
VIGESIMOPRIMER DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTES
El reino de los cielos es comparado a un hombre rey que quiso entrar en cuentas con sus siervos. Y habiendo comenzado a tomar las cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Y como no tuviese con qué pagarlos, mandó su Señor que fuese vendido él, y su mujer y sus hijos y cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Señor, espérame, que todo te lo pagaré. Y compadecido el Señor de aquel siervo, le dejó libre, y le perdonó la deuda. Mas luego que salió aquel siervo, halló a uno de sus consiervos que le debía cien denarios: y aferrándolo, le quería ahogar, diciendo: Paga lo que debes. Y arrojándose a sus pies su compañero, le rogaba diciendo: Ten un poco de paciencia, y todo te lo pagaré. Mas él no quiso: sino que fue y le hizo poner en la cárcel hasta que pagase lo que le debía. Y viendo los otros siervos sus compañeros lo que pasaba, se entristecieron mucho y fueron a contar a su señor todo lo que había pasado. Entonces le llamó su señor y le dijo: Siervo malo, toda la deuda te perdoné, porque me lo rogaste; ¿pues no debías tú también tener compasión de tu compañero, así como yo la tuve de ti? Y enojado el señor le hizo entregar a los atormentadores, hasta que pagase todo lo que debía. Del mismo modo hará también con vosotros mi Padre celestial, si no perdonareis de vuestros corazones cada uno a su hermano.
Se llama a este Domingo «De los dos deudores» o «Del perdón de las ofensas», por la parábola que trae el Evangelio de la Misa, la cual nos enseña a perdonar a nuestros hermanos de lo íntimo de nuestro corazón las ofensas que hayamos recibido de ellos, si queremos que Dios nos perdone los pecados que hemos cometido contra Él.
El trozo del Evangelio está tomado del capítulo XVIII de San Mateo. Acababa Nuestro Señor de establecer y de explicar a sus Apóstoles el importante precepto del perdón de las injurias, el cual es uno de los más esenciales y difíciles de la moral cristiana:
Si tu hermano peca contra ti, repréndelo entre ti y él solo; si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha toma todavía contigo un hombre o dos, para que por boca de dos testigos o tres conste toda palabra. Si a ellos no escucha, dilo a la Iglesia. Y si no escucha tampoco a la Iglesia, sea para ti como un pagano y como un publicano. En verdad, os digo, todo lo que atareis sobre la tierra, será atado en el cielo, y todo lo que desatareis sobre la tierra, será desatado en el cielo.
Entonces Pedro le dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y le perdonaré? ¿Hasta siete veces? Jesús le dijo: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Hasta setenta veces siete… Es decir, siempre.
Se deduce de aquí la misericordia sin límites con que Dios perdona, puesto que Jesús nos presenta a su Padre como modelo de la misericordia que nosotros hemos de ejercitar.
No contento con haberlo expuesto y explicado, quiso hacer más sensible esta verdad por medio de una parábola, la cual hace ver claramente que, si no perdonamos a nuestros hermanos, no debemos esperar el perdón de parte de Dios.
Meditemos la parábola de Nuestro Señor, que sólo pretende enseñarnos un medio seguro para saldar desde ahora nuestras cuentas con el Rey eterno: no podemos esperar con confianza de la misericordia de Dios el perdón de nuestros pecados, sino es sobre el perdón de las injurias que se nos han hecho.
Esta parábola es, pues, una lección, una promesa, y una amenaza.
Una Lección: no hay hombre que no sea responsable ante la justicia de Dios; y, salvo la Santísima Virgen María, ninguno que no esté cargado de deudas. Un solo pecado venial merece en el Purgatorio penas que no pueden imaginarse; y el menor pecado mortal merece el infierno eterno.
Una Promesa: en la Sangre de Jesucristo tenemos un fondo de tesoros inagotables para pagar nuestras deudas; pero es necesario que se nos apliquen y que se nos permita sacar de ese fondo infinito. El Salvador nos ha enseñado el medio en esta parábola.
Una Amenaza: Y enojado el señor le hizo entregar a los atormentadores, hasta que pagase todo lo que debía. Del mismo modo hará también con vosotros mi Padre celestial, si no perdonareis de vuestros corazones cada uno a su hermano.
+++
Esta parábola es un vivo bosquejo de la misericordia liberalísima de Dios en perdonar fácilmente las injurias, aunque sean muchas y graves; así como de la dureza abominable del hombre que no quiere perdonar al prójimo las suyas, aunque sean pocas y pequeñas.
En ambos puntos tenemos abundante materia para meditar.
Lo primero, se ha de considerar cómo Dios nuestro Señor ha de tomar cuenta a todos los hombres de lo que han hecho en esta vida; la cual toma a cada uno en el instante de la muerte, y allí se remata; pero antes de la muerte la comienza a tomar, cuando interiormente nos avisa de lo que le debemos, y nos pide que le paguemos en vida con la penitencia, y en especial cuando nos pone en alguna grave enfermedad o peligro de muerte, parece que es comenzar a tomar la cuenta.
En realidad, todos nosotros somos ese servidor negligente e insolvente deudor, que su amo tiene derecho a vender con todo lo que posee y entregarle a los verdugos.
La deuda que hemos contraído con su Majestad por nuestras faltas, es de tal naturaleza, que requiere en toda justicia tormentos sin fin y supone un infierno eterno, donde, pagando continuamente el hombre, jamás satisface la deuda.
+++
El siervo que debe diez mil talentos es el pecador cargado de pecados. Los diez mil talentos detallan las cualidades de esos pecados.
La primera es que son contra los diez mandamientos de la ley de Dios, quebrantándolos con injuria del Legislador; y aunque el pecado sea contra un solo mandamiento, es, como dice Santiago Apóstol, de tal jaez, que encierra alguna manera de injuria contra todos (Jac., 2, 10).
La segunda, que son muchísimos o innumerables, y por esto se comparan al número de diez mil; y si en este número entran los pecados veniales, podemos decir que son más que los cabellos de la cabeza y que las arenas del mar.
La tercera, son gravísimos, y cada uno es pesadísimo como talento, y encierra grande carga y gravísima injuria, por ser contra un Dios infinitamente bueno, y contra sus innumerables y altísimos beneficios, y por ser con desprecio de la Sangre de Jesucristo, que es de infinito valor, y en daño de las almas que se compraron con este infinito precio, y con destrucción de los talentos que Dios nos da con infinita caridad.
La cuarta, que se sigue de las tres dichas, es que ningún hombre puede por sí mismo pagar esta deuda, ni tiene caudal para poder pagar a Dios un solo pecado mortal, cuanto más tantos; porque siendo enemigo de Dios, nada puede hacer que le satisfaga, y cuanto le puede dar es nada en respecto de lo infinito que le debe.
La quinta es estar sujeto a una pena tan terrible como es ser vendido él y su mujer e hijos y cuanto tiene; esto es, ser condenado a perder su libertad y ser perpetuo esclavo del demonio en el infierno, y a perder todos los bienes que Dios le ha dado, corporales y espirituales, quitándoselos como a traidor e indigno de ellos. De suerte que, así el hombre como su mujer, que es su sensualidad, y sus hijos, que son sus obras, y su hacienda, que son los dones de gracia que recibió, todo será enajenado y quitado del poder y señorío de quien lo tenía, y lo natural que le dejan es para su mayor tormento.
Ponderando estas cinco cosas, debemos avivar en nuestra alma un gran dolor de las injurias que hemos hecho a Nuestro Señor, viéndonos cargados con tantas deudas; debemos excitar un grande temor de su justicia y del castigo que tenemos merecido por ellas, acogiéndonos al remedio con que el siervo de la parábola alcanzó perdón de su señor.
+++
¿Cuáles son los medios para negociar el perdón de nuestros pecados?
El siervo, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Señor, espérame, que todo te lo pagaré. Y compadecido el Señor de aquel siervo, le dejó libre, y le perdonó la deuda.
El primer medio es no negar la deuda, sino reconocerla y confesarla con entereza y con gran arrepentimiento de haber incurrido en ella.
El segundo es humillarse delante de Dios con profunda reverencia, hasta postrarse en tierra, reconociendo su nada y su miseria.
El tercero es orar y pedirle humildemente misericordia y espacio de penitencia para satisfacer por las ofensas que contra Él hemos cometido.
El cuarto es un propósito eficaz de pagarle toda la deuda; esto es, de hacer de nuestra parte, con su ayuda, todo lo que pudiéremos para pagarle.
+++
En la persona de este rey tenemos que descubrir la infinita misericordia y la liberalidad de Nuestro gran Dios y Padre, que concede a los pecadores humillados más de lo que ellos se atrevieran a pedir y desear, pues de pura gracia revoca la sentencia del castigo con que les había amenazado, y les perdona la deuda, sin reparar que era mucha y muy gruesa; y todo esto por pura misericordia, porque el perdón de la culpa y de la pena eterna no se da por nuestro merecimiento.
Compadecido por los ruegos del desgraciado que le pide un poco más de tiempo para pagar, el amo va más allá de su petición y al momento le perdona toda la deuda, pero poniéndole con justicia una condición, según lo demuestra la continuación de la parábola.
La condición fue la de que obrase con sus compañeros de igual modo que su amo había hecho con él.
Tratado tan generosamente por su Rey y Señor, y perdonada gratuitamente una deuda infinita, ¿podría rechazar él, viniendo de un igual, el ruego que a él le salvó y mostrarse despiadado con obligaciones que tuviesen para con él?
Ciertamente, dice San Agustín, todo hombre tiene por deudor a su hermano; porque ¿qué hombre hay que no haya sido nunca ofendido por nadie? Pero, ¿qué hombre existe también que no sea deudor de Dios, puesto que todos pecaron? El hombre es, pues, a la vez, deudor de Dios y acreedor de su hermano. Por eso, el Dios justo te ha dado esta orden: obra con tu deudor como Él hace con el suyo… Todos los días rezamos, y todos los días hacemos subir la misma súplica hasta los oídos divinos, y todos los días también nos prosternamos para decir: Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. ¿De qué deudas hablas tú, de todas tus deudas o solamente de una parte de ellas? Dirás: De todas. Luego perdona tú todo a tu deudor, dado que ésa es la regla puesta y la condición aceptada»
Es más grande, dice San Juan Crisóstomo, perdonar al prójimo sus agravios para con nosotros que una deuda de dinero; pues, perdonándole sus faltas, imitamos a Dios.
+++
Saliendo este criado de la presencia de su señor, topó con otro criado, su compañero, que le debía cien denarios…
Es cosa ordinaria que, entre los hombres, unos deban algo a otros, por razón de injuriarles con palabras, o con obras, o por otras causas; lo cual nace de nuestra flaqueza, y es permitido por la divina Providencia para que los buenos tengan ocasión de merecer sufriendo y perdonando las injurias, y puedan decir a Dios: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Es costumbre laudable la de no acostarse si no es para quedarse dormido en los brazos de Dios; pero, si sentimos la santa necesidad de no encontrar al fin del día en el Corazón del Padre que está en los Cielos, más que el olvido de nuestras faltas y un amor infinito, ¿cómo pretenderemos, a la vez, conservar en nuestro corazón molestos recuerdos o rencores contra nuestros hermanos, que son también hijos suyos?
Además, si bien miramos, las deudas que debemos a Dios exceden con notabilísimo exceso a las que los hombres nos deben; porque una sola injuria hecha a Dios es infinitamente mayor que todas las injurias hechas a los hombres; porque tanto es la injuria mayor cuanto es más excelente la persona injuriada; y como Dios es infinitamente mayor que todos los hombres juntos, así lo es la injuria que a Él se hace.
Ni siquiera en el caso de haber sido objeto de violencias injustas, o de injurias tremendas, se podrán comparar nunca sus faltas contra nosotros con nuestros atentados a este bondadosísimo Dios.
Imposible encontrar un caso en que no se pueda aplicar la regla del Apóstol: Sed misericordiosos, perdonaos mutuamente como Dios os ha perdonado en Cristo; sed los imitadores de Dios como sus hijos carísimos.
+++
Entonces, hemos de ponderar la crueldad de este mal siervo contra su compañero.
Lo primero, en la ira y rencor que mostró contra él, no contentándose con pedirle la deuda de palabra, sino también le asió con violencia, y le apretaba la garganta para ahogarle.
Lo segundo, en que, postrándose a sus pies y pidiéndole con humildad que le esperase, ofreciéndose a pagarle toda la deuda y usando de las palabras que él había usado con su señor, no se compadeció de él, ni le quiso oír ni perdonar, ni aun esperar un poco de tiempo.
Lo tercero, en la furia precipitada con que le echó en la cárcel hasta que le pagase, usando con él de tanto rigor.
Lo cuarto, en la ingratitud que mostró contra su mismo señor, cuyo criado era aquel deudor; porque la injuria que hacía a este criado era un deshonor de su amo; y porque se mostró muy desemejante y contrario a la condición noble de su señor, pues no se movió a compasión por las palabras con que él se había compadecido.
Todo esto se halla en los pecadores que no quieren perdonar a sus prójimos las injurias que les hacen y deudas que les deben, antes se vengan de ellos con rencor.
+++
El señor mandó luego llamar al criado con el último llamamiento a juicio, porque en castigo de una maldad crecida suele Dios acortar los días de la vida y llamar luego al pecador para tomarle la postrera cuenta, y hallándole culpado, le entrega a los atormentadores y verdugos infernales hasta que pague toda la deuda; y como nunca puede acabar de pagar, así nunca le acaban de atormentar.
Consideremos que este mal siervo fue castigado, no sólo por el pecado presente, sino, en cierto modo, también por los pasados que le perdonaron, en cuanto creció grandemente su pecado por haber sido ingrato al beneficio que recibió de su señor, y al modo que tuvo en perdonarle, no haciendo caso de él cuando había de perdonar a su prójimo.
El vicio de la ingratitud contra Dios aumenta la gravedad de la culpa; porque cuantos son los pecados que Dios me ha perdonado, tantos desagradecimientos puedo imaginar en el pecado que después hago, y así, aunque es uno, virtualmente incluye muchos.
Aquí hay mucha materia para reflexionar sobre un tema muy profundo y delicado. Sigamos la enseñanza de los grandes Doctores:
San Agustín: Dios nos perdona a fin de que nosotros perdonemos; y, si no perdonamos, hará revivir la deuda. Aparece claramente por el Evangelio que los pecados perdonados reviven, es decir, la pena del pecado.
San Gregorio Magno: Consta en los Evangelios que, si no perdonamos de todo corazón la injuria recibida, se nos exigirá de nuevo también aquello de cuyo perdón gozábamos por la penitencia.
Santo Tomás: Por la ingratitud, especialmente la del odio fraterno, retornan los pecados perdonados. Y la misma razón vale para los demás.
Los pecados perdonados con la penitencia se dice que retornan en cuanto que el débito por ellos está virtualmente contenido en el pecado posterior por la ingratitud que supone este pecado.
Ahora bien, la ingratitud puede ser doble.
Primera, la que consiste en hacer algo contra el beneficio recibido. Y, en este sentido, cualquier pecado mortal con el que se ofende a Dios convierte al hombre en ingrato hacia quien le ha perdonado los pecados. Y así, con cualquier pecado mortal posterior retornan los pecados anteriormente perdonados por la ingratitud que este pecado supone.
Segunda, se comete ingratitud actuando no sólo contra el mismo beneficio, sino también contra la forma del beneficio obtenido.
Pues bien, esta forma, desde el punto de vista del beneficio, es la condonación del débito.
Por lo que obra contra esta forma quien no perdona al hermano que le pide perdón, y se mantiene en el odio.
Dios no revoca los dones que ha concedido, y la culpa de un pecado perdonado no puede revivir; pero la pena debida a estos pecados, que es propiamente la deuda debida a la justicia divina, incluso cuando hubiese sido perdonada, puede revivir por nuestra ingratitud o nuestra falta de caridad.
San Agustín:
Dice el Señor: «Perdonad y os será perdonado»; pero yo os he perdonado primero, perdonad vosotros al menos después. Porque si no perdonareis, os volveré a llamar y os reclamaré cuanto os haya perdonado. No engaña ni es engañado Cristo, que ha dicho estas palabras: «Del mismo modo hará también con vosotros mi Padre celestial, si no perdonareis de vuestros corazones cada uno a su hermano».
+++
Como conclusión, ponderemos la infinita caridad de Nuestro Señor, que resplandece en querer que nos perdonemos unos a otros, no de cumplimiento, sino de corazón, fundándolo todo en leyes de caridad.
Cada uno tiene algo que su hermano le haya de sufrir y perdonar, y es justo que le perdone, como quiere ser perdonado.
El Padre celestial nos perdona liberalmente nuestras deudas incomparablemente mayores, con lo cual nos obliga a que perdonemos las que otros nos deben, que son muy menores.
Si la ley del amor no nos convence a cumplir esto, entrará la ley del temor y del castigo; el cual será terrible, porque no será perdonado otra vez quien con rebeldía no quiso perdonar
Considerando todas estas razones, tenemos de sacar propósitos muy eficaces de tener misericordia de nuestros prójimos, y perdonarles cualquier injuria que nos hicieren.
+++
¡Oh Padre celestial!, de todo mi corazón perdono las deudas que me deben los que me han injuriado, por parecerme a Ti, que tan liberal eres en perdonar a los que te injurian, porque es justo que el hijo sea semejante a su Padre. Recibe esta buena voluntad y dame gracia para que, presentándose la ocasión, la ponga luego por obra.
