
DOMINGO INFRAOCTAVA DE LA ASCENSIÓN
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, el que Yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí. Y vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os echarán de las sinagogas, y vendrá la hora en que todo el que os matare pensará hacer un servicio a Dios. Y harán esto con vosotros porque no han conocido al Padre ni a Mí. Pero os he dicho esto para que cuando llegue dicha hora os acordéis de que yo os lo dije.
En este Domingo durante la Octava de la Ascensión, los Apóstoles se hallan reunidos en el Cenáculo, esperando el cumplimiento de las últimas palabras del Salvador antes de su partida: Era necesario que se cumpliese todo cuanto está escrito de mí en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos… Era necesario que Cristo padeciese, y que resucitase de entre los muertos al tercer día, y que en nombre suyo se predicase la penitencia y el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén… Vosotros sois testigos de estas cosas, por eso voy a enviaros el Espíritu divino que mi Padre os ha prometido por mi boca. Entretanto, permaneced en la ciudad, hasta que seáis revestidos de la fortaleza de lo alto.
Les mandó que no partiesen de Jerusalén, sino que esperasen el cumplimiento de la promesa del Padre: habéis de ser bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días… Recibiréis entonces la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y me serviréis de testigos en Jerusalén, y en toda la Judea y Samaría, hasta los confines del mundo.
El Espíritu de verdad dará testimonio de mí. Y vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo…
Este Domingo puede llamarse «de los testigos», o «del testimonio por la sangre», pues en griego, mártir significa testigo.
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Para dar ese testimonio, para ser mártires, los Apóstoles tuvieron necesidad de algunas disposiciones.
De la misma manera, todo aquel que está llamado a ser testigo requiere ciertas condiciones.
La primera disposición de los Apóstoles a la venida del Espíritu Santo fue el retiro.
Desde hace algunos días están reunidos en el Cenáculo, con María, la Madre de Jesús.
Guardan recogimiento, recordando y meditando las misteriosas promesas del Salvador que acaba de dejarles y esperan su realización.
A las últimas palabras de Nuestro Señor sirven de eco los acentos de los Profetas que llenan su memoria y su corazón.
A las ardientes oraciones añaden la penitencia y austeridades… ayunos prolongados…, vigilias hasta muy entrada la noche…, rodillas encallecidas sobre las losas…
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Al recogimiento se suma la perseverancia, a pesar de la larga espera…
Desde hace algunos días, todo en el Cenáculo clama al Cielo, y el Cielo parece permanecer sordo a sus voces… Y los Apóstoles se vuelven a María, y la Reina de los Apóstoles, con voz inspirada, les dice: ¡Confianza!… ¡Perseverad!
Y los Apóstoles se sumergen en nuevas elevaciones hacia Dios, en nuevas austeridades…
Por eso, la última noche de espera, envolviéndolos en su sombra, los halla perseverantes y prestos…
Es la noche del gran día… Esta noche lleva ya en su seno la aurora de Pentecostés.
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Otra disposición es la consideración de lo pasado.
Desde hace algunos días se sienten huérfanos, llevados por la pena de lo que han perdido.
Por eso van repasando en espíritu ese pasado que acaba de desaparecer: todos los actos, todas las palabras de su Maestro Jesús.
Recorren con la imaginación los lugares donde por primera vez le hallaron; ese rincón de Galilea…, aquella barca… ¡Qué lejos está todo aquello!…
Sus corazones y sus meditaciones eran un arcón del cual sacaban, para contemplarlos, tantas bellas parábolas, tantos magníficos ejemplos, recogidos en los tres años de predicaciones…
No los habían aún apreciado bastante, no comprendían aún todo el valor de ese tesoro, pues, delante de ese pasado tan rico, se sentían extremadamente pobres…
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En contrapartida, se presenta la perspectiva del porvenir.
De allí su, pensamiento se proyectaba hacia el futuro…
Porvenir obscuro a sus ojos, a pesar de haber sido tan claramente predicho…
Al dejarlos, había Jesús extendido sus brazos hacia el universo; había lanzado una mirada a todos los horizontes, y les había dicho estas palabras proféticas: Id, y enseñad a todas las naciones de la tierra…
¡Pero este mundo desconocido nos causa ya espanto!
Según dicen, hay en esos pueblos grandes sabios, ¡y nosotros somos tan ignorantes!
¡Hay pueblos feroces, y somos tan tímidos y cobardes frente a los menores peligros!…
¡Abundan por todas partes las almas llenas de vicios y corrupción, y nosotros no tenemos aún bastantes virtudes!…
Y acudían a los pies de María, con lágrimas copiosas, y María, Reina del Cenáculo, con su voz celeste, les repetía: ¡Confianza!
Contemplemos a los Apóstoles llegados al punto de humildad en que Dios les esperaba.
Toda confianza humana ha desaparecido; es la hora de la confianza divina…
El Espíritu creador puede convertir esos hombres en héroes; ellos conocen su nada…, pueden ser convertidos en testigos…, mártires…
De esos hombres puede el Espíritu Santo hacer testigos… puede hablar por su boca, santificar su ministerio… No caerá el mundo en engaño, y únicamente Dios brillará por la doble gloria de sus conquistas y de su martirio.
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¿Y no tendremos nosotros algún día nuestro Pentecostés?
Si miramos nuestro pasado, nos sentimos avergonzados de tantas ingratitudes…
Si miramos nuestro porvenir, nos espantados de todo lo que Dios espera de nosotros…, de la responsabilidad de la obra que nos ha confiado… La perfección que debiéramos adquirir es tan bella y tan alta, que nos sentimos desfallecer…
Recordemos los santos deseos y el desaliento de los Apóstoles…
Recordemos, sobre todo, la dulce y confortadora respuesta de la Reina de los Apóstoles: ¡Valor! Valor, a pesar de todo…
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Dos disposiciones principales nos son necesarias para abrir nuestra alma a la venida del Espíritu Santo: la humildad y la confianza.
Persuadámonos de que Pentecostés no está destinado a los fuertes, sino a los débiles; a los débiles que tienen conciencia de su debilidad y la confiesan humildemente a los pies del Divino Maestro.
Efectivamente, para llevar a cabo su obra Dios continúa queriendo servirse de la nada dócil. Esta es la ley universal de su Providencia.
Así como en la creación del mundo lo sacó todo de la nada, por la omnipotencia de su palabra: ¡Hágase!, de la misma manera, en la fundación y continuación de su Iglesia, prefiere servirse de obreros inhábiles y de gente insignificante, a fin de que, como está escrito, el que se gloría, gloríese en el Señor.
No nos desalentemos, pues, si nos sentimos ignorantes, imperfectos, débiles; si sentimos en nosotros a la vez todas las impotencias y todos los desmerecimientos…
Lo sentimos, y muy vivamente… ¡Tanto mejor!
Al contrario, hemos de alegrarnos, pues en ello consiste la preparación a nuestro Pentecostés…
El mismo Dios es el que crea en nosotros el sentimiento de nuestra nada; es Él mismo el que prolonga útilmente su impresión… Meditemos sobre ello…
Frente a nuestra nada se abren delante de nosotros dos posibilidades…
Por un lado, la de la tristeza. Se sienta uno desalentado al borde del camino, a riesgo de verse preso por el frío de la noche y de la muerte…
Por el otro, la de la divina confianza en nuestro Salvador… En el término de este camino está Pentecostés que transforma…
Después de algunos meses, algunos años de perseverancia, Dios se manifestará…
¿De qué medios se servirá?…
¿Una desgracia o tal vez alguna gracia más dulce…?
¿El trato con alguna alma santa, o bien, al contrario, preferirá Dios obrar solo sin intermediario alguno sobre nuestra alma, por una serie de gracias especiales?…
El porvenir lo dirá…, es su secreto…
Lo que sabemos es que Jesús subió al Cielo para enviarnos, a su hora, el Espíritu r5anto; y que en este momento, su mayor solicitud está en prepararnos para recibirlo…
El objeto de sus súplicas muy apremiantes es vernos disponiendo nuestra alma por la humildad y abriéndola por la confianza… No cesará de amaros, a pesar de nuestras imperfecciones…
Lo que debemos creer es que en nuestra época, en que todo cuanto es poderoso en el mundo reniega o abandona a Dios, Él ama con inefable ternura las almas escogidas que siguen siéndole fieles.
No tiene en cuenta ni su ingratitud pasada, ni su flaqueza.
Atiende solamente al actual amor de ellas, pero, sobre todo, al suyo propio.
Alegrémonos de pertenecer al número de esos pobres, de esos lisiados, de esos, ciegos, de cojos que invaden la sala del festín abandonada por los grandes de este mundo…
Agradezcamos a la misericordia divina las preferencias que por nosotros tiene…
¡Oh Corazón Sagrado de Jesús! Vos tenéis vuestro Cenáculo… En él nos ocultaremos humildemente, mientras esperamos la venida, que nos prometisteis, del divino Espíritu…
Emitte Spiritum tuum et creabuntur… Et renovabis faciem terræ. Envíanos vuestro Espíritu creador…, y renovaréis la faz de la tierra…
