante, en el Purgatorio.
Nuestra caridad debe extenderse a todos los miembros de Cristo, ya que esa caridad por Él nos une con todo su Cuerpo Místico y nos lleva a compartir las penas y la felicidad de todos sus miembros.
El dogma de la Comunión de los Santos supone la comunicación de las buenas obras y la existencia de una relación entre todos los miembros de Cristo.
Con los Santos del Cielo estamos unidos en la gratitud y la alabanza por la corona que Dios les ha concedido, así como en el fruto de su intercesión por nosotros. La Fiesta de Todos los Santos está precisamente consagrada a celebrar nuestra comunión con los elegidos del Cielo.
En la celebración de esta fecha, la Iglesia Militante subraya la comunión con la Iglesia Purgante, cuando implora la divina misericordia en favor de las Almas del Purgatorio. Por su parte, esas Almas Benditas rogarán ciertamente luego por nosotros, aunque la Iglesia no acude jamás a su intercesión en las oraciones de la Liturgia.
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Es cosa buena y santa orar por los difuntos, dice el Libro de los Macabeos.
Es cosa santa porque es agradable a Dios, a cuyos ojos no puede haber sacrificio más honroso y dulce que el sacrificio de la caridad y compasión espirituales.
Las Almas del Purgatorio son herederas del Cielo, están seguras de alcanzarlo y sus nombres están escritos en Él. Pero antes, tienen que purificarse totalmente, sufriendo con paciencia las penas que han merecido por sus pecados.
La aversión que Dios tiene por el menor pecado es tan grande, que su infinita justicia y santidad no pueden soportar ninguna mancha. Pero la misericordia de Dios le mueve a recomendarnos que prestemos a las Almas del Purgatorio, que son hermanas nuestras en Jesucristo, la ayuda de caridad que está en nuestra mano ofrecerles.
Si la caridad compasiva para con todos los que sufren, aun para con los que menos la merecen, es uno de los principales elementos del espíritu cristiano, ¿cuánto más lo será la caridad para con quienes se hallan en necesidad espiritual y carecen de medios para salir de ella?, sobre todo si se tiene en cuenta que tal vez estamos unidos a ellos con los lazos del parentesco o de la amistad.
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No queremos, hermanos que ignoréis lo tocante a la suerte de los muertos, para que no os aflijáis como los demás que no tienen esperanza.
Este era el deseo del Apóstol escribiendo a los primeros cristianos; y el de la Iglesia no es otro hoy.
Nos enseña la fe que hay un Purgatorio, donde las faltas no expiadas pueden retener a los que nos fueron queridos; pero también es de fe que podemos ayudarlos, y es teológicamente cierto que su liberación, más o menos pronta, está en nuestras manos.
Recordemos algunos principios que pueden ilustrar esta doctrina.
Todo pecado, además de la ofensa a Dios, causa en el pecador doble estrago: mancha su alma y le hace merecedor del castigo.
El pecado venial causa un desplacer a Dios, y su expiación sólo dura algún tiempo.
El pecado mortal es una mancha que llega hasta deformar al culpable y hacerle objeto de abominación ante Dios; su sanción, por consiguiente, no puede consistir más que en el destierro eterno, a no ser que el hombre consiga en esta vida la revocación de la sentencia.
Pero, aun en este caso, borrándose la culpa mortal y quedando revocada por tanto la sentencia de condenación, el pecador convertido no siempre se ve libre de toda deuda; aunque a veces puede ocurrir que un desbordamiento extraordinario de la gracia logre hacer desaparecer hasta las más diminutas reliquias del pecado.
Lo normal es que en esta vida o en la otra exija la justicia satisfacción por cualquier falta.
Por otro lado, todo acto sobrenatural de virtud, por contraposición al pecado, implica doble utilidad para el justo; con él merece el alma un nuevo grado de gracia, y satisface por la pena debida a las faltas pasadas conforme a la justa equivalencia que, según Dios, corresponde al trabajo, a la prueba aceptada, al padecimiento voluntario.
Ahora bien, las obras meritorias ofrecidas a Dios en sufragio de los difuntos no tienen valor directamente y por sí mismas, sino únicamente de una manera indirecta y concomitante, es decir, en cuanto que pueden mover a Dios a inspirar a los vivos el ofrecimiento de obras satisfactorias por los difuntos, y en cuanto que las obras meritorias son también satisfactorias.
El mérito no se cede, y es algo personal de quien lo adquiere. El mérito con relación a otros no puede ser sino de pura conveniencia, ya que, en sentido estricto, sólo Cristo mereció para los demás.
Por lo contrario, la satisfacción, como valor de cambio, se presta a las transacciones espirituales; Dios tiene a bien aceptarla como pago parcial o saldo de cuenta a favor de otro.
Es la consecuencia
del misterio de la Comunión de los Santos.
Sabido es cómo secunda la Iglesia en este punto la buena voluntad de sus hijos. Por medio de la práctica de las Indulgencias pone a disposición de su caridad el tesoro inagotable donde se juntan sucesivamente las satisfacciones abundantísimas de los Santos con las de Nuestra Señora y con el cúmulo infinito debido a los padecimientos de Cristo.
La Iglesia ve bien y permite que la remisión de la pena, que Ella directamente concede a los vivos, se aplique por modo de sufragio a los difuntos, los cuales ya no dependen de su jurisdicción.
Quiere esto decir que cada uno de los fieles puede ofrecer por otro a Dios el sufragio o ayuda de sus propias satisfacciones.
Ahora bien, las Indulgencias se nos ofrecen de muchas formas y en numerosas ocasiones. Sepamos utilizar nuestros tesoros y practiquemos la misericordia con las pobres almas que padecen en el Purgatorio.
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Dios mismo, buenísimo pero también justísimo, se ha obligado a no concederles su liberación, si no pagan completamente la deuda que llevaron consigo al salir de este mundo.
Y, si los sufragios de un simple fiel tienen tanto valor, ¡cuánto más tendrán los de toda la Iglesia Militante en la solemnidad de la oración pública y en la oblación del augusto Sacrificio en que Dios mismo satisface a Dios por todas las faltas!
La Iglesia, desde su origen, siempre rezó por los difuntos. Así como celebra el aniversario de sus hijos mártires con acciones de gracias, así también honra con súplicas el de los demás hijos que no están aún en los Cielos.
Diariamente se pronuncian en los Misterios sagrados los nombres de unos y otros con el doble fin de la alabanza y de la oración; y así como incluye a todos los Bienaventurados en una fiesta y en una mención común, igualmente hace memoria general de los difuntos en todas partes todos los días, e instituyó una Conmemoración en este día.
Tampoco faltan sufragios, observa San Agustín, a los que no tienen parientes ni amigos; ésos tienen para remediar su desamparo el cariño de la Madre común.
No hay elocuencia ni ciencia que puedan alcanzar la profundidad de doctrina y la fuerza de súplica que predominan en el Oficio de los Difuntos.
Sólo la Iglesia conoce en este punto los secretos de la otra vida…; sólo la Madre posee ese tino que le permite aliviar la purificación dolorosa de los que han salido ya de este mundo y consolar, a la vez, a los huérfanos, a los desamparados, a los que quedaron en la tierra envueltos en lágrimas.
La aflicción de las Almas en la mansión de la expiación es a propósito para conmover nuestro corazón. Sin estar en el Cielo ni pertenecer a la tierra, perdieron los privilegios que por disposición divina compensan en nosotros los peligros del viaje en este mundo de prueba.
Por perfectos que sean todos sus actos de caridad, de esperanza y de fe resignada, no pueden merecer ya. Sus indecibles tormentos nos merecerían a nosotros la recompensa de millares de mártires; en cambio, tratándose de la eternidad, nada ponen en el activo de esas almas; sólo valen para dejar arreglada una cuenta examinada en otro tiempo por sentencia del Juez.
Ni pueden merecer, ni tampoco pueden satisfacer, como nosotros, a la justicia por actos equivalentes aceptados por Dios.
Su impotencia para valerse por sí mismas es más radical aún que la del paralítico de Betsaida; la piscina de salvación, con el Augusto Sacrificio, los Sacramentos y el uso de las llaves que se confiaron a la Iglesia, es algo que pertenece a este mundo.
La Iglesia, pues, no tiene ya jurisdicción sobre ellas; las ama, en cambio, con la misma ternura de Madre, y se sirve en favor de ellas de su poder de intercesión ante el Esposo, poder que es siempre inmenso.
La Iglesia hace suya la oración del Esposo; abriendo el tesoro recibido de la copiosa redención del Señor, se lo ofrece al Señor mismo con el fin de obtener la liberación de esas almas o el alivio de sus penas; y así sucede que, sin lesionar otros derechos, la misericordia penetra y se desborda en los abismos en que sólo reinaba la inexorable justicia.
La Iglesia nunca ruega en vano, y canta su agradecimiento y el de las almas que habrán salido de los abismos o se han acercado a los Cielos por el Oficio que ofrece. Gracias a él más de una, que esta mañana permanecía aún cautiva, hace su entrada en la luz al crepúsculo.
Día grande y bello es en verdad este día. La tierra, colocada entre el Purgatorio y el Cielo, los aproxima a los dos. El augusto misterio de la Comunión de los Santos se muestra en toda su amplitud. La inmensa familia de los hijos de Dios se nos ofrece a la vista, una por la caridad y distinta en sus tres estados de felicidad, de prueba y de expiación purificadora; la expiación y la prueba durarán sólo algún tiempo; la felicidad no tendrá fin.
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El Purgatorio no es eterno. Su duración es diversa según las sentencias del juicio particular que sigue a la muerte de cada uno.
La Iglesia, pues, abarcando con su oración todas las etapas de esta vía dolorosa, anda solícita para no descuidar la entrada; y no teme llegar para eso demasiado tarde.
Para Dios, cuya mirada abarca todos los tiempos, la súplica que hoy hace la Iglesia, estaba ya presente en el momento del paso tremendo y, es de creer, procuraba en ese momento a las almas la ayuda que aquí y ahora se pide.
En esta hora solemne, en que la Iglesia ofrece el augusto y omnipotente Sacrificio, redoblemos nosotros también nuestros ruegos por los difuntos.
Imploremos su liberación de las fauces del león. Supliquemos al glorioso Arcángel, prepósito del Paraíso, sostén de las almas al salir de este mundo, su guía enviado por Dios, que las conduzca a la luz, a la vida, a Dios mismo, que se prometió como recompensa a los creyentes.
Ofertorio de la Misa de Difuntos: Señor Jesucristo, Rey de la gloria, libra las almas de todos los fieles difuntos de las penas del infierno y del profundo lago; líbralas de la boca del león, para que no las absorba el tártaro, ni caigan en lo obscuro; sino que el abanderado San Miguel las presente en la luz santa, que prometiste en otro tiempo a Abraham y a su descendencia. Te ofrecemos, Señor, hostias y preces de alabanza; Tú acéptalas por aquellas almas cuya memoria celebramos hoy; hazlas, Señor, pasar de la muerte a la vida.
La fe, cuyas obras practicaron, es garantía para las Almas del Purgatorio de la recompensa postrera y la que hace a Dios propicio ante los dones ofrecidos en favor de ellas.
Secreta de la Misa: Suplicámoste, Señor, mires propicio estas hostias que te ofrecemos por las almas de tus siervos y siervas; para que, a quienes diste el mérito de la fe cristiana, les des también el premio.
PREFACIO
Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que siempre y en todas partes te demos gracias a Ti, Señor Santo, Padre omnipotente, Dios eterno, por Cristo nuestro Señor. En quien brilló para nosotros la esperanza de una resurrección bienaventurada, de suerte que a quienes contrista la certeza de tener que morir, los consuele la promesa de la futura inmortalidad. Porque a tus siervos, Señor, la vida se les cambia, no se les quita: y, desmoronada la casa de esta terrestre morada, alcanzan en los cielos una mansión eterna.
Al Agnus Dei, la petición del descanso para los difuntos reemplaza a la de la paz por los vivos. Tres veces repetimos: dales el descanso.
Digamos con la Iglesia en la Oración de la Comunión: Brille para ellos, Señor, la luz eterna; con tus Santos para siempre, porque eres piadoso. Dales, Señor, el descanso eterno.
Es tal, no obstante eso, y tan por encima de nuestros pensamientos humanos el misterio impenetrable y adorable de la justicia de Dios, que para algunas almas la expiación tiene que seguir aún.
La Iglesia también, sin cansarse ni dejar de esperar, continúa su oración en la Poscomunión: Rogámoste, Señor, hagas que la oración de los que te suplicamos, aproveche a las almas de tus siervos y siervas: para que las libres de todos los pecados y las hagas participantes de tu redención.
El Ite missa est se reemplaza en las Misas de difuntos por una invocación en su favor: Descansen en paz. Requiescant In Pace (R.I.P.)
La Santa Madre Iglesia recordará a los difuntos todos los días y a todas las Horas del Oficio, en todas las Misas que se ofrecen a lo largo del año, de cualquier solemnidad que sean.
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Consideremos, pues, que es santo y saludable rogar a Dios por los difuntos para que sean libres de las deudas debidas por sus pecados.
Pensamiento santo, porque no hay caridad más justa; pensamiento saludable, porque no la hay más útil ni más provechosa que la que se ejercita con los difuntos.
Es justo, porque al fin, ¿qué objeto hay más digno de nuestra compasión? ¿Quién merece nunca mejor nuestro socorro y nuestra asistencia que aquellas afligidas Almas?
Son Almas predestinadas, que algún día han de verse en el Cielo, y ser contadas entre los moradores de la celestial Jerusalén por toda la eternidad.
Son esposas de Jesucristo detenidas en aquellos dolorosos calabozos hasta que enteramente purificadas, merezcan aumentar la Corte del Cordero.
No hay siquiera una de aquellas Santas Almas que no sea amada de Jesucristo, y por consiguiente que no sea acreedora a nuestro respeto y a nuestra veneración, aunque de presente sólo nos pidan nuestras oraciones.
Ahora nos piden que nos acordemos de ellas, y ellas no dejarán de acordarse de nosotros cuando les llegue su turno, cuando se vean en la gloria, y cuando nosotros nos hallemos en las mayores necesidades.
Son nuestros amigos, nuestros parientes y nuestros hermanos que están en extrema necesidad de nuestros socorros. Es aquel padre por quien derramamos tantas lágrimas, aquella madre que nos amó tan tiernamente. Cuando murieron, los lloramos sin consuelo; hoy sólo nos piden algunas oraciones. Ellos nos dejaron todos sus bienes; ¿será mucho pedir que los socorramos con algunas Misas, con algunas obras de misericordia, con algunos sufragios?
Traigamos a la memoria aquel tierno amor, aquellas cariñosas ansias de que nos dieron tantas pruebas nuestro padre, nuestra madre, nuestros hermanos y hermanas. ¡Con qué desvelo, con qué solicitud procuraron todo lo que podía interesar nuestra salud y necesidades!
Es imposible que no nos mueva a compasión el lastimoso estado en que se hallan aquellos amigos, aquellos deudos. Cuanto más justo es este reconocimiento, tanto más escandalosa, más vergonzosa es nuestra insensibilidad, nuestra ingratitud y nuestra dureza.
Es cierto que no vemos con los ojos corporales lo que están padeciendo aquellas Benditas Almas; pero, ¿padecerán menos, serán menos dignas de lástima porque no las veamos?
Si supiéramos que a un hijo, a un padre le han hecho esclavo en algún país extranjero, ¿no nos moveríamos para aliviarle, para ponerle en libertad?
En esta situación están aquellas Benditas Almas. Es el Purgatorio una triste prisión, una durísima esclavitud.
Y podemos aliviarlas, podemos sacarlas de ella a muy poca costa nuestra.
El mismo que las tiene en aquella prisión nos exhorta a que lo hagamos así…
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Consideremos que, no habiendo cosa más justa que la caridad con las Almas del Purgatorio, tampoco hay otra en que nosotros mismos nos interesemos más, ni que sea más ventajosa para nosotros.
Las Almas del Purgatorio son justos y escogidos de Dios que, no habiendo purgado en este mundo la pena correspondiente a sus pecados, la están satisfaciendo en aquel lugar. Y nosotros les podemos ayudar a satisfacerla por ellos. Son todavía deudores a la divina justicia, y nosotros podemos pagar sus deudas.
Los medios establecidos por Dios para esta satisfacción son las limosnas, las Misas, las buenas obras y las oraciones.
Es cierto que si pagamos por ellos, ya no deberán cosa alguna a la divina justicia; pero quedarán deudores nuestros, y nos deberán a nosotros las oraciones, las buenas obras, las Misas, las limosnas que cubrieron su deuda.
Si les anticipamos su eterna dicha, cuando estén gozando de Dios, su soberano bien, tendrán valimiento con este Señor.
Conocerán en la esencia de Dios nuestros peligros, nuestras necesidades… No faltarán en el Cielo a la caridad y al agradecimiento.
Quien estuviera cierto de haber sacado del Purgatorio a una sola alma, ¿no tendría motivo de consuelo y de confianza en su protección y en su intercesión?
Si tenemos la dicha de haber liberado un Alma del Purgatorio, es cierto de que tenemos junto a Dios un poderoso intercesor y protector, un amigo fiel que, conociendo nuestros peligros y nuestras necesidades, empleará todo su valimiento para sacarnos de los malos pasos, para asistirnos en los peligros, para alcanzar todas las gracias, todos los auxilios que hubiéremos menester en los momentos críticos.
Esto fue lo que movió el celo de la Iglesia por los difuntos; esto inspiró en los Santos tanta caridad para con las Almas del Purgatorio.
No puede haber mayor injusticia…, no puede haber mayor ingratitud…; pero tampoco no puede haber mayor perjuicio nuestro que no hacer cosa alguna por el alivio de aquellas Benditas Almas.
Que no queden sin efecto todas estas reflexiones. Que sean eficaces los piadosos impulsos que experimentamos, y todos los santos propósitos que hagamos.
Que de hoy en adelante sea una de nuestras principales devociones la caridad para con las Almas del Purgatorio, resueltos seriamente a practicar todos los medios que Dios nos propone para su alivio.
