P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN EN LA FIESTA DE SAN BARTOLOMÉ, APÓSTOL

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SAN BARTOLOMÉ APÓSTOL

Hoy es la Fiesta de San Bartolomé, Apóstol; también conocido con el nombre de Natanael, mencionado así por San Juan Evangelista, que nos informa que era de Caná de Galilea.

Los tres Evangelios sinópticos y el libro de los Hechos de los Apóstoles traen la lista completa de los Apóstoles.

En todas ellas, excepto en la del libro de los Hechos, el nombre del Apóstol San Bartolomé sigue al de San Felipe. Lo propio ocurre en la lista de los Apóstoles que hay en el Canon de la Misa.

Esa constante unión de los nombres de los dos Apóstoles se debe, sin duda, a los lazos de parentesco o amistad que los unían entre sí, y más todavía en el grado de intimidad de sus relaciones con el Divino Maestro.

Conviene tener en cuenta estos datos para deducir la identidad entre el Natanael, llamado a seguir a Jesús en su misión, y el Bartolomé citado en el Evangelio entre los otros Apóstoles.

Fuera de la lista de los doce Apóstoles, no se halla el nombre Bartolomé en ningún Evangelio sinóptico.

San Juan, autor del cuarto Evangelio, ni siquiera nombra a Bartolomé en la lista incompleta que trae de los Apóstoles. En cambio, con gala de pormenores, refiere al final del primer capítulo de su Evangelio la vocación de Natanael de Cana de Galilea, después de las de Andrés, Juan, Simón Pedro y Felipe. Asimismo en el último capítulo del relato evangélico, al hablar el discípulo amado de la aparición de Jesús a los discípulos que estaban pescando en el lago de Tiberíades, menciona al mismo Natanael con los Apóstoles Simón Pedro, Tomás, los dos hijos de Zebedeo y otros dos más a quienes no nombra.

Dos cosas, pues, se pueden comprobar al leer los Evangelios. Por una parte, en las listas que traen los Evangelistas sinópticos, no consta el nombre de Natanael, pero nombran siempre a San Bartolomé junto al Apóstol San Felipe.

Por otra, San Juan no menciona a Bartolomé en su Evangelio, pero salta a la vista que entre los doce pone a Natanael, pues refiere su vocación apostólica, como antes refirió la de Simón, Juan, Andrés y Felipe; lo intercala entre los demás Apóstoles y lo distingue de los discípulos.

Sería extraño que habiendo sido llamado Natanael a seguir a Jesús con los otros Apóstoles, habiendo reconocido a Jesús por Mesías desde el punto en que fue llamado, y siendo nombrado con los demás Apóstoles, hubiese podido quedar excluido del grupo de los Doce.

San Agustín, San Gregorio y otros Santos Padres dicen que Natanael no fue escogido por Apóstol, en la elección de que habla San Marcos, porque era doctor de la ley y el Señor quería que su Apóstoles fuesen gente pobre y sin letras, para manifestar así más a las claras el divino origen de su Evangelio y de su Iglesia.

Observación de peso es ésta, pero insuficiente, y no acaba de convencer.

También Saulo era doctor de la ley de Moisés y, a pesar de ello, Jesús le escogió para que anunciase su Nombre a las naciones y a los hijos de Israel.

También Lucas era culto y médico, y fue elegido para ser compañero de apostolado de San Pablo y Evangelista.

Si Natanael fue uno de los doce Apóstoles, tendría que constar en las listas traídas por los Evangelios sinópticos y el libro de los Hechos. De hallarse en ellas, le correspondería estar nombrado junto a San Felipe, que le llevó a Jesús.

Ahora bien, el nombre que sigue al de San Felipe en los mencionados libros es el de Bartolomé.

Podemos, pues, admitir que Natanael y Bartolomé son dos nombres de la misma persona, uno patronímico, Bartolomé, y el otro, su verdadero nombre propio, Natanael.

San Juan no le llama sino Natanael. Los Evangelios sinópticos emplean para designarle sólo la palabra Bartolomé, quizá para no poner juntos dos nombres del mismo significado etimológico: Natanael y Mateo, los cuales pueden traducirse Teodoro, que quiere decir don de Dios.

Comúnmente suele admitirse esta identificación de Bartolomé con Natanael. De ahí que los exégetas acostumbren a designarle con sus dos nombres.

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Tan pronto como Felipe hubo hallado al Mesías anunciado por los Profetas, corrió a dar la noticia a su amigo y le invitó a que fuese a ver a Jesús.

Nazaret, la patria chica de Jesús, perdida entre los montes, era considerada como un villorrio sin importancia. Por eso, sin duda, respondió Natanael a Felipe: ¿Acaso de Nazaret puede salir cosa buena? Ven y lo veras, repuso Felipe. Y es que estaba cierto de que la sola vista de Jesús bastaría para convencer a su amigo de la verdad.

Natanael siguió a Felipe. Al verle llegar con su amigo, Jesús le dio pruebas de que lee en el fondo de los corazones y de que no había dado importancia a la desconfianza primera. Delante de todos los presentes hizo este sublime elogio de Natanael: Este es verdadero israelita, en quien no hay doblez.

Y ya tenemos aquí una descripción perfecta de Bartolomé, hombre sin doblez.

Las promesas del Señor son para los hombres sin ficción; y Dios no se cansa de insistir, en ambos Testamentos, sobre esta condición primaria e indispensable que es la rectitud de corazón, o sea la sinceridad sin doblez.

Es, en realidad, lo único que     pide, pues todo lo demás nos lo da el Espíritu Santo con su gracia y sus dones.

No por eso perdió Natanael su natural suspicacia; al cabo, poco cuesta elogiar al prójimo, aunque de un desconocido se trate; de ahí que, un tanto receloso todavía, pregunte a Jesús: ¿De dónde me conoces?

El Divino Maestro le responde, manifestándole el sobrenatural conocimiento que tiene de personas y cosas: Antes que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera.

Natanael, impresionado por la mirada penetrante y misteriosa de Jesús, exclamó: Rabí, Maestro, tu eres el Hijo de Dios, el rey de Israel; que era decir el Mesías vaticinado y esperado, porque Natanael conocía perfectamente los libros de los Profetas.

No juzgó mal San Felipe cuando pensó que su compatriota y amigo, con sólo ver a Jesús, creería en la misión mesiánica del Señor.

Prodigios más notables confirmarán muy pronto la fe del nuevo discípulo. Jesús se lo advierte: Por haberte dicho que te vi bajo la higuera, crees; mayores cosas que éstas verás.

Luego empezó a cumplirse esta profecía; porque en las bodas de Caná hizo Jesús el primer milagro, y a ellas asistieron su Madre y sus primeros discípulos, entre ellos Natanael.

De Caná pasó Jesús a Cafarnaúm. Sus primeros discípulos galileos, entre los cuales se contaba Natanael Bartolomé, le acompañaron y le siguieron ya por Galilea, Samaria, Judea, y aun por el valle del Jordán.

De allí en adelante, casi se confundió la vida de Bartolomé con la vida pública del Salvador.

Antes de su Ascensión, el Divino Maestro dijo a los Apóstoles: Id, pues, ensenad a todas las gentes; bautizadlas en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y ensenadles a guardar todo cuanto Yo os he mandado.

Bartolomé fue, pues, educado y enseñado por Jesús; se le dieron poderes divinos; el día de Pentecostés le llenó el Espíritu Santo de su divina luz y fortaleza, y le dejó dispuesto para cumplir su misión y ser, con su vida, doctrina, milagros y durísimo martirio, testigo de Jesús en Jerusalén, Judea y Samaria y hasta los últimos confines de la tierra.

Ni los Hechos de los Apóstoles, ni la historia de los primeros siglos de la Iglesia dicen qué territorio cupo a San Bartolomé para predicar el Evangelio. Sin embargo, todos los relatos y tradiciones que hablan de San Bartolomé, declaran a una que evangelizó la India. Como reza el Breviario Romano, esa fue la parte que le cupo cuando los Apóstoles dividieron entre sí las provincias del mundo pagano.

El Martirologio y el Breviario Romanos afirman que, habiendo evangelizado la India, el Santo Apóstol volvió al Asia Menor y se detuvo en la Armenia Mayor, que es una extensa meseta montañosa situada al norte de Siria, entre el mar Caspio, el mar Negro y las provincias orientales de la Turquía asiática, y que predicó allí.

Empezó a enseñar la religión cristiana a los idólatras, exhortándolos a que dejasen el vano culto de Astarot, que era un demonio muy astuto.

Para probarles que Jesús era el verdadero Dios, sanó a innumerables enfermos y mandó al ídolo que confesase y declarase sus embustes y artificios. Estaban presentes en el templo el rey Polimio, los sacerdotes y mucha gente que había concurrido ese día.

Enmudeció Astarot en presencia del Apóstol. El silencio llenó de pasmo a los armenios. Acudieron a otro templo, al ídolo de nombre Berit, para saber la causa de tan funesto suceso. Respondió el demonio por su boca que la causa era la presencia de cierto hombre llamado Bartolomé, apóstol del verdadero Dios; y que lo mismo le sucedería a él si aquél hombre llegaba a entrar en su templete.

Añadió, que no daría oráculos Astarot mientras no echasen de allí a aquel hombre; porque cien veces al día y otras tantas a la noche, hacía oración a Dios, acompañado de una prodigiosa multitud de espíritus bienaventurados que le escoltaban y le defendían.

Quedó admirado el pueblo de este testimonio que, obligado por Dios y a su pesar, dio el demonio de la virtud milagrosa del Santo, y entró en una impaciente curiosidad de conocer al Apóstol.

Pero temerosos los sacerdotes que iría por tierra su estimación, si el Santo llegaba a ser reconocido, pusieron en movimiento todos sus artificios para perderle. Le buscaron por espacio de tres días, pero en vano, porque Dios le hacía invisible; hasta que, habiendo lanzado al demonio de muchos cuerpos y dado salud a muchos enfermos desahuciados, sus mismos milagros le descubrieron.

Esparcida la fama por todas partes, no le conocían ya por otro nombre que por el de Apóstol del verdadero Dios y el obrador de milagros.

Llegó presto a la corte la noticia y el ruido de sus maravillas, y teniendo el Rey una hija poseída de un furioso demonio que la atormentaba cruelmente, deseaba con ansiosa impaciencia ver al Santo Apóstol.

Apenas se puso en su presencia San Bartolomé, la Princesa quedó libre de aquel infernal huésped; y queriendo el Rey mostrar su agradecimiento con magníficos presentes, el Apóstol le dio a entender que no había venido a buscar oro ni piedras preciosas, sino la salvación de su alma, y la conversión de sus vasallos.

Vengo, añadió el Santo, a daros a conocer al verdadero Dios, único Creador de todo este vasto universo; y que solo Él es digno de nuestro amor, de nuestra adoración y de nuestro religioso culto. Vuestros ídolos son ministros de los demonios; adoráis lo más execrable que hay en toda la naturaleza; esos que llamáis dioses son los mismos demonios; y para convenceros, señor, de que es verdad todo lo que digo, quiero que el más acreditado de vuestros supuestos dioses confirme, mal que le pese, todo lo que yo os predico.

Se aceptó inmediatamente la condición; y el Rey, acompañado del Santo y de toda su corte, se encaminó al templo; pero apenas puso el pié en él san Bartolomé, el demonio comenzó a gritar que él no era dios, que ni habrá ni podía haber más que un solo Dios, y que ese es Jesucristo, a quien el Apóstol predicaba.

Hecha esta confesión, mandó el Santo al demonio, en nombre de Jesucristo, que al instante y sin réplica hiciese pedazos todos los ídolos de la ciudad. Obedeció, y en el mismo punto todos ellos fueron reducidos a polvo.

A vista de tan estupenda maravilla, quedaron tan movidos los corazones como convencidos los entendimientos; se convirtió toda la ciudad, y después de algunas instrucciones recibió el Bautismo el Rey y toda la corte.

Siguieron el mismo ejemplo doce ciudades principales, rindiendo la cerviz al yugo de Jesucristo; y habiendo cultivado San Bartolomé aquella viña por algún tiempo, la proveyó de dignos ministros del altar, obispos y predicadores.

Pero se enojaron grandemente los sacerdotes de los ídolos por la conversión del rey, y porque el rápido crecimiento de la religión cristiana significaba menoscabo del culto de sus dioses. Resueltos a vengarse del Apóstol, fueron a ver a Astiages, hermano del rey convertido, y le incitaron a que detuviese a Bartolomé.

Era Astiages gobernador de una provincia comarcana, y así le fue muy fácil prender al Santo Apóstol, a quien reprobó haber pervertido el alma de su hermano, ultrajado a los dioses de la nación y destruido su culto, siendo con ello causa de que los dioses afligiesen al reino con grandes plagas y males sin cuento.

Declaró el Santo que el Dios que predicaba era el único verdadero, y que, al arruinar el culto de los ídolos, pretendía solamente echar de aquel reino al demonio, causador de los males que afligían a los ciudadanos y a todo el país.

Pero Astiages no quiso dar oídos a tales razones, y le mandó que sacrificase a los dioses protectores de la nación. El santo y valeroso Apóstol se negó a ello con inquebrantable fortaleza, e hizo ante los presentes admirable profesión de la fe que predicaba.

Se encendió con ello el furor de Astiages, el cual mandó primeramente que azotasen con varas de hierro al insigne mártir. Después, lo tendieron y le desollaron vivo de pies a cabeza.

Fue este un tormento atrocísimo, que mostró a los presentes la fortaleza y admirable paciencia del esforzado mártir de Cristo.

Finalmente, como permaneciese vivo, fue degollado.

De allí a pocos días, Astiages y los sacerdotes paganos que pidieron la muerte del Santo Apóstol tuvieron, por disposición del Señor, muy horrible y espantosa muerte, pues perecieron ahogados por manos invisibles.

El cuerpo del Santo fue enterrado en el mismo lugar donde padeció el martirio.

Refiere San Gregorio de Tours que, al ver los gentiles que de todas partes concurrían los cristianos a reverenciar las reliquias del Santo Apóstol, pusieron aquel sagrado cuerpo en un arca de plomo y lo echaron al mar diciendo: De hoy en más no engañarás al pueblo.

Pero Dios, que es Señor del mar y glorificador de los Santos, guió aquel tesoro y lo llevó milagrosamente en su arca a la isla de Lipari, cerca de Sicilia.

Por el año 830, cuando los sarracenos amenazaban la isla de Lipari, un santo monje tomó las reliquias del Apóstol y las trasladó con gran pompa y solemnidad a Benevento, ciudad del reino de Nápoles.

El emperador Otón III (983-1002), que edificara una iglesia en honra del mártir San Adalberto en el islote que hace en Roma el rio Tíber, trasladó a ella algunas reliquias de aquel Santo Obispo. De la ciudad de Benevento sacó el cuerpo de San Bartolomé con propósito de trasladarlo a Alemania. Provisionalmente lo dejó en la iglesia de San Adalberto de Roma, con otras reliquias que tomó consigo a su paso por Nola y Espoleto.

Pero murió el emperador al poco tiempo, y todas aquellas reliquias quedaron en la iglesia del islote del Tíber que, andando los años, se llamó iglesia de San Bartolomé en Trastévere.

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Después de esta reseña biográfica, consideremos ahora la grandeza de la misión apostólica a la cual fue llamado San Bartolomé.

Al confiársela, dijo Jesús a sus Apóstoles: Como el Padre me ha enviado, así Yo os envío a vosotros.

¡Qué palabras! Sólo Dios podía encomendar tal mandato a los hombres, proporcionándoles, además, los poderes y los medios para ejercerlo.

Antes de volver al Padre, Jesucristo no dejó su obra inconclusa. Se perpetúa en la tierra en la persona de sus Apóstoles. Por eso les dijo: Como el Padre me envió, también yo os envío.

Por estas palabras todopoderosas, les encarga continuar su misión divina aquí en la tierra, completar su obra, aplicar a los hombres los frutos de la Redención…

Por ese sólo hecho, se convierten en cooperadores de Dios, en los mensajeros de Cristo, sus lugartenientes, sus embajadores.

Ellos hacen lo que Él hizo, actúan en su Nombre y por su virtud y poder; llevan a todas las naciones la Buena Nueva del Evangelio; enseñan las verdades que se han de creer y las buenas obras que se han de realizar; confieren la gracia a través de los Sacramentos; en una palabra, conducen por el camino de la virtud, de la salvación, del Cielo.

¡Qué unión divina, qué sublime honor!

Nuestro Señor les transmite el mismo poder que el Padre le ha dado, tanto respecto al uso como sobre los efectos…

¿Podemos concebir un poder más grande que consagrar el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, y santificar su Cuerpo Místico, es decir, las almas, desatar o atar, perdonar o retener los pecados?…

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Finalmente, ponderemos la santidad que requería esta misión apostólica.

Los Apóstoles, convertidos en lugartenientes, en los representantes de Nuestro Señor por la investidura de su misión divina, debieron ser su imagen viviente, como lo era Él de su Padre.

Cada Apóstol, heredero de esta misión apostólica, debía ser capaz de decir: Quién me ve, ve a Jesús…

Por lo tanto, recuerdan por su vida y sus virtudes la vida y las virtudes de Jesús.

Y esto es debido a que participaron de su misión de Mediador entre Dios y los hombres.

¡Qué grande fue la responsabilidad de los Apóstoles!

¡Qué intereses se les ha confiado!: la gloria y el honor de Dios y de su Cristo, la santificación y la salvación de las almas, creadas por un acto de amor y redimidas por otro acto de amor aún más maravilloso, el derramamiento de la Sangre Divina.

¡Cómo debieron ser santos y fieles en cumplir dignamente ministerio tan sublime!: Ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios…

Demos gracias a Nuestro Señor, que quiso permanecer entre los hombres por el ministerio de sus Apóstoles, entre ellos San Bartolomé, dándoles la misión de continuar su obra, dándoles las llaves de sus tesoros, así como las del Cielo y las del infierno…, unas para abrirlo y otras para cerrarlo…

Se comprende bien la profundidad del texto del Apocalipsis que, hablando de la Jerusalén celestial, dice: El muro de la ciudad tenía doce fundamentos, y sobre ellos doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.

Es decir, el muro de la ciudad posee doce cimientos, es decir, los doce Apóstoles, fundamentos de la Iglesia. Como hay una piedra fundamental, que es Jesús, Él está en los doce y los doce se encuentran en Él.

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La Colecta de esta Fiesta es todo un programa, no sólo para festejar debidamente al Santo Apóstol sino también para llevar a cabo una vida conforme a las exigencias de las circunstancian en que nos toca vivir.

La Santa Liturgia nos hace rezar de esta manera: Omnipotente y sempiterno Dios, que nos diste celebrar en este día con santa alegría la festividad de tu Apóstol San Bartolomé, concede a tu Iglesia amar lo que creyó y predicar lo que enseñó.

¡Amar lo que creyó…!

¡Predicar lo que enseñó…!

He aquí nuestro programa y la norma de vida para estos tiempos de apostasía…