
EL PADRE LACUNZA
Respondió por anticipado a
MONSEÑOR WILLIAMSON
En respuesta a una de las preguntas que se le formulara al cabo de su Conferencia en Bogotá, Monseñor Williamson expresó lo siguiente:
El Milenio es otra opinión. Y no es mi opinión.
Y la razón por la cual no es mi opinión es por el pecado original.
Comprendo que la gente quiera creer en otros mil años en que Cristo sea Rey; porque es mucho más agradable que la corrupción de hoy.
Pero Cristo normalmente no reina sin, o contra, o sobre el libre albedrío de los hombres. Dejará reinar y gobernar las cosas del mundo siempre por los hombres.
Y, si gobiernan los hombres, con el pecado original habrá una corrupción que logrará poner fin al mundo mucho antes de mil años.
Por eso yo no creo en otros mil años, porque Nuestro Señor no sacará el libre albedrío de los hombres.
Y con el libre albedrío, como vimos, habrá necesariamente, casi necesariamente, y tristemente, una tal caída que el mundo no podrá durar otros mil años.
Es la razón por la cual yo no creo en estos otros mil años.
Dejando de lado las muchas cuestiones que tal respuesta suscita, damos lugar a las profundas reflexiones del Padre Lacunza.
VENIDA DEL MESÍAS EN GLORIA Y MAJESTAD
Tercera Parte
Capítulo X
El residuo de las gentes
§1º Entre las grandes dificultades y embarazos que halla casi a cada paso el sistema vulgar, uno de ellos es la resolución de cierto problema en que las Escrituras se ven opuestas entre sí; pues, hablando de un mismo suceso, unas afirman, otras niegan: unas aseguran con toda claridad y formalidad posible que la cosa sucederá infaliblemente, otras aseguran con la misma formalidad todo lo contrario.
No hay duda que esta oposición y enemistad de unas Escrituras con otras, sólo puede ser aparente; pues el Espíritu Santo no puede oponerse ni negarse a sí mismo. Mas esta apariencia, ¿cómo la podemos conocer en el sistema vulgar? Ardua cosa me pides. Explícome.
Muchas, y aun muchísimas Escrituras nos aseguran en términos formales, claros, e individuales (como pudiera pedir la más rígida, y escrupulosa delicadeza) que ha de llegar finalmente cierto día, o siglo, o tiempo (tres palabras de que usan promiscuamente los escritores sagrados, como que significan una misma cosa) en que toda nuestra tierra, todos sus fines o términos, por cualquiera rumbo que se mire; todos sus habitadores, todas sus tribus, cognaciones, familias, parentelas, y aun todos sus individuos, sean benditos en Cristo; todos crean y esperen en él; todos lo conozcan, lo adoren, lo bendigan, lo amen: por consiguiente todos sean cristianos, y buenos cristianos, unidos en una misma fe, animados del mismo espíritu, y como una sola grey, simple, e inocente bajo el gobierno y dirección de un solo pastor, etc. Ved aquí como en un punto de vista algunas de estas Escrituras.
La primera que se presenta a nuestra consideración como la más antigua de todas, es la promesa que hizo Dios, y que repitió y confirmó varias veces a su fidelísimo amigo el justo Abrahán: En ti serán benditos todos los linajes de la tierra (Gén. XII, 3). Y en cap. XVIII, ver. 18: debiendo ser benditas en él todas las naciones de la tierra. Y en el cap. XXII, ver. 18: en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra. Tenemos, pues, aquí en buenas palabras, todas las cognaciones, o familias de la tierra benditas, o bendicendas en algún tiempo, en la simiente de Abrahán: esto es, en Cristo, como explica S. Pablo (Gal. 3, 16).
Diréis aquí, y decís con suma verdad, que todas estas promesas, hechas al Padre de todos los creyentes, se están verificando diez y ocho siglos ha en las muchas gentes, naciones y cognaciones de la tierra, que han creído y obedecido al evangelio; a lo cual yo os respondo, que tenéis razón: añadiendo no obstante una palabra que no podéis negar: es a saber, que todo cuanto se ha hecho en diez y ocho siglos, es todavía poquísimo, confrontado con las promesas de Dios vivo, santo, y fidelísimo en todas sus palabras : por consiguiente, falta todavía mucho que hacer, para que estas promesas lleguen a su entera y perfecta plenitud.
Si acaso estas antiquísimas promesas no os parecen tan grandes, ni tan claras, ni tan universales, ni tan decisivas, pasemos un poco más adelante.
En el salmo XXI, que todo es de Cristo evidentemente, en que él mismo habla en espíritu, y según parece habla desde la cruz, pues habla de sus angustias, de su desamparo, de su desnudez, de sus llagas de pies y manos, etc., dice él mismo estas palabras como una consecuencia necesaria en algún tiempo de su muerte y pasión: Se acordarán, y se convertirán al Señor todos los términos de la tierra: Y adorarán en su presencia todas las familias de las gentes. Por cuanto del Señor es el reino: y él mismo se enseñoreará de las gentes.
En el salmo LXXI se dice de Cristo: dominará de mar a mar, y desde el río hasta los términos de la redondez de la tierra. Delante de él se postrarán los de Etiopia, y sus enemigos lamerán la tierra. Los reyes de Tarsi, y las islas le ofrecerán dones: los reyes de Arabia, y de Sabá le traerán presentes: Y le adorarán todos los reyes de la tierra: todas las naciones le servirán… todo el día le bendecirán… Y serán benditas en él todas las tribus de la tierra: todas las gentes le engrandecerán… y será muy llena de su majestad toda la tierra:
así sea, así sea.
En el salmo LXXXV, se dice: Todas las gentes, cuantas hiciste, vendrán, y te adorarán, Señor, y glorificarán tu nombre.
En Isaías cap. XI, ver. 9, se dice: porque la tierra está llena de la ciencia del Señor, así como las aguas del mar, que la cubren. Y en el cap. LXVI, ver. 23: vendrá toda carne para adorar ante mi rostro, dice el Señor.
En Daniel cap. VII, ver. 14, se dice: Le dio la potestad, y la honra, y el reino: y todos los pueblos, tribus, y lenguas le servirán a él… y todos los reyes le servirán y obedecerán.
En Zacarías cap. XIV, ver. 9, se dice: Y el Señor será el Rey sobre toda la tierra: en aquel día uno solo será el Señor, y uno solo será su nombre.
Por abreviar: en el cántico admirable Magníficat profetiza la santísima Virgen entre otras cosas esta: me dirán bienaventurada todas las generaciones.
Todo lo que concuerda perfectamente con lo que observamos en el fenómeno primero: la piedra que había herido la estatua, se hizo un grande monte, e henchido toda la tierra (Dan. 2, 35).
En todos estos lugares de la Escritura santa y en otros semejantes que pudiéramos citar, se debe observar, lo primero: la generalidad, o universalidad con que hablan de todo nuestro orbe, de todos sus fines o términos, de todas las gentes, de todas las naciones, tribus o pueblos, de todas las cognaciones o familias, sin excepción alguna.
Esta misma observación hace S. Pablo, sobre la palabra todas, del salmo VIII, diciendo: En esto mismo de haber sometido a él todas las cosas, ninguna dejó que no fuese sometida a él (Hebr. 2, 8). Lo cual como añade el mismo Apóstol, no había sucedido hasta su tiempo; y nosotros podemos añadir que ni hasta el nuestro: Mas ahora aún no vemos todas las cosas sometidas a él.
Si todavía no vemos sujetas a él todas las cosas; luego deberemos esperar otro tiempo en que lo sean: Porque no sometió Dios a los ángeles el mundo venidero, del que hablamos: dice el mismo Apóstol en el lugar citado.
Lo segundo que se debe observar en los lugares de la Escritura poco ha citados, es que no solamente anuncian la fe en Cristo de todos los habitantes de la tierra, sino juntamente con la fe una justicia universal, nunca vista ni oída en nuestra tierra.
Las vivísimas palabras y expresiones de que usan los Profetas de Dios, todo esto suenan, y significan obvia y claramente: v. g.: serán benditos todos los linajes de la tierra… le adorarán…
darán alabanza… engrandecerán… todo el día le bendecirán… le servirán y obedecerán… y en el salmo CXLIV Rebosarán la abundancia de tu suavidad, y saltarán de contento por tu justicia.
¿Con qué palabras más propias ni mas expresivas se pudiera describir una justicia universal? Esta fe y justicia universal en toda la tierra, inundada ya de la ciencia del Señor, así como las aguas del mar, que la cubren, es ciertísimo, cuanto puede extenderse esta palabra certidumbre, que no se ha visto jamás en nuestra tierra; antes se ha visto siempre todo lo contrario; luego si se cree a los Profetas es preciso decir y confesar, que se ha de ver alguna vez.
¿Mas cuándo? Este es, oh mi Cristófilo, el gran trabajo, la grande e insuperable dificultad en vuestro sistema.
§2º No podéis ignorar, Cristófilo, que muchísimos doctores católicos (antiguos y no antiguos) han reconocido bien, han confesado y sostenido como una verdad innegable, este tiempo feliz, en que convertidas a Cristo todas las gentes de todo el orbe, reinará con él universalmente una fe, una religión, una justicia, una concordia, o paz universal: cada uno debajo de su vid, y debajo de su higuera…y no habrá quien cause temor (3 Reg. IV, 25, et Mic. IV, 4).
Es verdad que muchos otros con S. Jerónimo, divisando sin duda en esto algún gravísimo inconveniente para su sistema, ni lo confiesan expresamente, ni tampoco se atreven expresamente a negarlo; y no obstante, cuando llegan a ciertos lugares de los Profetas, de los Salmos, de los Evangelios y de S. Pablo, lo suponen así, y hablan bajo esta suposición como si no hubiese en esto inconveniente alguno.
Ahora bien: este tiempo felicísimo, nunca visto ni oído en nuestra tierra, ¿dónde se coloca?
Seguramente debe colocarse en el sistema vulgar antes de la venida del Señor, pues después de esta no se admite espacio alguno de tiempo.
Y en efecto así es.
Unos lo colocan antes del Anticristo, otros después, y unos y otros parece que se olvidan de tantas Escrituras que se oponen clara, expresa y evidentemente a su modo de discurrir.
Antes del Anticristo no puede ser, según la idea que nos dan los evangelios, y los escritos de los Apóstoles, como vamos a observar.
Después del Anticristo mucho menos, como queda demostrado en el fenómeno IV.
Luego nunca.
Demos, no obstante por un momento, como una mera permisión, que este tiempo feliz haya de ser antes de la venida gloriosa del Señor, y consideremos atentamente las consecuencias legítimas y necesarias que de aquí se deberán seguir.
Primera: luego antes de la venida del Señor (o sea antes, o después del Anticristo) se habrán ya verificado plena y perfectamente todas las profecías poco ha citadas, y otras semejantes que pudieran citarse.
Segunda: luego antes de la venida del Señor ya se habrán convertido a él todos los pueblos, todas las naciones, todas las congregaciones, o familias de toda la tierra.
Tercera: luego antes de la venida del Señor se habrá llenado toda nuestra tierra de la ciencia, o conocimiento de Dios, así como están llenos de agua todos los lugares que ocupa el mar.
Cuarta: luego antes de la venida del Señor ya habrán sido todos los pueblos, tribus y lenguas y todos sus individuos, no solamente Cristianos, sino Cristianos excelentes (entrando también en este número todos los Judíos): por consiguiente la conversión de estos no puede dilatarse hasta el fin del mundo, como vulgarmente se piensa con tan poca o ninguna razón.
Quinta: luego antes de la venida del Señor ya habrá habido un siglo, o un tiempo determinado o indeterminado; pero muy grande, en que todos los habitadores de la tierra habrán servido y obedecido a Cristo, y todos habrán sido fieles, justos y santos, que es lo que anuncian las profecías.
Sexta finalmente: luego en este siglo, o tiempo feliz, ya no habrá en todo nuestra tierra ni idolatría, ni superstición, ni falsa religión; ya no habrá herejías, ni cismas, ni escándalos, ni zizaña; no habrá siervos buenos y malos; no habrá vírgenes prudentes y necias; no habrá en la gran red peces buenos y malos; no habrá en fin lo que el mismo Cristo dice y asegura tantas veces que siempre ha de haber hasta que él venga: lo cual siempre se ha visto hasta el día de hoy puntualísimamente verificado, sin faltarle ni un punto, ni un tilde.
§3º Para ver la dificultad en toda su luz, confrontemos brevemente unas profecías con otras, y veamos si pueden acordarse entre sí, en el sistema vulgar, los Profetas con los Evangelios. Lo que anuncian los unos y los otros sobre el punto particular de que ahora hablamos, se puede fácilmente reducir a estas dos proposiciones:
PRIMERA PROPOSICIÓN
Antes de la venida del Señor, que esperamos, en gloria y majestad, se convertirán a él todos los pueblos, tribus y lenguas, todas las cognaciones y familias de toda la tierra; todas adorarán al verdadero Dios; todas entrarán en la iglesia de Cristo; todas serán benditas en él; todas lo amarán, lo obedecerán, lo servirán; todas todo el día le bendecirán; todas saltarán de contento por su justicia; todas vivirán en mutua paz y en concordia admirable, uniéndose finalmente y besándose la justicia y la paz, dos enemigos irreconciliables hasta ahora; todas arrojarán de sí como del todo inútiles toda especie de armas ofensivas y defensivas: ni se ensayarán más para la guerra; todas en suma compondrán una grey mansa, pacífica, inocente, bajo el cuidado y dirección de un pastor mismo.
¿No es esta la idea que nos dan las profecías que apuntamos en el párrafo primero?
Veamos ahora la idea que nos dan otras profecías, principalmente los Evangelios.
SEGUNDA PROPOSICIÓN
Antes de la venida del Señor, que esperamos en gloria y majestad (y en todo el tiempo que debe mediar entre su primera y segunda venida) aunque se predicará el evangelio por todo el mundo, mas no todas las gentes lo recibirán, sino pocas, comparadas con la muchedumbre.
Aun entre estas pocas que recibirán el evangelio, no todas lo observarán, cayendo frecuentemente el buen grano, una parte… junto al camino… otra… sobre piedra… otra… entre espinas; habrá entre ellas sin interrupción grandes y terribles escándalos, habrá herejías, habrá cismas, habrá apostasías formales; habrá odios mutuos, emulaciones, envidias y guerras sangrientas, e interminables; habrá costumbres antievangélicas, muchas de ellas, cuales ni aun entre los gentiles, y no pocas sentadas pacíficamente y miradas como justas, o a lo menos como indiferentes; habrá siempre una gran oposición y una guerra formal y continua entre la justicia y la paz; habrá sin cesar ya por una parte, ya por otra, ya por muchas a un tiempo vientos furiosos y tempestades horribles, con que la nave de Pedro será combatida de las ondas, y será necesario clamar diciendo: Señor, sálvanos, que perecemos; habrá casi siempre una gran prosperidad en los caminos de los malvados, y una casi continua adversidad, tribulación y persecución (en aquellos), que quieren vivir piadosamente en Jesucristo; pues como anuncia el mismo Señor: Si a mí han perseguido, también os perseguirán a vosotros.
En una palabra: habrá siempre zizaña que oprima y no deje crecer ni madurar el trigo; y todo esto hasta la siega.
Todo lo que contiene esta segunda proposición se lee frecuentemente en los evangelios y en los escritos de los Apóstoles, y nuestra larga experiencia nos ha enseñado siempre la verdad y divinidad de estas profecías.
No las cito en particular, porque son cosas sabidas de todos; y cualquiera que lea las Escrituras del nuevo Testamento, las encontrará a cada paso. No obstante, me parece conveniente no omitir del todo una sola, pues en ella se contiene y se explica en breve todo este misterio. Esta es la parábola de la zizaña.
En esta parábola, o profecía clarísima, propuesta y explicada por el mismo Cristo, se ve siempre sin interrupción la zizaña junta con el trigo, y siempre haciendo daño. Pues habiendo propuesto los operarios al dueño del campo, que si le parecía irían a arrancarla, respondió: No… no sea que cogiendo la zizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer lo uno y lo otro hasta la siega, y en el tiempo de la siega diré a los segadores: Coged primeramente la zizaña. La explicación que da el mismo Señor a esta parábola es esta: El que siembra la buena simiente, es el Hijo del Hombre. Y el campo es el mundo. Y la buena simiente son los hijos del reino. Y la zizaña son los hijos de la iniquidad. Y el enemigo, que la sembró, es el diablo: y la siega, es la consumación del siglo.
De manera, que desde la predicación de Cristo, hasta la consumación del siglo, deberá estar siempre en el mundo el buen grano junto con la zizaña y mezclado con ella. Conque hasta la consumación del siglo, deberá suceder siempre constantemente lo mismo (poco más, o menos) que ha sucedido hasta la presente.
Conque hasta la consumación del siglo deberán estar siempre juntos y mezclados entre sí, los hijos del reino… e hijos de la iniquidad; y estos últimos haciendo siempre todo aquel daño que siempre hace la zizaña.
Si esto debe siempre suceder así hasta la consumación del siglo, si no se admite algún espacio de tiempo desde la consumación del siglo hasta el fin del mundo; antes se mira este espacio de tiempo como un error, o como un sueño, delirio y fábula, etc.: decidme ahora, mi buen Cristófilo, ¿cuándo y cómo podrán tener algún lugar decente todas aquellas profecías que quedan ya citadas, y tantas otras semejantes que pudieran citarse?
Volved a leerlas con alguna mayor atención; en ellas veréis, sin poder dudarlo, una fe y una justicia universal, no solamente en todas las naciones, sino también en todas las familias de todo el orbe. Veréis una suma paz y hermandad entre todas las gentes, sin inquietarse las unas a las otras, ni pensar en ejercitarse para la guerra: no alzará la espada una nación contra otra nación… ni se ensayarán más para hacer guerra. Veréis una sumisión y una obediencia general de todas las gentes, y de todos los reyes de toda la tierra, al Rey de los reyes y Señor de los señores: y todos los pueblos, tribus, y lenguas le servirán a él… todos los reyes de la tierra, todas las naciones le servirán… Y serán benditas en él todas las tribus de la tierra;
todas las gentes le engrandecerán… Y adorarán en su presencia todas las familias de las gentes. Veréis en el evangelio a toda nuestra tierra (como) un solo aprisco, y un pastor. Veréis en suma una idea infinitamente ajena, y aun diametralmente opuesta a la idea que nos ofrecen estas dos palabras: trigo y zizana.
§4º La concordia entre aquellas proposiciones se busca inútilmente en los libros; pues ni aun siquiera se halla quien reconozca la dificultad, o la necesidad de esta concordia.
Los que defienden con los Profetas la verdad de la primera proposición, que no son pocos ni de ínfima clase, parece que se olvidan absolutamente de la verdad de la segunda, pues ni aun siquiera la tocan.
Los que defienden expresamente la verdad de la segunda, que son todos los intérpretes o comentadores de los evangelios, jamás los vemos hacerse cargo de la verdad de la primera, ni de la necesidad de concordar la una con la otra.
¿Por qué puede ser esta omisión en hombres piísimos y sapientísimos, sino porque en el sistema que siguen son absolutamente inconcordables ambas proposiciones?
¡Cómo, hablando el Espíritu Santo de un mismo suceso y de un mismo tiempo (según se pretende) afirmar dicho suceso, y juntamente negarlo! ¡Anunciar, que sucederá y que no sucederá! ¡Anunciar, digo, que en todo el tiempo que debe mediar entre la primera y segunda venida del Señor, todo el orbe y todas sus familias serán cristianas, justas y santas, y anunciar al mismo tiempo, que las más serán inicuas, perjudiciales y aun anti-cristianas! Decir, v. g., serán benditas en él todas las tribus de la tierra; todas las gentes le engrandecerán… Todo el día le bendecirán, y al mismo tiempo decir: Dejad crecer lo uno y lo otro hasta la siega; Imposible es, que no vengan escándalos…; es necesario que haya también herejías;… mas el que no cree, ya ha sido juzgado;… mas el que no creyere será condenado.
Uno y otro decís, o Cristófilo, consta clara y expresamente de la Escritura santa, y es preciso que uno y otro sea verdadero; pues esta Escritura santa es un libro todo divino, compuesto todo de verdades, y cuyo propio carácter o distinción entre todos los otros libros, es que este siempre dice verdad, y los otros no siempre.
¡Oh bendito del Señor, qué verdad tan importante nos decís aquí! Y uno y otro debe ser verdadero, porque así lo uno como lo otro consta expresamente de la Escritura santa.
Mas, amigo mío, no es verdadero lo uno y lo otro, ni lo puede ser, si queréis que se hable de un solo tiempo, pues la Escritura santa no es capaz de anunciar para un solo tiempo, que una cosa será y no será.
Como en vuestro sistema no hay más de un solo tiempo, esto es, el intermedio entre la primera y segunda venida del Señor; como en vuestro sistema la consumación del siglo, o la vendimia, o la mies, es lo mismo que el fin del mundo; como en vuestro sistema no hay que esperar otro tiempo, u otro siglo, u otra nueva tierra y nuevo cielo, después de la gran vendimia, después de la mies, después de la consumación del siglo, etc., tampoco tenemos que esperar una concordia sólida y firme entre unas y otras profecías.
Más, si se hace la debida distinción entre tiempo y tiempo, como la hace la Escritura santa, todo lo hallamos concorde, claro, fácil y llano: distingue los tiempos, y concordaréis los derechos.
Las cosas opuestas, diversas, enemigas entre sí, que no pueden concurrir en un mismo tiempo, sin destruirse las unas a las otras, ¿no podrán comparecer en diversos tiempos cada cual en el suyo propio?
Si antes de la consumación del siglo, o de la vendimia, o de la mies, no puedan todas verificarse, ¿no podrán verificarse plenísimamente unas antes, otras después?
Este después (volvéis a replicar) se hace durísimo el admitirlo, porque destruye desde los cimientos, nuestro sistema.
Bien, ¿y qué inconveniente halláis en esto? ¿No es este el asunto o fin principal a donde se endereza toda esta obra? ¿No es esto lo que venimos haciendo desde el principio hasta lo presente?
Yo saco, pues, de aquí una consecuencia que vos mismo debíais sacar, no cierto durísima en sí misma, sino antes suavísima, como una de las más legítimas y justas que se han sacado jamás.
Luego, vuestro sistema no es bueno, ni lo puede ser en ningún tribunal; pues ni es capaz de concordar unas escrituras con otras, ni de concordarse con ellas mismas.
§5º Ya hemos dicho y también probado (con la prueba legítima y única con que pueden probarse las cosas todavía futuras, que es la sola autoridad divina, auténtica y clara) que en la venida del Señor Jesús, que estamos esperando, así como ha de perecer esta tierra presente, para dar lugar a otra tierra nueva, que también esperamos según sus promesas, así ha de perecer en este trastorno universal la mayor y máxima parte del linaje humano, quedando no obstante vivos e indemnes algunos pequeños racimos después de la gran vendimia, o algunas pequeñas espigas después de la mies, o lo que es lo mismo, algunos pocos individuos de la plebe de los pobres, de entre todos los pueblos, tribus y lenguas de todo el orbe; los cuales por su inocencia y simplicidad, no se hallarán dignos de la ira de Dios omnipotente (como no se halló en otros tiempos el justo Noé y su familia), ni de la ira del Cordero, ni de la espada de dos filos, que ha de traer en su boca el Rey de los reyes, para herir con ella a las gentes.
Estos pocos y pequeños racimos (prosigue Isaías) después de acabada la vendimia, levantarán su voz, y darán alabanza: cuando fuere el Señor glorificado, alzarán la gritería desde el mar… Desde los términos de la tierra oímos alabanzas, la gloria del justo.
De este solo texto de Isaías, aunque no hubiesen tantos otros que lo confirman y aun lo aclaran, como veremos a su tiempo, se colige evidentemente, que todo este residuo de las gentes, que quedarán dispersas acá y allá, en todos los países o términos de nuestro orbe, no quedarán en adelante en la misma ignorancia o distracción en que antes estaban, respecto del verdadero Dios y de su Hijo el justo; sino que creerán en él, lo alabarán, lo desearán y se sujetarán a su dominación con sumo gozo y complacencia, diciendo como el Apóstol, después de humillado y postrado en tierra: Señor, ¿qué es lo que debo yo hacer?
Esta misma idea sustancial se lee en Jeremías: En aquel tiempo llamarán (dice) a Jerusalén Trono del Señor; y serán congregadas a ella todas las naciones en el nombre del Señor en Jerusalén, y no andarán tras la maldad de su corazón pésimo.
La misma idea se registra en Tobías: y todas las gentes se convertirán verdaderamente, para temer al Señor Dios, y enterrarán sus ídolos, y todas las gentes bendecirán al Señor.
La misma en toda la Escritura.
La primera noticia (después de concluida la vendimia y la gran borrasca) que tendrán estas felices reliquias, de haber llegado a nuestra tierra, después de haber recibido el reino el sabio y pacífico Salomón, o el sumo Rey, les será intimada verosímilmente por aquellos ángeles veloces, o nuncios ligeros, de que hablamos en la cuestión 5 del cap. VII, cuya misión o su asunto general se apunta en el mismo Isaías (cap. XXIV, ver. 15), y más claramente en el Salmo XCV: Anunciad entre las naciones su gloria, en todos los pueblos sus maravillas… Decid en las naciones, que el Señor reinó: Porque enderezó la redondez de la tierra, que no será conmovida: juzgará los pueblos con equidad. Alégrense los cielos, etc.
Pues estos ángeles veloces, o nuncios ligeros, según yo sospecho (dejando libre el campo a cualquiera otro que quisiere trabajar en él) irán libre y expeditamente a todas partes, sin necesidad de carruaje, ni de las naves, e instruirán perfectamente en el misterio de Dios a estas simples y felices reliquias de todas las naciones, que se hallarán llenas de temor y temblor por lo que acaba de suceder en nuestro orbe, y por eso mismo en óptima disposición para recibir y abrazar la palabra de Dios. Las instruirán perfectamente en la historia antigua desde Adán hasta Noé, desde Noé hasta Abrahán, desde Abrahán hasta Moisés, desde Moisés hasta la primera venida del Hijo de Dios en carne pasible, con todas sus circunstancias y misterios y resultas, según las Escrituras, y desde esta hasta su segunda venida en gloria y majestad, que acaba de suceder, como también estaba anunciado en las mismas Escrituras.
Estos mismos nuncios ligeros (y tal vez juntamente con ellos muchos de los santos ya resucitados) con autoridad del supremo Rey y sumo Sacerdote, constituirán en todas partes, no solamente obispos o pastores para lo espiritual y religioso, sino también príncipes, o reyes, o jueces, o magistrados, para el buen orden y quietud, en todo lo que toca a lo civil: mas todos súbditos, subordinados y dependientes del Supremo Rey y de su corte, etc.
Estos, en fin, intimarán las leyes inmutables, así antiguas, v. g. el Decálogo, como nuevas y propias de aquel tiempo, con que el Señor quiere ser servido uniformemente de todos.
Y veis aquí con esto sólo (aunque propuesto con tanta generalidad) renovada enteramente toda nuestra tierra y todo el mísero linaje de Adán. Veis aquí tiradas todas las líneas y puestos todos los fundamentos para establecer sólidamente aquí en nuestra tierra el reino de Dios, que esperamos y pedimos, o el quinto reino incorruptible y eterno, el cual como se lee en Daniel: …quebrantará y acabará todos estos reinos: y él mismo subsistirá para siempre.
Este residuo de las gentes, instruido perfectamente, santificado y como criado de nuevo, no menos que el residuo de Israel, compondrá junto con él, aquel un solo aprisco, y un pastor del evangelio: se multiplicará pacíficamente y llenará otra vez la tierra, pasando de generación en generación por muchos y muchísimos siglos (que S. Juan explica con el número perfecto de mil), la fe, la simplicidad, la inocencia, el temor y conocimiento del Señor.
Esto último os parece difícil de creer, considerando lo que ha pasado siempre entre los hombres, desde el principio hasta la presente; mas a esta consideración debéis oponer estas otras: que no todos los tiempos han sido iguales y uniformes; que Dios ha dado más en unos tiempos que en otros: que siempre ha dado más después que lo que había dado antes; que su misterio para con los hombres siempre ha ido creciendo de día en día; que este misterio llegará alguna vez hasta el día perfecto… (porque) la mano del Señor no se ha encogido…; porque no hay cosa alguna imposible para Dios…; porque Fiel es el Señor en todas sus palabras, y Santo en todas sus obras…; porque es imposible, que Dios falte…; en suma: que él predijo el misterio de la vocación de las gentes, con todos sus efectos buenos y malos que actualmente vemos plenísimamente verificados.
¿No basta la experiencia de la veracidad de Dios en lo pasado, y en lo presente, para creerlo también en lo futuro?
Capítulo XI
Medios o providencias extraordinarias,
propias de aquellos tiempos,
para conservar en toda la tierra la fe y la justicia
§1º Una fe y justicia tan grande y tan universal, anunciada tantas veces a la nueva tierra, y con expresiones tan magníficas en la escritura de la verdad, no puede ciertamente concebirse, sin algunos medios o providencias nuevas, grandes, extraordinarias, así positivas como negativas y generales para todo el orbe.
Cuando hablo de medios nuevos, no pienso por eso excluir del todo los que ahora tenemos; mucho menos los que son de institución divina, como los siete sacramentos, la jerarquía eclesiástica, la doctrina, los preceptos y consejos de Jesucristo, contenidos en los evangelios, la doctrina de los Apóstoles, y generalmente hablando toda la moral de las Escrituras.
Estas cosas no hay duda que son suficientes, y más que suficientes para nuestra perfecta santificación, para aquel que usa de ellas legítimamente; como lo han sido para tantos santos, ni faltarán jamás mientras hubiere viadores.
Mas fuera de estos medios que ahora tenemos en consecuencia de la muerte del Hombre Dios, de su resurrección y de la efusión del Espíritu Santo, hallamos todavía otros en la Escritura santa que ahora ciertamente no tenemos, y que están evidentemente reservados para el siglo venturo, o para la nueva tierra que esperamos; así como tenemos ahora tantos nuevos, que no tuvieron los antiguos, pues jamás ha dado Dios en un solo tiempo todo cuanto puede dar.
Entre estos nuevos medios de que hablamos, el primero que se ofrece a nuestra consideración es la presencia de Cristo mismo en nuestra tierra, no solamente como lo tenemos ahora en el misterio todo de fe, o en el sacramento de la Eucaristía (el cual sacramento o misterio, o sacrificio incruento, no faltará en aquellos tiempos), sino también en su propia presencia y majestad, como está ahora en los cielos.
Estos dos modos de la presencia real de Jesucristo, como diversísimos entre sí, los distinguen bastante bien los teólogos, a los que me remito.
Pues esta presencia real y personal de Jesucristo, como sumo Sacerdote, como Rey o Juez universal de toda nuestra tierra, y la presencia también de sus santos ya resucitados, como jueces o correinantes, no puede menos que producir grandes y maravillosos efectos en toda la tierra, y llenarla toda, como anuncia Isaías de la ciencia del Señor, así como las aguas del mar, que la cubren.
Es bien creíble y algo más que verosímil, que el benigno y humanísimo Rey (y a su ejemplo todos sus santos) se deje ver algunas veces de los viadores, ya en una, ya en otra parte de la tierra, ya de una persona, ya de muchas; y esto, o por visión corporal en su propia persona, o a lo menos, por aquella especie de visión no menos clara y cierta, que llaman los místicos imaginaria, como aun ahora lo ha hecho tantas veces, según nos dicen las historias fidedignas de muchísimos santas.
Estas apariciones, o del uno o del otro modo, parece que serán mucho más frecuentes en aquellos tiempos. La experiencia de lo que sucedió en todo el tiempo que el Señor estuvo en nuestra tierra después de resucitado, nos enseña bien, y nos da a conocer su carácter propio y natural, que no puede jamás mudar.
En aquellos cuarenta días apareció muchas veces ya a uno solo, ya a dos, ya a los once Apóstoles, ya también como añade S. Pablo, después fue visto por más de quinientos hermanos estando juntos, etc.
De los santos que resucitaron entonces con Cristo nos dice S. Mateo, que después de su resurrección aparecieron a muchos (estas son sus palabras): saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos. No dice el evangelista que esto sucedió en el mismo día, o mañana de la resurrección de Cristo, y sólo en aquel día (como se han figurado tantos doctores, especialmente aquellos que les dan a estos santos resucitados la injusta y cruel sentencia de segunda muerte); sólo dice simplemente que estas apariciones sucedieron después de la resurrección de Cristo;
por las cuales palabras nos deja libres todos los cuarenta días, en todos los cuales o en muchos de ellos pudieron haber sucedido; así como sucedieron las apariciones del mismo Cristo, apareciéndoseles por cuarenta días.
Esta reflexión no es inútil, sino bien importante, contra los doctores de que acabamos de hablar, que hacen morir segunda vez a estos santos en la misma mañana de su resurrección. Mas sea de esto lo que fuere, Jesucristo y sus santos que han de venir con él, ¿serán en el siglo venturo, cuando vuelvan del cielo a la tierra, menos humanos, menos benignos, menos caritativos de lo que fueron aquel poco tiempo que estuvieron en nuestra tierra, antes de subir a los cielos?
El segundo medio, aunque negativo, no por eso será menos conducente: quiero decir, la ausencia del dragón, que se llama diablo y Satanás, que engaña a todo el mundo; el cual en aquellos tiempos estará bien asegurado en el abismo, atado estrechamente con una grande y fortísima cadena proporcionada a su naturaleza; cerrada y sellada la puerta de su cárcel para que no engañe más a las gentes, hasta que sean cumplidos los mil años.
El cual misterio se lee también en el cap. XXIV, de Isaías ver. 21, como observamos en otra parte. El gran bien que debe resultar a toda la tierra de la falta total de este enemigo, no necesita de gran ponderación: basta considerar los infinitos males que ha hecho siempre en el mísero linaje de Adán, desde el principio del mundo hasta hoy, los que hace al presente, y los que todavía debe hacer según las Escrituras, hasta la venida del Señor; porque el diablo desde el principio peca.
Juntamente con el dragón y sus ángeles faltarán del todo en la nueva tierra los que llama la Escritura pseudo-profetas: por los cuales se entiende bien toda suerte de falsos maestros, de seductores, de hipócritas iniquísimos, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, y dentro son lobos robadores.
Estos han sido en todos tiempos los principales instrumentos, o los ministros tenebrosos de la potestad de las tinieblas. Estos han hecho a su príncipe conquistas admirables, que sólo después de vistas, se ha podido creer que eran posibles. Estos han hecho, hacen y harán en adelante, hasta la siega, daños lamentables e irreparables así como está escrito, pues estos son, y no otros los que Jesucristo llama zizaña. Pues estos sin quedar sobre la tierra uno solo, juntamente con su príncipe y con toda suerte de ídolos (bajo cuyo nombre se comprende bien toda suerte de falsas religiones) faltarán absolutamente en aquellos tiempos (así como está escrito): Y será en aquel día, dice el Señor de los ejércitos: Borraré de la tierra los nombres de los ídolos, y no se nombrarán más: y exterminaré de la tierra los falsos profetas, y el espíritu impuro (Zac. 13, 2). Esta promesa de Dios, ¿se ha verificado jamás? ¿Cuándo? Si jamás se ha verificado, ¿no deberá llegar algún tiempo en que se verifique plenísimamente? Este tiempo, ¿podrá ser, según las Escrituras, antes de la vendimia, o de la mies, o de la consumación del siglo?
§2º Desde el principio del mundo hasta el día presente, así como no se ha visto jamás una justicia universal en todo nuestro orbe, así no se ha podido ver una paz universal; estas dos cosas parecen absolutamente inseparables, como que dependen mutuamente la una de la otra; o las dos han de vivir en el mismo orbe, como dos buenas hermanas en la misma casa, o las dos han de faltar del todo, porque es imposible viva la una sin la otra. Aun entre los dos primeros hermanos que hubo en el mundo, no pudo conservarse la paz, porque el uno era justo y el otro no; y rota la paz, se debió ver luego la injusticia.
Este es, pues, el tercer medio que tiene Dios reservado en sus tesoros, para la justicia universal de la nueva tierra; esto es, la paz universal.
Esta paz universal, según las expresiones de la Escritura santa, debe ser como la basa, y como la ley primaria y fundamental del reinado de Cristo. Así se halla anunciada, y prometida para aquellos tiempos, no menos que la justicia universal: la justicia y la paz se besaron; o como lee la versión arábiga: se vieron cara a cara, y se anuncia en el salmo XXXIV, el cual leído con mediana atención se halla todo entero, desde la primera a la última palabra inacomodable a otros tiempos fuera de los tiempos futuros, o del orbe futuro, del que se habla.
En el salmo XIV, se ve la misma idea: Venid (dice), y ved las obras del Señor, las maravillas que puso sobre la tierra: Que aparta las guerras hasta la extremidad de la tierra. Hará trizas el arco, y quebrará las armas: y quemará al fuego los escudos. Lo mismo en el salmo LXXV: Y está hecho su asiento en la paz, y su morada en Sión. Allí quebró las fuerzas de los arcos, el escudo, la espada, y la guerra. Sígase hasta el fin la consideración de este breve salmo, y se entiende al punto así lo que anuncia, como los tiempos de que habla.
En Isaías se dice del Mesías indubitablemente para su segunda venida (pues en la primera ni ha sucedido, ni ha podido suceder según las mismas predicciones), que juzgará a las naciones, y convencerá a muchos pueblos; y de sus espadas forjarán arados, y de sus lanzas hoces: no alzará la espada una nación contra otra nación, ni se ensayarán más para la guerra. Y en el cap. IX, ver. 6 dice: será llamado su nombre… Príncipe de paz. Se extenderá su imperio, y la paz no tendrá fin (o término): se sentará sobre el solio de David, etc.
En Miqueas: Juzgará entre muchos pueblos, y castigará a naciones poderosas hasta lejos: y convertirán sus espadas en rejas de arados, y sus lanzas en azadones: no empuñará espada gente contra gente; ni se ensayarán más para hacer guerra. Y cada uno se sentará debajo de su vid, y debajo de su higuera, y no habrá quien cause temor: pues lo ha pronunciado por su boca el Señor de los ejércitos.
Querer ya dar por verificadas todas estas cosas, en la primera venida del Mesías, o en la Iglesia presente, aun después de haber visto todo lo contrario en todos los diez y ocho siglos que nos han precedido, parece lo sumo a que puede llegar el despotismo y la violencia, o diremos mejor: el miedo o pavor del fantasma milenario.
De este asunto tratamos difusamente en todo el fenómeno décimo, al cual nada ocurre por ahora que añadir ni quitar. Examínese este con mayor atención.
El cuarto medio conducentísimo para la unidad de fe, de costumbres, de unión y fraterna caridad entre todas las gentes y familias de la tierra, será sin duda la uniformidad en el idioma o en la lengua: esta será entonces una sola en todo nuestro orbe, al que restituirá Dios la lengua primitiva que se habló desde Adán hasta Noé, o la que se habló desde Noé hasta la época de la confusión o multiplicación de lenguas, que sucedió en la construcción de la torre de Babel, cuando todavía era la tierra de un solo lenguaje, y de unas mismas palabras… Y por esto fue llamado su nombre Babel, porque allí fue confundido el lenguaje de toda la tierra; y desde allí los esparció el Señor sobre la faz de todas las regiones.
Pues esta confusión o esta innumerable multitud y diversidad de lenguas, que hasta ahora divide y separa unas gentes de otras, como si no fuesen todas hijas de un mismo padre y de una misma madre, esta digo, cesará del todo, se acabará, se aniquilará, y no habrá memoria de ella en el siglo venturo; quedando solamente una, elegida del sumo Rey, que en breve hablarán expeditamente todas las reliquias de todos los pueblos, tribus y lenguas, y consiguientemente toda su posteridad o descendencia.
Es ciertísimo que esta noticia no se halla clara y expresa, sino solamente en un Profeta, que es Sofonías: mas esto, ¿qué importa?
¿Será menos cierto lo que el Espíritu Santo habló por un Profeta, que lo que habló por muchos? ¿Será menos cierta la venida de los magos a Belén y la muerte cruelísima de los inocentes, porque un solo evangelista refiere este suceso? Ved aquí, pues, el testo todo entero de Sofonías, por el cual parece indubitable, así la promesa de Dios, como los tiempos de que habla:
Por tanto espérame, dice el Señor, en el día venidero de mi resurrección (o, como leen conocidamente mejor Pagnini y Vatablo, para el día que yo me levantaré para despojar) porque mi sentencia es recoger las naciones, y reunir los reinos: y derramaré sobre ellos mi indignación, toda la ira de mi furor: porque con el fuego de mi celo será devorada toda la tierra. Porque entonces daré a los pueblos labio escogido, para que todos invoquen el nombre del Señor, y le sirvan con un solo hombro (o bajo un yugo, como leen los LXX, o con un solo ascenso, como lee Pagnini) tres modos de explicar una misma cosa.
Decís aquí, aunque confusa y oscurísimamente, que toda esta profecía se puede bien acomodar a la vocación de las gentes que sucedió después de la resurrección de Cristo; pues hacia los principios de esta gran época cuando apenas habían pasado cuarenta años, congregó Dios contra los Judíos las gentes y los reinos: esto es, las legiones romanas, con Vespasiano y Tito, y derramó sobre ellos: esto es, sobre los Judíos, no sobre las gentes y reinos, su indignación, toda la ira de su furor: porque con el fuego de su celo será devorada toda la tierra: esto es, toda la tierra de Judea, etc. Ahora, en esta inteligencia violentísima ¿qué sentido pueden admitir aquellas palabras del mismo contexto: daré a los pueblos labio escogido, para que todos invoquen el nombre del Señor, y le sirvan con un solo hombro?
A esta pregunta bien incómoda, respondéis, lo primero: que el verdadero sentido de estas palabras puede ser este: en el día de mi resurrección, o desde este día para adelante yo volveré a los pueblos, o les daré (¡oh Cristófilo! ¿Es lo mismo dar que volver? ¿Es lo mismo dar que restituir? Del verbo reddo dice y prueba Faciolati que propiamente significa restituir lo que se había tomado o quitado) un labio electo: esto es, puro y santo, para que todos invoquen unánimemente el nombre del verdadero Dios, lo sirvan, lo alaben, y lo magnifiquen; y esto cada uno en su propia lengua.
Óptimamente; mas yo veo que vos mismo no quedáis satisfecho de esta inteligencia, pues inmediatamente añadís otra, la cual debe suplir los defectos de la primera. Por tanto respondéis inmediatamente lo segundo: que este labio electo, o lengua o idioma, se verificará plenamente allá en el cielo empíreo, después de la resurrección universal, pues en aquel país felicísimo todos los pueblos, o todos los individuos de toda tribu, y pueblo, y lengua, y nación que entraren en él, hablarán enteramente una misma lengua: esto es, la electa, o la que dio Dios en el Paraíso a nuestros primeros padres.
El Tirino (autor sapientísimo) añade sobre este lugar cuatro palabras, las cuales aunque las deja sueltas, solas y como aisladas, sin explicarse mucho ni poco; no obstante, se conoce por ellas mismas, aunque en medio de su oscuridad, que penetró bien, o a lo menos sospechó vehementemente todo este misterio; pues confiesa expresamente que este labio electo, o esta lengua universal en toda la tierra, se verificará plenamente antes de acabarse el mundo.
Sus palabras son estas: Mas hacia el fin del mundo se perfeccionará completamente (el idioma) en la general conversión a Cristo de todos los Judíos.
Lo que este sabio dice y confiesa con tanta brevedad y oscuridad (pues en su sistema no podía explicarse más), esto mismo en sustancia es lo que yo digo, sin otra diferencia que poner después del fin del siglo el mismo suceso que él pretende poner sin razón alguna hacia el fin del mundo.
Leed, o Cristófilo, seguidamente el texto sagrado, y proseguid leyendo hasta el fin del capítulo. No hallaréis en él otra idea, que la vocación futura de todo Israel, y juntamente con este gran suceso, anunciado en casi todas las Escrituras, hallaréis también el fin de esta tierra presente, o lo que es lo mismo, el fin del día de los hombres, que el Señor llama tantas veces la consumación del siglo, y luego después de este día, el día del Señor, el siglo venturo, el reino de Dios, o la tierra nueva y nuevo cielo, que esperamos según sus promesas… en los que mora la justicia: para cuya justicia, paz, caridad, y uniformidad en la misma fe, en el mismo culto, en las mismas leyes y costumbres, etc., deberá servir y ayudar infinitamente la uniformidad de la lengua en todos los pueblos, tribus y familias de toda la tierra.
Nos queda que considerar otro medio propio y peculiar de aquellos tiempos, el cual, o se mire en sí mismo, o también y mucho más en las circunstancias que lo deben acompañar, parece de suma importancia, y por tanto pide una observación particular, o un capítulo separado.
Capítulo XII
Confluencia de todas las gentes de todo el orbe
hacia un centro común
§1º Llegado finalmente el reino de Dios a nuestra tierra; renovada esta enteramente en lo físico y en lo moral; relegado, encarcelado, y encadenado en el abismo el tentador, que engaña a todo el mundo para que no engañe más a las gentes; convertidas a Cristo las reliquias de las gentes; instruidas, pacificadas, bautizadas las que no lo eran; santificadas todas por la sangre de su cruz (o del modo bien fácil e inteligible que insinuamos ya, o de otro modo igualmente bueno o mejor, sobre lo que no disputamos) para conservar en estas reliquias y en toda su posteridad por muchos siglos una fe pura, una inocencia de costumbres, una devoción, un fervor muy semejante al de nuestros padres Abrahán, Isaac, y Jacob, uno de los medios más eficaces, parece que será, según las Escrituras, la peregrinación a Jerusalén, entonces centro de unidad de toda la tierra.
De esta peregrinación a la futura Jerusalén (viadora) hablan muchas veces los Profetas y Salmos, como de una cosa frecuentísima en aquellos tiempos, o como de una ley general e indispensable para todos los pueblos de la tierra.
Ved aquí algunos lugares de los más claros, sobre los cuales después de bien considerados, podréis hacer las más serias reflexiones; como también sobre la inteligencia puramente acomodaticia y conocidamente violentísima que se les pretende dar en el sistema vulgar:
En los últimos días (se lee en Isaías II, 2-3) estará preparado el monte de la casa del Señor en la cumbre de los montes, y se elevará sobre los collados, y correrán a él todas las gentes. E irán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte del Señor, y a la casa del Dios de Jacob, y nos enseñará sus caminos, y andaremos en sus senderos: porque de Sión saldrá la ley, y la palabra del Señor de Jerusalén, etc.
Lo mismo se lee en Miqueas cap. IV, y lo mismo en el Salmo LXXI todo entero, y en el LXIV y LXV, etc.
En el mismo Isaías cap. LX, le anuncia a Jerusalén evidentemente futura, entre otras cosas, esta: Entonces verás, y te enriquecerás, y tu corazón se maravillará y ensanchará, cuando se convirtiere a ti la muchedumbre del mar, y la fortaleza de las naciones viniere a ti: Inundación de camellos te cubrirá.
Y en el cap. XLIX se le había anunciado ver. 21: dirás en tu corazón: ¿Quién me engendró estos? yo estéril, y sin parir, echada de mi patria, y cautiva; ¿y estos quién los crió? yo desamparada y sola: ¿y estos en dónde estaban?
Y en el ver. 18: vivo yo, dice el Señor, que de todos estos serás vestida como de vestidura de honra, y te los rodearás como una esposa. Porque tus desiertos, y tus soledades, y la tierra de tu ruina, ahora serán angostos para los muchos moradores, y serán echados lejos los que te sorbían.
Todo lo cual observamos difusamente en el fenómeno V, aspecto tercero.
En Tobías, cap. XIII, ver. 13, se le dice a la misma Jerusalén: Brillarás con luz resplandeciente: y todos los términos de la tierra te adorarán. Vendrán a ti las naciones de lejos: y trayendo dones, adorarán en ti al Señor, y tendrán tu tierra por santuario. Porque dentro de ti invocarán el grande nombre….
Finalmente, por abreviar, en Zacarías (cap. VIII, ver. 20) se dice: Hasta que vengan los pueblos, y moren en muchas ciudades (o como leen los LXX, y con poca diferencia Paganini, y Vatablo de un modo más claro y más inteligible: hasta ahora vendrán muchos pueblos, y los habitantes de muchas ciudades): y vayan los moradores cada uno diciendo al otro: Vamos a orar, y oremos en la presencia del Señor, y busquemos al Señor de los ejércitos: iré yo también. Y vendrán muchos pueblos, y gentes fuertes a buscar al Señor de los ejércitos en Jerusalén, y a orar en la presencia del Señor. Esto dice el Señor de los ejércitos: En aquellos días, en que diez hombres de todas las lenguas de las gentes tomarán a un Judío, y le asirán de la franja de su ropa, y le dirán: Iremos con vosotros: porque hemos oído que Dios está con vosotros.
Y en el cap. XIV acabada de anunciar la consumación y ruina total de nuestro siglo o tierra presente, anuncia luego inmediatamente no sólo que quedarán reliquias de todas las gentes, sino también lo que estas reliquias y su descendencia deberán hacer en el siglo venturo: todos los que quedaren de todas las gentes que vinieron contra Jerusalén (o, todo el residuo de todas las gentes, como lee Pagnini; o cualesquiera que hubieren sido dejados de todas las naciones, como leen los LXX), subirán de año en año a adorar al Rey, que es el Señor de los ejércitos, y a celebrar la fiesta de los tabernáculos, etc.
Por esta última profecía leída y considerada hasta el fin del capítulo, y por tantas otras, parece algo más que verosímil, que esta confluencia de todas las reliquias de las gentes a Jerusalén, será libre a todos los individuos, que quisieren ir por su devoción; mas será también obligatoria y como una ley fundamental a todos los pueblos, o tribus, o reinos, de presentarse cada año en Jerusalén, por medio de algunos diputados, para que estos adoren en nombre de toda la nación al supremo Rey, le protesten su vasallaje, y reciban sus órdenes particulares por medio de sus legítimos ministros.
Así a los unos como a los otros les será en aquellos tiempos facilísimo el viaje a Jerusalén: ya porque la tierra nueva y nuevo cielo quedarán en mejor disposición y en mejor temperamento de lo que ahora están, ya porque ni por mar ni por tierra hallarán embarazo alguno; pues ya no habrá en todo el orbe ni piratas, ni ladrones, ni milicias extranjeras que impidan el paso; ya también porque la mutua caridad y hospitalidad entre todas las gentes estará entonces en toda su perfección, principalmente en Jerusalén y en Judá, en donde, como añade el mismo Zacarías, todas las ollas o calderos serán santificados al Señor: esto es, destinados a la hospitalidad, o comunes para todos los forasteros: toda caldera en Jerusalén y en Judá será santificada al Señor… y no habrá más mercader en la casa del Señor de los ejércitos en aquel día.
Este será a mi parecer uno de los fines y frutos de los sacrificios de animales; los cuales después de ofrecidos al Señor servirán para el sustento necesario de tantos peregrinos. En cierta ocasión dijo el Señor: Compasión tengo de estas gentes: porque tres días ha que están conmigo, y no tienen qué comer: Y si los enviare en ayunas a su casa, desfallecerán en el camino: pues algunos de ellos han venido de lejos. Y no habiendo entonces otra esperanza por medios ordinarios, les puso, no obstante, la mesa en el desierto con un gran milagro. ¿Será entonces menos misericordioso y próvido en aquel día Jesucristo ayer y hoy: él mismo también en los siglos?
§2º Estas peregrinaciones de las gentes a Jerusalén, o adorar al Rey que es el Señor de los ejércitos, no serán entonces estériles o de poco fruto, como lo han sido siempre, por la mayor y máxima parte, las peregrinaciones de ahora, de las cuales dice no sin gran razón el venerable Tomás de Kempis: los que andan en tierras extrañas, rara vez o nunca se santifican. El fruto en aquel siglo feliz deberá ser tan grande, cuanto lo serán las cosas nuevas y estupendas de que serán testigos oculares. ¿Qué cosas serán estas?
¡Oh Cristófilo mío! Serán sin duda muchísimas que no están escritas en la Biblia sagrada, y que el Espíritu Santo deja a nuestra consideración; mas fuera de estas serán en primer lugar aquellas pocas que están escritas, y que no hay necesidad alguna de quitarles su propio sentido obvio y literal: entre estas yo sólo considero tres principales y bien notables, de las cuales se pueden inferir otras muchas.
PRIMERA
Verán a lo menos alguna vez estos santos peregrinos la persona misma infinitamente amable y admirable del Hombre Dios, o de un modo llano y familiar, como lo vieron los Apóstoles después de resucitado, o en toda su gloria y majestad como en el Tabor.
Esto suenan obvia y naturalmente las vivas expresiones de los Profetas (examinemos algunas): se descubrirá la gloria del Señor, y verá toda carne al mismo tiempo, lo que habló la boca del Señor (o como leen los LXX, toda carne verá el salvador de Dios, porque el Señor habló): Verán las gentes a su justo, y todos los reyes a su ínclito. Será visto el Dios de los dioses en Sión… Vieron lodos los pueblos su gloria… Vieron todos los términos de la tierra al salvador del Dios nuestro, etc.
SEGUNDA
Verán y experimentarán por sí mismos la santidad de Jerusalén y de todos sus habitadores, con quienes hablarán en una misma lengua, de quienes recibirán toda suerte de obsequios, con sencillez de corazón; y en quienes no verán otra cosa universalmente sino óptimos ejemplos, infinitamente más eficaces para persuadir que todas las palabras.
De esta santidad de Jerusalén futura hemos hablado ya en varias partes, especialmente en el capítulo VIII y no hay que repetirlo aquí. Estos devotísimos peregrinos de todas las naciones o pueblos de la tierra nueva, parece que son aquellos mismos con quienes se habla en el capítulo último de Isaías, ver. 10. Alegraos con Jerusalén, y regocijaos con ella todos los que la amáis: gozaos con ella de gozo todos los que lloráis sobre ella (por ahora), para que maméis, y seáis llenos de la teta de su consolación: para que chupéis, y abundéis en delicias de toda su gloria. Porque esto dice el Señor: He aquí que yo derivaré sobre ella como río de paz, etc.
En el templo mismo donde entrarán frecuentemente como en casa de oración, pues como se lee en Isaías: mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos, verán lo que anuncia Ezequiel para su nuevo templo: miré, y he aquí que la gloria del Señor henchía la casa del Señor: y me postré sobre mi rostro. Verán lo que se anuncia en los escritos del profeta Jeremías… aparecerá la majestad del Señor, y habrá nube, como se manifestaba a Moisés, y así como apareció a Salomón, cuando pidió que el templo fuese santificado para el grande Dios. Entonces se entenderá bien, pues se verá perfectamente cumplida la célebre profecía de Ageo, cuya explicación ha sido siempre bien incómoda.
Aún falta un poco (o como lee S. Pablo con los LXX en la Epístola a los Hebreos, XII, ver. 26: aún una vez…) yo conmoveré el cielo, y la tierra, y la mar, y todo el universo. Y moveré todas las gentes: Y Vendrá EL DESEADO de todas las gentes: y henchiré esta casa de gloria… Mía es la plata, y mío es el oro… Grande será la gloria de esta última casa, más que la de la primera… y en este lugar daré yo la paz…
Decís aquí que todo esto se verificó literalmente en aquel segundo que edificaron los que vinieron de Babilonia, pues en él se dejó ver muchas veces el Mesías mismo, y allí predicó, habló, enseñó, etc.
A lo cual respondo en breve, que no tenéis razón: lo primero, porque aquel templo aunque fue el segundo, no fue el novísimo o el último, ni le puede competer este nombre con propiedad; contra esta idea universalmente recibida en el sistema vulgar, clama a grandes voces la verdad de las Escrituras; las cuales prometen para lo futuro otro templo infinitamente mejor, así en lo material como en lo formal.
Lo segundo: porque en aquel segundo templo, en todos los 500 años que duró, no se cumplió aquella promesa del Señor: en este lugar daré yo la paz.
Lo tercero: porque la gloria de aquel segundo templo no fue mayor, ni aun siquiera igual a la del primero que edificó Salomón; vos mismo lo confesáis así en otras partes; pues es innegable, según toda la historia sagrada.
Si leemos el libro de Nehemías y los dos de los Macabeos, hallamos todo lo contrario. Si leemos los evangelios hallamos aquel segundo templo en tanta profanación y tanta ignominia, que el Mesías mismo entrando en él se sintió abrasado del celo de la casa del Señor: Y haciendo de cuerdas como un azote, los echó a todos del templo, y las ovejas, y los bueyes, y arrojó por tierra el dinero de los cambistas, y derribó las mesas. Y dijo a los que vendían las palomas: Quitad esto de aquí, y la casa de mi Padre no la hagáis casa de tráfico, etc.
Confrontad ahora, como de paso, este suceso con aquellas últimas palabras de la profecía de Zacarías: no habrá más mercader en la casa del Señor de los ejércitos en aquel día; y hecha esta confrontación en juicio y en justicia, juzgad con buena crítica.
Mas, o sea en el templo o fuera de él, en toda la gran Jerusalén y en sus confines, verán estos dichosos pasajeros y gozarán de cerca de aquel magnífico convite, que se anuncia y promete a todos los pueblos en el cap. XXV de Isaías: el Señor de los ejércitos hará a todos los pueblos en este monte convite de manjares mantecosos, convite de vendimia, de manjares mantecosos con tuétanos, de vino sin heces. Expresiones y semejanzas vivísimas, que prueban mucho, y dicen más de lo que podemos ahora imaginar. Con razón decía el Santo Tobías: Bienaventurado seré, si quedaren reliquias de mi linaje para ver la claridad de Jerusalén… por sus barrios se cantará Aleluya. Bendito el Señor, que la ha ensalzado, y sea su reino en ella por los siglos de los siglos. Amen.
No es inverosímil, que vean por de fuera la ciudad santa bajada del cielo; y si acaso esta se les oculta, como yo sospecho, por estar cubierta por de fuera de alguna nube, de un modo semejante a lo que sucedió antiguamente en el monte Sinaí, que vean a lo menos esta nube, y entre ella algunas señales externas y nada equívocas de la santidad y gloria inefable de aquel lugar.
Jesucristo dijo una vez a algunos de sus discípulos, presente Nicodemus: veréis el cielo abierto, y los ángeles de Dios subir, y descender sobre el Hijo del Hombre. Esta promesa visiblemente alusiva a la escala de Jacob, y que no consta haberse verificado jamás ¿no podrá verificarse plenísimamente en aquellos tiempos?
§3º
Finalmente, para radicar más profundamente en todas las gentes, tribus, y familias de todo el orbe, un santo y religioso temor de Dios, que es el principio de la verdadera sabiduría y de todos los bienes, deberán todos los diputados, antes de volver a sus respectivos países, bajar también al infierno, y ver por sus propios ojos esta horrible visión.
¿Bajar al infierno? Sí, Cristófilo, deberán bajar personalmente al infierno. No penséis por esto, que habrán de bajar al centro de la tierra, o según la expresión de S. Pablo a los lugares más bajos de la tierra: el infierno de que hablo estará entonces bien visible, aun con los ojos materiales, sobre la superficie de la tierra. El texto de Isaías, con que pone fin a toda su profecía (fuera de lo que ya queda observado en la cuestión 7, cap. VII, que sería bien tenerlo aquí presente), este texto, digo, de Isaías, no admite otra inteligencia por más que se busque o se desee.
En él vuelve a tocar la nueva tierra y nuevo cielo, de que habló difusamente en el capítulo antecedente: y enderezando la palabra primeramente a las reliquias de Israel, les vuelve a asegurar de parte de Dios todo cuanto está escrito en su favor, y todo cuanto él mismo les ha anunciado en toda su larga profecía: Porque como los cielos nuevos y la tierra nueva, que yo hago subsistir delante de mí, dice el Señor: así subsistirá vuestra posteridad, y vuestro nombre.
Atended ahora y considerad lo que se sigue inmediatamente: Vendrá toda carne para adorar ante mi rostro, dice el Señor. Y saldrán, y verán los cadáveres de los hombres, que prevaricaron contra mí: el gusano de ellos no morirá, y el fuego de ellos no se apagará; y serán hasta hartura de vista a toda carne.
Por estas palabras parece claro: lo primero, la peregrinación de todas las gentes a Jerusalén. No digo yo de todos los individuos, que esto parece no sólo moral sino físicamente imposible; sino de todas las gentes por medio de algunos enviados de cada gente, o país, o reino, fuera de los que quisieren o pudieren ir por su propia devoción o curiosidad, que no dejarán de ser innumerables: vendrá toda carne para adorar ante mi rostro.
Lo segundo: la visión horrible del infierno y de sus condenados de que vamos hablando: y serán hasta hartura de vista a toda carne.
Lo tercero: que el lugar donde estarán encarcelados estos insignes delincuentes resucitados entonces para oprobrio, no estará distante, sino muy vecino a Jerusalén. Esto suenan obvia y naturalmente aquellas palabras: saldrán, y verán.
Yo sospecho vehementemente por otro lugar del mismo Isaías, que esta horrible cárcel no será otra cosa que el valle sombrío de Tofét, vecino a Jerusalén y contiguo al valle de Cedrón. Este valle de Tofét fue bien célebre en otros tiempos, por los horrores que allí se ejecutaron y que tanto deshonraron al pueblo de Dios: esto es, que los padres y madres sacrificaban sus propios hijos párvulos de un modo cruelísimo al ídolo de Moloc.
Dice Tirino citando al Abulense y a S. Jerónimo: que en unas estatuas huecas de metal hechas ascua por el fuego que las aplicaban, metían vivos a los niños los sacerdotes, cantando entre tanto en voz muy alta, y tocando con el mayor ruido varios instrumentos músicos, para impedir con este artificio que el clamor y llanto de aquellos miserables infantes fuese oído de sus padres y parientes, a quienes persuadían, que por medio de esta muerte, pasaban aquellos niños a mejor vida. Este Tofét e infernal carnicería estaba en Geennon o valle Ennon, que es parte del valle Cedrón: y del nombre Geennon se tomó la palabra latina Geenna, que significa el INFIERNO.
De este valle habla algunas veces Jeremías como de un lugar el más abominable del mundo, y parece que estas abominaciones se efectuaban ya desde los tiempos anteriores a David, pues de ellas habla en el Salmo CV, y que duraron hasta los tiempos del santo rey Josías; del cual dice la historia sagrada: Profanó asimismo a Tofét, que está en el valle del hijo de Ennom: para que ninguno consagrara su hijo o hija por el fuego a Moloch.
Pues de este valle dice Isaías estas palabras: Porque aparejado está Tofét desde ayer, aparejado por el Rey, profundo, y espacioso. Sus cebos, fuego y mucha leña: el aliento del Señor como torrente de azufre es el que lo enciende.
Para tomar a estas palabras todo su gusto, y conocer de qué suceso hablan y de qué tiempo, sería convenientísimo leer atentamente todo este capítulo XXX de Isaías; a lo menos desde el verso 18, desde donde se empieza a hablar manifiestamente de la conversión y estado futuro de los Judíos, y también de la venida gloriosa del Señor. Después de esto sería del mismo modo convenientísimo confrontar un texto con otro, esto es, el versículo último del capítulo XXX con los dos últimos versículos del capítulo LXVI del mismo Profeta, con que pone fin a toda su profecía.
Confrontad un lugar con otro, y considerado el contexto de ambos, se vería ya como con los ojos, que en el uno se anuncia la sustancia del suceso ciertamente futuro, y en el otro se señala el lugar. Cotéjense el verso último del capítulo XXX con el verso último del capítulo LXVI de dicho Profeta: vendrá toda carne para adorar ante mi rostro, dice el Señor. Y saldrán, y verán los cadáveres de los hombres, que prevaricaron contra mí: el gusano de ellos no morirá, y el fuego de ellos no se apagará; y serán hasta hartura de vista a toda carne.
Mas sea lo que fuere del lugar de esta cárcel o de este Geennon, o de esta Geenna, a
lo menos parece indubitable, que estos insignes, e infelicísimos delincuentes como resucitados únicamente para oprobrio, estarán en aquellos tiempos puestos a la vergüenza, o a la vista pública de toda carne; y que este horrendo espectáculo deberán ver con sus propios ojos todos los que fueren a Jerusalén, a adorar al Rey, que es el Señor de los ejércitos: para que se vea alguna vez patente en la superficie de nuestro globo la providencia y la justicia de Dios, y la infinita diferencia que hay entre el justo y el injusto: y entre el que sirve a Dios, y el que no le sirve.
Del mismo modo parece indubitable, que esta horrible visión hará temblar a toda carne, produciendo en todos cuantos la vieren y en cuantos la oyeren de estos testigos oculares, todos aquellos efectos saludables, que produce siempre el religioso y verdadero temor de Dios.
Con la memoria e imagen viva de esta horrible visión (bien difícil de borrarse del todo) y con la memoria e imágenes igualmente vivas de todo cuanto habrán visto y oído en Jerusalén, según apuntamos antes, volverán estos religiosos peregrinos a sus respectivos países, eructando todos aquellos sentimientos y afectos saludables que el Espíritu Santo quiso que quedasen escritos en el Salmo CXLIV: La generación y generación alabarán tus obras, y publicarán tu poder. Hablarán la magnificencia de tu santa gloria, y contarán tus maravillas. Y dirán la virtud de tus cosas terribles, y contarán tu grandeza. Rebosarán la abundancia de tu suavidad, y saltarán de contento por tu justicia… La gloria de tu reino dirán, y de tu poder hablarán: Para hacer conocer a los hijos de los hombres tu poder, y la gloria de la magnificencia de tu reino.
¡Qué medio tan excelente y tan eficaz en sí mismo es esta peregrinación a Jerusalén, para conservar en toda su perfección la fe, el temor de Dios, la justicia, la paz y la inocencia en todos los habitadores de la tierra!
Mientras esta ley se observare, no hay que temer quiebra alguna de consideración, o de difícil remedio; no hay que temer, digo, ni herejías, ni cismas, ni apostasías, ni ninguno de aquellos grandes escándalos que han sido tan frecuentes en la Iglesia de Cristo desde su principio hasta la presente, y que deberán continuar sin interrupción hasta la siega.
Mas el gran trabajo es que la observancia de esta ley fundamental no será perpetua, según veremos a su tiempo.
Entre tanto nos es necesaria aquí, para llenar algunos vacíos, una especie de digresión.
Continuará con una segunda y última entrega…
