
FIESTA DE PENTECOSTÉS
Dice San Pablo: Sin la fe es imposible agradar a Dios.
Fe es creer lo que Dios ha revelado y la Santa Iglesia nos enseña.
Debemos creer todo lo que Dios ha revelado, porque Dios no puede engañarse ni engañarnos.
Dios no revela directamente a cada uno las verdades que debemos creer. La Santa Iglesia es la depositaria de las verdades reveladas por Dios, y Ella es la encargada de enseñárnoslas.
Todo lo que debemos creer está contenido en el Credo.
El Credo tiene doce artículos. El octavo dice: Creo en el Espíritu Santo.
Esto nos introduce en el tema de la Santísima Trinidad que, Dios mediante, desarrollaremos el próximo domingo.
Por hoy es suficiente que retengamos que el Padre no es la misma Persona que el Hijo y que el Espíritu Santo; que el Hijo no es la misma Persona que el Padre y que el Espíritu Santo; que el Espíritu Santo no es la misma Persona que el Padre y que el Hijo.
Las tres Personas Divinas, pues, son realmente distintas.
Mas en Dios, Ser simplicísimo, el Padre es todo Dios, el Hijo es todo Dios, y el Espíritu Santo es todo Dios.
Cómo las tres Personas Divinas son realmente distintas, y un solo Dios, es un misterio.
Este misterio se llama de la Santísima Trinidad.
La Santísima Trinidad es el mismo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas realmente distintas, y un solo Dios verdadero.
El Espíritu Santo es la tercera Persona, porque procede del Padre y del Hijo.
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El misterio del Espíritu Santo, su existencia y permanencia en la Iglesia y en las almas de los justos es un dogma de nuestra fe.
Se nos enseña la existencia del Espíritu Santo en la Señal de la Cruz…, en la fórmula del Bautismo…, al fin de las oraciones litúrgicas…, al empezar nuestras principales oraciones de cada día…, en el comienzo de todas las santas empresas, en las cuales la Iglesia entona el Veni Creator…
Es el Espíritu Santo quien nos ilustra por medio de la Palabra de Dios, de las lecturas piadosas, de las mociones de la gracia…
Es Él quien nos inspira buenos sentimientos de caridad, de generosidad…
Es Él quien nos consuela por medio de gracias de consolación en nuestras penas, en nuestras enfermedades…
Es Él quien nos fortalece con gracias de fortaleza y perseverancia… en nuestras tentaciones y pruebas…
Es Él quien nos santifica por los sacramentos y el ejercicio de las virtudes…
Él viene a nosotros por la gracia santificante, pero vino con la plenitud de sus dones al alma de María Santísima y de los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo, el gran día de Pentecostés: «De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.»
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Consideremos primero el símbolo del viento, las razones profundas de esta imagen.
El Espíritu Santo es comparado:
… A un viento que purifica el aire, del cual lanza los miasmas; que purifica el trigo, separando en la era el grano de la paja; que empuja el navío hacia el puerto deseado.
… A un viento impetuoso que, así como hincha los mares, así levanta a las almas, sacude de ellas el embotamiento y flojedad, y empuja muy arriba y muy lejos a las que se prestan a su acción.
… A un viento que viene repentinamente. El día, la hora, es a Dios a quien toca señalarlos… Pero no por eso deja de exigirnos nuestra preparación.
De repente, y en un momento, los trocó de cobardes en animosos, de flacos en fuertes, de ignorantes en muy sabios, de envidiosos en caritativos, de ambiciosos en humildes y de imperfectos los hizo consumados en toda perfección.
… A un viento que viene del Cielo; no sube de la tierra, ni de nuestra naturaleza, inteligencia o voluntad.
… A un viento que llena toda la casa, el Cenáculo, como ha llenado la Iglesia entera. Dirígese a la Iglesia entera, y no hay lugar alguno, por escondido que sea, donde no pueda penetrar. Quiere llenar la tierra entera, toda nuestra alma.
Llenó toda la casa de su alma, sin dejar vacía ninguna de sus potencias:
En su memoria estampó las divinas Escrituras para que se acordasen de ellas siempre que las necesitasen.
En su entendimiento infundió gran luz e inteligencia de ellas y de todos los misterios principales que encierran.
En su voluntad y corazón imprimió de un golpe toda la ley de la caridad.
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Consideremos ahora el símbolo del fuego. Nuestro Señor emplea una forma más activa, la del fuego, cuando quiere conferir la plenitud de los dones del Espíritu Santo.
Así como el viento, el fuego purifica también, pero de una manera más profunda y completa.
El fuego ilumina, siendo el único de los elementos que tiene esta virtud. Se refieren a ese poder cuatro dones del Espíritu Santo: la sabiduría, el entendimiento, la ciencia y el consejo.
El fuego quema y devora. Es el emblema de aquel amor del cual Nuestro Señor dijo: «He venido a poner fuego en la tierra, ¿y qué he de querer sino que arda?»
El fuego se propaga; prende en toda cosa. Imagen de ese celo fecundo que devorará las almas de los Apóstoles y hará decir a San Pablo: «Soy celoso de vuestras almas, y celoso en nombre de Dios.»
Finalmente, el fuego lo transforma todo en sí. Asimismo el Espíritu Santo ha de cambiar la faz de la tierra, consumiendo las almas, y obrando a manera de una nueva creación: Emite Spiritum tuum et creabuntur; et renovabis faciem terræ.
Ese fuego divino toma la forma de lenguas, imagen de la palabra que instruye con su doctrina y consume con su celo devorador.
Esas lenguas de fuego se reparten al descender sobre los apóstoles, puesto que los dones de Dios son repartidos y distribuidos a cada uno según su beneplácito y conforme a la utilidad de la Iglesia, nos dice San Pablo: El uno recibe del Espíritu Santo el don de hablar con sabiduría; otro recibe del mismo Espíritu el don de hablar con ciencia. A este le da el mismo Espíritu una fe viva; al otro, la gracia de curar enfermedades. A este, el don de hacer milagros; a aquel el don de profecía; a este la discreción de espíritus; a aquel el don de hablar varios idiomas, etc.
Esas lenguas de fuego se detienen sobre cada uno… Se une a ellos el Espíritu Santo, y en ellos permanece.
Quedaron de Él llenos, después de haber quedado vacíos de sí mismos…
Pero de diversa manera llenos, según sus buenas disposiciones…. Aunque todos fueron llenos del Espíritu Santo, unos recibieron mayores dones que otros. Como dos vasos llenos de agua, si el uno es mayor que el otro, el mayor tendrá más agua, así los que eran más santos y estaban mejor dispuestos recibieron mayor plenitud del Espíritu Santo, con más copiosa gracia.
Y también según las necesidades de la Iglesia y las diversas misiones que habían pronto de asignárseles. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo, en cuanto recibieron todo el caudal que habían menester para llenar su ministerio, porque Dios da tanta gracia a cada uno cuanta es menester para que cumpla enteramente con el ministerio y oficio que le encarga y con el estado para que le llama.
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Empiezan entonces a hablar diversas lenguas…, como el Espíritu Santo les daba que hablasen.
La gracia especial que hizo el Espíritu Santo a los Apóstoles, dándoles de repente facultad de hablar en varias lenguas, para que pudiesen predicar el Evangelio en todo el mundo; porque esta gracia no era tanto para su propio provecho cuanto para el provecho de todos los hombres de la tierra.
Los Apóstoles comenzaron a hablar con estas lenguas, no por su antojo, sino movidos del divino Espíritu, hablando de las cosas con el modo y fervor que les inspiraba; y así sus palabras eran de cosas santas y con modo santo, lo cual conservaron toda la vida.
Hablar la lengua de Dios, saber apropiarla a las capacidades y necesidades de cada cual…
Hablar las cosas de Dios…
Hablar santamente, celestialmente, de las cosas de la tierra…
Hablar después de haber escuchado la palabra interior de Dios, los sentimientos que nos inspira…
Decir únicamente lo que nos hace decir el Espíritu Santo… según nos mueve Él, y no según nuestras preferencias personales…
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El fruto de Pentecostés es la vida de unión con Dios.
Hacia este fin estaban unánimemente orientados los Apóstoles, perseveraban juntos en la oración y el común esfuerzo, con María la Madre de Jesús, canal providencial de todas las gracias.
Esa unión se realiza mediante la aplicación de todas nuestras facultades.
La voluntad. Unión con la santísima y amabilísima voluntad de Dios… Sumisión a los acontecimientos providenciales…, conformidad y fidelidad, doblegamiento, unión de nuestra voluntad.
El entendimiento. Todas las verdades, naturales o sobrenaturales, vienen de Dios. De Dios, que es no sólo la Verdad por esencia, sino la Bondad misma. Son todas, pues, igualmente amables… De allí viene la simplificación de nuestras miras…, simplificarlas para alcanzar una unión más perfecta.
El corazón. Unión de corazones…, buscando descanso en Dios y no en los propios consuelos… Sintiendo que Dios es todo…, que nuestro corazón no puede bastarse a sí mismo…, que nada le separa ni puede separarle de Él…
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Esta fue la vida excelentísima que el Espíritu Santo inspiró a los primeros cristianos: perseveraban en la doctrina de los Apóstoles, y en la comunión de la fracción del pan y en oraciones.
Es propio del Espíritu Santo inspirar a los justos tres principalísimos ejercicios de virtud, con los cuales conserven y aumenten la santidad.
El primero es perseverar en la doctrina de los Apóstoles, para confirmarse más en la fe y penetrar más la doctrina evangélica y aficionarse más a ella, huyendo de toda doctrina que fuere contraria a la de los Apóstoles o nos entibiare en la fe y estima que debemos tener de ella.
El segundo es perseverar en la comunión de la fracción del pan, esto es, en la comunión del Santísimo Sacramento del Cuerpo de Cristo Nuestro Señor, para conservar y aumentar la vida espiritual de la gracia.
El tercero es perseverar en oraciones; esto es, en todo género de oración
A esto sumaban los primitivos cristianos la unión y la alegría.
Cada día perseveraban con un mismo ánimo en el Templo, y partiendo el pan en las casas, tomaban el manjar con alegría y simplicidad de corazón, alabando juntos a Dios, y siendo agradables a todo el pueblo.
Porque es propio del Espíritu Santo inspirar a los escogidos varios medios para conservar la unión y la perfección.
El primero es que con un mismo ánimo fuesen al Templo y perseverasen allí, haciendo los ejercicios para que se ordenó el templo, que son: oír juntos la palabra de Dios, orar y asistir a los divinos oficios y recibir los santos Sacramentos; porque el templo es escuela de Cristo, casa de oración, propiciatorio de nuestros pecados y lugar dedicado al divino culto.
Cumplida esta obligación con Dios, luego, por inspiración del mismo Espíritu, se iban unos a las casas de los otros, y allí se convidaban con caridad, tomando el manjar del cuerpo con alegría, no sensual, sino espiritual; y con esta alegría juntaban simplicidad de corazón, sin dobleces ni fingimientos ni murmuraciones de unos contra otros, sino con sincera intención, por agradar a Dios y conservar la fraterna caridad.
En este Santo día de Pentecostés, pidamos estas gracias para nuestras almas y nuestras familias.
