MONSEÑOR STRAUBINGER REIVINDICADO

VOLO, SPERO ET AUTEM EXTENDAM
(X)
Continúo, en esta entrega, con los temas que habían quedado pendientes de las partes anteriores. Estábamos en la Cuestión D, relativa a la disyuntiva entre la interpretación literal y la alegórica de los textos sagrados.
Repaso, al respecto, algunas cosas de lo que dice el Magisterio de la Iglesia, tal como lo volcara en la VIIIª entrega:
De la encíclica Providentissimus Deus:
«27… si en lo que se refiere a los principales puntos el pensamiento del hebreo y del griego está suficientemente claro en estas palabras de la Vulgata, no obstante, si algún pasaje resulta ambiguo o menos claro en ella, «el recurso a la lengua precedente» será, siguiendo el consejo de San Agustín, utilísimo (De doct. christ. 3, 4). Claro es que será preciso proceder con mucha circunspección en esta tarea; pues el oficio «del comentador es exponer, no lo que él mismo piensa, sino lo que pensaba el autor cuyo texto explica» (S. Hier., Epist. 48 (al. 50) ad Pammachium 17).»
«El recurso a la lengua precedente» es una muestra de cómo es exigible atenerse al sentido literal de la Sagrada Escritura; en este caso, acudiendo al hebreo y al griego, en que fueron escritos originalmente los Libros Sacros. La prudencia que recomienda León XIII es otro aspecto de la misma exigencia, puesto que al comentar el texto se debe exponer no lo que el comentador estima, sino lo que pensaba el autor. Por supuesto, el pensamiento del escritor sagrado está iluminado e inspirado por el Espíritu Santo, que es el autor real de la Divina Revelación; ¡quién mejor que el Paráclito, para redactar la Palabra de Dios!
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«32. La autoridad de los Santos Padres, que después de los apóstoles «hicieron crecer a la Iglesia con sus esfuerzos de jardineros, constructores, pastores y nutricios» (S. Aug., C. Iulian. 2, 10, 37), es suprema cuando explican unánimemente un texto bíblico como perteneciente a la doctrina de la fe y de las costumbres; pues de su conformidad resulta claramente, según la doctrina católica, que dicha explicación ha sido recibida por tradición de los apóstoles. La opinión de estos mismos Padres es también muy estimable cuando tratan de estas cosas como doctores privados; pues no solamente su ciencia de la doctrina revelada y su conocimiento de muchas cosas de gran utilidad para interpretar los libros apostólicos los recomiendan, sino que Dios mismo ha prodigado los auxilios abundantes de sus luces a estos hombres notabilísimos por la santidad de su vida y por su celo por la verdad. Que el intérprete sepa, por lo tanto, que debe seguir sus pasos con respeto y aprovecharse de sus trabajos mediante una elección inteligente.»
Dos aspectos se resaltan en este pasaje, con respecto a los Padres Apostólicos: En primer lugar, los auxilios de Dios a quienes fueron de vida santa notable, y celosos de la verdad; y además, el contacto directo y conocimiento de los propios apóstoles. En este segundo supuesto, esa cercanía les permitió recibir por tradición oral todas las verdades de fe que luego transmitirían a los fieles, como doctrina revelada, y conocimientos de muchas cosas vividas junto a los apóstoles. Todo esto, desde ya, como reflejo literal de los Libros Sagrados.
Desde luego que la unanimidad no se ha dado en todo lo transmitido por los Padres Apostólicos, pero hay dos cuestiones a tener en cuenta en este caso:
Algunas cosas las puede haber transmitido alguno de esos Padres Apostólicos en forma individual y tal vez como único exponente, pero no por la distancia absoluta de la unanimidad deja esa expresión de ser de fe o segura. Es el caso de la enérgica expresión de San Ireneo, que ―según Dom Leclerq, invocado por Monseñor Straubinger en 1946― defendía el Reino de Cristo en la Tierra, entre su segunda venida y el Juicio Universal, como una «verdad de fe tan cierta como la existencia de Dios y la resurrección de la carne«; y para afirmar esto invocaba a los «presbíteros» discípulos de San Juan. Aquí resalta la inmediatez con los Apóstoles.
En segundo término, recordemos que los Padres Apostólicos son un número reducido de santos personajes: San Clemente de Roma, San Ignacio de Antioquía, San Policarpo, San Papías, Bernabé, Hermas, y el ―o los― ignorados autores de la Didajé y de la segunda carta a los Corintios, atribuida erróneamente a San Clemente de Roma. O sea, entre seis y ocho Padres, puesto que también cabe la posibilidad que los dos últimos escritos sean de la autoría de alguno de los seis primeros nombrados.
Los escritores sucesores de esta media docena de Padres que podrían haber tenido contacto directo con los Apóstoles, tampoco habrán de ser tantos, pues el crecimiento de la Iglesia ―haya sido aritmético o geométrico― indica que en esa época los discípulos directos de los Padres Apostólicos serían la tercera o cuarta etapa de ese incremento corporal eclesiástico, y por lo tanto también fueron de pequeño número los que pusieron por escrito las verdades recibidas; aunque puede haber sido un poco mayor que el de sus antecesores. Más difícil parece precisar el número de aquellos que transmitieron estas verdades por tradición oral, pero tanto a éstos como a los anteriores, corresponde incluirlos en esos muchos de que hablan San Jerónimo y San Agustín. Y si estos Padres y Doctores de la Iglesia hacen hincapié en la muchedumbre de quienes sostenían el milenarismo, es porque, en ese caso, la cantidad de defensores del texto explícito del capítulo XX del Apocalipsis, con respecto a la totalidad de doctrinarios de la antigüedad, era un dato importantísimo a tener en cuenta al momento de analizar y comentar esa doctrina; tan importante lo era, que ese es el motivo por el cual ni uno ni otro de los dos santos contemporáneos entre sí nombrados, descarta esa doctrina como errónea u opuesta a la fe.
En efecto, no es lo mismo muchos entre seis u ocho Padres Apostólicos (o doce, o veinte, tomando sus sucesores inmediatos) que muchos entre doscientos o trescientos personajes; en este último caso, «muchos» pueden ser 50 o 60 hombres, pero no tienen peso en el cúmulo de escritores o pensadores; en el supuesto de la antigüedad, siete Padres Apostólicos que habrían sostenido la doctrina que nos ocupa parecen ser pocos (muy lejos de 50), pero debido al reducido número total, son muchos de entre ellos. Por eso las expresiones de San Jerónimo y San Agustín resultan significativas.
O sea: si bien la autoridad de los Santos Padres, cuando es unánime es suprema, como dice León XIII, no ocurre lo mismo con el número, que incide relativamente en lo que hace a la verdad; pero esa relatividad, en ocasiones, causa la cercanía a la verdad de fe, en la medida que se acerca a la unanimidad, que en el caso ejemplificado en el párrafo anterior, puede afirmarse con bastante firmeza. Por eso tanto San Jerónimo como San Agustín, si bien no siguieron la doctrina milenarista, sin embargo no la condenaron en razón de la gran cantidad (muchos) santos varones y mártires de la antigüedad que la sostuvieron, refiriendo en esa abundancia a los que nombramos como Padres Apostólicos o sus sucesores inmediatos.
Así, aunque no contemos más que con el Apocalipsis como texto revelado del Reino Milenario, San Ireneo, San Jerónimo y San Agustín han puesto por escrito cómo debe considerarse la doctrina milenarista: el más cercano a los Apóstoles lo hizo diciendo que es una verdad de fe análoga a las fundamentales; y los dos grandes santos del siglo IV lo concretaron remitiendo a esos escritores de la antigüedad para expresar textualmente que esa doctrina fue expuesta por muchos santos varones de los primeros tiempos de la Iglesia, aquellos que estuvieron en contacto más o menos inmediato con los Apóstoles.
Todo esto, además de conservarse en la Tradición, fue puesto por escrito, tanto en los Libros de la Revelación, cuanto en los demás textos sagrados de aquella «Edad de Oro» de la exégesis bíblica.
Estos escritores sagrados participaron de algún modo, mediata o inmediatamente, de los dones y gracias particulares asignados por Dios Nuestro Señor a sus discípulos directos e inmediatos: los Apóstoles.
A través de todo este desarrollo, puede verse reiteradamente que los Apóstoles recibieron, como don especial, el reflejar la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo y las cosas de Dios a través de la Sagrada Escritura; con lo cual se destaca, desde la visión de los tiempos apostólicos, la necesidad de atenerse al texto literal y la prudencia en su interpretación, tal como lo dijo León XIII en el número 27 de su encíclica.
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«33.
No es preciso, sin embargo, creer que tiene cerrado el camino para no ir más lejos en sus pesquisas y en sus explicaciones cuando un motivo razonable exista para ello, con tal que siga religiosamente el sabio precepto dado por San Agustín: «No apartarse en nada del sentido literal y obvio, como no tenga alguna razón que le impida ajustarse a él o que haga necesario abandonarlo» (Cf. Clemen. Al., Strom. 7, 16; Orig., De princ, 4, 8; In Lev. hom. 4, 8; Tertull., De praescr. 15 s; S. Hilar., In Mt. 13, 1. 41); regla que debe observarse con tanta más firmeza cuanto existe un mayor peligro de engañarse en medio de tanto deseo de novedades y de tal libertad de opiniones. Procure asimismo no descuidar lo que los Santos Padres entendieron en sentido alegórico o parecido, sobre todo cuando este significado derive del sentido literal y se apoye en gran número de autoridades. La Iglesia ha recibido de los apóstoles este método de interpretación y lo ha aprobado con su ejemplo, como se ve en la liturgia; no que los Santos Padres hayan pretendido demostrar con ello propiamente los dogmas de la fe, sino que sabían por experiencia que este método era bueno para alimentar la virtud y la piedad.»
León XIII incita firmemente a atenerse al sentido literal, e invoca al propio San Agustín para esa exhortación, especialmente cuando aparecen deseos de novedad y de libertad de opinión. No rechaza el apelar al sentido alegórico (o «parecido», como también le llama), pero con la exigencia de que derive del sentido literal y se apoye en muchos escritores autorizados.
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De similar manera exhortaba Pío XII en la encíclica Divino Afflante Spiritu:
«12. Porque al exegeta pertenece andar como a caza, con sumo cuidado y veneración, aun de las cosas mínimas que, bajo la inspiración del divino Espíritu, brotaron de la pluma del hagiógrafo, a fin de penetrar su mente con más profundidad y plenitud. Procure, por lo tanto, con diligencia adquirir cada día mayor pericia en las lenguas bíblicas y aun en las demás orientales, y corrobore su interpretación con todos aquellos recursos que provienen de toda clase de filología. Lo cual, en verdad, lo procuró seguir solícitamente San Jerónimo, según los conocimientos de su época; y asimismo no pocos de los grandes intérpretes de los siglos XVI y XVII, aunque entonces el conocimiento de las lenguas fuese mucho menor que el de hoy, lo intentaron con infatigable esfuerzo y no mediocre fruto. De la misma manera conviene que se explique aquel mismo texto original que, escrito por el sagrado autor, tiene mayor autoridad y mayor peso que cualquiera versión, por buena que sea, ya antigua, ya moderna; lo cual puede, sin duda, hacerse con mayor facilidad y provecho si, respecto del mismo texto, se junta al mismo tiempo con el conocimiento de las lenguas una sólida pericia en el manejo de la crítica.»
«La pluma del hagiógrafo» y los «recursos que provienen de toda clase de filología» son los apoyos y prolegómenos a la literalidad exaltada en la última frase del punto, que no tiene desperdicio y tampoco merece otro comentario que recomendar su lectura lenta y pausada, como se debe leer un texto a la letra.
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«13. Cuánta importancia se haya de atribuir a esta crítica, atinadamente lo advirtió San Agustín cuando, entre los preceptos que deben inculcarse al que estudia los sagrados libros, puso por primero de todos el cuidado de poseer un texto exacto. «En enmendar los códices —así el clarísimo Doctor de la Iglesia— debe ante todo estar alerta la vigilancia de aquellos que desean conocer las Escrituras divinas, para que los no enmendados cedan su puesto a los enmendados» (De doct. christ. II 1: PL 34, 36). Ahora bien, hoy este arte, que lleva el nombre de crítica textual y que se emplea con gran loa y fruto en la edición de los escritos profanos, con justísimo derecho se ejercita también, por la reverencia debida a la divina palabra, en los libros sagrados. Porque por su mismo fin logra que se restituya a su ser el sagrado texto lo más perfectamente posible, se purifique de las depravaciones introducidas en él por la deficiencia de los amanuenses y se libre, cuanto se pueda, de las inversiones de palabras, repeticiones y otras faltas de la misma especie que suelen furtivamente introducirse en los libros transmitidos de uno en otro por muchos siglos. Y apenas es necesario advertir que esta crítica,… hoy ha llegado a adquirir tal estabilidad y seguridad de leyes, que se ha convertido en un insigne instrumento para editar con más pureza y esmero la divina palabra, y fácilmente puede descubrirse cualquier abuso. Ni es preciso recordar aquí —ya que es cosa notoria y clara a todos los cultivadores de la Sagrada Escritura— en cuánta estima ha tenido la Iglesia ya desde los primeros siglos hasta nuestros días estos estudios del arte crítica. Así es que hoy, después que la disciplina de este arte ha llegado a tanta perfección, es un oficio honrado, aunque no siempre fácil, procurar por todos los medios que cuanto antes, por parte de los católicos, se preparen oportunamente ediciones, tanto de los sagrados libros como de las versiones antiguas, hechas conforme a estas normas, que junten, con una reverencia suma del sagrado texto, la escrupulosa observancia de todas las leyes críticas. Y ténganlo todos por bien sabido que este largo trabajo no solamente es necesario para penetrar bien los escritos dados por divina inspiración, sino que, además, es reclamado por la misma piedad, por la que debemos estar sumamente agradecidos a aquel Dios providentísimo, que desde el trono de su majestad nos envió estos libros a manera de cartas paternales como a propios hijos.»
Aborda ahora Pío XII la importancia de la crítica en cuanto la ciencia que «logra que se restituya a su ser el sagrado texto lo más perfectamente posible«. O sea, no es que se trascienda, se supere o se vaya más allá del análisis textual, sino que se le da un respaldo previo importantísimo: para efectuar un preciso estudio del sentido literal, es necesario antes contar con un texto fiel, profundamente analizado, particularmente contando con un conocimiento experto de los idiomas originales, a fin de escudriñar con solvencia el significado de todas y cada una de las palabras dictadas por el Espíritu Santo. El resto del punto sigue encomiando la crítica, prácticamente tomándola como la disciplina que nos permite leer con la mayor precisión las «cartas paternales» que Dios nos envió a nosotros, sus hijos, en los Libros Sagrados.
¡Qué hermosa expresión!: Cartas paternales; un Padre que se dirige a sus hijos en ese estilo intimista que supone una misiva. Esto me hace pensar en el significado de «Misa», «envío», «remisión»; lo que Nuestro Señor Jesucristo nos ha remitido como heredero de su Padre, y que nos exhorta a reenviar con la expresión «Ite, missa est». La otra forma de ese envío es, precisamente, la Sagrada Escritura, donde Dios refleja por escrito lo que concreta con sus actos, en su divinidad y en la naturaleza humana de su Hijo Unigénito.
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«14. Por lo cual, esta autoridad de la Vulgata en cosas doctrinales de ninguna manera prohíbe —antes por el contrario, hoy más bien exige— que esta misma doctrina se compruebe y confirme por los textos primitivos y que también sean a cada momento, invocados como auxiliares estos mismos textos, por los cuales dondequiera cada día más se patentice y exponga el recto sentido de las Sagradas Letras. Y ni aun siquiera prohíbe el decreto del concilio Tridentino que, para uso y provecho de los fieles de Cristo y para más fácil inteligencia de la divina palabra, se hagan versiones en las lenguas vulgares, y eso aun tomándolas de los textos originales, como ya en muchas regiones vemos que loablemente se ha hecho, aprobándolo la autoridad de la Iglesia.»
Una nueva ponderación del texto literal, tanto de la versión de San Jerónimo, como de los textos en los idiomas primitivos. La exaltación de las versiones genuinas, se extiende a las traducciones a lenguas vulgares, a las que se les da una importancia enorme cuando vienen de los textos originales. Esto hay que entenderlo en el marco de un mundo que, en la primera mitad del siglo XX, ya hacía rato que había perdido la unidad lingüística que suponía el conocimiento generalizado del latín, lo que le había hecho perder eficacia a la Vulgata en la llegada de la feligresía a los textos sagrados, y por lo tanto exigía versiones prolijas y exactas en lenguas locales de cada parte del planeta. Uno de tantos que siguió esa exhortación fue, precisamente, Monseñor Straubinger, que poco después de la aparición de la encíclica Divino Afflante Spiritu (30 de Septiembre del Año del Señor 1943), comienza en 1944 su traducción al castellano de toda la Biblia.
Cabe preguntarse, observando el artículo del Profesor Carlos Nougué que motivó mi trabajo (http://spessantotomas.blogspot.com.ar/2014/03/cuestiones-teologicas-n-xii-16-de-marzo.html#more), por qué lo pondera tanto, y recomienda su Biblia traducida, y luego se aparta por completo de los textos traducidos por el eximio sacerdote alemán, y lo calumnia como vimos en las primeras entregas; este es otro interrogante que espero (tal vez en vano) que el Profesor Carlos Nougué se digne responder.
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«15. Armado egregiamente con el conocimiento de las lenguas antiguas y con los recursos del arte crítica, emprenda el exegeta católico aquel oficio que es el supremo entre todos los que se le imponen, a saber, el hallar y exponer el sentido genuino de los sagrados libros. Para el desempeño de esta obra tengan ante los ojos los intérpretes que, como la cosa principal de todas, han de procurar distinguir bien y determinar cuál es el sentido de las palabras bíblicas llamado literal. Sea este sentido literal de las palabras el que ellos averigüen con toda diligencia por medio del conocimiento de las lenguas, valiéndose del contexto y de la comparación con pasajes paralelos; a todo lo cual suele también apelarse en favor de la interpretación de los escritos profanos, para que aparezca en toda su luz la mente del autor.»
Hasta la labor de quien interpreta escritos profanos es exaltada aquí por Pío XII, que declara como «cosa principal de todas» la precisión del sentido literal —incluso según el modo en que lo establecen los escritores mundanos— dando tres reglas puntuales: el conocimiento de las lenguas, el contexto y el cotejo con pasajes paralelos. Vaya aprendiendo, Profesor Carlos Nougué.
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«17… Y no es que se excluya de la Sagrada Escritura todo sentido espiritual. Porque las cosas dichas o hechas en el Viejo Testamento de tal manera fueron sapientísimamente ordenadas y dispuestas por Dios, que las pasadas significaran anticipadamente las que en el nuevo pacto de gracia habían de verificarse. Por lo cual, el intérprete, así como debe hallar y exponer el sentido literal de las palabras que el hagiógrafo pretendiera y expresara, así también el espiritual, mientras conste legítimamente que fue dado por Dios. Ya que solamente Dios pudo conocer y revelarnos este sentido espiritual. Ahora bien, este sentido en los santos Evangelios nos lo indica y enseña el mismo divino Salvador; lo profesan también los apóstoles, de palabra y por escrito, imitando el ejemplo del Maestro; lo declara, por último, el uso antiquísimo de la liturgia, dondequiera que pueda rectamente aplicarse aquel conocido adagio: «La ley de orar es la ley de creer».»
Veamos cómo Santo Tomás de Aquino enseñó el sentido alegórico como integrante del sentido espiritual, pero con una precisión especial; nos referimos nuevamente al artículo 10º de la cuestión 1ª de la Iª Parte de la Suma Teológica, donde respondiendo a la pregunta de si la Sagrada Escritura tiene o no varios sentidos, elabora la acertada respuesta, marcando sendas para aquellos que se dignan seguirlo tan fielmente como lo invocan, y no frustran esa herencia doctoral; contrariamente a lo que hace el Profesor Carlos Nougué, claro. Dice el Santo Doctor:
«El autor de la Sagrada Escritura es Dios. Y Dios puede no sólo adecuar la palabra a su significado, cosa que, por lo demás, puede hacer el hombre, sino también adecuar el mismo contenido. Así, de la misma forma que en todas las ciencias los términos expresan algo, lo propio de la ciencia sagrada es que el contenido de lo expresado por los términos a su vez significa algo. Así, pues, el primer significado de un término corresponde al primer sentido citado, el histórico o literal. Y el contenido de lo expresado por un término, a su vez, significa algo. Este último significado corresponde al sentido espiritual, que supone el literal y en él se fundamenta. Este sentido espiritual se divide en tres. Como dice el Apóstol en la carta a los Hebr. 7,19, la Antigua Ley es figura de la Nueva; y esta misma Nueva Ley es figura de la futura gloria, como dice Dionisio en Ecclesiastica Hierarchia.
También en la Nueva Ley todo lo que ha tenido lugar en la cabeza es signo de lo que nosotros debemos hacer. Así, pues, lo que en la Antigua Ley figura la Nueva, corresponde al
sentido alegórico; lo que ha tenido lugar en Cristo o que va referido a Cristo, y que es signo de lo que nosotros debemos hacer, corresponde al
sentido
moral; lo que es figura de la eterna gloria, corresponde al sentido anagógico.«
O sea que el sentido alegórico, según Santo Tomás de Aquino (guía de la actividad académica ―supongo, porque así lo hace figurar― del Profesor Carlos Nougué), se aplica a lo que en la Antigua Ley es figura del Nuevo Testamento. Y nada más; no se puede pretender que la Nueva Alianza es figura de una ¿tercera? Ley, como si luego de la derrota del Anticristo y del Falso Profeta, la nueva etapa de la Humanidad fuera un «Novedosísimo Testamento», para alegorizar el Apocalipsis y aplicarlo en ese sentido inexistente. El sentido espiritual en el Nuevo Testamento, en todo caso, sólo se puede aplicar como figura de la gloria eterna, pero eso constituye el sentido anagógico.
De todos modos, ese factible significado espiritual (alegórico o anagógico) debe derivar del sentido literal y apoyarse en gran número de autoridades, como lo entendió también León XIII —según vimos más arriba—, fiel exponente de la sucesión apostólica, al igual que Pío XII.
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«18. Así pues, este sentido espiritual, intentado y ordenado por el mismo Dios, descúbranlo y propónganlo los exegetas católicas con aquella diligencia que la dignidad de la palabra divina reclama; mas tengan sumo cuidado en no proponer como sentido genuino de la Sagrada Escritura otros sentidos traslaticios. Porque aun cuando, principalmente en el desempeño del oficio de predicador, puede ser útil para ilustrar y recomendar las cosas de la fe cierto uso más amplio del sagrado texto según la significación traslaticia de las palabras, siempre que se haga con moderación y sobriedad, nunca, sin embargo, debe olvidarse que este uso de las palabras de la Sagrada Escritura le es como externo y añadido, y que, sobre todo hoy, no carece de peligro cuando los fieles, aquellos especialmente que están instruidos en los conocimientos tanto sagrados como profanos, buscan preferentemente lo que Dios en las Sagradas Letras nos da a entender, y no lo que el facundo orador o escritor expone empleando con cierta destreza las palabras de la Biblia. Ni tampoco aquella palabra de Dios viva y eficaz y más penetrante que espada de dos filos, y que llega hasta la división del alma y del espíritu y de las coyunturas y médulas, discernidora de los pensamientos y conceptos del corazón (Heb 4, 12), necesita de afeites o de acomodación humana para mover y sacudir los ánimos; porque las mismas sagradas páginas, redactadas bajo la inspiración divina, tienen por sí mismas abundante sentido genuino; enriquecidas por divina virtud, tienen fuerza propia; adornadas con soberana hermosura, brillan por sí mismas y resplandecen, con tal que sean por el intérprete tan íntegra y cuidadosamente explicadas, que se saquen a luz todos los tesoros de sabiduría y prudencia en ellas ocultos.»
Varias exhortaciones en este pasaje, referidas tanto al sentido espiritual como al literal:
1) El sentido espiritual es creación y diseño de Dios Padre.
2) Descubrirlo y proponerlo exige la diligencia que amerita la Palabra Divina.
3) Evitar otros sentidos traslaticios como genuinos, pues son externos y añadidos a las Letras Sacras.
4) Si se los usa, debe ser con moderación y sobriedad.
5) El sentido literal es el genuino, abundante por sí mismo, enriquecido por la virtud divina, con fuerza propia, con soberana hermosura, brillante y resplandeciente por sí mismo.
6) Para conservar estas características y obtener los tesoros de sabiduría y prudencia que ocultan las Sagradas Escrituras, el intérprete debe explicarlas íntegra y cuidadosamente.
Todo esto, desde luego, excluye la adulteración de textos y el plagio.
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«19. En este desempeño podrá el exegeta católico egregiamente ayudarse del industrioso estudio de aquellas obras con las que los Santos Padres, los doctores de la Iglesia e ilustres intérpretes de los pasados tiempos, expusieron las Sagradas Letras. Porque ellos, aun cuando a veces estaban menos pertrechados de erudición profana y conocimiento de lenguas que los intérpretes de nuestra edad, sin embargo, en conformidad con el oficio que Dios les dio en la Iglesia, sobresalen por cierta suave perspicacia de las cosas celestes y admirable agudeza de entendimiento, con las que íntimamente penetran las profundidades de la divina palabra y ponen en evidencia todo cuanto puede conducir a la ilustración de la doctrina de Cristo y santidad de vida. Es ciertamente lamentable que tan preciosos tesoros de la antigüedad cristiana sean demasiado poco conocidos a muchos escritores de nuestros tiempos, y que tampoco los cultivadores de la historia de la exégesis hayan todavía llevado a término todo aquello que, para investigar con perfección y estimar en su punto cosa de tanta importancia, parece necesario. ¡Ojalá surjan muchos que, examinando con diligencia los autores y obras de la interpretación católica de las Escrituras y agotando, por decirlo así, las casi inmensas riquezas que aquéllos acumularon, contribuyan eficazmente a que, por un lado, aparezca más claro cada día cuán hondamente penetraron ellos e ilustraron la divina doctrina de los sagrados libros, y por otro, también los intérpretes actuales tomen ejemplo de ello y saquen oportunos argumentos! Pues así, por fin, se llegará a lograr la feliz y fecunda unión de la doctrina y espiritual suavidad de los antiguos en el decir con la mayor erudición y arte de los modernos, para producir, sin duda, nuevas frutos en el campo de las divinas Letras, nunca suficientemente cultivado, nunca exhausto.»
«Campo nunca exhausto» llama Pío XII a las Sagradas Escrituras. Recomienda el recurso a los Santos Padres, doctores y demás intérpretes, rescatando su perspicacia, agudeza de entendimiento e industrioso ingenio; a eso los modernos deben agregar la erudición de las ciencias profanas y el conocimiento más profundo de las lenguas que poseen; si es que tienen ambas cosas, por supuesto.
Hay un punto de este pasaje que es necesario destacar; dice Pío XII de los intérpretes modernos que deben contribuir «… eficazmente a que, por un lado, aparezca más claro cada día cuán hondamente penetraron ellos e ilustraron la divina doctrina de los sagrados libros, y por otro, también los intérpretes actuales tomen ejemplo de ello y saquen oportunos argumentos.»
Aplicado esto a los Padres Apostólicos, queda en claro que el Reino Milenario es un argumento consolidado desde su época. En cuanto a la interpretación aportada a este respecto por San Agustín en su etapa antimilenarista, es evidente —y así lo ha entendido y expuesto el gran Leonardo Castellani— que, luego de haber sondeado las profundidades a donde llegaron esos primeros Padres, se volvió a la superficie y quedó flotando lejos de aquella honda penetración que había compartido primeramente.
De aquí tomo un concepto que se lee claramente entre las líneas de este fragmento: si es necesario que aparezca cada día más diáfano el modo en que los antiguos penetraron e ilustraron los Libros Sagrados, es menester también discernir, exponer y rectificar aquellas cosas en que los precursores pueden no haber llegado a la penetración e ilustración de la Palabra Divina. Esto es necesario hacerlo aunque se trate de San Agustín.
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«20. Hay, por fin, otros libros o sagradas textos cuyas dificultades ha descubierto precisamente la época moderna desde que por el conocimiento más profundo de la antigüedad han nacido nuevos problemas, que hacen penetrar con más exactitud en el asunto. Van, pues, fuera de la realidad algunos que, no penetrando bien las condiciones de la ciencia bíblica, dicen, sin más, que al exegeta católico de nuestros días no le queda nada que añadir a lo que ya produjo la antigüedad cristiana; cuando, por el contrario, estos nuestros tiempos han planteado tantos problemas, que exigen nueva investigación y nuevo examen y estimulan no poco al estudio activo del intérprete moderno.»
Vuelve Pío XII a incentivar a los intérpretes modernos: precisamente estos tiempos son los que requieren no estancarse en las valiosísimas obras de la antigüedad, pues su inmensa trascendencia e importancia no pueden agotar lo inagotable: la Palabra Divina; hacen falta nuevas investigaciones, exámenes y activos estudios, por los muchos problemas que se han planteado en los últimos años, y que requieren profundizar los análisis para obtener mayor exactitud en la ciencia bíblica.
Uno de esos problemas —es innegable— está constituido por el renacimiento, en la primera mitad del siglo XX, de la polémica milenarista, originada, principalmente, en la nueva difusión de la obra del Padre Manuel Lacunza. Por lo tanto, en lugar de rechazar sin miramientos las hipótesis de los milenaristas serios, es preciso profundizar, investigar, examinar y estudiar; y no estancarse, no plagiar, no adulterar ni desconocer el sentido literal de las Sagradas Escrituras.
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«28. Nadie, con todo eso, se admire de que no se hayan todavía resuelto y vencido todas las dificultades, sino que aún hoy haya graves problemas que preocupan no poco los ánimos de los exegetas católicos. Y en este caso no hay que decaer de ánimo, ni se debe olvidar que en las disciplinas humanas no acontece de otra manera que en la naturaleza, a saber, que los comienzos van creciendo poco a poco y que no pueden recogerse los frutos sino después de muchos trabajos. Así ha sucedido que algunas disputas que en los tiempos anteriores se tenían sin solución y en suspenso, por fin en nuestra edad, con el progreso de los estudios, se han resuelto felizmente. Por lo cual tenemos esperanza de que aun aquellas que ahora parezcan sumamente enmarañadas y arduas lleguen por fin, con el constante esfuerzo, a quedar patentes en plena luz. Y si la deseada solución se retarda por largo tiempo y el éxito feliz no nos sonríe a nosotros, sino que acaso se relega a que lo alcancen los venideros, nadie por eso se incomode, siendo, como es, justo que también a nosotros nos toque lo que los Padres, y especialmente San Agustín (Cf. S. August., Epist. 149 ad Paulinum, n. 34 (PL 33, 644); De diversis quaestionibus q. 53 n. 2 [PL 33, 36]; Enarr. in Ps. 146 n. 12 [PL 37, 1907]), avisaron en su tiempo, a saber: que Dios con todo intento sembró de dificultades los sagrados libros, que El mismo inspiró, para que no sólo nos excitáramos con más intensidad a resolverlos y escudriñarlos, sino también, experimentando saludablemente los límites de nuestro ingenio, nos ejercitáramos en la debida humildad. No es, pues, nada de admirar si de una u otra cuestión no se haya de tener jamás respuesta completamente satisfactoria, siendo así que a veces se trata de cosas oscuras y demasiado lejanamente remotas de nuestro tiempo y de nuestra experiencia, y pudiendo también la exégesis, como las demás disciplinas más graves, tener sus secretos, que, inaccesibles a nuestros entendimientos, no pueden descubrirse con ningún esfuerzo.»
No decaer de ánimo ante los graves problemas; los frutos se recogen después de muchos trabajos; las cosas enmarañadas y arduas llegan a la luz luego de constantes esfuerzos; la exégesis tiene secretos que no se descubren sin un empeñoso denuedo. Todo esto es lo que debe desplegar el exégeta en el camino trazado por Dios Nuestro Señor en la confección de los Libros Sagrados, que de intento están sembrados de dificultades y misterios a fin de que el intérprete intensifique su investigación y ponga en ejercicio la técnica más dificultosa de todas: la práctica de la debida humildad.
La humildad se pone mucho más de manifiesto cuando el exégeta reverencia las Sagradas Letras inspiradas por el Espíritu Santo, y no deambula innecesaria e inoportunamente en sentidos no literales, camino por el que se corre el peligro de ir acompañado con el propio criterio subjetivo.
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«29. Con todo, en tal condición de cosas, el intérprete católico, movido por un amor eficaz y esforzado de su ciencia y sinceramente devoto a la santa Madre Iglesia, por nada debe cejar en su empeño de emprender una y otra vez las cuestiones difíciles no desenmarañadas todavía, no solamente para refutar lo que opongan los adversarios, sino para esforzarse en hallar una explicación sólida que, de una parte, concuerde fielmente con la doctrina de la Iglesia y expresamente con lo por ella enseñado acerca de la inmunidad de todo error en la Sagrada Escritura, y de otra satisfaga también debidamente a las conclusiones ciertas de las disciplinas profanas. Y por lo que hace a los conatos de estos esforzados operarios de la viña del Señor, recuerden todos los demás hijos de la Iglesia que no sólo se han de juzgar con equidad y justicia, sino también con suma caridad; los cuales, a la verdad, deben estar alejados de aquel espíritu poco prudente con el que se juzga que todo lo nuevo, por el solo hecho de serlo, deba ser impugnado o tenerse por sospechoso.»
Se vuelve a encomiar el esfuerzo, ahora en sintonía con la doctrina eclesiástica y teniendo como pilar la inmunidad de error de las Sagradas Letras; y si el pasaje previene contra las sospechas e impugnaciones de todo lo nuevo por el sólo hecho de serlo, es obvio que también hay que precaverse de las suspicacias y objeciones para algunas cosas antiguas, incluso de los tiempos de los Padres Apostólicos, por la sola característica de su arcaísmo.
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«30. Porque tengan, en primer término, ante los ojos que en las normas y leyes dadas por la Iglesia se trata de la doctrina de fe y costumbres, y que entre las muchas cosas que en los sagrados libros, legales, históricos, sapienciales y proféticos, se proponen, son solamente pocas aquellas cuyo sentido haya sido declarado por la autoridad de la Iglesia, ni son muchas aquellas sobre las que haya unánime consentimiento de los Padres. Quedan, pues, muchas, y ellas muy graves, en cuyo examen y exposición se puede y debe libremente ejercitar la agudeza y el ingenio de los intérpretes católicos, a fin de que cada uno, conforme a sus fuerzas, contribuya a la utilidad de todos, al adelanto cada día mayor de la doctrina sagrada y a la defensa y honor de la Iglesia. Esta verdadera libertad de los hijos de Dios, que retenga fielmente la doctrina de la Iglesia y, como don de Dios, reciba con gratitud y emplee todo cuanto aportare la ciencia profana, levantada y sustentada, eso sí, por el empeño de todos, es condición y fuente de todo fruto sincero y de todo sólido adelanto en la ciencia católica, como preclaramente lo amonesta nuestro antecesor, de feliz recordación, León XIII cuando dice: «Si no es con la conformidad de los ánimos y establecidos en firme los principios, no será posible esperar, de los esfuerzos aislados de muchos, grandes frutos en esta ciencia».»
El esfuerzo, la agudeza y el ingenio se deben ejercer con la libertad de los hijos de Dios, libertad que es condición y fuente de frutos sinceros y adelantos sólidos de la ciencia exegética; retener la doctrina de la Iglesia no significa encadenarla, ni mantener prisioneras aquellas interpretaciones literales que provienen de los primeros tiempos de la Santa Esposa de Cristo; la prisión y las cadenas para los Textos Sagrados son incompatibles y contradictorias con la libre tarea en que se empeñan los genuinos hijos de Dios,
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«31. Por lo cual la exposición exegética atienda principalmente a la parte teológica, evitando las disputas inútiles y omitiendo aquellas cosas que nutren más la curiosidad que la verdadera doctrina y piedad sólida; propongan el sentido llamado literal y, sobre todo, el teológico con tanta solidez, explíquenlo con tal competencia e incúlquenlo con tal ardor, que en cierto modo sus alumnos experimenten lo que los discípulos de Jesucristo que iban a Emaús, los cuales, después de oídas las palabras del Maestro, exclamaron: ¿No es cierto que nuestro corazón se abrasaba dentro de nosotros mientras nos descubría las Escrituras? (Lc 24, 32). De este modo, las divinas Letras sean para los futuros sacerdotes de la Iglesia, por un lado fuente pura y perenne de la vida espiritual de cada uno, y por otro, alimento y fuerza del sagrado cargo de predicar que han de tomar a su cuenta. Y, a la verdad, si esto llegaren a conseguir los profesores de esta gravísima asignatura en los seminarios, persuádanse con alegría que han contribuido en sumo grado a la salud de las almas, al adelanto de la causa católica, al honor y gloria de Dios, y que han llevado a término una obra la más íntimamente unida con el ministerio apostólico.»
Uno de los últimos tramos de la encíclica, donde torna el Pastor Angélico a exhortar la exposición primaria del sentido literal, que es el inspirado y, por lo tanto, el que ha sido revelado; e inclusive con el sustento del texto expreso, el intérprete debe elevarse —como desde los hombros de un gigante— para extraer, de las cuestiones lingüísticas e históricas, el tenor teológico de los Libros Sagrados.
Todo, en consecuencia y según los Sumos Pontífices que nos legaron estas fecundas encíclicas, se basa y toma su impulso en el sentido literal, único cuya inspiración directa del Espíritu Santo consta expresamente en las mismas Sagradas Escrituras.
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Voy cerrando el tema con otros dos extractos del libro del Padre Leonardo Castellani «El Apokalypsis de San Juan» (Editorial Vórtice, Buenos Aires, 1990):
«Cuando una interpretación ha sido manifiestamente contradicha por los sucesos, es más que evidente que hay que abandonarla; así como cuando es imposible o absurda. Estos son los límites de la interpretación literal; fuera de ese caso, hemos interpretado literalmente, de acuerdo a la exhortación pontificia contenida en la encíclica DIVINO AFFLANTE SPIRITU. El sentido alegórico es segundo y debe basarse sobre el sentido literal, que es primario, dice Santo Tomás; y lo confirma el sentido común. Levantarse de inmediato a la alegoría pura, como hacen tantos modernos (Luis Féret) y algunos antiguos (Luis de Alcázar) es quitar al libro su carácter propio de profecía y toda importancia y seriedad, convirtiéndolo en un libro de «poesía», bastante dudoso y aun extravagante, por cierto. Así Luis de Alcázar tuvo que llegar a la confesión de que el APOKALYPSIS sería un libro de «¡adivinanzas sacras!», combinado por Dios mismo con el fin de enseñar… ¡la Dogmática!» (páginas 32-33 del prefacio).
«Con razón los doctores actuales insisten en que se abandone el alegorismo que es fácil, arbitrario y pueril, hasta llegar a veces a lo ridículo o extravagante. Si yo digo que la túnica blanca significa la castidad, porque el lirio y la azucena, etc., ¿qué he ganado con eso? Después encontraré un caballo blanco, y tendré que decir que aquí significa la idiotez, porque los romanos vestían a los locos de blanco. Es claro que un predicador que quiere hablar de la castidad —y todos quieren hablar de eso— encajará su lucubración agarrándose de las solapas del Ángel; pero eso no es exégesis bíblica.
«San Basilio el Grande, en el año 330, estando en un ambiente propenso al alegorismo —su propio hermano, San Gregorio de Nisa, el Teólogo— reacciona contra él —en el único libro de exégesis que compuso, IN HEXAMERON— en esta forma: «Conozco las reglas de la alegoría, no por haberlas yo inventado, sino por haberlas topado en libros de otros. Los que no siguen el sentido literal de la ESCRITURA, no llaman al agua, agua; sino cualquier otra cosa. Interpretan «planta» o «pez» como se les antoja. Explican la naturaleza de los reptiles o de las fieras, no de acuerdo a lo que son, sino a lo que cuadra a sus alegorismos; tal como los intérpretes de los sueños… Yo en cambio, cuando veo la palabra «hierba», no entiendo otro sino hierba. Planta, pez, fiera, animal doméstico… tomo todos estos términos en sentido literal; porque no me avergüenzo del Evangelio».» (páginas 45-46).
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Concluyo, ahora sí, resumiendo la doctrina de Santo Tomás de Aquino sobre los sentidos de la Sagrada Escritura, que ya resolvió toda deliberación hace más de setecientos años. Así solventó este tema el Doctor Angélico:
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Sólo del sentido literal puede partir el argumento, no del alegórico, tal como dice Agustín.
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El primer significado de un término corresponde al sentido histórico o literal. Y el contenido de lo expresado por un término, a su vez, significa algo. Este último significado corresponde al sentido espiritual, que supone el literal y en él se fundamenta.
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Si en el sentido espiritual hay algún contenido necesario de fe, la Sagrada Escritura en algún otro lugar lo transmite explícitamente en sentido literal.
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El sentido espiritual se divide en tres: el sentido alegórico, el sentido moral y el sentido anagógico.
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Lo que en la Antigua Ley figura la Nueva, corresponde al sentido alegórico.
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Lo que ha tenido lugar en Cristo o que va referido a Cristo, y que es signo de lo que nosotros debemos hacer, corresponde al sentido moral.
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Lo que es figura de la eterna gloria, corresponde al sentido anagógico.
Del mismísimo modo, por supuesto, lo ha interpretado y enseñado el Magisterio Pontificio.
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Hasta la próxima.
Luis Ricardo Manzano
Director Ejecutivo
Radio Cristiandad
