P. CERIANI: VIGILIA PASCUAL

VIGILIA PASCUAL

The Resurrection

Durante el Sábado Santo, la Iglesia conmemora el misterioso reposo del Cuerpo de Jesús en el sepulcro. Recordamos, al mismo tiempo, su descenso a los infiernos y espera tranquilamente, con María, la Madre de Dios, la hora de su resurrección gloriosa.

José de Arimatea y Nicodemo prepararon todo lo necesario para el sepelio. Con gran respeto depositaron el Cuerpo de Jesús en el sepulcro. Allí descansará de todos los trabajos y dolores que le ha costado su obra de redención, bien amarga en verdad.

Jesús descansa en un sepulcro ajeno. Él no estaba sujeto a la muerte, como lo estamos nosotros. No tenía pecado, y la muerte es el castigo del pecado. Sin embargo, se sometió a ella voluntariamente por amor nuestro. Por eso, no posee sepulcro propio. Porque nadie debía enterrarse, ni antes, ni después, en este mismo sepulcro, así como nadie entró, antes ni después de Él, en el seno de la Santísima Virgen, dice San Agustín.

La claridad del triunfo comienza ya a despuntar por todas partes.

Para los judíos, Jesús no es más que un cadáver. Sin embargo, se cuidan todavía de cerrarlo muy bien en su sepulcro, sellando después la entrada. Además, solicitan y obtienen de Pilato unos cuantos soldados para custodiar la tumba. De este modo, ellos mismos serán, sin pensarlo, e incluso contra su propia voluntad, los mejores testigos de la verdad de la Resurrección del Señor en la mañana de Pascua.

El alma de Jesús baja a los infiernos. Allí están las almas de los Santos y Justos muertos antes de la Redención. Están privados de la visión de Dios y de la celeste bienaventuranza, porque el Cielo está cerrado. Esperan ansiosamente la hora de su redención y de su eterna liberación.

A ellos baja el alma del Señor, inmediatamente después de su muerte. Y anuncia, a los que le aguardan, la grata nueva: se ha consumado el sacrificio de la reconciliación, ya está realizada la obra de la Redención, la deuda de la humanidad ha sido cancelada, va a abrirse el Cielo en seguida.

¡Sábado Santo! Con el descenso a los infiernos y el descanso en el sepulcro, llega para Jesús la hora de su exaltación.

Hasta aquí, su vida no ha sido más que un continuo acto de abatimiento, de anonadamiento, cuyo punto culminante aparece en su dolorosa muerte de Cruz.

El descenso a los infiernos es el primer paso hacia la nueva vida de exaltación, de glorificación de Jesús, como Rey y Señor universal. Ya está cumplida la gran obra.

Han concluido las humillaciones, los tormentos y las angustias de la muerte. Comienza una nueva vida. El tan profundamente humillado, el rechazado y despreciado por su pueblo, es ahora constituido por el Padre Rey y Señor del universo.

También es Rey y Señor en su humanidad. Ante Él doblan su rodilla todos los seres que hay en los cielos, en la tierra y en los infiernos, y todos tienen que reconocer y confesar que Cristo es el Señor; a Él se le ha dado toda potestad sobre el cielo y la tierra.

Narra San Juan en su visión de Patmos: Digno es el Cordero, que ha sido muerto, de recibir el poder, y el reino, y la fuerza, y el honor, y la alabanza y la bendición. Y oí cantar a todas las criaturas, que hay en el cielo y en la tierra y en los infiernos y en el mar: Bendición y honor y gloria y potestad al que se sienta en el trono, y al Cordero, por los siglos de los siglos.

Asistamos, hoy, con alegres corazones a la exaltación del Salvador, de Nuestro Señor. Él inaugura hoy su dominación como Rey. Nosotros acatémosle: Tu solus Dominus… Tu solus Altissimus…

Dentro de cuarenta días tomará solemne posesión de su trono, ante los ojos admirados de los cielos y de la tierra.

Se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, hasta la muerte de cruz. Por eso, Dios lo ha exaltado y le ha dado un nombre que es sobre todo nombre.

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La Liturgia confiesa, admirada y emocionada, la íntima trabazón que reina entre las maravillosas obras de Dios. Ve en Cristo la realización de todo lo prefigurado en el Antiguo Testamento.

La Iglesia canta en el Exsultet:

«De nada nos hubiera servido el haber nacido, si no hubiéramos sido después redimidos. ¡Oh, qué admirable ha sido con nosotros la efusión de tu bondad! ¡Oh, qué inapreciable la muestra de tu amor! ¡Para redimir al esclavo, entregaste al Hijo! ¡Oh pecado de Adán, verdaderamente necesario, que ha sido borrado con la muerte de Cristo! ¡Oh culpa feliz, que mereció tener un tal y tan grande Redentor!»

O felix culpa… A la luz del Cirio Pascual, de la Resurrección del Señor, encontramos la respuesta al gran problema que tortura y fatiga constantemente la inquisitiva inteligencia del hombre: ¿Por qué consiente Dios el mal?

Si Él quisiera, bien podría impedirlo y hacerlo imposible. El mal, aunque sea un acto libre y personal del hombre, está siempre bajo el poder de la Providencia de Dios. Él podría, pues, impedirlo.

¿Por qué no lo impide? ¿Por qué lo consiente?

Respuesta: para que, por la victoria contra el pecado y el mal, brille más claramente el poder de Dios.

Para que nosotros nos convenzamos, todavía más, del mucho amor que Él nos tiene. Para manifestar su sabiduría de modo más perfecto aún que lo hizo cuando creó el mundo. Para manifestar, en nosotros, de un modo particular una cualidad de su divina Esencia: la misericordia.

Sin el pecado, no hubiéramos aprendido a conocerla y a experimentarla tan profundamente como ahora la conocemos y la hemos experimentado.

La misericordia divina nos envía el Cordero sacrifical. La misericordia divina, hecha hombre, se ofrece a sí misma en sacrificio. La misericordia divina acepta el sacrificio.

De este modo, en la muerte de Cristo se realiza el prodigio más estupendo: el Omnipotente se convierte en impotente; el Fuerte, en débil; la Vida, en muerte.

Dios permitió el pecado para realizar una nueva creación, mucho más sublime y admirable que la primera: para darnos un Dios-Hombre y, con Él, el reino de los redimidos.

¡Oh culpa feliz, que mereció tener un tal y tan grande Redentor!

En el Credo confesamos que el Hijo de Dios descendió de los cielos y se hizo hombre por nuestra salud, por nuestra salvación. Admirados y emocionados por semejante amor, por tanta misericordia, por una sabiduría, un poder y una justicia tan sin ejemplo, repitamos las palabras del Exsultet: «De nada nos hubiera servido el haber nacido, si no hubiésemos sido redimidos. ¡Oh admirable efusión de tu bondad para con nosotros! ¡Oh inapreciable muestra de tu amor! ¡Para redimir al esclavo entregaste al Hijo! ¡Oh pecado de Adán, verdaderamente necesario, que ha sido borrado con la muerte de Cristo! ¡Oh culpa feliz, que mereció tener un tal y tan grande Redentor!»

El mal, el pecado de los hombres, es para Dios ocasión de llevar a cabo su obra más sublime y admirable: la obra de la Encarnación y de la Redención. ¡El mal tiene que ponerse al servicio de Dios! ¡Sirve al bien! ¡Por eso lo consiente Dios!

Cuando la iniquidad comienza a levantar triunfante su cabeza, es vencida. Aquel a quien ella cree haber vencido y suprimido en el mundo, vive y se levanta del sepulcro.

Cristo, y con Él su Iglesia, debe ser perseguido y oprimido; pero, cuando sus enemigos creen haberle aniquilado y encerrado bajo la fosa funeraria, Él surge a una nueva vida. ¡Con la muerte, la vida! Los hombres tienen sus designios, Dios tiene también los suyos.

Omnipotente y sempiterno Dios, que te muestras admirable en la disposición de todas tus obras, haz comprender a tus redimidos que la creación del mundo, que tuvo lugar al principio, no fue una maravilla más grande que la inmolación de Cristo, nuestra Pascua, con la cual has distinguido los tiempos posteriores.

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La Liturgia del Sábado Santo tiene una importante misión: introducirnos en el profundo y sobrenatural misterio de nuestro santo Bautismo, de nuestra resurrección con Cristo, y el hacernos revivir hoy su recuerdo.

Sigamos, pues, a la Sagrada Liturgia; dejémonos iluminar por ella y asociémonos al estrepitoso júbilo que inunda hoy el corazón de la Iglesia.

Qué cosa sea el Santo Bautismo nos lo declara la Sagrada Liturgia en las doce Profecías del Sábado Santo y en la bendición de la Pila Bautismal.

Dios creó de un modo admirable al hombre (primera Profecía) y nos ha vuelto a crear, de modo todavía más maravilloso, en el segundo nacimiento, por medio del agua y del Espíritu Santo.

En el Arca de la Santa Iglesia nos salvamos de las aguas del diluvio universal (segunda Profecía). Sin el santo Bautismo, que nos introdujo en esta Arca, hubiéramos perecido irremisiblemente: él nos ha salvado.

Esta segunda Profecía es seguida de una hermosa y admirable oración.

Al responder a una carta de una religiosa que le consultaba sobre los tiempos que vivían, el Padre Emmanuel escribió:

Le voy a enseñar una oración tomada de un tesoro escondido; es una perla preciosa que encontramos en la antigua ceremonia del Sábado Santo, justamente mientras Jesús duerme en el sepulcro, como en la hora presente.

Después de leer la historia del Diluvio (una historia parecida a la hora que nos toca vivir), la santa Iglesia, por medio de su Liturgia, dirige a Dios esta oración. Escuchad bien; es lo sublime de la fe, de la esperanza y del confiado abandono en la Providencia divina:

¡Oh Dios!, fuerza inmutable y luz eterna, mira en tu misericordia el misterio admirable de tu Iglesia, y lleva a cabo muy tranquilamente la obra de la salvación de los hombres. Y que el mundo entero compruebe y vea:

* Las cosas derribadas, restablecidas en su perfecto orden

* Las cosas envejecidas, rejuvenecidas y renovadas

* Y todas las cosas retornar a su integridad primitiva por Aquel de quien recibieron comienzo, Nuestro Señor Jesucristo.

Destaque que la Iglesia pide a Dios que realice nuestra salvación muy tranquilamente. Todas las agitaciones de este mundo apenas son dignas de la atención de Dios, y, en todo caso, no turban la paz divina en la cual Él parece dormir. Dios lleva a cabo nuestra salvación, muy tranquilamente, ejecutando sus designios divinos, eternos e inmutables.

Destaque, además, cómo la humanidad derribada en Adán, trastocada en la vetustez en que la vemos, será restablecida, restaurada, rejuvenecida por Aquel mismo que es su Creador y Salvador.

El viejo hombre, la vieja civilización, deben ser destruidos…, y serán aniquilados…, pero el nuevo hombre renacerá, todo volverá a su integridad primitiva…, y se hará una gran calma, la paz bienaventurada y eterna.

Para operar dicha salvación, Dios, que perdonó al hijo de Abraham (tercera profecía), no perdonó a su propio Hijo.

El Santo Bautismo nos hizo pasar el Mar Rojo (cuarta Profecía), mientras nuestro enemigo, el Faraón infernal, Satanás, el hombre de pecado, perecía ahogado.

Ahora seguimos al Moisés del Nuevo Testamento, que nos conduce a la Tierra Santa del cielo. Sin el Bautismo seríamos como los huesos áridos de la visión de Ezequiel (séptima Profecía). A ellos se dirige la palabra del Señor: «Voy a introducir en vosotros el espíritu, y viviréis. Quiero daros nervios y revestiros de carne y extender sobre vosotros la piel. Quiero daros espíritu, para que volváis a vivir y reconozcáis que yo soy el Señor… Y Dios me dijo: Todos estos huesos, que ves, son la casa de Israel (los bautizados, los cristianos). Yo abriré vuestras tumbas, pueblo mío, y os sacaré de vuestros sepulcros y os introduciré en la tierra de Israel.»

El Bautismo es resurrección de muerte a vida. Es liberación de las llamas del infierno, en el cual caemos justamente por nuestros pecados (duodécima Profecía, de los tres Jóvenes en el Horno).

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Después de las lecturas, comienza la Bendición de la Pila Bautismal, que nos revela el misterio de nuestro Santo Bautismo.

Por el agua bautismal vuelven los pueblos a nacer de nuevo. Posee esta agua un misterioso poder divino, que la hace capaz de engendrar, en el casto seno maternal de la Pila Bautismal, una nueva humanidad, una raza celeste.

En el agua del Bautismo se lavan las manchas del pecado. La naturaleza humana, corrompida y degradada por el pecado, recobra aquí su dignidad primitiva y se purifica de toda suciedad. Aquí volvemos a nacer a una nueva infancia, cándida e inocente.

Estas son las riquezas del Bautismo… ¡Cuánto motivo para estar hondamente agradecidos! Hemos sido salvados, hemos nacido de nuevo, hemos sido incorporados a la vida de los resucitados, del hombre nuevo…

Lo que exige de nosotros el Bautismo nos lo dice la Epístola del Sábado Santo.

Del baptisterio los neófitos retornan a la basílica. Aquí están ahora todos juntos, vistiendo sus albas túnicas bautismales. Ellos son los nuevos miembros, recién nacidos, de la familia divina, animados por el espíritu de la infancia sobrenatural, renovados en cuerpo y alma, con sus corazones plenos de esperanzas, consagrados al servicio del Señor.

Ahora se les presenta la Santa Iglesia y les dice: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, en donde está Cristo, sentado a la diestra del Padre. Saboread las cosas de arriba, no las que están aquí en la tierra. Porque vosotros estáis muertos al pecado, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces apareceréis también vosotros con Él.»

¡Las cosas de arriba! Nosotros hemos sido convertidos en una raza celeste, en unos hombres espirituales… Marchemos, pues, en la novedad de la vida… Muramos al pecado… Sea Cristo nuestra vida… Convivamos su misma vida…

¡Este es el verdadero espíritu del cristiano, del bautizado!

«Estos son los nuevos corderitos que anunciaron el Aleluya. Acaban de llegar a las fuentes del Bautismo. Se han llenado de gloriosa claridad. ¡Aleluya, aleluya! Están de pie ante la presencia del Cordero. Visten túnicas albas y en sus manos enarbolan las palmas»

Estos corderinos somos nosotros. Vayamos, jubilosos y agradecidos, al encuentro del Resucitado y entreguémonos a Él con amor.

Oración:

Oh Dios, que iluminaste esta noche sagrada con los resplandores de la resurrección del Señor; conserva en estos nuevos hijos de tu Familia el espíritu de adopción, que les has dado: para que, renovados en cuerpo y alma, te sirvan castamente.