P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DE LA DOMÍNICA DÉCIMA POST PENTECOSTÉS

Sermones-Ceriani

DOMINGO DÉCIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Para algunos, los que estaban persuadidos en sí mismos de su propia justicia, y que tenían en nada a los demás, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al Templo a orar, el uno fariseo, el otro publicano. El fariseo, erguido, oraba en su corazón de esta manera: «Oh Dios, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni como el publicano ése. Ayuno dos veces en la semana y doy el diezmo de todo cuanto poseo.» El publicano, por su parte, quedándose a la distancia, no osaba ni aun levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, compadécete de mí, pecador.» Os digo: éste bajó a su casa justificado, mas no el otro; porque el que se eleva, será abajado; y el que se abaja, será elevado.

En los Evangelios aparecen con frecuencia personificadas dos clases de personas, el fariseo y el publicano.

El fariseo es el miembro de aquella secta que hacía profesión de entender la Ley mejor que los otros y ajustar a ella su conducta.

Esto le inducía a juzgarse mejor que los demás y a despreciar al pueblo, a quien sus ocupaciones no permitían darse al estudio de la Ley.

El publicano era el recaudador de los tributos del Estado. Con frecuencia se dejaba llevar de la avaricia de aumentar las tasas y de la violencia para forzar a los pobres contribuyentes a entregar lo que no debían o lo que no podían pagar. Para mejor cumplir su oficio tenían a su servicio un cuerpo de policía.

Por su conducta, y aun por sólo su oficio, los publicanos eran aborrecidos del pueblo, sobre todo en Israel, donde eran tenidos por servidores de una autoridad pagana.

Sin embargo, el Salvador no se adhiere a estos juicios; y el fariseo es condenado por Él como hipócrita, y el publicano alabado por su espíritu penitente.

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Este contraste resalta sobre todo en la parábola del Evangelio de este Domingo.

El templo de Jerusalén estaba emplazado en el monte Moria; y de toda la ciudad debía subirse para ir a él, cosa que hacían con frecuencia los judíos.

Dos hombres subieron al templo a orar; el uno fariseo, selecto, incontaminado, y el otro publicano, pecador.

Son dos tipos antitéticos: el primero es el representante de la pureza legal; el otro, de la injusticia y de la depravación.

El Señor nos presenta al fariseo subiendo con paso solemne al Templo y, en medio del atrio, donde pueda ser visto de todos, se queda en pie para orar.

Su oración tiene poco de tal; más bien es un panegírico de sus virtudes: él ayuna dos veces por semana; paga el diezmo de los frutos más menudos; no roba, no mata; y no se parece en nada a aquel odiado publicano, que está no lejos de él.

Aunque parece reconocer todo esto como dones de Dios y darle gracias por ello, en realidad él siente que todo eso es mérito suyo.

Entretanto, el publicano, oculto en un rincón, postrado en tierra y sin atreverse a levantar los ojos del suelo, se dirige a Dios con esta humilde súplica: «Señor, ten misericordia de mí, pecador.»

¿Cuál fue el resultado de estas dos oraciones?

Pues que el publicano salió del templo después de haber obtenido la misericordia de Dios, que humildemente había implorado; y el fariseo salió del lugar santo más pagado de sí mismo y de su virtud, más hipócrita que cuando había entrado, sin justificación alguna.

Para los oyentes, el fariseo
era modelo de devoción, el publicano, de maldad. Sin embargo, Dios mira si halla en el corazón la buena intención, la humildad, el arrepentimiento.

Por lo cual, el publicano, arrepentido, fue perdonado, y el fariseo, en cambio, agregó a sus pecados uno nuevo, el de la soberbia, que se atribuye a sí misma el mérito de las buenas obras y se cree mejor que el prójimo.

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Esta parábola no es más que un desarrollo de la anterior, es decir, sobre la necesidad de orar siempre sin desalentarse.

Es necesaria, pues, la oración; pero debe acompañarla la humildad.

Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.

El fariseo, tipo de los primeros, y el publicano, que lo es de los segundos, están admirablemente descritos.

La introducción de la parábola deja entrever que ella va dirigida contra los fariseos: Y dijo también esta parábola a unos que presumían de justos, tenían la convicción de que eran justos, y despreciaban a los demás, como impuros y pecadores.

A unos que presumían de justos… Demuestra el Señor con esta parábola que, aun cuando la justicia aproxima al hombre a Dios, si se alía con la soberbia le hunde en el abismo.

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El fariseo, estando en pie. Así lo hacían los judíos con frecuencia, aunque en este caso se indica afectación y petulancia en la actitud del orante.

Oraba en su interior, mentalmente, de esta manera: ¡Oh, Dios!, gracias te doy, porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros.

Empieza por orar y sigue calumniando soberbiamente a todos los hombres: él solo es justo; los demás pecadores.

Continúa, tratando con desdén al publicano que tiene detrás, y no hace más que acrecer su orgullo: así como este publicano. Aquí hay un juicio temerario, un desprecio de una acción buena, una falta absoluta de caridad.

Y termina su supuesta plegaria con una grosera alabanza de sí mismo: Ayuno dos veces en la semana, los lunes y jueves, como solían los «piadosos», obra de pura devoción, ya que la ley no obligaba al ayuno más que una vez al año, el día de la Expiación; doy diezmos de todo lo que poseo, en lo que iba también más allá de lo que exigía la ley.

Empieza, pues, el fariseo la oración con una acción de gracias fastuosa, sigue con una reprensión de los demás presuntuosa, y acaba con una alabanza de sí mismo vanagloriosa.

No soy como los demás hombres… Comenta San Agustín: Si, al menos, dijese «como muchos hombres»; pero, al decir «como los demás hombres», ¿qué otra cosa hace sino colocarse en una categoría única y superior a todos?

Cuatro son las maneras de manifestarse la hinchada soberbia, dice San Gregorio: cuando creemos que el bien que tenemos lo tenemos de nosotros mismos; cuando, aun creyendo que nos viene de Dios, lo adjudicamos a nuestros méritos; cuando nos gloriamos de bienes que no tenemos; cuando, despreciando a los demás, pensamos ser los únicos que tenemos el bien de que nos envanecemos.

En todo ello faltó el fariseo.

¿Podemos en nuestras oraciones presentar a Dios nuestras buenas obras como fundamento en qué apoyarlas para hacer fuerza a Dios? Sin duda podemos hacerlo, a condición de que no las refiramos a nosotros mismos, sino como título de las bondades que reconocemos recibidas de Dios.

Los Salmos de David están llenos de lo que podríamos llamar memorándums, en los que la gratitud y la humildad se juntan para alcanzar del Cielo nuevos dones.

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Mas el publicano, estando lejos, alejado del altar de los holocaustos, por reputarse indigno de acercarse al lugar santo, alejado del fariseo, a quien reputaba como santo personaje, no osaba ni aun alzar los ojos al cielo, con lo que manifestaba su confusión ante la majestad de Dios; hería su pecho, señal de dolor y penitencia, diciendo: ¡Oh, Dios!, muéstrate propicio a mí, pecador…; es total y profunda la antítesis con el incontaminado y orgulloso fariseo.

Distaba del fariseo en las palabras, en las actitudes, en el corazón.

No levantaba los ojos al cielo, juzgando indignos de mirar a lo alto los ojos que se habían complacido en las cosas bajas de la tierra. Hería su pecho, castigándole como fuente de malos pensamientos, y excitándose como dormido en el servicio de Dios. Confesaba sus pecados, pidiendo misericordia a Dios. Todo en él era humildad y reverencia, como todo en el fariseo era soberbia y petulancia.

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Tal es el fariseo, soberbio acusador; tal el publicano, humilde reo.

He aquí la sentencia de Jesús: Os digo que éste, el publicano, y no aquél, descendió justificado a su casa: porque todo hombre que se ensalza, será humillado: y el que se humilla, será ensalzado:

No es en nosotros, sino en Dios, donde debemos colocar los cimientos de nuestra grandeza.

Como la humildad, por su eminencia, supera el peso del pecado, y se levanta hasta tocar a Dios; así el pecado, por su peso y propia gravedad, fácilmente disminuye la justicia, dice San Juan Crisóstomo. Por lo mismo, aunque hagas muchas y grandes cosas, si te atreves a presumir de ellas, te privaste de todo el fruto de tu oración. Pero, aunque lleves cargada la conciencia con el peso de mil culpas, si te crees el ínfimo de todos, podrás confiar mucho ante Dios. Porque Dios no desprecia al corazón contrito y humillado; es decir, acepta su humilde plegaria, y echa sobre el alma arrepentida el velo del misericordioso olvido de sus culpas.

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Esta parábola del fariseo y el publicano es una de las más instructivas y de las más prácticas del Santo Evangelio.

Ella tiene por objetivo uno de los defectos más comunes y más peligroso: el orgullo, que es la fuente de todos nuestros males.

Nos enseña que el corazón humilde y contrito recibe la gracia y la misericordia, mientras que el que está lleno de vana complacencia y ostentación es odiado por Dios y despiadadamente rechazado.

Nuestro Señor dirige esta parábola a quienes están imbuidos del espíritu farisaico: el orgullo llevado al exceso, manifestado por dos síntomas, la presuntuosa confianza en su supuesta justicia o santidad, y un desprecio arrogante de los demás.

Estos dos vicios siempre van de la mano, como también las dos virtudes opuestas, la humildad y la caridad.

Las almas verdaderamente humildes y santas no se atribuyen ningún mérito; y si hacen algo bueno, de inmediato lo refieren a Dios.

Lejos de despreciar a los demás, se ven como el último y más miserable de todos; porque saben que, sin la gracia de Dios, caen en toda clase de errores y serían capaces de cualquier crimen.

Esto nos enseña:

1º) a no juzgar nunca a nadie por las apariencias.

2º) a mantenernos siempre con gran humildad y temor, cualquiera sea nuestra vida y por muchas que sean nuestras buenas obras.

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Nuestro Señor gusta terminar sus discursos con alguna sentencia que resume la enseñanza moral que ha dado. En este caso es: el que se eleva, será abajado; y el que se abaja, será elevado

Del orgullo procede nuestra caída; de la humildad nuestra grandeza.

Estamos destinados a ser exaltados en el Cielo; pero sólo lo lograremos por la humildad.

Seremos elevados en el Cielo en proporción a nuestro rebajamiento aquí en la tierra.

Aquellos que se levantan en esta vida y quieren ser valorados, honrados y exaltados, serán humillados y rebajados en la otra.

Desgraciadamente, entendemos bien en la especulación la verdad de esta doctrina; pero no sabemos ponerla en práctica…

Tanto se nos representa verdadera y justa en sí misma, como la encontramos difícil de observar.

Por lo tanto, pidamos cada día la gracia para entender la humildad y ponerla en práctica en toda nuestra conducta, en nuestras oraciones, en nuestras palabras, nuestros sentimientos, nuestras acciones.

Esta es la única manera de tener la verdadera paz del corazón, y alcanzar misericordia en este mundo y la gloria eterna en el otro.