CORPUS CHRISTI

Hoy es la Fiesta del Santísimo Sacramento.
Aprovechemos para profundizar las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, de modo que nuestra piedad y devoción se fundamenten en la sólida doctrina de la Iglesia.
En primer lugar, consideremos los Sacramentos en general.
¿Qué es un Sacramento?, se pregunta Santo Tomás.
Y responde: El Sacramento pertenece a la categoría de los signos; y cita a San Agustín: El sacrificio visible es sacramento, o sea, signo sagrado del sacrificio invisible.
El Doctor Angélico explica: Una cosa puede llamarse sacramento:
– bien porque contiene en sí una santidad oculta, y entonces sacramento equivale a «secreto sagrado».
– bien porque tiene una relación con esta santidad, ya sea como causa o como signo.
Nosotros aquí hablamos de los Sacramentos en cuanto se relacionan con la santidad bajo el aspecto de signo.
Los signos son connaturales al hombre, porque es propio del hombre llegar a lo desconocido a través de las cosas conocidas.
Y por eso se llama propiamente Sacramento a lo que es signo de una realidad sagrada destinada a los hombres.
O sea que, en el sentido en que aquí lo hemos tomado, propiamente se llama Sacramento lo que es signo de una realidad sagrada que santifica a los hombres.
El Sacramento, propiamente hablando, se ordena, pues, a significar nuestra santificación, en la que pueden ser considerados tres aspectos:
– la causa de nuestra santificación, que es la Pasión de Cristo;
– la forma de nuestra santificación, que consiste en la gracia y las virtudes;
– y el fin último de nuestra santificación, que es la vida eterna.
Pues bien, todas estas cosas están significadas en los Sacramentos.
Por tanto, el Sacramento:
– es signo conmemorativo del pasado, o sea, de la Pasión de Cristo;
– es signo manifestativo del efecto producido en nosotros por la Pasión de Cristo, que es la gracia;
– y es signo preanunciativo de la gloria futura.
Debe quedar bien claro que los Sacramentos no sólo significan una realidad sagrada, sino que también la producen. Son signos eficaces de la gracia de Cristo. Significan lo que producen y producen lo que significan.
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Si pasamos ahora a su necesidad, Santo Tomás nos enseña que los Sacramentos son necesarios para la salvación del hombre por tres razones:
La primera está tomada de la condición del hombre, de cuya naturaleza es propio dirigirse a las cosas espirituales e inteligibles mediante las corporales y sensibles.
Y como a la divina providencia corresponde atender a cada cosa según su propia condición, queda claro que es conveniente que la sabiduría divina ofrezca al hombre los auxilios de la salvación a través de signos corporales y sensibles, que se llaman sacramentos.
La segunda está tomada del estado del hombre, cuyo afecto, al pecar, quedó sometido a las cosas corporales.
Ahora bien, debe aplicarse la medicina donde está la enfermedad. Por tanto, fue conveniente que Dios, mediante signos corporales, procurara al hombre la medicina espiritual.
Porque si se le ofrecieran las cosas espirituales desnudas de corporeidad, su ánimo no se interesaría por ellas, por haber quedado tan inclinado a las cosas corporales.
La tercera está tomada del predominio que en la actividad humana tienen las cosas de orden material. Sería muy duro para el hombre prescindir totalmente en su actividad de estas cosas materiales.
Por eso le fueron propuestas en los sacramentos algunas actividades materiales, para que ejercitándose en ellas provechosamente, evite la superstición, como es el culto a los demonios, o cualquier otra práctica nociva y pecaminosa.
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Llegando ya al Santísimo Sacramento en particular, Santo Tomás muestra su necesidad con estas palabras:
Los Sacramentos de la Iglesia están destinados a socorrer al hombre en su vida espiritual.
Ahora bien, la vida espiritual guarda paralelo con la corporal, ya que las realidades corporales son imagen de las espirituales.
Pues bien, como para la vida corporal se requiere la generación, por la que el hombre recibe la vida, y el crecimiento, por el que el hombre llega a la plenitud de la vida, así también se requiere el alimento, por el que el hombre conserva la vida.
Y, por eso, como para la vida espiritual fue necesario el Bautismo, que es una generación espiritual, y la Confirmación, que es crecimiento espiritual, así también fue necesario el Sacramento de la Eucaristía, que es alimento espiritual.
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Aplicando la noción de Sacramento como signo de una realidad sagrada que santifica a los hombres, Santo Tomás nos enseña que en este Sacramento hay que considerar dos cosas: el signo sacramental y la cosa significada por él.
Y de allí concluye en que el efecto de este Sacramento debe deducirse primero y principalmente de lo que está contenido en él, que es Cristo, quien, de la misma manera que al venir al mundo trajo para el mundo la vida de la gracia, así al venir al hombre en el Sacramento, le da la vida de la gracia.
Por lo que escribe San Cirilo: El Verbo vivificante de Dios, uniéndose a su propia carne, la tornó vivificante también.
Convenía, pues, que Él se uniera a nuestros cuerpos a través de su sagrada Carne y de su preciosa Sangre, que nosotros recibimos por una bendición vivificante en el pan y en el vino.
El efecto de este Sacramento se deduce, en segundo lugar, de lo que este Sacramento representa, que es la Pasión de Cristo.
Por eso, el efecto que la Pasión de Cristo produjo en el mundo, lo produce este Sacramento en el hombre.
Tercero, el efecto de este Sacramento se deduce del modo de darse, pues se da a modo de comida y de bebida.
Por lo que todos los efectos que producen la comida y la bebida material en la vida corporal, como son el sustentar, el crecer, el reparar y el deleitar, los produce este Sacramento en la vida espiritual.
Por lo que el mismo Señor dice: Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
Cuarto, el efecto de este Sacramento se deriva de las especies con las que se da.
De ahí que San Agustín diga: Nuestro Señor nos entregó su Cuerpo y su Sangre en unos elementos que se reagrupan en un solo ser a partir de muchos, porque uno, el pan, es un solo ser procedente de muchos granos; y el otro, el vino, es un solo líquido procedente de muchos racimos.
Por lo que el mismo Santo afirma: Oh Sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad.
Y puesto que Cristo y su Pasión son causa de la gracia, y sin la gracia no puede haber sustento espiritual ni caridad, resulta de todo lo dicho que este Sacramento confiere la gracia.
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Para entender por qué llamamos a la Eucaristía Santísimo Sacramento, nada mejor que un texto del Concilio de Trento, en su Sesión XIII, Decreto sobre el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, Cap. III. De la excelencia del Santísimo Sacramento de la Eucaristía respecto de los demás Sacramentos.
Dice así:
Es común, por cierto, a la santísima Eucaristía con los demás Sacramentos, ser símbolo o significación de una cosa sagrada, y forma o señal visible de la gracia invisible.
No obstante se halla en Él la excelencia y singularidad de que los demás Sacramentos entonces comienzan a tener la eficacia de santificar cuando alguno usa de ellos; mas en la Eucaristía existe el mismo autor de la santidad antes de comunicarse: pues aún no habían recibido los Apóstoles la Eucaristía de mano del Señor, cuando Él mismo afirmó con toda verdad, que lo que les daba era su Cuerpo.
Y siempre ha subsistido en la Iglesia de Dios esta fe de que, inmediatamente después de la consagración, existe bajo las especies de pan y vino el verdadero Cuerpo de Nuestro Señor, y su verdadera Sangre, juntamente con su Alma y Divinidad.
El Cuerpo por cierto bajo la especie de pan, y la Sangre bajo la especie de vino, en virtud de las palabras; mas el mismo Cuerpo bajo la especie de vino, y la Sangre bajo la de pan, y el Alma bajo las dos, en fuerza de aquella natural conexión y concomitancia, por la que están unidas entre sí las partes de Nuestro Señor Jesucristo, que ya resucitó de entre los muertos para no volver a morir; y la Divinidad por aquella su admirable unión hipostática con el Cuerpo y con el Alma.
Por esta causa es certísimo que se contiene tanto bajo cada una de las dos especies, como bajo de ambas juntas; pues existe Cristo todo, y entero bajo las especies de pan, y bajo cualquiera parte de esta especie: y todo también existe bajo la especie de vino y de sus partes.
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Para terminar y como tema de meditación, les dejo un hermoso texto de San Leonardo de Porto Maurizio, gran misionero popular, propagador del Via Crucis y predicador incansable de Jesús Crucificado.
Fue beatificado en 1796 por Pío VI y canonizado en 1867 por Pío IX. Además, el 17 de marzo de 1923 Pío XI lo nombró celestial Patrono de los sacerdotes que se dedican a las misiones populares.
En su excelente libro El Tesoro Escondido de la Santa Misa, en el punto El sacrificio de la Misa es igual al sacrificio de la Cruz, escribe:
La principal excelencia del Santo Sacrificio de la Misa es que debe ser considerado como esencial y absolutamente el mismo que se ofreció sobre la Cruz en la cima del Calvario, con esta sola diferencia: que el Sacrificio de la Cruz fue sangriento, y no se ofreció más que una vez, satisfaciendo plenamente el Hijo de Dios, con esta única oblación, por todos los pecados del mundo; mientras que el Sacrificio del Altar es un sacrificio incruento, que puede ser renovado infinitas veces, y que fue instituido para aplicar a cada uno en particular el precio universal que Jesucristo pagó sobre el Calvario por el rescate de todo el mundo.
De esta manera, el Sacrificio sangriento fue el medio de nuestra redención, y el Sacrificio incruento nos da su posesión: el primero nos franquea el inagotable tesoro de los méritos infinitos de nuestro divino Salvador; el segundo nos facilita el uso de ellos poniéndolos en nuestras manos.
La Misa, pues, no es una simple representación o la memoria únicamente de la Pasión y muerte del Redentor, sino la reproducción real y verdadera del Sacrificio que se hizo en el Calvario; y así con toda verdad puede decirse que nuestro divino Salvador, en cada Misa que se celebra, renueva místicamente su muerte sin morir en realidad, pues está en ella vivo y al mismo tiempo sacrificado e inmolado: «Vidi agnum stantem tamquam occisum» (Vi un cordero de pie como degollado).
En el día de Navidad la Iglesia nos representa el Nacimiento del Salvador; sin embargo, no es cierto que nazca en este día cada año.
En el día de la Ascensión y Pentecostés, la misma Iglesia nos representa a Jesucristo subiendo a los cielos y al Espíritu Santo bajando a la tierra; sin embargo, no es verdad que en todos los años y en igual día se renueve la Ascensión de Jesucristo al cielo, ni la venida visible del Espíritu Santo sobre la tierra.
Todo esto es enteramente distinto del misterio que se verifica sobre el altar, en donde se renueva realmente, aunque de una manera incruenta, el mismo Sacrificio que se realizó sobre la Cruz con efusión de sangre.
El mismo Cuerpo, la misma Sangre, el mismo Jesús que se ofreció en el Calvario, el mismo es el que al presente se ofrece en la Misa.
Ésta es la obra de nuestra Redención, que continúa en su ejecución, como dice la Iglesia: Opus nostræ redemptionis exercetur (Se realiza la obra de nuestra redención).
Sí, exercetur; se ofrece hoy sobre los altares el mismo Sacrificio que se consumó sobre la Cruz.
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Antífona del Magnificat de las Segundas Vísperas de esta Solemnidad:
O sacrum convivium, in quo Christus sumitur.
Recolitur memoria passionis ejus.
Mens impletur gratia.
Et futuræ gloriæ nobis pignus datur, alleluia.
¡Oh, sagrado convite!, en el que se recibe a Cristo.
Se rememora su Pasión.
El alma se llena de gracia.
Y se nos da una prenda de la futura gloria, aleluya.
