Monseñor FRANCISCO OLGIATI
LA PIEDAD CRISTIANA
SEGUNDA PARTE
LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD
Continuación…
C
EL MÉTODO DE LA HORA SANTA
Ahora podemos añadir alguna breve indicación acerca del método que debe seguirse en la Hora Santa.
En general, sin atarnos a reglas fijas, dejando plena libertad a los sentimientos del alma que ora con Jesús, triste y acongojado hasta la muerte, será conveniente elegir un tema, para que la mente no divague ni se distraiga. Este método lo sugieren y lo siguen todas las obras sobre esta devoción.
He aquí algunos temas que se pueden desarrollar.
1) El Huerto de los Olivos y la gloria del Padre.
Muchas veces solemos meditar uno solo de los fines de la Pasión de Jesús: la salvación de las almas, mientras descuidamos su primer motivo: la gloria del Padre.
a) Dios crea todo para su gloria; y si los cielos lo proclaman; el hombre tiene el esencial deber de glorificar a Dios, su primer principio y último fin. Jesús vino al mundo para esto antes que para cualquier otra cosa.
Quiere que los Ángeles antes de anunciar la paz a los hombres de buena voluntad, canten sobre la gruta la gloria de Dios. Cuando es encontrado en el templo —a los doce años— dice a María: «in his quae Patris mei sunt, oportet me esse». Su vida pública y toda su actividad buscan la glorificación del Padre. Su oración, desde el Pater enseñado a los Apóstoles hasta las invocaciones al Padre en el discurso de la Última Cena y en las palabras pronunciadas en la Cruz, se dirige, siempre al Padre. Por eso, debemos entrar al Huerto con Jesús, alumbrados por esta estrella: la gloria del Padre.
b) El pecado es su negación. Quien se aleja de Dios y se acerca a las creaturas (aversio a Deo et conversio ad creaturas, es la definición del pecado) se rebela contra el deber de dar gloria a Dios.
c) Jesús repara la gloria del Padre descuidada, negada, hollada. Desde este punto de vista, a pesar de que no todos utilizan la Sangre derramada y que no pocos provoquen el lamento de Jesús quae utilitas in sanguine meo?, la Pasión dio al Padre una reparación sobreabundante por todas las culpas que fueron y serán cometidas, y una gloria infinita y digna de Él, gloria superior a todas las negaciones de las rebeliones.
d) Mas para realizar esto, Jesús toma sobre sí todos los pecados, los expía, agoniza, suda sangre…
2) El Huerto de los Olivos y nuestros pecados.
a) Un examen detallado de todas las culpas cometidas durante nuestra vida es mucho más espantoso frente a Jesús agonizante que, silenciosamente, nos dice qué es el pecado y cuál fue nuestra responsabilidad.
b) El rayo de la justicia divina estaba a punto de herirnos. Misericordia Domini, quia non sumus consumpti: es la bondad y el dolor de Jesús, que implora en Getsemaní, los que nos salvaron de estar ahora en el infierno. Él ha suplicado. Ha cargado sobre sí todas nuestras miserias; ha bebido hasta las heces el amargo y repugnante cáliz de ellas. Y nos dice: «Ve, y confiésate; luego vade in pace et noli amplius peccare. Comienza una nueva vida».
c) ¡Si aún volviésemos a caer!… Nada más detestable que la ingratitud, sobre todo hacia Jesús, que tendría que lamentarse con nosotros: si inimicus meus maledixisset mihi, supportassem utique… Tu vero…
¿Cómo es posible abofetear al Amor, después de tal y tanta bondad?
3) El Huerto y Judas, símbolo de traición a Jesús.
«Ya se acerca el que me traiciona… ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?».
O si no, el Huerto y los Apóstoles que duermen, símbolo de nuestra tibieza.
O también, el Huerto y el Ángel consolador, que en Getsemaní presentó a Jesús todos los actos de amor de los hijos fieles, los heroísmos de los mártires, la generosidad de los Confesores, el celo de todos aquéllos que durante los siglos se dedican a las fatigas del apostolado y a las obras misioneras, el candor de las almas virginales, nuestras pobres y pequeñas buenas acciones, nuestras plegarias, todo lo que podía haber en nosotros o que escondiese un latido de afecto por Cristo.
O el Corazón de Jesús y el Huerto (haced la prueba de repetir durante la Hora Santa las conocidísimas palabras: «He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres», etc., quizás por vez primera empezaréis a saber su profundo significado…).
4) Para finalizar con uno de los miles de temas, que pueden constituir la idea unificadora de la Hora, podríamos pensar alguna vez en la agonía de Jesús en el Huerto y nuestra última agonía.
Quizás esté cerca el apagarse de nuestra vida; la muerte podría venir y, en efecto, vendrá ut fur et latro. Y en aquellas horas supremas nuestra alma estará triste y será confortada.
a) Tristis est anima mea, como se sintió Ezequías por el anuncio que le hizo el Profeta: dispone domui tuae, quia morieris tu et non vives; triste, por el recuerdo de todos los pecados cometidos y de todas las ingratitudes hacia el Dios del amor; triste, por los dolores de la enfermedad y por las inminentes separaciones…
b) Pero sufriremos unidos a Jesús agonizante. Él es nuestra esperanza; ha destruido y perdonado nuestras culpas, y nos concederá la divinización de los dolores y de la muerte, uniéndolos a sus dolores y a su muerte.
c) No nos veremos abandonados, como lo quiso estar Él. Vendrá el ángel de Jesús, el sacerdote, y nos confortará. Nos traerá el perdón y la Hostia de paz. Jesús estará junto a nosotros, mejor aún, estará en nuestro corazón y nos susurrará: Te son perdonados tus pecados. Nos ayudará a aceptar la voluntad de Dios: non mea, sed tua fiat voluntas.
d) Nos recibirá en el Cielo; nos besará; olvidará el beso de Judas que quizás le hemos dado; su beso será de amor, de un amor eterno, que al Huerto expresaba con dolor y el Paraíso repetirá con alegría.
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3
LAS HORAS DE ADORACIÓN
Hoy florecen las Horas de Adoración. Parroquias enteras y Asociaciones Católicas; las «lámparas vivientes», que de hora en hora organizan las almas adoratrices, de modo que en ningún momento del día queda solo el Tabernáculo; grupos de personas y personalmente muchos individuos gustan mucho de tal manifestación de piedad, que quizás nunca ha tenido tantos devotos como en nuestros días.
No gastaremos una sola palabra para deplorar ciertos métodos que son la negación de la practicidad y del conocimiento del alma popular. Por ejemplo, ¿es concebible que se haga bien la Hora de adoración, cuando, en medio de una multitud de personas, una de ellas lee un libro, con una voz más o menos límpida y sonora, sin que los fieles tengan la posibilidad de profundizar el sentido de la oración leída? Para citar otro caso, ¿es concebible que personas poco acostumbradas a la oración, pasen recogidas una hora entera frente al Santísimo Sacramento, sin la ayuda de un librito, de un pequeño opúsculo de meditaciones eucarísticas, de una palabra de vida?
Hay muchísimas publicaciones que tienen especiales Horas de adoración y que constituyen un verdadero aluvión providencial de impresos eucarísticos, las cuales sólo exigen no ser devoradas rápidamente o leídas con espíritu de distracción, sino que deben ser utilizadas para el fin que encierran, que es únicamente el de ofrecer una especie de partitura musical. Es necesario que las almas canten, de acuerdo al tono de esas piadosas publicaciones; de lo contrario, permaneceremos en la pasividad y en el aburrimiento.
Me limito aquí a señalar tres puntos, referentes al método, al sistema y a una experiencia a propósito de tales Horas.
1. — Primeramente, el MÉTODO más loable —el cual no ha de ser un esquema frío que apague el ardor e impida el sagrado empuje o los vuelos de la oración, sino que tan sólo debe considerarse como un hilo conductor—, aun más, podemos añadir, el método ya clásico para las Horas de Adoración, y que muchos siguen, debido especialmente al Beato Eymard, consiste en dividir las mismas en varias partes.
Una breve introducción debe dar comienzo a nuestra inefable conversación con el Rey divino, escondido tras los blancos velos eucarísticos.
Cuatro puntos principales, correspondientes a los cuatro fines del Sacrificio Eucarístico constituyen la substancia de la Hora:
1º La adoración, que es el acto con el cual reconocemos la divina majestad, nuestra propia nada y nuestro deber de sumisión y de obsequiosidad;
2º La acción de gracias, por cuyo medio expresarnos a Dios nuestra gratitud por los beneficios recibidos;
3º La propiciación por nuestros pecados y por las culpas de nuestros hermanos;
4º La oración, que invoca una lluvia de rosas y de gracias.
En fin, una devota conclusión termina el coloquio con el Señor de nuestros altares.
También la citada oración de San Alfonso: «Señor mío Jesucristo, etc.» como demostré en otro lugar, consta de aquellas partes, y quien le reza a la luz de tal devoción, no corre el peligro de canturrearla distraídamente.
La adoración nos pone frente a la infinita majestad de Dios y nos invita a hacer una comparación entre el Dios de la Eucaristía y nuestro pequeño yo.
¿Quién es Jesús? Es el Cristo. Es el Verbo hecho hombre. Es la Encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad. Él ha sido siempre: in principio erat Verbum. Todo lo que fue creado, fue hecho por obra suya: omnia per ipsum facta sunt, y sin Él nada fue hecho de cuanto se hizo. Él es Infinito y nos ha dado una manifestación de ello en la infinitud de su amor y de su bondad, especialmente en la Encarnación y en la institución del Sacramento Eucarístico. ¿Y qué somos nosotros? El abismo de la nada. ¿Qué tienes tú que no lo hayas recibido?, dice el gran Apóstol San Pablo. Aun más, la historia de nuestros pecados y de las miserias cotidianas añade algo más: somos menos que nada. No somos un cero: somos un número negativo. Frente a Jesús Eucarístico, nos postramos, despertando la conciencia de nuestra bajeza y de nuestra indignidad. Desde el abismo de nuestra nada elevamos la mirada con confianza hacia la cumbre de la montaña iluminada de sol; y murmuramos, con el inspirado poeta de los salmos: Levavi oculos meos ad montes, unde veniet auxilium mihi! ¡Levanté mis ojos hacia las alturas divinas, de donde viene mi ayuda! Y mientras adoramos a Jesús, Santa Catalina de Siena murmura a nuestro oído la enseñanza que el Maestro le impartió un día: «Yo soy El que soy; tú eres aquélla que no es». Somos el abismo de la nada; por esto, ¡oh Señor, te reconocemos como nuestro Rey y como nuestro Dios, y te adoramos: Adoramus Te!
La acción de gracias nos narra el poema de la bondad de Dios respecto de nosotros. Beneficios inmensos e inenarrables, en el orden de la naturaleza y de la gracia; océanos de favores individuales, familiares, sociales; sobre todo el don de la fe, de la Madre celestial y de la Eucaristía, parecen invitarnos a cantar el Magnificat al Corazón de Dios, con un sentimiento conmovido y con un fervor de gratitud. Cada alma reflexionando sobre sí misma, ve, en su historia, la historia de las gracias divinas.
De la acción de gracias a la propiciación, el pasaje es breve, espontáneo, lógico. La bondad no nos impone solamente el reconocimiento, sino que nos recuerda la enormidad de la ingratitud humana. ¡Cuántas injurias, blasfemias y sacrilegios, cuántas bofetadas a Jesús Sacramentado! Al infinito amor de su Corazón se ha respondido y se responde con el desprecio y con indiferencia, con el odio y con la traición.
El alma adoradora se detiene un instante, fija su vista en el Tabernáculo y luego examina su conciencia.
Recuerda y analiza toda la historia de sus rebeliones contra Jesús, desde el primer día en que hizo uso de la razón hasta hoy.
Quizás ve páginas negras en el libro de su existencia, líneas dolorosas que quisiera borrar con su sangre, momentos de debilidad y desvanecimiento…
Quizás, también hoy, en el mismo día en que debía conocer las dulzuras de esta Hora con el Rey y Amigo divino, lo ha ofendido… Examina los deberes de su estado; reúne todas las culpas cometidas hasta ahora y llora. Sin embargo, sabe que Jesús es el Dios de las misericordias; es Él quien vino a este mundo no para los sanos, sino para los enfermos; es el Jesús de la Samaritana, de la Magdalena, de Pedro; es el Jesús, dulce y manso, que difundía rayos de esperanza con la parábola del hijo pródigo y de la oveja perdida… Entonces, el alma adoradora entona el Miserere, implorando piedad y perdón.
Finalmente, recordando que el Dios escondido bajo los velos eucarísticos prometió: «Buscad y hallaréis; golpead y se os abrirá», con filial confianza manifiesta a Jesús las propias necesidades, le dirige una ardiente súplica por las almas del Purgatorio y por la conversión de los pecadores, y sobre todo insiste ante su trono, juntamente con la Virgen Santa, para que Él acelere los triunfos de su Reino de amor. Adveniat regnum tuum eucharisticum!
2. — Es muy plausible el uso de un SISTEMA, cosa que se acostumbra ya mucho durante las Horas de adoración, o sea, la elección de un tema que dé un tono especial a la misma Hora en relación con varias circunstancias y solemnidades.
La Eucaristía y el Papa; la Eucaristía y la Virgen; la Eucaristía y las Misiones; la Eucaristía y la humildad (o la pureza, o la obediencia, o el sacrificio); la Eucaristía y la muerte, y muchísimos otros temas posibles de ser desarrollados con genialidad y soltura.
3. — Será conveniente detenerse en una EXPERIENCIA que quizás merece atención.
Hay algunas almas cristianas y sacerdotales que, al menos durante cierto tiempo, deseando vigorizar más su espíritu de unión con Cristo Eucarístico, hacen una Hora de adoración cotidiana con un método especial, que mientras no cree una dificultad por el tiempo que exige, da a la piedad una vibración netamente eucarística.
Estas almas acostumbran hacer cada día su meditación, dedicar algún tiempo a una visita al Santísimo Sacramento y rezar el Rosario. Se han ingeniado para reunir semejantes prácticas de modo que duren una hora, delante del Tabernáculo, iniciadas con diez o quince minutos de íntimo coloquio, seguidas de una media hora de meditación y terminadas con el Rosario rezado en conexión con un tema de índole eucarística, como explicaremos seguidamente.
Son notables las ventajas de tales actos.
Primeramente, el estar cada día con el corazón expuesto al Sol de la Eucaristía, cambia el estado del alma y la abrasa en su tibieza. Haced la prueba de permanecer una hora diaria seguida, durante un mes en las llamas del Divino Corazón y notaréis en vosotros un cambio.
Además, el pensamiento de tener que transcurrir una hora con Dios, invita al alma a la paz y a la tranquilidad.
Las oraciones de la Visita, las Avemarias y los Padrenuestros del Rosario no se pronuncian atropelladamente, con la velocidad de un tren rápido, desvirtuados por una secreta e inconsciente preocupación de apurarse para terminar cuanto antes tan hermosa práctica diaria. En cambio, se piensa, se reflexiona, y se medita sobre las palabras de la visita y los Misterios del Rosario. Y en cuanto a la meditación, pudiendo tratar, por un lado, un argumento no eucarístico y debiendo por otro, tomar el carácter de la hora de adoración aunque empieza con una lectura, en seguida se transforma en un diálogo, en un coloquio con el Maestro, que ilumina y enseña desde el Tabernáculo. También aquí el animus sereno que no está apurado, sino que quiere profundizar y se siente unido a Jesús, hace más fácil y fructífera la misma meditación.
Muchos, con tal práctica, aprendieron a rezar mucho mejor. Y el estar cerca del Tabernáculo, durante una hora diaria continua, tuvo para su vida y para su actividad un significado.
Ciertamente que no para todos se presentará esta idea con la fisonomía de una posible realización por razones de tiempo, o por cualquier otro motivo; ni —repitámoslo hasta el cansancio— tampoco podemos imaginar devociones que se adapten a toda clase de personas, ni tampoco a todas las personas de una determinada categoría.
Son muy diferentes las expresiones a este respecto y es bueno que sean conocidas como tales. Además, conviene que cada uno se conduzca según su propia conciencia, según los deberes del propio estado y según el consejo y las directivas de su Director Espiritual.
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4
LA ADORACIÓN NOCTURNA EN CASA
La belleza espiritual, la atracción y la mayor facilidad de la oración nocturna son bien conocidas por quienes tratan de cultivar la vida interior. Pareciera que la paz de la naturaleza invita al recogimiento. El ruido que desordena el espíritu durante las horas febriles del día, se calma y da lugar a una tranquilidad reposada.
Las noches que Jesús transcurría en oración con sus Apóstoles; el llamado de su Corazón a los predilectos: «venite seorsum in desertum locum, et requiescite pusillum»; la agonía de Getsemaní, a la sombra de los olivos y el sudor de sangre; en una palabra, el ejemplo del Maestro y su enseñanza hablan en favor de la oración nocturna.
Las almas vírgenes, consagradas a Dios en los claustros y monasterios, están acostumbradas, desde hace siglos, a levantarse de sus camastros durante la noche y cantar himnos y salmos al Esposo.
También en estos últimos tiempos, con el despertar del fervor religioso que caracteriza nuestra época y que tanto contrasta con las ignominias de los malvados, muchas personas, que viven en el mundo, gustan de cuando en cuando recogerse en oración, mientras que todos duermen o se divierten pecaminosamente.
Así es cómo en todas partes florecen las adoraciones nocturnas para jóvenes y hombres; por ejemplo, las escenas de obreros y trabajadores que, cansados por el trabajo del día, sacrifican horas de sueño para sustituir el descanso físico con el espiritual ante la Hostia Eucarística expuesta solemnemente, ya no resulta extraño en ninguna parte.
El deseo del Corazón Divino, que imploraba de Santa Margarita la Hora Santa, fue y es recibido, como ya dijimos, por miles de almas diseminadas por todos los rincones de la tierra, que velan bajo el techo hogareño junto al Divino Agonizante.
Por lo demás, es bien sabido que, especialmente en las grandes ciudades, donde sobreabunda el vicio, se afirma también generosamente la virtud y no faltan jóvenes capaces de orar durante largo tiempo, una hora todas las noches, para obtener de Dios la completa victoria sobre sus pasiones, o la luz sobre su vocación, o también la vuelta al rebaño de algún hermano descarriado.
En esta atmósfera y en este período histórico se desarrolla la reciente iniciativa del apóstol del Sagrado Corazón, el Padre Mateo Crawley, en pro de la adoración nocturna en las familias, propagada por él en varios países.
No más allá de junio de 1927 el Padre Mateo lanzó un primer llamado y en varias naciones un triunfo inesperado coronó inmediatamente la tentativa.
«Debo decir en verdad —escribía entonces— que nunca he mendigado o extendido la mano en nombre del Corazón de Jesús, sin recibir una limosna abundante por su amor; y espero no verme desilusionado ahora. Golpeo, en su nombre, para su gloria, golpeo las puertas señaladas con la sangre del Cordero y con el nombre de María. Se abrirán para recibirlo. Betanias felices tendrán encendida la lámpara y saludarán alegres con el corazón contento, al Rey de los cielos»
Rápidamente, de improviso, se multiplicaron las lámparas, respondieron miles y miles de familias, émulas del espectáculo de Betania, de tal suerte que hoy día es no sólo posible trazar e ilustrar un proyecto, sino comprobar un hecho que es un milagro, una admonición, una invitación.
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El origen y el fin de la adoración nocturna en el hogar se puede sintetizar en una palabra: «reparación social».
Las inquietantes manifestaciones del orgullo; los excesos de corrientes anticristianas en algunas naciones; el renacimiento del paganismo, que se afirma en la desfachatez de la moda deshonesta, en el libertinaje del teatro y en la obscenidad de las lecturas corruptoras; los escándalos que lo inundan todo, hasta nuestros mismos ambientes, obligaban a la entrega filial y devota a realizar la idea dominante de la Miserentissimus Deus, a la cual Pío XI quería dirigir la atención de los buenos.
En esto consistía la propuesta concreta del Padre Mateo: Cada persona que se adhiera, se obliga a hacer en su propia casa una hora de adoración nocturna una vez por mes, entre las 10 de la noche y las 5 de la mañana, en espíritu de amor, de penitencia y de apostolado.
Estos adoradores se dividen en dos grupos:
a) El de las familias numerosas ya consagradas al Sagrado Corazón y compuestas al menos por siete personas, que frente a la imagen del Rey Adorado organizan mensualmente una noche de oraciones, hecha sucesivamente, hora tras hora, por cada miembro.
b) El grupo de las personas aisladas, quienes, o porque viven solas o porque se encuentran en un hogar poco fervoroso, eligen una hora entre las indicadas para la oración reparadora.
El Padre Mateo se expresaba así en su primera circular:
«Muy bien sé que no podré contar en esta vía de renuncia sino con una grey pequeña, pero justamente a ella me dirijo, invitándola con ardor, en nombre del Dios mendigo de nuestros corazones.
Familias fervientes, almas enamoradas de Jesús, almas generosas, ¿no tembláis de noche viendo dibujarse en una orgía de luz el perfil de aquellos teatros donde todas las infamias encuentran su apoteosis? Esperad a la salida de aquellas salas de variedades, de cine, de té danzantes, y contad la cantidad de personas de aquellos torrentes humanos. ¡Ah! ¡Cuántos ‘católicos’ y cuántos ‘cristianos’ en algunas capitales, en Europa y en América, verdaderas Babilonias, asisten habitualmente a semejantes escenas de relajamiento moral, aplauden los espectáculos anticristianos culpables, demasiado tolerados hoy día por la sociedad elegante como pasatiempos de la vida social moderna! ¡Qué afrenta para nuestro Jesús! Si se cometen tantas locuras en el mundo y especialmente durante la noche, ¿no podemos nosotros pedir, no una locura sino sólo algo que salga de lo ordinario, en reparación de fe y de amor al Maestro ofendido?
¿Por qué la disipación, y peor aun el pecado deberían tener los derechos que le son negados a la reparación? Judas vela para traicionar; y numerosos cómplices velan con él. Y nosotros, los apóstoles, los íntimos amigos del Rey, ¿seremos siempre vencidos por el sueño? ¿Acaso es mucho pedir una hora mensual de adoración nocturna al Dios de todo Amor, y sin siquiera salir de casa, mientras se suelen sacrificar tantas noches de descanso con peligro para la salud y, peor aún, para la conciencia, en pasatiempos frívolos, cuando no pecaminosos?…
¡Cuántos hijos pródigos serán conducidos en esta forma al hogar paterno! ¡Cuántas almas ciegas volverán a ver! ¡Cuántos paralíticos serán curados! ¡Cuántas almas enfermas se santificarán en recompensa de esta hora mensual de adoración en el silencio de los muros domésticos! El pacto de amor entre Jesús y los amigos de Betania, será un día pagado con maravillas de misericordia, ya que el Señor no se deja vencer nunca en generosidad».
Es superfluo observar que esta iniciativa no sólo no daña sino que favorece las que indiqué en un principio. La Obra de la Adoración Eucarística nocturna es preparada por la adoración en familia; en cuanto ésta orienta a las almas hacia aquélla; además, será completada y coronada, ya que las mujeres, los ancianos, los enfermos y en general quienes por diversas razones no pueden ir de noche a la iglesia, se unen en espíritu a los afortunados que velan postrados ante el Santísimo Sacramento.
Serán numerosísimas las Horas Santas y Jesús no tendrá sólo una hora semanal sino una continua serie ininterrumpida de horas de oración, organizadas en tal forma, que se elevará al Corazón de Cristo un perenne clamor de súplica de los adoradores y de las adoradoras durante la noche.
No haya, entonces, cerebros estrechos que teman por las piadosas prácticas existentes. No hay ningún peligro de dañar lo poco que ya tenemos; al contrario, esa tal práctica constituye un medio para aumentarlo, perfeccionarlo y organizarlo.
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Como decía, las adhesiones llovían muy abundantes y copiosas al Padre Mateo. Mineros, domésticos, institutrices, enfermos e impedidos, cardenales, obispos y sacerdotes se apresuraron a responder y aceptar la propuesta. Desde las poblaciones perseguidas de Méjico a las canonjías, de los monasterios a miles de casas, fue un torneo de entusiasmo concorde, que, para usar una frase del obispo de Lieja, demostró una vez más cuánta generosidad latente hay en las almas cristianas y qué esfuerzos son capaces de realizar bajo el influjo de la gracia.
¿Qué método conviene seguir en tal hora?
1. — El diario Adveniat lleva cada mes a los asociados el esquema de una hora de adoración; y es superfluo subrayar su importancia o la de un libro de piedad, que ayude al recogimiento. Cuando se es débil, es necesario caminar apoyado en un bastón; y por lo mismo, cuando de noche, sobre todo en los primeros cuartos de hora, la mente se halla entorpecida es necesario un guía.
2. — Se puede empezar con alguna oración vocal que contribuya a librarnos de la modorra, sobre todo si después de cada una de ellas hacemos cinco minutos de meditación sobre los Apóstoles somnolientos o dormidos en el Huerto. La figura del Divino Agonizante se acerca también a nosotros, y a su pregunta: «¿No podéis velar una hora conmigo?», el corazón responde: «¡Eso queremos, Señor!»
Es conveniente, durante este primer cuarto de hora, recordar el espíritu animador de la iniciativa.
Todas las adoraciones nocturnas en las familias, con los sacrificios que representan, son ofrecidos al Corazón de Jesús por medio del Inmaculado Corazón de María, según las intenciones personales del Sumo Pontífice, y deben ser vivificadas por la idea central de la reparación.
Para hacer que sea más vivo este sentimiento y que tal voluntad sea reparadora, será oportuno detenerse en un examen de toda nuestra vida, pensando en todas las injurias que hemos hecho a Jesús con nuestros pecados, desde las culpas de la niñez y hasta aquéllas que cada año se han venido añadiendo.
Un acto de contrición, y luego un Miserere dicho de corazón —si es posible primero el versículo en latín y luego en castellano— concluirá tan triste visión.
Seguidamente, daremos un vistazo a todas las ofensas que hoy abofetean al Salvador Divino; y si alguno de nuestra familia se hallare alejado de Él, o si alguna persona para nosotros querida (quizás nuestros profesores, nuestros compañeros de oficina o de colegio, nuestros condiscípulos o amigos) no se encontrare en el sendero recto, es el momento más oportuno para abordar al Corazón de Jesús, y pedirle la salvación de esas almas. El rezo de las letanías de la Virgen puede cerrar el primer cuarto de hora, con la invocación de quien es «refugio de los pobres pecadores».
3. — No creo sea despreciable el método de algunos adoradores nocturnos, quienes dedican el segundo cuarto de hora a la meditación de alguna obra referente a la reparación. Por ejemplo, el librito del Padre Plus La idea reparadora puede ser el modelo, por cuanto profundizando la verdad de nuestra unión con Cristo que sufre y muere en la Cruz por nosotros, y comprendiendo el deber de nuestra participación, seremos impulsados cada vez más a aquella triple reparación, de la que hemos hablado cuando nos referimos a ella y a la Hora Santa.
Entonces se hará un examen, desde los tres puntos de vista indicados, sobre lo que significa en nuestra vida el espíritu de reparación. Y tendremos que pedir perdón a Jesús y formular propósitos.
También se puede releer pausadamente parte de la Encíclica de Pío XI, Miserentissimus Redemptor, sobre la reparación.
4. — Durante la segunda media hora sería conveniente utilizar el esquema que ofrece la Obra de la Realeza o algún otro libro que sea del mismo tenor.
Pero cuídese de no hacer de una Hora de oración una hora de lectura. El libro, el folleto, el opúsculo —si se me permite una fraseología que mucho usan los matemáticos para la enunciación de ciertos teoremas— son necesarios pero no suficientes. Es necesario que cada frase, cada período que leemos, los aprovechemos para sostener un coloquio, un dulce diálogo con el Señor Jesús. Sólo así realizaremos la palabra de orden de estas páginas: interioridad y actividad.
Las letanías del Sagrado Corazón, otras oraciones vocales dirigidas a la Virgen —modelo de las almas reparadoras— y a los Santos, el saludo a nuestro Ángel que vela y ora con nosotros, podrán poner fin a la Hora.
Además, el mismo Señor nos sugerirá qué debemos hacer y de qué manera debemos orar. Si recién estamos dando los primeros pasos en el estudio de un idioma, es bueno tener siempre en las manos la gramática; pero, una vez que se domina el idioma, ya no es necesaria la gramática para sostener una conversación; por eso justamente mi pobre libro —es conveniente repetirlo de nuevo— no intenta ser más que una humilde ayuda para el que aún está en los primeros ejercicios.
¿No son acaso instructivos los hechos sucedidos en Italia y que van sucediéndose con variedad y en constante aumento? Algunas personas que no pueden velar en sus alcobas para no molestar a otros que duermen, aciertan, sin embargo, a despertarse a la hora señalada; enfermos que, en casa o en el hospital, santifican las largas y dolorosas vigilias con la Hora nocturna de oraciones; niños que, educados en la escuela en las cosas celestiales, se levantan de la comida y unen a la de la mamá y del papá la suplicante voz de la inocencia; obreros, que al inscribirse escogen las horas de mayor sacrificio (de las 2 a las 3, de las 3 a las 4 de la mañana) durante las cuales pueden hacer penitencia; sucesos, y no son raros, de adoradores muertos en el justo momento en que hubieron de comenzar su hora mensual y que volaron al Cielo hacia la eterna y gozosa adoración de la gloria; ¿acaso no nos dice todo esto cómo el «dedo de Dios» conduce en nuestros días a las almas hacia su Corazón?
Gran alegría produjo a los doctos el hallazgo, que en 1885 realizó Gamurrini en la Biblioteca de Arezzo de la Peregrinatio Syviae, o sea de la descripción de una peregrinación que en el siglo IV hizo a Jerusalén una persona piadosa llamada Silvia. A muchos conmovió la lectura de ese documento de primera categoría sobre la vida litúrgica de aquellos tiempos antiguos, en la ciudad que vio la muerte y la resurrección de Jesús. La peregrina se extiende, entre otros puntos, en el relativo al Licinicon, o sea, al Oficio de las luces. Al caer la noche, todas las lámparas se encienden en la basílica y parece, dice Silvia, «una luz infinita».
También nuestra patria puede transformarse en una hermosa y santa basílica.
Es necesario encender los corazones; es necesario que parta de muchos hogares la reparadora oración nocturna y el grito suplicante.
Especialmente es necesario que se ore por el Vicario de Cristo. Con frecuencia en el Vaticano, el Padre de los fieles vela como Jesús en el Huerto; también él suplica y agoniza. Los cristianos no deben dormirse en torno de él como lo hicieron los Apóstoles junto al Redentor.
Antes bien, la adoración nocturna practicada en las familias debe hacer salir de miles y miles de hogares un ángel consolador: Et apparuit illi angelus de coelo confortans eum.
En el profundo silencio de la noche, cuando brillan en el cielo las estrellas, es de esperar que resplandezcan las almas con el fervor de la oración.
Continuará…
