P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA OCTAVA POST PENTECOSTÉS

Sermones-Ceriani

OCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

La parábola del administrador sagaz y la siguiente, la del mal rico, comprenden todo el capítulo 16 de San Lucas.

Podemos establecer una trabazón entre la materia de ellas con la de la parábola anterior, la del hijo pródigo.

La del hijo que despilfarra su herencia manifiesta el mal uso de las riquezas; la del administrador del Evangelio de hoy nos enseña el buen uso de ellas para lograr la salvación; y en la del rico epulón se nos manifiestan los castigos a que se hacen acreedores los que abusan de las mismas.

En medio de las parábolas aparece un duro reproche de Nuestro Señor a los fariseos que se burlaban de Él.

Leamos, ante todo, los textos:

El hijo pródigo

Un hombre tenía dos hijos, el menor de lo cuales dijo a su padre: «Padre, dame la parte de los bienes, que me ha de tocar». Y les repartió su haber. Pocos días después, el menor, juntando todo lo que tenía, partió para un país lejano, y allí disipó todo su dinero, viviendo perdidamente.

El administrador inicuo

Dijo también, dirigiéndose a sus discípulos: Había un hombre rico, que tenía un mayordomo. Éste le fue denunciado como que dilapidaba sus bienes. Lo hizo venir y le dijo: «¿Qué es eso que oigo de ti? Da cuenta de tu administración, porque ya no puedes ser mayordomo».

Entonces el mayordomo se dijo dentro de sí mismo: «¿Qué voy a hacer, puesto que mi amo me quita la mayordomía? De cavar no soy capaz; mendigar me da vergüenza. Yo sé lo que voy a hacer, para que, cuando sea destituido de la mayordomía, me reciban en sus casas».

Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?» Y él contesto: «Cien barriles de aceite». Le dijo: «Aquí tienes tu vale; siéntate en seguida y escribe cincuenta». Luego dijo a otro: «Y tú, ¿cuánto debes?» Éste le dijo: «Cien medidas de trigo». Le dijo: «Aquí tienes tu vale, escribe ochenta».

Y alabó el señor al inicuo mayordomo, porque había obrado sagazmente.

Es que los hijos del siglo, en sus relaciones con los de su especie, son más listos que los hijos de la luz.

Por lo cual Yo os digo, granjeaos amigos por medio de la inicua riqueza para que, cuando ella falte, os reciban en las moradas eternas.

El fiel en lo muy poco, también en lo mucho es fiel; y quien en lo muy poco es injusto, también en lo mucho es injusto.

Si, pues, no habéis sido fieles en la riqueza inicua, ¿quién os confiará la verdadera? Y si en lo ajeno no habéis sido fieles, ¿quién os dará lo vuestro?

Ningún servidor puede servir a dos amos, porque odiará al uno y amará al otro, o se adherirá al uno y despreciará al otro; no podéis servir, a Dios y a Mammón.

La hipocresía de los fariseos

Los fariseos, amadores del dinero, oían todo esto y se burlaban de Él. Les dijo entonces: «Vosotros sois los que os hacéis pasar por justos a los ojos de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones. Porque lo que entre los hombres es altamente estimado, a los ojos de Dios es abominable».

El rico Epulón y Lázaro

Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y banqueteaba cada día espléndidamente. Y un mendigo, llamado Lázaro, se estaba tendido a su puerta, cubierto de úlceras, y deseando saciarse con lo que caía de la mesa del rico, en tanto que hasta los perros se llegaban y le lamían las llagas.

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Comencemos con el símil del administrador astuto, que consta de dos partes: la parábola propiamente dicha y su aplicación moral.

Y decía Nuestro Señor a sus discípulos, no sólo a los Apóstoles, sino a los que creían en él y piadosamente le oían: Había un hombre rico que tenía, un mayordomo, un intendente o administrador general de los bienes de su señor, con amplia libertad en su gestión.

Y éste fue acusado delante de él, como disipador de sus bienes, malversador de fondos.

Y lo llamó, y le dijo, brevemente y con dureza: ¿Qué es esto que oigo decir de ti? Da cuenta de tu mayordomía, definitivamente, para dejarla, porque ya no podrás ser mi mayordomo.

Todos los días, enseña San Juan Crisóstomo, nos dice Dios estas palabras con los hechos: porque hoy vemos que quien gozaba al mediodía de salud perfecta, es ya difunto cuando llega la noche; mañana sabemos que otro ha muerto mientras estaba comiendo; y así dejamos en diversas formas la administración de la vida que gozamos. Pero el mayordomo fiel, que cuida con diligencia su administración, dice con San Pablo: «Deseo ya morir y estar con Cristo». Tengamos siempre en orden y exactas nuestras cuentas con Dios, Nuestro Señor.

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Entonces el mayordomo, sin defenderse, abarcando de una mirada su situación y los medios que podía utilizar para salir de ella, dijo entre sí, en rápido monólogo: ¿Qué haré, pues que mi señor me quita la mayordomía?

Cavar no puedo; ni sé, ni fuerzas tengo para los rústicos trabajos del labrador.

De mendigar, tengo vergüenza, habiendo vivido hasta el presente en condición desahogada y noble.

¿Qué haré, puesto que mi señor me quita la mayordomía? Dos lecciones se encierran en estas palabras, dice San Juan Crisóstomo: la primera es para quienes se pasaron el tiempo sin hacer nada y, cuando llega la hora de los apuros, no saben hacer nada: la impotencia para el trabajo es el crimen de una vida holgazana; no temiera el mayordomo si hubiese estado bregado al trabajo.

La segunda nos enseña que después de la muerte no es hora de trabajar, sino de descansar del trabajo; ni de mendigar, porque nadie en el otro mundo puede vestirse con los méritos de los demás.

De repente se le ofrece una solución, que aprueba y acepta: Yo sé lo que he de hacer para que, cuando fuera removido de la mayordomía, me reciban en sus casas, salvando así mi sustento y mi decoro.

Su idea es ésta: procuraré pingües ganancias a mis administrados; ellos, agradecidos, me hospedarán en sus casas, a lo menos hasta que resuelva mi situación.

Llamó, pues, a cada uno de los deudores de su señor, uno a uno para mejor persuadirles.

Y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? Y éste le respondió: Cien barriles de aceite. Evocada en la memoria del deudor su deuda, la rebaja adquiere más relieve. Y le dijo: Toma tu escritura, la factura en que consta la entrega de aceite que se te ha hecho, y siéntate luego, que el tiempo urge, y se nos podría sorprender, y escribe otro recibí de cincuenta. La rebaja es de la mitad.

Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Y él respondió: Cien coros de trigo. Él le dijo: Toma tu vale, rásgalo o quédate con él, y escribe en otro: ochenta. Siendo menor la rebaja proporcional, es mayor sin embargo la absoluta, por el mayor volumen de la deuda, diez veces mayor.

Es de suponer que, como con estos dos, lo haría el mayordomo con otros deudores del señor.

Es de notar que no se trata de un simple individuo sino de un mayordomo, y que las liberalidades con que se salvó no fueron a costa de sus bienes propios sino a costa de su amo, que es rico y bueno.

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Al saber el señor la estratagema, la parábola no dice cómo, no pudo menos de admirar la astucia, la habilidad con que su mayordomo utilizó, en pocos momentos y en su provecho, una autoridad que se le iba a quitar: Y alabó el señor al mayordomo infiel, de que había obrado sagazmente.

No alaba el señor el fondo inmoral de la astucia del mayordomo de la riqueza inicua, como le llama Nuestro Señor.

Antes de pasar a la aplicación de la parábola, hace Jesús esta triste reflexión, que le sugiere la conducta del astuto mayordomo: Porque los hijos de este siglo, los mundanos, por oposición a los hijos de la luz, a los que se precian de cristianos, son más sabios, unos con otros, son más astutos y prudentes y avisados cuando tratan entre sí de lo que atañe a sus intereses, comodidades y negocios, que los hijos de la luz, los hijos de Cristo, cuando tratan del negocio que como tales les compete, que es la propia salvación, la gloria de Dios, el bien de las almas.

Estos debieran hacer en su gestión lo que hacen aquéllos en la suya: ser próvidos, sagaces, trabajadores, abnegados, etc.

Los hijos de este siglo son más sabios, unos con otros, que los hijos de la luz… Este pensamiento de Jesucristo responde a una realidad palmaria, que puede experimentarse cada día en el orden personal y en el social.

En lo particular y personal, los hijos del siglo —y nosotros en lo que a ellos nos parecemos— emplean más sagacidad y astucia para lo mundano, para lo malo, que para el bien; para las cosas del cuerpo que para las del espíritu.

¡Cuántos cristianos, cuidadosísimos de su cuerpo, de sus bienes, de sus negocios, próvidos, diligentes, trabajadores acérrimos, viven completamente descuidados del negocio y de los bienes del espíritu!

En el orden social, ¿no son los malos, los hijos de este siglo, los que mejor se unen, los que más trabajan en su generación, los más cautos, los que mejor saben utilizar sus propios recursos?

Debe quedar claro que Jesucristo solamente alaba la habilidad del administrador en salvar su existencia. Como el administrador asegura su porvenir, así nosotros podemos «atesorar riquezas en el cielo»; y no hemos de ser menos previsores que él.

Aun las «riquezas de iniquidad» han de ser utilizadas para tal fin.

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La aplicación de la parábola la ha insinuado ya Jesús al decir que los hijos de este siglo son más sabios, unos con otros, que los hijos de la luz.

Pero insiste y explica: Y yo os digo, haciendo un argumento a fortiori, granjeaos amigos por medio de la inicua riqueza; es decir, si el mayordomo fue astuto para hacerse amigos en su administración, sedlo vosotros, haciéndoos, en los pobres, amigos con las riquezas que tengáis.

A estas riquezas llama Jesús de la iniquidad, porque muchas veces son efecto o causa, o ambas cosas a la vez, de la iniquidad:

Y este granjearse amigos, por medio de esa riqueza inicua, es para que, cuando fallezcamos, o cuando por la muerte nos faltasen las riquezas, nos reciban aquellos amigos en las eternas moradas, en el cielo.

También podemos hacernos otros amigos con las riquezas: Dios, procurando el esplendor de su culto; Jesucristo, contribuyendo a la difusión de su Evangelio; los Ángeles y Santos, venerándoles, etc.

Granjearse amigos por medio de las riquezas injustas… Uno de los pensamientos culminantes del Evangelio, y que Jesús repite con insistencia, es la maldad que acompaña a las riquezas.

No que ellas sean intrínsecamente malas, sino porque son fuente de muchos males, si no se administran debidamente; y esto es lo difícil.

Porque administrarlas debidamente es hacerlo cristianamente; y el espíritu de Cristo aparece completamente hostil a las riquezas.

Por ello indica Jesús la manera de santificarlas y de hacerlas provechosas al mismo espíritu: esto se logra por la limosna.

Las riquezas engendran maldad, dice San Buenaventura, si de ellas no se hace limosna.

La limosna, dice el Crisóstomo, el arte más exquisito de las artes, porque por ella se fabrican, no casas de barro, sino palacios en el cielo. Arte fácil, porque todas las demás artes necesitan del concurso de las otras, mientras que para la limosna basta la voluntad de quien posee bienes.

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Y robustece Jesús la afirmación que ha hecho de que las riquezas temporales pueden servirnos para lucrar ventajas espirituales, con otro argumento, a saber: si no hacemos buen uso de las riquezas, nos privamos voluntariamente de grandes ventajas y dones en el orden del espíritu: El fiel en lo muy poco, también en lo mucho es fiel.

Tal vez Dios nos ha dado bienes materiales, que son los menores. Si los administramos según su voluntad, haciendo buen uso de ellos, nos prodigará bienes espirituales, que son los mayores, en cuya administración seremos también fieles.

Enseñaba Jesús el amor de los ricos a los pobres, dice San Cirilo, porque sabía que es tal la condición humana, que los que con afán buscan riquezas ninguna caridad hacen a los necesitados; esto es lo mayor, porque es un bien profundamente cristiano y de orden espiritual y eterno. Pero las riquezas no suelen buscarse para hacer limosna de ellas, sino para atesorarlas. De aquí el mal gravísimo que a los ambiciosos de ellas proviene: buscan con afán lo menor, porque las riquezas son nada en comparación de las que Dios nos tiene reservadas, y se hacen indignos de que Dios les conceda lo mayor, el perdón de los pecados, la gracia, los dones del Espíritu, el aumento de virtudes, el vencimiento de tentaciones y en su día la gloria del cielo, todo lo que comprende esta palabra: lo mayor.

En lo muy poco: He aquí una promesa, llena de indecible suavidad, porque todos nos animamos a hacer lo muy poco, si es que queremos. Y Él promete que este poquísimo se convertirá en mucho, como diciendo; No le importa a mi Padre la cantidad de lo que hacéis, sino el espíritu con que obráis.

Y repite el mismo pensamiento en otra forma: Y quien en lo muy poco es injusto, también en lo mucho es injusto.

El que es injusto en lo temporal, malversándolo, también es injusto en lo espiritual, despreciando los dones de Dios o abusando de ellos. Recordemos cómo comenzó la historia del hijo pródigo…

Y Nuestro Señor precisa su razonamiento: Pues si en las riquezas injustas, como antes las ha llamado de iniquidad, no fuisteis fieles: ¿quién os confiará las verdaderas, cómo os dará Dios los bienes verdaderos, que son los del alma?

Y repite: Y si no fuisteis fieles en lo ajeno (en las riquezas que se nos dan en simple administración y que siempre son adventicias), lo que es vuestro (lo que Dios os tiene destinado como posesión inamisible, los dones del cielo), ¿quién os lo dará?

Lo ajeno son los bienes temporales, pues pertenecen a Dios que los creó, Y los tenemos solamente en préstamo; porque Él, al dárnoslos, no se desprendió de su dominio, y nos los dio para que con ellos nos ganásemos lo nuestro, es decir, los espirituales y eternos, únicos que el Padre celestial nos entrega como propios. Para la adquisición de esta fortuna nuestra, influye grandemente, como aquí enseña Jesús, el empleo que hacemos de aquel préstamo ajeno.

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Termina Jesucristo con un pensamiento ya expresado anteriormente, y que contiene la síntesis de las lecciones morales de esta parábola: Ningún siervo puede servir a dos señores: porque o aborrecerá al uno, y amará al otro; o se aficionará al uno, y al otro despreciará, sobre todo si sus preceptos son contrarios, o si ambos exigen un servicio continuo.

No podéis servir a Dios y a las riquezas: son dos señores que reclaman la actividad del hombre en opuesto sentido.

Ningún siervo puede servir a dos señores…, porque no hay más que un Señor, dice San Ambrosio, que es Dios; porque cualquier otro no puede ejercer los derechos de un verdadero señorío, sino sólo imponer el yugo de una ominosa servidumbre.

Con todo, a la riqueza sirven muchos como si se tratara de un verdadero señor. De aquí las consecuencias lamentables de esta baja servidumbre: la dureza de corazón; las injusticias; la avaricia sórdida; la ambición desmesurada, con su séquito de males personales y sociales; la opresión de los débiles; el orgullo de la vida, etcétera.

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La última frase de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero», provocó una burla, casi diríamos una rechifla entre los fariseos que, mezclados con la multitud, le oían exponer la peregrina, para ellos, doctrina de las «riquezas inicuas» y de la necesidad de desprenderse de ellas.

Los fariseos, que eran avaros, que se procuraban las riquezas, incluso prolongando sus oraciones para hacerse con el patrimonio de las viudas, y que, por otra parte, hacían gala de ser los modelos vivos de la santidad, consideraron absurda y necia la doctrina de Jesús de la incompatibilidad del amor a Dios y a las riquezas: Oían todas estas cosas, y se burlaban de Él.

La forma utilizada por el texto griego parece indicar un gesto de escarnio, expresivo de maligna astucia, en que entran en juego los músculos de la cara, con contracción de la nariz. Parece oírlos: ¡Si Dios, en la ley antigua, ha prometido abundancia de bienes a sus adoradores; y Abraham y David fueron ricos hasta la opulencia!

Quizá la soberbia y la avaricia son los adversarios más formidables de la verdad.

La soberbia, porque ciega la inteligencia.

La avaricia, porque endurece el corazón y le hace mirar solo del lado de la tierra, siendo la verdad del cielo, de arriba.

Los fariseos eran la expresión viva de estos vicios capitales; por ello, no sólo no se convirtieron, salvo poquísimas excepciones, sino que fueron acérrimos enemigos personales de Jesús, hasta el punto de burlarse públicamente de Él, como en esta ocasión, de perseguirle y matarle, a Él, Maestro sumo de la suma verdad, y la misma Verdad.

Este fenómeno, con los atenuantes debidos, se reproduce en la sociedad cristiana: los incrédulos y los impenitentes se recluyen en las filas de los doctrinarios y de los malos ricos; de los que voluntariamente cierran su inteligencia a la luz de Cristo, y de los que voluntariamente cierran su mano, negando el socorro a los pobres, en los que Cristo se ha señalado a sí mismo.

El gesto y las palabras de los fariseos era el descrédito de la doctrina de Jesús: ellos, ricos, eran los maestros de Israel; al burlarse de Jesús, pobre, le desprestigian ante el pueblo.

El Señor les desenmascara, primero dejando barruntar la maldad de sus corazones, y les dijo: Vosotros queréis parecer justos delante de los hombres; no basta vuestro testimonio. Mas Dios conoce vuestros corazones; sólo Él sabe la maldad que encierran.

Suelen también los soberbios y avaros blasonar de justos.

Falta a los soberbios la medida de la justicia, porque se reputan superiores a los demás, y a ellos mismos regla de justicia.

Falta también la justicia a los avaros, porque el hambre de la posesión justifica a sus ojos toda dureza y toda injusticia.

Justicia es equilibrio, y no puede guardarlo el que tiene excesivamente hinchado el pensamiento con vana estima de sí, o el bolsillo, con demasiado apego a lo suyo.

En segundo lugar, Jesús los refuta diciendo que no es el juicio de los hombres el que da su valor real a las cosas, sino el de Dios: Porque lo que los hombres tienen por sublime (admirable, digno de toda estima), es delante de Dios abominación, cosa vil y despreciable.

Abominable «Tumba del humanismo» ha sido llamada esta sentencia de irreparable divorcio entre Cristo y los valores mundanos.

Esta frase de Jesús es como la síntesis doctrinal y práctica de todo su Evangelio.

Véanse, si no, los altos valores del mundo: riquezas, dominación, placeres, estima de los hombres, honores; y véanse los conceptos y realidades que Dios opone a ello por medio de Jesús: pobreza, limosna, renunciamiento de todo, mortificación, desprecios, humildad.

Aquello, que los hombres aman, es abominación delante de Dios. El Evangelio es trastrueque de los valores humanos y su substitución por los valores divinos.

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Atajadas las befas que de Jesús hicieron los fariseos avaros, cuando pronunció la frase «Nadie puede servir a Dios y a las riquezas», reanuda el Señor su discurso sobre las riquezas, concretando, en la bella parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, el pensamiento de los males irremediables que acarrea la fruición desenfrenada de las mismas, gozándolas en el lujo y molicie, mientras hay tantos desdichados a quienes falta lo necesario para la vida.

De paso rectificaba Jesús los prejuicios de los fariseos en lo tocante a ricos y pobres: ellos eran ricos, y tenían la riqueza como bendición de Dios; por el contrario, despreciaban al pueblo pobre y tenían la pobreza como el mayor y la síntesis de todos los males.

La dulce y fuerte parábola establece el equilibrio en lo tocante al concepto de la riqueza y la legitimidad de su uso.

Había un hombre rico que se vestía de púrpura, traje riquísimo y vistosísimo exterior, y lino finísimo para el interior, que muellemente acariciaba sus carnes. Y cada día tenía convites espléndidos, acostumbraba comer opíparamente, sazonando la comida con los placeres que suelen acompañarla, canto, música, etc.

Tenía este hombre las tres cosas que suele decirse hacen al hombre feliz: riquezas, vestidos preciosos, festines a diario.

Había también otro hombre en que se juntaban tres condiciones diametralmente opuestas a las antedichas: era pobre, un mendigo, llamado Lázaro, que en vez de ricos vestidos tenía el cuerpo cubierto de llagas, sin ropa para abrigarlas, sufriendo hambre atroz, y deseando hartarse de las migas que caían de la mesa del rico, y ninguno se las daba. Y tan miserable era el estado de este pobre ulceroso, que ni podía apartar de sí los perros vagabundos que a él venían y restregaban sus llagas con sus lenguas. Lo que debía serle tanto más gravoso, cuanto que los judíos tenían a los perros como animales inmundos, cuyo contacto era pernicioso.

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Como conclusión de todo lo dicho, destaquemos que Lázaro es el único personaje de las parábolas de Jesús con nombre propio, lo que a algunos ha hecho suponer sin razón que se trataba de un hecho real.

El nombre de Lázaro, etimológicamente, significa «ayudado por Dios», por lo que fue aptísima la selección del nombre.

Es cosa de notar, dice San Gregorio Magno, que mientras el pueblo suele llamar a los ricos por su nombre y no a los pobres, Jesús en esta parábola da el nombre del pobre y calla el del rico: es que Dios conoce, aplaude y ayuda a los humildes, e ignora a los soberbios.

Ridícula es, pues, la vanidad de aquellos que buscan hacerse un nombre acumulando riquezas, que nada pueden añadir a lo que somos de nosotros mismos.

Todo esto debe animarnos a ambicionar únicamente, aunque sea a costa de humillaciones, que nuestros nombres estén escritos en los Cielos.