
DECIMOSEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
De la Epístola del Apóstol San Pablo a los Efesios:
Hermanos: Os ruego que no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros, las cuales son vuestra gloria. Por esto, doblo mis rodillas ante el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, del cual procede toda paternidad en los cielos y en la tierra, para que, según las riquezas de su gloria, haga que seáis corroborados con vigor por su Espíritu en el hombre interior: que Cristo habite por la fe en vuestros corazones: que estéis enraizados y cimentados en la caridad, para que podáis comprender con todos los santos cuál sea la anchura, y la largura, y la sublimidad, y la hondura; que conozcáis también la caridad de Cristo, que sobrepuja toda ciencia, para que seáis henchidos de toda la plenitud de Dios. Y al que es poderoso para hacerlo todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros, a Él sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, por todas las generaciones y siglos. Amén.
La Epístola de la Misa de este día está tomada de aquel pasaje de San Pablo a los efesios, en donde el Apóstol, siempre perseguido, siempre entre las cruces y los tormentos, exhorta a los fieles a que no se escandalicen ni se desanimen a vista de los males que le ven sufrir por ellos, en las funciones de su ministerio.
Os ruego que no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros, las cuales son vuestra gloria. Si San Pablo ha trabajado mucho por la salvación de las almas, también ha sufrido mucho. Él mismo hace una relación de una parte de sus padecimientos, escribiendo a los corintios:
¿Son ministros de Cristo? —¡hablo como un loco!— yo más; en trabajos más que ellos, en prisiones más que ellos, en heridas muchísimo más, en peligros de muerte muchas veces más. Recibí de los judíos cinco veces cuarenta azotes menos uno; tres veces fui azotado con varas, una vez apedreado, tres veces naufragué, una noche y un día pasé en el mar; en viajes muchas veces; con peligros de ríos, peligros de salteadores, peligros de parte de mis compatriotas, peligros de parte de los gentiles, peligros en poblado, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajos y fatigas en vigilias muchas veces, en hombre y sed, en ayunos muchas veces, en frio y desnudez, Y aparte de esas pruebas exteriores, lo que cada día me persigue: la solicitud por todas las Iglesias. Y ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién padece escándalo, sin que yo arda?
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He sufrido, les dice, persecuciones de parte de los judíos, de los gentiles y de los hermanos…; prisiones, suplicios, naufragios, peligros de parte de ladrones, de parte de los de su nación y de parte de los gentiles…; peligros en la ciudad, en la soledad, en el mar…
Ha sufrido treinta y nueve azotes de los judíos, ha sido apaleado, apedreado, ha naufragado…
¡Qué de fatigas, qué de trabajos, qué de miserias no ha pasado! Vigilias sin descanso, en el hambre y en la sed, en los ayunos continuos, en el frío y en la desnudez…
Además de lo que padeció por la parte exterior, la pesadez de los negocios de cada día de su cargo, el cuidado de las iglesias.
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Estas persecuciones tan frecuentes, estas humillaciones tan continuas, estos tormentos, estas cruces podían espantar a los nuevamente convertidos a la fe, como eran los efesios, y debilitar en ellos la estimación que habían hecho de San Pablo y de su doctrina.
El Santo Apóstol previene la tentación, y les hace ver que cuanto más atormentado y más lleno de trabajos le vean, en más estima y veneración deben tener su ministerio.
Los males que sufrimos, les dice, contribuyen a vuestra gloria, puesto que tenéis el consuelo y aun podéis vanagloriaros de que vuestro Apóstol nada os ha predicado de que no haya estado pronto a dar testimonio a expensas de su vida.
Como si dijera: mi constancia en los trabajos y mi perseverancia, mi celo en medio de los padecimientos son pruebas de la verdad y de la santidad de la Religión que predico.
¿Qué interés tendría yo en sufrir tanto, si os anunciase fábulas?
Es menester que esté bien convencido de la verdad de mi Religión para predicar a tanta costa.
Si yo no encontrase más que honor; si no recibiese más que aplausos; si mi celo fuese lucrativo para este mundo; si viviese entre la abundancia y los placeres, tendrías motivo para desconfiar de las máximas duras y de la moral austera que os enseño: el honor y las ventajas temporales que me resultarían, no podrían menos que debilitar vuestra fe y de haceros sospechosa mi doctrina; pero cuando no se gana sobre la tierra por predicar esta doctrina más que trabajos y persecuciones, es menester que el predicador esté bien cierto de su infalibilidad y de su certeza.
Con esta mira, y para alcanzaros la fortaleza y la perseverancia, a pesar de todos los males que me veis padecer en las funciones de mi ministerio, doblo yo mis rodillas en presencia del Padre de Jesucristo, Nuestro Señor y Nuestro Dios, a fin de que os ilumine, y que no miréis como un mal los trabajos y las persecuciones que acompañan la predicación del Evangelio, sino que las consideréis más bien como una dicha en orden a la eternidad.
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Después de este elocuente testimonio de San Pablo, comprendemos que el establecimiento de la religión cristiana sobre las ruinas de la idolatría es un milagro moral, no menos sensible, ni menos concluyente que los milagros físicos.
Representémonos la confusión extrema en que se vivía en orden a la religión cuando el Hijo de Dios se encarnó, y cuál era el desarreglo universal del entendimiento y del corazón cuando Jesucristo emprendió la obra de restaurarle.
El error reinaba en todo el universo, y la corrupción de las costumbres había inundado toda la tierra.
No había criatura, desde la más noble hasta la más insignificante, que no tuviese templos y altares en alguna parte del mundo.
Aquí se adoraba el sol, allá la luna o algún otro de los planetas… Por allí se veneraba a las serpientes y por allá a los escarabajos…
Los hombres más malvados, las mujeres más desacreditadas estaban en la categoría de las divinidades, a quienes diariamente se ofrecía incienso y sacrificios.
Había sociedades en que se ofrecían sacrificios a los mismos animales que en otras partes se sacrificaban a otros dioses.
Este pueblo doblaba las rodillas delante de una encina, aquel otro daba incienso a una cebolla; algunos reverenciaban un fantasma que su imaginación les había formado en el sueño; otros adoraban un buey, una vaca, un puerco.
Muchos consideraban como punto de religión el tener por dioses todas estas quiméricas divinidades, y había sectas que no reconocían ninguna.
Se veían unos pueblos que tenían un pleno poder para hacerse dioses de todo lo que amaban; otros se tomaban la libertad de degradar los antiguos con quienes no estaban contentos…
En fin, no es posible imaginar hasta qué exceso de extravagancia se habían multiplicado los errores por el desarreglo del entendimiento; la corrupción del corazón no tenía más límites.
La corrupción de la carne, la disolución y la licencia habían inundado mucho más en estos últimos tiempos que cuando fue menester purificar la tierra por el diluvio.
Las pasiones del corazón, de acuerdo con los errores del entendimiento, no solamente reinaban en paz, sino que reinaban también con honor.
La injusticia, la impureza, la venganza, el adulterio y todos los crímenes más enormes nada tenían de horrible; la religión pagana los había como civilizado, autorizándolos hasta con el ejemplo de los dioses; y el desarreglo había llegado a tal exceso, que no era ya la razón la que gobernaba en el hombre… Éste escuchaba sólo a la carne, todo se hacia al antojo de las pasiones.
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En este estado se hallaban las cosas cuando Jesucristo formó el designio de purgar el entendimiento de los hombres de todos los errores, y el corazón de toda corrupción, reuniendo a todos los hombres en una sola Iglesia, bajo una sola religión.
¡He aquí sin duda un gran designio! Hubiera sido mucho más fácil hacer que todas las naciones hablasen un mismo idioma, o reducirlas todas bajo de una misma monarquía, porque todos los pueblos tienen naturalmente mucha mayor afición a la religión que han recibido de sus padres, que la que tienen a la lengua o a la forma de gobierno.
Pero ¿por qué camino se propuso el Salvador del mundo ejecutar su proyecto?
Tal vez compondrá su Nueva Ley del residuo de todas las demás, o a lo menos hallará un medio para concordarlas.
¡De ningún modo! La religión que este nuevo legislador quiere establecer, reprueba y mina hasta los fundamentos todas las demás religiones; no pretende reunir los ánimos concordando las opiniones, sino trastornándolas y proscribiéndolas todas.
¡Qué empresa, al parecer, más quimérica!
Al menos es menester que esta doctrina que quiere insinuar en todos los espíritus sea en extremo plausible; y que la regla de las costumbres, que quiere hacer universal, lisonjee extraordinariamente la concupiscencia y los sentidos.
¡Todo lo contrario! Nada hay en el mundo que sea más superior a la razón humana, nada que parezca aun más opuesto a esta razón, nada que sea, en efecto, más contrario a los sentidos que su doctrina…
Es una teología sobre toda inteligencia humana, y una moral que parece sobrepujar todas las fuerzas de la naturaleza, y que condena todas las inclinaciones del amor propio y los menores ímpetus de las pasiones: misterios inefables de la Trinidad, de la Encarnación, de la Eucaristía…; máximas puras, santas, pero incómodas, que irritan todos los sentidos…
¡Qué prodigio, qué milagro, si estas verdades incomprensibles, si esta ley tan difícil, si esta religión tan sobrenatural, si esta doctrina tan extraordinaria, propuesta desnudamente, sin arte., sin elocuencia, sin disfraz, fuesen universalmente recibidas por toda clase de gentes!
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Pues bien, este prodigio se ha hecho, y nosotros somos todos testigos de este prodigio.
Los filósofos paganos, acostumbrados a no creer sino lo que veían, acostumbrados a examinar, a contradecir, a menospreciarlo todo, que se hacían un honor en ser incontrastables en sus juicios, que no se rendían jamás sino a pruebas evidentes y sensibles, se han rendido sin réplica a estas grandes verdades que no podían comprender, han esclavizado su entendimiento a la obediencia de Jesucristo, se han sometido ciegamente a la fe, han confesado que toda su teología era fabulosa, que hasta entonces había errado su filosofía…
Y todo esto sin ser forzados a ello por ningún raciocinio natural, sin que se haya aún podido dulcificar su repugnancia.
Los reyes y los emperadores, que habían empleado todas sus fuerzas para aniquilar el Cristianismo, se han hecho cristianos; los grandes del mundo, criados en el fausto y en los placeres, han abrazado la Cruz, sometiéndose a una ley y abrazando una religión que no predica sino mortificación y penitencia.
El mundo se ha hecho cristiano, después de haber sido idólatra cerca de cuatro mil años; las manos acostumbradas desde la infancia a ofrecer incienso a los ídolos, se han empleado en destruirlos y hacerlos pedazos; la Iglesia se ha establecido por todo el universo sobre las ruinas del paganismo, no a mano armada sino con la sangre de cerca de dieciocho millones de Mártires.
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El establecimiento del Cristianismo hubiera sido una gran maravilla, cualquiera que hubiese sido el medio que se hubiera tomado para fundarle; pero porque no pareciese de ninguna manera obra del hombre, Jesucristo ha rechazado todos los medios ordinarios que hubieran podido facilitar esta empresa.
Y para hacer todavía más visible la mano de Dios que la conducía, la ha ejecutado por caminos enteramente opuestos; ha hecho servir a su designio todo lo que parecía más a propósito para frustrarle y destruirle.
Doctrina incomprensible, moral austera, fe ciega, humildad profunda, desprendimiento universal; escoge para persuadir estos grandes misterios, para predicar esta nueva ley, para confundir toda la sabiduría humana, lo más vil, lo más grosero, lo más ignorante entre los hombres; escoge la condición mas abyecta, lo mas rústico para formar sus discípulos.
San Pablo lo escribe a los corintios: Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio, y eso no mediante sabiduría de palabras, para que no se inutilice la Cruz de Cristo. La doctrina de la Cruz es, en efecto, locura para los que perecen; pero para nosotros los que somos salvados, es fuerza de Dios. Porque escrito está: «Destruiré la sabiduría de los sabios, y anularé la prudencia de los prudentes.» ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el disputador de este siglo? ¿No ha trocado Dios en necedad la sabiduría del mundo? Pues en vista de que según la sabiduría de Dios el mundo por su sabiduría no conoció a Dios, plugo a Dios salvar a los que creyesen mediante la necedad de la predicación. Así, pues, los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría; en tanto que nosotros predicamos un Cristo crucificado: para los judíos, escándalo; para los gentiles, insensatez; mas para los que son llamados, sean judíos o griegos, un Cristo que es poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la insensatez de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres. Mirad, por ejemplo, hermanos, la vocación vuestra: no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles, sino que Dios ha escogido lo insensato del mundo para confundir a los sabios; y lo débil del mundo ha elegido Dios para confundir a los fuertes; y lo vil del mundo y lo despreciado ha escogido Dios, y aun lo que no es, para destruir lo que es; a fin de que delante de Dios no se gloríe ninguna carne.
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Sin embargo, con medios tan poco a propósito, con instrumentos tan contrarios al parecer a sus designios, Jesucristo ha sometido a su ley todo el universo; Jesucristo ha convertido todos los filósofos y los emperadores paganos; Jesucristo ha establecido sobre las ruinas de todas las falsas religiones el Cristianismo, única religión verdadera.
Levántense contra nuestra creencia todos los ateos, todos los libertinos, todos los herejes; he aquí un argumento que trastorna todos sus sofismas, todas sus dudas, todas sus dificultades, y que las convierte aun en ventaja nuestra.
Sí, todos esos grandes genios del paganismo, todos esos partidarios de la razón humana, todos esos esclavos del deleite, todos los hombres han conocido naturalmente estas dificultades, y a pesar de su repugnancia y de sus antiguas preocupaciones han creído estos grandes misterios, y todo el universo no ha dejado de adorarlos; todo el mundo se ha hecho cristiano, y la Iglesia de Jesucristo ha hecho desaparecer, ha aniquilado ese montón enorme de falsas divinidades y ese caos inmenso de tinieblas.
Busquemos, imaginemos un prodigio en el cual la divinidad de Jesucristo se manifieste más visiblemente al entendimiento humano, en el que la sabiduría infinita y la omnipotencia de Dios se demuestren de un modo más convincente que en el establecimiento milagroso del Cristianismo.
Después de ésto, si el creer y no vivir conforme a lo que se cree es impiedad, no creer después de tantos testimonios tan palpables, es efecto de una imbecilidad de entendimiento sin medida, y el no reconocerla es el colmo de la locura.
¡Sí!, digámoslo otra vez, no es posible poner delante de los ojos una maravilla tan patente: Jesucristo se propuso abolir todas las religiones que reinaban en el mundo, y establecer otra nueva, cuyo dogma es superior a todas las luces de la razón, cuya doctrina es incomprensible a todo entendimiento humano, cuya moral irrita todos los sentidos, a los cuales es enteramente contraria.
Este proyecto no podía ejecutarse naturalmente, cualesquiera que fuesen los medios humanos que hubieran podido emplearse para ello, y por consiguiente la ejecución de este proyecto es un milagro moral visible.
En fin, ha empleado medios que parecían enteramente contrarios, medios que en el orden natural debían ser obstáculos invencibles; esto es el colmo de la maravilla, y por decirlo así, el milagro de los milagros.
Estos son los instrumentos de que Jesucristo quiso servirse para confundir a todos los sabios del mundo, someter al yugo de su ley a todo el imperio romano y a todos los pueblos de la tierra, a pesar de una posesión inmemorial de costumbres, de supersticiones y de errores, a pesar de toda la maldad de los judíos, de toda la altanería de los romanos y todo el orgullo de los griegos, a pesar de la corrupción general de toda la tierra.
Tal ha sido el designio de Jesucristo, y por más quimérico en la apariencia, por más que fuese naturalmente imposible este proyecto, Jesucristo lo ha ejecutado, dando por máxima a sus Apóstoles el que se ofrezcan, que corran aun a la muerte, que se presenten a los tribunales, sin pensar siquiera en lo que habrán de responder; porque Él les daría en aquel momento palabras y una sabiduría a la que no podrían resistir ni oponer nada todos sus enemigos.
¿Qué prueba más visible, más incontestable de su divinidad? ¿Qué mayor milagro?
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Esta prueba subsistiría todavía hoy…
Nosotros podríamos ver con nuestros propios ojos, después de dos mil años este milagro…
Podríamos decir a los incrédulos: resistid a una convicción, a una demostración tan sensible; vuestra tenacidad insensata, vuestra falta de fe no sólo sería efecto de la cortedad de vuestro talento, sino que sería también el fruto natural de la corrupción de vuestro corazón…
Y no tendrían excusa…, si no fuera porque los mismos encargados de transmitir el mensaje de la Verdad han traicionado…
Porque ya casi no hay quien diga como San Pablo a los corintios: Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué y que aceptasteis, y en el cual perseveráis, y por el cual os salváis, si lo retenéis en los términos que os lo anuncié, a menos que hayáis creído en vano.
Ya casi no hay quien escriba como San Pablo a los gálatas: Me maravillo de que tan pronto os apartéis del que os llamó por la gracia de Cristo, y os paséis a otro Evangelio. Y no es que haya otro Evangelio, sino es que hay quienes os perturban y pretenden pervertir el Evangelio de Cristo. Pero, aun cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo os predicase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. Lo dijimos ya, y ahora vuelvo a decirlo: Si alguno os predica un Evangelio distinto del que recibisteis, sea anatema. ¿Busco yo acaso el favor de los hombres, o bien el de Dios? ¿O es que procuro agradar a los hombres? Si aun tratase de agradar a los hombres no sería siervo de Cristo. Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio predicado por mí no es de hombre. Pues yo no lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.
Por eso mismo, ya no hay prácticamente quien pueda decir como el Gran Apóstol: Hermanos: Os ruego que no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros, las cuales son vuestra gloria…
