Resumen de La Venida del Mesías en Gloria y Majestad
Del Padre Lacunza
Segunda Parte
Fenómeno I

LA ESTATUA DE CUATRO METALES
Párrafo I
Comienza Lacunza el estudio del capítulo II de Daniel advirtiendo que para poder entender esta visión ayudará mucho:
1) Analizar la interpretación comúnmente dada por los exégetas.
2) Ver quién es la piedra que cae sobre la estatua y cuándo sucedió o sucederá esto.
Antes de comenzar el análisis de la teoría aceptada y defendida por la mayoría de los comentadores, Lacunza se pregunta cuál puede haber sido la causa de que todos coincidieran en este punto tan repugnante «no sólo a la Escritura Divina, sino también a la historia y a la experiencia» y responde sin más que la misma no puede ser otra sino «el miedo y pavor del Reino de Cristo».
Sentado este primer punto pasa luego a sacar las conclusiones:
* la primera y principal es que hacen coincidir la caída de la piedra con la Primera Venida de Jesucristo,
* la segunda, que no es más que una derivación de lo anterior, es la forma en que se analizó la profecía.
Lacunza explica esto último diciendo que el orden en el cual los exégetas estudiaron los cuatro reinos fue el siguiente: primero, cuarto, tercero y segundo.
La razón que da de ésto es clara: el primer reino (Babilonia) es conocido por todos, puesto que lo dice Daniel en la misma explicación del sueño.
Luego vino el cuarto, que es aquel sobre el cual vino Jesucristo en la primera venida y que, decían, debía durar hasta el fin del mundo.
Conocidos estos dos, había que colocar los dos restantes.
El único reino conocido con certeza era el de los griegos (tercero), al cual debía anteceder el de los Persas, dividiendo así el reino de Babilonia como en dos partes: una menor (primer reino) y otra mayor (segundo reino).
Párrafo II
Después de esta introducción, Lacunza pasa a los argumentos: primero los de carácter negativo (por qué la división de los autores está mal) y luego los positivos, con los cuales defiende su postura.
1) Babilonia:
Contra esto Lacunza objeta que, si el reino de Babilonia comenzado por Nabucodonosor hubiera sido destruido por los Persas, hubiera durado dos o, cuanto mucho, tres generaciones (Nabucodonosor-Evilmerodach-Baltasar), lo cual parece contradecir el hecho de que este reino está simbolizado por el oro, y oro óptimo (II, 32).
2) Persas:
Lacunza dice que a este reino no le cabe una de las notas que trae Daniel, a saber, el ser menor que el anterior (II, 39).
3) Griegos:
Este reino no puede ser el de los griegos porque fue el menor de todos en extensión y sin embargo del tercer reino se dice, precisamente lo contrario, a saber, que «llenará toda la tierra» (II, 35).
4) Romanos:
Aquí Lacunza se contenta con exponer la opinión contraria y con citar los versículos 40-45, indicando que más adelante volverá a tratar el tema con más propiedad.
Párrafo III
Primer Reino
Aquí comienza a desarrollar su propia exégesis.
1) Babilonia-Persia.
Desde luego este reino no es el de Nemrod, sino el que funda Nabucodonosor.
Luego pasa a probar una importantísima afirmación, a saber, que este reino de Nabucodonosor no fue destruído ni por Darío Medo ni por Ciro Persa, sino que fueron sucesores en el mismo reino, es decir, lo único que cambió fue la cabeza del reino, no el reino en sí mismo. Esto lo prueba:
a) Por las Escrituras mismas:
En Dn. V, 30-31 se dice: «Aquella misma noche fue muerto Baltasar, rey de los caldeos, y recibió el reino Darío el medo».
En IX, 1: «El año primero de Darío… que fue constituido rey sobre el reino de los caldeos…».
En II Esd. XIII, 6 Nehemías llama al rey Artajerjes «rey de Babilonia», casi cien años después de Ciro.
b) Ni Darío ni Ciro ni ninguno de sus sucesores destruyeron Babilonia, sino que la tomaron por su capital durante mucho tiempo.
c) No hubo mudanza de consideración ni en el gobierno, ni en las leyes, ni en las costumbres, ni en la religión.
d) Y lo más importante de todo, el reino de los Persas no fue menor al de Nabucodonosor sino igual o tal vez mayor, contrariamente a lo que dice el profeta en II, 39.
Párrafo IV
Segundo Reino
2) Grecia
Es el de los griegos por dos razones:
a) Por ser menor que el primero.
b) Por su misma constitución, es decir, por componerse de (y tener la forma de) pecho (Siria con Seleuco) y brazos (Egipto con Tolomeo y Macedonia).
Este reino comienza propiamente con Seleuco y no con Alejandro Magno, el cual solo destruyó pero no construyó nada.
Este reino es menor que el de Babilonia pues muchas ciudades de Persia, Media, Asia Menor y Egipto, no reconocieron a Seleuco como a su rey.
Por último este reino es diverso al de Babilonia en extensión, gente, riquezas, leyes, costumbres, dioses y lengua.
Párrafo V
Tercer Reino
3) Romanos
El argumento central está basado en una de las notas que le da Daniel cuando dice: «Dominará sobre toda la tierra» (II, 39).
También trae dos argumentos más:
El primero, basado en el metal con que este imperio es descripto: bronce, el cual es «duro, fortísimo y sonoro» porque sujetó a los pueblos «no sólo con la dureza y fuerza de sus armas sino con el sonido y eco de su nombre».
El segundo argumento, lo toma de la misma constitución ya que el Profeta dice que será de bronce hasta los muslos «su vientre y su cadera eran de bronce», señalando así la división del Imperio en Oriente y Occidente.
Luego argumenta diciendo que el Imperio Romano no sobrevivió en el llamado «sacro imperio» sino que fue destruído por los bárbaros, y lo que en ese momento existía era una «reliquia» del antiguo imperio, pues de no ser así, habría que concluir de la misma manera que los reinos de los Persas o de los Griegos todavía duraban en las reliquias del soffi persa o del gran señor de Constantinopla.
Lacunza argumenta que el segundo imperio se construyó sobre las ruinas del primero, y así los sucesivos.
Párrafo VI
Cuarto Reino
4) Desmembramiento del Imperio Romano.
Comienza a formarse en el siglo quinto con la invasión de los Bárbaros.
Tiene cuatro distintivos:
a) Del mismo modo que el hierro todo lo destroza y rompe y como el hierro todo lo desmenuza, así él desmenuzará y quebrantará todas estas cosas.
Esto se refiere a la invasión de los Bárbaros que todo lo destruyeron a su paso.
b) El reino será dividido.
El desmembramiento del Imperio Romano en muchas naciones. Así como los dedos del pie no se unen nunca, lo mismo pasa con estas naciones. Se ayudarán mutuamente, tendrán comercio, comunicación, etc. pero nunca se unirán como antes.
Sin reconocer una cabeza común estas naciones tienen, sin embargo, unos mismos principios, intereses, leyes generales, necesarios para la conservación del todo.
c) Será en parte sólido y en parte quebradizo.
Las naciones se han mantenido independientes unas de otras a pesar de tantas guerras, si bien algunas más débiles se han unido, ya con unos ya con otros, pero nunca hasta el punto de llegar a formar un gran reino.
d) Se mezclarán por medio de la simiente humana pero no se pegarán unos con otros.
A pesar de todas las uniones matrimoniales entre diversas familias europeas nunca se pudo concretar la unificación en un solo imperio.
Luego pasa a describir la opinión de los exégetas que aplican estas cuatro cualidades al Imperio Romano y en algunos casos le hace la objeción pertinente.
a) Según I Mac. los romanos no poseyeron todo por medio de las guerras sino por otros medios: «poseyeron los Romanos todo lugar con su consejo y paciencia» (VIII, 3).
b) Según algunos cuando se dividió en Oriente y Occidente, y según otros en tiempos de las guerra civiles.
c) Misma división que en el punto anterior.
d) Muchos lo aplican a César que se casó con la hija de Pompeyo, y lo mismo pasó entre Augusto y Antonio.
Como argumento general contra estos puntos Lacunza pide que le señalen en el Imperio Romano, con distinción y claridad, los pies y dedos de la estatua en parte sólidos y en parte quebradizos, de modo que estén juntos, coexistentes y en estado de recibir a un mismo tiempo el golpe de piedra que caerá sobre ellos.
Segunda Parte de la Profecía
Párrafo VII
Caída de la Piedra sobre los pies de la estatua y fundación
de otro nuevo reino sobre las ruinas de todos.
Lacunza dice que esta parte de la profecía es la más importante, pero para comprenderla bien es necesaria la recta inteligencia de la primera parte.
Comienza primero dando la exégesis de sus adversarios.
Todos los autores que ha leído son concordes en afirmar que esta profecía ya se ha cumplido con la Primera Venida de Nuestro Señor, que bajó del monte «sin mano» es decir sin el consorcio del varón y que destruyó la estatua, es decir, el imperio del diablo, la idolatría y el pecado por medio de su Pasión, Muerte, Resurrección, con la predicación del Evangelio, etc., y que en su lugar ha ido creciendo un monte que ha llenado poco a poco la tierra. Ese monte es la Iglesia Católica, el quinto reino de la profecía.
Contra esto, lo primero que nota Lacunza es el cambio repentino de lo material hacia lo espiritual y avanza dos dificultades:
1) Si la piedra cayó en tiempo de Augusto, debió haber bajado y caído directa e inmediatamente sobre los pies y dedos de la gran estatua, pues así lo dice expresamente el Profeta.
Siendo esto así, la duda que se debe resolver es: ¿Qué pies y dedos son estos, parte de hierro y parte de greda, que había en el mundo en tiempo de Augusto y que quebrantó la piedra con su golpe?
2) Los cuatro metales de la estatua: oro, plata, bronce y hierro ¿figuraban reinos espirituales o temporales?
Si lo primero entonces no son los Caldeos, Persas, Griegos y Romanos.
Si lo segundo entonces la piedra debió haber destruído estos reinos materiales, corporales y visibles y no reinos espirituales y metafóricos.
Párrafo VIII
La Caída de la Piedra
Comienza Lacunza dando un principio general muy importante para poder interpretar las Profecías. Principio basado en la recta razón y en la fe, que nos dice:
«Si lo que anuncia una profecía para la venida del Señor, no tuvo lugar, ni lo pudo tener en su primera venida, lo esperamos seguramente para la segunda, que entonces tendrá lugar y se cumplirá con toda plenitud».
Y así, si bien es cierto que la primera Venida estaba profetizada bajo la imagen de una piedra (Is. VIII, 14 y XXVIII, 16), sin embargo esta piedra bajó de un modo muy diverso al de la profecía de Daniel. No bajó con ruido ni con terror, sino con una blandura y suavidad admirable; no bajó para hacer mal a nadie sino el bien a todos (Jn. III, 17).
Jesucristo fue enviado como piedra angular y fundamental de la Iglesia Católica, y lejos de haber dañado a alguien con su bajada, esta piedra es, por el contrario, constantemente atacada por los enemigos.
Lacunza encuentra en un texto de San Mateo (XXI, 42) la clave de todo esto:
«Y díjoles Jesús: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: «La piedra que desecharon los que edificaban, ésa ha venido a ser cabeza de esquina… y quien cayere sobre esta piedra, se hará pedazos, y a aquel sobre quien ella cayere, lo hará polvo?».
Aquí están las dos Venidas bien diferenciadas con sus respectivas consecuencias.
En cuanto a la primera parte de la profecía Lacunza prueba su cumplimiento a través de la historia; la piedra fue atacada una y otra vez por los judíos, los gentiles y por medio de innumerables herejías, pero nada pudieron contra ella, antes bien todos estos ataques han ayudado a la construcción del edificio, y los mismos atacantes se han quebrado la cabeza contra la piedra: «Quien cayere sobre esta piedra, se hará pedazos».
En suma, Jesucristo en su primera venida vino al mundo en modo pacífico, amistoso, modesto, cortés; sin hacer violencia a nadie, sin quitar a nadie lo que es suyo y no buscando otra cosa más que hacer todo el bien posible a quien quiera recibirlo; y al mismo tiempo sufriendo con profundo silencio e infinita paciencia descortesías, ingratitudes, injurias y persecuciones.
Pero ha de llegar el día en que esta misma piedra baje por segunda vez con el mayor estruendo, espanto y rigor imaginable y se encamine directamente a los pies de la estatua y allí se cumplirá la segunda parte de la profecía: «Y a aquel sobre quien ella cayere, lo hará polvo», lo cual coincide con el pasaje de Daniel que estamos analizando: «Se desgajó una piedra -no desprendida por mano de hombre- e hirió la imagen en los pies, que eran de hierro y de barro, y los destrozó» (Dan. II, 34).
Sobre esta segunda caída de la piedra para destruir a sus enemigos nos hablan numerosos pasajes:
I Cor. XV, 24: «Cuando haya derribado todo principado y poder y virtud».
Sal. CIX, 5: «Mi Señor está a la diestra (de Yahvé). En el día de su ira destrozará a los reyes».
Sal. II, 5: «A su tiempo les hablará en su ira y en su indignación los aterrará».
Is. XXIV, 21: «En aquel día Yahvé juzgará… aquí abajo a los reyes de la tierra. Serán juntados como se junta a los presos en la mazmorra, quedarán encerrados en el calabozo».
Y otros tantos más que se encuentran como resumidos en el cap. XIX del Apocalipsis.
En definitiva, todas estas cosas anunciadas en las Escrituras deben cumplirse algún día cuando la piedra baje del monte y deberá comenzar así un nuevo reino universal completamente diferente a cuantos hemos visto hasta aquí, y que formará la misma piedra que ha de destruir a la estatua.
Y entonces podremos ver comenzado el juicio de los vivos que nos enseña el Símbolo de nuestra fe y que tanto nos anuncia las Escrituras.
Conclusión
La consideración del estudio de esta profecía puede ser útil, dice Lacunza, tanto a los creyentes como a los incrédulos: a los primeros, porque éstos deben buscar ante todo la verdad más que los discursos ingeniosos, y a los últimos para que, contemplando el cumplimiento de esta profecía a través de la historia, dejen de despreciar las Escrituras.
Lacunza pasa luego a preguntarse cuál puede ser la causa que los exégetas vean en la caída de la piedra la Primera Venida y no el Reino Glorioso de Cristo.
Primero se pregunta si la razón puede ser el temor al Reino de Cristo pero responde que ese miedo no debe estar en los creyentes sino en los incrédulos, y los fieles por el contrario deberían pedirla, amarla y esperarla (I Jn. IV, 18; Is. LXIV, 1; Sal. II, 2; Lc. XXI, 27; Apoc. XXII, 17; Fil. III, 20).
¿Acaso han de temer las consecuencias de la bajada de la piedra, es decir, el reino de Cristo sobre toda la tierra? Pero ésto no tiene razón de ser ya que todas las criaturas, aún las insensibles, están llamadas a alegrarse por la venida del Reino de Dios ya que juzgará a la tierra con justicia (Sal. XLV; XLVI; XLVII; LXV; LXXI; XCV; Is. II; XI) ¿Qué tienen que temer los inocentes de un rey infinitamente sabio y justo?
¿O será que acaso que se teme afligir, ofender, faltar el respeto y acatamiento debido a las cabezas respetables del cuarto reino de la estatua?
¿Podrá verse jamás como una falta de respeto decirles a estos reyes que sus reinos son los amenazados por la caída de la piedra? En realidad lo contrario sería faltarles el respeto y amor que les debemos ocultándoles una verdad tan importante después de conocida.
Si los reyes hacen caso de las profecías, pues mejor para ellos y si no, tanto peor pues las profecías no dejarán de cumplirse porque no se crean, antes bien por eso mismo se verificarán con toda plenitud (I Tes. V, 2).
