Desde la Inhóspita Trinchera
«EL ROBLE»
(Redacción perteneciente a una niña de doce años)
Fui destinado como todo árbol a dar sombra al caminante, y ser refugio en días tormentosos; a mecer a los pájaros del cielo, y a dejar que por mis ramas pasase el viento susurrante, cantando como siempre su eterna canción…
Fui creado con el fin de dar frutos, de alimentarme de las sales de la tierra; de dejar que las noches estrelladas hicieran descender su rocío, depositando en mis hojas parpadeantes pequeñas lágrimas que caen con temblor; en el día llenarme con la flauta del pastor, los trinos de las aves, y rodeado de un paisaje encantador…
Nunca temí ser cortado, aunque es el destino de todo árbol. Pero la vez que vinieron los romanos, en mi interior tuve un presentimiento extraño.
¿Para qué me querrán? ¡Dios, sentí miedo!, un miedo que no experimenté ni en las noches de tormenta.
Me dieron forma extraña, yo gemía e imploraba; pero imposible, nadie me escuchaba.
Me vi reflejado de repente; ya no era un árbol; era una cruz…, una Cruz…, un madero sin vida…
Y yo me dije:
¡He de servir para establecer Justicia! ¡Para que maten sobre mí un culpable!
Y dichoso me sentí de tal mentira.
Cuando vi al acusado, mi memoria de árbol me hizo recordar a un hombre que, como templo, utilizaba mi montaña; y yo, en el centro, era su púlpito.
Le vi de niño jugando entre mis ramas, y supe que era el Hijo de Dios que se esperaba.
¿Y habrán de matarle? ¿Qué crimen, por ventura, ha cometido? ¿Habrá robado, quizás? ¿Habrá mentido? ¡No…no, no lo creo!
Pero era tarde… Sentí como Sus manos sangrantes, me rodeaban y me cargaban con denuedo; yo le pesaba y pensé: ¿Qué represento?
¡Quisiera ser liviano, mi Señor!, y hacer más ligero Tu tormento…
Pero imposible, de todos los árboles, el más pesado, que fui yo, eligieron…
Y con clavos desgarrantes, ya en la cima del monte lo unieron a mí; y sentí como Su sangre penetraba, como el agua penetraba en mi raíz.
Le alzaron sobre mí; ¡pude ver todo!
¡Oh Señor!, sentí vergüenza…
Vergüenza de ser el dolor de los pecados que Te ha producido el mundo entero.
¡Hubiera querido ser la hierba suave en aquél cruel momento!
Pero después que lo bajaron de mí, y de quedar ya solitario en el monte, supe que ese fue el mejor momento que en mi vida pasada yo he tenido.
También supe, a los tres días, que Él había resucitado… Y no puede haber resurrección sin muerte.
Murió sobre mí, yo no lo niego; y Su sangre generosa me recorrió entero, cumpliendo Su promesa de Salvar al mundo, Clavado en un madero.
Desde la Inhóspita Trinchera

