PADRE JUAN CARLOS CERIANI: FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Sermones-Ceriani

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

La Solemnidad que celebramos hoy tiene la particularidad de que cuenta, de año en año, nuevos miembros.

La lectura del martirologio termina cada día con las siguientes palabras: Y en otras partes, otros muchos santos mártires, confesores y santas vírgenes.

En la fiesta de hoy, la Iglesia celebra, pues, no sólo a todos aquellos que han sido beatificados o canonizados oficialmente y a aquellos cuyos nombres figuran en los diversos martirologios y listas de santos locales.

Las palabras del martirologio «otros muchos» no se refieren exclusivamente a los mártires, confesores y vírgenes reconocidos en el sentido estricto, sino también a todos aquellos, conocidos sólo por Dios que, en sus circunstancias y estados de vida propios, lucharon por conquistar la perfección y gozan actualmente en el Cielo de la vista de Dios.

Así pues, la Iglesia venera en este día a todos los Santos que reinan juntos en la gloria.

En efecto, entre nuestros compañeros de milicia de ayer, nuevos elegidos reinan hoy en el Cielo, y bendicen nuestro llanto e interceden por nuestros anhelos de esperanza.

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El objeto de esta fiesta es agradecer a Dios por la gracia y la gloria que ha concedido a sus elegidos; movernos a imitar las virtudes de los Santos y a seguir su ejemplo; implorar la divina misericordia por la intercesión de tan poderosos abogados; reparar las deficiencias en que se pueda haber incurrido al no celebrar dignamente a cada uno de los siervos de Dios en su fiesta propia, y glorificar a Dios en aquellos Santos que sólo Él conoce y a los que no se puede celebrar en particular.

Por consiguiente, el fervor con que celebramos esta fiesta debería ser un acto de reparación por la tibieza con que dejamos pasar tantas otras fiestas durante el año, ya que en la conmemoración de hoy, están comprendidas todas las otras fiestas del año.

Claro está que en esta, como en las demás conmemoraciones de los Santos, Dios constituye el objeto supremo de adoración y a Él va dirigida finalmente la veneración que tributamos a sus Siervos, pues Él es el dador de todas las gracias.

Por tanto, cuando honramos a los Santos, en ellos y por ellos honramos a Dios, Uno y Trino, y a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, Redentor y Salvador de la humanidad, Rey de todos los Santos y fuente de su santidad y de su gloria.

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Sepamos desde ahora libertar nuestra alma y, en medio de los vanos cuidados, conservemos nuestro corazón libre de los falsos placeres de la tierra, que no es nuestra Patria. En efecto, un desterrado no tiene más inquietud que su aislamiento, ni otra alegría que la que le procura el gusto anticipado de la patria.

La vida militante de este mundo tendrá su fin un día. El antiguo enemigo, arrojado al abismo con sus partidarios, sólo existirá para ser testigo de su eterna derrota. El Hijo del Hombre, Redentor y Rey, habrá entregado el Reino a su Padre.

¡Dichosos los invitados a las bodas del Cordero! Y felices también nosotros, que recibimos en el Santo Bautismo la veste nupcial como un título para el Banquete de los Cielos.

A este fin tienden nuestros afanes de este mundo: trabajos, luchas, padecimientos sufridos por amor de Dios realzan con franjas inestimables el vestido de la gracia que hace a los elegidos.

Los pecadores, los que estamos siempre en el destierro, debemos ante todo, en cualquier circunstancia y en todas las fiestas, ser solícitos de la misericordia de Dios. Tengamos hoy una firme esperanza, ya que hoy la piden por nosotros tantos intercesores.

Si la oración de un habitante del Cielo es poderosa, ¿qué no obtendrá la intercesión de todo el Cielo?

La Oración Colecta dice: Omnipotente y sempiterno Dios, que nos has concedido venerar los méritos de todos tus Santos en una misma festividad; suplicámoste que, multiplicados los intercesores, nos concedas la ansiada abundancia de tu propiciación.

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Estos gloriosos ciudadanos de la celestial Jerusalén han sido elegidos por Dios entre los miembros de todos los pueblos y naciones, sin distinción alguna. Hay santos de todas las edades, de todas las razas, y condiciones sociales, para mostrarnos que todos los hombres son capaces de ir al Cielo.

Allí reina el glorioso coro de los Apóstoles; allí la brillante falange de los Profetas; allí la multitud innumerable de los Mártires, distinguidos todos con las resplandecientes insignias de sus ilustres victorias. Allí se ven brillar a aquellas Vírgenes sin número que triunfaron de todo el infierno junto; aquellas almas caritativas que socorrieron a los necesitados; todos aquellos héroes cristianos, que tanto se distinguieron en el continuo ejercicio de la mortificación, de la austeridad y de la penitencia.

Unos santos nacieron en el lujo de los palacios y otros en humildes cabañas; unos fueron militares, otros comerciantes, otros magistrados; hay clérigos, monjes, religiosas, personas casadas, viudas, esclavos y hombres libres. No existe estado alguno de vida en el que alguien no se haya santificado.

Y todos los Santos se santificaron, precisamente, en las ocupaciones de su estado y en las circunstancias ordinarias de su vida: lo mismo en la prosperidad que en la adversidad, en la salud que en la enfermedad, en los honores que en los vilipendios, en la riqueza que en la pobreza. De cada una de las circunstancias de su vida supieron hacer un medio de santificación.

Así pues, Dios exige que el hombre santifique su estado propio por el despego del corazón y la rectitud de la intención.

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No hay ni puede haber suerte mas dichosa que la de los Santos; pues tal puede ser la nuestra.

Por grandes que hubiesen sido sus deseos, están abundantemente saciados y satisfechos; gozan de todos los bienes que podían desear, pues poseen hasta el mismo manantial de todos los bienes.

Su bienaventuranza es perfecta, su felicidad consumada; nada les resta ya que pueda ser objeto de sus deseos. Son verdaderamente bienaventurados, saben que lo serán, y están bien seguros de que nunca lo dejarán de ser.

¿Dónde hay felicidad, dónde hay alegría más llena, dicha más perfecta? ¡Qué gloria más digna de nuestra ambición!

La corona que ellos merecieron, es la misma que se nos ofrece a nosotros en premio de nuestros trabajos. Si aspiramos al mismo premio, imitemos sus ejemplos.

Los mismos enemigos tuvieron que nosotros, y nosotros tenemos la ventaja de saber cómo los vencieron ellos; las armas son las mismas, los auxilios los propios, y el camino y la carrera idénticos.

Ellos la siguieron con honor; ¿quién nos quitará a nosotros poner los pies en las huellas que nos dejaron estampadas?

Esto puede alentar a quienes se inclinan a creer que, fuera de la vida religiosa, o por lo menos fuera de una vida consagrada especialmente al servicio de Dios, es muy difícil ser realmente santo.

No hay más que un Evangelio, un sólo Sacrificio, un sólo Redentor, un Cielo y un camino para el Cielo. Jesucristo vino a mostrárnoslo; sus enseñanzas no cambian y se aplican a todos los hombres.

Cuando se considera la extrema desproporción que se encuentra entre la conducta de los Santos y la nuestra, es preciso decir una de dos: o que ellos hicieron demasiado, o que nosotros no hacemos lo bastante para serlo.

¿Será posible que todos ellos hubiesen ignorado el gran arte de hacerse Santos a poca costa?

Ellos vivieron con hombres que seguían un camino semejante en todo al nuestro, y que censuraban el suyo; pues ¿no fue una extravagancia encapricharse en gritar hasta la muerte, que no podía ser cristiana una vida mundana y regalona; que la vida holgazana, irregular y tibia lleva a la perdición?

Los Santos no fueron de otra Religión, ni tuvieron otro Evangelio que el nuestro; no hizo Dios preceptos particulares para ellos, ni esperaron otra recompensa de sus buenas obras.

Instruidos nosotros en la misma escuela y aleccionados, por un mismo Maestro, creemos lo mismo que ellos creyeron, aprendemos la misma doctrina que aprendieron, y aspiramos a la propia corona a que aspiraron; pero ¿es nuestra vida semejante a la suya?

Una diferencia tan palpable, tan enorme de conducta y de costumbres, ¿nos promete igual o semejante destino?

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Consideremos hasta dónde llega nuestra imprudencia. Todos convenimos en que los Santos obraron cuerdamente en vivir como vivieron para asegurarse una felicidad eterna.

Luego, somos unos insensatos, si nos persuadimos que nos salvaremos sin hacer lo que ellos hicieron, e incluso haciendo todo lo contrario.

Ellos quisieron ser Santos; bien: pero ¿qué queremos ser nosotros?, ¿qué podemos esperar ser, pareciéndonos tan poco a ellos?

Tal vez alguno diga: es menester ser un hombre santo para hacer lo que hicieron los Santos. Este tal razona muy mal; antes hemos de discurrir al contrario: es menester hacer lo que hicieron los Santos para ser santo.

Razonemos desapasionadamente: cuando se nos ofrece a la consideración aquella vida arreglada y ejemplar, aquella vida pura y penitente, aquella vida devota y fervorosa que llevaron los Santos en el mismo estado en que nosotros nos hallamos, ¿no nos da gana de preguntar si los Santos fueron de todas las edades, de todas las condiciones de todos los países y de todos los tiempos?

Nos admiramos de lo que hicieron; pero ¿acaso podían hacer menos para ser Santos? Más nos debiera admirar que lo hubiesen sido haciendo lo que nosotros hacemos.

Y bien, ¿qué concepto nos formaríamos de la santidad y de nuestra Religión, si leyendo las historias de los Santos, y hallando que su vida hubiese sido tan imperfecta, tan inmortificada y tan sensual como la nuestra, todavía los considerásemos dignos de nuestra veneración y de nuestro culto?

Confesemos que nosotros mismos somos una extraña paradoja…

Por ejemplo, una doncella mundana pasa la vida en continuas diversiones, en el juego, en los pasatiempos, no encontrando gusto sino en las galas y en la profanidad, está como sumergida en las delicias de la vida; mientras que una hermana suya más joven, más inocente y más delicada que ella, encerrada en la soledad que escogió, y sepultada en un claustro, pasa los días entre oraciones y perpetua mortificación.

Sin embargo, ambas cuentan con ir al Cielo, ambas esperan la misma felicidad; porque al fin no hay medio entre la salvación y la condenación eterna.

¿Qué decimos sobre esto?

He aquí nuestra paradoja…

¡Qué grandes, qué importantes lecciones nos da esa gloriosa multitud de todos los Santos!

¡Qué inexcusables quedamos!

Hemos de resolvernos a imitarlos y seguirlos, mediante la divina gracia, que hemos de pedir poniéndolos a ellos por intercesores.

No nos contentemos con admirar, con aplaudir, ni con honrar a los Santos; debemos imitar sus ejemplos.

No paremos la atención en lo maravilloso, sino en lo práctico de sus vidas; esto fue lo que a ellos los hizo Santos, y esto es lo que más contribuye a que también lo seamos nosotros.

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Los Santos no sólo tienen importancia desde el punto de vista moral, en cuanto modelos de virtud. Poseen también una significación religiosa muy profunda: en virtud de la Comunión de los Santos, están en contacto vital con la Iglesia Militante y la Purgante.

Ellos fueron lo que nosotros somos; y debemos disponernos para ser lo que ahora son.

Gimiendo como nosotros en este valle de lágrimas, lugar de aflicción y de destierro, estuvieron igualmente que nosotros expuestos a las mismas miserias, sujetos a las mismas tentaciones, corrieron los mismos peligros, encontraron las mismas dificultades…

De la misma manera que ellos y por los mismos medios, debemos superar los obstáculos, con igual valor resistir a los mismos enemigos, con la misma fidelidad corresponder a la gracia.

La gloria que poseen y la bienaventuranza que gozan merecen nuestro culto y son objeto digno de nuestra esperanza y ambición.

Sus méritos exigen nuestra veneración, y lo mucho que pueden ante Dios por ellos es motivo para alentar nuestra confianza y esperanza.

En suma, este es el fin que se propone la Iglesia al rendir homenaje a todos sus Santos con tan solemne culto.

Sostener nuestra fe, elevar hacia el Cielo nuestra esperanza, inflamar nuestra caridad, recordando lo que fueron y lo que son, advirtiendo lo que debemos ser para aumentar su número, sumándonos a ellos.

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Resumiendo: La Iglesia, reconociendo, por una parte, que no son suficientes todos los días del año para tributar culto en particular, aun a aquellos solos de que Ella tiene noticia, y sabiendo, por otra parte, que son innumerables los otros cuyos nombres sólo están escritos en el Libro de la Vida, los cuales no obstante que no los conozcamos no por eso son menos dignos de nuestro respeto y de nuestra veneración, escogió, pues, la Iglesia un día para honrarlos a todos, obligándolos con este culto especial a que todos se interesen más particularmente en la salvación de aquellos que no dejan de ser hermanos suyos, aunque giman todavía en este lugar de destierro.

Este día tan célebre y tan solemne es el primero de noviembre, en que, juntando todas sus fiestas en una, a todos los empeña en interceder por nosotros al Señor.

Grandes Apóstoles, gloriosos Mártires, invencibles Confesores, santas Vírgenes, ilustres Anacoretas, caritativos protectores de los hombres, a los que luchamos todavía y gemimos en el peligro, no nos bastan ni vuestros consejos, ni vuestros ejemplos…, tenemos aún necesidad de vuestra poderosa intercesión.

A todos los Santos hemos de honrar hoy con mayor devoción; pero particularmente y sobre todo a aquellos que son menos conocidos, singularmente a los de nuestra familia, sin perder de vista a los amigos y conocidos que tienen ya la dicha de gozar de Dios en el Cielo.

No se extingue la caridad, antes se aviva y se enciende más, por lo que nos hemos de encomendar más particularmente a su intercesión. Aunque ignoremos sus nombres, no olvidan ellos el nuestro; y si nos amaron cuando vivían en la tierra, es mucho más puro y más benéfico el amor que nos profesan ahora en el Cielo.

Cuando vivían entre nosotros, se interesaban con empeño en todas nuestras cosas; ahora conocen mejor nuestras necesidades, tienen valimiento con Dios, están solícitos de nuestra salvación.

Por lo tanto, debemos comprometerlos más, mediante la veneración y el culto, mediante las oraciones y las buenas obras, para que intercedan por nosotros ante el Padre de las misericordias.

Finalmente, siendo el día de hoy uno de los más solemnes del año, santifiquémoslo con todo género de ejercicios de virtud.