Desde la inhóspita trinchera

HABLANDO DE JAUJA…
Acomodando mi biblioteca, encontré una revista con hojas un tanto amarillentas escondida casi al fondo y en el último estante del alzado anaquel, junto con otras similares de gran valor histórico…
Era una de las revistillas «JAUJA»; la número 30, de Junio de 1969, cuyo director era el eminente «Profeta de los Últimos Tiempos», el Rdo. Padre Leonardo Castellani.
Debo confesar que, gracias al Padre Ceriani, que publicó el poema Jauja, fue que me detuve en ella y comencé a hojearla; de no habérmela traído a la memoria, dudo que no la dejara pasar, como al resto que me disponía a acomodar.
Me detuve felizmente en uno de sus artículos, que expresa, bajo la pluma de Alejandro A. Sáez Germain, en un fragmento la actitud del «RELIGEOSANTE», de espeluznante actualidad; y es por ello que me ha parecido oportuno compartirlo con los lectores de RC, junto también a un poema de Ignacio B. Anzoategui.
Ambos, en estos tiempos, son para meditar…
El Fragmento se llama «El Religeosante», pag. 9, 10, 11; y el poema de Anzoategui «Súplica para la Iglesia Militante», pag. 11.
EL RELIGEOSANTE
«Esas vidas de santos han secundado el ambiente para el desarrollo de un engendro monstruoso, mezcla de santo —en apariencia— y cobarde. Planta ambigua que continúa creciendo a la sombra de nuestros templos».
Jesús Urtiaga Loidi
Sonó el despertador —nueve y media de la mañana— y el Religeosante se incorporó perezosamente de su cama, manoteó el calendario litúrgico, lo consultó y encomendó su día a San Gregorio Taumaturgo —Obispo y confesor— Luego, lleno de pudor, se quitó el traje de dormir y se pegó una ducha tibia, friccionándose gatunamente el cuerpo con jabón perfumado Atkinsons. Desayunó golosamente —recordando aquellos a quienes falta de comer y prometiéndose mentalmente dedicarles algunas oraciones—, ojeó los titulares de «LA PRENSA» (admiró especialmente la postura del Cardenal sentado en un banquete, al lado Su excelencia el Presidente, en foto de primera plana) y, retocando su insignia de la Liga Católica prendida de su solapa. El Religeosante metió ESQUIÚ bajo brazo y partió hacia su trabajo.
El colectivo vino irreligeosamente repleto; El Religeosante no pudo impedir una mueca de disgusto y un despache interior (sin malas palabras) contra el olor que producía el hacinamiento. Una vez pagado el pasaje, El Religeosante se concentró a la caza del asiento; y, en cuanto oteó un hueco, se precipitó a sentarse. Por apurado, casi tira de traste al piso a una vieja que —con sus mismas intenciones— se le interpuso en el camino. A Dios gracias, la vieja pudo a duras penas mantener el equilibrio —claro que quedó a pié el resto del viaje—.
Para aislarse de las tentaciones, El Relegiosante se concentró en la lectura de la sección política de ESQUIÚ —que escribía Eulogio Luna— (El Religeosante siempre creyó que ESQUIÚ era la versión periodística de la doctrina de Cristo; que Eulogio Luna era el infalible interpretador católico de la actualidad política; que lo que en el periódico de Licho Puyg se leía era dogma de fe; etcétera). Por supuesto, la concentración en la lectura no fue tanta como para impedir las tres persignaciones ante ídem número de templos por los que pasaba el micro. Aunque eran unas persignaciones de tímidas…
Rato después, El Religeosante arribó a su oficina de gestor de créditos prendarios; besó los pies de un imponente San Antonio y plumereó la imagen para quitarle el polvo. Arriba su escritorio pulcramente enmarcado, podía leerse el siguiente pensamiento de Reginaldo Garrigou Lagrange: «La impenitencia temporal de voluntad conduce directamente a la impenitencia final, aunque algunas veces Dios, por su misericordia, preserve de llegar a ella» (a fuer de sinceros, debemos decir que El Religeosante jamás entendió la frase; más, como se la había obsequiado ceremoniosamente el Cardenal —elogiando al autor—, así la conservaba, como si constituyera de por suyo un ticket de entrada al paraíso o algo así).
El Religeosante cumplió su trabajo, que no era mucho ni agotador, aunque bien remunerado. Y se tomó al caer la tarde, dos largas horas de meditación: meditó sobre los avances del comunismo y, por ende, sobre la misión evangelizadora y protectora que cabía a los Estados Unidos del Norte; meditó sobre el Concilio Vaticano II, sobre el progreso en la liturgia y en lo demás —y ese medio antipático Cardenal Siri que se oponía al mismo, según le habían dicho (rápidamente pidió perdón por tener malos pensamientos sobre autoridades eclesiásticas)—; y, finalmente, meditó también sobre los curitas Magyol y Múngica y su grupo —¡que muchachos simpáticos!— tan discutidos; y terminó diciéndose que todos ellos eran muy buenos cristianos, y que si en una época medio triste debieron hacerse católicos a fuerza de espada (¡ah, esa eterna mancha de la Inquisición!), con más razón era lícito ahora evangelizar cantando a la muchachada moderna «TWISTS» doctrinarios y alegres; que, al fin y al cabo, no podían existir malos sacerdotes —excepto esos dos o tres nazis peronistas que, estaba seguro, ni habían terminado el Seminario, los había impuesto Perón—, que todos eran de la grey de Cristo, y que tanto. La piedad y la bondad de El Religeosante eran de una inmensidad que apabullaba.
Terminado el trabajo, El Religeosante ordenó su escritorio y partió de regreso, tarareando el «Venid adoradores, adoremos». Como todos los días, antes de ir a su casa se dio su vuelta por la Parroquia donde era figura notoriamente popular. Allí cansó a rezos a sus Santos preferidos, deposito seis o siete pequeñas limosnas, conversó un rato con el cura de los problemas internos del Apostolado Oracional y se marchó a su hogar.
De esta manera transcurrió toda su vida. El Religeosante, con lógicas y medidas alteraciones (entre las que debemos mencionar su viaje a Córdoba como Delegado de la Junta de la Capital del Apostolado Oracional). Y, finalmente —acogido a los beneficios de la extremaunción— El Religeosante murió (bastante asustado, eso sí).
Y todas las gentes asiduas de la Parroquia apostaron novenas a que El Religeosante llegaba al cielo en tiempo record. Y, quién sabe, en una de esas no fuera el primer santo argentino.
Pero San Pedro no opinó lo mismo que las gentes parroquiales; cuando El Religeosante apareció, tímido y con su cara candorosa por la puerta del Paraíso, cuentan que el Viejo Pescador tuvo un acceso de furia como pocos se recuerdan; miró fijo y ceñudo a El Religeosante y comenzó a gritarle con voz de trueno: ¡¡INUTIL!!; y, acto seguido, le pegó tal santísima y fortísima patada que lo mandó, de voleo, al Purgatorio.
Y parece que todavía lo tienen allí a El Religeosante…
Alejandro A. Sáez Germain
Olivos, 8 de Abril de 1967.
SUPLICA PARA LA IGLESIA MILITANTE
¿Es que perdió su rumbo
la nave de la Iglesia? ¿Es que a porfía
se nos ha puesto andar de tumbo en tumbo,
ebria y alzada la marinería?
¿Qué fue de la pasada misión
de iluminar la mar ignota?
¿Quién le dejó, Señor, así trocada
su derrota en derrota?
¿Qué viento amotinado
rasgó sus velas y quebró su quilla
y la azotó sobre el acantilado,
lejos de Ti, mi Dios, y de Tu orilla?
¿Qué Capitán, Señor, adormecido,
por culpa y obra de la democracia,
le quitó su vigor y su sentido,
y la gracia velera de Tu Gracia?
Todavía esperamos que en Tu pía
Solicitud nos salves del naufragio.
El diablo nos acecha día a día.
¡Escúchanos, Señor, nuestro sufragio!
(Y que Santa María,
Nuestra Señora la Corredentora,
si fuera necesario
nos tienda nueva vez en esta hora
el santo salvavidas del Rosario).
Ignacio B. Anzoátegui
