
ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
Llegado el día que Cristo nuestro Señor había determinado ascender a los Cielos, como había amado a los suyos que estaban en este mundo, al fin les dio mayores señales de amor. Y para esto aquel día se apareció a los discípulos en el Cenáculo estando comiendo, y comió con ellos amigablemente, con grandes muestras de amor, y luego les dijo cómo aquel día había de partir para su Padre; y para consolarlos de la tristeza que esta nueva les causó, renovó alguna de las razones que les dijo en el sermón de la Cena.
Les diría: «Voy a aparejar lugar para vosotros, y otra vez vendré y os llevaré conmigo, para que donde Yo estoy, estéis vosotros». Alegraos, que volveré por vosotros en la hora de vuestra muerte, y os llevaré conmigo, poniéndoos en el lugar que mi Padre os tiene señalado.
Añadiría también: «Os conviene que Yo me vaya, porque si no me fuere, no vendrá el Consolador; pero si me fuese, Yo os lo enviaré». Como si dijese: no estáis bien preparados para recibir el Espíritu Santo, porque estáis apegados a mi presencia corporal, y es menester que os desapeguéis de ella para recibir don tan soberano.
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Habiendo consolado a sus discípulos, les dijo: «Quedaos en la ciudad hasta que seáis revestidos con la virtud de lo alto», prometiéndoles la venida del Espíritu Santo, pero con un modo muy misterioso, que debemos meditar palabra por palabra.
Les dice que estén quedos, quedaos, para enseñarles que la quietud del cuerpo y del espíritu, con sosiego de corazón, es importante para recibir este don celestial; y también para avisarles que le esperen con paciencia, sin apresurarse más de lo que conviene, dejando el cuidado de esto a Dios.
Les dijo que permaneciesen en la ciudad de Jerusalén; y aunque parecía más a propósito que se fueran al desierto, o a algún monte apartado, para esperar allí con quietud la venida del Espíritu Santo, no quiso, porque el Espíritu Santo no se les daba para ellos solos, sino para bien de todos los hombres, y así, convenía le recibiesen en lugar público, de donde pudiesen salir luego a predicar la ley de Cristo.
Les dijo que se estuviesen allí hasta que fuesen revestidos de la virtud de lo alto; esto es, de la fortaleza del Espíritu Santo; en lo cual les da a entender que por sí mismos están desnudos, son débiles, pusilánimes y vacíos del espíritu que es necesario para salir por el mundo a predicar el Evangelio.
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Dicho esto, los sacó fuera de la ciudad, al monte que se llama de los Olivos, porque desde allí había de subirse al Cielo.
Nuestro Señor escogió para subir al Cielo el Monte Olivete, en donde oró a su Padre con agonía y sudor de sangre, y donde fue desamparado de sus Apóstoles, entregado por Judas a sus enemigos, hecho preso por los judíos, atado con sogas…
De donde salió a padecer las ignominias de la Pasión y Cruz, quiere subir a gozar las grandezas de su gloria; para que se entienda que por estos trabajos ganó el Cielo.
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Estando, pues, todos los discípulos y la Virgen Santísima en el Monte de los Olivos, se les apareció Cristo Nuestro Señor con un rostro más resplandeciente y amoroso que nunca; y levantando las manos, los bendijo.
Levanta las manos en alto, para significar que la bendición que les daba no era en bienes de la tierra, sino en bienes del Cielo, y que había sido ganada por su Pasión y muerte, levantando las manos en la cruz.
Los bendijo, declarando con palabras los bienes que deseaba y pedía para ellos. Y aunque no sabemos las palabras que dijo, ni los bienes que deseó y pidió para ellos, puede ser que repetiría parte de la oración que hizo en el sermón de la Cena, que fue la suprema bendición que les podía dar, diciendo a su Eterno Padre: «Padre Santo, en tu nombre y con tu virtud guarda y ampara a estos que me diste para que sean una cosa, como Tú y Yo lo somos, y después suban a donde Yo subo, para que vean la claridad que me diste y el amor que me tuviste antes de la creación del mundo».
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Dada la bendición, comenzó el Salvador poco a poco a levantarse de la tierra, e iba subiendo al Cielo por su propia virtud.
Los discípulos tenían enclavados los ojos del cuerpo y del alma en su Maestro, con tres afectos:
El primero, de admiración, viendo una cosa tan nueva como era subir un hombre por los aires con tanta suavidad y facilidad, y con muestras de tanta grandeza.
El segundo, de alegría grandísima, gozándose de la gloria de su Maestro y de la divinidad que en Él resplandecía.
El tercero era un entrañable deseo de seguirle y subirse con Él, porque los corazones se iban tras su Amado.
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Estando los discípulos mirando como Cristo se elevaba, una nube le quitó de los ojos.
Esta nube representa todo aquello que nos impide ver a Cristo y nos hace perder de vista a Dios. Lo cual sucede en dos maneras:
Unas veces es por nuestra culpa, y entonces nuestras culpas son las nubes, las cuales ponemos entre nosotros y Dios, y son grande impedimento de la oración y contemplación. Y ya que ponemos esta nube por nuestra cuenta, con la divina gracia debemos quitarla del medio por la penitencia y mortificación; examinando en particular si es nube de soberbia, o de codicia, o de algún amor desordenado a criaturas, y aplicando medios eficaces para deshacer lo que tanto nos estorba.
Otras veces se pone esta nube sin nuestra culpa, por providencia de Dios, el cual, como a ciertos tiempos se nos descubre, así también a ciertos tiempos se nos encubre, y quiere que no le veamos por la suave contemplación de su presencia. Y generalmente la flaqueza de nuestra carne, la cortedad de nuestro entendimiento y la muchedumbre de cuidados y necesidades que padecemos en esta vida mortal, son como nubes que nos estorban poder contemplarle con la claridad y continuidad que deseamos.
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Después que los Apóstoles perdieron de vista a Nuestro Señor, como estaban tan admirados y enajenados de sí, no por eso dejaban de mirar al Cielo; y hubieran permanecido en aquel éxtasis mucho tiempo, si el Señor no proveyera quien los despertara.
Vinieron, pues, dos Ángeles en forma de varones con vestiduras muy blancas, y les dijeron: «Varones de Galilea, ¿qué hacéis aquí mirando al Cielo? Este Jesús, que se partió de vosotros, así volverá como le visteis subir al Cielo».
Con estas palabras se dieron dos maravillosos avisos a los discípulos, y en ellos a nosotros.
El primero, que la suspensión y admiración y los demás afectos de la divina contemplación en esta vida se han de tomar con medida, porque no son fin último, sino medio para cumplir mejor la voluntad de Dios y las obligaciones de nuestro oficio. Y así, por modo de reprensión, les dijeron los Ángeles: ¿Qué hacéis mirando al Cielo? Como quien dice: Cesad; basta lo que habéis mirado; volveos a cumplir lo que está a vuestro cargo.
El segundo aviso fue que uniesen la memoria de esta subida de Cristo al Cielo con el recuerdo de la segunda venida, para que la vista de la Ascensión confirmase la fe de la Parusía, y para que las predicasen ambas juntamente a los hombres, acordándose que había de volver.
Y no les dicen cuándo ha de volver, sino que volverá, para que cada día estén en espera de su vuelta.
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Oyendo los discípulos este recado de los Ángeles, se volvieron a Jerusalén con gran gozo.
Como entendieron que su Maestro estaba ya en el trono del Cielo, postrados en tierra le adoraron con gran reverencia, supliendo con la vista de la fe lo que no alcanzaban con la vista del cuerpo.
Y se volvieron con grande gozo porque, aunque volvían sin su Maestro, volvían como gente que se goza más de lo que Dios quiere, que de lo que su carne desea, y se alegra más de la gloria de Cristo que de su propio gusto.
Las causas de este gozo fueron tres:
La firmeza de fe con que quedaron, viendo cuán glorioso fin habían tenido las cosas de su Maestro, y, por lo pasado, quedaban muy certificados de todo lo que estaba por venir.
La gran esperanza que cobraron de que les enviaría el Espíritu Santo que les había prometido, y que vendría tiempo en que habían de subir con Él a estar donde Él está, conforme a la palabra que de esto les dio.
El gran amor que le tenían, de cuya gloria se gozaban como si fuera propia; y aunque los cuerpos caminaban por la tierra desde el monte de los Olivos a Jerusalén, sus corazones estaban en el Cielo contemplando la gloria de su Señor, y de aquí les resultaba tanto gozo.
Estas tres cosas han de causar también gran gozo en nuestra alma, avivando la fe, esperanza y caridad; gozándonos de su gloria, y alegrándonos con la esperanza de subir donde Él está; para lo cual tenemos que procurar quitar de nosotros todo lo que nos puede impedir esta subida, como son: pecados, vicios y aficiones desordenadas a cosas terrenas.
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Finalmente, debemos considerar el glorioso triunfo con que Cristo Nuestro Señor entró en el Cielo y fue entronizado por Dios Padre a su diestra.
Jesucristo iba acompañado de todas las almas que había sacado del Limbo. ¡Qué gozosa iba esta compañía!, siguiendo a su Capitán, deseando verse en el trono de su gloria, a donde habían de tener perfectísima libertad.
Comenzó luego la música celestial que dice David: «Sube Dios con júbilo, y el Señor con voz de trompeta».
Con el coro de las almas entraba también un coro de innumerables Ángeles, que vinieron para acompañar a Cristo Nuestro Señor, sirviéndole, como dice David, como de carros triunfales, y eran millares de millares, todos con grande alegría, cantando los triunfos de su victoria.
Entonces todos a una vos dirían lo del Apocalipsis: Digno es el Cordero que fue muerto, de recibir la virtud, la divinidad, la sabiduría, la honra, gloria y fortaleza, y la bendición y alabanza por todos los siglos.
Mas sobre todo se ha de ponderar la alegría de Cristo Nuestro Señor en este triunfo, porque también por Él mismo se puede decir: «Dios sube con grande júbilo», alegrándose su ánima santísima con gran regocijo por ver el dichoso fin de sus trabajos.
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Entrando de esta manera Nuestro Señor a los Cielos, y habiéndolos penetrado todos, y llegado a lo supremo del Cielo empíreo, presentó al Padre Eterno aquella dichosa cautividad que llevaba consigo, y como quien le daba cuenta de lo que en el mundo había hecho en su servicio, le diría lo que dijo en el sermón de la cena:
«Padre, Yo he manifestado tu Nombre a los hombres y te he glorificado sobre la tierra, acabando la obra que me encomendaste; ahora, Padre, clarifica a tu Hijo con la claridad que tuve delante de Ti antes que criases al mundo».
¡Qué contento recibiría el Padre Eterno con el presente que su Hijo le hacía!, y con grande regocijo le mandaría sentar a su diestra, cumpliendo lo que había profetizado David: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra.
Dice que se siente, para significar su señorío, quieto y sosegado, y la dignidad infinita de su Persona; dice que se siente a su diestra, para que se entienda que le da los mejores bienes de su gloria, entronizándole sobre los Ángeles y Arcángeles, sobre las Potestades y Dominaciones, sobre los Querubines y Serafines, como Cabeza y Señor de todos.
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¡Cuán bien premió el Padre Eterno a su Hijo los servicios que le hizo, ensalzando sobre todos al que se humilló más que todos!
Por el trono de la Cruz, le dio el trono de su Majestad; por la corona de espinas, la corona de gloria; por la compañía de ladrones, la compañía de las Jerarquías Angélicas: por las ignominias y blasfemias de los judíos, las honras y alabanzas de los espíritus bienaventurados; y porque bajó hasta lo más bajo de lo terreno, lo elevó hasta lo más alto del supremo Cielo, y le dio un Nombre sobre todo nombre, a quien todos se arrodillen y adoren, reconociendo que Jesús está en la gloria de Dios Padre.
De aquí tenemos que sacar afectos grandes de confianza, esperando subir con Cristo a los Cielos, fiados en la misericordia y caridad del Padre y en los grandes merecimientos del Hijo.
Y también grandes propósitos de no buscar otra cosa que a Cristo Nuestro Señor y su santísima voluntad; acordándonos siempre de lo que dice San Pablo: «Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra del Padre».
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Finalmente, hemos de considerar como, sentado Nuestro Señor a la diestra del Padre, comenzó luego a hacer su oficio, distribuyendo los tronos del Cielo entre las almas que llevó consigo.
A unas puso entre los Ángeles, a otras entre los Arcángeles y Principados, y a otras entre los Querubines y Serafines, dando a cada una el lugar y sede conforme a sus merecimientos.
Podemos discurrir, pensando en el trono que daría a los Patriarcas y a los Profetas, al glorioso San José y al gran Bautista…
¡Qué contentas estarían aquellas almas cuando se vieron en tales tronos y entre tan gloriosa compañía!
¡Qué alegres estarían los Ángeles cuando vieron llenas las sedes que sus compañeros, por su soberbia, dejaron vacías!
Nuestro Señor, a la diestra del Padre, también comenzó a hacer su oficio de abogado por los hombres que quedaban en la tierra, mostrándole las llagas que recibió por redimirlos y por cumplir su precepto, en el cual oficio persevera siempre.
De donde hemos de sacar grandes afectos de amor y confianza, acordándonos de lo que dice San Pablo: «Pues tenemos un gran Pontífice, que penetró los Cielos, Jesús, Hijo de Dios vivo, tengamos firme la confesión de nuestra esperanza, no desfalleciendo en confesar lo que creemos ni en pretender lo que esperamos».
Especialmente cuando nos veamos caídos en pecados, hemos de acordarnos de lo que dice San Juan: «Hijuelos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; mas si alguno pecare, sepa que tenemos delante del Padre por abogado a Jesucristo justo, el cual es propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino por los de todo el mundo».
