EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Hermanos, tened en vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús: el cual, poseyendo la forma de Dios, no creyó que era una rapiña el ser igual a Dios, sino que se anonadó tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y mostrándose en lo exterior como hombre. Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Estas palabras del Apóstol San Pablo, que leemos en la Epístola de la Misa, nos dan el sentido de la Fiesta que celebramos hoy.
Los términos de siervo y de cruz, cierto que son para nosotros palabras corrientes; pero han perdido el sentido infamante que tenían en el mundo antiguo, antes de la era cristiana.
Los destinatarios de la Carta de San Pablo, los filipenses, debieron comprender mejor que nosotros todo su horror; y, en consecuencia, apreciar también mejor hasta qué abismos se había rebajado Jesucristo en su encarnación y su muerte de Cruz.
Los antiguos consideraban a la crucifixión como el suplicio más infamante y más terrible.
Con frecuencia se veía a un ladrón o a un facineroso clavado en la cruz, como castigo de sus delitos.
Lo que podemos conocer nosotros de un modo indirecto sobre ese suplicio, nos permite apreciar un poco mejor todo su horror. El crucificado agonizaba lentamente; la asfixia producida por la extensión de los brazos en alto le ahogaba, y era atormentado por los calambres de sus nervios en tensión.
Nuestro Señor Jesucristo padeció este suplicio espantoso por cada uno de nosotros. Con un amor infinito, ofreció al Padre el sacrificio de su Cuerpo extendido en la Cruz.
Este instrumento de suplicio, objeto de infamia hasta entonces, se convierte en gloria para los cristianos: San Pablo sólo se gloría en la Cruz del Señor, en la que está nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección, la cual nos ha hecho libres y salvos.
+++
El culto de la Cruz, como instrumento de nuestra Redención, logró una gran extensión en la Iglesia cristiana. La Cruz es adorada y recibe homenajes que a ninguna otra reliquia se tributa. Además, las fiestas de la Santa Cruz revisten especial esplendor.
El acontecimiento feliz del hallazgo de la Cruz ya fue festejado el 3 de mayo, Fiesta de la Invención de la Santa Cruz. Hoy celebra la Iglesia la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, cuyo origen es bastante complejo, pero su historia nos facilitará precisar su objeto.
El 14 de septiembre es la fecha del aniversario de una dedicación que, en la historia eclesiástica, ha dejado un gran recuerdo.
En efecto, el 14 de septiembre de 335 una multitud de curiosos, de peregrinos, de monjes, de clérigos y de prelados llegados de todas las provincias del Imperio, se juntaban en Jerusalén con motivo de la Dedicación del Santuario, magníficamente restaurado por el emperador Constantino en el mismo sitio en que el Señor padeció y fue sepultado.
En años sucesivos el aniversario continuó celebrándose con gran pompa. La Dedicación tenía la misma categoría que la Pascua o la Epifanía, duraba ocho días y atraía una gran afluencia de peregrinos.
Pero hay otro recuerdo, específicamente cristiano, que ya desde fines del siglo IV estaba ligado a la fiesta del 14 de septiembre: una ceremonia litúrgica que lleva por nombre la Elevación o la Exaltación de la Cruz.
El punto mismo donde había sido fijada la Santa Cruz se consideraba como el centro del mundo. Y por eso un sacerdote levantaba el leño sagrado de la Cruz hacia las diversas partes del mundo.
Como recuerdo de la ceremonia, los peregrinos se llevaban una pequeña redoma con aceite que había tocado a la Santa Cruz.
Esta ceremonia fue tomando cada vez mayor importancia, de modo que en el siglo VI los recuerdos de la Invención de la Cruz y de la Dedicación del Gólgota quedaron en segundo plano.
+++
Los fragmentos del sagrado madero se iban repartiendo por el mundo y a la vez se extendía por las Iglesias cristianas la ceremonia de la Exaltación.
Constantinopla aceptó la fiesta en 612, en tiempo del emperador Heraclio. En Roma se introdujo la fiesta a lo largo del siglo VII.
Por los días del Papa Sergio (+ 701), el 14 de septiembre se renovaba en Letrán la adoración de la Cruz que se hacía el Viernes Santo. Para esta ceremonia, los antiguos Sacramentarlos
han conservado una oración «ad crucem salutandam».
Pero este efímero rito desapareció luego de los usos romanos; la oración es lo único que se ha conservado en las colecciones de devoción privada.
En nuestros días, la adoración de la Cruz del 14 de septiembre ya no se practica más que en los monasterios y en algunas Iglesias.
+++
En el correr de los siglos, un acontecimiento realzó de modo singular el esplendor de la fiesta de la Exaltación.
El 614 los Persas tomaron Jerusalén y la pasaron a sangre y fuego. A continuación de las victorias del piadoso emperador Heraclio, se restauró la Ciudad Santa, y Heraclio consignó la restitución de la Santa Cruz que los invasores habían llevado a Tesifonte.
El 21 de marzo de 630, la Cruz fue nuevamente erigida en la Iglesia del Santo Sepulcro, y el 14 de septiembre siguiente se volvió a desarrollar la ceremonia de la Exaltación.
Según nos enseñan el Martirologio Romano y la lección de los Maitines, la Iglesia de occidente celebra en este día la veneración a las reliquias de la Cruz de Cristo en Jerusalén, después de que el emperador Heraclio las recuperó de manos de los persas que se las habían llevado quince años antes.
De acuerdo con la historia, al recuperar el madero precioso, el Emperador quiso cargar una cruz, como había hecho Cristo, a través de la ciudad, con toda la pompa posible.
Pero, tan pronto como el Emperador, con el madero al hombro, trató de entrar al recinto sagrado del Calvario, no pudo hacerlo y quedó como paralizado incapaz de dar un paso.
El Patriarca Zacarías, que iba a su lado, le indicó que todo aquel esplendor imperial iba en desacuerdo con el aspecto humilde y doloroso de Cristo cuando iba cargado con la Cruz por las calles de Jerusalén.
Entonces, el Emperador se despojó de su manto de púrpura, se quitó la corona y, con simples vestiduras, descalzo, avanzó sin dificultad seguido por todo el pueblo, hasta dejar la cruz en el sitio donde antes se la veneraba la verdadera, cuyos fragmentos se encontraban en el cofre de plata dentro del cual se los habían llevado los persas.
Cuando el Patriarca y los clérigos abrieron el cofre, todos veneraron las reliquias con mucho fervor.
Por aquel entonces, la ceremonia revistió gran solemnidad: se hicieron acciones de gracias y las reliquias se sacaron para que los fieles pudiesen besarlas y, se afirma, que en aquella ocasión, muchos enfermos quedaron sanos.
+++
En las Oraciones Universales del Viernes Santo, la Iglesia reza incluso por los herejes, los cismáticos, los pérfidos judíos y los paganos o infieles. Es decir, Ella extiende su caridad a todos los habitantes de la tierra, y pide por ellos toda la efusión de la Sangre divina.
Inmediatamente la Iglesia se dirige a sus hijos y, emocionada por las humillaciones a las que fue expuesto su Divino Esposo, los invita a expiar y reparar, dirigiendo sus homenaje a esta Cruz, hasta ese día infame y a partir de entonces sagrada.
Para el judío, la Cruz es un objeto de escándalo; para el gentil, un monumento a la locura; nosotros, los cristianos, la veneramos como el trofeo de la victoria del Hijo de Dios y el instrumento de la salvación de los hombres.
Por lo tanto, debe recibir nuestra adoración por el honor que se ha dignado atribuirle el Hijo de Dios al regarla con su Sangre y al asociarla a la obra de nuestra redención.
Ningún día, ninguna hora en el año, está más indicado para presentarle nuestros deberes humildes de adoración.
Recordemos que el celebrante desprende la parte del velo que cubre la parte superior de la Cruz y la descubre hasta el transepto. La eleva un poco y canta en un tono bajo estas palabras: Ecce lignum Crucis; in quo salus mundi pependit.
Entonces toda la asistencia cae de rodillas, y adora mientras canta: Venite adoremus.
Esta primera exposición, en voz baja y como aparte, representa la primera predicación de la Cruz, que los Apóstoles hicieron entre ellos, no habiendo recibido aún el Espíritu Santo, y no pudiendo hablar del misterio de la redención sino con los discípulos de Jesús, por temor de excitar la atención de los judíos.
Es por eso que el sacerdote eleva mediocremente la Cruz.
El sacerdote sube sobre el primer escalón del altar y desvela el brazo derecho de la Cruz; y muestra el signo de la salvación, elevándolo un poco más que la primera vez, y canta con más fuerza: Ecce lignum Crucis; in quo salus mundi pependit.
Entonces toda la asistencia cae de rodillas, y adora mientras canta: Venite adoremus.
Esta segunda ostentación, que se desarrolla con más brillo que la primera, es la predicación del misterio de la Cruz a los judíos, cuando los Apóstoles, después de la venida del Espíritu Santo, sentaron las bases de la Iglesia frente a la Sinagoga y condujeron las primicias de Israel a los pies del Redentor.
Finalmente, el sacerdote sube al tercer escalón y en el centro del altar descubre el brazo izquierdo de la Cruz; luego la eleva aún más y termina de quitar el velo. Enseguida canta con triunfo y con un tono más brillante: Ecce lignum Crucis; in quo salus mundi pependit.
Entonces toda la asistencia cae de rodillas, y adora mientras canta: Venite adoremus.
Esta última revelación tan solemne simboliza la predicación del misterio de la Cruz en el mundo entero, cuando los Apóstoles, rechazados por la nación judía, convierten a los Gentiles y anuncian al Dios crucificado hasta más allá de los límites del Imperio Romano.
De ahora en más, la Cruz, que acaba de ser adorada solemnemente, no será velada; esperará sin velo sobre el Altar la hora de la Resurrección gloriosa del Mesías.
+++
El Viernes Santo tiene lugar, pues, la exposición, la ostentación y adoración de la Santa Cruz.
La santa Iglesia no se limita a exponer en este momento a los ojos de sus hijos la Cruz que los salvó, sino que los invita a adorarla y a imprimir respetuosamente sus labios sobre el instrumento de la redención.
Los cantos que acompañan la adoración de la Cruz son de gran belleza. En primer lugar están los Improperios o reproches que el Mesías hace a los judíos.
Los tres primeros versos de este himno quejumbroso son entrecortados por el canto del Trisagio, o rezo al Dios tres veces Santo, para glorificar su inmortalidad en este momento donde Él se digna, como un hombre, sufrir la muerte por nosotros.
El resto de este hermoso canto tiene un profundo sentido dramático. Cristo recuerda todos los ultrajes de que ha sido objeto por parte de los judíos y compara los beneficios ha derramado sobre esta nación ingrata.
Es bueno y saludable recordar todas las gracias que hemos recibido en nuestra vida, desde la concepción hasta el día de hoy, tanto en el orden natural como en el sobrenatural… Y luego compararlas con nuestras negligencias, ofensas y pecados…
A los Improperios sigue una antífona solemne, en la cual a la memoria de la Cruz se une el recuerdo de la Resurrección, para la gloria de Nuestro divino Redentor:
Adoramos, Señor, tu Cruz, y ensalzamos y glorificamos tu santa Resurrección, porque es a través de la Cruz que vino el gozo al universo mundo.
Se termina con el magnífico Pange lingua gloriosi (Canta la voz la corona del combate glorioso: cómo en la Cruz venció inmolado el Redentor del mundo) intercalando la antífona Crux fidelis:
¡Oh Cruz fiel!, el más noble entre todos los árboles. Ningún bosque produjo otro igual: ni en hoja, ni en flor ni en fruto. ¡Oh dulce leño, dulces clavos que sostuvieron tan dulce peso!
+++
Ya que uno de los ritos de la Fiesta de este día fue durante largo tiempo la adoración de la Cruz, transcribo la oración que San Anselmo compuso para la ceremonia de la adoración del Viernes Santo:
¡Oh Cruz Santa, cuya vista nos recuerda aquella otra Cruz sobre la cual Nuestro Señor Jesucristo, con su propia muerte, nos libró de la muerte eterna, a la que miserablemente nos lanzábamos, y por la cual nos resucitó a la vida eterna que habíamos perdido por el pecado; adoro, venero y glorifico en Ti aquella Cruz que representas y, en Ella, al Señor misericordioso que por medio de Ella realizó su obra de misericordia!
¡Oh Cruz amable, donde están nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección!
¡Oh madero precioso por quien fuimos libertados y salvados!
¡Oh símbolo con que fuimos sellados para Dios!
¡Oh Cruz gloriosa en quien únicamente debemos gloriarnos!
Y ¿cómo Te alabaremos? ¿De qué modo Te ensalzaremos? ¿Con qué corazón Te rogaremos? ¿Con qué gusto me gloriaré en Ti?
Por Ti queda cerrado el infierno para todos los que fueron rescatados por Ti. Los demonios por Ti están amedrentados, reprimidos, vencidos, aplastados. El mundo por Ti se renueva y hermosea, gracias a la verdad que brilla con esplendidez y a la justicia que en él reina.
Por Ti es justificada la naturaleza humana, pecadora; condenada, se salva; esclava del pecado y del infierno, consigue la libertad; muerta, vuelve a la vida.
Por Ti se restaura y perfecciona esta ciudad bienaventurada del cielo.
Por Ti el Hijo de Dios quiso ser obediente a su Padre hasta la muerte para bien nuestro; por eso, puesto en la Cruz, recibió un nombre que está por encima de todo nombre.
Por Ti preparó su trono y restableció su reino.
En Ti esté y de Ti proceda mi gloria, por Ti y en Ti esté mi verdadera esperanza. Por Ti queden borrados mis pecados; muera por Ti mi alma a la vida vieja y resucite a una nueva vida de justicia.
Concédeme, Te ruego, que, lavado ya en el bautismo de los pecados en que fui concebido y nací, me purifiques de nuevo de los que he contraído después de nacer a esta segunda vida; de esa manera llegaré por Ti a los bienes para los que fue creado el hombre, gracias al mismo Jesucristo, Nuestro Señor, el cual sea bendito por todos los siglos. Así sea.
