P. JUAN CARLOS CERIANI: ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

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ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Festejamos hoy una de las Fiestas más hermosas de Nuestra Madre Celestial, su Asunción a los Cielos en cuerpo y alma.

Vamos a considerar qué es lo que movió a la piedad cristiana a celebrar este día natalicio de Nuestra Reina y Madre y a conmemorar su entrada triunfal en cuerpo y alma en el Reino de la gloria celestial.

La Asunción de Nuestra Señora es una de nuestras solemnidades litúrgicas más alegres. La Iglesia del Cielo y la de la tierra se unen a la dicha infinita de Dios que acoge y corona a su Madre.

Ambas a dos celebran con amor la alegría virginal de la que entra, ya para siempre, en el mismo gozo de su propio Hijo.

Los Ángeles y los Santos se apresuran a aclamar a su Reina, mientras la tierra se regocija también de haber dado al Cielo la joya más brillante.

Hoy es el día natal de Nuestra Señora, en el cual celebramos al mismo tiempo el triunfo de su alma y el de su cuerpo.

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Detengámonos un instante ante esta glorificación del espíritu, tal vez menos advertida por ser común a todos los Santos.

La entrada del alma de María en la visión beatífica es un hecho de un esplendor y de una riqueza que arroja una luz incomparable sobre nuestras más altas esperanzas.

Cierto que no nos podemos figurar la belleza de esta suprema revelación, donde la mirada tan pura ya y tan penetrante de la más perfecta de las criaturas se ha dilatado repentinamente ante un abismo de Belleza infinita.

Intentemos al menos, con la ayuda de la gracia divina, levantar nuestros pensamientos hacia la cumbre, misteriosa todavía para nuestra vista, en la cual se realiza este prodigio. Y, efectivamente, bien se la puede llamar cumbre, ya que es el término de un constante y largo subir.

Llena de gracia en el instante mismo de su Concepción, la Inmaculada no cesó nunca de crecer en este mundo ante el Altísimo. La Anunciación, Navidad, el Calvario y Pentecostés han jalonado ese crecimiento extraordinario.

El amor virginal y maternal se han enriquecido y elevado en cada una de esas etapas, tendiendo hacia una cima a la que ninguna otra pura criatura podrá llegar nunca.

La luz de gloria que de repente invade al alma de María y le hace ver en toda su magnificencia las grandezas del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo y de la Humanidad de su Hijo Bendito, así como su propia dignidad Maternal, sobrepuja también, y con mucho, a la gloria de todos los Ángeles y de todos los Santos.

Pero, Madre de Dios Salvador, lo es también de todos los que vayan a beber en las fuentes de la salvación. Su maternidad de gracia irá amplificándose hasta el fin del mundo.

El alma de María ve, en la luz beatífica, a todos sus hijos, y todos los designios de Dios sobre cada uno de ellos: pronunciando un fiat a impulsos del amor, da su consentimiento a esta universal Providencia, en la que, por disposición divina, su propia intervención no tiene límites.

Su oración consigue para la Iglesia una Asunción permanente, hasta que se logre de un modo definitivo la plenitud del Cuerpo Místico.

Mientras llega esa apoteosis, el alma bienaventurada de María emplea su cielo en hacer bien en la tierra mejor que cualquier otro Santo.

Demos, pues, libre curso al entusiasmo de nuestra alegría. A nuestra confianza filial añadamos la gratitud.

Celebremos dignamente a nuestra Abogada, Mediadora y Madre, que ocupa el puesto de Reina junto al trono del Cordero.

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Afirma y confiesa la Iglesia Católica que el cuerpo de María está en el Cielo, unido a su alma gloriosa.

Este privilegio del Cuerpo de Nuestra Señora es lo que distingue al misterio de su Asunción.

Nuestros Libros Sagrados atribuyen a María Santísima títulos y una función providencial, cuyo conjunto reclama, como coronamiento normal, el privilegio de la Asunción en cuerpo y alma a los Cielos.

Al dar un sentido marial al versículo del Génesis conocido con el nombre de Protoevangelio, Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre su raza y la tuya. Esta te aplastará la cabeza, la Tradición, auténticamente expresada en la Bula
dogmática Ineffabilis, vio en este oráculo divino el anuncio del triunfo completo de Cristo y de su Madre sobre el pecado y todas sus consecuencias.

En este texto se apoyó Pío IX para definir la Inmaculada Concepción; es posible ver en él una revelación implícita del triunfo perfecto de María Inmaculada sobre la muerte.

Es el Evangelio quien proclama a María llena de gracia, bendita entre todas las mujeres, y, sobre todo Madre del Señor; otros tantos títulos que constituyen una revelación implícita de la glorificación inmediata de su alma y de su cuerpo.

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San Germán de Constantinopla y San Juan Crisóstomo nos han dejado admirables homilías.

Oigamos a San Germán

¿Cómo habrías podido tolerar la Concepción y deshacerte en polvo, Tú, que libraste al género humano de la corrupción de la muerte en virtud de la carne que el Hijo de Dios recibió de Ti?

Era imposible que el vaso de tu Cuerpo, que estaba lleno de Dios, se redujese a polvo como una carne ordinaria.

El que se anonadó en Ti, es
Dios desde el principio y, por consiguiente, vida anterior a todos los siglos; por esto, era necesario que la Madre de la Vida habitase con la Vida; que yaciese muerta como para dormitar unos instantes, y que el «tránsito» de esta Madre de la Vida fuese como un despertar.

Un niño muy querido ansía la presencia de su madre y, recíprocamente, la madre suspira por vivir con su hijo.

Era justo, por tanto, que Tú subieses a donde está tu Hijo; Tú, cuyo corazón ardía en amor de Dios, fruto de tu vientre; justo también que Dios, por el afecto filial que profesaba a su Madre, la llamase junto a Sí, para que allí viviese en su intimidad.

En un segundo Sermón, vuelve al mismo pensamiento en términos aún más precisos:

En Ti misma tienes tu propia alabanza, ya que eres la Madre de Dios.

Y por eso, no convenía que tu Cuerpo, un cuerpo que había llevado a Dios, fuese entregado como botín a la corrupción de la Muerte.

En adelante, estas consideraciones darán materia a todos los Sermones sobre la Dormición o Asunción de Nuestra Señora.

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Con la definición solemne del dogma de la Inmaculada Concepción en 1854, tenía que hacerse más actual la doctrina de la Asunción.

Los dos privilegios de María se sostienen mutuamente, apoyándose en fundamentos comunes.

Y así, no nos admira que quince años más tarde, en el Concilio Vaticano, un número considerable de obispos dirigiese una súplica al Soberano Pontífice en favor de la definición dogmática de la Asunción corporal de María.

El magnífico impulso que el Sumo Pontífice León XIII imprimió a los estudios marianos, y que luego continuó San Pío X, no pudo menos de contribuir a que se afianzase más y más el pensamiento cristiano.

Pero la Santa Sede se mantuvo circunspecta y exigente: fue San Pío X quien, respondiendo a una petición todavía no madura, dijo que la cuestión «debía aún estudiarse mucho tiempo».

Estaba reservado al Papa Pío XII dar cima a esta lenta penetración del dogma.

Desde el principio de su Pontificado, al fijar la fiesta del Inmaculado Corazón de María en el día de la Octava de la Asunción, Pío XII alentaba una devoción que daba por supuesto que el Cuerpo glorioso de la Santísima Virgen se halla actualmente en la gloria.

El paso decisivo se dio en 1946 al dirigir Pío XII a todos los obispos del orbe católico un cuestionario sobre la creencia en la Asunción corporal de María y la oportunidad de una
definición.

Las respuestas fueron casi todas favorables: de por sí constituían un testimonio moralmente unánime de la Iglesia universal en favor de la verdad dogmática de la Asunción.

El 14 de agosto de 1950 Pío XII anunciaba que, para clausurar el año del Gran Jubileo, proclamaría solemnemente el dogma mariano y fijaba la ceremonia para el 1° de noviembre, festividad de Todos los Santos.

Idea admirable que asociaba la Iglesia triunfante a la alegría de los católicos de todo el mundo llegados en multitudes para aplaudir el triunfo de María.

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Esta continuidad maravillosa en la adhesión de la Iglesia a la doctrina de la Asunción es uno de los más bellos testimonios de su vida.

Y lo que es tal vez más maravilloso, es que esta adhesión permanente se ha sostenido en las horas más difíciles por la afirmación discreta pero perfectamente equilibrada de la liturgia romana.

Al cantar alegre Assumpta est Maria in caelum, su pensamiento queda prendido, como por instinto, en la gloria total de María. No se plantea la cuestión crítica, preguntándose si el triunfo es para el alma sola.

Es María, la Madre de Dios, Madre por su Cuerpo y por su Alma, a la que ve elevarse a la gloria.

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Con ocasión de la definición del dogma, que revistió de nuevo esplendor a la Fiesta de la Asunción, la antigua Misa del 15 de agosto fue reemplazada por otra nueva.

La melodía del Introito
Signum magnum tiene un carácter muy marcado de alegría y de admiración entusiasta, a la vez que de gravedad y de solemne afirmación.

Se presta a maravilla a poner ante nuestra vista la glorificación de Nuestra Señora, que aparece rodeada de luz y de gloria en lo más alto de los Cielos.

Es verdaderamente una gran Señal, un gran prodigio: la Madre del Salvador, personificación de la Iglesia, esposa de Cristo, subiendo corporalmente al Cielo.

Y es un gran Signo el que Dios dio a su Iglesia en la mañana del día primero de noviembre de 1950: con la proclamación del dogma que recuerda a los hombres su destino sobrenatural y les da la confianza de ser ayudados en su ascensión hacia el cielo por su Madre, que vive allí.

La Colecta relaciona la Inmaculada Concepción y la Virginidad de María con la Asunción corporal.

Los tres misterios, en efecto, están íntimamente unidos y se iluminan mutuamente y nos hacen comprender la unidad profunda de la vida de amor y de pureza que nunca dejó de crecer en la Virgen Santísima.

La oración se termina pidiendo para nosotros el fruto especial del misterio: una vida interior orientada hacia el Cielo y coronada por la esperanza gozosa de volver a encontrar un día a Nuestra gloriosa Madre:

Omnipotente y sempiterno Dios, que has llevado, en cuerpo y alma, a la gloria celestial a la Inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo; haz, te rogamos, que siempre atentos a los bienes de arriba merezcamos ser asociados a su gloria.

En la Fiesta de los Dolores leemos los mismos versículos del libro de Judit, que constituyen la Epístola.

La vocación de la Santísima Virgen se parece, en efecto, a la del Señor: Era preciso que Cristo sufriese para entrar en su gloria. Y del mismo modo fue necesario que una espada de dolor penetrase el alma de su Madre para asociarla al triunfo y a la gloria de Jesús.

Hoy más que nunca se nos presenta como Reina, viva y triunfante en el Cielo.

También nuestros cantos de gozo se unen a la alabanza de Santa Isabel para saludarla bendita entre todas las mujeres.

El gran sacerdote Onías se lo dijo a Judit mucho antes de la Encarnación. ¡Cuánto más podemos y debemos dirigir nosotros estas palabras a la que es más temible al demonio que todo el ejército de los cristianos, la cual aplastó la cabeza de la serpiente!

Las victorias de María se han sucedido sin interrupción. Como no hay gracia que no nos venga por María, todas las victorias de la Iglesia, todas las victorias de un cristiano sobre Satanás, son victorias de María.

Las estrofas del Magnificat tienen un sentido profundo, no dejan de ser la expresión de la oración habitual de María, aunque hayan brotado espontáneamente de sus labios en casa de su prima Santa Isabel.

No podemos poner en duda de que esas palabras tuvieron que ser la oración de toda su vida.

Todos los días canta la Iglesia el Magníficat; en cada solemnidad encuentra en él un sentido nuevo y más profundo.

María lo repitió en Nazaret, en Caná, después de la Resurrección, en el Monte de los Olivos al subir Jesús al Cielo…, y muchos autores espirituales piensan que también lo cantó en su martirizado Corazón al bajar del Calvario la tarde del Viernes Santo…

Pero, ¡con cuánta más razón ha sido el Magníficat la oración de la Santísima Virgen en ese día en que Dios la colmó de sus gracias y favores, como a Madre de su Hijo, elevándola corporalmente al cielo y coronándola como Reina de todo lo creado!

Su alma, en la plenitud de la perfección, y su espíritu, iluminado por la visión beatífica, glorifican al Señor y gustan ya para siempre la glorificación que se la ha concedido como a ninguna otra criatura.

No olvida que sólo es una minúscula criatura, la esclava del Señor, y que por pura bondad, sin méritos de su parte, Dios puso los ojos en Ella.

Y he aquí que todos los siglos la proclamarán bienaventurada… Bien lo sabemos nosotros, que al preguntar a la historia vemos las señales que ha dejado de su culto y de su amor hacia la Virgen Inmaculada; nosotros, que aclamamos a la Virgen Asunta con aclamaciones entusiastas e interminables.

Verdaderamente, grandes cosas ha obrado en María el que es Todopoderoso. No acertaríamos a declarar una por una todas estas grandes cosas, pero en la Fiesta presente vemos el coronamiento de todas ellas con la Asunción a los Cielos.

Y esta dicha no es sólo de María. También nosotros nos gozamos, no únicamente por saber que Nuestra Madre es feliz junto a Dios, sino por creer que un día nos reuniremos con Ella.

La Iglesia ha recurrido al Magníficat para traducir la alegría y el agradecimiento de Nuestra Señora por todos los beneficios recibidos.

La presencia de María en el cielo fortalece nuestra fe; consiga su oración en este día de fiesta aumentar nuestra esperanza y merecernos las gracias que al fin nos llevarán hasta donde Ella mora en la bienaventuranza con la Santísima Trinidad.

Recibidos ya los Santos Misterios, haz, Señor, te suplicamos, que por los méritos y la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, asunta al cielo, lleguemos a la gloria de la resurrección.

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ORACIÓN DE PIO XII A NUESTRA SEÑORA DE LA ASUNCION

¡Oh Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre de todos los hombres! Nosotros creemos con todo el fervor de nuestra fe en tu Asunción triunfal en alma y cuerpo al Cielo, donde eres aclamada Reina por todos los coros de los Ángeles
y por toda la legión de los Santos; y nosotros nos unimos a ellos para alabar y bendecir al Señor, que te ha exaltado sobre todas las demás criaturas, y para ofrecerte el aliento de nuestra devoción y de nuestro amor.

Sabemos que tu mirada, que maternalmente acariciaba a la humanidad humilde y doliente de Jesús en la tierra, se sacia en el cielo a vista de la humanidad gloriosa de la Sabiduría increada, y que la alegría de tu alma, al contemplar cara a cara a la adorable Trinidad, hace exultar tu corazón de inefable ternura; y nosotros, pobres pecadores, a quienes el cuerpo hace pesado el vuelo del alma, te suplicamos que purifiques nuestros sentidos a fin de que aprendamos desde la tierra a gozar de Dios, sólo de Dios, en el encanto de las criaturas.

Confiamos que tus ojos misericordiosos se inclinen sobre nuestras angustias, sobre nuestras luchas y sobre nuestras flaquezas; que tus labios sonrían a nuestras alegrías y a nuestras victorias; que sientas la voz de Jesús que te dice de cada uno de nosotros, como de su discípulo amado: «Aquí está tu hijo.» Nosotros, que te llamamos Madre nuestra, te escogemos, como Juan, para guía, fuerza y consuelo de nuestra vida mortal.

Tenemos la vivificante certeza de que tus ojos, que han llorado sobre la tierra regada con la sangre de Jesús, se volverán hacia este mundo, atormentado por la guerra, por las persecuciones, por la opresión de los justos y de los débiles; y entre las tinieblas de este valle de lágrimas, esperamos de tu celestial luz y de tu dulce piedad, alivio para las penas de nuestros corazones y para las pruebas de la Iglesia y de la Patria.

Creemos, finalmente, que en la gloria, donde reinas vestida del sol y coronada de estrellas, eres, después de Jesús, el gozo y la alegría de todos los Ángeles, de todos los Santos; y nosotros, desde esta tierra donde somos peregrinos, confortados por la fe en la futura resurrección, volvemos los ojos hacia ti, vida, dulzura y esperanza nuestra.

Atráenos con la suavidad de tu voz para mostrarnos un día, después de nuestro destierro, a Jesús, fruto bendito de tu vientre; ¡oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!