MONS. OLGIATI: LA PIEDAD CRISTIANA – IV: VISITAS AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

SEGUNDA PARTE

LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD

Continuación…

IV

VISITAS AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Siempre ha querido la Iglesia que el arte rindiese homenaje al Dios Sacramentado. Donde haya un Tabernáculo y una Hostia, allí la escultura, la pintura, la música y las artes menores elevan una dulce nota solemne; la poesía, desde los himnos de San Ambrosio hasta los de Santo Tomás de Aquino, aportan cantos; las rosas de todos los jardines adornan los altares.

¿Qué otra finalidad puede proponerse la liturgia, poniendo el arte y las flores al servicio del culto eucarístico, sino la de abrir los corazones a una oleada mística de belleza y la de elevar las almas, para que la voz de la oración se eleve hasta el Prisionero divino, no ya en la vulgaridad de una deplorable disipación, sino en el fervor sagrado de un afecto de reconocimiento?

Las almas cristianas comprenden el espíritu de la Iglesia; saben que más que los mármoles preciosos, que el oro resplandeciente y que las flores frescas, a Jesús le agrada el latido de las conciencias. Y por lo tanto se imponen el deber de hacer visitas al Santísimo Sacramento.

Estas visitas se han ido introduciendo rápidamente en las prácticas devotas, como para hacer resplandecer alrededor de los Tabernáculos, la sagrada belleza de un nuevo renacimiento de la piedad.

¿Qué consejos o qué líneas generales se pueden trazar, para que el uso de un método eficaz haga cada vez más vibrante de afecto el tiempo que se transcurre con Jesús Sacramentado?

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1

LAS VISITAS A JESÚS SACRAMENTADO

Nada decimos de las visitas cortas, que tanto agrada hacer a las almas buenas cuando pasan delante de una iglesia. Entran por un instante, se arrodillan frente al altar, dicen una pequeña oración (la hermosa jaculatoria: Sea por siempre bendito y alabado el Santísimo Sacramento del Altar…, u otras invocaciones con algún Padrenuestro, Avemaria y Gloria) y salen a atender sus asuntos.

Semejante homenaje parece algo descuidado. Y, sin embargo, es un saludo del amor, y sin duda inmensamente agradable al Rey del amor, que —como dice el Santo Cura de Ars— «cuando ve venir presurosamente a las almas puras, sonríe».

En segundo lugar, nuestro espíritu es semejante a un reloj, al que en un instante se puede dar cuerda para que señale con exactitud las horas; así nosotros, en una visita rápida y obsequiosa, presentamos a Jesús nuestro corazón, para que lo entone y para que la aguja de nuestra vida señale siempre la hora cristiana.

En fin, el que practica los ejercicios descritos en la primera parte de este libro y quiere intensificar su unión con Dios, con Cristo y con las grandes realidades sobrenaturales, aprovecha los breves segundos de una pequeña visita, para renovar sus propósitos y sus ejercicios de gimnasia espiritual. Detengámonos, más bien, en la Visita que muchos hacen cotidianamente a Jesús Sacramentado y que suele durar más o menos según la devoción y las posibilidades de cada uno.

No es raro que tales Visitas resulten más frías que cualquier visita hecha a un amigo.

Quizá se deba a que entramos a la iglesia sin un libro y con un corazón helado; nos arrodillamos, ponemos la cabeza entre las manos y la sostenemos bien fuerte, como si temiéramos no tenerla ya sobre los hombros. Transcurren unos instantes durante los cuales permanecemos mudos y sordos; sordos, porque ni siquiera escuchamos a Jesús y menos aún se nos ocurre susurrarle un «Loquere, Domine, quia audit servus tuus»; mudos, porque no sabemos hablar.

A veces ello se debe al automatismo de nuestra piedad. Las más hermosas flores, brotadas en el corazón de nuestros Santos; aun las más dulces armonías que elevaron al cielo y que difundieron por doquier las almas elegidas como cánticos del paraíso; las oraciones más expresivas, que deberían sugerirnos una ferviente, ardorosa y dulce palabra, no consiguen muchas veces enfervorizarnos y no intuimos su belleza.

Vamos a la Iglesia con el áureo librito de las Visitas al Santísimo Sacramento de San Alfonso María de Ligorio: rezamos la oración de introducción, que comienza así: «Señor mío Jesucristo, etc.», pero la pronunciamos a flor de labios y nuestro pensamiento está demasiado lejos. ¡Cuán infinita es nuestra debilidad, que materializa y sustituye una «fiesta de santos pensamientos» por la monotonía de una pequeña fórmula!

¡Aquí también es necesaria la actividad! Y para suscitarla cambiemos de cuando en cuando el libro de la Visita. Así, por ejemplo, los tres libritos del Padre Charles: «La oración de todos los momentos» ¿no enseñan acaso un método utilísimo? El autor toma una palabra o una expresión de la Sagrada Escritura y de los libros litúrgicos y se sirve de ellos para desarrollar una oración piadosa. Quien aprenda ese método, será capaz de hacer una Visita aun sin libro, y ofrecerá al Prisionero Divino una rosa nueva y fresca cada día.

Después de cuanto hemos dicho en el capítulo anterior sobre la Comunión Espiritual, resultaría superfluo insistir en la conveniencia de terminar cada visita con ella y de coronar nuestra conversación con Jesús saludando a su bendita Madre.

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2

LA HORA SANTA

Corría el año 1673, cuando en una aparición a Santa Margarita María, el Sagrado Corazón hizo en Paray-le-Monial el primer llamado a la Hora Santa.

La apóstol del Sagrado Corazón de Jesús refiere lo siguiente:

«Mi Maestro Divino me dijo que todas las noches del jueves al viernes me he de levantar a la hora que Él me indique, para rezar cinco Padrenuestros y cinco Avemarias, postrada en tierra, y hacer los cinco actos de Adoración que Él me enseñó, para rendir homenaje a la última agonía que sufrió la noche de su Pasión».

Al año siguiente de 1674, el anuncio fue precisado, con toda probabilidad un primer viernes del mes dentro de la octava del Corpus Christi.

Continuemos la narración de la Santa:

«En otra ocasión el Soberano de mi alma me ordenó velar, durante una hora, todas las noches del jueves al viernes y me dijo: «Para acompañarme en la humilde oración que elevé a mi Padre en medio de las angustias, en el Huerto de los Olivos, te levantarás entre las once y las doce de la noche; te postrarás durante una hora conmigo con el rostro en tierra, para calmar la cólera de Dios, implorando misericordia para los pecadores, y también, para dulcificar en cierto modo la amargura que me causaron mis Apóstoles dejándome solo, tanto que me vi obligado a reprocharles por no haber podido velar una hora conmigo. Durante aquella hora harás lo que te enseñaré: sabrás lo que quiero de ti como reparación de aquella hora, por lo cual tuve que quejarme en el Huerto. Te haré partícipe de aquella mortal tristeza que he querido probar entonces y serás reducida, sin que entiendas nada, a una agonía más difícil de soportar que la misma muerte».

La obediencia —prosigue Santa Margarita María— me permitió, casi desde el primer día de mi entrada en religión, velar con mi Jesús una hora de la noche del jueves al viernes. Me postro en tierra en memoria de aquella hora de que Jesús se quejaba, diciendo que sus discípulos no pudieron velar con Él durante ella: medito lo más que puedo los dolores atroces sufridos por Jesús por nuestro amor; algunas veces, me siento airada contra mí misma y contra todos los pecadores, por nuestras ingratitudes.

No puedo describir lo que sufro, porque me parece que el Corazón Divino vuelca en mí todas sus amarguras y hace sentir a mi alma tal angustia de dolorosa agonía, que creo morir. Él me dijo que mi vida sería un perpetuo dolor y que la habría de pasar en una cruz compuesta de diversas maderas porque quiere establecer su Reino e imperio sobre la ruina y destrucción de todo mi ser. Y los hechos responden muy bien a las palabras, porque no pasa un minuto que yo no sufra tanto cuanto puede soportar el alma y el cuerpo. Así es cómo me hace sufrir el Divino Maestro este perpetuo martirio: uno de amor y otro de justicia, y me hace sentir su peso tan dolorosamente que no puede comparársele ningún tormento».

La invitación de Jesús desde el Monasterio de Paray-le-Monial se difundió, silenciosa y discreta, a todas las almas que seguían con viva emoción las revelaciones del Corazón de Jesús.

Se desencadenaron los torbellinos de la Revolución Francesa; la casa de los Padres de la Compañía en Paray fue profanada; y pareció apagarse la divina voz justamente cuando más se necesitaba. Nacieron tiempos mejores: en 1828, los jesuitas pudieron reabrir su casa: el Superior Padre De Brosse se sintió vivamente inspirado a establecer la Hora Santa. Movido por impulso divino, para hacer conocer mejor a los fieles esta devoción, pensó instituir para ello una Cofradía, que fue aprobada de 1829 en adelante, y enriquecida con indulgencias por los Pontífices.

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A

QUÉ ES LA HORA SANTA

De todo lo dicho se deduce claramente:

1º) que no se trata de una Hora de Adoración cualquiera, sino de una Hora de Adoración, cuya característica específica es la de transcurrirla en unión con Jesús recordando sus sufrimientos del Huerto de los Olivos y tratando de consolarlo;

2º) que la hora deseada por Jesús es la de las 23 a las 24 del jueves. Los Pontífices han concedido benignamente la indulgencia, aunque la Hora se realice entre las 14 horas y la medianoche del mismo día. Pero, si queremos satisfacer plenamente los deseos de Jesús, es mejor hacerlo dentro de la hora por Él indicada, y dejar de lado la benigna magnanimidad de la Iglesia hacia las personas que no pudieran participar de ella, o a aquellas adoraciones públicas que no pueden realizarse más tarde;

3º) que la Hora Santa puede hacerse en cualquier lugar. Es deseable que sea en una iglesia y en lo posible con el Santísimo expuesto solemnemente. Pero muy pocos hay sin duda tan privilegiados que puedan encontrarse en tales condiciones. Por eso se puede hacerla aun en la propia casa.

Son muchos los libros y folletos sobre la Hora Santa que ayudarán a este ejercicio. Notoriamente famosa es la Hora Santa de la virgen de Luca, Santa Gemma Galgani.

Además, cualquier libro que trate de la Pasión, allí donde se refiere al Huerto, puede servir de inspirador de sentimientos piadosos.

Ante todo, la meditación de las palabras —que no se pueden recordar sin estremecimiento de temor— usadas por los Evangelistas, para describir la oración de la agonía de Jesús en aquella memorable noche. Una lectura de cada suceso, en una Concordancia de los Evangelios, lectura lenta, afectuosa, que con cada expresión golpee nuestro corazón y nos recuerde la terrible escena podría ser siempre un comienzo eficaz y devoto de la Hora.

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B

EL ESPÍRITU ANIMADOR DE LA HORA SANTA

Sin embargo, antes de descender al terreno práctico que deberá adoptarse para la Hora Santa, es necesario insistir en el espíritu animador que debe hacerla recogida, sentida y ferviente.

1. — Ante todo, es necesario que nuestra unión con Cristo y con Cristo agonizante, sea una idea viva durante toda la oración.

Injertados en Cristo, por una parte, echamos sobre sus espaldas nuestros pecados que Él debe expiar con su Sangre, que comienza a derramar en Getsemaní y con un dolor que lo abate y lo destroza; por otra, con nuestra unión con Él, sus dolores deben ser los nuestros. Debemos llorar, orar y entristecernos junto con Jesús.

Para expresar el pensamiento de un modo sensible, la Beata Camila Varani decía que en el Cenáculo, cuando Jesús, al lavar los pies a los Apóstoles, llegó y se arrodilló ante Juan, el Apóstol predilecto se abrazó al cuello de Jesús y lloró de amor. Es lo que debemos hacer en la Hora Santa: permanecer abrazados con Él, en la unión que nos enseña el dogma.

2. — Tal sentido de unión con Cristo agonizante en el Huerto, implica ese fin reparador, que debe inspirar la Hora Santa. El dogma de la incorporación nos hace entender por qué Jesús quiere que suframos, oremos y reparemos con Él. Nuestros dolores se transforman en reparación aflictiva; nuestras súplicas, en reparación afectiva; nuestra actividad buena, consistente en el cumplimiento cristiano del deber y en las obras de apostolado, en reparación efectiva.

He aquí por qué Jesús, reparando el pecado de Adán, nos restituyó la gracia sobrenatural, pero no los dones preternaturales (la exención de la concupiscencia, de la ignorancia, de los sufrimientos y de la muerte). Quiso tener colaboradores; uniéndonos a Él, a sus dolores, a su Pasión, ha querido que nosotros en el Cuerpo Místico de la Iglesia cumpliésemos — para decirlo con San Pablo—: ea quae desunt passionum Christi: que uniésemos nuestra reparación a la suya de valor infinito en sí, implorando perdón al Padre junto con Él, de manera que nuestras oraciones, nuestra acción, nuestras enfermedades, nuestras lágrimas y algún día, nuestra muerte, divinizadas por su gracia, se transformasen en un parce Domine, que no es nuestro, sino de Jesús, a cuya poderosa y divina voz implorante está fundida nuestra débil voz.

No se puede comprender la Hora Santa en su íntima naturaleza si no se llega a ser alma reparadora.

3. — Dicha unión y reparación con Jesús, en Jesús y por Jesús, nos explica la tercera nota esencial de la Hora Santa: la participación del dolor de Cristo por nuestros pecados y por los pecados del mundo entero.

Muy bien sabernos que el drama de Getsemaní no fue provocado tanto por los dolores físicos y morales que debió soportar Jesús en el arresto, en la condena, en la flagelación, en la coronación de espinas, en la subida al Calvario, en la crucifixión y durante las tres horas de agonía, cuanto por todos los pecados que tomó sobre sus espaldas, para implorar perdón al Padre y para expiarlos.

Mientras que el Hijo de Dios, cuya naturaleza humana estaba unida al Verbo en la unidad de la Persona Divina, no vivía sino en la más perfecta conversio ad Deum que se pueda imaginar, los pecados de la humanidad lo apartaban y lo rechazaban del Padre que Él amaba con la caridad más encendida.

Él, que era la misma inocencia y el candor más inmaculado, se sentía hecho pecado, para usar una enérgica expresión paulina (II Corint. 5, 21. Su significado es: como si hubiera sido el pecado personificado, así se le trató), y sentía sobre su conciencia purísima todas las maldades y el fango de las culpas del mundo.

Por esta causa cayó postrado en tierra y sudó sangre. San Buenaventura, describiendo las varias efusiones de sangre de Jesús, evoca la sangre derramada en Belén, en la circuncisión, en el Pretorio por la flagelación y coronación de espinas, camino al Calvario, sobre el Gólgota cuando los clavos perforaron sus manos y sus pies, durante las horas pasadas en la Cruz, en la lanzada que abrió su Costado después de muerto. Y concluye: de todas estas efusiones la más dolorosa y desgarradora fue la del Huerto. Y esto, porque aquellas fueron provocadas por causas dolorosas, pero externas; la del Huerto por una causa interior. Más afilada que el cuchillo de José, más cruel que los flagelos, más aguda que las espinas y los clavos, más feroz que la lanza, es la espada del pecado que traspasa el Corazón de Cristo y le arranca este lamento: si possibile est, transeat a me calix iste.

Es necesario meditar la vida interior de Jesús, para explicar su mortal tristeza del Huerto. En los cielos, el silencio de Dios; alrededor, el silencio de la naturaleza, que ni siquiera rompen las palabras, que podrían ser de consuelo, de los Apóstoles que duermen; y Jesús en tierra, en el silencio de su alma divina, ora. Era hermoso a no dudarlo el silencio de los lugares solitarios, de las altas montañas, de las noches, en que el Redentor pasaba orando: erat pernoctans in oratione. Pero aquí el silencio lo rompen las blasfemias, las imprecaciones, los delitos, los pecados graves y leves, impurezas, robos, odios, mentiras, traiciones, todo lo más horrible que se podía concebir se imponía a su inmaculada conciencia que sufría… Supra dorsum meum fabricaverunt peccatores.

La lapidación de Esteban y la lluvia de piedras que golpea sus miembros mientras sus ojos contemplan el cielo abierto, es nada en comparación con aquella lapidación espiritual, en la cual todos, desde los primeros a los últimos hombres que verán el mundo, se presentan a la mente y al Corazón de Cristo, arrojándole, ferozmente, las piedras de su propios pecados, indiferentes a sus sufrimientos. Y Él está allí. Y llorando escribe San Bernardo: Y llora no sólo con sus ojos sino con todos sus miembros. Y son lágrimas de sangre: non solis oculis, sed quasi omnibus membris flevisse videtur.

Dicho esto, ¿es necesario señalar que una Hora Santa bien hecha implica un profundo sentido de dolor por nuestros pecados y los de los demás, y de amor por Jesús que agoniza?

a) También cada uno de nosotros se ha llegado al Huerto de los Olivos y ha lanzado sus culpas contra Jesús.

Entiéndase bien: cada pecado que cometemos significó para Él un sufrimiento más. Es una necedad decir: «Él ya los expió; lo que sufrió ya lo sufrió y eso está acabado; sea que yo me santifique, o que continúe una vida tibia o de pecado, Cristo ya no sufre».

Es verdad, hoy el Resucitado no puede sufrir, ni morir; pero el pecado que cometeré mañana estaba presente a su conciencia en el Huerto y le hizo sufrir; si yo evito mañana ese pecado, le evité un dolor.

El pasado y el futuro no cuentan en los tormentos de Cristo, a quien nada le estaba oculto del futuro y que todo lo tenía presente.

Esta doctrina es indiscutible; confrontar el Decreto de la Congregación del Santo Oficio, del 7 de junio de 1918.

Por consiguiente, no es inútil repetir cada semana la Hora Santa, ni postrarse en tierra con Jesús; es el mejor medio para evitar el pecado.

b) Por las mismas razones, si yo, con las varias formas de apostolado, consigo también evitar una sola culpa de otra persona, debo deducir que estuve allí en el Huerto, presente al Corazón de Jesús (junto al Ángel que se le apareció confortans eum) y que detuve un brazo infame, que estaba por arrojarle una nueva piedra.

c) Finalmente el Jesús de Getsemaní grita: ¡amor! Cuando los judíos lo vieron llorar sobre la tumba de Lázaro, exclamaron: «cuánto lo amaba»; cuando nosotros lo vemos postrado en tierra y gimiendo bajo los olivos, comprendemos cómo su Corazón verdaderamente es fragrans amore nostri y con gran afecto exclamamos: inflamma cor nostrum amore Tui.

Concluyamos nuestra Hora Santa repitiendo diez, veinte veces, bien despacio, y reflexionando lo que dicen los labios, las palabras de San Pablo: Christus dilexit me et tradidit semetipsum pro me: el divino Agonizante, mi Dios, mi Redentor, que me unió y me injertó a Él… ha amado, ¡y cuánto amó!… ¡y me amó a mí, y por mí se ha sacrificado a sí mismo! Sic nos amantem quis non redamaret?

Continuación…