EN LUGAR DE AKITA
LA DIVINA REVELACIÓN

Como ya sabemos, en su Conferencia dada en Bogotá, Colombia, en el mes de abril, Monseñor Williamson hizo referencia a las supuestas apariciones de Nuestra Señora en Akita, Japón.
La indicación de minutos está hecha en base al audio publicado en Radio Cristiandad.
Desde 00:24:13 hasta 00:26:20 podemos escuchar lo que sigue:
Entonces es la Quinta Época, que nos va a interesar más, porque es nuestra propia época.
Y esta Quinta Época está para tomar fin.
Es decir, que estamos hoy, en 2014, poco tiempo antes del fin de esta derrota de la Iglesia, derrumbe de la Iglesia.
Yo pienso, y es muy pensable, que esta época tomará fin con un castigo, un gran castigo de Dios.
Nuestra Señora habló de este castigo en apariciones aprobadas por la Iglesia, aprobadas por la Iglesia [quien subraya por la inflexión de la voz, y quien repite es el disertante].
En 1973, en Akita, en Japón. Vale la pena conocer el tercer mensaje de Nuestra Señora en Akita, Japón.
Monseñor Williamson lo cita en parte. Vela la pena preguntar por qué… Después de todo no es tan largo… ¿Tiene algo que ocultar?
He aquí el texto completo:
13 de Octubre de 1973
Mi querida hija, escucha bien lo que voy a decirte, informarás de ello a tu superior.
Como ya te lo he dicho, si los hombres no se arrepienten y no se mejoran, el Padre mandará un terrible castigo a toda la humanidad.
Será un castigo más grave que el diluvio, como jamás ha habido otro. Caerá fuego del cielo y aniquilará una gran parte de la humanidad, tanto malos como buenos, no perdonando a fieles ni a sacerdotes.
Los sobrevivientes se encontrarán tan desolados que envidiarán a los muertos.
Las únicas armas que nos quedarán entonces serán el Rosario y el Signo dejado por mi hijo.
Cada día recita las oraciones del Rosario. Con el Rosario, reza por el Papa, los obispos y los sacerdotes.
La acción del diablo se infiltrará hasta la Iglesia, de tal forma que se verán Cardenales oponiéndose a otros Cardenales, Obispos contra Obispos.
Los sacerdotes que me veneren serán despreciados y combatidos por otros sacerdotes.
Las iglesias y los altares serán saqueados.
La Iglesia se llenará de quienes aceptan componendas, y el demonio empujará a muchos sacerdotes y almas consagradas a abandonar el servicio del Señor.
El demonio atacará encarnizadamente sobre todo a las almas consagradas a Dios.
El pensamiento de la pérdida de tantas almas es la causa de mi tristeza.
Si los pecados aumentan en número y en gravedad, ya no habrá perdón para ellos.
Recen mucho las oraciones del Rosario.
Con valentía, habla con tu superior. Él sabrá cómo dar a cada uno valor para rezar y lograr obras de reparación.
Es el obispo Ito quien dirige vuestra comunidad.
¿Todavía tienes algo que preguntar? Hoy es la última vez que yo te hablaré con voz viva.
Desde ahora en adelante obedecerás al que se te envía y a tu superior.
Reza mucho las oraciones del Rosario. Sólo yo puedo todavía salvarles de las calamidades que se acercan.
Aquéllos que ponen su confianza en mí serán salvados.
Monseñor Williamson concluye esta parte con estas palabras:
Si uno ve la profundidad y la malicia de los hombres de hoy, es perfectamente comprensible lo que dijo Nuestra Señora en 1973.
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Si después de escuchar las referencias a las supuestas apariciones marianas en Akita, se tiene la paciencia de seguir la disertación de Monseñor Williamson, uno llega a lo que él llama la Sexta Época de la historia de la Iglesia, y se enfrenta con lo siguiente, desde 00:26:47 hasta 00:30:55:
Después del castigo, la Sexta Época.
Será muy posiblemente, muy probablemente, el triunfo del Corazón Inmaculado de María.
Y será después del castigo.
Dios habrá todo limpiado con el fuego. Mucho más que sólo una tercera guerra mundial. Tal vez, el castigo comenzará con la tercera guerra mundial; pero el castigo mismo será mucho más que sólo las pequeñas bombas atómicas. Para Dios, bombas atómicas son juego de niños. Su fuego será universal y terrible.
No tengamos miedo, pero vivamos en la gracia de Dios. Confesemos nuestros pecados, asistamos a la Misa, recemos cada día, y no tenemos que temer.
En cambio, cuando llegue el castigo, será el fin de la corrupción que amenaza cada día de corrompernos a nosotros mismos también.
Entonces, será el fin de la corrupción.
Pero no durará mucho tiempo.
En 1846, en una aparición aprobada por la Iglesia, aprobada por la Iglesia, La Salette, Nuestra Señora en Francia, el gran secreto de La Salette.
En este gran secreto, Nuestra Señora habla de la corrupción de nuestra época, y dice muchas cosas sobre nuestra época.
Habla brevemente de esta época y de la Séptima, que es la del Anticristo.
Entonces, del Cristo al Anticristo, un poco más de 2000 años.
Porque este triunfo del Corazón Inmaculado de María, Nuestra Señora dijo, en La Salette, 25 años de buenas cosechas harán que los hombres olviden, van a olvidar el castigo, van a olvidar de nuevo a Dios, van a olvidar lo que han sufrido, van nuevamente a corromperse.
Entonces, 25 años de buenas cosechas, pongamos otros 10 años, no sé, ¿qué sé yo?, y llegamos al período del Anticristo, que es el peor de todos, es el fin del mundo, juicio universal.
Reino de tres años y medio del Anticristo y la persecución más terrible de toda la historia de la Iglesia.
Así como hay aquí una corrupción peor que todo lo que se vio antes, y un gran triunfo que sigue a la corrupción de hoy, todos podemos esperar este triunfo del Corazón Inmaculado de María, que está para llegar; que, aún sino no dura mucho, será…, todo el mundo será católico.
La China, la Rusia, la Inglaterra, todas estas naciones paganas van a convertirse de nuevo a la Iglesia Católica.
Tal vez lo que estamos viendo hoy en Rusia es una preparación de esta conversión total de Rusia.
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Aquí presento un resumen de las tres últimas Épocas de la historia de la Iglesia, según el pensamiento de Monseñor Williamson:
Quinta Época: de más o menos 500 años. Nuestra época.
Un castigo terrible tendrá lugar al final de esta quinta época y lavará al mundo.
Sexta época: La del triunfo del Corazón Inmaculado de María. La sexta época de la Iglesia será el triunfo más grande de todos los tiempos: el triunfo del Corazón Inmaculado de María. Habrá como una interrupción de la caída.
Los hombres serán muy buenos porque tendrán el Temor de Dios, que hoy casi ha desaparecido.
Pero la sexta época de la Iglesia no será larga. Veinticinco años de buenas cosechas y unos años más para que el Anticristo llegue.
Séptima época: La del Anticristo. El reino del Anticristo durará tres años y medio. Después de su muerte (hay un versículo de Daniel que permite pensarlo), entre su muerte y el fin del mundo habrá, quizás, unos cuarenta y cinco días de paz.
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En contrapartida con esta hipótesis de Monseñor Williamson, es muy interesante leer y meditar el comentario que el Padre Lacunza hace de un texto del Apóstol San Pedro, respecto de los Cielos Nuevos y la Tierra Nueva.
De esta lectura cobrará importancia aquello de que hay que discernir las apariciones privadas a la luz de la Revelación (Sagradas Escrituras y Tradición), y no a la inversa, es decir, interpretar la Revelación según supuestas apariciones o revelaciones privadas, como pretende Monseñor Williamson.
Conocemos el método del señor Obispo… Y ya sabemos qué pensar de los sucesos de Akita…
La exégesis del padre Lacunza se encuentra en su libro Venida del Mesías en Gloria y Majestad, Tercera Parte, capítulos IV y V.
Leamos primero todo el pasaje del Apóstol San Pedro, tomado de su Segunda Epístola, capítulo III, versículos 3-18:
Sabed, ante todo, que en los últimos días vendrán impostores llenos de sarcasmo, guiados por sus propias pasiones, que dirán en son de burla: «¿Dónde queda la promesa de su Parusía? Pues desde que murieron los padres, todo sigue como al principio de la creación» Porque ignoran intencionadamente que hace tiempo existieron unos cielos y también una tierra surgida del agua y establecida entre las aguas por la Palabra de Dios, y que, por esto, el mundo de entonces pereció inundado por las aguas del diluvio, y que los cielos y la tierra presentes, por esa misma Palabra, están reservados para el fuego y guardados para el día del Juicio y de la destrucción de los impíos.
Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día.
No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión.
Pero el Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá.
Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la Parusía del Día de Dios, por el cual los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán?
Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en la que habite la justicia.
Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla y sin tacha.
La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente —como también las demás Escrituras— para su propia perdición.
Vosotros, pues, queridos, estando ya advertidos, vivid alerta, no sea que, arrastrados por el error de esos disolutos, os veáis derribados de vuestra firme postura.
Creced, pues, en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
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Al respecto, comenta el Padre Lacunza:
Los nuevos cielos y nueva tierra que esperamos, dice el Príncipe de los Apóstoles, los esperamos según la promesa de Dios.
Estas promesas de Dios se hallan claras y expresas en el capítulo LXV del Profeta Isaías.
Ciertamente, en el capítulo XXI del Apocalipsis se habla también magníficamente de estos nuevos cielos y nueva tierra; pero San Pedro no podía citar el Apocalipsis de San Juan porque se escribió muchos años después de su muerte.
Por otra parte, el mismo San Juan alude allí a ese lugar de Isaías.
Por lo tanto, para entender bien el conciso texto de San Pedro, así como también el de San Juan, debemos estudiar el texto de Isaías, donde se hallan como en su propia fuente las promesas de Dios, de que ahora hablamos.
Estas hablan, manifiesta y evidentemente, con la Jerusalén futura, y con las reliquias preciosas de los Judíos, como es fácil ver y comprender al punto, así por todo lo que precede en este mismo capítulo, como por todo cuanto se dice en los diez capítulos antecedentes.
Dice el Profeta Isaías:
Porque he aquí que voy a crear nuevos cielos y nueva tierra; de las cosas anteriores ya no se hará mención, ni habrá recuerdo de ellas.
Alegraos y regocijaos eternamente por lo que voy a crear; porque he aquí que yo voy a crear a Jerusalén (para que sea) alegría, y a su pueblo (para que sea un) gozo.
Me regocijaré en Jerusalén, y hallaré mi gozo en mi pueblo, y no se oirá más en ella voz de llanto ni de lamento. No habrá allí en adelante niño que viva pocos días, ni anciano que no llene sus días, pues morir niño será morir a los cien años, y el pecador de cien años será maldito.
Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán de su fruto. No edificarán para que otro habite, no plantarán para que otro coma; porque como los días de los árboles serán los días de mi pueblo, y mis elegidos disfrutarán del trabajo de sus manos. No se fatigarán en vano ni tendrán hijos para sobresalto, pues serán raza bendita de Yahvé, ellos y sus retoños con ellos. Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo les escucharé.
El lobo y el cordero pacerán juntos, el león comerá paja como el buey, y la serpiente se alimentará de polvo; no harán más daño ni causarán la muerte en todo mi santo monte, dice Yahvé.
Y continua el Padre Lacunza: He aquí la grande y célebre profecía que evidentemente cita San Pedro cuando dice: nuevos cielos y otra nueva tierra, donde habitará en adelante la justicia.
Vemos aquí también unas de aquellas profecías, que han puesto en sumo cuidado y como en una verdadera tortura los mayores ingenios.
Estos en su sistema han imaginado dos modos de explicarla o, diremos mejor, de eludirla.
Dichas explicaciones, aunque diversísimas, convienen en el solo punto interesante: negar a esta profecía, así como a tantas otras, su propio y natural sentido, que entienden al punto los que saben leer.
La primer explicación, o el primer modo de eludirla, dice confusamente que estos nuevos cielos y nueva tierra de que habla Isaías, y después San Pedro y San Juan, son para después de la resurrección universal: que entonces se renovarán todas las cosas; que entonces, respecto de los bienaventurados, de las cosas anteriores ya no se hará mención, ni habrá recuerdo de ellas; que entonces no se oirá más en ella voz de llanto ni de lamento; que entonces…
Todo esto está bien; todo es tan verdadero como inútil por ahora y fuera de propósito.
Y tantas otras cosas particulares que anuncia expresamente esta profecía admirable, ¿qué sentido pueden tener? Parece que ninguno; pues todas se disimulan, y todas se omiten, porque no es dable explicarlas.
La segunda explicación, comunísima aun entre los intérpretes más literales, o que tienen este nombre, no pudiendo acomodar la profecía con todo su contexto a la bienaventuranza eterna de los santos, después de la resurrección universal (pues se habla en ella de generación y corrupción, de muerte o de pecado, de jóvenes y viejos, de edificios, de viñas, de árboles, de leones, de bueyes, de serpientes, etc.), se acogen finalmente, como al último refugio capaz de salvar el sistema, a la pura alegoría.
Mas es cosa verdaderamente admirable, ver el modo embarazoso, confuso y oscurísimo con que se explican, o con que no se explican, unos hombres tan grandes.
El sistema tiene, sin duda, toda la culpa.
Ved una muestra:
He aquí que yo (dice Dios) creo nuevos cielos, y nueva tierra.
Esto es (dice la explicación), creo un nuevo mundo metafórico; conviene a saber, la Iglesia de Cristo, que es mucho más amplia, más adornada, y más augusta que la sinagoga, y es como un nuevo mundo.
¡Qué verdad! Mas, ¡qué verdad tan fuera de tiempo y de lugar, y tan ajena a esta profecía!
Porque ved aquí que yo (dice Dios) creo a Jerusalén por regocijo, y a su pueblo por gozo.
Esto es (dice la explicación) creo a la Iglesia de Cristo que se alegra y se goza en el Espíritu Santo.
No se oirá más en él voz de lloro, ni voz de lamento (dice Dios). No habrá allí más niño de días, ni anciano que no cumpla sus días: porque el chico de cien años morirá, y el pecador de cien años maldito será, etc.
Esto es (dice la explicación), en mi Iglesia todos llenarán sus días viviendo bien, y desempeñando rectamente los oficios y cargos de su edad; pero el que fuere en ella pecador, aun cuando tenga cien años, en nada se estimará; sino que será reprobado y maldito delante de todos.
¡Qué idea tan contraría a las que nos dan nuestras historias, y también nuestros ojos y nuestros oídos!
Según los días del árbol (dice Dios), serán los días de mi pueblo, y las obras de las manos de ellos envejecerán. Mis escogidos no trabajarán en vano, ni engendrarán hijos para turbación (o no engendrarán hijos en maldición). Porque serán estirpe de benditos del Señor, y sus nietos con ellos.
El sentido es (dice la explicación), que mis fieles serán de larga vida, alegres, y bien sanos, lo mismo que si estuviesen en el estado primitivo de la inocencia, y comiesen los frutos del árbol de la vida.
Como la sustancia de esta explicación es la misma con diversas palabras en los autores de ella, yo —dice el Padre Lacunza— he elegido dos de los más doctos y más literales, de quienes he copiado algunas palabras, para que por ellas se haga concepto de toda la explicación. Quien quisiere asegurarse más, lo puede fácilmente ver por sus propios ojos.
El Padre Lacunza, por su parte, saca conclusiones:
Entonces se pregunta: las cosas que aquí se tiende a acomodar a la Iglesia presente, bajo el nombre de Jerusalén, ¿le competen a ella en realidad?
Estas cosas, hablando de la Iglesia, ¿son verdaderas? ¿No son todas visiblemente falsas?
Una profecía en que habla el Espíritu de Dios, ¿puede anunciar a la Iglesia presente, bajo el nombre de Jerusalén, cosas que no ha habido jamás en ella, ni las puede haber en la presente providencia?
Por ejemplo: que no se oirá en ella el llanto ni clamor; que no habrá joven ni viejo que no llene sus días, viviendo bien, y desempeñando rectamente los oficios y cargos de su edad; que todos sus fieles hijos vivirán muchos años, sanos y alegres, como si comiesen del árbol de la vida; que el que edificare una casa vivirá en ella; el que plantare una viña o un árbol gozará pacíficamente de sus frutos, sin temor de enemigos, etc.
Anuncios diametralmente opuestos hallamos a cada paso en los Evangelios; y la larga experiencia nos ha enseñado que estos anuncios de Cristo a su Iglesia, y aun a sus más fieles siervos, se han verificado con toda plenitud.
Más allá de que las miserias de la vida humana, la enfermedad, el dolor, el disgusto, la aflicción, el clamor, el llanto, etc., son males generales a todos los hijos de Adán, entrando incluso en este número los más inocentes, entre ellos los católicos romanos, los más fieles a Dios, los más justos y santos, a quienes se enderezan inmediatamente aquellas palabras del apóstol: los que quieren vivir piadosamente en Jesucristo, padecerán persecución; y aquellas del mismo Cristo: mas el mundo se gozará, y vosotros estaréis tristes… Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros.
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El Padre Lacunza va más en profundidad, y dice:
San Pedro Apóstol, que sin duda entendía mejor todas estas cosas, cita evidentemente esta profecía de Isaías de que hablamos, de la cual únicamente constan las promesas de cielos nuevos y tierra nueva…
El Apóstol pone estos nuevos cielos y nueva tierra según las promesas, no ahora, sino después que perezca esta tierra y estos cielos presentes.
Con que estos nuevos cielos y tierra nueva, que Dios promete, no pueden ser metafóricos y figurados; no pueden ser la Iglesia de Cristo.
¿Por qué?
Pues hace mucho que está en nuestro mundo la Iglesia de Cristo; y el cielo y tierra presentes, que son los mismos desde Noé hasta el día de hoy, no han perecido por el fuego; lo cual es una condición esencial para que las promesas de Dios tengan lugar.
Luego, o los cielos nuevos y la tierra nueva no pueden ser la Iglesia de Cristo; o la Iglesia de Cristo no está todavía en el mundo…
¡A reflexionar, señores!
Sigue el Padre Lacunza:
Tampoco esta promesa de nuevos cielos y tierra nueva puede hablar para después de la resurrección universal.
¿Por qué?
Pues entonces ya no podrá haber muerte ni pecado, ya no podrá haber nuevas generaciones…; ya no habrá necesidad de edificar casas, ni plantar viñas, etc.; cosas todas expresas y claras en las promesas de Dios de nuevos cielos y tierra nueva.
Por lo tanto, son cosas evidentemente reservadas para otra época muy semejante a la de Noé, esto es, para la venida en gloria y majestad del Señor Jesús; pues Él mismo compara su venida con lo que sucedió en tiempo del diluvio.
Luego, después de esta época, en que creemos y esperamos que perezcan por el fuego estos cielos y esta tierra presentes, y antes de la resurrección general, deberán verificarse plenísimamente las promesas de Dios de nuevos cielos y nueva tierra, y sucederán las cosas que para esta época están reservadas según la profecía de Isaías.
En contraste, podemos considerar dónde conduce la hipótesis de Monseñor Williamson:
Quinta Época: de más o menos 500 años. Nuestra época.
Un castigo terrible tendrá lugar al final de esta quinta época y lavará al mundo.
Sexta época: La del triunfo del Corazón Inmaculado de María. La sexta época de la Iglesia será el triunfo más grande de todos los tiempos: el triunfo del Corazón Inmaculado de María. Habrá como una interrupción de la caída.
Los hombres serán muy buenos porque tendrán el Temor de Dios, que hoy casi ha desaparecido.
Pero la sexta época de la Iglesia no será larga. Veinticinco años de buenas cosechas y unos años más para que el Anticristo llegue.
Séptima época: La del Anticristo. El reino del Anticristo durará tres años y medio. Después de su muerte (hay un versículo de Daniel que permite pensarlo), entre su muerte y el fin del mundo habrá, quizás, unos cuarenta y cinco días de paz.
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El Padre Lacunza pasa a considerar los tiempos y las cosas que anuncia la profecía de Isaías. Y dice así:
Primeramente: los tiempos de que va hablando este gran Profeta, así en este capítulo LXV, como en los veinte y cuatro antecedentes, son evidentemente los tiempos próximos, y aun casi inmediatos a la venida del Señor, lo cual sería bueno y utilísimo tenerlo bien presente; los tiempos, digo, de la vocación, conversión y congregación, con grandes piedades, de las reliquias de Israel.
Después que el Señor se ha mostrado como inexorable a la oración fervorosísima que en el capítulo antecedente hace el mismo Israel; después de haberle respondido con dureza, dándole en cara con su incredulidad, con su ingratitud, y con todas sus antiguas iniquidades, se deja al fin vencer, da muestras de haber oído su oración, y condesciende benignamente, sino con todo Israel, a lo menos con sus reliquias, diciendo: Como cuando se halla un grano en un racimo, y se dice: No lo desperdicies, porque es una bendición; así haré por amor de mis siervos, que no los destruiré del todo. Y sacaré simiente de Jacob, y de Judá el que posee mis montes; y la heredarán mis escogidos, y mis siervos morarán en ella.
Pasa luego a hablar de la suerte infelicísima que tendrán todos aquellos que no oyeren su voz, los cuales serán a lo menos las dos terceras partes.
Después de lo cual, vuelve otra vez los ojos a las reliquias preciosas del mismo Israel, a quienes anuncia y promete desde el versículo 17 hasta el fin del capítulo, los nuevos cielos y nueva tierra, y todas las demás cosas particulares que deberán suceder en esos tiempos, así en Jerusalén y en Israel, como en todo el residuo de las gentes, a saber, la paz, la quietud, la seguridad, la justicia y santidad, la inocencia y simplicidad, las vidas largas de los hombres, como en los tiempos antediluvianos, etc.
En aquellos tiempos (en los cuales como dice San Pedro habitará la justicia) no morirá ninguno antes de la edad madura, dice Isaías: si alguno muriere de cien años, se dirá que ha muerto aún joven; si en esta edad muriere pecador, será maldito entonces, como lo es ahora, y como es necesario que sea en todo tiempo.
De donde se colige manifiestamente, que aun en medio de tanta justicia y conocimiento del Señor, que en aquel siglo venturo inundará toda nuestra tierra, no por eso faltarán del todo el pecado y los pecadores; pues al fin, todos serán entonces tan libres como lo son ahora, y todos podrán hacer un uso bueno o malo de su libre albedrío.
El llanto, y el clamor, prosigue Isaías, que ahora son tan frecuentes en toda clase de gentes, no se oirán, o se oirán rarísima vez en aquellos tiempos felices. El que edificare una casa, vivirá en ella; el que plantare un árbol o una viña, gozará de sus frutos; no sucederá entonces lo que tantas veces ha sucedido en los siglos anteriores, esto es, que quien no ha edificado una casa, ni plantado una viña, se haga dueño y poseedor de ella, o por prepotencia o por derecho que llaman de conquista.
Los días de mi pueblo, prosigue el Señor, serán iguales o mayores que los del árbol que ha plantado, y el trabajo de sus manos lo verá envejecerse delante de sus ojos. Mis escogidos no trabajarán en aquellos tiempos inútilmente, ni engendrarán hijos para la esclavitud y maldición; antes serán una generación bendita del Señor, y sus hijos y nietos como ellos, etc.
Es verdad que todas estas cosas y otras semejantes, difíciles de numerar por su prodigiosa multitud, se dicen expresa, directa y nominadamente de la Jerusalén futura, y de las reliquias preciosas de los Judíos; mas por otros muchos lugares de la Escritura y del mismo Isaías, que ya hemos apuntado, parece claro, que las reliquias de todos los otros pueblos, tribus y lenguas, participarán abundantísimamente de todos estos bienes naturales y sobrenaturales, que primariamente se prometen a las reliquias de Abrahán, de Isaac y de Jacob.
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Pasando a conjeturar sobre estos nuevos cielos y nueva tierra, el Padre Lacunza interpreta de la siguiente manera:
Parece algo más que probable, que esta nuestra tierra, o este globo terráqueo en que habitamos, no está ahora en la misma forma ni en la misma situación en que estuvo desde su principio, hasta la gran época del diluvio universal.
Esta proposición bien importante se puede fácilmente probar con el aspecto actual del mismo globo, y con cuantas observaciones han hecho hasta ahora, y hacen cada día los más curiosos observadores de la naturaleza; mucho más si este aspecto y estas observaciones se combinan con lo que nos dice la Sagrada Escritura.
De esto se sigue legítimamente, y se concluye evidentemente, que nuestro globo terráqueo no está ahora como estuvo en los primeros tiempos, o en los tiempos de su juventud.
Y, por consiguiente, que ha sucedido en él algún accidente, grande y extraordinario, o algún trastorno universal de todas sus cosas, que lo hizo mudar enteramente de semblante, que obligó a las aguas inferiores a mudar de sitio, que convirtió el mar en árida y también la árida en mar, que hizo formarse nuevos mares, nuevos ríos, nuevos valles, nuevas colinas, nuevos montes; en suma, una nueva tierra, o un nuevo orbe diversísimo de lo que había sido hasta entonces.
Este accidente no puede ser otro, por más que se fatiguen los filósofos, que el diluvio universal de tiempos de Noé; en el cual, como dice el Apóstol San Pedro: hace tiempo existieron unos cielos y también una tierra surgida del agua y establecida entre las aguas por la Palabra de Dios, y que, por esto, el mundo de entonces pereció inundado por las aguas del diluvio; y, como dice el mismo Jesucristo: vino el diluvio y los arrastró a todos.
La misma causa general que produjo en todo nuestro globo un nuevo mar y una nueva árida, mudó también necesariamente todo el aspecto del cielo, es decir, no solamente el antiguo orden y temperamento de nuestra atmósfera, sino el antiguo orden y disposición del sol, de la luna, y de todos los cuerpos celestes, respecto del globo terráqueo.
¿Qué causa general fue esta? La misma mano omnipotente y sapientísima, aunque invisible, del Criador y Gobernador de toda la máquina; el cual, indignado con toda la tierra, extremamente corrupta, la hizo moverse repentinamente de un polo a otro: inclinó el eje de la tierra 23 grados y medio, haciéndolo mirar por una de sus extremidades hacia la estrella que ahora llamamos polar; o hacia la extremidad de la cola de la osa menor.
Con esta repentina inclinación del eje de la tierra se debieron seguir al punto dos consecuencias necesarias:
Primera, que todo cuanto había en la superficie del globo, así líquido como sólido, perdiese su equilibrio; el cual perdido, todo quedase en sumo desorden y confusión, no menos horrible que universal; que todo se desordenase, todo se trastornase, todo se confundiese, cayendo todas las cosas unas sobre otras, y mezclándose todas entre sí; rompiéndose, como dice la historia sagrada, las fuentes del grande abismo; rompiendo también el mar todos sus límites y, derramando sus aguas sobre lo que entonces era árida o tierra, quedase todo nuestro globo enteramente cubierto de agua, como lo estuvo en los primeros momentos de su creación.
La segunda consecuencia que debió seguirse necesariamente de la inclinación del eje de la tierra fue que el círculo o línea equinoccial, que hasta entonces había sido una misma con la eclíptica, se dividiese en dos; y que esta última cortase a la primera en dos puntos diametralmente opuestos, que llamamos nodos, esto es en el primer grado de Aries, y en el primero de Libra.
De lo cual resultó que nuestro globo no mirase ya directamente al sol por su ecuador, sino solamente dos días cada año, el 21 de marzo y el 22 de setiembre: presentando siempre en todos los demás días del año nuevos puntos de su superficie al rayo directo del sol.
Y de aquí, ¿que resultó? Resultaron necesariamente las cuatro estaciones, que llamamos primavera, verano, otoño e invierno; las cuales, desde los días de Noé hasta el día del Señor, han sido, son y serán la ruina de la salud del hombre, y como un castigo o pestilencia universal, que ha acortado nuestros días, y los ha hecho penosísimos y aun casi insufribles.
Pues, ¿no había antes del diluvio estas cuatro estaciones? No, no las había.
Es verdad que muchos otros no han querido adoptar esta opinión, pareciéndoles que el mundo debía haber estado siempre como está ahora; mas también es verdad que las razones que oponen son débiles, oscuras, inconcluyentes, y tal vez prueban todo lo contrario.
Soy de parecer que antes del diluvio no había estas cuatro estaciones del año, que en lo presente son nuestra turbación y nuestra ruina; sino que nuestro globo gozaba siempre de un perpetuo equinoccio.
En esta hipótesis, todo es fácil y parece que lo entendemos todo; así las observaciones de los naturalistas, como todo lo que se lee en las Santas Escrituras.
En esta hipótesis:
1º- todos los climas debía cada uno ser siempre uniforme consigo mismo, lo mismo en el mes de marzo que en el de junio; y lo mismo en este, que en septiembre y diciembre,
2º- la atmósfera de la tierra, siendo en todas partes uniforme, debía en todas partes estar quieta, con aquella especie de quietud natural que compete a un fluido cuando no es agitado violentamente por alguna causa externa que le obligue a perder su paz, su quietud, su equilibrio; y cual equilibrio no impide, antes fomenta en todos los fluidos un movimiento interno, suave, pacífico y benéfico de todas sus partes.
3º- no había ni podía haber nubes horribles, densas, oscuras por el concurso y mezcla de diversos vapores y exhalaciones de toda especie, no había frotamiento violento de una con otras por la contrariedad de los vientos; no se encendía en este frotamiento el fuego eléctrico; por consiguiente no había las lluvias gruesas, ni los truenos, ni los rayos que ahora nos causan tanto pavor y daños y ruinas reales y verdaderas, así en los habitantes de la tierra, como en todas las obras de sus manos.
De aquí resulta y debía resultar, naturalmente, que los resfríos, las pestilencias, las enfermedades de toda especie, que ahora son sin número, eran entonces o pocas o ningunas, y que los hombres y aun las bestias, vivían naturalmente diez o doce veces más de lo que ahora viven, muriendo de pura vejez, después de haber vivido sanos y robustos.
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El Padre Lacunza retrocede para explicitar aún más el texto analizado.
San Pedro dice expresamente que aquel antiguo mundo antediluviano pereció anegado en agua; y que este presente mundo, que le sucedió, perecerá del mismo modo y en el mismo sentido por el fuego: El mundo de entonces pereció inundado por las aguas del diluvio, y los cielos y la tierra presentes, por esa misma Palabra, están reservados para el fuego.
De aquí se sigue legítimamente:
1º- que del mismo modo, y en el mismo sentido verdadero, en que aquel antiguo mundo pereció por el agua, este presente perecerá por el fuego.
2º- que así como aquel antiguo mundo no pereció en lo sustancial, sino solamente en lo accidental, esto es, se deformó horriblemente, mudándose de bien en mal; así este mundo que ahora es, tampoco perecerá en lo sustancial por el fuego, sino que se mudará solamente de mal en bien; recobrando por este medio su antigua sanidad, y volviendo a aparecer, tal vez con grandes mejoras, con toda aquella hermosura y perfección, con que salió al principio de las manos de su Criador: esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y
tierra nueva, en los que mora la justicia…
Con que los nuevos cielos y nueva tierra que esperamos después del presente, debe ser sin comparación mejor que el presente. Y esto no solamente en lo moral, sino también en lo físico y material.
En lo moral, porque en él habitará la justicia. Estas palabras generales no se pueden decir con verdad ni del mundo presente, ni mucho menos del antiguo.
También en lo físico y material, porque el mundo nuevo que esperamos, lo esperamos según las promesas de Dios; y estas promesas, que sólo constan del capítulo LXV de Isaías, hablan expresa y claramente de una bondad moral y también física y material.
Esta gran mudanza que esperamos de nuestro mundo presente de mal en bien, me parece a mí, según mi sistema, que debe comenzar por donde comenzó en tiempo de Noé, de bien en mal. Quiero decir por la restitución del eje de la tierra a aquel mismo sitio donde estaba antes del diluvio, o lo que es lo mismo por la unión de la eclíptica con el ecuador; sin la cual unión o identidad, así como no puede haber un perpetuo equinoccio, así no pueden faltar las cuatro estaciones del año, las cuales estaciones son enemigas perpetuas e implacables de la salud del hombre.
Sin la restitución del eje de la tierra a aquel mismo sitio donde estaba antes del diluvio no se concibe alguna felicidad natural, grande, extraordinaria y digna de una nueva tierra y nuevos cielos.
No se halla cómo puedan entonces volver naturalmente, sin un continuo milagro, las vidas largas de los hombres, que se acabaron con el diluvio; ni cómo puedan verificarse tantas otras cosas admirables y magníficas que sobre esta felicidad natural, acompañada ya de la justicia, se leen frecuentemente en los Profetas de Dios.
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Y ahora hace la aplicación y saca dos consecuencias generales y seis particulares:
Al contrario, si el perpetuo equinoccio vuelve a nuestra tierra, desterradas para siempre las cuatro estaciones enemigas, todo queda llano y facilísimo de concebirse y explicarse.

Primera consecuencia general: Lo primero que se comprende al punto, en esta hipótesis, son los anuncios terribles, que para el día grande del Señor se hallan a cada paso en los Profetas, en los Salmos, en los Evangelios, en los escritos de los Apóstoles y en el Apocalipsis.
Todos estos anuncios concuerdan entre sí, y concuerdan perfectamente con la hipótesis misma.
Para ver con los ojos esta concordancia, imaginemos por un momento que ahora en nuestros días sucede esta inclinación del eje de la tierra, necesaria para que la eclíptica y la equinoccial se unan entre sí y formen una misma línea individual; imaginemos también que desde cierta altura competente y segura observamos con buenos telescopios todas las cosas particulares que suceden aquí abajo de resulta natural y forzosa de la unión de estas dos líneas o círculos máximos, que ahora se cortan mutuamente, y producen en este corte oblicuo las cuatro estaciones enemigas.
En este caso, que suponemos repentino y violento, deben seguirse naturalmente todas las siguientes consecuencias anunciadas en la Escritura de la verdad:
Primera consecuencia particular: que nuestra tierra o nuestro globo, moviéndose de polo a polo, se mueva realmente de su lugar; pues esto es lo que se lee en Isaías, XIII, 13: Sobre esto turbaré el cielo; y se moverá la tierra de su lugar a causa de la indignación del Señor de los ejércitos, y por el día de la ira de su furor.
Y en XXIV, 19, el mismo Profeta dice: conmovida sobremanera será la tierra, será agitada muy mucho la tierra como un embriagado… y la agobiará su maldad.
Segunda consecuencia particular: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, piensen todos sus habitadores que los cielos o todos los cuerpos celestes, sol, luna, planetas y estrellas, se muevan con la misma violencia o ligereza en sentido contrario.
Esta apariencia o ilusión es tan frecuente como natural: los que navegan con buen viento, a vista de alguna tierra o peñasco, o nube fija e inmóvil, se figuran que su navío o barco está quieto en un mismo lugar, y que los otros objetos que tienen a la vista son los que se mueven hacia el rumbo diametralmente opuesto.
Pues, esto es lo que se lee en el texto de San Pedro, tantas veces citado, II Pedro, III, 10: Vendrá, pues, como ladrón el día del Señor; en el cual pasarán los cielos con grande ímpetu.
Esto es lo que se lee en el Apocalipsis, 6, 14: el cielo se recogió como un libro que se arrolla.
Tercera consecuencia particular: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, se turbe y oscurezca horriblemente toda nuestra atmósfera, y que esta turbación y mezcla de tantas partículas heterogéneas, que nadan en ellas, nos impida por entonces el aspecto libre de los cuerpos celestes; no como lo hacen ahora las nubes (las cuales, aunque sean densísimas, siempre dejan pasar muchos rayos de luz, suficientes para distinguir el día de la noche); sino de otro modo insólito y mucho más horrible, que sin ocultarnos del todo estos cuerpos celestes, nos los hagan aparecer ya negros, ya pálidos, ya sanguíneos, produciendo en nuestra superficie otra especie de oscuridad muy semejante a las tinieblas de Egipto, de quienes se dice en el libro de la Sabiduría, XVII, 5: Ni las llamas puras de las estrellas podían alumbrar aquella noche horrorosa.
Pues esto es lo que se anuncia en Isaías, L, 3: Vestiré los cielos de tinieblas, y les pondré un saco por cubierta.
Esto es lo que se anuncia en Zacarías, XIV, 7: Habrá un día conocido del Señor, que no será ni día ni noche: mas al tiempo de la tarde habrá luz.
Esto es lo que se anuncia en el Evangelio, Luc. XXI, 25: Habrá señales en el sol, y en la luna, y en las estrellas; y en la tierra consternación de las gentes.
Esto es lo que se anuncia en el Apocalipsis, VI, 12: He aquí fue hecho un gran terremoto, y se tornó el sol negro como un saco de cilicio; y la luna fue hecha toda como sangre.
Cuarta consecuencia particular: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, todas cuantas cosas se hallan en su superficie, pierdan su equilibrio, el cual perdido, todas caigan unas sobre otras confusa e irremediablemente, así como sucedió en los días de Noé.
Pues esto es lo que se anuncia en Isaías, XXX, 25: En el día de la mortandad de muchos, cuando cayeren las torres.
Esto es lo que se anuncia en el Apocalipsis, XVI, 19: Cayeron las ciudades de las gentes…-Y toda isla huyó, y los montes no fueron hallados.
Quinta consecuencia particular: que moviéndose la tierra de un polo a otro, pierdan también su equilibrio, por la misma causa general, las aguas del mar; el cual perdido, se alboroten y se conturben, se derramen sobre muchos lugares, de lo que ahora es árida, y espanten con sus bramidos horribles aun a los que se hallan distantes de sus playas.
Pues esto es lo que se anuncia expresamente en el Evangelio, Luc. XXI, 26: Y en la tierra consternación de las gentes por la confusión que causará el ruido del mar, y de sus ondas. Quedando los hombres yertos por el temor y recelo de las cosas que sobrevendrán a todo el universo.
Sexta consecuencia particular: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, no solamente se conturbe toda la atmósfera y se enturbie, se oscurezca por la multitud de vapores y exhalaciones de toda especie, como vimos en la tercera consecuencia; sino que, mezclándose estas entre sí, y chocando violenta y confusamente las unas con las otras, exciten con este frotamiento el fuego eléctrico y produzcan por consiguiente una prodigiosa multitud de rayos, los cuales consuman y conviertan en ceniza la mayor y máxima parte de los hombres, y de las obras de sus manos.
Pues esto es lo que se anuncia frecuentísimamente en las Escrituras.
Esto es lo que se lee en el Salmo XVII: Tronó desde el cielo el Señor, y el Altísimo dio su voz: pedrisco y carbones de fuego. Y envió sus saetas, y los desbarató; multiplicó relámpagos, y los aterró.
Esto es lo que se lee en el salmo XCVI: Fuego irá delante de él, y abrasará alrededor a sus enemigos. Alumbrarán sus relámpagos la redondez de la tierra; los vio la tierra y fue conmovida.
Esto es lo que se lee en el Evangelio, Mt. XXIV, 29, cuando se dice: Las estrellas caerán del cielo. Las cuales palabras, no pueden tener otro verdadero sentido.
En fin, esto mismo es lo que se lee en el Apocalipsis, VI, 13: Las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos, cuando es movida de grande viento. Y por temor de estas estrellas metafóricas, prosigue San Juan, se esconderán los hombres, aun los más animosos, en los subterráneos, en las cuevas, en las aberturas de los más grandes peñascos, a quienes dirán: Caed sobre nosotros, y escondednos de la presencia del que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque llegado es el gran día de la ira de ellos; ¿y quién podrá sostenerse en pie?
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Antes de llegar a la segunda conclusión general, el Padre Lacunza estudia con atención la cualidad del fuego y su accionar:
Este fuego, que anuncian tantas veces las Escrituras para el día grande y horrible de la venida del Señor, no puede ser, según las mismas Escrituras, un fuego universal, que inunde todo nuestro globo, como lo inundaron las aguas del tiempo de Noé; ni que lo consuma y reduzca a humo y ceniza, como tantos han imaginado.
Esta idea, poco justa y aun conocidamente falsa, no estriba sobre otro fundamento que sobre el texto del Apóstol San Pedro, poco bien examinado.
Algunos autores, y no pocos, no se avergüenzan de citar para esto tres o cuatro versos de las falsas sibilas; como si estas fuesen dignas de alguna estimación entre los cristianos.
(Otros citarán más tarde falsas apariciones…).
El texto de San Pedro, oscuro o poco claro en esta parte, debe explicarse (según todas las reglas de la buena crítica, pía y religiosa), debe, digo, explicarse por centenares de textos claros y perspicuos de la Escritura Santa, no centenares de textos claros y perspicuos por un texto único, oscuro y poco claro.
¿Cómo puede ser un fuego universal, que abrase y consuma indiferentemente todas las cosas de nuestro globo, y al globo mismo y cuando dice la Escritura, Sap., V, 22: Irán derechamente los tiros de los rayos…y resurtirán a lugar cierto?
¿Cómo puede ser un fuego universal, que consuma indiferentemente todas las cosas de nuestro globo y al globo mismo, cuando dice la Escritura, Isaías, XXIV, 13: Que quedarán vivos e indemnes algunos individuos del linaje humano?
En suma, el día del Señor, según todas las Escrituras es únicamente contra sus enemigos declarados que, en aquellos tiempos de que hablamos, serán los más o casi todos, como queda notado en todo el Fenómeno del Anticristo.
Esta idea se halla constante y uniforme en todas las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento; y cualquiera que las leyere con este cuidado lo podrá fácilmente reparar. Ved aquí tres o cuatro lugares de estos como por muestra de otros muchísimos del todo semejantes que pudieran citarse.
En Isaías, XIII, 9 y
11 se dice: He aquí que vendrá el día del Señor, cruel, y lleno de indignación, y de ira, y de furor para poner la tierra en soledad, y para destrozar de ella a los pecadores…Y visitaré sobre los males del mundo, y contra los impíos la iniquidad de ellos, y haré cesar la soberbia de los infieles, y abatiré la arrogancia de los fuertes.
En Jeremías, XXX, 23-24, se lee: He aquí que el torbellino del Señor, el furor impetuoso, la tempestad deshecha, en la cabeza de los impíos reposará…; en lo último de los días entenderéis estas cosas.
En Malaquías, 4, 1, se dice: Porque he aquí vendrá un día encendido como horno; y todos los soberbios, y todos los que hacen impiedad serán como estopa: y los abrasará el día que debe venir, dice el Señor de los ejércitos, sin dejar de ellos ni raíz ni renuevo.
Por abreviar, en el libro de la Sabiduría, V, 18, se dice: Su celo tomará la armadura, y armará a las criaturas para la venganza de los enemigos… Y aguzará su inexorable ira como a lanza, y peleará con él todo el universo contra los insensatos. Irán derechamente los tiros de los rayos, y como de un arco bien entesado de las nubes serán arrojados, y resurtirán a lugar cierto. Y la ira que apedrea, lanzará espeso granizo, se embravecerá contra ellos el agua del mar, y los ríos correrán juntos con furia. Ei espíritu de virtud se levantará contra ellos, y como torbellino de viento los esparcirá; y su iniquidad reducirá a yermo toda la tierra, y la malicia trastornará las sillas de los poderosos.
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Segunda consecuencia general: Terminado finalmente este gran día (el cual no sabemos cuánto tiempo durará); pasada la horrible tempestad; exterminados en ella todos los impíos y pecadores; unidas perfectamente en una misma individual línea la eclíptica y el ecuador; sosegada toda la atmósfera; aclarado el aire; quieto el mar y congregadas todas sus aguas en el lugar que le fuere entonces señalado; debe luego necesariamente aparecer otra nueva tierra, otro nuevo orbe terráqueo, diversísimo en todo de lo que es al presente, así como este presente apareció diversísimo en todo después de pasado el diluvio de Noé, en el cual quedó anegado y pereció el orbe primitivo; debe aparecer otro orbe nuevo, otra atmósfera nueva, otros nuevos climas, y también otro nuevo aspecto aun en el cielo sidéreo; y todo tan bueno, a lo menos, como lo fue en su estado primitivo.
Digo a lo menos, porque me parece, no sólo posible, sino sumamente verosímil, que por respeto y honor de una persona de infinita santidad, cual es un Hombre Dios, por quien y para quien, como dice San Pablo, fueron criadas todas las cosas, se renueve y se mejore todo en nuestro orbe, dándosele a este en lo natural (así como se le ha de dar en lo moral) un nuevo y sublime grado de perfección: Pero esperamos según sus promesas cielos nuevos y tierra nueva, en los que mora la justicia… Y dijo el que estaba sentado en el trono: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.
Con todo lo cual concuerda el Apóstol, cuando dice, Ef., I, 9-10: Según su beneplácito, que había propuesto en sí mismo, para restaurar en Cristo todas las cosas en la dispensación del cumplimiento de los tiempos.
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El Padre Lacunza comienza su cuarto capítulo con las palabras que siguen, que he preferido dejar para este lugar, donde cobran mayor importancia y arrojan más luz:
Con la venida en gloria y majestad del Señor Jesús, del Rey de los reyes, destruidos enteramente los cielos y la tierra que ahora son, comenzarán otros nuevos cielos y otra nueva tierra, donde habitará en adelante la justicia, dice San Pedro en su segunda epístola, capítulo III, 13.
¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso quiere decir que los cielos y tierra, o el mundo universo que ahora son, dejarán entonces de ser, o serán aniquilados, para dar lugar a la creación de otros cielos y de otra tierra?
De modo, dice San Pedro, que así como el cielo y la tierra, que eran antes del diluvio universal, perecieron por la palabra de Dios y por el agua; asimismo los cielos y tierra que ahora son, perecerán también por la misma palabra de Dios y por el fuego.
Ahora bien, ¿qué fue lo que pereció por el diluvio de agua en frase de San Pedro?
Pereció en la tierra todo cuanto había en su superficie: perecieron todos sus habitadores, hombres y bestias, exceptuando solamente los pocos de cada especie que se salvaron en el arca de Noé.
Perecieron todas las obras que los hombres habían trabajado hasta entonces sobre la tierra. Pereció toda la belleza, toda la fertilidad, la disposición y orden admirable con que Dios la había criado para el hombre justo e inocente, no para el ingrato y pecador.
Si hablamos de los cielos de que habla también San Pedro, decimos lo mismo que acabamos de decir de nuestra tierra, esto es, que pereció.
¿Qué cielos eran estos? No otros que toda la atmósfera que circunda nuestro globo como parte suya esencial, la cual atmósfera se llama general y universalmente cielo.
Estos cielos perecieron con el diluvio en el mismo sentido en que pereció la tierra, es decir se alteraron, se deformaron, se deterioraron, se mudaron de bien en mal.
Habiendo llegado esta época terrible, se alteró tierra, mar y atmósfera, y todo quedó en esta alteración y desconcierto hasta el día de hoy.
Así pues, el Apóstol San Pedro habló en los términos más propios y naturales cuando dijo: La tierra y los cielos que eran antes del diluvio perecieron por la palabra de Dios y por el agua.
Y añade que los cielos y tierra que ahora son (ciertamente inferiores a los antediluvianos) perecerán también a su tiempo, no ya por el agua, sino por el fuego; viniendo en su lugar otros nuevos, que excedan en bondad y perfección, tanto física como moral, a los presentes y pasados.
En suma, así como estos cielos y tierra presentes, siendo en sustancia los mismos que los que había antes del diluvio son, no obstante diversísimos en su orden, en su disposición, en su hermosura, en sus efectos; del mismo modo, los cielos y tierra nuevos que esperamos, aunque sean en sustancia los mismos que ahora, serán sumamente diversos en todo lo demás.
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Y llega la conclusión, maravillosa como toda la Sagrada Escritura; lejos, muy lejos de donde quiere conducirnos Monseñor Williamson:
Y veis aquí concluido el siglo presente, y llegado a su fin el día de los hombres. Veis aquí la consumación y fin del siglo, de que se habla tanto en las Escrituras, especialmente en los Evangelios.
Veis aquí amanecido el día claro del Señor, y el principio del siglo venturo, del cual se habla mucho más, y con igual o mayor claridad; aquí empieza ya a manifestar en nuestra tierra aquel reino de Dios, que tantas veces pedimos que venga: Adveniat regnum tuum; aquí empieza la revelación o manifestación de Jesucristo, y el día de su virtud en los resplandores de los santos.
Aquí empieza la revelación de los hijos de Dios, que no son otros sino los santos, que vienen con Cristo resucitados, o los correinantes, sobre cuyo gran misterio se puede consultar al Apóstol San Pablo (y sería bien consultarlo luego) en todo el capítulo VIII de la Epístola ad Romanos.
Aquí empiezan los mil años de San Juan, en cuyo principio debe suceder, en primer lugar, la prisión del diablo, con todas las circunstancias que se leen expresas en todo el capítulo XX del Apocalipsis.
Aquí abierto ya el Testamento Nuevo y Eterno del Padre, en que constituye al Hijo, en cuanto hombre, heredero de todas las cosas (Hebr, I, 2,), evacuado todo principado, potestad y virtud, y sujetas a este hombre Dios todas las cosas; empieza a reinar verdaderamente o ejercitar su virtud, su juicio y su potestad absoluta, mas llena de sabiduría, de bondad y equidad: El principado ha sido puesto sobre su hombro; y será llamado su nombre, Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre del siglo venidero, Príncipe de paz.
Aquí empieza a manifestarse más de cerca el misterio grande e incomprensible de haberse hecho hombre el mismo verbo de Dios, el mismo unigénito de Dios, el mismo Dios.
Aquí, en suma, se empieza a ver y conocer con mayor claridad el fin y término a donde se enderezaba omnis visio et prophetia.
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Sigue un importante consejo del Padre Lacunza:
Lleno de estas ideas (y sin darles tiempo a que se evaporen del todo, y se confundan con otras) andad ahora a leer la Biblia Sagrada: leed principalmente lo que se halla de profecía, esto es los Salmos y los Profetas; me atrevo a asegurar que todo lo entenderéis seguidamente sin especial dificultad, a lo menos en el asunto general.
Leed el salmo XCII, en el que se dice: El Señor reinó, vistióse de hermosura, y lo leeréis ya con inteligencia y con gusto; lo mismo digo del salmo LXXI.
A mí no me es posible hablar de todo, mas a vos será facilísimo leerlo todo, y examinarlo todo a vuestra satisfacción.
Por este medio me prometo conseguir lo que no puedo esperar por solas mis palabras o reflexiones.
Para esta lección y examen de que hablo, no es menester gran ingenio, ni una grande erudición, ni una gran noticia de la lengua hebrea. Todas estas cosas son buenas, y pueden ser utilísimas, si se busca sinceramente la verdad, y si esta verdad (sea dulce o amarga) se recibe y abraza después de conocida: Porque la palabra de Dios es viva, y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos, y que discierne los pensamientos e intenciones del corazón (Heb, IV, 7).
Como esta nueva tierra y nuevos cielos a que ya hemos llegado, y en que ya nos hallamos en espíritu, comprenda también nuevos sucesos, o nuevos misterios proporcionados a un siglo del todo nuevo, no nos es posible considerarlos todos en un mismo lugar.
Los Profetas mismos, inspirados por el Espíritu Santo, no lo hicieron así.
Deberemos, pues, considerar separadamente sino todos estos nuevos misterios, a lo menos algunos de los principales de donde se pueden inferir legítimamente otros infinitos.
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Como conclusión, vemos que allí donde llega Monseñor Williamson con sus revelaciones privadas, es el punto de partida de la Revelación:
| La Divina Revelación |
Monseñor Williamson |
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Castigo purificador que pone fin a la Quinta Época de la Iglesia. |
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El triunfo del Corazón Inmaculado de María. La Sexta Época de la Iglesia será el triunfo más grande de todos los tiempos. |
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Séptima época: La del Anticristo. El reino del Anticristo durará tres años y medio. |
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| Reino del Anticristo. Época muy semejante a la de Noé. |
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| Venida en gloria y majestad del Señor Jesús | |
| Purificación por el fuego.
Concluye el siglo presente. |
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| Nuevos cielos y nueva tierra. Amanece el día claro del Señor. |
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| Reino de Dios = los 1000 años de San Juan | |
Padre Juan Carlos Ceriani
