
SEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Seguimos y terminaremos hoy con el comentario a la Epístola del Cuarto Domingo de Pentecostés.
Siguiendo al Padre Lacunza nos habíamos introducido en el estudio de la profecía de Isaías, retomada por el Apóstol San Pedro, de nuevos cielos y nueva tierra.
El Padre Lacunza dice que esta gran mudanza que esperamos de nuestro mundo presente de mal en bien debe iniciarse por donde comenzó, en tiempo de Noé, de bien en mal; es decir, por la restitución del eje de la tierra a aquel mismo sitio donde estaba antes del diluvio.
Veamos la aplicación que hace y las dos consecuencias generales y seis particulares a las que llega.
Si el perpetuo equinoccio vuelve a nuestra tierra, desterradas para siempre las cuatro estaciones enemigas, todo queda llano y facilísimo de concebirse y explicarse.
Primera consecuencia general: Lo primero que se comprende al punto, en esta hipótesis, son los anuncios terribles, que para el día grande del Señor se hallan a cada paso en los Profetas, en los Salmos, en los Evangelios, en los escritos de los Apóstoles y en el Apocalipsis.
Todos estos anuncios concuerdan entre sí, y concuerdan perfectamente con la hipótesis misma.
Para ver con los ojos esta concordancia, imaginemos por un momento que ahora en nuestros días sucede este enderezamiento del eje de la tierra, necesario para que la eclíptica y la equinoccial se unan entre sí y formen una misma línea individual.
Imaginemos también que desde cierta altura competente y segura observamos con buenos telescopios todas las cosas particulares que suceden aquí abajo como resultado natural y forzoso de la unión de estas dos líneas o círculos máximos, que ahora se cortan mutuamente, y producen en este corte oblicuo las cuatro estaciones enemigas.
En este caso, que suponemos repentino y violento, deben seguirse naturalmente todas las siguientes consecuencias anunciadas en la Sagrada Escritura:
Primera consecuencia particular: que nuestra tierra o nuestro globo, moviéndose de polo a polo (para enderezarse), se mueva realmente de su lugar: Pues esto es lo que se lee en Isaías, XIII, 13: Sobre esto turbaré el cielo; y se moverá la tierra de su lugar a causa de la indignación del Señor de los ejércitos, y por el día de la ira de su furor.
Y en XXIV, 19, el mismo Profeta dice: conmovida sobremanera será la tierra, será agitada muy mucho la tierra como un embriagado… y la agobiará su maldad.
Yo completo las citas, trayendo la del Profeta Ageo, 2, 7: Porque así dice Yahvé de los ejércitos: Una vez más, y esto dentro de poco, conmoveré el cielo y la tierra, el mar y los continentes.
Conmoveré: los Profetas pintan con estas imágenes de revolución terrestre y cósmica el juicio y la segunda venida de Cristo.
Fillion observa a este respecto que «la mayoría de los Profetas suponen, cuando anuncian la era mesiánica, que ella será precedida de grandes perturbaciones en el mundo pagano, para llevarlo a doblegarse bajo la ley del verdadero Dios «. Y agrega que «esas perturbaciones son simbolizadas baja la figura de revoluciones producidas en el mundo material»
Veamos la explicación que de aquel versículo del Profeta Ageo hace San Pablo en su Epístola a los Hebreos, 12, 26:
«Si aquellos que recusaron al que sobre la tierra promulgaba la revelación no pudieron escapar al castigo, mucho menos nosotros, si rechazamos a Aquel que nos habla desde el cielo: cuya voz sacudió entonces la tierra y ahora nos hace esta promesa: «Una vez todavía sacudiré, no solamente la tierra, sino también el cielo». Esto de «una vez todavía» indica que las cosas sacudidas van a ser cambiadas, como que son creaturas, a fin de que permanezcan las no conmovibles. Por eso, aceptando el reino inconmovible, tengamos gratitud por la cual tributemos a Dios culto agradable con reverencia y temor. Porque nuestro Dios es fuego devorador».
San Pablo cita al Profeta Ageo según la versión de los Setenta, que coincide con el texto hebreo. El Apóstol acentúa las palabras «una vez todavía» queriendo mostrar a los hebreos que los bienes definitivos que Israel esperaba del Mesías, a quien rechazó, se cumplirán plenamente en Cristo resucitado.
Segunda consecuencia particular: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, piensen todos sus habitadores que los cielos o todos los cuerpos celestes, sol, luna, planetas y estrellas, se mueven con la misma violencia o ligereza en sentido contrario.
Esta apariencia o ilusión es tan frecuente como natural: los que navegan con buen viento, a vista de alguna tierra o peñasco, o nube fija e inmóvil, se figuran que su navío o barco está quieto en un mismo lugar, y que los otros objetos que tienen a la vista son los que se mueven hacia el rumbo diametralmente opuesto.
Pues, esto es lo que se lee en el texto de San Pedro, tantas veces citado, II Pedro, III, 10: Vendrá, pues, como ladrón el día del Señor; en el cual pasarán los cielos con grande ímpetu.
Esto es lo que se lee en el Apocalipsis, 6, 14: el cielo se recogió como un libro que se arrolla.
Tercera consecuencia particular: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, se turbe y oscurezca horriblemente toda nuestra atmósfera, y que esta turbación y mezcla de tantas partículas heterogéneas, que nadan en ellas, nos impida por entonces el aspecto libre de los cuerpos celestes; no como lo hacen ahora las nubes (las cuales, aunque sean densísimas, siempre dejan pasar muchos rayos de luz, suficientes para distinguir el día de la noche); sino de otro modo insólito y mucho más horrible, que sin ocultarnos del todo estos cuerpos celestes, nos los hagan aparecer ya negros, ya pálidos, ya sanguíneos, produciendo en nuestra superficie otra especie de oscuridad muy semejante a las tinieblas de Egipto, de quienes se dice en el libro de la Sabiduría, XVII, 5: Ni las llamas puras de las estrellas podían alumbrar aquella noche horrorosa.
Pues esto es lo que se anuncia en Isaías, L, 3: Vestiré los cielos de tinieblas, y les pondré un saco por cubierta.
Esto es lo que se anuncia en Zacarías, XIV, 7: Habrá un día conocido del Señor, que no será ni día ni noche: mas al tiempo de la tarde habrá luz.
Esto es lo que se anuncia en el Evangelio, Luc. XXI, 25: Habrá señales en el sol, y en la luna, y en las estrellas; y en la tierra consternación de las gentes.
Esto es lo que se anuncia en el Apocalipsis, VI, 12: He aquí fue hecho un gran terremoto, y se tornó el sol negro como un saco de cilicio; y la luna fue hecha toda como sangre.
Cuarta consecuencia particular: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, todas cuantas cosas se hallan en su superficie, pierdan su equilibrio, el cual perdido, todas caigan unas sobre otras confusa e irremediablemente, así como sucedió en los días de Noé, al inclinarse el eje de la tierra.
Pues esto es lo que se anuncia en Isaías, XXX, 25: En el día de la mortandad de muchos, cuando cayeren las torres.
Esto es lo que se anuncia en el Apocalipsis, XVI, 19: Cayeron las ciudades de las gentes…-Y toda isla huyó, y los montes no fueron hallados.
Quinta consecuencia particular: que moviéndose la tierra de un polo a otro, pierdan también su equilibrio, por la misma causa general, las aguas del mar; el cual perdido, se alboroten y se conturben, se derramen sobre muchos lugares, de lo que ahora es árida, y espanten con sus bramidos horribles aun a los que se hallan distantes de sus playas.
Pues esto es lo que se anuncia expresamente en el Evangelio, Luc. XXI, 26: Y en la tierra consternación de las gentes por la confusión que causará el ruido del mar, y de sus ondas. Quedando los hombres yertos por el temor y recelo de las cosas que sobrevendrán a todo el universo.
Sexta consecuencia particular: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, no solamente se conturbe toda la atmósfera y se enturbie, se oscurezca por la multitud de vapores y exhalaciones de toda especie, como vimos en la tercera consecuencia; sino que, mezclándose estas entre sí, y chocando violenta y confusamente las unas con las otras, exciten con este frotamiento el fuego eléctrico y produzcan por consiguiente una prodigiosa multitud de rayos, los cuales consuman y conviertan en ceniza la mayor y máxima parte de los hombres, y de las obras de sus manos.
Pues esto es lo que se anuncia frecuentísimamente en las Escrituras.
Esto es lo que se lee en el Salmo XVII: Tronó desde el cielo el Señor, y el Altísimo dio su voz: pedrisco y carbones de fuego. Y envió sus saetas, y los desbarató; multiplicó relámpagos, y los aterró.
Esto es lo que se lee en el salmo XCVI: Fuego irá delante de él, y abrasará alrededor a sus enemigos. Alumbrarán sus relámpagos la redondez de la tierra; los vio la tierra y fue conmovida.
Esto es lo que se lee en el Evangelio, Mt. XXIV, 29, cuando se dice: Las estrellas caerán del cielo. Las cuales palabras, no pueden tener otro verdadero sentido.
En fin, esto mismo es lo que se lee en el Apocalipsis, VI, 13: Las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos, cuando es movida de grande viento. Y por temor de estas estrellas metafóricas, prosigue San Juan, se esconderán los hombres, aun los más animosos, en los subterráneos, en las cuevas, en las aberturas de los más grandes peñascos, a quienes dirán: Caed sobre nosotros, y escondednos de la presencia del que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque llegado es el gran día de la ira de ellos; ¿y quién podrá sostenerse en pie?
+++
Segunda consecuencia general: Terminado finalmente este gran día, pasada la horrible tempestad, exterminados en ella todos los impíos y pecadores, unidas perfectamente en una misma individual línea la eclíptica y el ecuador, sosegada toda la atmósfera, aclarado el aire, quieto el mar y congregadas todas sus aguas en el lugar que le fuere entonces señalado, debe luego necesariamente aparecer otra nueva tierra, otro nuevo orbe terráqueo, diversísimo en todo de lo que es al presente, así como este presente apareció diversísimo en todo después de pasado el diluvio de Noé, en el cual quedó anegado y pereció el orbe primitivo.
Debe aparecer otro orbe nuevo, otra atmósfera nueva, otros nuevos climas, y también otro nuevo aspecto aun en el cielo sidéreo; y todo tan bueno, a lo menos, como lo fue en su estado primitivo.
Digo a lo menos, porque me parece, no sólo posible, sino sumamente verosímil, que por respeto y honor de una persona de infinita santidad, cual es un Hombre Dios, por quien y para quien, como dice San Pablo, fueron criadas todas las cosas, se renueve y se mejore todo en nuestro orbe, dándosele a este en lo natural (así como se le ha de dar en lo moral) un nuevo y sublime grado de perfección: Pero esperamos según sus promesas cielos nuevos y tierra nueva, en los que mora la justicia… Y dijo el que estaba sentado en el trono: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.
Con todo lo cual concuerda el Apóstol, cuando dice, Ef., I, 9-10: Según su beneplácito, que había propuesto en sí mismo, para restaurar en Cristo todas las cosas en la dispensación del cumplimiento de los tiempos.
+++
¡Qué magnífica visión!
Dejo por el momento al Padre Lacunza, para retomar luego su comentario.
La paz invadirá al mundo; «la justicia y la paz se besarán».
Esta paz general es imagen de la restauración de todas las cosas en y por Jesucristo.
Las imágenes por las que se describe la paz mesiánica recuerdan los días del Paraíso, que el Redentor ha de restaurar de una manera más sublime cuando aparte de la naturaleza la maldición que sobre ella pesa y cuando aparezcan un cielo nuevo y una tierra nueva.
No se han cumplido todavía estos vaticinios sobre la paz perfecta.
Dice Fillion: «La realización completa no tendrá lugar sino en la consumación de los tiempos; porque en esta tierra, donde el mal subsistirá siempre al lado del bien, no se puede buscar un cumplimiento perfecto».
La actual búsqueda, indebida e infructuosa, de la paz entre las naciones y los continuos inicuos pactos de seguridad son una señal de que no hay paz, pues la tan deseada paz mundial no podrá realizarse sin la sumisión y obediencia a la ley divina.
Así se explica que los paganos, los pérfidos, los herejes, los cismáticos y los apóstatas no sean capaces de este ideal, porque van tras sus ídolos.
Rechazado el Príncipe de la Paz, las promesas de un mundo mejor sólo pueden fundarse, sea sobre el orgullo que cree en las fuerzas propias del hombre caído, sea en el príncipe de este mundo y su lugarteniente, el Anticristo.
Cuadro maravilloso, pues, de una nueva plasmación del universo. Cuidémonos muy bien de «espiritualizar» estas grandes verdades, o de diluirlas en alegorías o metáforas poéticas.
+++
«Esto mismo es lo que Jesucristo había anunciado con el expresivo nombre de palingenesia, el nuevo nacimiento, la regeneración, la renovación del mundo presente; idea que ya en tiempos pasados había expresado el Profeta Isaías» (Fillion).
De esto mismo, es decir, de la Parusía, cuyo misterio, dice el Cardenal Billot, es el alfa y la omega, el principio y el fin, la primera y la última palabra de la predicación de Jesús.
San Pedro hace notar la atención que también le prestó San Pablo en todas sus Epístolas a este sagrado asunto que tanto se olvida hoy.
Contra esos ignorantes y superficiales se indigna San Jerónimo diciendo: «Enseñan antes de haber aprendido y descaradamente se permiten enseñar a otros una materia que ellos mismos no comprenden»
Nótese el contraste entre esos que deforman las Epístolas de San Pablo y toda la Escritura, y los fieles de Berea que, a la inversa, estudian el mansaje del Apóstol a la luz de la Escrituras: «Aceptaron la palabra de todo corazón. Diariamente examinaban las Escrituras para ver si las cosas eran así» (Hechos, 17, 11).
+++
Aparece a la vista de los elegidos un cuadro nuevo y definitivo, por lo cual se trata de lo que San Pablo hace vislumbrar en I Cor 15, 24 y 28 = Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad. Porque es necesario que Él reine hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte. Porque ha sometido todas las cosas bajo sus pies. Mas cuando diga que «todo está sometido», es evidente que se excluye a Aquel que ha sometido a él todas las cosas. Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo.
Y así regresamos a la Epístola del Cuarto Domingo de Pentecostés que vamos comentando: Hasta la creación inanimada, que a raíz del pecado de los primeros padres fue sometida a la maldición, ha de tomar parte en la felicidad del hombre.
De la transformación de las cosas creadas nos hablan tanto los vates del Antiguo Testamento como los del Nuevo.
Los Santos Padres nos hacen notar que el Hijo de Dios precisamente se hizo hombre porque en la naturaleza humana podía abrazar simultáneamente la sustancia material y espiritual de la creación.
Es la promesa maravillosa de Efesios 1, 10 = dándonos a conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: reunirlo todo en Cristo, las cosas de los cielos y las de la tierra.
Cristo es, tanto en el mundo cósmico como en el sobrenatural, centro y lazo de unión viviente, principio de armonía y unidad.
Todo lo que estaba disperso por el pecado, tanto en el mundo sensible como en el mundo espiritual, Dios lo reunirá y lo volverá definitivamente a Sí por Cristo; el cual, así como es por la creación principio de existencia de todas las cosas, también es por la Redención principio de reconciliación y de unión para todas las creaturas.
Es la consumación de la que hablan el Profeta Isaías, San Pedro y San Juan en el Apocalipsis.
Y San Pablo, escribiendo a los colosenses, dice: Cristo es la Imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación; porque en Él fueron creadas todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades. Todo fue creado por Él y para Él. Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en Él su consistencia. Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia. Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea Él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la Plenitud, y por Él reconciliar consigo todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos.
Estos versículos, de esta Epístola esencialmente cristológica, muestran la singularidad y absoluta majestad de la Persona de Jesucristo.
Él constituye el principio y el fin del universo.
Por Él reconciliar consigo todas las cosas: que el cosmos total, aun en su existencia y actividad, sea incluido en Cristo.
+++
Retomo al Padre Lacunza que dice: Y llega, entonces, la conclusión, maravillosa como toda la Sagrada Escritura:
Y veis aquí concluido el siglo presente, y llegado a su fin el día de los hombres. Veis aquí la consumación y fin del siglo, de que se habla tanto en las Escrituras, especialmente en los Evangelios.
Veis aquí amanecido el día claro del Señor, y el principio del siglo venturo, del cual se habla mucho más, y con igual o mayor claridad; aquí empieza ya a manifestarse en nuestra tierra aquel reino de Dios, que tantas veces pedimos que venga: Adveniat regnum tuum; aquí empieza la revelación o manifestación de Jesucristo, y el día de su virtud en los resplandores de los santos.
Aquí empieza la revelación de los hijos de Dios, que no son otros sino los santos, que vienen con Cristo resucitados, o los correinantes, sobre cuyo gran misterio se puede consultar al Apóstol San Pablo (y sería bien consultarlo luego) en todo el capítulo VIII de la Epístola ad Romanos.
Aquí empiezan los mil años de San Juan, en cuyo principio debe suceder, en primer lugar, la prisión del diablo, con todas las circunstancias que se leen expresas en todo el capítulo XX del Apocalipsis.
Aquí abierto ya el Testamento Nuevo y Eterno del Padre, en que constituye al Hijo, en cuanto hombre, heredero de todas las cosas (Hebr, I, 2,), evacuado todo principado, potestad y virtud, y sujetas a este hombre Dios todas las cosas; empieza a reinar verdaderamente o ejercitar su virtud, su juicio y su potestad absoluta, mas llena de sabiduría, de bondad y equidad: El principado ha sido puesto sobre su hombro; y será llamado su nombre, Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre del siglo venidero, Príncipe de paz.
Aquí empieza a manifestarse más de cerca el misterio grande e incomprensible de haberse hecho hombre el mismo verbo de Dios, el mismo unigénito de Dios, el mismo Dios.
Aquí, en suma, se empieza a ver y conocer con mayor claridad el fin y término a donde se enderezaba omnis visio et prophetia.
