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LA EXALTACIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
Santo Tomás estudia el tema de la exaltación de Nuestro Señor Jesucristo.
Y lo divide de este modo:
Primero, de su resurrección.
Segundo, de su ascensión.
Tercero, de su asentamiento a la derecha del Padre.
Cuarto, de su poder judicial.
Nos detendremos en estos Especiales sobre el primer punto solamente.
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LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO
Santo Tomás plantea cuatro temas de reflexión:
Primero, sobre la propia resurrección de Cristo.
Segundo, sobre la cualidad del resucitado.
Tercero, sobre la manifestación de la resurrección.
Cuarto, sobre su causalidad.
LA RESURRECCIÓN EN SÍ MISMA
1º) Fue necesario que Cristo resucitase.
Así lo enseña Santo Tomás (III, q. 53, a. 1):
Fue necesario que Cristo resucitase por cinco motivos.
Primero, para recomendación de la justicia divina, que es la encargada de exaltar a los que se humillan por Dios, según aquellas palabras de Lc 1, 52: Derribó a los poderosos de su trono, y exaltó a los humildes. Así pues, al haberse humillado Cristo hasta la muerte de cruz, por caridad y por obediencia a Dios, era necesario que fuese exaltado por Dios hasta la resurrección gloriosa. Por lo que, en el Sal 138, 2, se dice de su persona: Tú conociste, esto es, aprobaste mi sentarme, es decir, mi humillación y mi pasión y mi resurrección, lo que equivale a mi glorificación por la resurrección, como lo expone la Glosa.
Segundo, para la instrucción de nuestra fe. Por su resurrección, efectivamente, fue confirmada nuestra fe en la divinidad de Cristo porque, como se dice en II Cor 13, 4, aunque fue crucificado por nuestra flaqueza, está sin embargo vivo por el poder de Dios. Y, por este motivo, se escribe en I Cor 15, 14: Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, y vana es nuestra fe.
Tercero, para levantar nuestra esperanza. Pues, al ver que Cristo resucita, siendo Él nuestra cabeza, esperamos que también nosotros resucitaremos. De donde, en I Cor 15, 12, se dice: Si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo algunos de entre vosotros dicen que no hay resurrección de los muertos? Y en Job 19, 25-27 se escribe: Yo sé, es claro que por la certeza de la fe, que mi Redentor, esto es, Cristo, vive, por resucitar de entre los muertos, y por eso resucitaré yo de la tierra en el último día; esta esperanza está asentada en mi interior.
Cuarto, para instrucción de la vida de los fieles, conforme a aquellas palabras de Rom 6, 4: Como Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Y debajo (v. 9-11): Cristo, al resucitar de entre los muertos, ya no muere; así, pensad que también vosotros estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios.
Quinto, para complemento de nuestra salvación. Porque, así como por este motivo soportó los males muriendo para librarnos de ellos, así también fue glorificado resucitando para llevarnos los bienes, según aquel pasaje de Rom 4, 25: Fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación.
La segunda objeción dice: Cualquiera que resucita es promovido a algo más alto, porque levantarse equivale a moverse hacia lo alto. Ahora bien, el cuerpo de Cristo, después de su muerte, permaneció unido a la divinidad, y de esta manera no pudo ser promovido a algo más alto. Luego no le competía resucitar.
Y Santo Tomás responde:
La divinidad estaba unida al cuerpo de Cristo, después de la muerte, con la unión personal, pero no con la unión de la naturaleza, a la manera en que el alma está unida al cuerpo como forma a fin de constituir la naturaleza humana. Y por eso, al estar el cuerpo unido al alma, fue promovido a un estado más alto de naturaleza; pero no a un estado más alto de la persona.
2º) Fue conveniente que Cristo resucitase al tercer día.
Santo Tomás razona la conveniencia de que Cristo resucitara a los tres días, o sea, después de permanecer en el sepulcro un plazo prudencial, no demasiado corto ni demasiado largo.
Porque si hubiera resucitado en seguida después de morir, hubieran creído algunos que no había muerto verdaderamente; y si su resurrección se hubiera diferido por mucho tiempo, no aparecería tan radiante su triunfo sobre la muerte. Fue convenientísimo, por tanto, que Cristo permaneciera en el sepulcro el tiempo necesario para evitar ambos inconvenientes, o sea, unos tres días, como leemos en el Evangelio.
Leamos lo enseñado por el Santo Doctor (III, q. 53, a. 2):
Como acabamos de decir, la resurrección de Cristo fue necesaria para instrucción de nuestra fe.
Y nuestra fe recae tanto en la divinidad como en la humanidad de Cristo, pues no basta creer una cosa sin la otra.
Y por eso, para confirmar la fe en su divinidad, convino que resucitase pronto, y que su resurrección no se aplazase hasta el fin del mundo; y para que se hiciese firme la fe en su humanidad y en su muerte, fue necesario que mediase un intervalo entre su muerte y su resurrección, pues si hubiese resucitado inmediatamente después de la muerte, podría dar la impresión de que ésta no fue real y, por consiguiente, tampoco la resurrección.
Pero para poner en claro la verdad de la muerte de Cristo bastaba con que su resurrección se difiriese hasta el tercer día, pues no acontece que en este espacio de tiempo dejen de aparecer algunas señales de vida en el hombre que, tenido por muerto, vive sin embargo.
Por la resurrección al tercer día se avalora la perfección del ternario, que es el número de todas las cosas, como que contiene el principio, el medio y el fin.
Místicamente muestra también que Cristo con su sola muerte, a saber, la corporal, que fue luz por su bondad, destruyó nuestras dos muertes, esto es, la del cuerpo y la del alma, que son tenebrosas por causa del pecado. Y, por ese motivo, permaneció muerto un día entero y dos noches.
Por eso también se da a entender que, con la resurrección de Cristo, comenzaba la tercera era. Pues la primera fue la anterior a la ley; la segunda, la de la ley; la tercera, la de la gracia.
Con la resurrección de Cristo empieza asimismo el tercer estado de los santos. Porque el primero tuvo lugar bajo las figuras de la ley; el segundo, en la verdad de la fe; el tercero se producirá en la eternidad de la gloria, a la que Cristo dio principio con su resurrección.
La primera objeción dice: Los miembros deben ser conformes con la cabeza. Ahora bien, nosotros, que somos miembros de Cristo, no resucitamos de la muerte al tercer día, sino que nuestra resurrección se aplaza hasta el fin del mundo. Luego parece que Cristo, por ser nuestra cabeza, no debió resucitar al tercer día, sino que su resurrección debió diferirse hasta el fin del mundo.
Y Santo Tomás responde:
La cabeza y los miembros son conformes en la naturaleza, pero no en el poder, pues el poder de la cabeza es superior al de los miembros. Y, por tal motivo, para demostrar la excelencia del poder de Cristo, fue conveniente que Él resucitase al tercer día, aplazándose la resurrección de los demás hasta el fin del mundo.
3º) Cristo es el primero de los resucitados.
El Apóstol San Pablo escribe en su Primera Epístola a los Corintios: «Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicias de los que mueren» (15, 20). Y en su Carta a los Colosenses añade: «Él es el principio, el primogénito de los muertos, para que en todo tenga la primacía» (1, 18).
Estos textos parecen indicar que Cristo fue el primero en resucitar de entre los muertos.
Pero, por otra parte, consta en la misma Sagrada Escritura que los Profetas Elías y Eliseo resucitaron algunos muertos, y Cristo resucitó otros tres antes de su Pasión.
Y a la muerte del mismo dice el Evangelio que «se abrieron los monumentos y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron» (Mt 27, 52).
¿Cómo se compaginan estos hechos con las afirmaciones de San Pablo?
La explicación la proporciona Santo Tomás (III, q. 53, a. 3):
La resurrección es la vuelta de la muerte a la vida.
Pero son dos los modos en que uno es arrancado de la muerte.
Uno, cuando esa liberación se limita a la muerte actual, de suerte que alguien comienza a vivir de cualquier manera, después de haber muerto.
Otro, cuando alguien es librado no sólo de la muerte sino también de la necesidad y, lo que es más, de la posibilidad de morir. Y ésta es la resurrección verdadera y perfecta.
Porque, mientras uno vive sujeto a la necesidad de morir, en cierto modo le domina la muerte, según aquellas palabras de Rom 8, 10: El cuerpo está muerto por causa del pecado.
Y lo que es posible que exista, existe de algún modo, esto es, potencialmente.
Y así resulta evidente que la resurrección que sólo libra a uno de la muerte actual, es una resurrección imperfecta.
Hablando, pues, de la resurrección perfecta, Cristo es el primero de los resucitados, porque, al resucitar, fue el primero de todos en llegar a la vida enteramente inmortal, conforme a aquellas palabras de Rom 6, 9: Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere.
Pero, con resurrección imperfecta, algunos resucitaron antes que Cristo, para demostrar de antemano, como una señal, la resurrección de Aquél.
Por lo tanto, la resurrección de los que resucitaron antes de Cristo no fue definitiva, sino provisional; todos ellos volvieron a morir y no volverán a resucitar hasta que se produzca la resurrección universal al fin del mundo. Cristo, en cambio, resucitó definitivamente y para siempre.
Sobre los que resucitaron con Cristo, Santo Tomás muestra que hay dos opiniones:
Algunos sostienen que volvieron a la vida como para no volver a morir, pues sería para ellos mayor tormento tener que volver a morir que no haber resucitado. Y en este sentido habría que entender, como escribe Jerónimo, el que no resucitaron antes de que resucitase el Señor. Por esto dice también el Evangelista que, saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de Él, vinieron a la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
Pero Agustín, al citar esta opinión, dice: Sé que algunos opinan que, en el momento de la muerte de Cristo el Señor, fue otorgada a los justos una resurrección de la misma clase que la que a nosotros se nos promete para el fin del mundo.
Pero, si no volvieron a morir, despojándose de sus cuerpos, habrá que ver el modo de entender cómo es Cristo el primogénito de los muertos, si le precedieron tantos en una resurrección de esa clase. Porque, si se responde que esto se dice por anticipación, de modo que se entienda que los sepulcros se abrieron a causa del terremoto acaecido mientras Cristo pendía de la cruz, pero que los cuerpos de los justos no resucitaron entonces, sino una vez que Él resucitó primero, todavía queda esta dificultad: ¿Cómo aseguró Pedro que había sido predicho, no de David sino de Cristo, que su carne no vería la corrupción, puesto que se conservaba entre ellos el sepulcro de David?
Y no los convencería, si el cuerpo de David ya no estaba allí, porque, aunque hubiese resucitado antes, apenas muerto, y su carne no hubiese experimentado la corrupción, se hubiera podido conservar su sepulcro. Por otra parte parece duro que David, de quien desciende Cristo, no figurase en aquella resurrección de los justos, en caso de que les hubiese sido otorgada la resurrección eterna.
Peligraría también lo que se dice de los antiguos justos, en la Carta a los Hebreos: para que sin nosotros no llegasen ellos a la perfección, en caso de que ya entonces hubiesen logrado la incorrupción de la resurrección que a nosotros se nos promete para perfeccionarnos al fin del mundo.
Así, pues, da la impresión de que Agustín piensa que resucitarían para volver a morir.
Y en esta línea parece que va también lo que dice Jerónimo: Como resucitó Lázaro, así también resucitaron muchos cuerpos de los Santos para manifestar al Señor resucitado.
Aunque, en un Sermón De Assumptione, lo deja en la duda.
No obstante, los argumentos de Agustín parecen mucho más poderosos.
4º) Cristo fue la causa de su resurrección.
En la Sagrada Escritura encontramos respecto de la causa eficiente de la resurrección de Cristo (o sea, quién fue el autor de la misma) afirmaciones que parecen contradictorias, pero cuya concordancia es muy fácil a base de unas sencillas distinciones.
En efecto, Cristo dice expresamente en el Evangelio:
«Nadie me quita la vida; soy yo quien la doy de mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volverla a tomar» (lo 10, 18).
Según esto, el autor de la resurrección de Cristo es el propio Cristo, que tiene poder para dar su vida y recuperarla cuando le plazca.
Pero los Apóstoles, hablando de la resurrección de Cristo, suelen decir que «le resucitó Dios» (Act 2, 24; 3, 15; 4, 10; Rom 8, 11).
¿Cómo se compagina la afirmación de los Apóstoles con la del propio Cristo? Con una sencilla distinción:
Cristo, en cuanto Dios, se resucitó a sí mismo en cuanto hombre.
Y como el poder de Cristo, en cuanto Dios, coincide exactamente con el poder del Padre y el del Espíritu Santo —puesto que el poder divino es común a las tres divinas Personas—, por eso los Apóstoles atribuyen a Dios, o al Espíritu (Rom 8, 11) la resurrección de Cristo.
Así lo enseña Santo Tomás (III, q. 53, a. 4):
Por la muerte no se separó la divinidad ni del alma de Cristo, ni de su cuerpo.
Así pues, tanto el alma de Cristo muerto como su cuerpo pueden considerarse de dos maneras:
Una, por razón de la divinidad.
Otra, por razón de su naturaleza creada.
Por consiguiente, de acuerdo con el poder de la divinidad, tanto el cuerpo reasumió el alma de la que se había separado, como reasumió el alma el cuerpo del que se había despojado.
Y esto es lo que se dice de Cristo en II Cor 13, 4, pues aunque fue crucificado por nuestra debilidad, vive, sin embargo, por el poder de Dios.
En cambio, si consideramos el cuerpo y el alma de Cristo muerto de acuerdo con el poder de la naturaleza creada, no pudieron volver a unirse el uno con el otro, sino que fue necesario que Dios resucitase a Cristo.
Las tres respuestas a las objeciones, redondean la cuestión:
El Padre y el Hijo tienen una misma virtud y operación divina. De donde se sigue esta doble realidad: Que Cristo fue resucitado por la virtud del Padre, y por la suya propia.
Cristo, orando, pidió y mereció su resurrección en cuanto hombre, pero no en cuanto Dios.
El cuerpo, según su naturaleza creada, no es más poderoso que el alma de Cristo; pero sí lo es conforme a su naturaleza divina. Y el alma, a su vez, en cuanto unida a la divinidad, es más poderosa que el cuerpo considerado según su naturaleza creada. Y por tanto, según el poder divino, el cuerpo y el alma se reasumieron mutuamente, pero no según el poder de la naturaleza creada.
***
CUALIDADES DE CRISTO RESUCITADO
Entre las cualidades del cuerpo de Cristo resucitado, Santo Tomás examina las cuatro más importantes:
Si era verdadero cuerpo.
Si era un cuerpo glorioso.
Si resucitó íntegramente.
Si conservó las cicatrices de su pasión.
1º) Cristo tuvo verdadero cuerpo después de la resurrección.
Santo Tomás lo enseña en un artículo muy hermoso (III, q. 54, a. 1):
Como escribe el Damasceno: Se dice que resucita aquello que ha caído.
Ahora bien, el cuerpo de Cristo cayó por causa de la muerte, es a saber, en cuanto de él se separó el alma, que era su perfección formal.
Por eso fue necesario que, para que la resurrección de Cristo fuese verdadera, el mismo cuerpo de Cristo se uniese otra vez a la misma alma.
Y, como la verdad de la naturaleza del cuerpo proviene de la forma, se sigue que el cuerpo de Cristo, después de la resurrección, fue verdadero cuerpo y tuvo la misma naturaleza que antes había tenido.
En cambio, si su cuerpo hubiera sido fantástico, su resurrección no hubiese sido verdadera sino aparente.
Las mismas objeciones y sus respuestas arrojan mucha luz sobre el tema:
1ª: El verdadero cuerpo no puede estar junto con otro cuerpo en el mismo lugar.
Pero el cuerpo de Cristo, después de la resurrección, estuvo junto con otro cuerpo en el mismo lugar, pues entró donde los discípulos, estando las puertas cerradas, como se dice en Jn 20, 26.
Luego parece que Cristo no tuvo verdadero cuerpo después de su resurrección.
Respuesta: Como enseñan algunos, el cuerpo de Cristo, después de la resurrección, no por un milagro sino por su condición gloriosa, entró donde los discípulos, cerradas las puertas, estando en el mismo lugar junto con otro cuerpo.
Pero si el cuerpo glorioso puede, por alguna propiedad suya, lograr existir en el mismo lugar junto con otro cuerpo, se investigara más adelante, al tratar de la resurrección común.
Para nuestro propósito basta por ahora decir que, no por la naturaleza del cuerpo sino más bien por el poder de la divinidad que le está unida, entró aquel cuerpo, a pesar de ser verdadero, donde los discípulos, cerradas las puertas.
Por lo que Agustín dice que algunos discutían este problema: Si era cuerpo, si resucitó del sepulcro el cuerpo que pendió en la cruz, ¿cómo pudo entrar a través de unas puertas cerradas? Y responde: Si comprendes el modo, deja de existir el milagro. Donde la razón desfallece, allí está la edificación de la fe. Asimismo escribe: Las puertas cerradas no se opusieron a la masa del cuerpo en que se hallaba la divinidad, pues por ellas pudo pasar aquel que, al nacer, conservó intacta la virginidad de su madre.
Y lo mismo dice Gregorio en una Homilía de la Octava de Pascua.
2ª: El verdadero cuerpo no desaparece de la vista de los que le miran, a no ser que, por casualidad, se corrompa.
Ahora bien, el cuerpo de Cristo desapareció de ante los ojos de los discípulos cuando le miraban, como se escribe en Lc 24, 31.
Luego parece que Cristo no tuvo verdadero cuerpo después de su resurrección.
Respuesta: Como se ha expuesto, Cristo resucitó a una vida gloriosa inmortal. Y es condición del cuerpo glorioso el ser espiritual, es decir, el estar sujeto al espíritu, como dice el Apóstol en I Cor 15, 44.
Pero para que el cuerpo esté totalmente sujeto al espíritu, es necesario que todas las acciones del cuerpo se sometan a la voluntad del espíritu.
Ahora bien, el que una cosa se vea, se consigue por la acción de lo visible sobre la vista, como es evidente por lo que dice el Filósofo, en II De anima.
Y, por consiguiente, quien tiene un cuerpo glorificado, cuenta con el poder de ser visto cuando quiere, y de no ser visto cuando no le place.
Y esto lo tuvo Cristo no sólo por la condición gloriosa de su cuerpo, sino también por el poder de la divinidad.
Esta puede hacer que incluso los cuerpos no gloriosos dejen de ser vistos por un milagro, como le fue concedido milagrosamente a San Bartolomé, de modo que si quería, era visto, y no lo era si no quería.
Se dice, pues, que Cristo desapareció de la vista de los discípulos, no porque se corrompiese o se desintegrase en algunos elementos invisibles, sino porque por su propia voluntad dejó de ser visto por ellos, hallándose presente, o porque se retiró de allí por la dote de agilidad.
3ª: Cada cuerpo tiene su propia figura.
Pero el cuerpo de Cristo se manifestó a los discípulos en otra figura, como es notorio por Mc 16, 12.
Luego parece que Cristo no tuvo verdadero cuerpo humano después de la resurrección.
Respuesta: Como explica Severiano, nadie piense que Cristo cambió la figura de su cara con la resurrección. Lo cual debe entenderse en cuanto a la contextura de sus miembros, porque en el cuerpo de Cristo, concebido del Espíritu Santo, no hubo nada desordenado y deforme que precisase ser corregido en la resurrección.
Sin embargo, en la resurrección recibió la gloria de la claridad.
Por lo cual añade el mismo autor: Pero se cambia su figura al hacerse, de mortal, inmortal, de modo que esto equivaliese a adquirir la gloria del rostro, no a perder la naturaleza del mismo.
Y sin embargo no apareció a los discípulos en forma gloriosa, sino que, como estaba en su mano el que su cuerpo fuese visto o no lo fuese, así estaba en su poder el que en los ojos de quienes lo veían se formase una forma gloriosa, o no gloriosa, o incluso mezclada, o de cualquier otra manera.
Al fin, basta una pequeña diferencia para que alguien dé la impresión de aparecer en una figura extraña.
2º) El cuerpo de Cristo resucitó glorioso.
Para probarlo invoca Santo Tomás tres razones principales (III, q. 54, a. 2):
El cuerpo de Cristo fue glorioso en su resurrección. Y esto déjase ver por tres motivos.
Primero, porque la resurrección de Cristo fue el ejemplar y la causa de nuestra resurrección, como se lee en I Cor 15, 12ss.
Y los santos, en su resurrección, tendrán cuerpos gloriosos, como se dice en el mismo pasaje (v. 43): Se siembra en vileza y se levantará en gloria.
De donde, por ser la causa superior a lo causado y el ejemplar a lo copiado, con mucha mayor razón fue glorioso el cuerpo de Cristo resucitado.
Segundo, porque mediante la humillación de la pasión mereció la gloria de la resurrección.
Por lo cual decía Él mismo en Jn 12, 27: Ahora mi alma está turbada, cosa que pertenece a la pasión; y luego añade (v. 28): Padre, glorifica tu nombre, con lo que pide la gloria de la resurrección.
Tercero, porque, como antes se dijo, el alma de Cristo fue gloriosa desde el principio de su concepción a causa de su perfecta fruición de la divinidad.
Pero, por una disposición divina, sucedió, como arriba queda expuesto, que la gloria no redundase del alma en el cuerpo, a fin de que con su pasión realizase el misterio de nuestra redención.
Y, por tanto, una vez cumplido el misterio de la pasión y la muerte de Cristo, su alma comunicó en seguida la gloria al cuerpo, reasumido en la resurrección.
Y, de este modo, aquel cuerpo se tornó glorioso.
Las tres objeciones son muy interesantes y permiten sabias respuestas:
1ª: Los cuerpos gloriosos son resplandecientes, según aquellas palabras de Mt 13, 43: Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre.
Pero los cuerpos resplandecientes son vistos por causa de la luz, no por razón del color.
Por consiguiente, habiendo sido visto el cuerpo de Cristo bajo la forma del color, como también era visto antes, da la impresión de que no fue glorioso.
Respuesta: Lo que se recibe en un sujeto, se recibe en conformidad con el modo de ser de quien lo recibe.
Por consiguiente, como la gloria del cuerpo se deriva del alma, el resplandor o la claridad del cuerpo glorioso es conforme al color natural del cuerpo humano, así como el cristal de diversos colores recibe el resplandor de la iluminación del sol en conformidad con el modo de ser de su propio color.
Así como está en manos del hombre glorificado el que su cuerpo se vea o deje de verse, como antes se ha dicho, así también está en su poder el que se vea o no se vea su claridad.
Por lo cual puede ser visto en su propio color sin claridad de ninguna clase.
Y éste es el modo en que Cristo se apareció a sus discípulos después de la resurrección.
2ª: El cuerpo glorioso es incorruptible.
Pero el cuerpo de Cristo parece no haber sido incorruptible, puesto que fue palpable, como Él mismo dice: Palpad y ved (Lc 24, 39).
Dice Gregorio, efectivamente, en una Homilía: Es necesario que se corrompa lo que se palpa, y no puede palparse lo que no se corrompe.
Luego el cuerpo de Cristo no fue glorioso.
Respuesta: Se afirma que un cuerpo es palpable, no sólo por razón de la resistencia, sino también por razón de su consistencia.
Pero a lo ralo y a lo denso siguen lo grave y lo leve, lo cálido y lo frío, y otras cualidades contrarias por el estilo, que son los principios de la corrupción de los cuerpos elementales.
De donde, el cuerpo que es palpable al tacto humano, es corruptible por naturaleza.
Mas si existe algún cuerpo resistente al tacto que no esté dispuesto conforme a las cualidades predichas, que son los objetos propios del tacto humano, como acontece con el cuerpo celeste, tal cuerpo no puede llamarse palpable.
Ahora bien, el cuerpo de Cristo, después de la resurrección, siguió compuesto de elementos, conservando en sí mismo las cualidades tangibles, de acuerdo con lo que requiere la naturaleza del cuerpo humano; y, por tal motivo, era naturalmente palpable.
Y, de no haber tenido algo que sobrepasase la naturaleza del cuerpo humano, hubiera sido incluso corruptible.
Pero tuvo alguna otra cosa que lo volvía incorruptible; no, por cierto, la naturaleza del cuerpo celeste, como algunos sostienen, sino la gloria que redunda del alma bienaventurada, porque, como dice Agustín, Dios hizo el alma de una naturaleza tan poderosa, que de su bienaventuranza plenísima redundase sobre el cuerpo la plenitud de la salud, es decir, la fuerza de la incorrupción.
Y por eso, como escribe Gregorio, en el pasaje aducido, el cuerpo de Cristo, después de la resurrección, muestra que era de la misma naturaleza, pero de distinta gloria.
3ª: El cuerpo glorioso no es animal sino espiritual, como es manifiesto por I Cor 15, 35ss.
Ahora bien, parece que el cuerpo de Cristo, después de la resurrección, fue animal, puesto que comió y bebió con los discípulos, como se lee en Lc 24, 41 ss y en Jn 21, 9ss.
Luego da la impresión de que el cuerpo de Cristo no fue glorioso.
Respuesta: Como escribe Agustín, Nuestro Salvador, después de la resurrección, ya en una carne espiritual sin duda, pero verdadera, comió y bebió con sus discípulos, no porque tuviese necesidad de alimentos, sino por el poder que para esto tenía.
Porque, como dice Beda, de una manera absorbe el agua la tierra sedienta, y de otra el rayo ardiente del sol; aquélla, por necesidad; éste, por su fuerza.
Comió, por consiguiente, después de la resurrección, no como si necesitase de comida, sino para demostrar de ese modo la naturaleza del cuerpo resucitado.
Y por esto no se sigue que su cuerpo fuese animal, que es el que necesita comida.
3º) El cuerpo de Cristo resucitó íntegro.
Este el argumento de Santo Tomás (III, q. 54, a. 3):
El cuerpo de Cristo resucitado tuvo la misma naturaleza, pero una gloria distinta.
Por lo que, cuanto pertenece a la naturaleza del cuerpo humano, estuvo íntegramente en el cuerpo de Cristo resucitado.
Pero es evidente que a la naturaleza del cuerpo humano pertenecen las carnes, los huesos, la sangre y las demás cosas de este género.
Y, por este motivo, en el cuerpo de Cristo resucitado existieron todas estas cosas. Y, por cierto, íntegramente, sin ninguna disminución; de otra manera la resurrección no sería perfecta, en el caso de que no hubiera sido reintegrado todo lo que por la muerte había caído.
De donde también el Señor lo promete a sus fieles, diciendo, en Mt 10, 30: Todos los cabellos de vuestra cabeza están contados. Y en Lc 21, 18 está escrito: No perecerá un solo cabello de vuestra cabeza.
Decir, en cambio, que el cuerpo de Cristo no tuvo carne y huesos, y las demás partes naturales del cuerpo humano por el estilo, es propio del error de Eutiques, obispo de la ciudad de Constantinopla, quien sostenía que nuestro cuerpo, en la resurrección gloriosa, será impalpable, y más sutil que el viento y el aire; y que el Señor, una vez que confirmó los corazones de los discípulos que le habían palpado, lo convirtió en algo sutil.
Lo cual es condenado por Gregorio, porque el cuerpo de Cristo, después de la resurrección, no se cambió, conforme a las palabras de Rom 6, 9: Cristo, al resucitar de entre los muertos, ya no muere.
Por lo que también aquél, a la hora de la muerte, se retractó de lo que había dicho.
Pues si es inconveniente que Cristo, en su concepción, recibiese un cuerpo de otra naturaleza, por ejemplo celeste, como defendió Valentín, resulta mucho más incongruente que, en su resurrección, reasumiese un cuerpo de otra naturaleza, porque en la resurrección reasumió, para una vida inmortal, el cuerpo que, en su concepción, había tomado para una vida mortal.
4º) El cuerpo de Cristo debió resucitar con las cicatrices de su Pasión.
Que Cristo conservó en su Cuerpo resucitado las cicatrices de su Pasión, consta expresamente en el Evangelio cuando le dijo al apóstol Tomás: «Alarga acá tu dedo, y mira mis manos, y tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel» (lo 20, 27).
Santo Tomás señala hermosamente las razones de conveniencia (III, q. 54, a 4):
Fue conveniente que el alma de Cristo reasumiese, a la hora de la resurrección, el cuerpo con las cicatrices.
Primero, por la gloria del propio Cristo. Dice, en efecto, Beda, que conservó las cicatrices no por la incapacidad de curarlas, sino para llevar siempre los honores del triunfo de su victoria. Por lo cual también escribe Agustín, que, tal vez en aquel reino veremos en los cuerpos de los mártires las cicatrices de las heridas que sufrieron por el nombre de Cristo; no será en ellos una deformidad sino un honor; y brillará en su cuerpo cierta belleza, no del propio cuerpo sino de la virtud.
Segundo, para confirmar los ánimos de los discípulos en lo tocante a la fe de su resurrección.
Tercero, para mostrar siempre al Padre, al rogar por nosotros, la clase de muerte que sufrió por el hombre.
Cuarto, para dar a conocer a los redimidos con su muerte cuán misericordiosamente fueron socorridos, poniéndoles delante las señales de esa misma muerte.
Finalmente, para hacer saber en el mismo lugar cuán justamente son condenados en el juicio. De donde, como escribe Agustín, Cristo sabía la razón de conservar las cicatrices en su cuerpo. Así como las mostró a Tomás, que no estaba dispuesto a creer sin tocar y ver, así también habrá de mostrar sus heridas a los enemigos, para que, convenciéndolos, la Verdad diga: He aquí el hombre a quien crucificasteis. Veis las heridas que le hicisteis. Reconocéis el costado que atravesasteis. Porque por vosotros, y por vuestra causa, fue abierto; pero no quisisteis entrar.
***
MANIFESTACIONES DE CRISTO RESUCITADO
Sobre esto Santo Tomás plantea seis cuestiones:
1. ¿La resurrección debió manifestarse a todos los hombres, o sólo a algunos particulares?
2. ¿Fue conveniente que resucitase viéndolo ellos?
3. ¿Después de la resurrección debió vivir con sus discípulos?
4. ¿Fue conveniente que se apareciese a los discípulos en otra figura?
5. ¿Debió poner en claro su resurrección con argumentos?
6. Sobre la suficiencia de tales argumentos
1º) La resurrección de Cristo no debió ser manifestada a todos.
Santo Tomás trata de averiguar los motivos que tuvo Dios para obrar de esa determinada manera.
En los Hechos de los Apóstoles leemos el siguiente testimonio de San Pedro: «Nosotros somos testigos de todo lo que Cristo hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén y de cómo le dieron muerte suspendiéndole de un madero. Dios le resucito al tercer día y le dio manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos de antemano elegidos por Dios, a nosotros, que comimos y bebimos con Él después de resucitado de entre los muertos» (Act 10, 39-41).
Entraba, pues, en los designios de Dios que Cristo resucitado no se manifestase públicamente a todos los hombres, sino sólo a los que Dios tenía predestinados para ello.
Santo Tomás lo razona del siguiente modo (III, q. 55, a. 1):
Entre las cosas conocidas, unas lo son por una ley común de la naturaleza; otras, en cambio, por un don especial de la gracia, como acontece con las cosas reveladas por Dios.
Sobre éstas, la ley establecida por Dios, como dice Dionisio, es que Dios las revele inmediatamente a los superiores, para que, por medio de ellos, lleguen a los inferiores, como es manifiesto en la ordenación de los espíritus celestiales.
Ahora bien, lo que toca a la gloria futura, excede el conocimiento común de los hombres, según estas palabras de Is 64, 4: El ojo no ha visto sin ti, ¡oh Dios!, lo que has preparado para los que te aman.
Y, por tal motivo, este género de cosas no es conocido por el hombre, a no ser que Dios se lo revele, como dice el Apóstol, en I Cor 2, 10: A nosotros nos lo reveló Dios por medio de su Espíritu.
Por consiguiente, al haber resucitado Cristo con una resurrección gloriosa, ésta no fue manifestada, por esa causa, a todo el pueblo, sino a algunos, por cuyo testimonio llegaría a conocimiento de los demás.
Veamos las objeciones y sus respuestas:
1ª: Como al pecado público se le debe un castigo público, así al mérito público le es debido un premio público. Ahora bien, la gloria de la resurrección es el premio de la humildad de la pasión. Luego habiendo sido manifiesta a todos la pasión de Cristo, que padeció en público, parece que la gloria de su resurrección también debió ser conocida por todos.
Respuesta: La pasión de Cristo se realizó en un cuerpo que tenía todavía una naturaleza pasible, que todos conocen por ley natural. Y por eso, la pasión de Cristo pudo ser inmediatamente manifestada a todo el pueblo. En cambio, la resurrección de Cristo tuvo lugar por la gloria del Padre. Y, por tal motivo, no fue manifestada a todos, sino a algunos.
Que a los pecadores públicos se les imponga un castigo público, ha de entenderse del castigo de la vida presente. Y, del mismo modo, es justo que los méritos públicos sean recompensados públicamente, para que los demás sean estimulados. Pero las penas y los premios de la vida futura no son manifestados públicamente a todos, sino particularmente a aquellos escogidos por Dios de antemano.
2ª: Como la pasión de Cristo se ordena a nuestra salvación, así también su resurrección. Pero lo que es útil para todos, a todos debe ser manifestado. Luego la resurrección de Cristo debió ser manifestada a todos, y no particularmente a algunos.
Respuesta: La resurrección de Cristo, así como es para la salvación común de todos, así llegó a noticia de todos; no, en verdad, de modo que fuese manifestada inmediatamente a todos, sino a algunos, por cuyo testimonio fuese llevada a los demás.
3ª: Aquellos a quienes fue manifestada la resurrección fueron testigos de la misma. Y daban este testimonio predicando en público. Lo cual no conviene, ciertamente, a las mujeres. Luego no parece acertado el que la resurrección fuese manifestada a las mujeres antes que a todos los hombres en general.
Respuesta: No está permitido a las mujeres enseñar públicamente en las asambleas, pero sí se les permite instruir a algunos en privado mediante la exhortación familiar. Y por eso, como dice Ambrosio, la mujer es enviada a aquellos que son de su casa y familia, pero no es enviada para llevar al pueblo el testimonio de la resurrección.
Así pues, apareció en primer lugar a las mujeres, a fin de que la mujer, que fue la primera en traer a la humanidad el principio de la muerte, fuese también la primera en anunciar los principios de Cristo resucitado en gloria. De donde dice Cirilo: La mujer, que fue algún tiempo sirvienta de la muerte, percibió y anunció la primera el venerable misterio de la resurrección. En consecuencia, el sexo femenino logró la absolución de su ignominia y el repudio de la maldición.
Con esto se demuestra al mismo tiempo que, en lo que atañe al estado de la gloria, el sexo femenino no sufrirá detrimento de ninguna clase, sino que gozará incluso de mayor gloria en la visión divina, en caso de haber estado lleno de mayor claridad; puesto que las mujeres amaron más intensamente al Señor, hasta el extremo de no apartarse de su sepulcro cuando los discípulos se apartaron, vieron primero al Señor resucitado para la gloria.
2º) No fue conveniente que los discípulos vieran resucitar a Cristo.
He aquí el argumento de Santo Tomás (III, q. 55, a. 2):
Como escribe el Apóstol en Rom 13, 1, lo que viene de Dios, está ordenado.
Y Dios ha establecido este orden: Que cuanto está por encima de los hombres, sea revelado a éstos por medio de los Ángeles.
Ahora bien, Cristo, al resucitar, no volvió a una vida comúnmente conocida por todos, sino a una vida inmortal y conforme con Dios.
Y, por este motivo, la resurrección de Cristo no debió ser vista inmediatamente por los hombres, sino que debieron comunicársela los Ángeles.
Por lo cual dice Hilario, que un Ángel es el primer mensajero de la resurrección, a fin de que ésta fuera anunciada mediante una servidumbre de la voluntad del Padre.
La segunda objeción dice así: Para tener la certeza de la fe, los discípulos vieron la ascensión de Cristo. Ahora bien, es igualmente necesario tener una fe cierta de la resurrección de Cristo. Luego da la impresión de que Cristo hubiera debido resucitar a la vista de sus discípulos.
Y Santo Tomás responde:
La ascensión de Cristo, por lo que se refiere al punto de partida, no trascendía el conocimiento común de los hombres, sino sólo en lo que atañe al término de llegada.
Y, por este motivo, los discípulos pudieron ver la ascensión de Cristo en cuanto al punto de partida, esto es, en cuanto que se levantaba de la tierra.
Pero no la vieron en cuanto al término de llegada, porque no vieron cómo fue recibido en el cielo.
Ahora bien, la resurrección de Cristo trascendía el conocimiento común lo mismo en lo que se refiere al punto de partida, cuando su alma volvió de los infiernos y su cuerpo salió del sepulcro cerrado, que en lo que atañe al término de llegada, cuando alcanzó la vida gloriosa.
Y, por consiguiente, la resurrección no debió realizarse de suerte que fuese vista por los hombres.
3º) Después de la resurrección Jesucristo no debió vivir continuamente con sus discípulos.
Dos puntos importantes dan la razón de esta conveniencia. Así los expone Santo Tomás (III, q. 55, a. 3):
Sobre la resurrección de Cristo era preciso declarar a sus discípulos dos cosas, a saber: la verdad de la resurrección y la gloria del resucitado.
Para manifestar la verdad de la resurrección, basta con que se apareció varias veces; habló familiarmente con ellos; comió y bebió, y se les ofreció para que le palpasen.
En cambio, para manifestar la gloria de la resurrección, no quiso vivir de continuo con ellos, como antes lo había hecho, a fin de no dar la impresión de que había resucitado a una vida igual a la que antes tenía.
En estas circunstancias estaba con ellos con una presencia corporal; pero antes había estado con ellos no sólo con una presencia corporal, sino también mediante la semejanza de la mortalidad.
De donde, exponiendo las palabras Esto es lo que os dije estando aún con vosotros, dice Beda: Estando todavía en carne mortal, en la que estáis también vosotros.
Había resucitado entonces en la misma carne; pero no compartía con ellos la misma mortalidad.
Las respuestas a dos de las objeciones redondean el tema:
La aparición frecuente de Cristo bastaba para asegurar a los discípulos en la verdad de la resurrección; en cambio, el trato continuo hubiera podido inducirles a error, suponiendo que creyeran que había resucitado a una vida semejante a la que antes tenía. Y el consuelo de su presencia continua se lo prometió para la otra vida, conforme a aquellas palabras de Jn 16, 22: De nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo.
Se apareció con más frecuencia el primer día, porque era preciso que fueran amonestados con muchos argumentos, para que recibiesen desde el primer momento la fe en la resurrección. Pero, una vez que la habían recibido, no era necesario que fuesen instruidos con apariciones tan frecuentes, puesto que estaban ya confirmados en la fe.
4º) Jesucristo debió aparecerse a sus discípulos con otra figura.
Se narra en San Marcos (16, 12): Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos, cuando iban a una aldea.
Santo Tomas explica la conveniencia de esta misteriosa manifestación (III, q. 55, a. 4):
La resurrección de Cristo debía manifestarse a los hombres en la forma en que les suelen ser reveladas las cosas divinas.
Pero los hombres las conocen de acuerdo con la diversidad de sus sentimientos. Porque los que tienen el alma bien dispuesta reciben las cosas divinas según la verdad. En cambio, los que no tienen la mente bien dispuesta las captan con una cierta mezcla de duda y de error, pues el hombre animal no capta las cosas del Espíritu de Dios.
Y, por este motivo, Cristo, después de la resurrección, se apareció en su propia figura a algunos que estaban dispuestos para creer.
Pero se apareció bajo otra figura a quienes ya daban la impresión de ir poniéndose tibios respecto de la fe; por lo que decían: Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a redimir a Israel (Lc 24, 21).
Por esto dice Gregorio, que se les manifestó en el cuerpo tal como estaba en su mente. Y porque en sus almas era todavía un peregrino con relación a la fe, fingió que iba más lejos, a saber, como si fuera un peregrino.
La primera objeción dice: No puede dejarse ver según verdad sino lo que existe. Pero en Cristo no existió más que una figura. Por consiguiente, si Cristo apareció bajo una figura distinta, esa aparición no fue auténtica sino supuesta. Ahora bien, esto es indecoroso, porque, si engaña, no es la Verdad; pero Cristo es la Verdad. Luego parece que Cristo no debió aparecerse a los discípulos bajo otra figura.
Responde Santo Tomás:
Como escribe Agustín, no todo lo que fingimos es mentira.
Pero cuando fingimos algo que nada significa, entonces hay mentira.
En cambio, cuando nuestra ficción se aplica a un significado, no hay mentira sino una figura de la verdad.
De otro modo, todo lo que los santos y sabios varones, e incluso el mismo Señor, han dicho figuradamente, sería tenido por mentira porque, conforme al sentido comúnmente aceptado, la verdad no consiste en expresiones de esa clase.
Y así como se fingen las palabras, así se fingen también los hechos para significar algo sin mentira alguna.
Y así sucede en este caso.
Nota sobre la aparición de Cristo resucitado a su Madre Santísima:
Nada nos dice el Evangelio sobre si Cristo resucitado se apareció a su Madre Santísima. Pero la Tradición cristiana es unánime en decir que fue Ella la primera en contemplar a su Hijo resucitado.
Quizá el Evangelio no dice nada porque es algo tan claro y evidente que se cae de su propio peso. Así lo dice San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales: «Se le apareció a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho, al decir que se le apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: ¿También vosotros estáis sin entendimiento?».
Las almas contemplativas han sido quienes han saboreado en la dulce intimidad del Señor esta primera aparición de Cristo resucitado. Santa Teresa de Jesús refiere que el Señor le confirmó expresamente esta primera aparición a su Madre Santísima en la mañana de la resurrección (Mercedes de Dios, 15, n. 4):
Un día, después de comulgar, me pareció clarísimamente se sentó cabe mí Nuestro Señor, y comenzóme a consolar con grandes regalos… Díjome que, en resucitando, había visto a Nuestra Señora, porque estaba ya con gran necesidad, que la pena la tenía tan absorta y traspasada, que aún no tornaba luego en sí para gozar de aquel gozo…, y que había estado mucho con ella, porque había sido menester hasta consolarla.
5º) Cristo debió demostrar con argumentos su resurrección.
Santo Tomás presenta primero el texto de los Hechos de los Apóstoles: «Después de su pasión, Cristo se presentó vivo a los discípulos por espacio de cuarenta días con muchas pruebas y hablándoles del reino de Dios» (Act. 1, 3).
Luego da el siguiente razonamiento (III, q. 55, a. 5):
El argumento se denomina de dos maneras.
Unas veces se llama argumento a cualquier razón que hace ver una cosa dudosa.
Otras, por argumento se entiende algún signo sensible que se aduce para la manifestación de una verdad; en este sentido también Aristóteles, algunas veces, se sirve de la palabra argumento en sus libros.
Así pues, tomando el argumento en el primer sentido, Cristo no demostró su resurrección a los discípulos por medio de argumentos. Porque tal prueba por medio de argumentos parte de unos principios que, si no eran conocidos por los discípulos, nada les demostrarían, puesto que lo conocido no puede originarse de lo desconocido; y, si conocían tales principios, no rebasarían la razón humana y, por consiguiente, no serían eficaces para confirmar la fe en la resurrección, que sobrepuja la razón humana; pero es necesario servirse de unos principios que sean del mismo género (que la conclusión que trata de probarse).
El Señor les probó su resurrección por la autoridad de la Sagrada Escritura, que es el fundamento de la fe, cuando les dijo: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley, en los salmos y en los profetas acerca de mí, como se lee en Lc 24, 44ss.
En cambio, si se toma el argumento en el segundo sentido, entonces se dice que Cristo les dio a conocer su resurrección por medio de argumentos, en cuanto que demostró con algunas señales evidentísimas que de verdad había resucitado.
Por esto en el texto griego, donde nosotros leemos con muchos argumentos, en vez de argumento se emplea la palabra tekmerion, que significa señal evidente para demostrar.
Cristo manifestó a sus discípulos señales de esta clase acerca de su resurrección por dos motivos.
Primero, porque sus corazones no estaban dispuestos para admitir fácilmente la fe en la resurrección. Por esto les dice Él mismo, en Lc 24, 25: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer! Y en Mc 16, 14 se lee: Les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón.
Segundo, para que, mediante las señales de esta clase a ellos manifestadas, el testimonio de éstos se hiciese más eficaz, según aquellas palabras de I Jn 1, 1-2: Lo que hemos visto y oído, y lo que nuestras manos palparon, eso testificamos.
A la objeción de que es más meritoria la fe del que cree sin exigir argumentos demostrativos, y, por lo mismo, parece que hubiera sido preferible que Cristo no demostrara con señales evidentes su propia resurrección, contesta Santo Tomás:
El mérito de la bienaventuranza, causado por la fe, no se excluye totalmente a no ser que el hombre no quiera creer sino lo que ve.
Pero el que uno crea en las cosas que no ve por la contemplación de ciertas señales, no anula por completo la fe ni el mérito de ésta.
Como también Tomás, a quien se dijo: Porque me has visto, has creído (Jn 20, 29), vio una cosa y creyó otra: vio las llagas, y creyó en Dios.
Sin embargo, tiene una fe más perfecta el que no exige ayudas de esta naturaleza para creer.
De donde, para inculpar la falta de fe de algunos, dice el Señor en Jn 4, 48: Si no veis señales y prodigios, no creéis.
Y, de acuerdo con esto, se comprende que los que son tan prontos para creer en Dios que no necesitan de señales, son bienaventurados en comparación con aquellos que no creen más que si ven tales señales.
6º) Fueron suficientes los argumentos que Cristo dio de su propia resurrección.
Así lo afirma y prueba Santo Tomás (III, q. 55, a. 6):
Cristo dio a conocer su resurrección de dos maneras, a saber: con testimonios y con argumentos o señales.
Y ambas manifestaciones fueron suficientes en su género.
Se sirvió, efectivamente, de un doble testimonio para manifestar su resurrección a los discípulos, ninguno de los cuales puede refutarse.
El primer testimonio es el de los Ángeles, que anunciaron la resurrección a las mujeres, como es evidente por todos los Evangelistas.
El otro es el testimonio de las Escrituras, que Él mismo declaró para manifestación de su resurrección, como se dice en Lc 24, 25ss; 44ss.
También los argumentos fueron suficientes para probar su resurrección verdadera, e incluso gloriosa.
Que su resurrección fuera verdadera, lo probó de un primer modo por parte del cuerpo.
Acerca del cual manifestó tres cosas:
Primera, que era un cuerpo verdadero y sólido, no fantástico y ligero, como lo es el aire. Y lo demostró presentando su cuerpo como palpable, puesto que, en Lc 24, 39, Él mismo dice: Palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.
Segunda, probó que era un cuerpo humano, manifestándoles su verdadera figura, que veían con sus ojos.
Tercera, les probó que era numéricamente el mismo cuerpo que antes había tenido, al presentarles las cicatrices de sus heridas. Por lo cual se lee en Lc 24, 38-39: Les dijo: Ved mis manos y mis pies, que soy yo mismo.
De un segundo modo les probó la verdad de su resurrección por parte del alma unida otra vez al cuerpo.
Y esto lo probó mediante las operaciones de una triple vida.
Primero, por la obra de la vida nutritiva, puesto que comió y bebió con sus discípulos, como se lee en Lc 24, 30-43.
Segundo, por las obras de la vida sensitiva, ya que respondía a las preguntas de los discípulos, y saludaba a los que se hallaban presentes, con lo que demostraba que veía y que oía.
Tercero, por las obras de la vida intelectiva, porque hablaban con Él y discurrían sobre las Escrituras.
Y para que nada faltase a la perfección de la prueba, demostró también que tenía naturaleza divina mediante el milagro que hizo cuando la pesca de los peces; y más adelante, al subir al cielo, viéndolo ellos, porque, como se dice en Jn 3, 13, nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo.
También manifestó a los discípulos la gloria de su resurrección al entrar, cerradas las puertas, donde ellos estaban; de acuerdo con lo cual dice Gregorio, en una Homilía: El Señor dio a palpar su carne, que introdujo cerradas las puertas, para demostrar que, después de la resurrección, su cuerpo seguía teniendo la misma naturaleza, pero una gloria distinta.
Del mismo modo pertenecía a la propiedad de su gloria el haber desaparecido de la vista de sus discípulos, como se dice en Lc 24,31, porque así demostraba que tenía poder para dejarse ver y para no ser visto, lo cual pertenece a la condición del cuerpo glorioso, como antes se ha dicho.
***
CAUSALIDAD DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
Esta cuestión estudia qué clase de beneficios causó o produjo en nosotros la Resurrección de Nuestro Señor.
Los principales son dos: nuestra futura resurrección corporal y nuestra justificación o resurrección espiritual.
1º) La causa eficiente principal de nuestra resurrección será la omnipotencia misma de Dios.
La razón es muy sencilla. La resurrección de los muertos es un verdadero milagro, que trasciende en absoluto las fuerzas de toda naturaleza creada o creable. Luego sólo puede hacerlo —como causa primera y principal—el mismo Dios.
Así como de la muerte espiritual, que es el pecado, no podemos resurgir sino por la gracia de Dios, tampoco podríamos resurgir de la muerte corporal sin la virtud misma de Dios.
Por eso dice San Pablo: «El que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu, que habita en vosotros» (Rom 8, 11).
Puede, sin embargo, decirse que Cristo resucitado es la causa principal de nuestra resurrección considerado en cuanto Dios, o sea, en su naturaleza divina, que le es común con el Padre y el Espíritu Santo.
2º) La resurrección de Cristo será la causa eficiente instrumental y la causa ejemplar de nuestra futura resurrección, del mismo modo que su muerte en la Cruz fue la causa meritoria de la misma.
Lo prueban los datos de la divina Revelación.
San Pablo escribe a los Corintios: «Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicias de los que mueren. Porque, como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos» (I Cor 15, 20-21).
Y el mismo Cristo dice en el Evangelio: «No os maravilléis de esto, porque llegará la hora en que cuantos están en los sepulcros oirán la voz del Hijo del hombre, y saldrán los que han obrado el bien para la resurrección de la vida, y los que han obrado el mal, para la resurrección del juicio» (lo 5, 28-29).
Esta causalidad de la resurrección de Cristo sobre la nuestra es doble: eficiente instrumental y ejemplar.
a) Causa eficiente instrumental. Santo Tomás lo prueba en la siguiente forma (III, q. 56, a. 1):
Lo que es primero en un género cualquiera, es causa de todos los que vienen después.
Ahora bien, en el género de nuestra resurrección, lo primero fue la resurrección de Cristo.
Por lo cual es necesario que la resurrección de Cristo sea causa de nuestra resurrección.
Y esto es lo que dice el Apóstol en I Cor 15, 20-21: Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que duermen; porque por un hombre vino la muerte, y por un hombre viene la resurrección de los muertos.
Y esto, con razón. Porque el principio de dar vida a los hombres es el Verbo de Dios, del que se dice en el Sal 35, 10: En ti está la fuente de la vida. De donde Él mismo dice en Jn 5, 21: Como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere.
Ahora bien, es propio del orden natural de las cosas, establecido por Dios, que cualquier causa obre, en primer lugar, sobre lo que le es más próximo y, a través de ello, actúe sobre las otras cosas que están más lejos.
Y, por este motivo, el Verbo de Dios da primeramente la vida al cuerpo que le está naturalmente unido, y por medio de él causa la resurrección en todos los demás.
Como lo enseña Santo Tomás en las respuestas a las objeciones, no puede oponerse que la resurrección de Cristo no puede ser la causa eficiente instrumental de la nuestra, porque no tendrá ningún contacto corporal con los muertos que resuciten, por la distancia del tiempo y del lugar; ni tampoco el contacto espiritual procedente de la fe y la caridad, ya que han de resucitar también los infieles y pecadores.
No importa. Porque la resurrección de Cristo es causa de la nuestra por la virtud divina del Verbo, que está presente a todos los lugares y épocas; y ese contacto virtual basta para la razón de esta eficiencia instrumental, que se extiende no solamente a los buenos, sino también a los malos, puesto que todos han de comparecer ante el tribunal de Cristo.
Aunque la resurrección de Cristo es un hecho histórico que ya pasó, la virtud de ese misterio perdura eternamente en la persona de Cristo.
b) Causa ejemplar. Lo dice el Apóstol San Pablo: «Cristo reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene para someter a sí todas las cosas» (Phil 3, 21).
Santo Tomás lo razona diciendo (III, q. 56, a. 1, ad 3):
Así como la resurrección del cuerpo de Cristo, por estar tal cuerpo unido personalmente al Verbo, es la primera en el tiempo, así también es la primera en la dignidad y en la perfección.
Y lo perfectísimo es siempre el ejemplar a imitar, a su modo, por las cosas que son menos perfectas.
Por este motivo, la resurrección de Cristo es el ejemplar de la nuestra.
Lo cual no es necesario por parte del que resucita, que no necesita de un ejemplar, sino por parte de los resucitados, que necesitan conformarse con aquella resurrección, según palabras de Flp 3, 21: «El cual transformará nuestro cuerpo miserable, configurándolo con su cuerpo glorioso».
Pero, aunque la eficiencia de la resurrección de Cristo se extienda lo mismo a la resurrección de los buenos que a la de los malos, la ejemplaridad, propiamente, sólo se extiende a los buenos, que han sido hechos conformes con su filiación, como se dice en Rom 8, 29.
Esta ejemplaridad de la resurrección de Cristo producirá su efecto en nosotros en el momento y hora libremente dispuestos por la voluntad de Dios. Antes es preciso que nos configuremos con Cristo, padeciendo y muriendo con Él en esta vida pasible y mortal. A su hora llegará la participación gloriosa en su resurrección.
Sin embargo, la Resurrección de Cristo no fue causa meritoria de la nuestra, porque Cristo resucitado estaba ya fuera del estado de viador, que es el único en que se puede merecer.
Como ya vimos, la causa meritoria de nuestra resurrección fue la Pasión de Cristo. Por Ella mereció Cristo su propia exaltación (Phil 2, 8-9) y nos mereció también la nuestra.
3º) La resurrección de Cristo es causa eficiente y ejemplar de la resurrección espiritual de las almas.
La resurrección corporal, con ser admirable, es un incidente sin importancia comparada con la resurrección espiritual de las almas a la vida de la gracia.
Se comprende sin esfuerzo que, si la Resurrección de Cristo es la causa de nuestra resurrección corporal, mucho más todavía habrá de causar la resurrección espiritual de nuestras almas.
Así es, en efecto. San Pablo dice expresamente que Cristo «fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación» (Rom 4, 25).
Ahora bien: la justificación no es otra cosa que la resurrección de las almas muertas espiritualmente por el pecado a la vida sobrenatural de la gracia.
Santo Tomás explica la doble causalidad —eficiente y ejemplar— de la resurrección de Cristo sobre nuestras almas (III, q. 56, a. 2):
La resurrección de Cristo obra con la virtud de la divinidad. Y tal virtud se extiende no sólo a la resurrección de los cuerpos sino también a la resurrección de las almas, pues Dios es la causa de que el alma viva por la gracia y de que el cuerpo viva por el alma.
Y, debido a esto, la resurrección de Cristo tiene, a modo de instrumento, virtud suficiente no sólo respecto de la resurrección de los cuerpos, sino también respecto de la resurrección de las almas.
Tiene igualmente razón de ejemplaridad respecto a la resurrección de las almas. Porque nosotros debemos configurarnos con Cristo resucitado también en cuanto al alma, para que, según el Apóstol en Rom 6, 4, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva; y así como Él, resucitado de entre los muertos, ya no muere, así también nosotros hagamos cuenta de que estamos muertos al pecado (Rom 6. 8-11), para que de nuevo vivamos con Él.
Santo Tomás explica cómo se relacionan la Pasión y la Resurrección de Cristo en orden a nuestra justificación (III, q. 56, a. 2, ad 4):
Dos cosas entran en la justificación de las almas: la remisión de la culpa y la vida nueva por la gracia.
Si consideramos la eficiencia que viene del poder divino, tanto la pasión de Cristo como su resurrección son causa de la justificación bajo los dos aspectos.
Pero si miramos a la ejemplaridad, la pasión y muerte de Cristo es propiamente causa de la remisión de la culpa, por la que morimos al pecado; y la resurrección es causa de la vida nueva, que nos viene por la gracia o la justicia.
Por esto dice San Pablo: «Fue entregado por nuestros pecados», esto es, para destruirlos, «y resucitó para nuestra justificación» (Rom 4, 25).
La pasión de Cristo es, además, causa meritoria, como ya vimos.
