ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL P. JUAN CARLOS CERIANI – AGOSTO 2014

ESPECIALES CON P

Audios de los Especiales.

Día 1: Especial sobre la Falsa Resistencia y los Falsos profetas : DOWNLOAD

Día 2: Especial sobre la Sociedad Civil Cristiana: DOWNLOAD

NOTA: La segunda parte de este especial se dañó, haciendo imposible su reproducción.

LA SOCIEDAD CIVIL CRISTIANA

SEGÚN LA DOCTRINA DE LA IGLESIA ROMANA

Texto de enseñanza moral para la juventud

Ilmo. Sr. Dr. PEDRO SCHUMACHER

Obispo de Portoviejo

 

 

CAPÍTULO SEXTO

ENSEÑANZA SIN DIOS Y ESCUELAS ATEAS

El liberalismo, en la guerra que hace a Dios, trata de apoderarse de las escuelas y de los establecimientos de educación, y, consecuente con su principio fundamental, excluye la religión de la educación y de las materias de enseñanza pública. Su propósito es arrebatar a Dios las almas de los niños, y formar una generación nueva que prescinda de Dios y viva sin religión.

Varios gobiernos de Europa y América, entrando de lleno en este liberalismo práctico, han dispuesto que no se enseñe religión alguna en las escuelas públicas. Estas son las escuelas ateas, laicales o secularizadas. Y, a fin de obligar indirectamente a los padres de familia a que envíen sus hijos a estas escuelas irreligiosas, impiden con todos los medios posibles el establecimiento de escuelas cristianas.

No contentos con invertir exclusivamente en estas escuelas impías los fondos públicos y los dineros del pueblo, expulsan las órdenes religiosas de la enseñanza, y ellos, que se jactan de ser defensores de todas las libertades, no quieren convenir en que se enseñe libremente la religión divina a los niños.

Para dar una expresión palpable a esta guerra contra Dios en las escuelas, los liberales, dueños del poder, han ordenado alejar de los locales de enseñanza la imagen de Nuestro Adorable Salvador, y todo recuerdo religioso. Hace pocos años, el alcalde de una población de la diócesis de Grenoble en Francia, se trasladó a la escuela del lugar, acompañado de otros empleados públicos, y tomando el Santo Cristo que allí estaba fue a tirarlo a un lugar de inmundicias.

El hecho siguiente ocurrió en otra escuela dirigida por los Hermanos Cristianos. En cierta localidad de Francia se presentó una comisión que se decía encargada de remover el crucifijo de la sala de enseñanza. Tanto el maestro como los alumnos se conmovieron hasta las lágrimas al ver que les quitaban la imagen del Divino Maestro; pero la comisión procedió entre los sollozos de los niños a ejecutar su triste encargo. Pasado el hecho, los niños resolvieron colocar cada uno algún pequeño Cristo entre los libros de su mesa. Al día siguiente se presentó de nuevo la comisión perseguidora de las santas imágenes y notó que los niños habían suplido la falta del Santo Cristo; entonces se adelantó uno de la comisión, y tomando en sus manos un Cristo, preguntó a su dueño:

«¿Qué es esto?»

«No lo toque Ud., señor,» le fue contestado, «¡esto me pertenece a mí!»

Nuestro Dios, de quien nos quiere despojar el liberalismo, nos pertenece; es propiedad y sumo bien nuestro. Que el pueblo sepa defender esta su preciosa propiedad, resistiendo a planes impíos de la secta.

Para esto es necesario que el pueblo esté sólidamente instruido sobre las verdaderas tendencias del liberalismo, y sepa que sin catecismo y enseñanza religiosa no puede haber ni ciencia, ni virtud, ni civilización. Esto se probará en las cuestiones que siguen.

***

I. NECESIDAD DE LA ENSEÑANZA RELIGIOSA

PARA LA PERFECCIÓN DE LA CIENCIA

1. ¿Para qué se da enseñanza y educación a la juventud?

La enseñanza y educación que se da en las escuelas deben proponerse dos fines, a saber: 1º ilustrar y perfeccionar el entendimiento, y 2º formar el corazón de los niños con la práctica de las virtudes civiles y cristianas.

2. ¿Qué dice el liberalismo sobre esta materia?

El liberalismo sostiene que se debe excluir la religión de la enseñanza y de la educación pública, porque quiere separar al hombre de Dios desde la infancia.

3. ¿Es posible que haya verdadera y perfecta ciencia sin el conocimiento de Dios?

Pretender esto es el más grande absurdo; sin conocer a Dios, la ciencia queda trunca y se priva de la verdadera luz para caminar segura; se extravía y acaba en los más grandes y ridículos errores.

4. ¿Por qué será la ciencia imperfecta si se separa de Dios?

El propósito más noble de la ciencia, y lo que en ella proporciona al entendimiento más elevada satisfacción, es el conocimiento de la sabiduría de Dios, la cual se manifiesta y brilla en las armoniosas leyes y orden de la naturaleza.

Pero la ciencia atea, que excluye a Dios de las leyes del universo, no descubre en éstas otra cosa que una confusión y multitud de hechos, sin dar razón de su verdadero principio y fin.

Así por ejemplo: La ciencia irreligiosa no sabe decirnos nada plausible sobre el origen del universo; sólo la religión nos enseña que Dios crió el universo de la nada.

En cuanto al origen del hombre, nada sabe la ciencia atea; unos dicen que viene de los monos, otros que es tan eterno como Dios, que es el mismo Dios o parte de Él; la religión nos instruye mejor, haciéndonos saber que Dios crió al hombre según su propia imagen y semejanza.

Del mismo modo calla la ciencia irreligiosa, cuando se trata del fin del hombre; muchos ateos dicen que con la muerte se acaba todo para el hombre, porque no se diferencia de la bestia. La religión nos enseña que los justos esperan después de su vida mortal una vida más perfecta y dichosa.

Tal es la diferencia entre la ciencia cristiana y la ciencia liberal o atea.

5. Pero, ¿qué parte tiene la religión en las ciencias naturales, en la aritmética y en la geografía?

Estas ciencias, tomadas aisladamente y por sí solas no hacen al hombre mejor, ni más feliz, por cuánto pueden servir para el bien como también para el mal; pero la religión nos enseña el uso que debemos hacer de ellas, para el bien nuestro y el de nuestros semejantes.

Mas, este es el objeto principal de las escuelas: formar hombres instruidos y virtuosos. Sin religión empero no hay esta educación perfecta.

***

II. NECESIDAD DE LA ENSEÑANZA RELIGIOSA

PARA LA EDUCACIÓN DE LA JUVENTUD

1. ¿En qué consiste la educación de la juventud?

La educación consiste en formar el corazón de los educandos para la práctica de la virtud, y para dominar las pasiones inherentes a la naturaleza humana.

2. ¿Se puede enseñar a la juventud la práctica de la virtud, y el dominio sobre las pasiones sin el auxilio de la religión?

«Querer excluir a la Iglesia de la educación, dice el Sumo Pontífice León XIII, es un grande y pernicioso error. La sociedad no puede tener costumbres buenas, si se quita la religión. La verdadera maestra de la virtud, y conservadora de buenas costumbres es la Iglesia.» (Enc. Libertas).

Un poco de reflexión nos hará ver esta verdad con toda evidencia: sólo la religión tiene principios fijos y estables de moralidad, ella conserva inviolable la ley natural y los preceptos de la divina revelación.

¿Pero qué hará el liberalismo con su «Moral independiente»? Nada en ella es fijo, ni claro, y el alumno, apoyándose en esta misma moral independiente, podrá rehusar con mucha razón todos los preceptos morales que un maestro liberal le propusiere. El liberalismo no podrá decirnos siquiera qué es bueno ni qué es malo.

Pero, y esto no es de olvidarse, la Iglesia no se limita a enseñar el camino de la virtud; ella sostiene nuestros débiles pasos, nos anima y conforta con los auxilios de la vida sobrenatural. La oración y los Sacramentos de la Confesión y de la divina Eucaristía, son los principales auxilios que suministra a nuestra humana flaqueza. ¡Cuánto puede en el alma da los niños la Confesión sacramental, cuánto la santa Comunión que les comunica vida divina, pura, inmaculada!

Los padres y maestros que privan a sus hijos y educandos de estos auxilios religiosos, se privan en su delicada y difícil tarea de la asistencia de Aquél que dijo: «¡Dejad que los niños vengan a mí!» (S. Mat. 19, 14).

Justamente, pues, reclama la Iglesia para sí el derecho de enseñar y educar a la juventud en estas palabras de su Pastor supremo:

«Consta, pues, claramente que el mejor y más seguro maestro del hombre es Dios, fuente y principio de toda verdad, y también el Unigénito, que está en el seno del Padre, y es camino, verdad, vida, luz verdadera que ilumina a todo hombre, y a cuya enseñanza han de prestarse todos dócilmente, et erunt homines docibiles Dei. Pero, en punto de fe y de costumbres, hizo Dios a la Iglesia partícipe del magisterio divino, y con beneficio también divino, libre de error; por lo cual es la más alta y segura maestra de los mortales, y en ella reside el derecho inviolable a la libertad de enseñar.

Y, de hecho, sustentándose la Iglesia con la doctrina recibida del cielo, nada ha antepuesto al cumplimiento exacto del encargo que Dios le ha confiado; y más fuerte que las dificultades que por todas partes la rodean, no ha aflojado un punto en defender la libertad de su magisterio» (Enc. Libertas).

3. ¿Qué pretextos alega el liberalismo para excluir la religión de la ciencia?

El liberalismo pretende falsamente que la religión está en oposición con la ciencia y los progresos de la Civilización.

4. ¿Puede suceder alguna vez, que la verdadera ciencia pugne con la revelación divina?

Esto es imposible: pues cuando algún sabio se forma un parecer u opinión que pugne con la revelación divina, debe saber de antemano que se ha equivocado, porque Dios es el que sabe más, y no puede errar.

«Como la razón claramente enseña que entre las verdades reveladas y las naturales no puede darse oposición verdadera, de modo que cuanto a aquellas se oponga ha de ser por fuerza falso, por lo mismo dista tanto el magisterio de la Iglesia de poner obstáculos al deseo de saber y al adelanto en las ciencias, o retardar de algún modo el progreso y cultura de las letras, que antes les ofrece abundantes luces y segura tutela. Por la misma causa es de no escaso provecho a la misma perfección de la libertad humana; puesto que es sentencia de Jesucristo, Salvador nuestro, que el hombre se hace libre por la verdad» (Enc. Libertas).

5. ¿Qué se entiende por civilización?

Civilización es el estado de cultura y adelanto de un pueblo instruido, de buenas costumbres, y amante del bien público.

6. ¿Tendrá razón el liberalismo cuando acusa a la Iglesia de ser un obstáculo a la civilización?

Esta acusación es del todo contraria a la razón y a los hechos; pues sólo los pueblos cristianos han alcanzado verdadera civilización, y estos mismos pueblos la pierden cada vez que se alejan de los principios cristianos para seguir los del liberalismo.

7. ¿Cuál es pues el verdadero enemigo de la civilización?

El verdadero enemigo de la civilización es el liberalismo; así lo prueba evidentemente la historia de las revoluciones modernas, provocadas e inspiradas por esta secta. Más en particular resalta esto de la historia de la grande revolución de Francia, que fue provocada y dirigida por las doctrinas liberales. Y, como el árbol se conoce por los frutos, conviene estudiar la naturaleza del liberalismo por las obras que llevó a cabo entonces.

CAPITULO SÉPTIMO

DE LA IMPRENTA LIBRE

O

LIBERTAD DE IMPRENTA

¿Es conveniente que la imprenta sea libre?

La respuesta a esta pregunta depende del sentido que demos a la palabra «libre»; si la entendemos en el sentido cristiano, la imprenta libre será un medio poderoso para todo bien; si la tomamos al contrario en el sentido del liberalismo, la libertad de imprenta causará males sin número.

I. LIBERTAD DE IMPRENTA

CUAL LA PIDE EL LIBERALISMO

1. ¿Qué entiende el liberalismo por libertad de imprenta?

Por libertad de imprenta entiende el liberalismo lo que expresan los llamados «derechos del hombre», a saber: el derecho para cada uno de expresar libremente sus pensamientos por la prensa.

2. ¿Puede admitirse semejante libertad?

De ninguna manera: esto ya no sería libertad, sino inmoralidad. No puede ciertamente haber derecho para expresar pensamientos injuriosos a Dios o contrarios a la verdad y a la justicia.

3. ¿Cómo es posible que el liberalismo proclame una doctrina tan evidentemente opuesta al derecho natural?

Esto se explica fácilmente, cuando recordamos que el liberalismo, con negar los derechos de Dios sobre el hombre, pretende en realidad que el hombre sea su propia ley.

En esto viene a parar la «moral independiente» del liberalismo.

4. ¿Cuáles son los efectos que produce esta libertad de imprenta proclamada por el liberalismo?

Los efectos de esta falsa libertad no pueden ser más perniciosos; he aquí los principales:

1º Esta falsa libertad ataca la autoridad de Dios, y niega las verdades de la divina revelación.

2º Destruye toda moral por su pretensión de mentir y calumniar libremente.

3º Es un semillero de revoluciones contra la autoridad pública, y de enemistades entre las familias y los particulares.

5. ¿Puede la autoridad pública tolerar que se enseñe y que se ponga por obra semejante libertad de imprenta?

Como el deber de los gobiernos es velar por el bien común y la conservación de la sociedad, no debe ni puede tolerar que se enseñe y practique una doctrina que destruye el orden público.

Los magistrados como ministros de Dios deben en conciencia velar para que su ley sea respetada; esta ley es el decálogo.

COROLARIO

De lo dicho se sigue que los magistrados deben perseguir y castigar, como a enemigos de la sociedad, los periódicos que aplican «las ideas liberales», en los casos siguientes:

1º Los que atacan las verdades naturales que son el fundamento de la religión y de la moral, y que la sola razón demuestra; tales son: la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, la providencia de Dios etc.

2º Si predican el derecho de revolución contra la autoridad legítima.

3º Si los periódicos se empeñan en desacreditar la autoridad religiosa o política como tal, pues esto es trabajar por la ruina de la sociedad.

4º Si publican escritos deshonestos.

5º La autoridad pública no debe tolerar las publicaciones que se ocupan en divulgar calumnias e injurias entre particulares las cuales el público no debe saber, porque causan rencores y provocan venganzas y crímenes.

6. ¿Pueden los magistrados en virtud de su propia autoridad perseguir a los que atacan las verdades reveladas?

Lo pueden ciertamente respecto de los católicos, cuando la Iglesia ha hablado claramente; pues todo católico sabe que no puede negar sin culpa los dogmas que la Iglesia enseña; pero, si existe alguna duda sobre la, enseñanza de la Iglesia, los magistrados no deben proceder contra los escritos irreligiosos, sino cuando la Iglesia pide su apoyo.

Observación. Si bien es claro y evidente que la autoridad pública debe reprimir a la prensa abusiva, por medio de la ley y del castigo legal, sin embargo, es necesario advertir que no se debe esperar todo de la sola ley.

Muchas veces ha sucedido que la prohibición pública de libros o escritos malos fue un incentivo para que tuvieran mayor circulación. Para combatir eficazmente a la prensa mala, es necesario apelar a la conciencia de los ciudadanos; éstos deben comprender y persuadirse íntimamente que la prensa mala merece su desprecio; que apoyarla directa o indirectamente, es no solamente favorecer a los enemigos del bien común, sino hacerse mal a sí mismo.

Si todos los ciudadanos buenos y rectos retiraran su apoyo a las publicaciones malas, los escritores y los redactores se verían obligados a respetar los fueros de la verdad y de la justicia.

***

II. LIBERTAD DE IMPRENTA EN EL SENTIDO CATÓLICO

Los principios que aclaran esta materia, se hallan expresados en las siguientes palabras del Papa León XIII:

«Volvamos ahora un tanto la atención hacia la libertad de hablar y de imprimir cuanto place. Apenas es necesario negar el derecho a semejante libertad cuando se ejerce, no con alguna templanza, sino traspasando toda moderación y límite. El derecho es una facultad moral que, como hemos dicho y conviene repetir mucho, es absurdo el suponer que haya sido concedido por la naturaleza de igual modo a la verdad y al error, a la honestidad y a la torpeza. Hay derecho para propagar en la sociedad libre y prudentemente lo verdadero y lo honesto, para que se extienda al mayor número posible su beneficio; pero en cuanto a las opiniones falsas, pestilencia la más mortífera del entendimiento, y en cuanto a los vicios, que corrompen el alma y las costumbres, es justo que la pública autoridad los cohíba con diligencia para que no vayan cundiendo insensiblemente en daño de la misma sociedad. Y las maldades de los ingenios licenciosos, que redundan en opresión de la multitud ignorante, no han de ser menos reprimidas por la autoridad de las leyes que cualquiera injusticia cometida por fuerza contra los débiles. Tanto más, cuanto que la inmensa mayoría de los ciudadanos no puede de modo alguno, o puede con suma dificultad, precaver esos engaños y artificios dialécticos, singularmente cuando halagan las pasiones. Si a todos es permitido esa licencia ilimitada de hablar y escribir, nada será ya sagrado e inviolable, ni aun se perdonará a aquellos grandes principios naturales tan llenos de verdad, y que forman como el patrimonio común y juntamente nobilísimo del género humano. Oculta así la verdad en las tinieblas, casi sin sentirse, como muchas veces sucede, fácilmente se enseñoreará de las opiniones humanas el error pernicioso y múltiple. Con lo cual recibe tanta ventaja la licencia como detrimento la libertad, que será tanto mayor y más segura cuanto mayores fueren los desenfrenos de la licencia.» (Enc. Libertas).

1. ¿Por qué principio se rige la libertad de imprenta según el sentido católico?

La imprenta católica se rige por los preceptos del decálogo, que nos impone el deber de religión hacia Dios y el de amar al prójimo, prohibiéndonos expresamente: «levantar falso testimonio o mentir».

2. ¿Tiene la libertad de imprenta por consiguiente su restricción?

Por lo mismo que el hombre debe sujetarse a Dios, y porque Dios es la verdad y la bondad, no es permitido publicar nada que sea contrario a estos divinos atributos.

3. ¿No es permitido alguna vez publicar lo que es deshonroso para el prójimo?

Esto es permitido en el único caso de que sea necesario para el bien común y público, como sucede en los casos siguientes:

1º Cuando la religión está amenazada por los manejos ocultos de los adversarios.

2º Cuando la patria o el bien común estén amenazados, y no se pueda evitar el daño de otra manera sino haciendo conocer a los enemigos.

4. ¿Es permitido a la prensa católica examinar y censurar los actos del gobierno civil?

Nada se opone en el orden moral a esta censura, si se contiene en los límites de la equidad. Tal es el carácter de los gobiernos populares, que el pueblo manifieste libremente sus deseos y necesidades, y con justicia; pues aun cuando los magistrados sean los ministros de Dios, son hombres que deben instruirse para administrar con acierto. Conviene además que la posición elevada en la cual se ven expuestos a la vista del pueblo, que observa su conducta, sirva para apartarles de toda injusticia y animarles para el bien.

Dos principios deben dirigir principalmente esta censura:

1º Que no se falte a la verdad, evitando de publicar hechos deshonrosos para los empleados públicos, cuando no hay plena constancia de ellos.

2º Moderar las exigencias, pues no todo lo bueno es posible, ni se puede contentar a todos.

Estos son los grandes bienes que puede producir una recta libertad de imprenta; pero para esto es necesario que la prensa esté en manos de hombres instruidos y firmes en los principios de la moral cristiana.

La multitud de periódicos escritos sin criterio, los muchos redactores sin conciencia, capacidad, religión y moralidad, han llegado a ser casi un azote público. No respetan la ciencia que ignoran, ni la autoridad que vilipendian, ni retroceden ante ninguna insinuación calumniosa. Aceptan generalmente todo remitido si es pagado y, sin averiguar la verdad de lo que contiene, lo publican con la seguridad de quedar impunes.

Todos sienten y se quejan de esta tiranía de la prensa, consecuencia también del principio liberal.

Reproducimos aquí lo que sobre esta materia hemos dicho en nuestra Novena Carta Pastoral:

«Hombres eminentes por su ilustración y talento han comenzado a señalar los daños intelectuales y morales que va causando el periodismo de nuestros tiempos; se lamentan con razón de que redactores improvisados y de conocida insuficiencia, se constituyan en maestros, y contribuyan con su ignorancia a difundir el error y favorecer esa cultura superficial tan perniciosa en sus resultados.

La facilidad con que acogen y propalan toda noticia inexacta, toda censura o crítica apasionada, y no pocas veces calumniosa, fomenta discordias civiles y domésticas a trueque de una sórdida ganancia.

Un escritor conocido (el Sr. D. Marcelino Menéndez y Pelayo, individuo de número de la Real Academia Española) llama por esto al periodismo ‘eterno incitador de rencores y miserias, obra anónima y tumultuaria, en que se pierde la gloria y hasta el ingenio de los que en ella trabajan’.

Y más duro aún es el juicio de un periódico de Madrid, ‘El Liberal’, que propone la pregunta: ‘¿La prensa en el actual estado, es un bien o un mal para la sociedad moderna?’ y responde afirmando que es un gravísimo mal: ‘Los periódicos de información, dice, son verdaderos agentes de perversión pública.’

Pero más que todo esto, valga el severo anatema del Romano Pontífice que dice así: ‘No se engañaría mucho quien intentase atribuir principalmente a la prensa malvada todos los males y la deplorable condición de las cosas, a la cual hemos llegado actualmente.'»

5. ¿Puede la prensa discutir y censurar la administración de los pastores de la Iglesia, como lo puede respecto de la autoridad civil?

No lo puede en manera alguna, pues el gobierno de la Iglesia no es republicano, sino monárquico. Los periodistas no tienen ciencia ni autoridad o misión para juzgar a la administración eclesiástica.

«De ninguna manera puede tolerarse, dice el Papa León XIII, que seglares que profesan la religión católica, lleguen hasta arrogarse descaradamente, en las columnas de un periódico, el derecho de denunciar y criticar con la mayor licencia a toda clase de personas, sin exceptuar a los Obispos, y que imaginen que es lícito sostener en todas materias, salvo en lo concerniente a la fe, las opiniones que se les antojen, y juzgar a todos según su capricho.» (Carta al Arzob. de Tours).

6. ¿Puede la prensa publicar artículos sobre la fe o religión católica?

Lo puede, pero bajo la dirección de la Iglesia. Jesucristo no encargó la predicación del Evangelio a los publicistas o periodistas, sino a los pastores de la Iglesia.

Los mismos sacerdotes no pueden publicar nada sobre las cuestiones de la religión, sin la previa aprobación de su Obispo, mucho menos los seglares.

De aquí se sigue que los publicistas católicos, cuando desean publicar artículos religiosos, deben hacerlos examinar por la autoridad eclesiástica, o contentarse con tomar la materia de autores aprobados por la Iglesia.

Con todo, las circunstancias pueden exigir a veces que los escritores contesten sin dilación a las impiedades de la prensa mala, sin poder entenderse previamente con la autoridad eclesiástica; en semejantes casos deben contentarse con rechazar los hechos falsos que los adversarios hubieren propalado, y exponer las enseñanzas católicas conocidas, sin entrar en cuestiones arduas o delicadas.

Cuando el pueblo o los particulares quieren manifestar sus deseos a la autoridad espiritual, no deben valerse de los periódicos para hacerlo.

«El cargo de predicar, esto es, de enseñar, por derecho divino, compete a los maestros, a los que el Espíritu Santo ha instituido Obispos para gobernar la Iglesia de Dios (Act. 20, 28), y principalmente al Pontífice Romano, Vicario de Jesucristo, puesto al frente de la Iglesia universal con potestad suma, como maestro de lo que se ha de creer y obrar. Sin embargo, nadie crea que se prohíbe a los particulares poner en uso algo de su parte, sobre todo a los que Dios concedió buen ingenio y deseo de hacer bien, y que, cuando el caso lo exija, puedan fácilmente, no ya arrogarse el cargo de doctor, pero sí comunicar a los demás lo que ellos han recibido, siendo así como el eco de la voz de los maestros. Antes bien, a los Padres del Concilio Vaticano les pareció tan oportuna y fructuosa la colaboración de los particulares, que hasta juzgaron deber exigírsela: A todos los fieles, en especial a los que mandan o tienen cargo de enseñar, suplicamos encarecidamente por las entrañas de Jesucristo, y aun les mandamos con la autoridad del mismo Dios y Salvador nuestro, que trabajen con empeño y cuidado en alejar y desterrar de la Santa Iglesia estos errores y manifestar la luz purísima de la fe (Const. Dei Filius, sub fin).

Por lo demás, acuérdese cada uno de que puede y debe sembrar la fe católica con la autoridad del ejemplo, y predicarla profesándola con tesón. Por consiguiente, entre los deberes que nos juntan con Dios y con la Iglesia, se ha de contar entre los principales ese de que cada cual se industrie y trabaje en la propagación de la verdad cristiana y repulsión de los errores.» (Enc. Sapientiae christianae).

CAPÍTULO OCTAVO

DE LA FAMILIA O SOCIEDAD DOMÉSTICA

I. DE LA FAMILIA CRISTIANA

1. ¿Quién instituyó la familia o sociedad doméstica?

Dios instituyó la familia.

2. ¿Cómo se prueba que Dios es el autor de la familia?

Dios dispuso y bendijo la unión de los esposos desde el principio, y Jesucristo, autor de los sacramentos de la ley nueva, santificó esta unión y la elevó a la dignidad de sacramento.

Dijo el Señor Dios: «No es bueno que el hombre esté solo, hagámosle ayuda semejante a él.» Por tanto el Señor Dios hizo caer sobre Adán un profundo sueño… y de la costilla que sacó de Adán, formó el Señor Dios una mujer: la cual presentó a Adán. Y dijo Adán: «Esto es hueso de mis huesos y carne de mi carne… por cuya causa dejará el hombre a su padre y a su madre y estará unido a su mujer.» (Gen. 2, 18 sgs.).

Jesucristo, explicando las palabras que preceden, declaró esta unión de los esposos sagrada e indisoluble, como formada por el mismo Dios. Todo lo cual expresan terminantemente estas palabras del Divino Maestro: «Lo que Dios ha unido, no lo desuna el hombre.»

Reproducimos aquí toda la instrucción que el Señor dio en aquella ocasión, en que los judíos le preguntaron sobre si era lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo.

Jesús en respuesta les dijo: ¿No habéis leído que Aquél que al principio crió al linaje humano, crió un hombre y una mujer y dijo: Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, y estará unido a su mujer? Lo que Dios, pues, ha unido, no lo desuna el hombre.

Pero ¿por qué, replicaron ellos, mandó Moisés dar libelo de repudio y despedirla?

Díjoles Jesús: A causa de la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; mas desde el principio no fue así. Así, pues, os declaro que cualquiera que despidiere a su mujer, sino en caso de adulterio, y se casare con otra, este tal comete adulterio, y que quien se casare con la divorciada, también lo comete. (San Mateo. 19, 3 sgs.).

Finalmente, el apóstol San Pablo declara que esta unión matrimonial es uno de los siete sacramentos instituidos por Nuestro Señor para la santificación del pueblo cristiano. He aquí las palabras del apóstol: «Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se juntará con su mujer. ¡Sacramento es este grande! Yo lo digo en Cristo y en la Iglesia.» (Ef. 5).

3. ¿Qué es por consiguiente el matrimonio cristiano?

El matrimonio es un sacramento instituido por Jesucristo para santificar a los esposos, y para ayudarles a cumplir con los deberes de su estado, particularmente en la educación de los hijos.

4. ¿Qué bienes confirió Nuestro Señor al matrimonio cuando lo elevó a la dignidad de sacramento?

Muchos y muy grandes; los principales son:

1º Dios retiró el matrimonio de las manos de la autoridad civil para confiarlo a la Iglesia nuestra bondadosa Madre, pues, como sacramento pertenece exclusivamente a ella.

2º Dios bendice a los esposos, y les ayuda con la gracia sacramental, para que se amen en verdad, se guarden mutua fidelidad, y se ayuden en los trabajos de la vida.

5. ¿Qué cosas enseña el liberalismo respecto del matrimonio?

Fiel en su principio de excluir a Dios de toda la vida humana, el liberalismo nos dice:

1º Que el matrimonio no es un sacramento; que es un contrato como cualquier otro, y que puede disolverse y romperse cuando los esposos lo quieren.

2º Que el matrimonio, una vez que no es sacramento, debe celebrarse ante el magistrado civil, y no en presencia del ministro de la Iglesia.

6. ¿Cómo llaman los liberales esta unión puramente profana?

La llaman «matrimonio civil».

7. ¿Qué nos dice la Iglesia católica de este matrimonio civil?

La Iglesia y todos los católicos lo llaman un mero concubinato, porque el matrimonio es un sacramento, y los sacramentos están sometidos a la disposición de la Iglesia, mas no dependen del magistrado civil. Pero, la Iglesia ha determinado que los matrimonios se celebren en presencia del ministro sagrado, quien es el propio párroco.

8. ¿Qué nos enseña la Iglesia sobre los concubinatos?

La Iglesia condena los concubinatos por ser uniones ilícitas y detestables, escandalosas y perjudiciales para la familia y para toda la sociedad.

9. ¿Por qué decimos que el concubinato es unión ilícita y detestable?

El concubinato y los concubinarios se desvían y salen del orden establecido por Dios, según el cual los esposos deben unirse en presencia de la Iglesia, y esto de una manera irrevocable para toda la vida. En una palabra: no se puede decir de los concubinarios que Dios los ha unido, sino la pasión de la impureza. Proceder así es propio de los irracionales, pero es deshonra para los cristianos que son hijos de Dios y deben vivir como tales.

10. ¿Por qué llamamos el concubinato unión escandalosa?

Porque los que viven públicamente como casados sin serlo, son la deshonra de la sociedad, dan ocasión a que los enemigos de la religión hablen mal del pueblo cristiano; y finalmente, los concubinarios son la causa de que otros sigan su mal ejemplo.

11. ¿Por qué se debe decir que el concubinato es unión perjudicial y perniciosa?

Los concubinarios causan innumerables males a sus hijos, a la sociedad y a sí mismos.

12. ¿Qué males causan los concubinarios a sus hijos?

1º Los padres que viven en mal estado enseñan a sus hijos el desprecio de la ley de Dios.

2º Los concubinarios, por lo mismo que viven tan escandalosamente, huyen de las prácticas religiosas, se alejan de la Iglesia, no pueden recibir los sacramentos, y descuidan generalmente la educación de sus hijos.

3º Cuando se separan los concubinarios, sus hijos quedan frecuentemente abandonados.

13. ¿Qué males causan los concubinarios a la sociedad?

A más de causar escándalos públicos, los concubinarios perjudican a la sociedad dándole ciudadanos mal educados, e inclinados al mal.

14. ¿Qué males se causan los concubinarios a sí mismos?

Los concubinarios, por lo mismo que no quieren unirse por el sacramento del matrimonio, se privan a sí mismos de la gracia de Dios.

En segundo lugar se exponen a quedar abandonados y sin apoyo en su ancianidad, por falta de una familia legítima y ordenada.

15. Si los concubinatos causan tantos males a toda la sociedad, ¿qué deben hacer los gobiernos para evitarlos?

La ley pública debe prohibir los concubinatos, y castigar a los concubinarios. Esas uniones ilícitas son un cáncer que ataca todo el cuerpo social, si no se le corta.

Si se indagara por el origen de tantos criminales, que son enemigos de toda ocupación honrada, se hallaría que muchos de ellos han tomado la vía del crimen por haber carecido de una educación moral y religiosa, habiendo nacido de uniones ilícitas.

La autoridad política prohíbe, pues, con mucha razón el concubinato, y tiene leyes penales contra los concubinarios.

Con estas leyes el Estado presta a la Iglesia el apoyo que le debe; pero defiende al mismo tiempo su propio interés. Familias morigeradas, en cuyo seno se cultiva la virtud, son el fundamento de una buena sociedad civil; de ellas salen buenos ciudadanos y magistrados cumplidos; la paz, el orden, el trabajo, en una palabra, la prosperidad pública está íntimamente vinculada con el matrimonio cristiano.

Pero es de advertir que la ley no lo puede todo por sí sola. Es necesario que la opinión pública condene las uniones ilícitas, y que la conciencia del pueblo las repruebe; sólo entonces irá desapareciendo este cáncer de la sociedad humana.

Para esto se debe inculcar en los ánimos, por medio de la instrucción, el temor de Dios, y hacer comprender a los jóvenes de ambos sexos que si, llevados de la pasión de un amor ilegítimo y deshonesto, se unen en concubinato, recogerán amargos frutos, y se prepararán un porvenir desgraciado y una vejez deshonrosa.

El olvido de Dios y el desprecio de la autoridad paterna son ordinariamente la causa de las uniones ilícitas, pero es cierto también que no pocas veces entre nosotros, los mismos padres de familia son ocasión de que sus hijos se precipiten y procedan por sí mismos, aunque sea con mengua del honor de su familia, y pasando por encima de las leyes de la Iglesia.

Con harta frecuencia sucede que los padres de familia niegan terca y obstinadamente su consentimiento para que sus hijos contraigan matrimonio, aun cuando se presenten todas las condiciones que lo aconsejen. De aquí los raptos tan frecuentes, los concubinatos y las enemistades mortales entre el raptor y los padres ultrajados.

Consúltense en estos casos los padres de familia con su párroco y sean asequibles a los consejos de su pastor.

Los jóvenes a su vez deben cuidar de no tomar una resolución precipitada, que muchas veces sería seguida de la pérdida irreparable de su honor y felicidad. Tan cierto es que la ley divina y el temor de Dios son inseparables de la felicidad del hombre.