P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA DOCE DE PENTECOSTÉS

Sermones-Ceriani

DUODÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Nuestro Señor Jesucristo, volviéndose hacia sus discípulos en particular, dijo: ¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Os aseguro que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.

Estas extraordinarias palabras de Nuestro Señor Jesucristo, dirigidas a sus discípulos, fueron pronunciadas al regreso de la primera misión de los mismos.

En efecto, los Evangelistas nos refieren que el Señor designó setenta y dos discípulos, y los envió, de dos en dos, delante de Él a toda ciudad o lugar, adonde Él mismo quería ir.

Terminada su misión, los setenta y dos volvieron y le dijeron, llenos de gozo: Señor, hasta los demonios se nos sujetan en tu nombre.

En aquella hora, Jesucristo se estremeció de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mantenido estas cosas escondidas a los sabios y a los prudentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te plugo a Ti. Por mi Padre me ha sido dado todo, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo.

Y fue recién, en ese momento, cuando, volviéndose hacia sus discípulos en particular, les dijo: ¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Os aseguro que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.

+++

Antes de comentarlo, releamos todo este pasaje, de trascendental importancia:

Los setenta y dos discípulos volvieron y le dijeron llenos de gozo: Señor, hasta los demonios se nos sujetan en tu nombre. Les dijo: Yo veía a Satanás caer como un relámpago del cielo. Mirad que os he dado potestad de caminar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, y nada os dañará. Sin embargo no habéis de gozaros en esto de que los demonios se os sujetan, sino gozaos de que vuestros nombres están escritos en el cielo.

En aquella hora se estremeció de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mantenido estas cosas escondidas a los sabios y a los prudentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te plugo a Ti. Por mi Padre me ha sido dado todo, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quien es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo.

Y volviéndose hacia sus discípulos en particular, dijo: ¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Os aseguro: muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.

+++

Este fragmento contiene una de las páginas más delicadas y profundas del Evangelio; a través de ella se vislumbran los abismos del Corazón de Jesús.

Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mantenido estas cosas escondidas a los sabios y a los prudentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te plugo a Ti.

Primero se destacan los apelativos con que trata a su Padre; que revelan la reverencia y santa efusión del alma de Jesús.

Luego, esas terribles palabras que deben infundir un santo temor: Porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes…; porque no has querido manifestar los misterios de la redención cristiana a quienes han recibido con indiferencia mi predicación, los sabios según la carne, los orgullosos, los sagaces y prudentes, según el mundo…

Otro motivo de la exultación de Jesús es que el providentísimo y omnipotente Padre y Señor del mundo ha manifestado los misterios de su Reino a los infantes, símbolo de los Apóstoles y discípulos, sinceros, sencillos, humildes.

Y se reafirma Jesús en lo que ha dicho: Sí, Padre, te alabo y doy gracias, porque así fue de tu agrado; me identifico con tu voluntad, que ha querido fuese así.

Dicho esto, Jesús entra dentro de sí, y habla como en un monólogo, en que manifiesta sus relaciones con el Padre: Mi padre puso en mis manos todas las cosas. Es una afirmación del señorío y omnipotencia del Hijo de Dios: lo recibe del Padre por transmisión natural de su generación eterna.

Infinito en poder, lo es Jesús en sabiduría; sólo la inteligencia infinita del Padre puede comprenderle: Y nadie conoce al Hijo, sino el Padre; y a su vez, no hay inteligencia sino la suya que pueda comprender al Padre; ambos tienen la misma naturaleza; Ni conoce ninguno al Padre, sino el Hijo.

Pero Éste, con la misma voluntad con que lo quiere el Padre puede adoctrinar sobre el Padre a quien quisiere:, porque es el único mediador entre el Padre y los hombres.

+++

Este magnífico relato cobra mayor importancia y relieve en los días de apostasía que nos tocan vivir.

Consultemos a los Santos Padres y Doctores de la Iglesia; saboreemos sus enseñanzas y profundicemos con ellos estas palabras de vida eterna.

San Ireneo, en su Tratado contra las herejías, explica como el Padre es conocido por la manifestación del Hijo:

Nadie puede conocer al Padre sin el Verbo de Dios, esto es, si no se lo revela el Hijo; ni conocer al Hijo sin el beneplácito del Padre.

El Hijo es quien cumple este beneplácito del Padre; el Padre, en efecto, envía, mientras que el Hijo es enviado y viene.

Y el Padre, aunque invisible e inconmensurable por lo que a nosotros respecta, es conocido por su Verbo, y, aunque inexplicable, el mismo Verbo nos lo ha expresado.

Recíprocamente, sólo el Padre conoce a su Verbo; así nos lo ha enseñado el Señor. Y, por esto, el Hijo nos revela el conocimiento del Padre por la manifestación de sí mismo, ya que el Padre es conocido por la manifestación del Hijo: todo es manifestado por obra del Verbo.

Para esto el Padre reveló al Hijo, para darse a conocer a todos a través de Él, y para que todos los que creyesen en Él mereciesen ser recibidos en la incorrupción y en el lugar del eterno consuelo, porque creer en Él es hacer su voluntad.

Ya por el mismo hecho de la creación, el Verbo revela a Dios creador; por el hecho de la existencia del mundo, al Señor que lo ha fabricado; por la materia modelada, al Artífice que la ha modelado y, a través del Hijo, al Padre que lo ha engendrado.

Sobre esto hablan todos de manera semejante, pero no todos creen de manera semejante.

También el Verbo se anunciaba a sí mismo y al Padre a través de la Ley y de los Profetas; y todo el pueblo lo oyó de manera semejante, pero no todos creyeron de manera semejante.

Y el Padre se mostró a sí mismo, hecho visible y palpable en la Persona del Verbo, aunque no todos creyeron por igual en Él; sin embargo, todos vieron al Padre en la Persona del Hijo, pues la realidad invisible que veían en el Hijo era el Padre, y la realidad visible en la que veían al Padre era el Hijo.

El Hijo, pues, cumpliendo la voluntad del Padre, lleva a la perfección todas las cosas desde el principio hasta el fin, y sin Él nadie puede conocer a Dios.

El conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo está en poder del Padre; y nos lo comunica por el Hijo.

En este sentido decía el Señor: Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Las palabras se lo quiera revelar no tienen sólo un sentido futuro, como si el Verbo hubiese empezado a manifestar al Padre al nacer de María, sino que tienen un sentido general, que se aplica a todo tiempo.

En efecto, el Padre es revelado por el Hijo, presente ya desde el comienzo en la creación, a quienes quiere el Padre, cuando quiere y como quiere el Padre.

Y, por esto, en todas las cosas y a través de todas las cosas, hay un solo Dios Padre, un solo Verbo, el Hijo, y un solo Espíritu, como hay también una sola salvación para todos los que creen en Él.

+++

San Beda, el Venerable, dice: Da, pues, gracias de haber revelado los misterios de su advenimiento a los Apóstoles, como párvulos, mientras que los escribas y fariseos, que se creían sabios y se miraban como prudentes, los ignoraron.

A los sabios y a los prudentes no les opuso ignorantes e imbéciles, sino párvulos, esto es, humildes; para demostrar que condenaba la vanidad, no la penetración.

Y San Juan Crisóstomo, completa: No se alegra y da gracias porque ocultaba los misterios a los escribas y fariseos (esto en verdad no era motivo de alegría, sino de tristeza); sino que da gracias porque los pequeños conocieron lo que los sabios habían ignorado.

San Atanasio, por su parte, aclara: No entendiendo bien esto los sectarios de Arrio, deliran contra el Señor, diciendo: Si se le han dado todas las cosas (esto es, el dominio de las criaturas), hubo un tiempo en que no las tenía, y así no es consustancial al Padre. No se trata aquí, como ellos piensan, del dominio de las criaturas, sino más bien de la obra de la Encarnación, porque, después que el hombre pecó, se trastornaron todas las cosas, y el Verbo se hizo carne para restaurarlas todas. Luego le fueron dadas todas las cosas, no porque careciese de poder, sino para que, como Salvador, las enmiende todas; para que así como por el Verbo todo fue creado en el principio, así el Verbo, hecho carne, lo restaure todo en Él.

Aquí interviene San Cirilo, y enseña: Después de haber dicho que el Padre le había dado todas las cosas, se eleva a su propia gloria y excelencia, demostrando que el Padre no lo supera en nada; por lo que añade: nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo.

La capacidad de la criatura no puede comprender el modo de la sustancia divina, que supera a toda inteligencia, ni su hermosura, que está sobre toda concepción; pero la naturaleza divina conoce en sí misma lo que es. Y así el Padre, por lo que es, conoce al Hijo; y el Hijo, por lo que es, conoce al Padre, sin que intervenga diferencia alguna en cuanto a la naturaleza de la divinidad.

Nosotros creemos que es Dios; mas lo que es en su naturaleza es incomprensible.

Contra los arrianos de su tiempo…, y contra los de nuestro tiempo, dice el gran San Atanasio: Habiendo dicho esto el Señor, ya no cabe duda alguna que los arrianos se le oponen cuando dicen que el Hijo no ve al Padre. Pero se demuestra la demencia de ellos cuando dicen que el Verbo no se conoce a sí mismo; siendo así que da conocimiento a todos de quién es Él y quién es el Padre. Por eso prosigue, pues: Y aquel a quien lo quisiere revelar el Hijo»

Para que sepas que así como el Hijo revela al Padre a quienes quiere, también el Padre revela el Hijo a quienes le place. Oye al Señor que dice: Bienaventurado eres Simón, hijo de Juan, porque la carne y la sangre no te ha revelado eso, sino mi Padre que está en los cielos.

+++

Nuestro Señor llama ahora bienaventurados a sus discípulos, a quienes el Padre se da a conocer por su mediación.

Y volviéndose hacia sus discípulos en particular, dijo: ¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!

San Cirilo destaca el hecho de que Nuestro Señor se vuelve hacia sus discípulos, porque rechazando a los judíos, sordos, que llevaban la ceguera en la inteligencia y no querían ver, se daba todo entero a los que le amaban; y llama bienaventurados los ojos que ven lo que ellos veían antes que otros.

Muchos de los judíos vieron al Señor (con los ojos del cuerpo) hacer milagros y, sin embargo, no a todos convino la beatificación, porque no todos creyeron ni vieron su gloria con los ojos del alma.

Son, pues, beatificados nuestros ojos en que vemos, por medio de la fe, al divino Verbo hecho hombre por nosotros, imprimiéndonos la hermosura de su divinidad, para hacernos conformes a Él por medio de la santificación y de la justicia.

San Juan Crisóstomo trae una aclaración muy importante: Los profetas desearon ver lo que los apóstoles vieron; conocieron que vendría a los hombres y les dispensaría las gracias que les dispensó. Ninguno desea lo que no conoce; luego habían conocido al Hijo de Dios. Por lo que no dice simplemente: Quisieron verme, sino lo que vosotros veis; ni oírme, sino lo que vosotros oís. Lo habían visto, en efecto, aunque no ya encarnado, ni tratando con los hombres, ni hablándoles con tanta majestad.

Y San Beda completa la idea: Los Profetas, viéndolo a lo lejos, lo vieron en espejo y en enigma; los Apóstoles, teniendo presente al Señor y aprendiendo de Él cuanto querían, no necesitaban ser instruidos por los Ángeles ni por revelaciones de otras especies.

+++

Y llegamos al centro del misterio intratrinitario, al punto culminante de la vida misma de Dios, Uno y Trino.

San Hilario, dice: En seguida nos demuestra que, en el conocimiento del Padre y del Hijo, no hay en el Hijo cosa distinta y que sea completamente desconocida del Padre: Y ninguno conoce al Hijo, sino el Padre y ninguno conoce al Padre, sino el Hijo.

San Juan Crisóstomo, explica y completa: En el mismo hecho de no conocer nadie al Padre, sino el Hijo, nos prueba, de una manera bien clara, que es de la misma naturaleza. Como si dijera: ¿por qué ha de admirarse nadie de que yo sea Señor de todas las cosas, teniendo yo una cosa superior a todas ellas, a saber, el conocer al Padre y ser de su misma naturaleza?

San Hilario, por su parte, va al fondo del misterio: Nos enseña el mismo Salvador que la substancia del Padre y del Hijo está contenida en el conocimiento mutuo del uno y del otro. De manera, que el que conoce al Hijo, conoce también, en el Hijo, al Padre, puesto que éste entregó al Hijo todas las cosas.

+++

Descendiendo de aquellas alturas a nuestro pobre conocimiento, enseña San Jerónimo: una cosa es conocer por igualdad de naturaleza y otra por gracia de revelación.

Y San Agustín, agrega: El Padre es revelado por su Hijo, esto es, por su Verbo. Pues así como las palabras que proferimos nos revelan, de un modo temporal y transitorio, a nosotros mismos y aquello de que hablamos, ¿cuánto más la Palabra de Dios, por la que se hicieron todas las cosas? Esta Palabra nos dice lo que es el Padre, en el concepto de Padre, y así mismo qué es lo que es el Padre.

El Padre puede ser conocido, no sólo por el Hijo, sino por todos aquellos a quienes lo revelare el Hijo.

San Juan Crisóstomo, completa: Nos demuestra también que está Él tan identificado con el Padre, que es imposible llegar al Padre, sino mediante el Hijo. Y esto era lo que principalmente escandalizaba a los judíos, porque lo creían contrario a la idea de Dios; y esta creencia es la que trató de destruir por todos los medios.

+++

Ya en tiempos modernos y de apostasía, Pío XI dirá en su Documento Mit brennender sorge:

La fe en Dios no se mantendrá por mucho tiempo pura e incontaminada, si no se apoya en la fe de Jesucristo. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo. Esta es la vida eterna, que te reconozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. A nadie, por lo tanto, es lícito decir: Yo creo en Dios, y esto es suficiente para mi religión. La palabra del Salvador no deja lugar a tales escapatorias: El que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre; el que confiesa al Hijo, tiene también al Padre.

En Jesucristo, Hijo encarnado de Dios, apareció la plenitud de la revelación divina: Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo.

+++

Pera terminar, destaquemos como la Epístola de este Domingo resume todo lo dicho:

Dios nos ha hecho idóneos ministros del Nuevo Testamento, no de la letra, sino del espíritu: porque la letra mata, pero el espíritu vivifica. Porque, si el ministerio de la muerte, grabado con letras sobre piedras, fue glorioso, de tal modo que los hijos de Israel no podían mirar el rostro de Moisés, por la gloria de su cara, que había de acabar, ¿cuánto más glorioso será el ministerio del Espíritu? Porque, si el ministerio de la condenación fue tan glorioso, mucho más glorioso aún es el ministerio de la justicia.

Cuando San Pablo hizo la apología del ministerio cristiano, sus enemigos le acusaron en seguida de haber hecho orgullosamente su propia apología. Él se defiende. No reivindica para sí otro mérito sino el de haber sido el dócil instrumento de Dios.

Pues este ministerio, a pesar de lo que digan ciertos fieles de Corinto muy impresionados por las argucias de los judíos, es mayor y más glorioso que el del mismo Moisés.

Él, en efecto, trae la nueva ley, completamente llena del Espíritu de Cristo, de este Espíritu Santo vivificador y santificador, que procura que cada fiel se adentre en la familia de las tres Personas divinas.

El mensaje de Moisés, por el contrario, aunque trajo al mundo una grandísima esperanza, no era, con todo eso, sino letra muerta.

Moisés no promulgó sino ritos materiales, prohibiciones y condenaciones que no podían abrir el Cielo a nadie.

Sin duda alguna, Moisés fue asimismo un fiel instrumento de Dios. Y para dar crédito a la autoridad divina de su ministerio, Dios no le dejó nunca sin un signo visible: siempre que Moisés entraba en el tabernáculo para conversar cara a cara con Dios y recibir las órdenes de la ley antigua, salía con el semblante resplandeciente de luz, de suerte que después de haber transmitido el mensaje divino, debía cubrirse con el velo para no deslumbrar al pueblo.

Mas, fundándose en este milagro, no podría tomarse ningún argumento para ensalzar el ministerio de Moisés sobre el ministerio de los Apóstoles. Pues no se pueden medir estas dos Alianzas con la misma medida: la Nueva Alianza sobrepasa infinitamente a la Antigua, y, si bien es cierto que la gloria del ministerio apostólico es diferente de la del ministerio mosaico, con todo eso, necesariamente es mucho mayor.

Por lo demás, la gloria que resplandecía en la faz de Moisés, era de tal naturaleza que, lejos de probar la superioridad de su ministerio sobre el de los Apóstoles, por el contrario, demostraba su irremediable inferioridad.

San Pablo tiene empeño en decirlo para no dejar asidero a ninguna objeción, y esto lo hace en los versículos que siguen inmediatamente a los de la Epístola de este Domingo duodécimo.

Ciertamente que el ministerio de Moisés estaba aureolado con una luz divina tan poderosa, que debía cubrirse con un velo para no deslumbrar los ojos del pueblo. Mas este velo, recuerda San Pablo, tiene otro significado. Moisés se cubría el rostro con él, «¡para que los hijos de Israel no viesen desaparecer este resplandor pasajero!»

Así como la misma ley que promulgaba era pasajera, del mismo modo lo era la gloria que tenía por fin darle crédito: este era un resplandor precario, momentáneo.

No era sino una figura de la gloria verdadera, durable, sustancial y eterna de aquellos que habían de anunciar una Alianza que no terminará.

El ministerio cristiano no goza en este mundo de un resplandor visible; pero imita y prosigue el ministerio de Cristo en las pruebas, persecuciones y humillaciones, con el fin de conseguir la salvación del mundo.

¿No es suficiente esto, aun a pesar de las apariencias, para demostrar que es sobreabundante y eternamente glorioso?

Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mantenido estas cosas escondidas a los sabios y a los prudentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te plugo a Ti. Por mi Padre me ha sido dado todo, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo.

Y volviéndose hacia sus discípulos en particular, dijo: ¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Os aseguro: muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.