DOMINGO DE LA INFRAOCTAVA DEL CORPUS
San Lucas 14, 12-24: Cuando das una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que te vuelvan ellos a convidar y te lo paguen. Mas cuando haces convite, llama a los pobres, lisiados, cojos y ciegos: y serás bienaventurado, porque no tienen con qué corresponderte; mas se te recompensará en la resurrección de los justos.
Cuando uno de los que comían a la mesa oyó esto, le dijo: «Bienaventurado el que comerá pan en el reino de Dios».
Y Él le dijo: «Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos. Y cuando fue la hora de la cena, envió uno de los siervos a decir a los convidados que viniesen, porque todo estaba aparejado. Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: He comprado una granja y necesito ir a verla; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He comprado cinco yuntas de bueyes, y quiero ir a probarlas; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He tomado mujer, y por eso no puedo ir allá. Y volviendo el siervo, dio cuenta a su señor de todo esto. Entonces airado el padre de familias dijo a su siervo: Sal luego a las plazas, y a las calles de la ciudad y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares. Y dijo el siervo: Señor, hecho está como lo mandaste y aún hay lugar. Y dijo el señor al siervo: Sal a los caminos, y a los cercados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa. Mas os digo, que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena«.
El Evangelio de hoy destaca la sugestiva parábola de la Gran Cena.
Ya hemos dicho en otras oportunidades que estamos acostumbrados a relacionar este banquete con la fiesta del Corpus Christi, en cuya Octava nos encontramos actualmente.
Según esta propensión, el Evangelio de hoy habría sido escogido expresamente para el Domingo de la Infraoctava del Corpus.
Sin embargo, la realidad histórica es muy otra. Este Evangelio se leía ya en el Segundo Domingo después de Pentecostés muchos siglos antes de que existiera la Fiesta del Corpus Christi.
Según la intención de la Santa Liturgia, el Gran Banquete del Evangelio de hoy no se refiere solamente al banquete de la Sagrada Eucaristía, sino también, y sobre todo, al inmenso cúmulo de bienes sobrenaturales que Dios, con pródiga mano, nos ha concedido, entre los cuales se destacan la Encarnación, la Redención, el Bautismo, la Gracia y la Bienaventuranza eterna…, todos resumidos en el Santísimo Sacramento del Altar.
Providencialmente, pues, dispuso Dios que coincidiera este Domingo Infraoctava con el Evangelio del Segundo Domingo de Pentecostés.
Lo mismo sucedió con el Domingo Infraoctava del Sagrado Corazón y el Tercer Domingo de Pentecostés.
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Esta parábola tiene no pocas semejanzas con la que se lee en el 19º Domingo de Pentecostés; pero abundan también las divergencias. Por ello hay que decir que se trata de dos parábolas distintas.
La presente fue pronunciada en casa de un fariseo, probablemente en Perea, con seguridad fuera de Jerusalén; mientras aquélla lo fue en la ciudad, en el Templo, ante los pontífices y ancianos del pueblo.
Jesús había hablado del premio de los caritativos en la resurrección de los justos; el Señor había enseñado antes a invitar a un convite a los que no pudieran darle, a fin de recibir la recompensa en la resurrección de los justos.
Creyendo uno de los convidados que era lo mismo la resurrección de los justos y el reino de Dios, exalta la recompensa: Bienaventurado el que comerá pan en el reino de Dios…
Este hombre era todo carnal y, no comprendiendo lo que Jesús había dicho, pensaba que los premios de los santos eran materiales.
El pan en el Reino de Dios es Dios mismo, que se da como soberano alimento a la inteligencia, al corazón y a toda facultad apetitiva de la vida del hombre. De aquí la bienaventuranza, porque ésta no es más que la posesión pacífica e inamisible de lo único que puede llenar de saciedad toda la vida: Dios.
Es el banquete por antonomasia: es el espectáculo inenarrable de la misma esencia de Dios; es el torrente de placer con que abreva Dios a los suyos; es visión, amor y goce, sumos y para siempre. Veremos, amaremos, gozaremos, dice San Agustín.
Era cosa corriente entre los judíos simbolizar el Reino de Dios en la figura de un festín.
Aprovecha el Señor el religioso deseo del comensal para concretar en esta parábola quiénes serán admitidos en el Reino de Dios: Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos…
Dios Padre, dice San Cirilo, preparó una gran cena realizada en Cristo: porque en el ocaso de su vida, cuando estaba ya para morir, nos dejó su Cuerpo en comida. Y en verdad que es festín opulento este en que se nos da en comida el Cuerpo del mismo Hijo de Dios y en bebida su Sangre preciosísima. Banquete en que se le sirven al espíritu los más divinos manjares que pudiese apetecer el hombre: banquete lleno de delicias, que es preludio de las delicias inenarrables de la gloria.
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Solían los judíos convidar con mucha antelación al día del festín; y luego, cuando era éste ya inminente, repetir la invitación por medio de los criados.
A la hora de la cena, envió, pues, uno de sus siervos a decir a los convidados que viniesen, porque todo estaba ya dispuesto.
El hombre que dispuso el festín es Dios Padre; la gran cena o festín son los bienes del Reino Mesiánico.
Es una gran cena, porque aquellos bienes definitivamente nos llevan a la misma fruición de Dios.
Los invitados, ya desde hacía mucho tiempo, eran los judíos.
A la hora inminente, cuando iba a fundarse el Reino Mesiánico, es enviado el siervo Jesús y los que en su nombre llaman a Israel al Reino de Dios.
Dice San Agustín: Envió a que viniesen los invitados, esto es, los llamó por los profetas enviados con este fin, los cuales en otro tiempo invitaban a la cena de Jesucristo. Fueron enviados en varias ocasiones al pueblo de Israel. Muchas veces los llamaron para que viniesen a la hora de la cena; aquéllos recibieron a los que los invitaban, pero no aceptaron la cena. Leyeron a los profetas y mataron a Cristo. Y entonces prepararon, sin darse cuenta de ello, esa cena para nosotros. Una vez preparada la cena (esto es, una vez sacrificado Jesucristo), fueron enviados los apóstoles a los mismos a quienes antes habían sido enviados los profetas.
Pero los que primero fueron llamados, los príncipes de la sinagoga, rehúsan asistir: Y todos a una, como obedeciendo a una consigna, comenzaron a excusarse.
Da el Señor en este festín lo que el hombre ni siquiera podía esperar, dice San Agustín; y no obstante los hombres rehúsan la invitación. Es ello una ingratitud, porque se rechaza una fineza en cuya realización invirtió Dios todos los tesoros de su sabiduría, poder y amor. Es una necedad, porque en ninguna parte puede el hombre hallar lo que allí se le da. Es una desgracia, porque no participar de este festín de la Eucaristía es renunciar a la vida divina, en el tiempo y en la eternidad.
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Consideremos las excusas esgrimidas.
Ellas representan las tres grandes concupiscencias, que son el triple obstáculo para entrar en el Reino de Dios, y a las que se reducen todos los demás: la soberbia de la vida, del que se goza en la amplitud de sus posesiones; la concupiscencia de los ojos, en el que trabaja con afán para enriquecerse; la concupiscencia de la carne, figurada en el matrimonio.
Todo ello puede ser lícito; pero en todo ello puede haber pecado, y todo puede ser obstáculo para lograr la virtud y el Reino de los Cielos.
El primero le dijo: He comprado una granja, una gran propiedad, y necesito ir a verla; comprende, debo disponer de todo lo que haya que hacer en ella; te ruego me des por excusado, acepta mis disculpas y no tomes a mal mi ausencia; al contrario, tenla en cuenta como si hubiese ido…
En la granja comprada se da a conocer el dominio, por lo tanto, el vicio de la soberbia. Así, pues, se prescribe al varón de la milicia santa que menosprecie los bienes de la tierra. Porque el que atendiendo a cosas de poco mérito compra posesiones terrenas, no puede alcanzar el Reino del Cielo. Por eso dice el Señor: Vende todo lo que tienes y sígueme.
Y dijo un segundo invitado: He comprado cinco yuntas de bueyes, y quiero ir a probarlas… Ya no dice necesito, sino quiero… Comprende, quiero ir a probarlas para comprobar si son buenas, y entonces pagar el precio estipulado. Ruégote me excuses; no tengas en cuenta las molestias que te haya causado…
Dice San Agustín: Se llaman yuntas de bueyes porque por medio de los sentidos carnales se buscan todas las cosas terrenas y los bueyes están inclinados hacia la tierra. Y los hombres que no tienen fe, consagrados a las cosas de la tierra, no quieren creer otra cosa más que aquellas que perciben por cualquiera de los cinco sentidos corporales.
Y dijo otro, sin presentar sus excusas y en forma descortés: Me casé, y por eso no puedo ir.
San Basilio explica: Dice: «No puedo venir», porque cuando el entendimiento humano se fija en las complacencias del mundo, se incapacita para las obras divinas.
San Agustín dice: Esta es la pasión carnal que estorba a muchos. ¡Ojalá que sólo fuese exterior y no interior! El que dice: He tomado mujer, se goza en la voluptuosidad de la carne y se excusa de ir a la cena. Mire no sea que muera de hambre interior.
Y San Gregorio Magno completa: Aunque el matrimonio es bueno y ha sido establecido por la Divina Providencia para propagar la especie, muchos no buscan esta propagación, sino la satisfacción de sus voluptuosos deseos; y por tanto, convierten una cosa justa en injusta.
Los motivos de la excusa son razonables; ninguno de ellos es pecaminoso en sí mismo.
Pero los invitados tuvieron tiempo de preverlos y de evitarlos; máxime que habían sido convocados y habían aceptado y confirmado la participación.
Las excusas se reducen al afán de riquezas y placeres, vicios que ya habían sido delatados y condenados en las clases altas del pueblo judío.
¿Qué es lo que se condena aquí? El hecho de que uno se dedique a los negocios humanos, incluso los lícitos, pero de tal manera que este afán de las cosas temporales haga que se desprecien las incitaciones de la gracia que nos llama a las cosas de Dios.
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Se irritó el padre de familias; ¡y con razón! Era un enorme agravio para un anfitrión rehusar, a última hora, el banquete, después de haberlo antes aceptado.
Entonces, airado el padre de familias, dijo a su siervo: Sal luego a las plazas, y a las calles de la ciudad; y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares.
Es evidente: está dispuesto el banquete y hay que buscar comensales; la sala no puede quedar vacía y la comida no puede ser desperdiciada.
Este es el segundo llamamiento, hecho a la plebe judía.
Los nobles de la ciudad no sólo no quieren entrar, sino que, incluso, no quieren que vengan las clases humildes: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros, ciertamente, no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y, cuando llega a serlo, le hacéis hijo de condenación el doble que vosotros!
¡Atención!: el hecho de que alguno no permita que entren los demás, es causa suficiente para que él mismo quede excluido.
Los fariseos, cerrando la puerta a todos por medio del terror, les prohibían la entrada.
No satisfechos, porque no creían en Jesucristo, interpretaban mal sus enseñanzas y trastornaban todo lo que la Escritura profética decía de Él; y blasfemaban de todo lo que hacía.
¡Atención!: todos los que, con su mala conversación, dan ejemplo de pecar al pueblo, escandalizan a los pequeños y cierran ante los ojos de los hombres el Reino de los Cielos.
De hecho, en concreto, antes y después de la muerte de Jesús fueron muchos los del pueblo que le siguieron, aunque la mayor parte, llevados del mal ejemplo de los dirigentes, repudió la invitación: Y dijo el siervo: Señor, hecho está como lo mandaste, y aún hay lugar.
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Y vino el tercer llamamiento: Y dijo el señor al siervo: Sal a los caminos, y a los cercados: y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa.
Es la vocación de los gentiles, que estaban fuera de Israel, por las encrucijadas del mundo.
Fuérzalos a entrar, el padre de familias, impulsado por el hambre que tiene de que esté llena su casa, la Santa Iglesia, los fuerza a entrar.
Con esta expresión se manifiesta la fuerza invencible de la predicación cristiana, que ha podido llenar la Iglesia, no por la violencia física, sino por la persuasión y por el prestigio moral, junto con la gracia de Dios.
Esas dos cosas, persuasión de la Palabra de Dios y del Catecismo, y el prestigio moral de los hombres de Iglesia, han caído en desuso y son desfigurados. Por eso la gracia de Dios no acompaña, y allí radica, entre otras cosas, la apostasía generalizada que sufrimos.
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Termina la parábola con una amenaza tremenda: Pero os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados gustará mi cena.
Es Jesús quien habla aquí, no el padre de familia de la parábola.
Ya no es sólo la cena que preparó el Padre, sino la suya, la gracia, los Sacramentos, su Palabra, el Evangelio, la gloria….
San Gregorio Magno enseña con claridad, que sus palabras nos sirvan de exhortación final: Es muy terrible la sentencia. Por tanto, que ninguno lo desprecie, no sea que, si se excusa cuando se lo llame, no pueda entrar cuando él quiera.
