Ante determinados acontecimientos clarificadores ocurridos recientemente, me he permitido adaptar para la ocasión otra fábula de D. Tomás de Iriarte.
Como diría el P. Méramo: «Que le caiga la piedra a quien le caiga».
Don Gato y los gatitos.
Ello es que hay individuos muy terríficos
cuando topan con otros específicos
y en imponer su condición tiránica
con cualidades de flema británica.
En esto era gran práctico y teórico
Don Gato, pedantísimo retórico,
que hablaba en un estilo tan enfático
como el más estirado catedrático.
Con sus artes taimadas e infructíferas
dijo a un gatito: «¡Qué ansias tan mortíferas!
Quiero por mis veleidades utópicas,
imponer concepciones ectópicas.
Atónito el gatito con lo exótico
de todo aquel preámbulo estrambótico,
no entendió más la frase macarrónica
que si le hablasen lengua babilónica;
pero notó que el charlatán ridículo
en lengua natal presento el currículo
y le dijo: «Ya, en fin, señor utópico,
ahora veo su concepto ectópico.
¡Mas otro gatito escuchando el diálogo,
aunque se fue en ayunas del catálogo
de términos tan raros y magníficos,
hizo a Don Gato elogios honoríficos!
Sí; que hay quien tiene la idiotez por mérito,
y el hablar liso y claro por demérito.
Mas ya que esos amantes de hiperbólicas
cláusulas y metáforas diabólicas,
de retumbantes voces el depósito
apuran, aunque salga un despropósito,
caiga sobre su estilo problemático
este apólogo esdrújulo-enigmático.
Adaptación de Andrés Carballo.

