P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN EN LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL PILAR – LA MATERNIDAD DIVINA DE LA VIRGEN MARÍA

Sermones-Ceriani

LA MATERNIDAD DIVINA DE LA VIRGEN MARÍA

NUESTRA SEÑORA DEL PILAR

El día de ayer se celebró en toda la Iglesia la Fiesta de la Maternidad de la Santísima Virgen. Hoy es la Fiesta de Nuestra Señora del Pilar.

Consideremos, pues, la Maternidad Divina de la Purísima y la Maternidad de la Pilarica sobre la Hispanidad.

La Fiesta de la Maternidad Divina de María fue introducida por el Papa Pío XI por la Encíclica Lux veritatis, publicada el 25 de diciembre de 1931, con motivo del décimo quinto centenario del Concilio de Éfeso, que proclamara dicho dogma en el año 431.

La cualidad de Madre de Dios es el fundamento de todas sus prerrogativas, y en ella se encierran todos los títulos, todos los elogios y todas las dignidades de la Santísima Virgen María.

En efecto, concibiendo bien lo que significa ser Madre de Dios, se comprende, dicen los Padres de la Iglesia, que ha debido ser Santa e Inmaculada en su Concepción; que ha debido ser Madre sin dejar de ser Virgen; que debe formar una categoría aparte, entre Dios y las criaturas; que debe ser todopoderosa para con Dios, porque Dios no puede negar nada a su Madre; se comprende que debe ser honrada con un culto particular, y que, a excepción de la divinidad, no hay título de honor, no hay virtud, alabanza y cualidades que no se deban a María.

Entre todos los títulos de alabanza tributados a Nuestra Señora no hay ninguno más glorioso que el de Madre de Dios.

Ser Madre de Dios es el porqué de María, el secreto de sus gracias y de sus privilegios.

Para nosotros este título encierra en sustancia todo el misterio de la Encarnación; y no hay otro por el que podamos con más razón felicitarla a Ella y regocijarnos nosotros.

San Efrén justamente pensaba que, para dar uno prueba cierta de su fe, le basta confesar y creer que la Santísima Virgen María es Madre de Dios.

Y por eso la Iglesia no puede celebrar ninguna fiesta de la Virgen María sin alabarla por este augusto privilegio.

En su Inmaculada Concepción, en su Natividad, e igualmente en su Asunción, siempre saludamos en ella a la Santa Madre de Dios.

Y eso es precisamente lo que hacemos nosotros también al repetir tantas veces a diario el Ave María.

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Teotokos, Madre de Dios: así se la llamó a María en todo tiempo.

Hacer la historia del dogma de la Maternidad Divina sería hacer toda la historia del cristianismo.

El nombre Teotokos de tal forma había penetrado en el espíritu y en el corazón de los fieles, que se armó un escándalo enorme el día el que ante Nestorio, obispo de Constantinopla, un sacerdote, portavoz suyo, tuvo la osadía de pretender que María no era Madre más que de un hombre, porque era imposible que un Dios naciese de una mujer.

Pero entonces ocupaba la silla de Alejandría un obispo Santo, Cirilo, a quien Dios suscitó para defender el honor de la Madre de su Hijo.

Al punto hizo pública su extrañeza: Estoy admirado de que haya hombres que pongan en duda que a la Santísima Virgen se la pueda llamar Madre de Dios. Si Nuestro Señor es Dios, ¿cómo podrá ser que María, que le dio al mundo, no sea Madre de Dios? Esta es la fe que nos transmitieron los discípulos, aunque no se sirviesen de este término; es también la doctrina que nos enseñaron los Santos Padres.

Nestorio no admitió cambio alguno en sus ideas. El Emperador convocó un Concilio, que inauguró sus sesiones en Éfeso el 22 de junio del 431; en él presidió San Cirilo, como legado del Papa Celestino. Se juntaron 200 obispos; proclamaron que La persona de Cristo es una y divina; y la Santísima Virgen tiene que ser reconocida y venerada por todos como realmente Madre de Dios.

El Canon 1º dice: Si alguno no confiesa que Dios es según verdad el Emmanuel, y que por eso la santa Virgen es madre de Dios (pues dio a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne), sea anatema.

Al saberse esta noticia, los cristianos de Éfeso entonaron cantos de triunfo, iluminaron la ciudad y acompañaron a sus domicilios con antorchas a los obispos «que habían venido, gritaban, a devolvernos la Madre de Dios y a ratificar con su autoridad santa lo que estaba escrito en todos los corazones».

Y, como ocurre siempre, los esfuerzos del diablo sólo sirvieron para preparar y suscitar un triunfo magnifico a Nuestra Señora.

Los Padres del Concilio, así cuenta la tradición, para perpetua memoria añadieron al Ave María esta cláusula: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte». Oración que desde entonces recitan todos los días millones de almas para reconocer en María la gloria de Madre de Dios que un hereje le quiso arrebatar.

El año 1931, al celebrarse el décimo quinto centenario del Concilio de Éfeso, pensó Pío XI que sería «útil y grato a los fieles el meditar y reflexionar sobre un dogma tan importante» como es el de la maternidad divina.

Para que quedase perpetuo testimonio de su piedad a María, escribió la Encíclica Lux Veritatis, restauró la basílica de Santa María la Mayor de Roma y además instituyó una fiesta litúrgica, que «contribuiría al aumento de la devoción hacia la Soberana Madre de Dios entre el clero y los fieles, y presentaría a la Santísima Virgen y a la Sagrada Familia de Nazaret como un modelo para las familias», para que así se respeten cada vez más la dignidad y la santidad del matrimonio y la educación de la juventud.

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«Alégrate, oh Virgen María, porque Tú sola has destruido en todo el mundo todas las herejías».

Esta antífona de la Liturgia demuestra claramente que el dogma de la Maternidad Divina es el sostén y la defensa de todo el cristianismo. Confesar la Maternidad Divina, vale tanto como confesar, en el Verbo Encarnado, la naturaleza humana y la naturaleza divina, y también la unidad de Persona; es afirmar la distinción de personas en Dios y la unidad de su naturaleza; es reconocer todo el orden sobrenatural de la gracia y de la gloria.

Ahora bien, es fácil reconocer que María es con toda propiedad Madre de Dios. Así escribía Pío XI en su Encíclica:

De este punto de la doctrina católica que hasta ahora hemos estudiado, se deriva necesariamente el dogma de la divina maternidad, que predicamos de la Santísima Virgen María. No, como advierte San Cirilo, que la naturaleza del Verbo o su divinidad haya tomado el principio de su origen de la Virgen, sino en el sentido de que de ella tuvo principio aquel sagrado cuerpo, que informado por un alma racional y unido hipostáticamente al Verbo de Dios, se dice haber nacido según la carne.

A la verdad, si el Hijo de la Virgen María es Dios, indudablemente con todo derecho y justicia se ha de llamar Madre de Dios aquella que lo concibió, y si una sola es la persona de Jesucristo, y ésta divina, es claro que todos los hombres han de llamar a María, no sólo Madre de Jesucristo hombre, sino «Deipara», o «Theotocos», esto es Madre de Dios.

A aquella, pues, que es recibida por Isabel, su prima, con el saludo de Madre de mi Señor, que, según dice San Ignacio Mártir, dio a luz a Dios; de la cual, afirma Tertuliano, nace Dios, y a la que el Eterno enriqueció con la plenitud de la gracia, sublimándola a tan alta dignidad, a ésa hemos de venerarla todos como verdadera Madre de Dios.

A nadie, pues, es lícito rechazar esta verdad, que la Iglesia nos ha transmitido desde sus primeros tiempos, por el mero hecho de que la Santísima Virgen proporcionó a Jesucristo solamente el cuerpo sin concebir del Padre Celestial al Verbo, porque como ya
en su tiempo con razón y claridad respondió San Cirilo, madres se llaman, y en efecto lo son, las que conciben en su seno nuestro cuerpo sin tener parte alguna en el alma humana; por la misma razón María obtuvo la maternidad divina de la persona única de su Hijo.

De aquí se derivan como de una misteriosa y viva fuente la gracia especial de María y su suprema dignidad después de Dios. La Bienaventurada Virgen María tiene una dignidad casi infinita, dice Santo Tomás, y proviene del bien infinito que es Dios.

Cornelio a Lapide explica así estas palabras: es Madre de Dios: sobrepuja, por consiguiente, en excelencia a todos los Ángeles, Querubines y Serafines. Es Madre de Dios: es, por tanto, la más pura y la más santa de todas las criaturas, y, excepción hecha de Dios, no es posible figurarse mayor santidad que la de la Santísima Virgen. Es Madre de Dios: por eso, se le concedió a Ella su privilegio antes que a cualquier Santo se concediese cualquier privilegio del orden de la gracia santificante.

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Este privilegio de la Divina Maternidad relaciona a María con Dios con un enlace tan particular y tan íntimo, que no hay dignidad creada que pueda compararse con la suya. Esa dignidad la pone en conexión inmediata con la unión hipostática y la hace entrar en comunicaciones íntimas y personales con las tres Personas de la Santísima Trinidad.

La maternidad divina une a María con su Hijo con un lazo mucho más fuerte que el de las demás madres con respecto a sus hijos. La Santísima Virgen engendró a su Hijo, el Hombre-Dios, de su propia sustancia, por obra y gracia del Espíritu Santo, sin participación de hombre alguno. Jesús es fruto de su virginidad; pertenece a su Madre porque Ella le concibió y le dio a luz en el tiempo, Ella le alimentó con su leche virginal, Ella le educó y ejerció sobre Él su autoridad maternal.

De verdad que Jesús fue como lo decían sus paisanos, «el hijo de María».

Y si Jesús recibió tanto de Ella, Él la amó también infinitamente: como Dios, la escogió y otorgó sus prerrogativas únicas de Virginidad y Pureza Inmaculada, junto con la gracia de la Maternidad Divina; y, como hombre, la amó con tanta ternura y lealtad, que su última solicitud, estando ya en la cruz en medio de torturas espantosas, fue para ella: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».

Este doble amor le hizo también escoger para su Madre la ocupación más digna de Ella: el Profeta le había vaticinado a Él como siervo de Yahveh, y su Madre fue la esclava del Señor, por el olvido de sí misma, por la devoción con que le sirvió y por el desprendimiento más perfecto.

La Maternidad Divina liga a María con el Padre de una manera que no se puede expresar con palabras humanas. María tiene por Hijo al mismo Hijo de Dios; y de ese modo llega a ser la coasociada del Padre en su Paternidad: «Si el Padre nos ha dado pruebas de un afecto sincero, decía Bossuet, porque nos ha dado a su Hijo por Maestro y Salvador, el amor inefable que siente por Ti, oh María, le hizo concebir otros muchos planes en nuestro favor. Dispuso que fuese tan tuyo como de Él; y, para formar contigo una sociedad eterna, quiso que fueses la Madre de su único Hijo y ser Él el Padre del tuyo».

La Maternidad Divina une igualmente a María con el Espíritu Santo, ya que por el Espíritu Santo concibió al Verbo en su seno. León XIII llama a María Esposa del Espíritu Santo. Y María es su santuario privilegiado a causa de las maravillas inauditas de la gracia que ese Espíritu divino obró en Ella.

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Ya el día de la Anunciación nos encontramos con esta Oración Colecta, en la cual la Iglesia se gloría de su fe en la Maternidad Divina y reclama, por este título, la intercesión omnipotente de María cerca de Dios:

Oh Dios, que quisiste que, al anuncio del Ángel, tu Verbo se encarnase en el seno de la Bienaventurada Virgen María: Te suplicamos hagas que, los que creemos que ella es verdadera Madre de Dios, seamos ayudados ante ti por su intercesión.

¿Hay gloria comparable a la suya, que, sin cesar de ser virgen, ha llegado a ser la Madre de Dios?

También la Iglesia la alaba con gozo por ser la Madre del amor hermoso y nos induce a ir con confianza a Ella, ya que en María se encuentra toda esperanza de vida y de virtud y que los que la escuchan nunca serán confundidos.

Y el versículo del Aleluya canta la admiración de la Iglesia por la joven Virgen que lleva consigo al que encierra dentro de sí al universo:

Oh Virgen, Madre de Dios: Aquel a quien todo el orbe no puede contener, se encerró, hecho hombre, en tus entrañas.

En el momento de la Comunión, recibido el Cuerpo y la Sangre del Señor, pensemos en la dicha que sentiría María Santísima llevando consigo durante nueve meses al Hijo eterno del Padre.

Bienaventuradas las entrañas de la Virgen María, que llevaron al Hijo del Padre eterno, dice la Oración de la Comunión.

Unámonos, pues, a la Mujer que fue ensalzada por su privilegio y, sobre todo, roguemos a María que nos haga partícipes de la salvación que Ella recibió antes que nadie:

Purifíquenos de todo pecado, Señor, esta Comunión; y, por intercesión de la Bienaventurada siempre Virgen María, Madre de Dios, háganos partícipes del remedio celestial.

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María es también Madre Nuestra.

Al saludarla hoy con su bello título de Madre de Dios, no olvidemos que, por haber nacido de Ella el Redentor del género humano, por eso mismo es Madre benevolentísima de todos nosotros, a quienes Jesucristo ha tomado por hermanos.

Oh Virgen Santísima, dulce es a tus hijos afirmar de Ti todo lo que hay de glorioso, todo lo que es magnífico; y, al hacer ésto, no se apartan de la verdad, quedan cortos en lo que mereces. Porque Tú eres la maravilla de las maravillas, y de cuanto existe o existirá, nada hay, excepto Dios, tan magnífico como tú.

Acuérdate de nosotros en la gloria del Cielo donde estás; Te lo pedimos con sumo gozo y con toda confianza. El Omnipotente está contigo y Tú también eres omnipotente con Él, omnipotente por Él, y omnipotente cerca de Él, como dice San Buenaventura.

Puedes presentarte ante Dios, no tanto para rogar como para disponer; sabes que Dios atiende infaliblemente a tus deseos. Es verdad que somos pecadores, pero por nosotros llegaste a ser Madre de Dios, y nunca se ha oído decir que haya sido desamparado ninguno de los que acudieron a tu protección. Animados con tal confianza, acudimos a Ti y, gimiendo por el peso de nuestros pecados, nos prosternamos a tus pies. Madre del Verbo Encarnado, no desprecies nuestras súplicas, antes bien dígnate oírlas y cumplirlas.

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Una manifestación particular de esta Maternidad Espiritual de María Santísima la encontramos en la aparición de Nuestra Señora en Zaragoza, en la devoción a la Pilarica, Patrona de España y de la Hispanidad.

En la ciudad de Zaragoza, la que antes de los tiempos de Cristo era la famosa y rica villa romana de César Augusto, de donde deriva su nombre actual, existe el monumento más sólido, antiguo, fidedigno y magnífico que tiene España como prueba de una piadosa tradición y de una antiquísima y profunda devoción por la Santísima Virgen María: el Santuario del Pilar.

Esa gran basílica mariana, con sus once cúpulas y sus cuatro campanarios, es conocida y famosa, no sólo en España, sino en el mundo entero, puesto que, según la tradición, en tiempos inmemoriales se apareció ahí la Madre de Dios y, desde entonces, a través de los siglos, ha mostrado su protección especial con repetidas gracias, milagros y portentos, hasta ganarse la indefectible piedad de los españoles, que le tributan culto con devoción, constancia y magnificencia.

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Conocido es de todos el relato de la antigua y piadosa tradición.

Santiago Apóstol, habiendo recorrido todo el norte de España predicando el Santo Evangelio, no había obtenido mucho fruto, sólo había convertido a siete personas, que tomó como discípulos.

Desanimado por la situación se dispuso permanecer toda una noche en oración junto con sus compañeros para obtener gracias para su apostolado. Transcurría la noche del 1º al 2 de enero del año 40 cuando los siete discípulos, vencidos por el cansancio, terminaron por dormirse; el Apóstol Santiago continuó solo en oración.

Al mismo tiempo oraba la Santísima Virgen María en su oratorio del monte Sión, en Jerusalén. Presentándosele su glorioso Hijo le comunicó su voluntad de que fuese a visitar a Santiago y ejecutase todo cuanto le dictaba su inspiración.

Un coro de Ángeles la colocó en un brillante Trono de Luz y la llevaron a Zaragoza cantando alabanzas a Dios y a su Reina. Otros Ángeles formaron una imagen suya de una madera incorruptible y labraron una columna de mármol de jaspe, que le sirvió de base.

El Apóstol vio venir a la Santísima Virgen llevada por los Ángeles. Absorto por maravilla tan asombrosa, veneró a la Madre de Dios con la mayor humildad y rendido agradecimiento.

Grande fue su alegría al ver a la Madre de su Señor, y mayor aun cuando la Santísima Virgen le habló anunciándole que su predicación en España no sería estéril, como hasta ese momento le había parecido; sino que esa semilla que él había esparcido por la predicación daría abundantísimos frutos.

Le prometió, además, que en España habría siempre gente que guardaría la fe. Finalmente, le pidió que edificara allí un oratorio en su honor erigiendo por título su imagen sobre la columna trabajadas y traídas por los Ángeles, asegurándole que éstas permanecerían hasta el fin del mundo, que aquel templo sería su casa y heredad y que prometía su especialísima protección a cuantos la venerasen en él.

Luego de llenar de celestiales bendiciones a su discípulo, los angélicos ministros la llevaron nuevamente al oratorio de la casa de Sión, quedando uno de los Ángeles para custodio de la Imagen, de la Columna y de la basílica que habría de construir Santiago.

Allí se levantó más tarde un templo que es la actual basílica del Pilar en Zaragoza, fuente de gracias, escenario de perdones y conversiones, centro de peregrinaciones que acuden allí de toda la Hispanidad, que considera a la Virgen del Pilar como su celestial patrona, y al Pilar mismo, como símbolo de su fe y el centro de su fervor religioso.

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Esa fue la primera iglesia del mundo dedicada en honor de la Virgen.

Desde aquel trono, en que Nuestra Señora recibe el homenaje de todos los hispanos, derrama sus gracias en todas las direcciones, vela por la conservación de la fe, y ruega bondadosa por el florecimiento del inmenso y lozano árbol de la hispanidad.

El Papa Clemente XII señaló la fecha del 12 de octubre para la festividad particular de la Virgen del Pilar, pero ya desde siglos antes, en todas las iglesias de España y entre todos los pueblos sujetos al rey católico, se celebraba la ventura de haber tenido a la Madre de Dios en su región, cuando todavía vivía en carne mortal.

Pío VII elevó la categoría litúrgica de la Fiesta.

Pío XII otorgó a todas las naciones sudamericanas la posibilidad de celebrar la misma misa que se celebraba en España.

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¿Qué beneficios aportó a España, y nos aporta a nosotros, esta venida de la Madre de Dios en carne mortal a Zaragoza? Si consideramos atentamente, son dos las gracias otorgadas y de las cuales podemos aprovechar:

1ª) El don de la Fe. La Santísima Virgen visitó España para llevar la Fe Católica; esa creencia sin la cual nadie puede salvarse.

Desde el momento que la Madre de Dios bendijo las tierras españolas con su presencia personal y con su Imagen y Pilar milagrosos la religión católica comenzó a producir sus frutos.

Una parte importante del patrimonio y de la herencia de esa Fe Católica está constituida por la devoción mariana. España e Hispanoamérica son marianas, sus buenos hijos aman a la Virgen María, se enorgullecen de ser sus vasallos, propagadores de sus prerrogativas y defensores de sus privilegios.

2ª) La segunda gracia concedida por la Virgen es un Amor de predilección, manifestado por una protección especial hacia el pueblo español y hacia los pueblos hispanoamericanos.

La Santísima Virgen vino al Pilar como Madre que ama a sus hijos y busca su bien, su salvación.

¡Oh Madre, Madre Nuestra del Pilar, que de tantos peligros has librado a España a través de los siglos y que significas con milagros que te agradan nuestros obsequios filiares, consérvanos perenne esa invencible Fe!