P. JUAN CARLOS CERIANI: FIESTA DE SAN LORENZO, MÁRTIR


FIESTA DE SAN LORENZO, MÁRTIR

San Lorenzo fue uno de los Siete Diáconos de Roma, ciudad donde fue martirizado en una parrilla en el año 258.

Su nombre, Laurentius, significa laureado, coronado de laurel.

La tradición oral sitúa el nacimiento de San Lorenzo en Huesca, en la Hispania Tarraconensis.

Cuando en el año 257 San Sixto II fue nombrado Papa, San Lorenzo fue ordenado Diácono y encargado de administrar los bienes de la Iglesia y el cuidado de los pobres.

Por ese entonces, el emperador Valeriano había proclamado un edicto de persecución, el que prohibía el culto cristiano y las reuniones en los cementerios.

Muchos sacerdotes y obispos fueron condenados a muerte, mientras que los cristianos que pertenecían a la nobleza o al senado eran privados de sus bienes y enviados al exilio.

Víctimas de las persecuciones de Valeriano se destacan los Papas San Esteban I, degollado sobre la misma silla pontificia, y San Sixto II, decapitado el 6 de agosto del 258.

San Ambrosio de Milán refiere que San Lorenzo se encontró con San Sixto, cuando el Pontífice era conducido al martirio, y que le preguntó:

«¿A dónde vais, Padre mío, sin vuestro hijo? ¿Subiréis al patíbulo sin vuestro diácono, Vos que jamáis subíais al altar sin él? ¿En qué, pues, he tenido la desgracia de desagradaros? Probad, Padre Santo, probad si os engañasteis en la elección que habéis hecho de mí; examinad de nuevo si es que elegisteis a un ministro indigno para la distribución del tesoro de la Sangre de Cristo, si he sido cobarde rehusándole mi sangre a Cristo.»

A lo que el Papa respondió profetizando:

«No te dejo ni te abandono. A ti te esperan luchas más heroicas por la fe de Cristo. A mí, como anciano que soy, me depara el Señor una pelea más ligera; a ti, por ser joven, te espera una victoria más gloriosa frente al tirano. No llores; después de tres días, tú me seguirás.»

San Lorenzo se alegró mucho al saber que pronto iría a gozar de la gloria de Dios.

La sublime ingenuidad del diálogo nos emociona. Pero más que la poesía, que inconscientemente brota de los labios del Pontífice y del levita, nos cautiva el espíritu que vibra en el relato.

¡Qué santo entusiasmo revelan las palabras de San Lorenzo!

¡Qué concepto tan hermoso del martirio resalta en sus expresiones!

El martirio es para el joven diácono servicio del altar; es nuestro sacrificio unido al sacrificio de Cristo.

Que sea para nosotros una realidad este concepto. Que nuestra vida cotidiana, con todas sus cruces, quede santificada y elevada por medio del Santo Sacrificio del Altar.

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Aprovechando el martirio del Papa, el Alcalde de Roma, que era un pagano muy amigo de conseguir dinero, llamó a Lorenzo y le dijo: «Me han dicho que los cristianos emplean cálices y patenas de oro en sus sacrificios, y que en sus celebraciones tienen candeleros muy valiosos. Ve, recoge todos los tesoros de la Iglesia y me los traes, porque el Emperador necesita dinero para costear una guerra que va a empezar».

El joven Diácono pidió tres días para poder recolectar las riquezas. Entonces, viendo que el peligro llegaba, recogió todos los dineros y demás bienes que la Iglesia tenía en Roma y los repartió entre los pobres.

Y en esos días fue invitando a todos los menesterosos, lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos a quienes él ayudaba.

Y al tercer día los hizo formar en fila y compareció ante el Prefecto, diciéndole: «Ya tengo reunidos todos los verdaderos tesoros de la Iglesia. Te aseguro que son más valiosos que los que posee el emperador».

Llegó el Alcalde muy contento, pensando llenarse de oro y plata; y al ver semejante colección de miseria y enfermedad se disgustó enormemente. Pero San Lorenzo le dijo: «¿Por qué te disgustas? ¡Estos son los tesoros más apreciados de la Iglesia de Cristo!»

El Prefecto entonces le dijo: «¡Osas burlarte de Roma y del Emperador!, y perecerás. Pero no creas que morirás en un instante, lo harás lentamente y soportando el mayor dolor de tu vida.»

El Papa San Sixto había predicho a San Lorenzo que, a su florida juventud, le esperaba más dura prueba. Y así fue. Pero ¡con qué jovialidad y santa alegría sobrellevó San Lorenzo su martirio!

Irritado por la respuesta del joven, que frustraba su avidez, el juez le hizo desgarrar el cuerpo a azotes. Sometido ya a los tormentos y a la amenaza del horror del fuego, le intimó el inicuo tirano que, si no se retracta, la próxima noche sería ejecutado por el fuego.

San Lorenzo exclamó entonces en alta voz: «A mi Dios adoro y sólo a Él sirvo. Por eso no temo tus tormentos. Mi noche no tiene tinieblas, todo en ella es luminoso.»

El Prefecto le hizo tender sobre una parrilla, debajo de la cual había carbones encendidos, lo suficiente apenas para quemarle lentamente, prolongando así más su martirio.

San Lorenzo, con el corazón lleno de alegría, se tendió sobre este horrible lecho; y allí permaneció con el rostro sereno, bendiciendo a Dios.

Los cristianos vieron el rostro del mártir rodeado de un esplendor hermosísimo y sintieron un aroma muy agradable mientras lo quemaban. Los paganos ni veían ni sentían nada de eso.

Después de un rato de estarse quemando en la parrilla ardiendo el mártir dijo al juez: «Ya estoy asado por un lado. Ahora que me vuelvan hacia el otro lado para quedar asado por completo.»

El verdugo mandó que lo voltearan, y así se quemó por completo.

«¡Ah!, dice San León Magno, el fuego del amor divino, que ardía interiormente, era mucho más activo que el fuego que le quemaba por fuera».

Cuando sintió que ya estaba completamente asado exclamó: «La carne ya está lista, pueden comer».

Y con una tranquilidad que nadie había imaginado rezó por la conversión de Roma y la difusión de la religión de Cristo en todo el mundo.

Luego, levantando los ojos al cielo y viéndose cerca de ceñir la corona de la victoria, exclamó: «Señor, gracias Te doy, porque he merecido penetrar por tus puertas». Y exhaló su último suspiro. Esas puertas le condujeron al trono merecido por su pasión. Era el 10 de agosto del año 258.

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Mientras Lorenzo era sometido al tormento del látigo, un soldado de nombre Román, vio como un Ángel secaba las llagas del mártir. Impresionado por este milagro, se convirtió, instando al Santo a que le bautizase sin demora.

Ya antes había logrado igual gracia el guardián Hipólito. Eran las primicias de su martirio.

San Lorenzo fue enterrado en la Via Tiburtina, en las catacumbas de Ciriaca, en Agro Verano, por Hipólito de Roma y el presbítero Justino. Al respecto, dicen las Actas de los Mártires:

«Y cuando era el primer crepúsculo del dos de los idus de Agosto, fue Hipólito, que por las maravillas del beato Lorenzo había creído y recibido el bautismo, con el sacerdote Justino y recogieron el cuerpo y lo envolvieron en un lienzo con aromas y lo transportaron a la casa de la viuda Ciriaca en la vía Tiburtina, donde muchos sacerdotes y muchos cristianos perseguidos se reunían, y le dieron sepultura en una cripta que había en la huerta de la casa, después de ofrecer Justino el sacrificio de alabanza del que participaron la viuda Ciriaca, la cristiana Flavia e Hipólito, y de derramar muchas lágrimas sobre su santo cuerpo.»

El poeta Prudencio dice que el martirio de San Lorenzo sirvió mucho para la conversión de Roma, porque la vista del valor y constancia de este gran hombre convirtió a varios senadores, y desde ese día la idolatría empezó a disminuir en la ciudad.

Constantino el Grande mandó construir un pequeño oratorio en honor del mártir, que se convirtió en punto de parada en los itinerarios de peregrinación a las tumbas de los mártires romanos en el siglo VII. Un siglo más tarde, el Papa San Dámaso I reconstruyó la iglesia, hoy en día conocida como Basílica de San Lorenzo Extramuros, que es la quinta Basílica Patriarcal de Roma.

Sobre el lugar de su martirio se alza la iglesia de San Lorenzo in Panisperna.

La parrilla usada en el martirio fue guardada en la iglesia de San Lorenzo de Lucina.

Este Santo ha sido, desde el siglo IV, uno de los mártires más venerados y su nombre aparece en el Canon de la Misa.

San Agustín afirma que Dios obró muchos milagros en Roma en favor de los que se encomendaban a San Lorenzo.

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Así como este Santo diácono comenzó por dar a los pobres todo lo que tenía, debemos desasirnos de la afición a los bienes terrenos.

No contento con dar sus bienes a Dios en la persona de los pobres, San Lorenzo le dio su sangre en el martirio.

No somos, tal vez, llamados a tanta gracia; pero, por lo menos, debemos vivir con el espíritu del martirio; es decir, estar dispuestos a morir antes que ofender a Dios; a mortificar nuestra carne y nuestras pasiones; a sufrir con paciencia las miserias de la vida, las penas de nuestro estado, las injurias, las calumnias, las persecuciones; a defender en toda circunstancia la causa de la religión; a predicar con nuestro ejemplo como con nuestras palabras; a no tener ningún trato con el respeto humano, ni avergonzarnos jamás de lo que es para nosotros un deber.

Tomemos la resolución de esforzarnos todos los días en crecer en el amor divino, que es lo único que puede darnos el valor de cumplir en toda circunstancia con nuestro deber.

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Consideremos ahora la Epístola y el Evangelio de esta Fiesta:

Pues digo: el que siembra con mezquindad, con mezquindad cosechará, y el que siembra en bendiciones, bendiciones recogerá. Haga cada cual según tiene determinado en su corazón, no de mala gana, ni por fuerza; porque dador alegre ama Dios. Y poderoso es Dios para hacer abundar sobre vosotros toda gracia a fin de que, teniendo siempre todo lo suficiente en todo, os quede abundantemente para toda obra buena, según esta escrito: «Desparramó, dando a los pobres; su justicia permanece para siempre.» Y el que suministra semilla al que siembra, dará también pan para alimento, y multiplicará vuestra sementera y acrecentará los frutos de vuestra justicia, de modo que seáis en todo enriquecidos para toda liberalidad, la cual por medio de nosotros produce acción de gracias a Dios.

En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo arrojado en tierra no muere, se queda solo; mas si muere, produce fruto abundante. Quien ama su alma, la pierde; y quien aborrece su alma en este mundo, la conservará para la vida eterna. Si alguno me quiere servir, sígame, y allí donde Yo estaré, mi servidor estará también; si alguno me sirve, el Padre lo honrará.

Lorenzo era el grano de trigo de que nos habla el Evangelio de la Fiesta, que moría para multiplicar su fruto.

La Liturgia hace resaltar particularmente ese sentido de su sacrificio. Epístola y Evangelio hacen hincapié en el mismo pensamiento.

A nosotros nos enseña una lección muy importante: en ese grano de trigo está también figurada nuestra alma, plantada en el campo de la carne. Si se obstina ese germen espiritual, el alma, en permanecer en su ser, le sucederá lo que al grano de trigo que no llega a pudrirse: conservará su vida natural; pero esa vida será infecunda. Si, empero, muere a sí misma, matando el propio yo, dará múltiple fruto, florecerá en virtudes y buenas obras.

Mientras quedemos encerrados en nuestro propio yo, no llevaremos nada para adelante; tanto más progresaremos en la perfección cuanto mayormente logremos despojar nuestra vida espiritual del propio yo, de modo que venga a ocuparla Cristo.

Y en este particular vale el principio que sienta San Pablo en la Epístola de hoy: Quien escasamente siembra, cosechará escasamente.

Es decir, si nuestro yo no muere totalmente a sí mismo, anémica será la vida de Cristo en el alma; por lo mismo, cuanto más perfectamente muramos al propio sentir, tanto más perfectamente vivirá Cristo en nosotros; cuanto más libre quede nuestra alma, tanto más fácilmente podrá entrar Cristo en ella y realizar allí desahogadamente su obra.

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Según el pensamiento de San Pablo, el que ama da con gusto, porque está deseando dar.

Dice San Agustín: «Si podéis dar, dad; si no podéis, mostraos afables. Dios recompensa la bondad de corazón del que nada tiene para dar. Nadie diga, pues, que no tiene; la caridad no necesita bolsa».

Por otra parte, el mismo Dios nos da, tanto los bienes para la limosna cuanto el deseo de darla.

Habiendo inducido San Pablo a los Corintios a dar limosnas para los fieles que estaban en Jerusalén, ahora los aconseja en cuanto al modo de dar.

Los exhorta a que den con prontitud; a que den con abundancia; a que den alegremente.

También vale para nosotros la exhortación.

La razón de que debemos dar abundantemente es porque el que escasamente siembra, o sea, quien da poco en este mundo, también escasamente cosecha, o sea, que recibirá muy poco en la otra vida.

Y habla de sembrar porque nuestras siembras son lo que de bueno hagamos. Lo que un hombre sembrare eso cosechará.

El que siembra bendiciones, esto es, abundantemente, bendiciones también cosecha, o sea, una amplia retribución de Dios.

Se dice abundantemente en cuanto a la proporción de lo que buenamente se sembró.

Abundantemente reciben todos, en cuanto al premio substancial; pero escasamente, en cuanto al premio accidental, en el cual está la diferencia de los Santos.

A veces alguien da poco, pero con gran caridad, y cosecha abundantemente.

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Cuando San Pablo dice Haga cada cual según tiene determinado en su corazón, no de mala gana, ni por fuerza, nos exhorta para que demos alegre y gozosamente.

Como si dijera: Cada cual dé voluntariamente, no a la fuerza. Pues indica dos cosas opuestas a lo voluntario: la tristeza y lo forzado.

Y en seguida indica la razón: porque dador alegre ama Dios. En efecto, todo remunerador remunera las cosas que son dignas de remuneración, y éstas son solamente los actos de las virtudes.

Ante Dios, que mira el interior de los corazones, no basta que se realice el acto de virtud conforme a su especie, si no que se necesario que se efectúe según el modo debido, o sea, gozosa, alegremente.

Por lo cual, no simplemente al que da, sino que al que da con alegría lo ama Dios, o sea, lo aprueba y remunera, y no al triste y medio forzado.

Servid al Señor con alegría, dice el Salmo 99; y el Eclesiástico agrega, Todo lo que das, dalo con semblante alegre.

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El que da algo que se multiplica, como la simiente, debe dar prontamente, alegremente y abundantemente, así como vemos que hacen los hombres que siembran su grano, porque multiplicado lo recobran.

Así es que, como la limosna se les multiplica a los que dan, debemos darla pronta, gozosa y abundantemente.

No temamos dar porque, abrumados por la indigencia, nos arrepintamos alguna vez de haber dado; en efecto, poderoso es Dios para hacer abundar toda gracia del Espíritu Santo, por la cual siempre nos alegraremos de la buena obra que hayamos hecho.

Y por eso San Pablo dice: «abundéis en toda buena obra», esto es, que tengamos un gran gusto en dar limosna, tal como lo tenemos en otras obras de virtud, porque, sin embargo, tendremos siempre todo lo necesario de los bienes exteriores.

Por la práctica se confirma la razón predicha; y así dice San Pablo: El que suministra semilla al que siembra, dará también pan para alimento, y multiplicará vuestra sementera y acrecentará los frutos de vuestra justicia; como si dijera: Sabéis por experiencia que lo mismo que dais de limosnas lo recibís de Dios.

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Con esto se resuelven tres objeciones.

La primera es que alguien podría decir: Si hoy damos lo que tenemos, nos hará falta lo necesario para el diario sustento.

Y San Pablo lo hace a un lado, porque el que provee no sólo da la simiente al sembrador, sino también pan, o sea, lo necesario para la vida, para su alimento.

La segunda, porque podría decirse que, si damos mucho, nos hará falta lo que tenemos para dar de nuevo.

Y a esto el Apóstol lo hace a un lado diciendo que no nos hará falta, sino que se multiplicará nuestra sementera de la que hagamos muchas limosnas.

La tercera porque podría alguien decir que, si ahora damos, nos faltará la voluntad para dar, y nos pesará el haber dado, y así todo lo perderemos.

Y esto lo hace a un lado diciendo: Y colmará el incremento de los frutos de vuestra justicia, esto es, será tanto lo que aumente la posibilidad y la voluntad de dar limosnas, de lo cual procede vuestra justicia, que estaréis siempre preparados y prontos para dar limosnas, y lo que cosechéis será lo máximo en comparación con la insignificante semilla.

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Todo esto se cumplió en San Lorenzo, ministro del Sumo Pontífice, que no consintió dejarle solo en su inmolación; quiso seguir hasta la muerte al Pontífice y a Aquél de quien éste hacía las veces, al Sumo Sacerdote Cristo.

De este modo realizó la palabra del Señor: Donde yo estoy, allí estará mi ministro.

Nosotros, siervos del Señor, queremos también seguirle, y seguirle hasta el Calvario. Por eso nos acercamos al Altar, a fin de tomar fuerzas para subir a aquel otro, la Cruz.

Quien ama su alma, la pierde; y quien aborrece su alma en este mundo, la conservará para la vida eterna.

Si alguno me quiere servir, sígame, y allí donde Yo estaré, mi servidor estará también; si alguno me sirve, el Padre lo honrará.